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El último susurro del gol

Soccer Football - World Cup - CONCACAF Qualifiers - Mexico v Canada - Estadio Azteca, Mexico City, Mexico - October 7, 2021 General view inside the stadium before the match REUTERS/Henry Romero

Por Valentina Jauregui

Este Mundial fue una caja de sorpresas… Mientras los gigantes del fútbol se tambaleaban entre la confusión y el caos, los guatemaltecos mostraron solidez y se convirtieron en el centro de todas las miradas. 

La selección de Guatemala capturó la curiosidad del mundo. No era sólo su fútbol lo que llamaba la atención, sino un rumor que circulaba entre el público. Se decía que un antiguo espíritu del fútbol, conocido como “El Susurro”, había elegido a Guatemala para llevarlos a la gloria. 

El entrenador Javier González había escuchado la leyenda desde niño gracias a su abuelo, quien le contaba historias de cómo este espíritu ayudaba a los equipos con un corazón puro. Con un grupo de jóvenes talentosos y un par de veteranos, el exjugador decidió que este sería su año.

El primer partido se llevó a cabo en el mítico Estadio Azteca, donde Guatemala se enfrentaba a Brasil, el gigante del fútbol. La tensión era increíble. En el vestuario, Javier recordó las palabras de su abuelo: “El Susurro siempre está presente para aquellos que creen”, y, con esa fe, envió a sus jugadores al campo. 

El encuentro comenzó y, aunque Brasil dominaba, el equipo guatemalteco se mantenía firme. En el minuto 45, una luz iluminó la cancha. El mediocampista Miguel Bordon recibió un pase y, en un instante, escuchó un susurro: “Sigue tu instinto”. Con ese consejo, le dio una asistencia al delantero Barrios Ramón, quien hizo vibrar el estadio al marcar el primer gol para Guatemala. 

En la segunda mitad, Brasil no paraba de atacar, pero cada vez que la pelota se acercaba al arco rival, Mario Duarte, el arquero, sorprendía con su actuación digna de un héroe, lo que hizo que el público comenzara a murmurar y sospechar que “El Susurro” estaba ayudando a la Selección.

Llegó el último minuto y con una patada en la rodilla de un rival, Victor Gatica regaló un tiro libre para los brasileños en la puerta del área. Todo el estadio se encontraba en silencio. Los guatemaltecos estaban quebrados en llanto, sin poder creer lo que estaban viviendo.

Marcelinho tomó la pelota, la acomodó y respiró profundamente. Fue al ángulo, casi imposible de atajar, pero no tan imposible para Duarte, quien había demostrado durante los 90 minutos ser capaz.

La cancha estaba colmada de hinchas con lágrimas en los ojos. El pitido final sonó y Guatemala había derrotado a Brasil.  

Con cada partido, el equipo guatemalteco avanzó y la leyenda de “El Susurro” se hizo más fuerte. En las semifinales, se enfrentaron a Argentina. La historia se repetía: el espíritu parecía guiar a los jugadores, otorgándoles fuerza y agilidad. Cada gol era un eco de la voz de Javier, quien les decía que creyeran en sí mismos. 

La gran final llegó. En el Estadio de la Ciudad de México, Guatemala se enfrentó a Francia. El clima era tenso y mágico. En el minuto 75, con el marcador empatado, Miguel sintió de nuevo esa voz: “Es tu momento”. Esquivó al defensor y pateó. La pelota voló y entró en el arco. El estadio estalló en una celebración épica e histórica para la sorpresa del Mundial. 

Cuando el árbitro pitó el final, Guatemala se coronó campeón del mundo. La leyenda de “El Susurro” se había hecho realidad. El fútbol había unido a un continente, creando un vínculo eterno entre los aficionados y los jugadores. Y así, en cada rincón de América Latina resonaba un mensaje: a veces, los sueños más grandes nacen de un simple susurro.

Alphonso Davies, de un campo de refugiados en África a ser capitán de la Selección de Canadá

Alphonso Davies
Alphonso Davies

Por Luján Pantano

El campo de refugiados de Buduburam en Ghana vio pasar a cerca de 60.000 personas que escapaban de la Guerra Civil Liberiana desde 1990. Dentro de ellas, estaban los padres de un jugador del Bayern Múnich que hace historia con su selección nacional, Alphonso Davies.

En ese contexto nació el futbolista que representará a Canadá en el Mundial 2026. Sobre sus primeros años de vida, su madre expresó que para conseguir comida tenía que saltar por arriba de los cadáveres. El futbolista contó que no recuerda haber tocado una pelota en África, pero su familia confirmó que sus orígenes en el fútbol fueron allá.

Hasta que a sus 5 años fueron autorizados a emigrar al norte del continente americano, donde comenzó la escuela. En educación física empezó a destacarse por su contextura y su rapidez, por lo que su profesora decidió anotarlo al Free Footie, un programa para que niños de bajos recursos entrenaran y disputaran torneos oficiales de fútbol. “Después de entrenar volvía a su casa para cambiar los pañales de su hermana y hermano, con 10 años, porque sus padres trabajaban”, declaró su primer entrenador, Nick Huoseh, quien posteriormente se convirtió en su agente.

Empezó a desempeñarse en el St. Nicholas Soccer Academy debido a que Tim Adams, uno de los organizadores del torneo lo recomendó. Con 14 años, Vancouver Whitecaps, el equipo de la MLS se mostró interesado en el jugador, por lo que se cambió de ciudad para darle inicio, sin que lo supiera, a su carrera futbolística con temprana edad. Se convirtió, un año y ocho meses después, en el debutante más joven de esta liga.

 

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En el partido de la Champions League 2023 mientras jugaba para el Bayern Múnich contra el Paris Saint Germain, registró la marca de velocidad más alta que ha tenido un jugador en esta competencia, con 37,1 kilómetros por hora. Mientras que, por ejemplo, Usain Bolt obtuvo 37,58 en el récord mundial de 100 metros llanos, en 2009. Hasta fue apodado por su compañero Thomas Müller “Bip bip”, por el correcaminos. Sobre récords, contó también con el de ser el jugador más joven en debutar y marcar un gol con la selección canadiense a los 16 años. Además de haber anotado el primer gol de Canadá en una Copa Mundial, en Qatar 2022. 

Davies estuvo en pareja con la futbolista canadiense Jordyn Huitema, con quién formó “La pareja dorada”, apodo otorgado por los hinchas de su país. Con su vida en Europa que contrasta con sus orígenes y su corazón en Canadá, el país que le abrió las puertas, en una entrevista se auto definió: “Como no tengo familia y mi novia no vive conmigo, estoy solo. Probablemente tengo como cinco amigos. Soy un perdedor popular”.

Entre trincheras y goles: el nacimiento del fútbol Jordano

Por Mateo Mekler

El fútbol en Jordania surgió a principios del siglo XIX con la llegada de los trabajadores y comerciantes británicos, y la influencia se notó sobre todo después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), cuando el país asiático quedó bajo la influencia del Gran Bretaña.

En 1944, durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), se disparó oficialmente la Liga Premier Jordana, campeonato profesional que trajo cierta alegría en el pueblo jordano, aunque bajo un estricto control y supervisión del Imperio. Participaron cuatro equipos de Amán, que disputaron los encuentros en el Campo de Al Mahatta, y en esta primitiva edición salió campeón Al-Faisaly, equipo que actualmente disputa la competición y es el que más títulos levantó en la historia, en 35 ocasiones.

Recién un año más tarde se proclamó como un Estado independiente en forma de monarquía tras la finalización del conflicto bélico. Las luchas de esta magnitud desencaderon en innumerables consecuencias negativas para los “victoriosos” y para los “perdedores”, pero Jordania encontró una vía de escape: el fútbol, que trajo algo de paz en pleno caos.

A lo largo de toda la historia este país estuvo involucrado en un sinfín de conflictos bélicos. Cuando la British Army, nombre del ejército británico, tuvo el control del territorio asiático fue en gran medida gracias al apoyo recibido por los mismos civiles de esta zona, que estaban bajo el control del Imperio Turco Otomano, ya que tras soportar impuestos altísimos y no obtener ningún avance para el futuro de su sociedad, decidieron aliarse con el país europeo en una guerra titulada como “La Revuelta Árabe”. Luego de un ataque sorpresa en un puerto estratégico de la actual Jordania, lograron obtener finalmente la victoria en 1918 y los otomanos se vieron obligados a sacar sus tropas de dicha zona.

Si bien el pueblo siguió bajo dominio británico y no se pudo independizar hasta 38  años después, lograron desarrollarse de mejor manera y de esta forma llegó el fútbol a las calles de la entonces llamada Transjordania.

En 1953, en plena guerra con Israel, el seleccionado jordano tuvo su primer encuentro oficial: cayó 3-1 frente a Siria en agosto por los Juegos Panarábicos realizados en Egipto y terminó en la cuarta posición de este torneo que disputaron seis naciones. En dicho certamen logró su primera victoria, tras superar 4-1 a Líbano en la segunda fecha.

Durante 1968, apenas un año después de perder los territorios de Jerusalén y Cisjordania en la “Guerra de Los Seis Días”, Jordania inauguró el Estadio Internacional de Amán, donde hasta hoy es la casa del seleccionado asiático.

En 1997 y 1999, los representantes de este país lograron conseguir las medallas de oro de manera consecutiva en los Juegos Árabes tras haber firmado el Tratado de Paz con Israel en 1994. Seis años después, asumió como entrenador el argentino Ricardo Luis Carugati, ex arquero de las inferiores de All Boys, pero su mandato se cortó tras su inesperado fallecimiento en febrero del 2001. Tres años más tarde, la Selección jordana dio el salto continental: se clasificó por primera vez a la Copa Asiática de la AFC, en la cual llegaron hasta los cuartos de final mientras que en la propia nación había una importante lucha contra los grupos terroristas de Al-Qaeda.

En 2014 se quedó a un paso de clasificar a la Copa del Mundo, ya que perdió en la última instancia frente a Uruguay, y en 2023 logró un subcampeonato en la Copa Asiática que quedaría para la historia deportiva del país, en una época en la que vivió en máxima alerta por los conflictos cercanos.

Finalmente, Jordania se clasificó para la próxima edición de la Copa del Mundo, y se enfrentará a la selección argentina de Lionel Messi, demostrando que el fútbol no solo se trata de un juego, sino que puede convertirse en un símbolo de resistencia y crecimiento.

En una tierra donde la historia estuvo marcada por conflictos y cambios constantes, una pelota pudo ofrecer algo que las guerras nunca brindaron: la posibilidad de soñar. Porque entre trincheras y goles, Jordania encontró mucho más que un deporte: consiguió una forma de mirar hacia el futuro.

Conviviendo con el enemigo: su papá no lo deja ir al Mundial

Por Benjamín Tome, Valentino Franco, Naiara Rovera, Valentín Moran 

El fútbol suele tener historias muy peculiares, pero muy pocas como la de Louey Ben Farhat, una de las jóvenes promesas tunecinas que sorprendentemente se quedó fuera de los 26 convocados para el Mundial por un motivo ajeno a lo deportivo: su propio padre fue quien rechazó el llamado del director técnico.

Sabri Lamouchi, el seleccionador de Túnez,confirmó ante la prensa que el delantero de 19 años no integraría la lista definitiva. Lo más sorprendente no fue la decisión en sí, sino la razón:el entrenador se intentó comunicar personalmente con el jugador durante semanas, pero no obtuvo ninguna respuesta. Finalmente, llegó: el padre le informó que su hijo no iba a integrar la lista porque consideraba que “la decisión es muy apresurada”.

La repercusión del caso no tardó en llegar hasta África, y menos a Alemania, donde Ben Farhat actualmente, milita en el Karlsruher SC, equipo de la segunda división y surgió como una de las mayores promesas del fútbol de su país en los últimos años.

Sin embargo, detrás de la decisión de rechazar la convocatoria, hay razones mucho más complejas que solo una simple decisión familiar. Louey nació en Alemania, por ende, posee doble nacionalidad y existe esa ilusión de representar a una selección de mayor nivel, algo frecuente, ya que hay varios futbolistas con raíces africanas, como Leroy Sané, Jonathan Tah, Antonio Rüdiger, Felix Nmecha, Jamal Musiala y Jamie Leweling.

En el fútbol moderno, este tipo de dilemas son cada vez más recurrentes. Muchos futbolistas nacidos en Europa, hijos de inmigrantes africanos o árabes, deben elegir entre el país donde crecieron y el país de origen de sus familias. Algunos toman la decisión rápidamente desde lo emocional; otros prefieren esperar para analizar qué selección puede ofrecerles mayores oportunidades deportivas. Lo extraño en este caso es la manera en que se desarrolló la situación.

Más allá de la esperanza por la selección europea, se encuentra un dilema en el que se ven envueltos los padres y su exigencia hacia los hijos futbolistas. En la mayoría de los casos, hay una gran exigencia por parte de la figura paterna hacia su hijo a la hora de jugar al fútbol, pero en este peculiar caso, contrariamente, no lo dejó asistir a la mayor cita futbolística ¿Acaso el padre le arrebató el sueño?

Lo cierto es que el episodio abrió un debate mucho más amplio sobre el rol de las familias y representantes en el desarrollo de los futbolistas jóvenes. En una época donde las carreras se planifican casi como proyectos empresariales, muchas decisiones deportivas dejan de depender exclusivamente de los jugadores. El caso de Ben Farhat parece reflejar justamente eso: una promesa atrapada entre la presión de un país que lo quiere como figura y un entorno que busca proteger su futuro.

Por el momento, Túnez afrontará el Mundial 2026 sin una de sus mayores promesas. Y Ben Farhat vivirá con una situación tan rara y difícil de explicar: haber quedado afuera de la selección de su país, por decisión de su padre.

 

De jugar con Messi en el PSG y Yamal en España a representar a Túnez en la Copa del Mundo: la historia de Ismaël Gharbi

Nacido en París, de padre tunecino y madre española, Ismaël Gharbi Álvarez es uno de esos extintos enganches que se han adaptado a jugar como extremo. Llegó con 15 años a las inferiores del Paris Saint Germain, donde compartió vestuario con Lionel Messi. Junto con Zaire Emery estaban señalados a ser las grandes estrellas emergentes del equipo de la capital, aunque Ismaël nunca alcanzó el rendimiento que se le había pronosticado: apenas jugó 12 partidos en dos años.

La incertidumbre dentro de las canchas también comenzó a manifestarse en sus decisiones fuera. Luego de representar a Francia, su país de nacimiento, en la Sub-17 y Sub-18, se cruzó al otro lado de los Pirineos para unirse a las juveniles de España. Allí fue compañero de la otra gran cara de esta Copa del Mundo: Lamine Yamal, que a pesar de ser tres años más jóven que sus compañeros, ya se hacía hueco en la Sub-19.

Pero la historia de Ismael fue distinta. Una vez llegada la edad para la mayor, las convocatorias no llegaron. A nivel clubes tampoco había muchas certezas. En 2023 se mudó al fútbol suizo a préstamo, y al año siguiente finalmente, cortó vínculo con la entidad parisina para jugar en el Sporting Braga de Portugal.

Nunca terminó de explotar y, nuevamente, su carrera tuvo que hacer escala en otro país. El Augsburgo alemán accedió a un préstamo por el jugador, hasta esa fecha, español. En septiembre de 2025, las autoridades del fútbol tunecino se reunieron con el jugador con un objetivo que se cumpliría: que Gharbi cambie, por tercera vez, de seleccionado. Una buena Copa Africana de Naciones le valió un lugar en la convocatoria al Mundial y, pese a mantener todavía la carátula de promesa pendiente, está ante la oportunidad de su vida: puede enderezar el rumbo de una carrera que lo posicionó entre los mejores, aunque no logró estar a la altura.

 

Primer grito africano

Aunque el seleccionado nunca logró pasar la fase de grupos en sus seis participaciones, su presencia en el Mundial de 1978 en Argentina hizo historia en el fútbol africano: Túnez se convirtió en el primer seleccionado africano en ganar un partido en una Copa del Mundo. En su debut venció 3-1 a México y aquella victoria es recordada como “Malahamet al Argentina”, “El Triunfo de Argentina” en árabe. Su segundo partido fue contra Polonia, en el cual cayó por la mínima diferencia, y en el tercero empató contra Alemania Federal, campeón del Mundial de 1974. De esa manera, se quedó afuera, pero consiguió hacer historia, literalmente, ya que esa gran actuación empujó a la FIFA a sumar un segundo cupo africano para España 1982.

Ganar después de ganar

Por Luca Ferretti

Hay victorias que cambian una temporada. Otras cambian una carrera. Y algunas, muy pocas, cambian una vida entera.

La Selección Argentina llega al Mundial 2026 enfrentando un desafío distinto a todos los anteriores: ganar después de haber ganado. Defender algo que ya es suyo. Volver a caminar por un camino cuya cima ya conoce.

Durante décadas, el fútbol argentino vivió persiguiendo una imagen. La de 1986. La del Diego levantando la Copa del Mundo en México. La de un país que encontraba en una pelota una forma de explicarse a sí mismo. Después llegaron los años de las frustraciones, las finales perdidas, las generaciones que parecían destinadas a quedarse siempre a un paso.

Hasta que apareció Qatar.

En 2022, Argentina no solamente ganó un Mundial. Recuperó una ilusión colectiva. Cerró una herida histórica. Le dio a Lionel Messi aquello que el fútbol le debía. El 10 después del 10 levantó la Copa y millones de argentinos sintieron que una historia finalmente encontraba su final perfecto.

Pero la vida rara vez termina cuando uno alcanza la meta.

Ahí empieza otro desafío.

Porque si ganar es difícil. Mantenerse después de ganar es todavía más difícil.

Sucede en el deporte, en el trabajo, en los proyectos personales y en cualquier aspecto de la vida. Cuando uno lucha por algo durante años, imagina que la felicidad llegará al conseguirlo. Sin embargo, una vez alcanzado el objetivo aparece una pregunta incómoda. ¿Y ahora qué?

Argentina llega a este Mundial con esa pregunta sobre los hombros.

La presión ya no es la misma. Ya no existe la necesidad desesperada de romper una sequía. Ya no está la obligación de demostrar nada. El equipo de Lionel Scaloni se presenta como campeón del mundo, campeón de América y ganador de las Eliminatorias sudamericanas. Es una selección que aprendió a ganar y que convirtió la victoria en una costumbre.

Sin embargo, la historia demuestra que el fútbol no tiene memoria.

Las medallas brillan pero no juegan.

Las estrellas bordadas en la camiseta pesan pero no corren.

Cada Mundial vuelve a empezar desde cero.

Por eso la gran batalla de Argentina en 2026 será mental. Entender que el pasado glorioso puede ser una fuente de confianza, pero nunca una garantía de futuro.

Y en medio de esa búsqueda aparece Lionel Messi, quizás el mejor futbolista de la historia.

A los 38 años (cumplirá 39 durante la competencia), el capitán argentino disputará su sexta Copa del Mundo, algo reservado para los elegidos. Será su última función en el escenario más grande de todos. 

Hay algo simbólico en que este último Mundial se juegue en Estados Unidos.

Porque fue justamente en Estados Unidos 1994 donde ocurrió uno de los episodios más dolorosos de la historia del fútbol argentino. Donde a Maradona le cortaron las piernas.

Aquella frase pronunciada por el propio Diego trascendió el deporte porque expresó algo mucho más profundo que una sanción. Representó la sensación de que le arrancaban al pueblo argentino la ilusión.

Treinta y dos años después, otro número diez llega al mismo territorio.

Pero la historia es completamente distinta.

Diego llegó a Estados Unidos peleando contra el tiempo.

Messi llega habiéndolo vencido.

Diego abandonó aquel Mundial entre lágrimas.

Messi aterriza en Norteamérica como campeón del mundo.

La tierra que alguna vez fue escenario de una despedida amarga puede transformarse ahora en el escenario de un último baile.

Ahí está el verdadero significado de este Mundial.

No necesariamente en levantar otra Copa.

Sino en demostrar que una generación extraordinaria todavía tiene hambre después de haber conquistado todo.

Porque ganar después de ganar no significa obtener siempre el mismo resultado.

Significa levantarse con la misma ambición que cuando todavía no se había conseguido nada.

Volver a intentarlo cuando el objetivo ya fue alcanzado.

Volver a soñar cuando el sueño ya se hizo realidad.

Argentina tiene equipo para competir con cualquiera. Tiene experiencia, jerarquía y una identidad consolidada. Pero también sabe que España, Francia, Brasil, Portugal y otras potencias buscarán destronarla.

Por eso este Mundial será una prueba sobre algo más grande que el fútbol.

Será una prueba sobre el deseo.

Sobre la capacidad humana de seguir avanzando después de lograrlo todo.

Sobre los huevos de exponerse nuevamente al fracaso cuando ya se conoce la gloria.

Quizás Argentina vuelva a ser campeona.

Quizás quede eliminada antes de lo esperado.

Nadie puede saberlo.

Pero hay algo que ya consiguió.

Transformó una generación marcada por las derrotas en una generación que entendió cómo ganar.

Y eso, en el deporte y en la vida, tiene un valor enorme.

Porque al final las victorias más difíciles no son las que se consiguen por primera vez.

Las victorias verdaderamente extraordinarias son aquellas que se persiguen cuando ya no hay nada que demostrar.

Eso es ganar después de ganar.

Y eso es exactamente lo que la Selección Argentina irá a buscar en el Mundial 2026.

La última sacudida

Por Delfina Juan

N.d.R: Este texto no está escrito por el protagonista sino por la autora desde la piel del Indio Solari en base a entrevistas, testimonios, declaraciones de la leyenda del rock nacional sumado a escasas licencias poéticas que no alteran la esencia de su mensaje.

 

Desde hace varios años hasta 2016 el broche final de mis conciertos era el intocable himno de Oktubre, ese que hacía que mi público, que movía cielo y tierra para verme, se moviera de verdad. El 11 de marzo de 2017, en Olavarría, fue el último recital que le brindé a mi querida audiencia. Esa noche no cerré con “Jijiji”; pegué un conocido aullido feroz y, al ritmo de “Porque este es su rock ‘n’ roll”, sonó mi última canción en vivo.

Un año antes de mi despedida de los escenarios, en una noche fría con olor a sudor y lluvia durante un recital en Tandil, minutos antes de arrancar el show frente a 150.000 amantes de mi música, me tocó salir y anunciar lo más duro en mis largos años de carrera. Con un buzo a rayas, una campera verde militar y esos lentes de sol que eran mi distintivo, pero que en ese momento servían para ocultar mis lágrimas, me paré firme y le comuniqué a la multitud: “Si me pueden escuchar se los voy a agradecer mucho, quiero decirles algo que tengo la necesidad de decirles. Anda circulando en internet la versión de que estoy enfermo… y es verdad. Mr. Parkinson me anda pisando los talones, pero bueno, aquí estoy y no me van a bajar del escenario así nomás”.

Esas fueron mis palabras, las que me salieron, las que sentí justas.

Finalmente me bajó. Quien pisó mis talones durante un tiempo logró hacerme caer fuera del escenario. Mi salud se llevó y arrastró gran parte de la felicidad de mi vida: la música y la posibilidad de brindársela a mi gente. Actualmente ya no me dedico a eso; ahora mi trabajo es empeorar día tras día, aunque tampoco me enfrento al Parkinson, ya que sería convertirme un poco en el monstruo que estoy combatiendo.

Toda mi vida me sentí invencible. “Y nada ni nadie nos puede, nos puede parar” (Rock para los dientes). El mal de Parkinson es un trastorno del movimiento progresivo que afecta al cerebro y provoca síntomas como temblores, rigidez, lentitud de movimiento y problemas de equilibrio. Donde más me afecta a mí no es en el temblor, sino en la rigidez, una característica que supe llevar como adjetivo arriba del escenario durante 41 años.

Pájaro enfermo
Sueña que vuela dormido
Buscando en el cielo un sentido
*Las nube’ le hacen de nido fractal donde cantará 

Agradecido, a pesar de mi condición física, puedo seguir escribiendo con mi alma, aunque ya no pueda representarla con mi cuerpo sobre un escenario. Esas estrofas pertenecen a una de las últimas canciones que compuse, “QUEMARÁS”, junto a WOS. Porque, como bien dije hace unos años: “El Míster tiene ganas de hacer música y que la toque quien quiera”.

Públicamente siempre personifiqué mi enfermedad y, a medida que pasaba el tiempo, fui cambiándole el aspecto. Supo ser Míster, monstruo y hasta amigo. Algo que tuve claro desde el día en que me enteré fue que le iba a dar batalla. Lenta pero rápidamente me va consumiendo y no me permite estar en mi mejor versión; por eso dejé los escenarios. De pronto, mi magnetismo físico hacia el público iba a romperse progresivamente, y yo nunca permitiría eso.

Tenía planeado comunicar mi enfermedad incluso antes de Tandil. Pocas son las personas que llegan en plenitud a los 80 años. Ahora mismo estoy atravesando un momento de decrepitud y, aunque siempre me aferré a la vida, me di cuenta de que no sirvo para viejo.

Viví muchos años sin diagnóstico, por lo que confundía mis síntomas, muchas veces, con la claustrofobia o con malestares propios de la rigidez. Puedo saber mucho de muchas otras cosas, pero de repente, frente a este sufrimiento, me encuentro con una gran incertidumbre: no sé quién es quién.

Me empecé a dar cuenta un día en que iba a cortarme las uñas y noté el temblor. Otro día intenté abrocharme un botón y volvió. Empecé a desconfiar de esas pequeñas cosas cotidianas, pero no sé exactamente cuándo apareció mi gran compañero de deterioro. Tomo muchas pastillas por día, desde varios años antes de anunciarlo, pero las tomo mal, muy mal. Tienen sabor a dolor. No son las pastillas que me gustan, las que elijo tomar.

Quién diría que aquel temblor abriría las dos vertientes de mi vida y de mi carrera: la sacudida feroz de mi público y el temblor íntimo de mi cuerpo

Carlos Alberto Solari: el último arquitecto de la fe colectiva

Por Nahuel Runca y Naomi Coronel

No fue solamente la muerte de un músico. Fue la despedida de una de las últimas figuras capaces de generar una fe colectiva sin mostrarse demasiado. Durante décadas, millones de argentinos creyeron conocer al Indio Solari. Cantaron sus canciones, viajaron cientos de kilómetros para verlo y encontraron en sus letras respuestas que muchas veces ni él mismo pretendía dar. Pero detrás de ese personaje inmenso seguía existiendo Carlos Alberto Solari: un hombre tímido, lector obsesivo, dibujante, desconfiado de la fama y empeñado en conservar algo que el éxito suele devorar. Mientras el mito crecía hasta volverse inabarcable, él parecía hacer exactamente lo contrario: desaparecer un poco más.

Durante años, su vida transcurrió detrás de los muros de su propio refugio, custodiando una intimidad que para muchos era un misterio absoluto. Mientras afuera el mundo se volvía cada vez más rápido, cínico y digital, él elegía el repliegue. El Parkinson se le instaló en el cuerpo como un inquilino hostil, tratándolo como a un juguete rabioso, intentando apagar la chispa del último gran mito popular. Pero el Indio no se quedaba masticando la rabia de las noticias de ayer.

Puertas adentro de su casa, el dilema diario del Indio siempre fue un crudo to beef or not to beef: elegir entre el roce carnal con las masas o el exilio dorado de la privacidad. En ese living de Parque Leloir, lejos de la inmensidad pública, Solari se volvía un hombre de carne y hueso que combatía al ‘Míster’ con auriculares puestos, traduciendo su encierro en el cantar de los de la distancia. No hacía falta que saliera a la calle; desde su computadora, como un hacker de almas, digitaba el destino de su tribu.

Para el pibe que ahorraba meses vendiendo lo que podía, el viaje a la misa ricotera no era un gasto; esa estrella era su lujo. En un país que tantas veces les dio la espalda, los Redondos construyeron un territorio soberano donde los desamparados no pedían permiso. Y es que ahí resaltaba su figura: el Indio como el gran arquitecto del pogo más grande del mundo.

No necesitaba el vértigo físico; su magnetismo era puramente mental y poético. Desde las tablas, como un chamán frío y calculador, Solari digitaba los planos de una catarsis colectiva que hacía temblar la tierra. Él sabía perfectamente qué hilos tocar para alimentar a la bestia pop, transformando el dolor individual en una fiesta rabiosa. Su voz funcionaba como un ángel para la soledad de esas masas. Por eso, cuando el ritual llegaba a su clímax y promediaban los acordes de Ji ji ji, la obra arquitectónica se completaba. No era solo gente saltando; era un país herido encontrando su redención en el barro, respondiendo al grito de “¡Vamos las bandas!” con el último aliento que les quedaba en los pulmones.

Quizás por eso su muerte genera algo más profundo que la tristeza. Porque no se va solamente una voz. Se va alguien que acompañó la vida de millones sin invadirla nunca. Alguien que estuvo ahí, como una presencia distante pero constante, cantando para los que alguna vez se sintieron juguetes perdidos en medio del ruido del mundo.

Al final, cuando el cuerpo se le puso pesado y el escenario ya quedaba demasiado lejos, el Indio ensayó su última jugada. Sabía que se estaba convirtiendo, de a poco, en un ángel amateur que ya no necesitaba de los focos para alumbrar. El tipo que alguna vez advirtió que todo un palo es la vida, se fue en silencio, dejando el tesoro a buen resguardo. No hay drama en el final del juego: las banderas rojas y negras de lienzo blanco, con sus nombres guardados, seguirán colgadas en los corazones y alambrados. Y el pogo, en algún lugar del viento, nunca se va a terminar de apagar.

Hoy las calles amanecieron un poco más frías. Ya no habrá más misterios sobre un próximo show, ni la expectativa de volver a ver esa silueta calva y pequeña dominar las pantallas. El cuerpo cedió, el Míster apagó el motor psico, y la mística ricotera se queda flotando en el aire como un eco que se niega a morir. Solo queda, de este lado de la historia, la tarea de heredar su fuego. Queda prender un cigarrillo en la esquina, ponerse la remera negra, que hoy pesa un poco más en los hombros, y mirar a los ojos a otro compañero de ruta. La certeza de que este día iba a llegar no quita que nadie esté realmente preparado para semejante desamparo. Las lágrimas se secan con la certeza de que su voz va a abrigar siempre a todos esos pibes, y es menester abrazar este luto sabiendo, mejor que nunca, que las despedidas son esos dolores dulces.

La herencia más pesada

Por Emanuel Soste y Lautaro Díaz

La historia de la camiseta número “10” en la selección argentina tuvo diversos genios que supieron portarla en su máxima expresión, cada uno con diferentes estilos, pero con su sello implantado en el verde césped. El primer campeón del mundo con este dorsal en la espalda fue Mario Alberto Kempes, quien se consagró campeón en el Mundial organizado en Argentina en 1978. Aunque encajaba con ese perfil para llevar la camiseta, se le asignó ese número por orden alfabético, ya que por aquel entonces se repartían de esa manera. Además,“El Matador” fue el goleador del torneo con seis goles y fue elegido como el mejor jugador del certamen.

Cuatro años más tarde, Diego Armando Maradona lució la camiseta “10” con la que también se consagró campeón del mundo en 1986 y convirtió el gol más recordado de la historia de los Mundiales frente a Inglaterra. “Pelusa” llevó esta camiseta hasta 1994, cuando jugó su último partido en la selección argentina. En 2009, Lionel Messi comenzó a usar este número por primera vez, y en 2022 ganó el Mundial de Qatar. “La Pulga” es el máximo goleador de la historia albiceleste con 116 tantos y es el que más Mundiales disputó, ya que esta va a ser su sexta participación.

También jugadores como Ariel Ortega, Marcelo Gallardo, Juan Román Riquelme y Pablo Aimar supieron llevar esta camiseta. Pero sin dudas, la que más pesaba era la que usó Marcelo Espina, ya que fue el primer jugador en usarla después del retiro de Maradona de la selección. En 1994 Daniel Passarella asumió como entrenador de Argentina y en su primera convocatoria incluyó al volante que jugaba en Platense y lideraba la tabla de goleadores del torneo argentino junto a Hernán Crespo.

“Fui de visita a la casa de mis viejos y nos pusimos a ver el noticiero. En un momento anunciaron que Passarella iba a dar a conocer su primera lista de convocados como técnico de la selección. Miré con la curiosidad del futbolero, sin ninguna expectativa. La imagen lo mostró sentándose y leyendo la nómina, en la que estaba yo. Era una época sin celulares y me empezó a llamar todo el mundo. No entendía nada y fue muy sorpresivo”, rememoró el actual comentarista de ESPN.

El mediocampista heredó el dorsal en el debut del “Kaiser” como director técnico el 16 de noviembre de 1994, en un amistoso frente a Chile, el cual terminó con una victoria argentina por 3-0. En esa ocasión, también portó la cinta de capitán y convirtió el segundo gol del encuentro, el que fue su único gol vistiendo la camiseta de la selección argentina en los 15 partidos que disputó.

“El día anterior, Passarella nos confirmó que íbamos a ser titulares y, cuando estábamos en el hotel, dijo que yo iba a ser el capitán. Vivía como una inconsciencia total, casi sin darme cuenta, pero el tiempo me dio la noción de lo espectacular que fue”, recordaba el exmediocampista en un reportaje. Su camino en la selección continuó en la Copa Rey Fahd 1995 con sede en Arabia Saudita, en la que siguió usando la “10”. En este torneo, el combinado nacional perdió la final ante Dinamarca. Ya para la Copa América que se disputó en Uruguay en ese mismo año, Marcelo Gallardo se adueñó del puesto y del dorsal.

Así como Espina tuvo la herencia de “D10s” en 1994, algo similar ocurrirá al término del Mundial 2026, ya que será el último de Lionel Messi, y quien sea el sucesor tendrá puesta la mirada no solo de un país, sino de todo el mundo.

Uzbekistán, por primera vez a un Mundial

Por Julieta Borches

La selección de Uzbekistán consiguió el logro más importante de su historia futbolística al clasificarse por primera vez a una Copa del Mundo. El equipo asiático aseguró su lugar tras las eliminatorias de la AFC, favorecido por el nuevo formato impulsado por la FIFA, que amplió el torneo a 48 selecciones y otorgó más plazas directas para Asia.

El conjunto uzbeko integró el Grupo A de la tercera ronda clasificatoria junto a selecciones como Irán, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Corea del Norte y Kirguistán. Terminó segundo, con 21 puntos, por detrás de Irán y con seis unidades de ventaja sobre el combinado emiratí.

De todos modos, la clasificación se confirmó el 5 de junio de 2025, cuando Uzbekistán empató 0-0 frente a Emiratos Árabes Unidos en Abu Dabi, punto que le alcanzó para asegurarse el pase directo al Mundial 2026.

Cannavaro, de “El Muro de Berlín” como jugador a dirigir Uzbekistán

Por Juan Ignacio Drolas

Creció en las calles de Nápoles, en una zona donde forjó una resistencia y fortaleza. Años después, terminaría siendo el capitán de Italia en la conquista del Mundial 2006 y, como si fuera poco, ganó el Balón de Oro siendo defensor. Fabio Cannavaro es, actualmente, el entrenador de Uzbekistán y buscará resurgir como director técnico en la lucha por hacer un buen papel en un grupo difícil en el Mundial 2026.

Nació el 13 de septiembre de 1973 y, a sus 19 años, debutó con el primer equipo del Napoli, donde se consolidó durante tres temporadas consecutivas como el defensor central de los “Gli Azzurri”, con un gran espíritu de lucha, a pesar de su llamativa estatura de 1,75 m para ese puesto. Luego fichó por Parma, con quien ganó sus primeros títulos como profesional y empezó a destacarse como ese jugador con gran competitividad y una intensidad que lo ayudó a que hoy su nombre sea recordado como uno de los mejores defensores de la historia. Después de conquistar una Copa de la UEFA, dos Copas Italia y una Supercopa de Italia, pasó a jugar en el Inter de Milán y, aunque era titular indiscutido, tras dos temporadas decidió irse a la Juventus ante la falta de títulos del “Nerazzurri”.

En su etapa por Juventus tampoco logró ninguna copa, ni nacional ni internacional, pero mostró su mejor nivel defensivo en la Serie A del 2006, tanto así que consiguió la Copa del Mundo de ese año con una actuación excepcional, ya que no permitió que le marcaran goles en el campo durante el torneo, lo que le valió el apodo “El Muro de Berlín”. Por si fuera poco, se quedó con el premio al mejor jugador del Mundial 2006 y el Balón de Oro. Tras un gran año, fichó por el Real Madrid, en el cual se esperaba que repitiera ese nivel que venía demostrando, pero no se dio de aquella manera. Así y todo, ganó dos Ligas y una Supercopa de España para luego volver nuevamente a Juventus.

Terminó su carrera al ser desvinculado del Al-Ahli por falta de compromiso, en 2011, a los 37 años. Tres años después de su retiro fue nombrado entrenador del Guangzhou Evergrande, aunque fue sustituido luego de ocho meses al mando. En octubre de 2015 fue anunciado como nuevo entrenador del Al-Nassr; aun así, fue reemplazado en febrero de 2016, tras meses en el cargo. Pasó por cinco clubes más y por la selección de China, sin tener actuaciones sobresalientes en ninguno, pero se destacó por salvar al Udinese del descenso y por ganar una Liga China en el Tianjin Quanjian, además de una Superliga de China y una Supercopa de China.

Buscará su revancha en el próximo Mundial de 2026 luego de asumir con Uzbekistán el 6 de octubre del año pasado. Intentará mostrar un buen nivel de juego en un grupo complicado con Portugal, Colombia y República Democrática del Congo, ubicado en la zona K.