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Juan Ramón Fleita: “El pibe ya no disfruta, tiene la presión de salvar a su familia”

Por Santiago Peñoñori Gaona

Racing atraviesa una de las épocas más felices de su historia. Cualquier semilla que cae cerca del Cilindro hace crecer el pasto. En la última década, la Academia ganó seis títulos, sumando los nacionales (4) y los internacionales (2). Un club que parecía estar destinado a ir contra la corriente, enderezó su rumbo y, después de sucesivas buenas gestiones, se convirtió en un modelo que se anima a pelear todo lo que juega. Tras vencer a Vélez por los cuartos de final de la Copa Libertadores, Juan Ramón “Lagarto” Fleita, exjugador de Racing y actual captador de talentos del club, visitó TEA y Deportea y brindó una charla para alumnos de segundo año.

El club presidido por Diego Milito buscará seguir en modo “#RacingPositivo”. Para eso, deberá trabajar sobre el modo en el que narra su historia. En la actualidad, los niños transitan su infancia al son de las sucesivas victorias del equipo de Gustavo Costas, que son posibles gracias a la incondicionalidad de sus hinchas y a personas como el Lagarto, que tiene un sentido de pertenencia enorme y, a sus 53 años, sigue trabajando a destajo por y para la institución blanca y celeste.  

El oriundo de Las Toscas sabe hasta la “cantidad de hormigas” que andan por el predio Tita Mattiussi, donde se entrenan las inferiores de Racing. Ha visto pasar camadas enteras de jugadores, que lo conducen hacia la reflexión: ¿qué diferencias existen entre su formación en el club de Avellaneda a mediados de los 80 y la de los jóvenes que hoy transitan ese proceso que lo encuentra como referente? “El pibe ya no disfruta, tiene la presión de salvar a su familia”, lamenta. Al mismo tiempo, recuerda cómo disfrutó la picada que comió el viernes anterior a debutar en primera contra Chaco For Ever, hecha por la madre de Racing, Tita Mattiussi. “A los chicos les hacen mediciones antropométricas y les dan una dieta de acuerdo a lo que necesite su cuerpo”, contó. El contraste es grande. La alta competencia está en todos los detalles.

El Lagarto cree que cada chico es un enigma a resolver y eso lo estimula a continuar trabajando cada día con el fútbol. Su ojo es siempre humano. “Uno a veces se convierte en la referencia de los chicos que no tienen una imagen para tomar como modelo”, señala y acepta la responsabilidad que eso representa. El exdelantero jugó en la Academia desde 1991 a 1996 en una época en la que paradójicamente abundaban las carencias. Hoy, cree que el escenario que brinda el club a sus juveniles es óptimo y proclive para una formación integral. Tal es así, que el Lagarto definió un modelo de jugador de la Academia: tácticamente inteligente y deseoso por tener siempre la pelota. “En Racing no buscamos que lleguen con la idea de ganar a cualquier precio”, concluyó.

 Hoy disfruta de poder cosechar lo que sembró durante años. Su rol de captador lo lleva a viajar a lo largo y a lo ancho del país y a ser recibido por filiales de distintas localidades que lo agasajan y le rinden homenajes. El Lagarto es un eterno agradecido al fútbol por todo lo que le permitió vivir y las amistades que construyó a partir de él. No cierra las puertas a volver a trabajar como director técnico, y hasta bromea con el interinato que tuvo a fines de 2017, tras la salida de Diego Cocca: “Fueron dos partidos: una victoria y un empate. Estoy invicto”.

Emiliano Lezcano y la historia detrás del tiro imposible que recorrió el mundo

Tobías Agostinis 2B

Sin dudas, la vida de Emiliano Lezcano cambió luego de ese triple desde cerca de su propio aro que le dio el triunfo a Ferro ante Boca por 76-73 en el tercer juego de los cuartos de final de la Liga Nacional. Ese tiro increíble convertido por el tucumano desde un poco más de 20 metros de distancia recorrió el mundo entero y el planeta del básquet, tanto es así que, por ejemplo, uno de los que lo retuiteó en su cuenta de X fue el ídolo de su infancia, Emanuel Ginóbili, con la frase: “Nunca vi algo similar”.

Su nombre resaltó en todas las redes sociales, portales deportivos y canales de televisión, pero su día a día de tranquilidad, paz y de perfil bajo cambió repentinamente luego de ese 12 de junio de 2025. “La semana posterior fue un caos. Tenía más de 200 mensajes en mi WhatsApp, me llamaban de FOX Sports, ESPN y otros medios para hacerme notas. Llegó un momento en el que tuve que apagar mi celular”, contó el base del elenco de Caballito.

 

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Luego del cuarto partido de la serie, que Boca se llevó 74-72 y forzó el quinto juego, el Tucu le pidió a su novia Delfina ir al cine para despejar la cabeza, pero fue todo lo contrario. Todo el público del shopping lo conocía, le pedía fotos, autógrafos y le imposibilitaban la salida del complejo. Una salida romántica para desconectar y ver “Lilo y Stitch” fue una verdadera odisea.

El portador de la camiseta número 4 del Verdolaga se crió con mucho amor y humildad en su casa de Tafí Viejo, la cual compartía con sus padres y sus hermanos Horacio, Ezequiel y Agustina. Vivían enfrente de Talleres, uno de los equipos de la ciudad, y desde que tiene uso de razón permanecía el mayor tiempo de su día dentro de las instalaciones del club.

Su madre trabajaba en una librería y su papá tenía una imprenta y toda la vida le inculcaron el sacrificio y el esfuerzo de todos los días. “Nunca nos sobró nada, tampoco nos dimos lujos, pero el plato de comida nunca faltó. A la noche se complicaba y ahora de grande me doy cuenta de que mi mamá nos decía que no tenía hambre, pero era para que comamos nosotros”, confesó.

Su familia siempre estuvo apoyándolo desde el día uno. “En la propuesta para ir a Córdoba hubo una disputa, ya que mi mamá quería que estudie y le dije llorando que me quería ir, que quería ser jugador de básquet. Me ayudaron mucho. Sin ellos no sería nada”, contó. En las charlas que a veces le toca dar en distintos clubes, Lezcano manifestó que busca transmitirles a los padres que crean en sus hijos, en que piensen que van a llegar a ser lo que quieran ser y que toda la familia crea que ellos pueden. Tienen que dejar ser a sus hijos y creer en ellos.

Emiliano jugó en Talleres hasta los 15 años, edad en la que llegó a Estudiantes de Tucumán y disputó la segunda división de la provincia: “La B tucumana es una carnicería. Me han llegado a amenazar con cuchillos desde la tribuna”, declaró. Luego pasó a Ameghino y debutó en la Liga Argentina en un encuentro ante Central de Ceres con tan solo 17 años. Regresó a “La Cebra” en 2021, pero seis meses después volvería al conjunto de Villa María para integrar el plantel que disputó la Liga Argentina y llegó a las finales, que, para lamento de Lezcano, perdieron ante Zárate en cinco partidos.

Llegó al conjunto cordobés gracias a unas pruebas que se realizaron en el club y solamente había lugar y viviendas para seis, los cuales ya habían sido elegidos y el Tucu no estaba entre ellos. Allí fue que apareció Pablo Giraudo y decidió pagar un departamento más para que Emiliano se quede y pueda jugar en el club. “Pablo es una persona muy importante para mí y siempre me ha ayudado mucho. Si él no pagaba otro lugar para mí, yo no sé si estaría jugando al básquet”, acotó. “Hace poco le envié una camiseta con una carta y me llamó llorando para agradecerme. Es un tipo que da sin recibir nada a cambio”, agregó el basquetbolista.

Otra persona muy importante en su carrera fue Gustavo Gaete, su técnico en Estudiantes, que le dio confianza y lo entrenó sin importar el horario y las condiciones climáticas. “Es un grande para mí. Veía algo en mí que yo no lo veía”, declaró.

En 2023 llegó al elenco de Caballito y convivió mucho tiempo junto a Felipe Rodríguez, jugador surgido de las inferiores del club que es uno de sus actuales compañeros. Le costó adaptarse al caos de Buenos Aires, ya que es todo lo contrario a la tranquilidad que hay en Tucumán y Villa María. Además, tuvo un breve paso por la Liga de Venezuela: “Estuvo bueno lo que viví, pero si me decían de quedarme un mes más no lo hacía”, afirmó.

Ezequiel Lezcano, su hermano, es jugador de las inferiores de Regatas de Corrientes y en el encuentro entre el Remero y Oeste le tocó ir al banco de suplentes y tuvo la posibilidad de debutar en la Liga Nacional ante el equipo de su hermano, pero finalmente no ingresó. Justamente, esa semana en la que casi se enfrentan en cancha los hermanos Lezcano fue muy dura para la familia, debido a que su padre debió ser operado del corazón. “A mi viejo lo durmieron y debía despertar en pocas horas, pero estuvo dos días sin abrir los ojos y las enfermeras nos llegaron a decir que si pasaba de esa noche era un milagro y al día siguiente despertó. Fue un milagro”, expresó el base de Ferro.

También agregó que le repercutió mucho en lo deportivo, ya que esa semana de partidos, ante Gimnasia de Comodoro Rivadavia y Oberá, respectivamente, fueron los peores de su carrera, según contó Emiliano. “A la semana siguiente de que lo operaran metí 30 puntos ante Independiente de Oliva. Fue una tranquilidad enorme”, añadió.

Su novia Delfina y su hermana Agustina creen mucho en las energías y, de a poco, se lo fueron inculcando al Tucu.

Emiliano tuvo un hermano mellizo que falleció al día siguiente en que nacieron y, justamente relacionado con las energías, siente que siempre está presente junto a él. “En el tiro, hay un momento en que la pelota baja de repente y apunta directamente hacia el aro. Siento que él estuvo ahí y me ayudó a que entrara”, describió.

Toda su vida fue llena de mucho amor, contención y compromiso: fue muy educado, respetuoso y buen estudiante. También fue abanderado en la escuela primaria, tenía asistencia perfecta y siempre salía como mejor compañero. “Mi infancia fue muy divertida, estuve rodeado de amigos”, declaró.

Su mamá, pilar en su vida, trabajó durante 20 años en la librería y hace un tiempo, entre todos los hermanos, le dijeron que deje de trabajar, que se mantenga con la venta de productos de bazar y que, si algún día necesitaba algo, que le pida a ellos. “Mi mamá trabaja desde los seis años, ya que su infancia fue muy dura y hasta en muchos casos no tenían para comer en la casa. Nosotros no estuvimos ni cerca de tener esa vida y es algo que le voy a agradecer eternamente”, comentó el joven tucumano.

“El Lobo”, como le dicen sus compañeros en Ferro, tiene como hobby y tradición familiar la pesca. “Nos gusta mucho pasar tiempo en familia. Ahí despejás la cabeza, sos vos y la caña, nada más”, agregó. También incursionó en el mundo de la cocina y su fuerte, sin dudas, es la tortilla de papas. Ama los guisos, la pata y muslo y las milanesas, aunque confesó que no le gustan mucho las que hacen en Buenos Aires, ya que no tienen tantos condimentos.

Se crió con la anaranjada debajo del brazo y se considera simpatizante de los Miami Heat. Creció en la etapa dorada de la franquicia y con LeBron James, Dwyane Wade y Chris Bosh liderando el equipo. “En la actualidad no estamos muy bien, pero amo al entrenador Erik Spoelstra”, añadió.

El Tucu tiene una gran actualidad y busca conseguir grandes logros con el elenco verdolaga, pero en unos años se ve jugando en la Liga de Brasil para dar el salto internacional importante en su carrera.

Una vida de sacrificio, compromiso, trabajo y amor familiar. Rodeado de grandes amigos y familia, que es lo más grande que uno puede tener. Emiliano Lezcano sigue en busca de cumplir los sueños de aquel niño que iba todos los días al club Talleres para jugar al básquet y anhela ayudar a su familia y retribuir, de la manera que pueda, todo el cariño que le brindaron durante su vida. Un chico de perfil bajo que dio y dará que hablar por mucho tiempo.

Lautaro Rivero, de vender alfajores Guaymallén en Moreno a cumplir su sueño de jugar en River

Por Malena Gómez

Cada vez que el semáforo se ponía en rojo, con una sonrisa tímida y una caja llena de alfajores Guaymallén en mano, aparecía Lautaro Rivero, quien caminaba entre los autos que pasaban por la ruta 25 en Moreno, al oeste del conurbano de la provincia de Buenos Aires. Algunos bajaban la ventanilla para comprar, otros miraban hacia otro lado. Sin embargo, él siempre estaba ahí.

Lautaro Rubén Rivero Cruz nació el 1 de noviembre de 2003 en Moreno. Tiene 21 años y desde junio de 2025 juega en River, luego de su paso por Central Córdoba de Santiago del Estero. Desde muy chico aprendió el valor del sacrificio. Creció en una familia numerosa junto a sus cinco hermanos y sus padres, Adriana Cruz y Alejandro Rivero. Durante su adolescencia, “Laucha”, como le dice su padre, se dedicó a trabajar de vendedor ambulante de alfajores Guaymallén para ayudar a su familia.

Adriana Cruz, mamá de Rivero, cuenta a El Equipo: “Desde muy pequeño, Lautaro siempre fue muy disciplinado. Nunca se rindió, ni cuando las cosas se ponían difíciles. Verlo hoy en River me llena de orgullo. Fue su sueño desde siempre; me hace pensar que todo el esfuerzo y sacrificio de la familia valió la pena”.

A los seis años comenzó a practicar fútbol en el club Los Halcones en Moreno junto a su hermano menor Joaquín. Su primer entrenador fue Marcos Ramírez, quién le enseñó cómo practicar fútbol: “Lauti empezó a entrenar conmigo desde muy chico, siempre fue diferente a sus compañeros. Desde un principio dije que iba a ser un apasionado por el fútbol, por su rapidez al aprender y practicar. No faltaba nunca a las clases, siempre estaba con una sonrisa. Es un gran pibe, con muchos valores y humildad, es un orgullo para mí verlo jugar”.

En marzo de 2018, Rivero quedó en River tras una exitosa prueba en la categoría 2003. Sergio Espínola, su ex entrenador del Club La Victoria de Moreno, comenta: “La prueba surgió a través de mi amigo que trabajaba con el hijo del Tapón Jorge Gordillo. En ese entonces él era el director técnico de la Novena de River y estaba en busca de un volante central y un lateral izquierdo. Lauti tenía 14 años y sabía que era una gran posibilidad para que se muestre. Y no la desaprovechó”.

Rivero se probó como volante por izquierda, su posición desde que empezó a jugar, pero luego, por su estatura (1,85) y por su potencia para marcar, se consolidó como defensor central en inferiores. Se formó y se convirtió en una pieza clave del plantel de Reserva, dirigido por Marcelo Escudero. No muchos sabían por aquel entonces que, al mismo tiempo que no faltaba a ningún entrenamiento, vendía alfajores Guaymallén en Moreno.

El 25 de octubre de 2023, su carrera futbolística cambió absolutamente: firmó su primer contrato con el Millonario, pero no tenía lugar en el primer equipo de Martín Demichelis. Su futuro era continuar en Reserva. Al siguiente año, Central Córdoba lo incorporó al equipo a préstamo hasta diciembre de 2025. Jugó 30 partidos y marcó dos goles. Logró su primer título como jugador profesional tras salir campeón de la Copa Argentina 2024. Incluso a comienzos de 2025 fue figura en su debut en la Copa Libertadores, en la victoria por 2 a 1 ante el Flamengo en el emblemático estadio Maracaná.

Su gran presente en el conjunto santiagueño no pasó desapercibido. En junio de 2025, sonó el teléfono. Del otro lado, la voz de Marcelo Gallardo , director técnico de River, le confirmó que se sumaba al equipo para el Mundial de Clubes en Estados Unidos. La incorporación al plantel ya era una realidad. Su nombre volvía a la lista, pero esta vez con un lugar protagónico. Lo que había soñado desde chico y declarado meses atrás: “Mi sueño es debutar en River; vine a Central Córdoba por un propósito y es volver a River de la mejor forma”. Ya no era una ilusión; era su presente.

El primer partido con la camiseta de River fue el 9 de agosto de 2025 en el clásico ante Independiente por el Torneo Clausura, que finalizó 0-0. Gallardo, en la previa del partido, optó por cambiar la formación inicial e incorporó a Lautaro Rivero en reemplazo de Paulo Díaz, quien quedó descartado por lesión. El juvenil de 21 años no desaprovechó la oportunidad. Tuvo un gran nivel y fiel a sus antecedentes, volvió a ser figura en su debut.

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La ruleta sigue girando, y Lautaro Rivero tiene más que claro que la paciencia, la perseverancia y la humildad son valores que nunca se pierden.

Las Leonas: El proceso que se convirtió en un legado

Por Katrina Botta, Rocco Miño, Martino Pizzi y Azul Ramos

En un país donde el fútbol es el deporte que más pasión mueve, el hockey tuvo que pelear para encontrar su lugar. Hubo una luz de esperanza entre 1974 y 1978, cuando la primera generación se alzó como subcampeona del mundo dos veces y logró un tercer puesto. Sin embargo, esa luz no brilló lo suficiente para crecer e impulsar el deporte.

Después de años de fracasos y desilusiones, resurgió en 1987 con el primer título en los Juegos Panamericanos, seguido del bicampeonato en 1991. El golpe de gracia fue en 1993, el seleccionado se consagró campeón mundial juvenil en Tarrasa, España. Comenzó una nueva etapa donde se escuchó el “primer rugido” y quienes lo conformaban se convirtieron  en “Leonas”.

En 1997, Sergio “Cachito” Vigil, tomó las riendas de la selección, con una misión: despertar el potencial de un equipo dormido y brillar a nivel mundial. Armó el plantel con una mezcla de juventud y experiencia. Promesas como Luciana Aymar, Soledad García y Mariela Antoniska, se vieron al resguardo de veteranas como Vanina Oneto, Jorgelina Rimoldi y Magdalena Aicega. Bajo el liderazgo de Vigil, un fuego interior se prendió en cada una de ellas. ¿El objetivo? triunfar, destacar, hacer historia. El DT, transformó el equipo, cada jugadora dio lo mejor de sí. Juntas, forjaron un legado que resonó en el tiempo y le dieron comienzo a lo que fue Sidney 2000.

Sergio Vigil junto a Karina Masotta y Luciana Aymar

Ya en los Juegos Olímpicos, el escenario más grande del deporte, Argentina ganó los primeros dos partidos y perdió los dos restantes de la primera fase. Llegó el momento de enfrentar a Holanda, el mejor seleccionado del mundo. Pero ellas no se dejaron intimidar. Lucieron por primera vez la camiseta con la leona bordada, un símbolo de su espíritu indomable. Jorgelina Rimoldi, ex jugadora del seleccionado, definió que ser una leona es sinónimo de “compromiso, entrega, compañerismo, unión y perseverancia”. Ella siente que aquella generación marcó un antes y un después en el hockey argentino, reconoce que “muchas niñas y adolescentes se interesaron más por el deporte”, luego de la medalla olímpica, y decidieron practicarlo, lo que generó una expansión masiva en nuestro territorio.

Primera versión de la camiseta argentina con la leona estampada

El hockey en Argentina es de nivel amateur y es algo gratificante que a nivel deportivo sea potencia mundial hoy en día. Rimoldi aseguró que: “Argentina tiene un plus que los demás no lo tienen, otras selecciones tienen todo servido y nosotros eso lo compensamos en la cancha con la entrega, garra y sacrificio”. A su vez, Alejandra Gulla, goleadora histórica de la selección, expresó: “La diferencia está, pero nosotros tenemos el semillero que hace que sigamos creciendo. Además, lo que tiene el argentino es la resiliencia y el ir siempre para adelante”. Esa medalla de plata que lograron el 29 de septiembre en Sidney, abrió el camino para los años más gloriosos del hockey argentino. Después del 2000, en total consiguieron: 6 medallas olímpicas, 7 Champions Trophy, 1 Liga Mundial, 1 Pro League y sus únicos 2 mundiales, uno disputado en Rosario en 2010.

Las Leonas, campeonas del mundo en Rosario 2010

Cuando se ponen la celeste y blanca, sienten “placer, felicidad y orgullo” por representar al país, ser una leona representa muchos valores. Gulla agregó: “No es solo ponerse la camiseta, sino que lleva una gran responsabilidad a nivel personal, la salud mental, el estudio, la vida propia en sí. Todo influye”. A la hora de buscar similitudes con el felino se considera que las leonas cazan en grupo, y se entrenan para cumplir su objetivo, que allá por el 2000, fue subirse a un podio. Y así fue como con “sacrificio” y las garras afiladas, se fueron abriendo paso al mundo. Las Leonas no solo conquistaron medallas, sino también corazones, dejando una huella imborrable en el deporte argentino. Pasaron 25 años y su legado vive, respira y late en cada jugadora que sigue su camino.

Cásico de Avellaneda, el orgullo del barrio en juego

Por Casandra Lacabe, Florencia Rodríguez Sánchez y Candela Guijo

Santiago Sosa, de Racing y Rodrigo Rey, de Independiente, palpitaron el clásico de Avellaneda que se jugará este domingo a las 15.15 en el Cilindro, por la fecha 11 del Torneo Clausura. 

El mediocampista de la Academia se refirió al buen momento del club y la ilusión de ganar el clásico: “Queremos ganar el domingo y nos estamos preparando para eso. Sabemos que es una alegría para toda la gente este partido, jugamos de local y va a ser algo muy lindo por todo lo que pasó el martes y lo que viene”.

Por su parte, el arquero del Rojo marcó la importancia de llevarse los tres puntos el domingo y lo que significa para Independiente: “Un clásico, más allá del contexto, representa mucho y ganarlo es lo que se quiere, sería muy bueno para todos. Para todo lo que representa nuestro mundo como club, tenemos la mente puesta en eso y hemos trabajado toda la semana para que eso suceda”.

 

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Racing se encuentra en el puesto 12 de la Zona A con 10 puntos, busca acortar distancia y acercarse a Unión que está puntero con 17 tantos.

En su último partido por el torneo venció 2-0 a Huracán en condición de visitante y el martes pasado superó a Vélez 1-0 por los cuartos de final de la Copa Libertadores, cerrando la serie con un 2-0 en el global y se clasificó a la semifinal.

Independiente, por su lado, se encuentra último de la Zona B liderada por Riestra con 19 puntos, y aún no ganó. Acumula 4 empates y 4 derrotas, en la fecha pasada igualó 1-1 de local con San Lorenzo.

Mariano Pernía, una vida ligada al automovilismo

Por Martino Pizzi

El martes 7 de julio de 2009, Mariano Pernía viajaba a la ciudad de Tandil junto a su hija Tiziana y su sobrino Thiago para despedirse de sus papás, previo a volver a España para entrenar con el Atlético Madrid. En la ruta 30, en el pueblo de Rauch, a 30 kilómetros de su destino, casi pierde la vida en un accidente automovilístico. Mariano quiso evitar un camión que estaba frenado y sin luz, volcó y cayó a una zanja. Una familia que vivía en una pequeña casa sobre la ruta vio fuego y los salvó.

El apellido Pernía ese día no figuraba en la sección Deportes, sino en la de Policiales. En España la noticia no tardó en llegar y Atlético Madrid suspendió los entrenamientos. El diagnóstico fue contundente: fractura de clavícula, vértebra cervical y perforación en el pulmón izquierdo. El 10 de octubre de 2009 volvería a España para entrenar. El 2 de febrero del 2010 regresaría a las canchas.

Mariano Pernía tiene hoy 49 años. Es un ex futbolista que ahora es piloto de autos que corre en Top Race. Su primera carrera fue en la Fiat Linea Competizione, el 12 de septiembre de 2012 en el Autódromo Mar y Valle de Trelew, con un debut soñado. Luego de luchar durante 14 vueltas, Pernía ganó una de las carreras más importantes del Fiat Linea Competizione y compitió contra su cuñado, Bruno Marioni. Meses más tarde, el 19 de febrero de 2012, debutó en el TC Pista Mouras en la ciudad de La Plata, en el autódromo Roberto Jose Mouras, participando para el equipo de Las Toscas.

El Tano, en el 2016 logró su segunda victoria en La Plata. Había largado noveno y culminó la carrera en el primer lugar; además se convirtió en el único piloto en obtener dos victorias en un mismo año y circuito. Carlos Okulovich, quien corre en Clase 3 de Turismo Nacional, afirma: “Mariano tendría que haber continuado. Pero también entiendo el combo de los Pernía ya que todos comparten sponsors”. Tras la suspensión de su hermano Leonel luego del enfrentamiento con Andrés Jakos, recibió una multa millonaria y sanción disciplinaria que hizo que Mariano y su sobrino Thiago tomen la decisión de dejar de correr en el Turismo Nacional y comenzar a participar en el Top Race V6.

El 15 de junio de 2025 debutó en Top Race. La carrera se desarrolló en el Autódromo Mar y Valle de Trelew, donde 13 años antes había ganado por primera vez una carrera de autos. Mariano hizo historia con su hermano Leonel el 16 de julio de 2023, en La Rioja. Ambos se quedaron con el Turismo Competición 2000 de la ciudad. Los hermanos comparten equipo y sponsors como Las Toscas Shopping, Experta Seguros y Generac Canning, pero lo que no comparten es la marca de auto para la que compiten: Mariano está con Lexus y Leonel con Fiat.

Jerónimo Teti, piloto de Turismo Nacional, deja bien claro que Mariano es un buen corredor: “Si el auto le funciona bien, es muy rápido y se equivoca muy poco. Es de esos pilotos que te dejan hacer maniobras sin problema; jamás haría algo perjudicarte; es un gusto compartir pista con pilotos así como él”.

Pernía no solo es un piloto de automovilismo. Se retiró del fútbol en 2011 en Tigre. Jugó previamente en Independiente, el equipo que lo hizo debutar, pasó por Atlético Madrid, y en 2006, integró el plantel de la selección de España en el Mundial disputado en Alemania.

El tandilense se crió en los autódromos y siguió los pasos de su padre. Vicente Pernía, ex futbolista y ex piloto, en 1982 se inclinó por los autos.

Vicente Pernía fue campeón del mundo con Boca. Como piloto logró 5 triunfos en el TC y estuvo cerca del título en 1997.

Cuando en Tandil comenzaba a correrse anualmente la clásica “Vuelta a la Ciudad”, Mariano Pernía ya daba vueltas por los circuitos de carreras.

Social Running: la moda de conocer gente al trote

Por Laureano Vergara

Estos grupos no solo se unen: corren. Promueven la actividad física y la salud. Ofrecen un ambiente despejado y descontracturado para conocer personas por fuera de la bruma y la tensión de la noche. Atraen, incluyen, crecen. El trote, el cansancio y el sudor lo transforman en momentos de conexión y risas en solo minutos. Circulan por el Rosedal, por los Bosques de Palermo, por Recoleta, por Puerto Madero. Copan cafeterías y bares, a la mañana y a la noche.

Los Social Run se imponen por necesidad y mandan un mensaje claro: más relaciones auténticas y basta de vínculos artificiales.

NAB Running

—Mérito para los que se levantaron a la mañana, doble mérito para los que se levantaron a la mañana y vinieron a correr, y triple mérito para el que salió a la noche, se levantó a la mañana y vino a correr —dice Nazareno desde el centro de la ronda.

Y debería sumar un cuarto: haber salido de la cama a pesar del frío invernal. 

El círculo crece cada vez más; la voz se esfuerza para llegar a cada una de las aproximadamente 30 personas. Mientras, los integrantes entran en calor: movimientos circulares de tobillo, rebotes de las manos en busca de los pies, balanceos frontales y laterales apoyado en el de al lado.

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Es sábado en el Rosedal de Palermo, que desde hace un tiempo sufre —o goza— de una invasión. Cientos de runners copan el parque para realizar actividad física. Por su superproducción, diferenciarlos es fácil: guantes, gorras, bandanas, cuellitos, anteojos, chalecos, cinturones, shorts o calzas, zapatillas con suelas tan altas como tacos y relojes con más funciones que una navaja suiza. Casi todo llamativo; casi todo multicolor, fluorescente. Jóvenes, adultos, mayores; en solitario, en pareja, en grupos. Algunos multitudinarios; otros, como este, aún con una pizca de intimidad. 

Acuerdensé que hacemos dos grupos. Para el de 5 kilómetros los va a estar acompañando Agustina; los que quieran hacer 8, yo voy con ustedes —agrega Nazareno.

Se reúnen todos —jóvenes entre 20 y 30 en su mayoría— en el asfalto y el sonido rítmico de los pies sobre la superficie indica el comienzo de la acción. 

El grupo se llama NAB Running y lo impulsó la pareja conformada por Nazareno Brain y Agustina Middleton. Ninguno de los dos estudia o se dedica a algo relacionado con la actividad física, pero el gusto por salir a correr los llevó a crear su propio Social Run. Para Nazareno, correr era una puerta de salida: “Un oasis donde yo podía tomar decisiones personales acerca de mi vida, solo y sin distracciones”. Aunque se dio cuenta de que cuando entrenaba para las carreras largas —más de 20 kilómetros—, tener compañía era un apoyo fundamental que le impedía caer en las garras de los demonios internos. Agustina, la otra cara de la moneda, no podía correr si no era acompañada. En un viaje por México, se animaron a dar el paso, y desde marzo organizan salidas todos los sábados. 

—¡Dale, dale, a subir, que no decaiga! —se escucha.

El grupo sale del Rosedal, se interna en los bosques de Palermo y los gritos son de ánimo para el esfuerzo que supone cruzar el puente peatonal de Avenida Dorrego. El sudor no es mucho: hace frío. Pero el cansancio se hace notar. Sobre todo en quienes apenas acaban de sumergirse en el universo del running. Para ellos están como soporte los experimentados con comentarios, simples y sencillos, pero con alta eficacia. Algunos charlan mientras trotan, otros sacan fotos y videos. Están los silenciosos enfocados y los silenciosos tímidos, que aún no logran desprenderse de la vergüenza.

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La gente suele llegar sola al grupo. El algoritmo de las redes los capta y atrae. Les dicen que van a encontrarse un lugar inclusivo para hacer actividad física, conocer gente y divertirse; exactamente eso es lo que ocurre.

Las primeras juntadas eran con amigos y familiares. Un par de meses después, alrededor de 60 personas acuden cada fin de semana. Y entre 300 y 400 cuando hacen un evento especial una vez por mes, donde hay sauna, kinesiólogos con camillas para masajes, botas de compresión, piletas de crioterapia. Un paraíso fitness.

—¿Por qué creen que viene tanta gente?

—Encontrás un lugar de integración. Está bueno para conocer a otros, pero también como motor de la salud física y mental. Conectás en lo social en un ambiente que no es la noche. Hay quienes no se identifican con eso; salen solo para pertenecer —responde en conjunto la pareja.

La brisa es leve. El cielo, impoluto, ayuda a que el sol llegue a través de sus rayos para calentar y enfrentar el frío. Ya volviendo al punto de partida, las piernas comienzan a cansarse y el aliento a faltar. Ambos grupos tratan de no desarmarse; esperan a los que tienen un ritmo más lento. Quienes los reciben con sus graznidos en el Rosedal son los gansos, que salen del lago y se mezclan entre el gentío. 

La línea de meta es un bar en Los Arcos del Rosedal. La actividad física previa sirvió como chispa para prender fuego las amarras de la timidez. Ahora el espacio es propicio para socializar y las nuevas afinidades ya se van notando. 

—¿Cuánto tiempo hiciste? —se escucha en algún lugar.

De todas las que probé, estas siguen siendo las más cómodas —llega desde otro.

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Se escuchan voces del interior, de Venezuela, de Ecuador; acentos que flotan en el aire. Hasta el inglés circula entre un par de amigas estadounidenses. Luego de pedir los cafés y comidas —tostadas con huevo y palta, yogures con granola—, los runners salen al exterior del bar. Grandes sillones de madera con mini almohadones están dispuestos en círculo, ofreciendo una vista privilegiada al lago. Las charlas fluyen amenas. Todos se involucran; quieren ser parte. 

—¿Se formaron amistades o parejas?

—Sí, se han hecho grupos de amigos, se han pedido Instagrams —comenta Nazareno.

—Funciona como Tinder también —revela Agustina.

—No sabemos todavía nada concreto. Tampoco vamos a quemar a nadie. Pero sí, se está formando algo lindo —dice entre risas Nazareno.

—¿Y qué buscan promover?

—Crear comunidad y sentido de pertenencia. La gente siempre fue muy excluida. Le tiramos un palito a la noche, aunque tiene que ser un equilibrio. Pero es hacerle un poco la contra; ahí tenés que vestirte bien, ser hegemónico, gastar mucha plata. Acá no necesitás nada de eso. Venís con lo que tenés. El valor fundamental de NAB es la inclusividad —afirman ambos convencidos. 

La juntada se extiende sin prisa. Pasado el mediodía, luego de un par de horas de intercambios y diversión, cada uno comienza su regreso a casa. La superficie del lago brilla con el sol. En el parque, el flujo de corredores, ciclistas y patinadores continúa incesante.

Correr por la mañana | Foto Premium

Social Running Argentina

Son las 8 de la mañana, nuevamente sábado, y en Avenida Libertador y Alcorta se ve más gente trotando por las veredas que autos circulando en las calles. Se aproxima la hora acordada para el comienzo de la juntada y los runners comienzan a entrar desde distintos puntos al Parque Naciones Unidas. Aparecen solitarios; pocos llegan acompañados por alguien. Empiezan a reunirse en círculo, pero casi no hay intercambios de palabras, más que un “hola, ¿cómo están?” y un “todo bien” como respuesta. 

La Floralis Genérica, aún incompleta, es la espectadora principal y los observa. Hay pequeñas nubes en el cielo y la cortina de neblina no se termina de disipar, pero eso no impide que los pétalos gigantes de acero brillen con el sol, que comienza a salir desde el noreste. 

Entre los tempraneros en llegar está Katy: 21 años, barilochense y estudiante de Chef. 

Es la primera vez que vengo. Lo encontré por Instagram, buscando un grupo para correr y me gustó la iniciativa de poder conocer gente, tomar un café; el after.

Resulta difícil contar la cantidad de presentes, pero hay muchos; más de un centenar tal vez. La mayoría flota en la franja de los 20 y los 35, aunque se ven excepciones que la superan. Calcular la diferencia entre hombres y mujeres es imposible a simple vista: un empate haragán. 

Hasta que aparecen Michelle Turquie, creadora de Social Running Argentina, y Gad Stam, su invaluable mano derecha. Brazos ocupados con un cajón de bananas que se repartirán luego, un parlante para la música y un altoparlante para hablar. Luego de los saludos iniciales, ambos se turnan para explicar la actividad a los nuevos. Los chistes y la buena onda son infaltables.

Lo que yo siempre digo: si vas atrás de Michu, estás mal, pero no pasa nada —se escucha desde el altoparlante que distorsiona la voz de Gad.

Dadas las instrucciones, la flota, acompañada por un par de amigos de cuatro patas, sale decidida a recorrer las calles de la ciudad detrás de Gad, que lleva puesta una remera negra de SRA con las palabras “MOVE, CONNECT, GROW” —moverse, conectar, crecer— en blanco. La música, al palo, motiva a seguir el mensaje.

—¿Cómo empezaste este proyecto?

—Soy muy hiperactiva y, cuando quiero algo, lo hago. Quería ir a uno con una amiga, pero algo no me cerraba. Así que le dije que tenía ganas de hacerlo yo misma. A las 2 horas ya tenía cerrado el lugar, flyer, todo. Y mi amiga me dice: “A no sabía que era tan en serio” —cuenta Michelle mientras toma su café.

Le pasaba que, al trabajar remoto, no encontraba un lugar apto para conocer gente. Con 20 años no sale de noche, no usa Tinder, y ya no podía obligar más a las amigas a que corrieran con ella. “Es un espacio re lindo, sano. Me parece un planazo; si yo no lo hubiese hecho, 100% iría a otro”, afirma.

Imágenes de Running friends libres de derechos | DepositPhotos

En el primer evento necesitaba vender 15 entradas para no perder plata. Cuando llevaba menos de 20 minutos publicado en Instagram, ya se habían comprado 26 lugares. No lo podía creer porque no conocía a ninguna de esas personas. Superpositiva, estimaba que se anotarían unas 40. Tuvo que frenarlo cuando la cifra llegó a 90.

La modalidad del grupo muta. La idea se basa en recorrer diferentes cafés de la ciudad si se hace a la mañana. O tomar un vino y tirar las cartas con un tarotista si se corre por la noche. Y para julio el grupo ya tiene organizado dar el salto: un viaje de 30 personas a Chapadmalal —los cupos se agotaron— donde los runners se hospedarán en un hostel cerrado para ellos. Correrán durante amaneceres y atardeceres, además de contar con clases de yoga y un chef privado. Marketing al 100%. 

Se terminaron los 5 kilómetros y la tropa llegó al café. La fila para hacer el pedido es de casi media cuadra. Los outsiders observan la escena con asombro; unos pocos se acercan a preguntar de qué se trata. Los intercambios esporádicos se convirtieron en charlas incesantes. De fondo suena un techno chill que toca una DJ con su consola y un fotógrafo dispara flashes.

Los runners hacen sus pedidos y salen al exterior; debajo de un deck rodeado por grandes alocasias se distribuyen pequeñas mesas grises de metal. Alrededor de una se sientan cuatro hombres de distintas edades, que conversan como si se conocieran de toda la vida.

—¿Se han formado relaciones o grupos de amigos?

—Sí, re —dice Michelle mientras asiente enfáticamente con la cabeza. Yo hice amigas con las que ahora almuerzo los domingos. Todo el mundo se está llevando gente nueva. Es re loco: traigo a mi amiga para correr, me despisto un segundo y de pronto te dicen “hoy a la noche tengo una cita”.

—¿Qué tiene de diferente esto con las aplicaciones?

—Mucho más genuino y menos superficial. Es estar acá. Tenés conversaciones casuales; no te estoy poniendo like y paso a otro chat. Encima acabás de correr. No vas a ver la foto que subís en Tinder; con eso no chamuyás nada —contesta Michelle.

Pienso que es conectar desde otro lado —cierra en tono reflexivo Gad.

Los runners a full :: Olé - ole.com.ar

Hoy Empiezo Club

Cruzar el canal hacia Puerto Madero por Cecilia Grierson es casi una travesía. Llovizna y el viento es racheado. El frío: helado. Por suerte, el café no está lejos y al entrar se siente como un refugio acogedor. 

Para Ailín Burgos y Julia González, el día parece ser una jornada soleada de verano. Reciben y saludan a cada uno de los runners; consultan una lista y los dividen en grupos con pulseras: verdes, violetas, anaranjadas y azules. Cada color tiene una misión y consignas que cumplir durante el entrenamiento: sentadillas, burpees; fotos y videos como evidencia. Y, lo más importante, jamás separarse de los compañeros. Llegar como sea, pero juntos.

En octubre de 2024, Ailín decidió dar paso a la acción. Subía contenido a las redes sobre motivación, y aunque veía que el público apoyaba sus videos, se daba cuenta de que no lo trasladaban a los hechos. Como la coach ontológica especializada en deporte, instructora de running y estudiante de Medicina que es, quería armar algo que promoviera hábitos saludables. Lo primero que hizo fue llamar a “Ju” —como ella le dice—, para que la ayudara con la organización. Así nacen los llamados “Motiveishonn Day” dentro de Hoy Empiezo Club, un espacio donde se mezclan deportistas principiantes y experimentados; un lugar para comenzar desde cero o continuar el crecimiento.

Otra razón que la incentivó a crear el espacio fue tener un lugar distinto para relacionarse con la gente. No le servían las apps de citas y quería encontrar alguien que compartiera la conexión que ella tiene con el deporte.

Hasta ahora es muy “friendly” todo. Hay un montón de grupos que se hicieron amigos, que se juntan durante la semana; van al teatro, por ejemplo. Incluso yo tengo el mío. Y parejas, no sé cómo han progresado, pero sí que se armaron tres.

Los tips, técnicas de carrera y mensajes motivacionales que siempre tienen lugar durante la entrada en calor, esta vez no están: quedarse quieto, escuchar y aprender no es una opción con este clima. Luego de un precalentamiento improvisado, arranca la actividad. 

Correr con lluvia no es fácil. La atención tiene que ser aguda. Los runners trotan y atienden el camino: saltan charcos; esquivan hojas y barro para no resbalar. En el parlante se escucha “Freed From Desire” y similares. La música se combina con el sonido de las pisadas sobre el agua y el roce del nailon de las camperas rompevientos. En las calles no hay compañía: Puerto Madero parece una zona fantasma. De fondo, sin terminar de materializarse por la neblina, aparecen, gigantes, las torres. 

En este grupo la actividad no es lineal, no se trata solamente de ir del punto A al B y volver; entre medio, hay pequeñas pausas para realizar distintos ejercicios.

Nos vamos a poner de a 2, con alguien que no conozcan. Pregúntense el nombre; vinimos a ver nuevas personas. Hacemos sprints hasta aquel tacho y volvemos suave —dice Ailín señalando con el dedo—. 

Cada paréntesis en el trote sirve para volver a reunir a los runners que se distanciaron. Aunque no tengan el mismo ritmo, el llegar juntos juega un papel importante en la mente de los menos experimentados.

Al que tenés al lado, decile que lo está haciendo bien. Si uno empieza a caminar, lo hacen todos —son las instrucciones. 

El viento ralentiza, pero no detiene. El deseo de café, comida y calor es el faro que alimenta el ánimo de los corredores: la luz en un día gris.

correr-grupo-amigos-feliz-edad - Escuela de Running

En Hoy Empiezo Club también se organizan para hacer carreras en conjunto. Son el estímulo para tanto entrenamiento y una especie de premio por el esfuerzo hecho durante meses. “Hace cuatro años que corro; ya tengo un calendario mental de carreras que están muy buenas para hacer. A mí me gusta llevarte a las que sé que lo vas a pasar bien. Y después hay chicos que dicen ‘che, quiero correr tal carrera’ y se juntan entre ellos”, comenta Ailín.

El éxito y la difusión del grupo son tales, que en marzo recibieron por mail una convocatoria por parte de la marca alemana de las tres rayas para colaborar. Fueron promotores de los 15K de Adizero, realizados en el autódromo de la ciudad, y también lo son para la Media Maratón de Buenos Aires que se llevará a cabo a finales de agosto. A cambio: inscripciones gratis y descuentos para quienes son parte. 

Una locura. No sé si reconocimiento es la palabra, pero que alguien muy allá arriba haya visto lo que hacemos significa que nos salen las cosas bien, y a veces es muy difícil reconocerse a uno mismo. 

En la cafetería, que mantiene una estética moderna y minimalista, las mesas se llenan de infusiones, bowls de acaí, yogures con granola y avocado toasts. Las charlas varían: entre algunos hombres se habla sobre automovilismo. La pertenencia que se genera al grupo es fuerte; algunas personas llegan a compartir al lugar a pesar de no haber salido a correr. Luego de un rato, se distribuyen papeles con preguntas a responder para profundizar en los intercambios.

—¿Qué buscás transmitir en los encuentros? Veo que le das mucha importancia al tema de la salud.

—Sí, es motivar a la gente a que se mueva. Me da igual si es una vez a la semana. El Social Run no es ver quién es más lindo, quién es más fachero. No. Es sostener un ejercicio; haberte levantado hoy —responde seria Ailín—. Es prevención para un montón de enfermedades. Los que vienen empiezan a tener hábitos más saludables y eso me hace muy feliz. Es mi forma de transmitir salud.

Marcos Moneta: el rugbier que hace vibrar al mundo con cada try

Por Nicolás Pettigrew

Si San Andrés es historia y perseverancia, Marcos Moneta es velocidad y talento concentrados en un cuerpo que no conoce límites. Nacido en Buenos Aires en el 2000, su infancia estuvo marcada por la pasión por el deporte: fútbol primero, rugby después, y siempre una pelota como hilo conductor de sus sueños. “Siempre fui un fanático de Messi. Lo que me enseñó es que con trabajo y creatividad se pueden hacer cosas que parecen imposibles”, confiesa, sonriendo mientras recuerda sus primeros pasos en la cancha.

Su vínculo con San Andrés es fuerte y constante. Siempre que puede, acompaña al club a los partidos de los sábados, sumándose también a las comidas y compartiendo momentos con sus compañeros. Este lazo cercano refleja no sólo su compromiso con sus raíces, sino también su espíritu de equipo y camaradería.

Su talento no tardó en asomar: las juveniles locales fueron el preludio de un ascenso meteórico. Con apenas 18 años, Moneta se sumó a Los Pumas 7s, y desde ese momento su nombre se convirtió en sinónimo de vértigo, precisión y olfato para el try. Su estilo combina intuición, velocidad y un instinto que parece anticipar cada movimiento del rival. Tokio 2020 lo consolidó: frente al mundo, en los Juegos Olímpicos, desplegó jugadas que quedaron en la memoria de los aficionados y la historia del rugby argentino.

Marcos Moneta fue el tryman de los Juegos Olímpicos - ESPN

Actualmente, Moneta inició una nueva etapa en el rugby 7 de clubes, integrando el equipo francés Bordeaux junto a Luciano González, su compañero en Los Pumas 7s. Esta experiencia internacional representa un paso más en su carrera, enriqueciendo su juego y expandiendo sus horizontes.

Reconocido con premios como el mejor try del año, Moneta no olvida sus raíces ni la importancia de la disciplina. Entre entrenamientos, viajes y competencias, mantiene un vínculo fuerte con la familia, los amigos y sus compañeros, y siempre encuentra tiempo para disfrutar del juego. “Me gusta divertirme en la cancha. Si no disfruto, no rindo”, confiesa con naturalidad, reflejando la mezcla de profesionalismo y pasión que lo caracteriza.

Hoy, mientras San Andrés celebra su propio renacer, Moneta sigue escribiendo su historia: un recorrido de esfuerzo, talento y humildad que recuerda que el éxito no se mide solo en victorias, sino en la constancia y la alegría con que se juega cada instante. Su nombre ya está entre los grandes del rugby argentino, y su mirada sigue fija en el próximo try, la próxima carrera y el próximo capítulo de una carrera que apenas comienza.

 

San Andrés: la trayectoria de un club que nunca dejó de creer

Por Nicolás Pettigrew, Rocío Segura y Antonella Paez Quiroga

Con más de un siglo de historia, el Club San Andrés volvió a Primera A del rugby porteño.Entre tradición, esfuerzo colectivo y figuras como Marcos Moneta, el club revive su legado. Con raíces en la inmigración escocesa y más de un siglo de vida, la institución se reinventó entre caídas y resurgimientos. Su último ascenso reavivó la pasión de una comunidad que sigue escribiendo la historia con esfuerzo y pertenencia.

El Club San Andrés no nació en una cancha, sino en una historia. Una que comenzó en
1824, cuando los primeros colonos escoceses llegaron a bordo del barco Symmetry y con lafe como punto de encuentro, levantaron la Iglesia Presbiteriana que todavía hoy da nombre a la comunidad. Décadas más tarde, aquel espíritu desembocó en un club que supo forjarsu identidad en torno al deporte, la amistad y la pertenencia.

El 9 de mayo de 1911, en una pequeña sala del viejo colegio de Ituzaingó, veinte
exalumnos de la Escuela Escocesa San Andrés decidieron fundar el “Saint Andrews Former Pupils Club”. Lo que comenzó como un espacio para seguir unidos después de la escuela, pronto se convirtió en un proyecto cultural, social y deportivo que con el tiempo abrazó mucho más que a los exalumnos. Hoy, más de 1.400 socios forman parte de un club que late con el mismo espíritu de camaradería que lo vio nacer.

Si bien en sus comienzos se practicaban diversos deportes como rugby, tenis, cricket y
yachting, es en 1972 cuando Noel Anthony “refunda” el rugby del club inscribiéndolo en la Unión Argentina de Rugby (UAR). Desde entonces, se transformó en el deporte principal del club, además a fines de los 80’, principios de los 90’ se incorporó el hockey femenino que hoy cuenta con tres líneas completas que participan en los torneos de la Asociación Amateur de Hockey de Buenos Aires (AHBA).Recientemente incorporaron el Rugby mix, una variante de inclusión para niños con diferentes capacidades.

La camiseta azul con tonos violáceos se transformó en bandera, y el rugby en motor. En
2009 llegó el primer ascenso al Grupo 1, hoy Primera A, de la URBA: una epopeya deportiva que puso al club frente a los gigantes de Buenos Aires. Pero los años siguientes
fueron un camino de curvas: descensos, reconstrucciones, días difíciles. Hubo un tiempo en
que San Andrés cayó hasta la quinta división, y parecía que el sueño se desdibujaba.

Sin embargo, el club nunca se rindió. La apuesta por los juveniles, el trabajo silencioso de
entrenadores y dirigentes, y la pasión intacta de su gente, mantuvieron viva la llama. En
2017, volvió a gritar campeón en Segunda; en 2018, ascendió de nuevo, y el círculo se
cerró en 2024, cuando San Andrés goleó a San Carlos y conquistó el campeonato de
Primera B, logrando el ansiado regreso a la Primera A.

El ascenso no fue solo un título, fue el reencuentro con la historia, el desquite de los que
vivieron los descensos. La alegría de una comunidad que pintó de azul y violeta las tribunas
y volvió a creer. Hoy, San Andrés enfrenta el desafío de consolidarse en la Primera A del Torneo de la URBA, pero más allá de la tabla, su mayor victoria es haber demostrado que un club no se define por sus caídas, sino por la fuerza con la que se levanta. A más de un siglo de su fundación, el club que nació de un puñado de exalumnos sigue escribiendo capítulos de esfuerzo y pasión. Y el de 2024, sin dudas, quedará entre los inolvidables.

La camiseta “Milka”, el talismán de San Andrés

En el rugby, una camiseta puede ser más que un uniforme: puede convertirse en emblema,
en recuerdo, en cábala. En San Andrés, esa camiseta tiene nombre propio: “La Milka”.
En 2009, el club sorprendió con un modelo suplente de color lila, que internamente se ganó el apodo de “Milka” por su parecido con el envoltorio de la conocida marca de chocolates.

Aquel año no quedó grabado sólo por la particularidad estética: fue también el del histórico
ascenso al Grupo 1, actual Primera A. Desde entonces, la “Milka” dejó de ser una simple casaca alternativa para convertirse en un símbolo. Quince años después, en 2024, el violeta volvió a escena. Y también volvió el ascenso. El equipo repitió la historia, y con ella, el ritual que marcó un nuevo momento inolvidable.

La imagen de los jugadores corriendo a abrazarse con su gente, con la lila flameando en los
festejos, lo dijo todo. Porque algunas victorias se explican desde la táctica, pero otras también se entienden desde la historia, las coincidencias y la pasión que une generaciones. San Andrés volvió a Primera A con un rediseño de la camiseta que se convirtió en leyenda. Y si el rugby tiene esa magia de unir pasado y presente en una misma jugada, el club ya sabe que sus colores también pueden escribir capítulos imborrables.

Frank Darío Kudelka: Donde el fútbol termina, comienza su enseñanza

Por Lourdes Castaño y Guadalupe Weimann 

El fútbol puede enseñarte a correr, a gambetear, a pegarle con el alma, pero los libros serán la jugada que dure toda la vida y construyan oportunidades

Cuatro décadas, cientos de partidos, innumerables entrenamientos, grupos de futbolistas a cargo, victorias celebradas y derrotas que dolieron hasta lo profundo de su alma. Esta es un poco la historia de Frank Darío Kudelka, actual técnico de Huracán, quién entiende que su rol va más allá del juego. Debe dejar en cada uno una huella importante.

Sentado, pensativo y un poco nostálgico, Frank recuerda su historia, desde aquel niño de Freyre, un pequeño pueblo de la ciudad de Córdoba, donde soñaba con ser delantero, hasta las puertas que muchas veces le cerraron en la cara por no haber sido futbolista profesional, pero que tenía una personalidad obstinada, con firmes ideas, perseverante y una meta clara: ser entrenador de Primera División.

Una sonrisa se divisa en el rostro cuando cuenta sus primeros pasos en el mundo del deporte, los ascensos que ha vivido, las finales inolvidables y todos los momentos que atesora y guarda en la memoria. Tanto los recuerdos buenos, como las temporadas difíciles, donde la gloria se le escapó varias veces de las manos. Sin embargo, la fe y la convicción fueron su mejor escudo para seguir adelante. Hoy, mira atrás y no ve resultados. Ve rostros, abrazos, enseñanzas y la certeza de que dedicó su vida a una pasión que lo eligió tanto como él la eligió a ella.

Durante su extensa trayectoria atravesó distintas transformaciones del fútbol. El deporte y los jugadores ya no son los mismos que cuando comenzó su carrera en 1987 y él lo sabe: continúa estudiando y capacitándose para adaptarse a los cambios que se le presentan. Él no tiene dudas de que su rol no es netamente futbolístico, que el entrenador no es sólo pizarrón y tácticas. Las piernas se cansan, una lesión te puede dejar fuera de la cancha, o el destino puede cambiar de rumbo, por eso sabe que es ahí donde el estudio pasa a ser la mejor jugada.

-¿Qué recordás y conservás del Kudelka chico que vivía en el pueblito de Córdoba?

-Cosas hermosas, mi club  -Club Atlético 9 de Julio Olímpico de Freyre- jugar al fútbol en todos los barrios, el campo. La verdad que una niñez maravillosa, tengo miles de recuerdos hermosos. También recuerdo mis irritaciones, mis enojos, eso no lo cambié nunca. Siempre fui un caprichoso en ese sentido. A veces me río de mí mismo, lo hablo con mis psicólogos y coaches en la semana, no puedo salir de eso. Ellos me dicen que soy eso, hasta mamá me reta. Me ve en televisión y me llama para decirme: “Todavía seguís siendo ese nene chiquitito que se enojaba por todo”.

-¿El llamado para el Servicio Militar afectó en tu sueño de jugar en Primera?

-Sí, es verdad, tenía la notificación para ir a un club importante de Rosario y ser parte de la Reserva. Fue un momento en el cual estaba jugando muy bien en mi pueblo, en una liga regional y me llamaron para tener una prueba. Pero a la semana siguiente me llegó otra invitación, la del Servicio Militar Obligatorio, la vida me tenía otros planes que me alejaron del profesionalismo y me acercaron a los miedos de no saber si me tocaba ir a la Guerra de Malvinas.

-¿Esto fue un incentivo para luego estudiar el profesorado en educación física?

-Sí, porque mi deseo era estar en una cancha de fútbol de alguna manera. En realidad, tenía el sueño de ser jugador profesional, jugaba de 9 y quería ser goleador para llegar a Europa. Cuando terminé el Servicio Militar estudié ciencias económicas, pero no me gustaba estar encerrado, soy más del aire libre. Dejé mi pueblo para irme a Santa Fe para estudiar educación física, trabajé de eso para ganarme la vida pero siempre mi meta era trabajar en el fútbol. De hecho lo hice, y agradecido estoy.

-¿Qué consejo le darías a alguien que quiere ser director técnico?

-Confiar en sí mismo, capacitarse, que no esté apurado, saber que las cosas tienen sus tiempos, nada llega rápido. Pero fundamentalmente formarse, no solo adquirir el conocimiento del fútbol en sí, para después brindarles a los jugadores, sino en cómo gestionar a un grupo humano o a un individuo tan importante en este momento. Un buen conductor desde lo social tiene mucho más para ganar. Además, hay que saber reconocer cuando te equivocás, no creerte el dueño de la verdad.

-Una vez dijiste -cada caída es una pausa, no un final- ¿seguís pensando así?

-Creo que las personas nos caemos y nos levantamos permanentemente. Por lo menos, nos caemos seguros. Cada uno, haga lo que haga, eso ocurre, es una ley no escrita. El tema es si nosotros vemos esa caída trágica como una oportunidad de volver a empezar y levantarte, seguir para adelante.

-¿Cómo manejás al grupo en tu rol como DT? ¿Notás cambios en las responsabilidades de los futbolistas fuera de los partidos?

-Sigo estudiando, haciendo cursos y leyendo muchísimo sobre formas de conducción en los momentos en los que me siento debilitado o disconforme con mi accionar. Creo que el aspecto pedagógico es muy importante a tener en cuenta para quien conduce un equipo, porque los entrenadores no tienen un jugador de fútbol bajo su gestión, vos tenés un ser humano al que hay que educar, respetar, ayudar, hacerle encontrar el camino porque el fútbol después termina. Cambios hay, hoy en día es fácil encontrar información, ya no hace falta aprender. Abrís el teléfono, buscás y ya tenés la respuesta. Pero eso te deja vacío de tu propia construcción. Lamentablemente, hoy se pierde ese camino pedagógico de enseñanza-aprendizaje.

-¿Cómo ayudás a los jugadores a que salgan de la comodidad de sólo ir a entrenar y no estudiar en sus tiempos libres?

-Es difícil, son tiempos donde lo exterior, el consumismo te pasa por arriba. Los ayudamos dándoles la opinión y fundamentos de porqué uno cree que tienen que hacer las cosas, a veces le digo a los chicos: “¿Cuántas veces miraste a un jugador en tu posición o usaste tu tiempo para ayudar a tu carrera? ¿Te tomaste una hora para adquirir aprendizajes que no tenés en los entrenamientos?¿Cómo se desmarca este jugador?”. Rara vez utilizan ese tiempo libre para su propio aprendizaje, porque hay tantas distracciones en un celular que los lleva a la parte no fundamental de su propia carrera. Hoy se dispersa mucho el tiempo, entre ir a entrenar y lo que te entretiene el resto del día. Un caso excepcional: Cristiano Ronaldo. Él invierte su tiempo en su físico y si bien tiene el poderío económico para hacerlo, elige invertir en eso. Un buen nutricionista, gente que lo apoye, hace una inversión en su carrera. Y no hace falta tener el dinero que él tiene para lograrlo. Creo que los que logran sostenerse tienen el poder de despejar las atracciones.

-¿Cómo inculcarle eso a quien no quiere?

-Utilizo una herramienta hermosa: cotejar la realidad, de esta manera te va a pasar esto, y de esta manera te va a pasar lo otro. Y no por creernos dueños de la verdad sino porque ya está ejemplificado y hecho por otros. En algunos lo lográs, y en los que no, en algún momento de su vida, se dan cuenta que era lo mejor para su carrera.

-¿Cuál creés que es tu huella cada vez que vas a un club?

-Lo que dejo no sé, pero sí lo que intento; entender que nada es drástico o permanente, transitar el presente con alegría más allá de cualquier resultado efímero y fundamentalmente, tratar de lograr que los futbolistas se eduquen, se cuiden, se respeten a ellos mismos y a los demás, que sepan que la vida no termina en el fútbol pero lo que logren aprender de él en su camino, será lo que le transmitan a sus seres querido el día de mañana.

-¿Cómo trabajás las críticas hacia los jugadores?

-Hoy en día creo que las redes sociales hacen que esto sea difícil de trabajar. Nos toca a nosotros también, pero esa no es la realidad, es una parte, ya sea cuando te alaban o cuando te critican. Lo que pasa es que las redes sociales están impregnadas de mala educación, hay que tener un equilibrio ya que no es fácil leer cuando hablan mal de uno, pero es lindo cuando hablan bien. Es lo que trato de enseñarles a mis jugadores. Si les gusta escuchar cuando te endulzan el oído, hay que ser valientes para hacer lo mismo cuando te lo ponen sucio, y si no, que no transiten las redes sociales ni siquiera cuando ganen, porque en ese caso buscás sólo alimentar tu ego. Hay que entender que ambas cosas distorsionan, no los ponen en su eje de aprendizaje ni de crecimiento, son agentes distractores por donde se lo mire.