jueves, abril 3, 2025

La llama que el viento no apaga

Por María Eva Pietrantuono

El arte de la glorificación del jugador de fútbol fue la cuestión que Eduardo Galeano desglosó en El ídolo, cuento incluido en su libro El Fútbol a Sol y Sombra

El talento innato es el puntapié inicial en su descripción. Para él, serán venerados aquellos que hayan nacido con la sabiduría, con el don en sus pies, plantado allí por la suerte, el azar, por magia o el destino. Alude a los distintos, cuya síntesis máxima se materializó en Messi, en Maradona, en Pelé. Sin embargo, existen terrenales admirados, quienes no encarnan como característica principal la calidad sobrehumana, pero la suplantan con actitud o trabajo: los Palermo, los Ponzio de un equipo, que logran inspirar a multitudes sin la perfecta habilidad y se ganan el respeto de la gente igual. 

Galeano detalla además el contexto en el que el ídolo nace: en cuna de paja y choza de lata, patea antes de caminar. Lo repite hasta que el sol se oculta y el balón no se distingue. Este futbolista constituye para él una especie de rey entre los hombres, un Mesías entre jugadores. Su única fortuna es la pelota pegada a sus pies. Pero, si cultiva sus días, sus noches, su vida en el juego, ¿de qué prescindirá, ya sea por elección u obligación? ¿Qué otras cosas dejará de hacer? Cuando el atardecer cae sobre los humildes barrios y la oscuridad no deja ver, el potencial ídolo –descalzo– se abre camino a toques con la intuición divina que le fue entregada, el fútbol. 

Su brillo es tal que lo excede; ilumina a los asteroides que escoltan su corrida y hace del juego un espectáculo de estelas que se encienden y apagan a su alrededor. Son sus compañeros de equipo los que mejoran por el talento que él despliega en la cancha. Galeano sostiene que –por un rato– esos personajes secundarios vivencian protagonismo. No serán distintos, pero todo ídolo precisa del grupo para adquirir su cualidad celestial. 

Sin embargo, el autor no predice que dicha luz se perpetúe en la eternidad. Vaticina la opacidad de su imagen, la conversión de seguidores en detractores que no dudarán en apagarlo por completo. Dicho esto, una diferenciación en cuanto al culto al futbolista. Existen jugadores muy queridos, a quienes las críticas acaban por alcanzar en la carrera contra el tiempo; y están los héroes, los que pueden tropezar pero no caer. Porque la hinchada siempre tendrá mayor respeto por su figura. Por el ídolo que fue y aún es. 

Más notas