lunes, enero 19, 2026
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“Es el juego que jugábamos de chicos”: dodgeball, el deporte que se esconde detrás del quemado

Por Julieta Fortuny

“Tienen que inventar un nuevo deporte, una nueva disciplina que aún no se haya jugado”, fue la consigna que le dio un profesor llamado Juan Madueño a los estudiantes del profesorado de Educación Física del Instituto Romero Brest de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Esto fue lo que llevó a Norberto “Beto” Travella a buscar nuevas actividades, poco conocidas en Argentina. En la página de Codasports (perteneciente al Consejo Argentino de Deportes Alternativos), que presenta deportes alternativos, conoció el dodgeball y quiso practicarlo.

El dodgeball tuvo sus comienzos en Estados Unidos, en los años 60. Era el clásico juego de los quemados pero más reglamentado. Llegó a la expansión a nivel mundial en el año 2004 de la mano de la película “Dodgeball: A True Underdog Story”. Alrededor de 2015 apareció en las escuelas de manera recreativa. Un rol clave fue el de Beto Travella, quien hoy es capitán del equipo Supernova. Fue así como se contactó con Diego Bértola, el presidente de la Asociación Argentina de Dodgeball en la actualidad, y que era el presidente del Club Newell’s, ubicado en Parque Chas, Capital Federal, para que le brindara un espacio para practicarlo.

En octubre del año 2015, en Argentina, nació como algunas pasiones verdaderas: en silencio, con un grupo de personas que no buscaban fama, sino juego y ganas de divertirse. No hubo prensa, solo ganas de practicarlo. “Acá solo lo practicaban grupos de yankees, como nosotros jugamos fútbol 5 entre amigos”, explica Beto Travella. Consiguieron reunirse en la parroquia Santa Teresita del Niño Jesús. Al principio eran pocos, todos amigos, y así reunían a los diez jugadores que necesitaban.

Todos los viernes, a las 22.30, en el Club Morán de Villa Pueyrredón, comienza el entrenamiento del equipo de dodgeball, que lleva el mismo nombre que el club. Al fondo, pasando el restaurante, se encuentra la cancha de futsal y de vóley, que también es la de dodgeball. En la previa al comienzo del entrenamiento “de dodge” se jugaba un picadito. De a poco van llegando los jugadores. Arranca la entrada en calor, con movimientos de brazos, algunos saltos, y con dos pelotas comienzan a tirarse entre sí. El entrenamiento tiene dos partes: primero es todo de pases, saltos, esquives y pasadas de pelotas. Luego juegan partidos entre sí para practicar cómo van a jugar los partidos del fin de semana.

Una línea horizontal marca el medio de la cancha y se colocan en ella seis pelotas. Se dividen para jugar 4 vs 4 por lado. Es el mínimo de jugadores que se necesita para comenzar un partido.

Nahum Viñas tiene 26 años. Es el capitán y voz cantante del equipo del Club Morán. Cuenta que él formó el equipo de dodgeball en “el Morán”; ya jugaba siempre en el patio de la escuela, pero conoció el deporte hace cuatro años por una compañera del colegio que jugaba en la selección argentina de dodgeball. Primero comenzaron jugando en el patio de la parroquia Santa Teresita, de Parque Chas, y hacían entrenamientos dos veces por semana, a cargo de Travella.

Para 2018 se empezaba a formar la Liga y entrenaban donde hoy funciona la Asociación de Dodgeball, que es el Club Newell’s Old Boys. Luego tuvieron que volver a la parroquia, pero no pudieron continuar con los entrenamientos ya que los vecinos denunciaban ruidos molestos por los pelotazos y gritos de festejos; fue el motivo por el que ese grupo de amigos se disolvió. Viñas no quería abandonar el dodgeball. Fue entonces que decidió armar el equipo en el Club Morán: fue su club de la niñez, donde conocía a la gente a cargo, y así formó el equipo.

Viñas lleva adelante el entrenamiento del equipo del Club Morán. “Pie en la línea, equipos listos… Va”. Todos corren a las pelotas. El equipo que más pelotas agarre primero es el más beneficiado, ya que tiene más posibilidades de quemar a sus rivales. Poco a poco van saliendo “quemados” hasta quedar uno contra uno. La voz cantante sigue siendo la de Viñas.

Entrenamientos recreativos

Los jueves por la noche, en el Club Newell’s Old Boys (uno de los pocos que tiene cancha de dodgeball), de 19.15 a 20.30 es el entrenamiento del equipo Marvin y de 20.30 a 22 se brindan encuentros recreativos. Están abiertos para todas las personas interesadas en el deporte.

Zaki Martínez tiene 17 años. Juega en el equipo de Los Linces, pero a modo de entrenamiento va a los recreativos de Marvin. “Elijo el dodgeball como deporte porque es divertido y diferente a los convencionales”, dice Martínez, quien desde los 9 años juega y quiere que el deporte siga creciendo cada vez más para crecer como jugador.

A la hora de jugar

En el dodgeball se juegan partidos de equipos femeninos, masculinos y mixtos. Hay jugadores relajados, ya que están entre amigos; algunos más nerviosos, porque quieren ganar sí o sí, ya que a su equipo no le está yendo bien. Está el público que alienta. “El partido es lo más difícil, hay que tratar de mantenerse lo más tranquilo, porque si no, ahí te ‘cachan’”, dice uno de los jugadores del Morán, Emanuel Cortez. “Hay mucha estrategia: jugar con la cabeza, pero ser rápido en los lanzamientos”, dice Agustina “Gus” Torres, jugadora de Marvin. “La diferencia entre jugar un partido con las chicas es que es más lento y las mujeres son más estrategas; para juntar las pelotas piensan más los movimientos. Los chicos van más al ataque, juegan más con las emociones porque se enojan más rápido en los partidos mixtos”, agrega Torres.

En cambio, Nahum Viñas dice que vive todos los partidos con mucha adrenalina, que la clave para él está en la velocidad y que, con el paso del tiempo, va suponiendo las jugadas que puede hacer el rival.

Mauricio Troglio observa desde afuera y entrena fuerza. Es el capitán de Marvin y dice que para él todos los partidos son diferentes, incluso aunque ya conozca a los rivales. Troglio se autodefine como un jugador duro y afirma que siempre siente presión al jugar. Para él, la clave es lo mental, ya que si no se está metido te pueden eliminar rápido.

La mayoría de los jugadores practican el deporte porque les recuerda un momento divertido de la infancia, cuando jugaban al quemado con sus amigos. Todos fueron formando y llegando a sus equipos de boca en boca, buscando algo distinto ya que venían de otros deportes. Agus Torres era jugadora de vóley y quería cambiar. Gabriel Romano, uno de los jugadores del Club Morán, jugó 12 años al handball y cambió el deporte que hizo casi toda su vida porque ya no le divertía tanto.

Liga Metropolitana de Dodgeball

El torneo de Buenos Aires, organizado por la Asociación Argentina de Dodgeball, tiene 11 equipos (Panthers, Noazar, Freestyle, Hokory, PCH, Lynch, Hydra, Berserker, Supernova, Morán y Marvin). Al igual que otros deportes, es por puntos. La Liga tiene una etapa clasificatoria y de playoff. Las victorias valen tres, los empates uno y las derrotas no suman ni descuentan. En caso de empate en puntos, al igual que en el fútbol, se define por puntos recibidos en contra/convertidos. Una vez clasificados, las llaves de los playoff se realizan por sorteo hasta llegar a la final y gana el mejor.

Selección Argentina

Los entrenamientos con la selección fueron variando. Empezaron en el Club de Viejos Muchachos de Newell’s Old Boys, en Parque Chas. En 2019 volvieron a la parroquia Santa Teresita. En 2020 y 2021 no entrenaron debido a la pandemia por COVID. Siempre fueron variando, ya que no tienen un lugar o club fijo. Al principio se entrenaba más la parte física y no tanto la parte técnica, pero sus jugadores sienten que aún falta algo por mejorar. “Quizás autocrítica de parte de los jugadores y entrenadores”, dicen desde su interna.

Dentro del equipo hay jugadores que luego se enfrentan los fines de semana en el torneo local; otros ya no juegan en la Liga Metropolitana porque juegan en la selección. No es requisito jugar en un equipo para poder integrar el conjunto albiceleste. Algunos integrantes son del interior del país: tres de La Rioja, uno de Córdoba y el resto de Capital Federal.

En 2018 la selección argentina jugó el sexto Mundial, que se realizó en Estados Unidos, donde los representantes argentinos pagaron su propio viaje. “Lo sorprendente fue ver que en otros países se jugaba igual que acá, con las mismas reglas”, expresa Beto Travella. En 2022 se realizó el primer encuentro sudamericano organizado en Chile: “La Copa de los Andes”, el primer torneo de América del Sur con todas las categorías: femenino, masculino y mixto. Argentina salió campeona en todas. En 2023 se hicieron los primeros Panamericanos de Dodgeball en la historia del deporte. Fue en Argentina y jugaron México, Chile, Canadá, Colombia, Uruguay, Paraguay y Brasil. Argentina llegó a cinco finales; solo quedó afuera de la final de la categoría Mixto FOAM. En las otras finales (Masculino FOAM, Femenino FOAM, Masculino CLOTH, Femenino CLOTH y Mixto CLOTH) jugaron contra Canadá y perdieron en todas. En esa competición, Canadá ganó en todas las categorías, incluso en la que Argentina no clasificó a la final.

Las otras caras

En Argentina, el dodgeball es un deporte amateur, organizado, armado y costeado por sus jugadores. Tanto para comprar las camisetas que representan a sus equipos como para pagar cada mes una cuota para comprar pelotas o a los árbitros para que asistan y jueguen los partidos de los fines de semana.

Para 2018, Beto Travella admite que había cosas positivas, como poder organizar los horarios de los partidos; tanto es así que llegó a cambiar de horario un partido porque a la tarde se enfrentaban River y Boca. También sabe que hay otras negativas. En la actualidad, con la disciplina en crecimiento, Travella dice: “Hay muchas más cosas negativas, que pesan más que las positivas”. El capitán de Supernova afirma que, para que el dodgeball mejore en el país, los jugadores no deberían encargarse de las finanzas de la organización. Dice: “Es incómodo que un jugador mío sea quien me reclame la plata”.

La historia sigue escribiéndose con mucho esfuerzo colectivo. Gracias a la gran expansión que tiene el dodgeball en la actualidad, sus jugadores confían en que en un futuro esté mucho mejor, que haya más gente y que los partidos no se transmitan solo por redes sociales de Instagram o YouTube, sino que también puedan verse en canales de televisión y sean noticia por un título conseguido. Para ellos, el dodgeball sigue siendo el “quemado” que jugaban siempre en los recreos de la primaria, aunque ahora, a nivel internacional, tenga otro nombre y reglas que respetar.

Beto Travella sonríe, incluso cuando se queja o cuando le sacan tarjetas. Mauri Troglio sigue yendo a entrenar aun lesionado. Y Nahum Viñas sigue difundiendo e invitando a todos a ver un partido. Saben que el dodgeball en Argentina está en constante crecimiento, aunque no haya estadios llenos ni auspiciantes millonarios. Hay jóvenes, hay ganas, hay pasión.

Chapecoense, el eterno campeón

Chapecó - Um tributo à Chapecoense e às vítimas da tragédia com o voo da delegação, na madrugada de terça-feira (29), tomou a Arena Condá, estádio da Chapecoense (Daniel Isaia/Agência Brasil)

Por Martiniano Vicente

El Chapecoense venía de años de esplendor deportivo desde 2007 gracias a sus constantes ascensos, desde la Serie D hasta el Brasileirao en 2014. En su primer año en la máxima categoría del fútbol brasileño, logró clasificarse a la Copa Sudamericana del año siguiente. Aunque quedó eliminado en cuartos de final frente al anterior campeón de la Copa Libertadores, River Plate, por un marcador acumulado de 4-3, donde dejó una buena imagen en el torneo.

En 2016, el equipo volvió a clasificar al certamen. En esta edición, debido al formato de esos años, arrancó directamente en la Segunda Fase. El sistema dividía a los equipos de las asociaciones participantes (excepto Argentina y Brasil) en dos zonas según su ubicación geográfica: Sur y Norte. Los ganadores avanzaban a la segunda fase, donde se determinaban los clasificados a las fases finales. Los representantes de Argentina y Brasil ingresaban en rondas más avanzadas, junto con el campeón defensor, Independiente Santa Fe.

En su debut, el Chapecoense se enfrentó al Cuiabá. En el partido de ida se lo llevaría el Dorado 1-0, pero en la vuelta El Chape daría vuelta el global con un 3-1 en casa, terminando así 3-2 en la clasificatoria. En octavos de final enfrentó a Independiente de Avellaneda.Tras un empate 0-0 en el acumulado, se definió la serie en penales, donde los brasileños triunfaron 5-4.

En los cuartos de final, se midieron con Junior de Barranquilla. La ida, disputada en Colombia, terminó 1-0 a favor del equipo local. Sin embargo, en el partido de vuelta, Chapecoense demostró su fortaleza en tierras cariocas al imponerse 3-0 y avanzar a semifinales.

En la siguiente instancia enfrentaron a San Lorenzo en una serie muy disputada. La ida, en el Nuevo Gasómetro, terminó 1-1 con goles de Martín Cauteruccio para los argentinos y Ananias Elói Castro Monteiro para los brasileños. En la vuelta, en el Arena Condá, el marcador quedó 0-0 y gracias al gol de visitante, Chapecoense se quedó con el pase a la final.

El equipo brasileño vivía un sueño: pasar de la cuarta división en 2007 a luchar por un título internacional en 2016, en tan solo nueve años.

Sin embargo, el 28 de noviembre de ese mismo año, el Chapecoense viajaba a Medellín para disputar el partido de ida de la final de la Copa Sudamericana. El avión que los transportaba desde Santa Cruz (Bolivia) a Colombia se quedó sin combustible y se estrelló en La Unión (Antioquia), a pocos kilómetros de su destino. La tragedia dejó 71 fallecidos de los 77 pasajeros, incluyendo 19 futbolistas, el presidente del club, el entrenador y casi todo el cuerpo técnico. Solo sobrevivieron tres jugadores: Jakson Follmann (quien perdió su pierna derecha), Alan Ruschel y Neto.

El mundo entero quedó conmovido por el accidente. El 5 de diciembre de 2016, a propuesta de Atlético Nacional, la Conmebol proclamó campeón de la Copa Sudamericana 2016 al Chapecoense. En reconocimiento a su gesto solidario, el club colombiano recibió el premio Centenario Conmebol al Fair Play.

21 de enero de 2017. Los jugadores de Chapecoense sobrevivientes del accidente, Neto (i), Jakson Follmann (c), y Alan Ruschel (d), reciben el trofeo de la Copa Sudamericana.

Chapecoense se convirtió en un símbolo eterno del fútbol. Su historia, marcada por el esfuerzo, el sueño cumplido y una tragedia que conmovió al mundo, quedó grabada para siempre. No solo fueron campeones en los papeles: lo fueron en el corazón de millones. El Chape será, para siempre, el campeón que nunca se olvida.

Cucharas, coches y cemento: el mundo del automovilismo a manocontrol

Por Ivan Ponzo 

En un playón dentro del Parque Chacabuco resuena un grito: “¡Autos a la pista!”. Es el momento en que hombres de entre 36 y 60 años vuelven a vivir el hobby preferido de su niñez y ponen a prueba todo lo que aprendieron cuando eran chicos. Los primeros y terceros sábados de cada mes —por la entrada de Curapaligüe, debajo de la autopista 25 de Mayo—, el lugar se transforma en un autódromo improvisado. En algunas jornadas, se transforma en el Gálvez durante las carreras de Turismo Carretera, y en las fechas de Fórmula 1 se convierte en Monza o Mónaco, con distintos tipos de competencias: F1, TC, camionetas y autos de metal.

A medida que avanza la mañana, los corredores van llegando. Algunos visten remeras de Ford, gorras de Chevrolet o la camiseta de la ACAM —la Asociación de Corredores de Autos a Mano y Control—, la organización que da vida a este mundo en miniatura. Fundada por Hugo Cella, docente jubilado que tras una discusión con otra agrupación, decidió crear su propio espacio: “Por diferentes ideas me terminé yendo y un día estábamos corriendo y llovió. Uno de los muchachos dijo que conocía un lugar, vinimos acá, lo vi y dije: listo, corremos acá”, recuerda Cella, los inicios de su aventura, aunque reconoció que al principio eran “4 gatos locos”. Se corre desde 2011. 

A las ocho y media ya se escucha el ruido de los termos, algunos ya practican tiros, los saludos entre viejos conocidos, las bromas de siempre. Cada uno acomoda su banquito y con cuidado, abren su caja de herramientas; dentro descansan sus autos de plástico soplado, pintados a mano, reforzados con masilla y con una cuchara debajo de la trompa, como alas improvisadas para ganar vuelo. Los hay de todos los colores —rosas, negros, celestes, dorados, verdes— y cada uno guarda una historia distinta: “Para mí estos coches son mi vida, en casa tengo 23 cochecitos más y es una pasión hermosa, son como mis hijos. Los cuido como oro”, confesó Jorge Ricardo, de 72 años, con una sonrisa que le achinaba los ojos. 

Mientras todos esperan, Daniel se encarga de la tarea más importante y minuciosa: delinear la pista. Tiza en mano, traza curvas cerradas, rectas que invitan a la velocidad y líneas de largada con la precisión de un piloto profesional calculando una maniobra. Además, ejerce de fiscal; anota los nombres de los presentes y registra quién usa el “bonus”, ese tiro extra que puede cambiar el rumbo de la competencia en el momento crucial. “Es un poco de todo; dibujante, árbitro, contador y hasta astronauta”, bromea “Rulo” a lo lejos, resumiendo el rol polifuncional que Daniel desempeña en cada jornada.

Aunque todo parece girar alrededor de los autitos, de los rebotes secos contra el cemento y de esa tensión que se siente antes de cada tirada, la mayoría de estos tipos son en el fondo, futboleros de alma. Son de esos que crecieron pateando en la vereda, escuchando los gritos de los goles por la radio y discutiendo de fútbol en cada asado. Acá la rivalidad no es solo entre el óvalo azul y el moño dorado: también se ponen la de Boca y River, Racing e Independiente. Se respira automovilismo, sí; pero también mucho tablón. Entre una tirada y otra se habla de la última fecha, de cómo jugó el equipo, de si el técnico tiene que irse o quedarse: “No, yo no soy fierrero, soy futbolero. Tuve una especie de ídolo, que fue el ‘Gurí’ Martínez, y él era hincha de Ford. Pero no sigo el Turismo Carretera. Ahora sí, las carreras de Fórmula 1 con Colapinto, por supuesto que las miro. Pero nada más”, afirmó el fundador de la agrupación.

A media mañana, el playón está en su punto de ebullición. Treinta y un autos —réplicas icónicas de un Falcon, una Chevy, un Torino y Dodge — esperan en fila india para el rugido silencioso. Arriba, los coches reales cruzan la autopista, sin saber lo que sucede abajo. El tiempo parece suspenderse en un bucle de infancia recobrada. “Tratamos de que todos los autos sean lo más parecidos posible a los del Turismo Carretera de antes”, explica Cella, mientras acomoda el mítico “7 de oro” del Toro Mouras junto a una réplica perfecta del coche del “Flaco” Traverso.

La regla fundamental de la competencia es clara e innegociable: no vale “muñequear”. Si un jugador realiza este movimiento tres veces, pierde el turno. El empuje debe ser limpio, con un solo movimiento de mano y sin que el vehículo se salga del circuito. Si el auto pisa la línea que Daniel trazó, se queda inmóvil donde está. Cada uno se las arregla como puede, a la hora de lanzar tienen su ritual, apoyan las rodillas en el suelo, algunos con tobilleras para no reventarse las rótulas, otros traen un almohadón de casa como si fuera parte del equipo, y los más fanáticos se tiran directo al cemento, sin miedo al dolor que después les pasa factura. Todos tienen su maña, la forma de aguantar. 

Entre tiro y tiro, tres comisarios de carrera vigilan cada milímetro de la pista. Son los encargados de marcar con tiza la posición exacta de cada vehículo tras el empuje y de borrar las marcas anteriores con un palo que tiene una venda húmeda en la punta. “Todo tiene que ser justo”, repiten, mientras la tensión crece a cada instante. Aunque existen discusiones por diferentes interpretaciones —a veces pasadas de tono—, siempre logran solucionarlas en conjunto. Los ruidos de la competencia se mezclan; el golpe seco y característico del autito contra el asfalto gris, un “¡uhhh!” de frustración, las risas genuinas y las cargadas de siempre. “¡Bien flaco, cómo camina ese auto!”, grita uno, tras ver pasar al auto entre dos competidores. En ese momento, el juego infantil se vuelve competición pura y dura.

Pero lo que realmente conmueve es la intensidad con la que se vive cada tirada. Porque aunque sean de juguete, las sensaciones son completamente reales. El corazón de estos hombres late como si estuvieran al volante de un coche de verdad; las manos, antes secas, se humedecen por la ansiedad; y la mirada se clava en el vehículo con la concentración de un piloto. En ese instante fugaz, todos vuelven a tener diez años. “Siento una emoción enorme”, dice Adrián Gabriel, con su gorra y chaleco de Ford, siempre ligado a los fierros, jubilado de mecánico técnico: “Me recuerda a cuando era chico, a esas tardes de verano desde las 2 hasta las 7 jugando”. Uno de los corredores, al que todos llaman el “Profe”, lo dice con una mezcla de orgullo y emoción: “La adrenalina de que el auto no se salga, de ganarle al otro por un centímetro, es como correr una final de verdad. Te olvidás de todo lo demás”. 

Cada corredor tiene su historia y su forma de tirar. Jorge Ricardo, por ejemplo, viaja desde Virrey del Pino cuando hay competencia. Para él, este hobby va mucho más allá del simple pasatiempo. “Esto no es solo entretenimiento, es un cable a tierra, es competir y es una forma de no parar”. 

Habla de lo que hace un buen corredor, lo tiene claro: “Es como en la vida real, practicar mucho. La concentración y saber cómo dirigir el cochecito”. Otros, en cambio, lo ven distinto. Sostienen que la práctica ayuda, pero que la diferencia la marca otra cosa: “Tener buena mano”, una especie de talento natural que no se aprende y que muchas veces, pesa más que cualquier entrenamiento.

La rivalidad aunque cordial, forma parte del encanto. Y fuera del circuito son amigos inseparables que comparten la vida, dentro de las líneas de tiza, nadie quiere perder. Alejandro Vetere, director de un colegio y uno de los corredores más respetados de ACAM: “Sí, obviamente hay rivalidad. A pesar de que somos amigos fuera de la competición, todos queremos ganar. Porque cuando gano, me divierto más; cuando pierdo no tanto”, exclamó con cara de serio, con unos lentes de sol parecidos a los de un sheriff. 

El número pintado en cada carrocería también cuenta su propia historia. No es solo una marca de inscripción: es identidad, un amuleto de suerte y un recuerdo anclado a la memoria. Raúl Campero, conocido en el circuito como “El Colmillo”, lo explica mientras acomoda su Chevy: “Cuando vine la primera vez me dieron el número 28 y desde ahí me quedó; lo uso en todos mis autos”. Su apodo, dice, viene de su estilo de carrera: “Cuando estoy atrás de los punteros y se equivocan, les clavó los colmillos y los paso”. Adrián Gabriel, en cambio, tiene una razón más sentimental para el suyo. En 2004, cuando cumplió 42 años, una chica le creó un correo electrónico que incluía ese número. Desde entonces, adoptó ese dígito como un talismán que mezcla recuerdos, afectos y velocidad.

Detrás de cada miniatura de plástico hay también una inversión que va más allá de lo económico. Un carro de Turismo Carretera puede costar unos 4.000 pesos, aunque muchos —como Cella o Vetere— prefieren comprarlo “virgen” y modificarlo a su gusto. “Todo depende del tipo de auto y de lo que quieras hacer. Yo soy un poco ansioso, una vez que agarro lo tengo que preparar y terminar, no puedo parar”, reconoce Cella entre risas. Los Fórmula 1 son los más caros, pero también los más deseados: son el vehículo de élite que todos quieren dominar en el cemento.

Con el correr de las horas, la pista se vuelve un escenario de máxima tensión. Los mates se enfrían irremediablemente y las cajas de puchos se van acabando. Los relojes marcan más de cinco horas de competencia, y los cuerpos empiezan a sentir el cansancio de las rodillas y la tensión acumulada, pero nadie se mueve de su lugar. Falta la tirada final, el momento dramático que define todo. Los teléfonos se encienden, listos para grabar. Algunos filman, otros contienen la respiración con la boca abierta y cierran los ojos. El silencio es total, solo roto por el ruido lejano de la autopista y la cercanía de la respiración contenida. Un solo movimiento, una mano que se impulsa hacia adelante. El auto acelera, avanza… y cruza la línea de meta. No hubo dudas: Vetere, con su vehículo número 4 pintado de naranja, se quedó con la serie y el primer puesto, llevando su vehículo directo al podio del campeón. El aplauso estalla, los abrazos sinceros se repiten y el playón vuelve, de a poco, a su ritmo habitual. Abajo de la autopista, los hombres guardan sus autos con cuidado, pliegan las reposeras y se despiden con promesas de revancha.

No todos corren por el brillo del podio o la copa de oro. Ricardo, uno de los competidores más constantes y apasionados, lo resume con una humildad que desarma: “Todavía no gané ninguna. Ni siquiera llegué a un cuarto o quinto puesto. Calculo que si llego a llegar, no te digo ganar la primera carrera, con alcanzar y estar en el podio es una satisfacción, como diciendo; ah, lo logré”. 

Su frase encierra el verdadero espíritu del grupo; competir, sí, con el cuchillo entre los dientes si es necesario, pero sobre todo, disfrutar del camino, del encuentro y del esfuerzo puesto en cada empuje. Mientras la carrera avanza, los coches giran, se detienen y vuelven a empujar con la esperanza renovada. 

La tabla general se actualiza al terminar cada carrera y revela quién viene marcando el ritmo del campeonato. Primero se ordena según su desempeño, y es ahí donde aparece la instancia más codiciada; la Copa de Oro, que la corren los quince pilotos de mejor rendimiento. Detrás, sin perder pisada; está la Copa de Plata, donde compiten los quince que les siguen, porque acá todos tienen una oportunidad real de dar batalla. Quien domina tanto la primera zona como la clasificación anual es Alejandro Vetere, sólido en lo más alto. Pero nadie se relaja, un empujón bien dado o una mala pasada pueden dar vuelta todo. Por eso, la carrera se vive con la misma seriedad con la que un piloto encara una final en un autódromo real.

Y así, cuando el último auto de plástico se desliza hasta el fondo, el silencio dura apenas un instante. Pero más allá de los triunfos y de los premios que reciben —stickers, medallas, llaveros, entre otros— por ser el número uno, ellos lo saben; la verdadera victoria no está en la suma, sino en la permanencia. El juego sigue siendo el mismo, el rival es el mismo y el combustible continúa siendo aquella primera y pura ilusión de ver su nave cruzar primero. En dos semanas, con las rodillas listas y el corazón en la mano, volverán a esa esquina de cemento no solo a sumar tantos, sino a demostrarle a su yo de la vereda que el sueño, después de todo, se volvió serio sin dejar de ser hermoso.

 

Entre tribunas y sueños: la reconstrucción de San Miguel

Por Benjamín Rusiñol

San Miguel no fue “canonizado” como los santos humanos, porque no fue una persona, sino un arcángel, un ser espiritual creado por Dios. No se convirtió en santo a través de una vida terrenal ni de milagros realizados en la Tierra, como sucede con los santos comunes. Se lo llama “santo” porque el término significa “sagrado” o “consagrado a Dios”, y Miguel siempre fue fiel a Él. Según la tradición cristiana, se lo considera santo porque lideró la rebelión de los ángeles fieles contra Lucifer, cuando éste se rebeló contra Dios. Miguel lo derrotó y lo expulsó del cielo, convirtiéndose así en símbolo del bien, la justicia y la obediencia divina. Para los cristianos es el protector de la Iglesia y abogado del pueblo elegido de Dios.

El Arcángel nunca hubiera pensado tener una ciudad de la provincia de Buenos Aires a su nombre, ni ser la capital de Tucumán, ni mucho menos llevar el nombre de un humilde equipo de fútbol que disputa la Primera Nacional del fútbol argentino y sueña debutar en algún momento en la Primera División.

El Club Atlético San Miguel fue fundado en agosto de 1922. Ubicado en un barrio humilde y trabajador de la ciudad de San Miguel, en el norte de la Provincia de Buenos Aires. Una pequeña casa con kiosco en la esquina de la cancha vende jugo en polvo de limonada a los chicos de inferiores, quienes lo mezclan en su botella de Coca-Cola sin etiqueta. En la otra esquina hay un gimnasio. Se encuentra en el segundo piso y debajo hay un taller mecánico bastante desordenado, perros en la puerta y herramientas por doquier.

Sin embargo, sobre el cordón de la cancha muchos autos lujosos. El contraste de los dirigentes con los chicos que forman parte de las inferiores es claro. A diferencia de los que lucen un pantalón de vestir beige y unos finos zapatos, los pibes salen del club con las piernas impregnadas de tierra y pintadas por la línea de cal.

Diciembre de 2023. San Miguel era uno más de la B Metropolitana. El aire de Los Polvorines, una zona residencial y productiva, con fuerte presencia de trabajadores, tenía esa densidad que sólo se percibe en los días en que un barrio entero contiene la respiración. Desde temprano, las calles que desembocan en el estadio Malvinas Argentinas se tiñeron de verde. Las banderas colgaban de los balcones, los bombos sonaban como si convocaran a una misa popular y, en cada esquina, se respiraba el mismo presentimiento: algo grande estaba por pasar. San Miguel, el club que se había acostumbrado a pelear desde abajo, estaba a un paso de volver a una categoría que durante años pareció un sueño imposible.

En el arco, de brazos cortos y reflejos ágiles, asomaba Pucheta. El “Gordo” para todos, el arquero al que muchos habían subestimado por su físico, se transformaría en el símbolo de esa tarde. Su figura, más ancha que atlética, parecía contener no sólo los remates sino también la ansiedad de una hinchada entera. Enfrente, Douglas Haig, curtido en mil batallas, sabía que no había espacio para el error. La final del Reducido no ofrecía margen para el cálculo: era ascender o seguir penando otro año más en la B Metropolitana.

La dirigencia decidió apostar fuerte, entendiendo que ya no bastaba con resistir; había que intentar renacer. Llegaron refuerzos con experiencia —Biasatti, Luna, Cáceres, Sansotre— y Gustavo “El Sapito” Coleoni, un entrenador que, sin grandilocuencias, prometió devolverle la identidad al equipo.

Los primeros meses fueron de reconstrucción. El plantel se fusionó lentamente, entre canchas duras, viajes interminables y la desconfianza de los propios. Pero algo se fue gestando en silencio: la defensa se volvió sólida, el mediocampo aprendió a morder y a jugar, y adelante aparecieron los goles que tanto habían faltado. La hinchada, que nunca abandona ni en los domingos más grises, empezó a creer otra vez. “Este año sí”.

La campaña regular terminó con San Miguel en los puestos de privilegio.

El día de la final, el estadio fue un hervidero. No quedaba un hueco en las tribunas, y los balcones cercanos estaban repletos de vecinos que no quisieron perderse el espectáculo. Desde el túnel, los jugadores miraban hacia las gradas y comprendían que no jugaban sólo por un ascenso: jugaban por todo un barrio. Los primeros minutos fueron tensos y con pocas llegadas claras. Douglas Haig, con oficio, trataba de imponer su experiencia, pero San Miguel se plantó firme. Cada quite era una declaración de principios, cada avance una descarga de adrenalina colectiva. En uno de esos típicos 90 minutos de ascenso, donde se traba mas de lo que se juega, el partido se fue a los 12 pasos. La muerte súbita.

Cuando el árbitro marcó el final del tiempo reglamentario con el marcador en 0, la sensación era de injusticia. San Miguel, aunque de primer tiempo flojo, en el segundo había hecho el gasto, había buscado más, pero la pelota no quiso entrar. Los penales se convirtieron en un destino ineludible. El silencio fue total. Pucheta, el “Gordo”, caminó hacia el arco con paso lento. Algunos se persignaban, otros cerraban los ojos. Y entonces pasó: voló hacia su izquierda y atajó el primero, adivinó el segundo, y se agigantó en cada intento rival. El Estadio Ciudad de Vicente López, sede de la final, explotó cuando el último penal de Douglas Haig rebotó contra sus guantes.

San Miguel era de la Primera Nacional. La tribuna se derrumbó en un grito que mezcló alivio, incredulidad y una felicidad que pocos deportes pueden provocar. Los jugadores se abrazaron llorando, algunos se desplomaron en el césped, mientras el “Gordo” Pucheta era devorado por sus compañeros. En las calles de Los Polvorines, la caravana se extendió hasta entrada la madrugada. Autos con bocinas, banderas flameando, gente colgada de los colectivos, chicos corriendo entre el humo verde. El barrio entero se convirtió en una celebración colectiva.

Para muchos, ese ascenso no fue sólo un resultado deportivo: fue una reivindicación. San Miguel había vuelto a poner su nombre entre los grandes del ascenso, pero sobre todo había recuperado el respeto propio. El club que había sobrevivido a crisis económicas, descensos, y hasta clausuras de estadio, se reinventaba a fuerza de orgullo y transpiración.

Los meses siguientes fueron de festejo y planificación. La dirigencia, consciente de que el salto a la Primera Nacional exigía otro nivel de profesionalismo, comenzó a moverse rápido. Se renovaron contratos, se reforzó la infraestructura del estadio y se iniciaron gestiones para mejorar el predio de entrenamientos. El técnico, Gustavo Coleoni, pidió mantener la base del plantel, esa que había construido una identidad de hierro, y sumar jugadores con roce en la categoría.

Las campañas siguientes en la Primera Nacional se convirtieron en un desafío constante. El club demostró que el ascenso no era un regalo, sino fruto de un esfuerzo sostenido que exigía equilibrio entre consolidar la base de jugadores, incorporar talento joven y no perder la conexión con la gente. La hinchada entendió que las victorias no eran consecuencia de regalos. El ascenso de diciembre de 2023 fue la culminación de años de trabajo silencioso y fe persistente, y la prueba de que San Miguel podía crecer sin traicionar su esencia. La Primera Nacional, más que el final de un sueño, era la confirmación de que el club había aprendido a soñar con los pies sobre la tierra y la mirada en alto.

Conforme avanzaba la temporada, San Miguel fue encontrando identidad en la Primera Nacional. Los partidos contra clubes históricos de Argentina, como Almagro, Atlanta, Chacarita o Quilmes, sirvieron para medir el progreso. El técnico mantuvo la base del plantel campeón de la B Metro, complementándola con jóvenes con hambre de crecer. La mezcla de experiencia y ambición permitió que el equipo consiguiera resultados sorprendentes.

En términos administrativos, el club también tuvo que crecer. Se mejoraron los vestuarios, se planificó la seguridad en los partidos de alta concurrencia y se reforzó la comunicación con la hinchada. Los dirigentes entendieron que la exigencia de la categoría no solo era deportiva, sino institucional: para sostener el proyecto, San Miguel necesitaba estructura y planificación.

Federico Almada conoció que en Jano’s, la empresa que brinda salones de fiesta y que maneja con precisión, aprendió que el éxito se basa en el orden y es fruto de un trabajo constante y silencioso.

Almada irrumpió con planificación, recursos y reinversión. Primero llegó la tribuna renovada, luego las canchas sintéticas y la sede pintada de verde. Vecinos y socios observaban incrédulos; algunos aplaudían la transformación, otros acusaban soberbia. En redes sociales llovían críticas desde otros clubes, pero él comprendió que lo importante sucedía en la cancha y en el barrio.

El contraste con Jano ‘s refleja su enfoque: “Un club popular puede crecer sin perder alma, aunque el orden y la modernización generen tensiones. Caminar entre hinchas, compartir sonrisas con los chicos y mezclarse con la pasión del día a día. El proyecto no es de poder, sino de legado: enseñar, organizar y sostener una institución que resista económicamente y emocione deportivamente”.

Junto con el ascenso del CASM a la Primera Nacional, los que abandonaron esta división clasificando a la Liga Profesional –la división más prestigiosa del fútbol argentino– fueron Independiente Rivadavia y Riestra acompañado del abogado y empresario Victor Stinfale, ambos clubes con polémicas de por medio. Por otro lado, “el Trueno Verde”, en su primer año se mantuvo firme y discreto, donde logró una gran primera temporada. Empatando muchos partidos y ganando otros tantos clasificó a su primer reducido desde el ascenso. Lamentablemente un Deportivo Madryn que ya comienza a dar que hablar, manejado por los hermanos y políticos Ricardo y Gustavo Sastre, a quienes se los empareja mucho con Claudio Tapia, presidente de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA), los dejó afuera por ventaja deportiva.

Ya para el 2025, Almada, de saco y corbata, decidió romper el chanchito y contrató a Sebastian Battaglia para ser el entrenador, la cabeza del equipo. Junto a él llegaron varios refuerzos como Bruno Nasta y Agustín Lavezzi, los dos últimos goleadores del Nacional; a Cristian Erbes, volante central con experiencia y con más de 150 partidos en Boca; a Brahian Aleman, de gran pasado en Gimnasia de la Plata; al ex Boca y San Lorenzo, Gino Peruzzi; a Claudio Salto, uno de los jugadores más destacados de la categoría en los últimos años con Defensores de Belgrano, cerrando con los refuerzos estelares llegaron Emanuel Dening, Lautaro Parisi, Claudio Mosca, y Daniel Sappa, arquero con pasado en Primera, tras la baja del histórico Pucheta. Además, Almada cerró a Santiago Albornos, Juan Lungarzo, Nicolás Ihitz, Jorge Juárez, Alvaro Cazuela, Ivan Ortigoza, Ezequiel Parnisari, Lautaro Villegas, Angel Almada y Gustavo Turraca.

El presidente logró lo que quería, que se comience a hablar del CASM. Sin embargo, a Battaglia no le fue como se le esperaba y a los pocos meses volvió el “Sapito” Coleoni, ídolo y leyenda. Llevó al equipo por segunda vez consecutiva al reducido, pero nuevamente quedó afuera por ventaja deportiva.

Federico Almada llegó a San Miguel para aplicar la fría lógica empresarial que desarrolló en Jano’s. Es importante notar que su empresa tuvo un crecimiento expansivo al comprar otros salones de eventos precisamente durante la pandemia, cuando el rubro se vio forzado a cerrar. La pregunta es si la ética que le permitió capitalizar el cierre de otros negocios puede ser la misma que rija el destino de un club social. Bajo su mandato, San Miguel funciona como una compañía; él se sienta en la mesa grande, se viste de saco y se codea con dirigentes de atuendos aún más caros, manejando las relaciones con la prensa con notoria cintura. De hecho, Almada es acusado a menudo de dirigir una “SAD encubierto” (Sociedad Anónima Deportiva). Lejos de esquivar la polémica, llegó a comentar abiertamente que el dinero proviene de sus negocios personales y que puede gastarlo como quiera, “haciendo de cuenta que es como si fuera un juego de fútbol manager”, una sinceridad que choca frontalmente con la esencia popular y pasional del “Trueno Verde”.

La doble vara que rige el proyecto de Almada se percibe en cada rincón del club, incluso entre sus juveniles. Dos historias, bajo el mismo escudo, reflejan las diferentes velocidades con las que avanza la modernización. En las categorías inferiores compiten los hermanos Manuel y Estefanía Lecot. 

La realidad del fútbol masculino, impulsada por la planificación y los recursos que Almada inyectó, se acerca a la profesionalización. En cambio, el fútbol femenino todavía lucha por la equidad básica y la infraestructura.

Estefanía, lo resume sin filtros y con conocimiento: “Si bien es cierto que con esta dirigencia mejoró y por lo menos nos alquilan algo, el club alquila un complejo de canchitas de fútbol 7, padel y otros deportes, donde tenemos que entrenar nosotras. Antes era muchísimo menos. Pero los chicos entrenan en canchas de verdad. Aunque las condiciones de ellos no sean las de Primera, es muy distinto entrenar en sintético y jugar los fines de semana en pasto. A ellos no les pasa. Nos perjudica.” Durante la pretemporada de verano, las chicas del fútbol femenino, vuelven caminando al costado de la ruta 202 para tomarse su respectivo bondi.

Esta disparidad es la radiografía más honesta de San Miguel: un club que sueña con la élite para los hombres, mientras las mujeres enfrentan una realidad precaria que la gestión empresarial, con su lógica de eficiencia, aún no logra subsanar.

Al final, el Club Atlético San Miguel bajo la gestión de Federico Almada no es una historia de milagros, sino de contradicciones. La institución volvió a tener voz y peso, logrando una ambición deportiva que parecía imposible. Pero la verdadera crónica reside en los contrastes: entre los autos lujosos sobre el cordón y las jugadoras en canchas alquiladas, entre la lógica de un “Fútbol Manager” y la pasión cruda del “Trueno Verde”. San Miguel aprendió a crecer sin olvidar de dónde viene, pero ahora debe preguntarse cuánto vale el alma del club en la nueva era del ascenso.

Juan Ignacio Calvete, una vida dedicada al Calamar

Por Benjamín Rusiñol y Franco Minervini 

Desde chico tuvo dos pasiones: el fútbol americano y el Club Atlético Platense. Con el tiempo, supo incorporar conceptos de ese deporte al análisis de datos en su amada institución, y los resultados futbolísticos fueron más que exitosos. Hoy, a sus 43 años, desde una modesta oficina dentro del club de Vicente Lopez, con una moderna computadora de escritorio y ocho carpetas tamaño oficio llenas de información, Juan Ignacio Calvete es una de las piezas fundamentales de la institución. Todos los días viaja por la Avenida Cabildo en el 59, baja por Puente Saavedra y camina cinco cuadras para ingresar por el portón de la calle Juan Zufriategui 2021. A pocos metros del estadio, a partir de las 9 de la mañana comienza su jornada laboral, mientras se prepara un café y espera indicaciones del cuerpo técnico. 

En 2017 dio sus primeros pasos en una cancha de fútbol trabajando como entrenador de arqueros en Divisiones Inferiores en Excursionistas. Mientras tanto, realizaba un curso en el Instituto de River para ser Director Técnico, que siempre fue su sueño: “Vi al video análisis como una ventana para poder meterme en ese mundo. Siempre estuve ligado a las cámaras, a la edición de video, por lo que siempre tuve una base por fuera de este trabajo”, afirmó.

En 2018, cuando Platense ascendió a la Primera B luego de 8 años, Calvete finalizó su capacitación como técnico e inmediatamente ejerció como entrenador alterno de la 7ma División de Excursionistas, donde seguía formando jugadores juveniles. Ese fue el momento donde todo cambió para su desarrollo profesional. En sus primeros partidos incorporó un sistema sumamente innovador, que consistía en adaptar habilidades de desmarque del fútbol americano a las canchas de fútbol. Y los resultados fueron brillantes. 

Entonces, en 2019, una mañana como cualquier otra se despertó confiado en que su plan podría gustarle a Pablo Bianchini, quien hace solo un mes había asumido como presidente, y Calvete tomó la decisión que impulsó su carrera. Llevó la novedosa idea a Platense y al año siguiente se sumó a la reserva, donde creó el proyecto “Goles que unen deportes”, basado en aplicar los desmarques del fútbol americano al fútbol tradicional. Al poco tiempo comenzó a trabajar con el plantel profesional cuando asumió el nuevo técnico Juan Emanuel Liop y -sin saberlo- su vida cambiaría:

Me quedé toda la noche sin dormir y fui al día siguiente preparado para mostrarle toda la información posible de Belgrano. Justo ese jueves fue el último partido antes de que cerrara todo por la pandemia –recordó Calvete sobre su debut. 

Luego del tan esperado regreso a Primera en 2021 -22 años después-, Platense cumplió con creces el objetivo de mantener la categoría y quedó en la 18ª posición entre 26 equipos en la liga. En la temporada siguiente, al principio con Claudio Spontón como entrenador y después con Omar de Felippe, bajó un solo puesto. Se construyó un equipo fuerte en Vicente López, que crecía tanto dentro como fuera del césped con profesionales comprometidos. Calvete fue uno de ellos, aunque su trabajo muchas veces pase desapercibido:

Nosotros (los analistas) lo que tenemos que hacer es recopilar toda la información del rival que vamos a enfrentar, hacemos tareas del postpartido y realizamos los informes del juego propio. También enviamos recortes individuales de las acciones de los jugadores –explicó. 

En 2023 Martín Palermo tomó el mando del equipo y llegó con su propio cuerpo de trabajo, incluyendo un analista de video. Aunque esto podría representar una amenaza para Calvete, se supo adaptar rápidamente al trabajo en dupla: “Cuando vienen con un videoanalista está buenísimo porque te repartís las tareas. Es algo positivo, siempre cuatro ojos van a ver más que dos”, aclaró.  

Mientras tanto, Platense fue subcampeón de la Copa de la Liga 2023, donde perdió la final 1-0 ante Rosario Central. Este fue el primer gran indicio de lo que llegaría más tarde: el primer título en la máxima categoría. En febrero de 2024, tras la salida de Palermo, asumió la dupla técnica integrada por Favio Orsi y Sergio Gómez, quienes sumaron 27 jugadores en apenas diez meses. Además, conformaron un equipo de trabajo con dos analistas de video -entre ellos Calvete- y dos ayudantes de campo.

En la Copa de la Liga 2025 finalizaron sextos en la Zona B y tuvieron el desafío de visitar el Cilindro de Avellaneda para enfrentar a Racing, que había quedado tercero en la Zona A. Con un triunfo agónico de 1-0 en el cierre del partido, Gómez comenzó a tener la sensación de lograr la hazaña: “Yo creo que ahí pensamos ´che ojo, estos pibes están metidos´. Era cuestión de observar en los videos dónde iban a encontrar el espacio, y todo eso sucedía dentro de la cancha”, explicó el técnico. 

En los cuartos de final ante River en el Estadio Monumental, el oculto protagonista volvió a aparecer: Juan Ignacio Calvete tenía el desafío de descubrir cómo frenar a Franco Mastantuono, la joven figura riverplatense. Pasó dos días y casi una noche completa investigándolo, y llegó a descargar 37 archivos de sus mejores jugadas que todavía mantiene en su computadora. Luego de numerosos estudios y charlas, el analista descubrió cómo neutralizarlo:

Sabíamos que el tipo (Mastantuono) siempre encaraba para adentro, por lo tanto Tomás Silva lo salía a presionar sin darle espacio y automáticamente tenía que caerle un 5 desde el medio, porque sino Franco te pateaba al arco o te metía un pase filtrado y sonábamos –desarrolló Calvete.  

Como si fuera poco, en las semifinales se deshizo de un grande más: San Lorenzo de Almagro fue otra de las víctimas de Platense, que con mucho coraje y solidez defensiva se hizo fuerte y ganó 1-0, otra vez, de visitante. Esa noche Vicente López fue una fiesta, con un estadio colmado festejando la clasificación a final. 

Ahora sí, ya en la última instancia, “el Calamar” fue a tomarse su propia venganza de lo que fue la fatídica noche con Rosario Central en 2023. En frente estaba el Huracán que había peleado hasta el desenlace la liga pasada contra Vélez. En un partido paralizado por los nervios, tanto afuera como dentro del campo, la paridad parecía inquebrantable. Sin embargo, a los 63 minutos la pelota quedó picando en el área y un zurdazo de Guido Mainero hizo explotar el estadio Madre de Ciudades y todo Vicente López, dándole el título y la clasificación a Platense para la próxima Copa Libertadores que la jugará por primera vez en sus 120 años de historia.

Juan Ignacio Calvete pasó del análisis de video en la reserva a gritar campeón en Primera, y en 2026 recorrerá el continente. Los dos cuadros que tiene en la pared blanca de su oficina describen su historia. Uno es un imponente escudo de Platense de casi un metro de altura. En el otro está él sosteniendo el trofeo luego de la consagración con una sonrisa de oreja a oreja, la camiseta marrón y su bandera que hace de bufanda, un largo gorro de carnaval y la hinchada de fondo. Y sigue soñando con -desde su lugar- colaborar para nuevamente llegar a lo más alto y en un futuro no tan lejano ser el entrenador del club de sus amores: 

Me quiero quedar en Platense a morir porque soy hincha y estamos viviendo un presente hermoso. En 5 años viví un ascenso, en Primera División salimos segundos y un tiempo más tarde salimos campeones. Todo lo que me propongo, aparece. Entonces entiendo que hay que resistir, que las cosas a la larga van a llegar –concluyó Calvete aguantándose la emoción. 

Esteban Guerrieri, el camino todavía tiene curvas por recorrer

Renzo Terzian y Tomás Schenkman

El aire de la ciudad de Zhuzhou, en China, es denso y cortante como el plomo. El viernes 31 de octubre amanece bajo un cielo gris que se derrama sobre el asfalto del circuito internacional y refleja en un espejo melancólico las luces de neón de los boxes. Es la penúltima fecha del TCR World Tour, y la atmósfera está cargada con la electricidad de una final anticipada. En el garaje del equipo GOAT Racing, Esteban Guerrieri, con cuarenta vueltas al sol marcadas en la mirada, se ajusta los guantes. Su rostro, una máscara de concentración, oculta las cicatrices de una carrera definida por una lucha: la del talento puro contra la matemática implacable del dinero.

Viene de una actuación estelar en Corea del Sur, cosechando un segundo, tercer y cuarto puesto que lo han catapultado a la pelea por el título. Pero allí, en el frío de Hunan, cada punto vale el doble y el margen de error es nulo. El Honda Civic ruge, un sonido metálico que parece un grito de guerra. Para Guerrieri, este fin de semana no es sólo por el trofeo, sino por la costumbre —inevitable— de no quedarse quieto.

La largada de la primera carrera es un exceso de fibra de carbono y caucho quemado. Desde su posición en la parrilla tiene que batallar, defender el interior, usar cada centímetro de la pista. No hay espacio para la sutileza. Es una pelea de perros, una lucha de supervivencia en el pelotón. Cada frenada tardía, cada toque lateral, es un recordatorio de que en el automovilismo de élite, la tenacidad vale tanto como la velocidad punta.

Esa tenacidad no se forjó en los autódromos europeos, sino en el asfalto improvisado bajo la General Paz, a donde su madre Esther lo llevaba de chico. Allí, en una pista de karting de alquiler, comenzó todo. “Tenía cinco años y no llegaba a los pedales, así que el tipo del circuito me hizo un taco de madera”, contó Esteban sobre esa primera prótesis de su sueño.

Mientras el Honda del GOAT Racing devora la recta de Zhuzhou, la imagen se superpone con la de ese niño que, a los ocho años, ya competía en campeonatos oficiales. Pero esa lucha en pista era la réplica de una batalla mucho más dura que se libraba en casa. La década del noventa había golpeado el negocio de ropa de sus padres en Retiro, y el automovilismo no era un hobby barato. Su hermana Daniela lo recuerda con la precisión del sacrificio: “Mi papá hacía los cheques para pagar las inscripciones, y nosotros lo ayudábamos como podíamos. No era un deporte para una familia de clase media, pero apostamos igual”.

La R1 de Zhuzhou es un reflejo de eso: una carrera de clase media, peleada con lo justo. El coche rinde, pero no domina. Tras la clasificación, 47 puntos lo separan del primero de la tabla general: el francés Yann Ehrlacher, que lidera con 376. El galo, sobrino de Yvan Muller —campeón en cuatro ocasiones del Mundial de Turismo— corre con el respaldo del equipo Lynk & Co Cyan Racing. Entre él y Esteban hay una historia de respeto y competencia: se cruzaron en el WTCR (World Touring Car Race), cuando el argentino terminó subcampeón en 2019. 

Guerrieri exprime el motor y gestiona los neumáticos. El pelotón es feroz. Termina la carrera con la suma de 12 unidades para escalar, pero sin el brillo del podio. Aunque el primer asalto ha sido superado, la sensación es la de siempre: hay que remar desde atrás. 

Así como en el 2000, cuando su padre Daniel les pidió a Daniela y Agustín —su otro hermano— que rompieran el chanchito y aportaran todos sus ahorros para que Esteban, con apenas quince años, corriera en el equipo Crespi Junior de Fórmula Renault, categoría en la que después sería el campeón más joven. “Fue un récord total, encima en un solo año corriendo y con una madurez arriba del auto que no era normal para su edad”, recuerda Luciano Crespi, compañero suyo y creador de aquel equipo junto a su hermano Matías. 

Aquella consagración fue el punto de inflexión. “Sabíamos que si no ganaba, se terminaba todo”, admite Luciano. Pero ganó, y ese título lo catapultó a Europa.

El sábado la presión se multiplica: la segunda carrera es la bisagra del fin de semana. Una buena actuación aquí puede definir el campeonato. Una falla, puede ser el fin. El destino le ofrece una mano: largará tercero. Y entonces, el cielo asiático se abre. “Estaba justo lloviendo antes de largar”, contaría Esteban a El Equipo más tarde, con la mirada perdida en el aeropuerto. La lluvia, para un piloto de su talento, es el caos perfecto, el ecualizador. “Creía que era una buena oportunidad para aprovechar”.

Pero el automovilismo es caprichoso. El semáforo se apaga y la oportunidad se esfuma. “No hice una buena primera vuelta, hubo algunos excesos”, admite él mismo. El auto patina, pierde tracción y, en el desconcierto de la primera curva, el podio se convierte en una lucha por la supervivencia. Cae en el clasificador. “Quedé séptimo u octavo, algo así”.

Mientras Guerrieri lucha en el medio del pelotón, la lluvia arrecia. “Y después llovía cada vez más, estábamos todos con gomas slick (lisas)”. Es un patinaje sobre hielo a 200 kilómetros por hora. Desde el pit wall de GOAT Racing llega la orden. Es una apuesta a todo o nada.

“Decidimos entrar a boxes a poner gomas de lluvia”, explica Esteban. Es el undercut climático, una jugada maestra si funciona. El equipo cambia los neumáticos en un relámpago y Guerrieri vuelve a la pista, rezando por un diluvio que nunca llega del todo. “Esperé que la pista se mojase más y que diera resultado, pero no fue así”, detalla.

La frustración es total. El Honda, ahora con el compuesto equivocado para una pista que no se termina de mojar, se arrastra. “Siguió lloviendo, pero sorpresivamente no era más rápido con lluvia que seco”, analiza post carrera.

La apuesta ha fallado. Y entonces, el golpe de gracia: ese porcentaje externo que lo excede y le puede llegar a truncar el sueño, se hace presente.

“Para cerrar la carrera, se me terminó rompiendo la caja de cambios”, narra Esteban, con una resignación que duele. El auto se detiene. DNF. Abandono. Cero puntos.

Ahora se ubica a 83 puntos del líder galo. Debe ganar la tercera y rezar por una concatenación de milagros en la próxima fecha en Macao —China— para salir campeón.

En ese silencio del motor detenido, el flashback es brutal. Es 2010. Guerrieri viene de su mejor año en Europa. En la Fórmula Renault 3.5 es el piloto que más carreras gana esa temporada y termina tercero en el campeonato detrás de Aleshin y un tal Daniel Ricciardo.

Entonces, llega el llamado. Virgin Racing, escudería de Fórmula 1, le ofrece un contrato. El sueño está ahí, sobre la mesa. Pero tiene un precio: siete millones de euros que debe poner de su bolsillo.

La búsqueda de ese dinero es una odisea que define a su familia. La imagen de él y su hermana empujando una Fiorino averiada por la Autopista 25 de Mayo, llegando justo a la reunión con el Ministro de Turismo Carlos Meyer para conseguir financiar parte de ese capital, es un retrato de la lucha del talento contra la burocracia.

La respuesta es un golpe de realidad. Daniela lo resume con impotencia: “Lo máximo que nos ofrecieron fueron dos millones, pero faltaban cinco. Era una barbaridad”.

La puerta de la F1 se cerró. No por una caja de cambios rota, sino por falta de capital. En la pista de Zhuzhou, mientras baja del auto en la R2, ese fantasma de 2010 parece susurrarle al oído. 

Entiende que “siendo sudamericano no tenés 10 balas, tenés una o dos”. Esta carrera en China era una de esas balas, y se había perdido.

La R3 del domingo es la última oportunidad, pero el aire en el box ya no es de esperanza, sino de resignación. El campeonato se escapa. Guerrieri larga en el fondo. “Largué 12”, dice, lacónico. La carrera es un epílogo doloroso. “Sin pena ni gloria”, la define él. No hay épica. “Iba bastante lento en ritmo, atrás del pelotón”. Termina undécimo o duodécimo, ya ni importa.

Esteban se baja del auto. El mono de competición está empapado, el rostro está marcado por el esfuerzo. 

El resultado del fin de semana fue un desastre. Sumó 16 puntos entre la clasificación y las tres carreras. Sigue tercero en la general, pero ahora a 101 unidades de Ehrlacher. Debe triunfar en la clasificación y en las tres carreras que aún restan en la última jornada en Macao, y esperar a que el francés no sume en nada. Prácticamente utópico.

Pero esta versión de Guerrieri no es la del joven que llegó a Europa a los dieciséis años, viviendo en un departamento con Pechito López y Mariano Altuna, tratando de “sobrevivir” en el programa del equipo Lincoln Sport Group. Tampoco es la del piloto que en 2004, en el test clave de F1 con Arden en Jerez, se sintió superado por la situación: “Fui solo, con un bolsito. Esa soledad me jugó en contra”.

No, el hombre que camina por el paddock de Zhuzhou es el que se curtió en el dolor. El que en 2005, mientras su familia en Argentina veía su carrera en “una pista dibujada en la compu donde los autos eran puntitos”, recibió la noticia del fallecimiento de su padre tras una larga enfermedad. Ese golpe se sintió. Los motores dejaron de sonar igual que antes, pero eso no lo detuvo.

Es el piloto que se reinventó en 2011, ganando en el óvalo de Indianápolis en la Indy Lights —antesala de IndyCar en Estados Unidos—. Es el corredor que, al regresar a Argentina en 2013 para sumergirse en el Súper TC 2000, hizo que Luciano Crespi, el hombre que lo vio nacer deportivamente, admitiera: “Volvió más maduro, más completo. Le servía cualquier auto. Siempre fue un gran profesional. Todos sus métodos para poder funcionar bien como deportista los llevó adelante con mucha dedicación”.

Ahora, mientras camina hacia el aeropuerto, cuenta la historia de su derrota. “Terminó la penúltima fecha en China. Para resumirlo: fin de semana para el olvido”. Así simplifica su apuesta fallida, la caja de cambios rota. Y luego, la sentencia final, la que cierra el ciclo de 2010 y 2025.

“Quedamos fuera de la chance de pelear por el título, lamentablemente”. Ya ni él sostiene la posibilidad matemática que aún lo sustenta para seguir en combate. 

Pero el fuego sigue intacto. “Vamos a Macao en 15 días a cerrar la temporada”, anuncia. Y él sabe de correr allí: en 2019 y 2020 le tocó conocer el trazado del circuito que se erige como un laberinto urbano donde el margen de error es nulo.

Ya no es sólo un piloto: sabe que, aunque no se corone este año, es el mentor de Lights-out, su “empresita” —como la define él— de coaching para jóvenes talentos. El hombre que ahora usa su propia experiencia para guiar a la nueva generación junto a su socio Néstor Girolami y otros amigos, con quienes se integró al grupo del TCR South América. “Cada perfil es diferente, hay que trabajar mucho desde la raíz… todos tienen su historia, sus miedos y manejan la frustración de una manera distinta”, recalca sobre su mirada de los más chicos.

El sueño de la Fórmula 1 se evaporó hace tiempo y la frase de su amigo Luciano resuena como el epitafio perfecto para esa etapa: “Vos lograste ser piloto de Fórmula 1, pero no tuviste la plata”.

Esteban Guerrieri ahora lleva su auto a más de 400 kilómetros de donde se desvaneció la chance más importante de su año. Macao aguarda. El milagro también.

La semana voló. Los días hábiles pasaron desapercibidos y el viaje a la otra ciudad asiática se hizo presente. El mejor antecedente en ese circuito fue el primer puesto en una de las carreras en 2018.

El objetivo: lograr la mayor cantidad de puntos para mantener el tercer lugar en la general y que el líder francés no sume tanto para que la diferencia sea minúscula.

La Qualy no llamó mucho la atención y finalizó sexto habiendo sumado sólo dos puntos. En la primera carrera largó desde aquella posición y logró avanzar dos lugares: casi dentro del podio. Mucho mejor que el fin de semana anterior en Zhuzhou. 

Lo único que confortaba a los pilotos argentinos era la victoria de su compatriota Girolami en la R1, resultado que lo catapultó al sexto puesto de la tabla general. 

111 unidades separaban ahora a Guerrieri de Ehrlacher. Ni el buen desempeño lo había acercado. Se venía la última.

En la R2 salió desde el quinto puesto pero no se movió de aquella posición, sumó 18 puntos más y alcanzó los 385 para afianzarse en el podio del 2025, finalmente a 99 unidades del piloto francés. “Una mejor clasificación hubiera ayudado”, expresó post carrera.

Dejando de lado lo numérico, también reflexionó en cómo influían los autos de los otros corredores que compartieron el podio con él: “No se trata de excusas, pero tiene sentido si comparás nuestro presupuesto con el de los equipos como Hyundai o Lynk & Co. Probablemente sean al menos cinco veces más”.

Terminó el año con dos victorias en México y cuatro podios a bordo del Honda Civic número 186, el auto que lo acompañó en un nuevo desafío en la víspera de sus 41 vueltas al sol. El 2026 lo espera y Esteban Guerrieri aún tiene combustible y muchas curvas por recorrer.

 

Julián Princic, ex jugador de rugby y periodista, sobre los bautismos: “En el plantel superior eran mucho más violentos, incluso vulneraban la intimidad de los chicos”

Por Juan Bautista Zuccotti Guido

Julián Princic, productor de TyC Sports y del canal de streaming Luzu, denunció mediante un hilo de Twitter los bautismos que se llevan a cabo en el rugby, el 8 de enero de 2020. Diez días después de su publicación, asesinaron a Fernando Báez Sosa y la problemática tuvo una gran repercusión.

Princic se metió en el mundo de los tackles a los 10 años. Y lo dejó a los 20, pero ya con una mirada crítica y desnaturalizada de los actos que se cometían.

-¿Cuál fue el disparador que te condujo a publicar ese hilo?

-Recuerdo que el detonante fue un video que se había viralizado de un pibe que jugaba al rugby pegándole a otro en una fiesta. Me levanté re enojado con eso, entonces agarré la computadora y empecé a escribir. Fue como un poco de catarsis, escupí todo ahí, pero después lo releí y siento que las pude haber puesto de una manera diferente. En mi club, en Paraná, hubo reacciones negativas sobre mis publicaciones. Gente que pensó que yo lo estaba dejando mal parado, aunque nunca lo nombré. Quizás hoy lo diría de otra manera, pero no me arrepiento: sirvió para que nos sentáramos a charlar con mis amigos sobre lo que habíamos normalizado.

-Justo diez días después de que lo publicaste, asesinaron a Fernándo Báez Sosa ¿creés que eso fue uno de los motivos por los que también tuvo repercusión?

-Fue sorpresivo para mí la repercusión que tuvo. Y el día que pasó lo de Fernando me empezaron a llamar de muchos medios porque pensaban que mi tuit había sido por él. Lo que podía señalar, era que ese tipo de violencia se parecía mucho a lo que había visto en grupos de varones deportistas durante mi adolescencia, pero nunca creí que esos chicos fueran demonios aislados, sino pibes comunes, parte de la sociedad, lo cual lo hace todavía más alarmante porque puede repetirse en cualquier deporte o grupo. El rugby, por su camaradería y la fuerza física que implica, puede potenciar esa violencia, pero el patrón es general: rituales, bautismos, disciplina a través del castigo, prácticas casi militares.

-Te referís a los bautismos como “prácticas casi militares” ¿tuviste que atravesar o presenciar bautismos?

-Sí, a los 15 años es el primer bautismo. Al principio era sólo cortarnos el pelo con una maquinita. Para mí no fue traumático, pero sí recuerdo que a otros chicos les afectaba mucho esta situación. En ese momento no lo dimensionas, pero despues entendés que nadie debería obligarte a cortarte el pelo. En el plantel superior era mucho más violento, tanto por la incertidumbre de no saber cuando te va a tocar,como las situaciones abusivas que se producían, incluso vulnerando la intimidad de otros chicos. Yo presencié y sé que siguieron pasando y con el tiempo se hicieron más simbólicas. De todas maneras, no debería haber ningún tipo de bautismo. Esto de usar la lógica de ‘me lo hicieron a mi, entonces se los hago a los demás’ está mal y es algo absurdo.

-¿Cómo y cuándo sucedían estos bautismos?

-No nos bautizaban a todos en el mismo momento, capaz que en un viaje hacia un partido de visitante en Rosario y agarraban a dos o a tres. Lo peor de todo era la espera de no saber cuándo te iba a tocar, porque ni siquiera te dejaban ver qué era lo que le hacían a tus compañeros, después te enterabas cuando te contaban. Nos sentaban a todos adelante en el colectivo y a los que tenían que bautizar los llevaban atrás. Y ahí escuchaba risas, golpes, de todo… y cuanta más resistencia ponías, peor era. Hay una revancha, una venganza y también me parece que responde algo de esta masculinidad media tóxica de decir ‘hacete hombre’ o ‘bancatela’. Después, contarlo implicaba hacerlo como algo que ya había pasado y que no había sido tan grave. Pero sí fue grave. De hecho, yo me he encontrado con muchos amigos, años después de eso, y algunos me dijeron ‘Yo en ese momento no quería jugar más o quería abandonar el club’. Otros lo hicieron, otros se empezaron a lesionar cada vez más seguido, iban menos al club y en realidad era porque algo de todo eso les había afectado.

-Luego de la publicación, ¿te llegaron comentarios o testimonios de jugadores que habían pasado por situaciones similares?

-Sí, me llegaron un montón. Muchos me contaron experiencias de lo que pasaba en sus clubes, también otros agradeciendo por haberlo contado, porque nadie se animaba a hablar. Y me llegaron un montón de mensajes de ex jugadores o de jugadores que me contaron cosas muy fuertes que ellos han presenciado o que les ha tocado vivir… sí, me llegaron muchos mensajes, tal vez demasiados. Pero también me llegaron otros diciendo que era un exagerado, que era un “cagón” o que me había “cagado” en el deporte, en el rugby, en mi club y cosas así. Gente de mi club me mandó mensajes diciendo que lo que había hecho no estaba bien.

-En el país no existe ninguna política respecto a estos temas, ¿creés que alcanza con que cada club tenga sus propias normativas?

-Lo que puede hacer cada club de manera independiente está bien, pero tiene que haber una entidad que regule estas problemáticas, y no creo ni que sea la UAR -Unión Argentina de Rugby- o la AFA -Asociación del Fútbol Argentino- si hablamos de fútbol. Creo que tiene que venir del Ministerio de Educación directamente, o sea, tiene que haber una bajada de línea desde el Estado porque los espacios deportivos no dejan de ser espacios educativos, todos los que hemos practicado deporte podemos detectar un montón de cosas que hemos aprendido ahí, entonces deberían responder este también a ese mismo ámbito. Tiene que haber una responsabilidad del Estado en empezar a prevenir y a detectar cuáles son los focos de violencia dentro del deporte. Son muchos los que saben de los abusos, hay mucho para investigar y hay mucho poder político. Todos los que tienen que saber ya lo saben y por algo no actúan.

Abusos en el deporte: el coraje de las víctimas para romper el código de silencio

Cielo Rotryng Álvarez, fue abusada en un torneo de tenis de mesa, pero combatió sus miedos y logró justicia

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Cielo Rotryng Álvarez, fue abusada en un torneo de tenis de mesa, pero combatió sus miedos y logró justicia

Por Gonzalo Dipiazza

La historia de Cielo Rotryng Álvarez tiene muchas formas de arrancar. Sus inicios como tenismesista a los 12 años en el club Macabi, su oportunidad de representar a la Selección Nacional o, el día que decidió hacer la denuncia más importante de su vida. Todo lo que vivió merece ser narrado desde el comienzo.

Cielo Rotryng Álvarez nació el 7 de mayo de 2003 en la Ciudad de Buenos Aires donde vivió junto a su abuela materna. Sin embargo, Villa Gesell siempre fue su segundo hogar, donde solía pasar el verano, para hacer viajes con amigos y visitar a sus padres, Walter Pichu Rotryng y Paula Álvarez, quienes se separaron cuando ella tenía tan solo cinco años.

El tenis de mesa era su vida, se entrenaba los cinco días de la semana en el Centro de Alto Rendimiento, viajaba a diferentes países como Perú, Paraguay, Guatemala, Panamá, Brasil y Uruguay entre otros, con el fin de disputar torneos, con el sueño fijo de vestir la celeste y blanca. Se perdió cumpleaños, día del padre, de la madre, pero eso demandaba el deporte de alto rendimiento, compromiso, actitud e intensidad. Mientras lo contaba, sonrió con cierta nostalgia: “Para nosotras cumplir los 15 era como un momento especial, pero yo los cumplí en otro país, alejada de mi familia, en ese momento lo eran el equipo y los entrenadores”. De esas experiencias, recabó valores y aprendió a manejarse sola, a estar mucho tiempo fuera de casa, a tener responsabilidad.

El 14 de diciembre de 2017, mientras se llevaba a cabo el primer día de competición del Abierto de la República Argentina de Tenis de Mesa, Cielo Rotryng Álvarez se cruzó en los pasillos del CeNARD a Juan Pablo Lamadrid Barraza, un reconocido tenismesista de origen chileno que, mientras conversaban, la sujetó fuertemente y la llevó hasta una sala de máquinas donde abusó sexualmente de ella. Reiteradas veces la joven le pidió que parara, pero a Barraza no le importó y hasta le ordenó que dejara de gritar y llorar. Armada de valor, relató durante la entrevista: “Íbamos por un pasillo muy largo, repleto de puertas donde tenés desde las calderas, vestuarios, sala de iluminación y más. De manera milimétrica y en cuestión de segundos, terminé dentro de una de esas salas donde el ruido de las máquinas, si me lo preguntan, me lo acuerdo hasta el día de hoy, habiendo pasado 8 años”. La protagonista quedó en un estado de shock y no sabía en qué pensar.

El día de la competencia transcurrió con normalidad, menos para ella, que debió cambiarse para pasar desapercibida y ocultar los rastros de sangre que le habían quedado en la ropa tras el ataque de Lamadrid Barraza e ir a competir. Este mal recuerdo le generó angustias, ataques de pánico y afectó en su rendimiento deportivo, razón por la que en diciembre de 2019 se retiró del tenis de mesa por temor a reencontrarse con el agresor en el campeonato que se iba a realizar en Chile. “Lo oculté en mi cabeza durante años y me convencí de que eso no pasó. Pero entendí que lo que me había pasado tiene nombre y apellido y que había sido un abuso”, reflexionó. Nadie comprendía cómo en ese gran momento que estaba viviendo decidía renunciar a lo que más amaba.

Su vida siguió como si nada hubiera pasado aunque, por intermedio de un amigo, Barraza la amenazó para que no hablara. En paralelo a su incertidumbre de hacer público el abuso que había sufrido, tuvo charlas con chicas que le contaban cómo habían pasado por abusos similares, sin que nadie supiera del suyo. “Fue allí cuando empecé a creer que tenía que hacer algo con esto, que no era algo que podía morir en mí”, expresó con un tono calmo, pero cargado de determinación. La vida volvió a sacudirla, cuando el 8 de octubre de 2020 su padre falleció de un ataque al corazón. A partir de entonces decidió mudarse a Villa Gesell.

A fines de 2021, mientras cursaba el primer año de la carrera de Periodismo Deportivo en Tea y Deportea Online, tuvo que escribir sobre abusos sexuales en la iglesia y cómo ello afecta en la niñez y en la adolescencia. Al momento de redactar, percibía una cuota de sentimiento: “Sentí que algo se prendió en mí. Empecé a investigar, a hablar con psicólogos, psicopedagogas especializadas en el tema y darle forma al trabajo”.

Algo tan sencillo como un trabajo práctico fue lo que finalmente la convenció a que el 13 de abril del 2022, Cielo Rotryng fuese a una Unidad Fiscal especializada en Violencia contra las Mujeres para denunciar a Juan Lamadrid Barraza. Posteriormente, lo hizo público en sus redes sociales, con el apoyo de la Federación Argentina de Tenis de Mesa, y recibió muchos mensajes de acompañamiento, pero también amenazas de Barraza. “Me decía que me iba a denunciar por calumnias e injurias, pero lo que él no sabía es que había una denuncia hecha y todo sirvió como pruebas para la causa”, argumentó.

La Unidad Fiscal empezó a recopilar todas las pruebas necesarias que podrían llegar a solicitarse y, durante semanas, Cielo y las personas que estaban al tanto de la denuncia debieron mantener cautela absoluta, ya que podía haber consecuencias si se hacía pública la investigación. La causa se abrió el 30 de mayo de 2022, a partir de entonces, la fiscalía comenzó a tomar testimonios con el fin de reunir toda la información posible. Nueve días más tarde Lamadrid Barraza fue convocado a dar declaración indagatoria, como no se presentó, se ordenó su captura nacional e internacional ya que estaba en su país natal y, en primera instancia, no quería dañar su reputación.

Dos años y cuatro meses después, luego de un proceso largo de incertidumbre, que fue difícil de abordar para Cielo Rotryng, se condenó a Juan Pablo Lamadrid Barraza a la pena de seis años de prisión y accesorias legales como autor del delito de abuso sexual agravado. Tras la sentencia, la extenismesista escribió un descargo en redes sociales: “Por momentos con miedo y sin esperanzas de que se haga justicia, pero siento que finalmente valió la pena luchar y que no, no todo está perdido”, suspiró con alivio.

En 2023 Cielo Rotryng obtuvo la Tecnicatura de Periodismo Deportivo en Tea y Deportea Online y, desde mediados de 2024 es periodista y fotógrafa en la Liga Madariaguense de Fútbol. Lo que marcó a Cielo fue su valentía para contar los hechos, resistencia ante las amenazas del acusado y su fortaleza ante una gran batalla que comenzó con su silencio por temor a perder su carrera como tenismesista y se selló con justicia.

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Abusos en el deporte: el coraje de las víctimas para romper el código de silencio

Por Valentina Martín

Como cada año, Marcos Lico y su grupo de colegas gimnastas y ex gimnastas, se reunieron para cenar y ponerse al tanto del deporte que los mantenía unidos. Se planeaba que en la reunión hubiera asado, cerveza y risas, como en las anteriores. Pero no. Lo que hubo fueron revelaciones, llanto y tristeza, que hicieron que Marcos Lico se fuera descompuesto de allí.

Esa noche de septiembre del 2017, lo que causó que Marcos Lico, ex gimnasta, entrenador y juez, se marchara de esa forma, fue que uno de los gimnastas retirados que tenía entonces 40 años -a quien se le resguarda la identidad y se lo nombrará como X-, rompió en llanto a mitad de la cena. Nadie entendía nada, hasta que lo supieron. Supieron lo que, en realidad, se sabía a medias. X les reveló que cuando él tenía 16 años había sido abusado por el entrenador Alejandro Sagreras: el mandamás, por décadas, de la gimnasia artística nacional.

La cena se convirtió, desde entonces, en un completo caos: cabos que habían quedado siempre sueltos comenzaron a ser atados; las anécdotas cobraron sentido y los nombres y datos surgían de todos lados.

-¿Te acordás cuando le pegué un cachetazo en el avión?, recordó un actual entrenador.

-¿Y por qué te pensás que tu hermano está donde está?, le dijo X a una ex gimnasta.

-¿Vos querés decir que mi hermano…?

El mismo Lico recordó situaciones que le parecían extrañas de Sagreras, como cuando llevaba a alumnos a vivir a su casa.

“¿Qué hacemos con esto? pensé en ese momento”, dice Lico ocho años después aún demostrando perturbación. Conocía todo de Sagreras -al menos el lado visible- porque había sido su compañero en la época en que eran jóvenes gimnastas y sus cuerpos se agrupaban en la pedana, volaban en la barra y se esforzaban en los arzones. Sabía que Sagreras era un tipo reservado y muy solitario. Sabía que era muy inteligente, que supo manejar el poder que lo llevó a ser entrenador de la Selección Nacional Masculina entre 1986 y 2014, y a ocupar cargos en la Confederación Argentina y en la Federación Metropolitana de Gimnasia Artística. Sabía también que era un hombre temido por el poder que tenía. Pero Lico lo conocía desde hacía casi dos décadas. No le temía a su poder ni mucho menos quería algo a cambio de silencio.

Así que, en enero de 2018 comenzó un arduo trabajo para que Sagreras se sentara frente a un juez. “Contacté a Julia Garisoain, la ombudsman de los deportistas y la creadora de la Línea Confidencial Directa del Ente Nacional del Alto Rendimiento Deportivo (ENARD). Juntos, empezamos a recopilar datos, nombres, testimonios… y el Comité Olímpico Argentino (COA) se encargó de presentar esa gran carpeta en el juzgado y dejar sentada la denuncia”, dice mientras recuerda que durante esa misma etapa acompañó a una gimnasta que fue abusada por otro entrenador en la década de los 80. Meses después, la carpeta llegó a manos de la Justicia Federal y del fiscal Guillermo Marijuan.

Pero para que Sagreras se sentara frente a un juez faltaba un detalle muy importante: que al menos una de las víctimas lo denunciara. Lico y sus amigos intentaron convencer a X para que lo hiciera, sin embargo, el entrenador ya había hecho de las suyas y le había dejado un llamado que asustaba aún más a la víctima, que no quiso soportar el proceso.

Ese 2018, Alejandro Sagreras fue destituido de sus cargos públicos e inmediatamente se marchó del país. Desde entonces nadie conoce su paradero. Lo cierto es que, desde su salida, la Confederación Argentina de Gimnasia (CAG) reunió nuevas autoridades y, según Lico, las medidas cambiaron mucho: se lanzó el programa Gimnasia Segura, que incentiva a denunciar, a prevenir y a acompañar en casos de abuso y violencia.

Mientras tanto, esa carpeta que Lico construyó, acumula víctimas y un solo perpetrador. Esa carpeta que expone la parte más triste de la historia de la gimnasia nacional quedó guardada en un cajón. Pero en un cajón abierto.

***

Tres meses después de la cena en la que Marcos Lico se enteró de muchas verdades y se marchó descompuesto, Cielo Rotryng Álvarez pasaba por un infierno.

Era el 14 de diciembre de 2017 y en el último piso del Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CeNARD), el ruido de múltiples pelotas picando sobre las mesas indicaba que se estaba jugando el Abierto de la República Argentina de Tenis de Mesa: una de las competiciones más esperadas por todos los tenismesistas. Ese último piso del Cenard, que era a su vez el lugar en el que Cielo Rotryng se entrenaba todos los días, estaba repleto de gente: también era el último día del Campeonato Sudamericano de Mayores. En ese torneo había competido Juan Lamadrid Barraza, la promesa y la estrella del ping pong chileno, que era reconocido mundialmente.

Cielo, de 14 años, se preparaba para su primer día de competencia en el Abierto. Juan, de 23, ya había quedado eliminado del Sudamericano. Antes de enfrentarse a su rival, Camila Kaizoji, decidió ir a comprar una bebida. Comenzó a bajar las escaleras y por detrás se le apareció Juan que por primera vez le dirigió la palabra después de días cruzándose por allí.

—¿A dónde vas? —le preguntó Lamadrid.
—Voy a comprar algo —respondió Cielo.
—Vamos por acá —le dijo, de manera imperativa, el chileno.

Caminar y dar un paseo era el patrón que Lamadrid Barraza repetía con otras chicas. En ese momento, Cielo no percibió ni el miedo ni el terror que sentiría cuando la caminata comenzó a desviarse y no se podía ir, y no podía hablar, y ya no iban hacia la cafetería: ahora estaban en el último piso. En un pasillo largo y ruidoso y repleto de puertas y calderas y térmicas de cada vestuario del edificio. “En segundos terminé dentro de una de esas salas donde el ruido de las máquinas me lo acuerdo hasta el día de hoy. Sí, habiendo pasado siete años”, recordó con la mirada perdida, como si ese sonido estuviera reproduciéndose consecutivamente en su mente.

Solo las máquinas fueron testigos de los gritos y del llanto de Cielo. Solo ellas fueron testigo de todo lo que hizo para poder escapar de ese calvario en el que la fuerza bruta fue más que su súplica. Juan Lamadrid Barraza la empujó contra una pared y comenzó a tocarla sin su consentimiento. Cielo fue ultrajada durante 15 minutos en la sala de máquinas del CeNARD. Antes de irse, Juan Lamadrid Barraza le pidió a su víctima, aún con el color carmesí de la sangre entre sus piernas, que no llorara más. Mientras, su nombre era pronunciado por los altoparlantes y Kaizoji la esperaba para disputar el partido.

La pimponista llamó a su amigo -a quien se le resguarda la identidad- y le pidió que le alcanzara el bolso porque se tenía que cambiar. No le dio ninguna explicación, pero él advirtió que tenía los ojos llorosos. Se cambió y salió a jugar su partido. “Terminé de jugar, me fui a mi casa… todo como si nunca hubiese pasado nada”.

Los ataques de pánico fueron los siguientes perpetradores en la vida de Cielo, también el miedo a que una denuncia contra una figura de tal calibre arruinara su carrera. Eso la condujo a que en 2019 dejara de practicar el deporte al que le había dedicado todos sus esfuerzos. Tres años después pudo denunciar. “Agradezco todo el acompañamiento de las entidades, por supuesto, pero Secretaría de Deportes de Nación actuó porque yo era menor de edad y porque estaba dentro del establecimiento. La Federación Argentina de tenis actuó porque era parte de su programa. Todos tenían que acompañar. Pero cada cual tendrá en su conciencia por qué lo hizo. Sea por un beneficio común o para no quedar pegado. Esa es la realidad”, sentenció Rotryng para El Equipo, desde Villa Gesell, con un tono de reproche, cuestionando que, aún en casos como estos, los intereses se antepongan por sobre los errores que permitieron que eso sucediera.

Cuando hizo público su caso, dos cuestiones le quedaron resonando en su cabeza: primero, que a nadie del entorno le había sorprendido que Juan Lamadrid Barraza hubiera cometido un abuso. Y, segundo, los mensajes que recibió de distintas partes del mundo, de chicas que se identificaban con ella porque habían pasado por lo mismo con la misma persona. La justicia llevó el caso a un juicio abreviado y en 2024 Juan Lamadrid Barraza se declaró culpable y aceptó su condena de 6 años de prisión. “El tenis de mesa es un mundo muy chico. Todos sabían todo”, confesó Cielo.

***

Dos años después de esa reunión en la que Marcos Lico se enteró de muchas verdades y se marchó descompuesto y Cielo Rotryng pasaba por un infierno en la sala de máquinas del Cenard, Julián Princic tuvo una catarsis: agarró su computadora, tecleó y publicó un hilo en twitter.

“Los BAUTISMOS son rituales para forjar la personalidad. O al menos eso se cree. Yo vi con mis propios ojos ABUSOS como palizas atroces a chicos desnudos y objetos metidos en el culo. Rehusarse no es opción porque el castigo SERÁ PEOR”, expone uno de los tweets.

Princic, que había dedicado 11 años de su vida al rugby, vio que se había viralizado un video de un rugbier pegándole a otro en una fiesta. Eso lo hizo enojar y supo que tenía que denunciar públicamente situaciones que no eran normales y que, en el deporte en el que reinan los tackles, estaban naturalizadas. Lo hizo 10 días antes del homicidio de Fernando Báez Sosa y eso le dio una repercusión que jamás pensó que tendría.

Una de esas anormalidades-normales en el mundo del rugby, eran los bautismos. Cuando Julián piensa en ellos, se traslada al 2013: el año en que su categoría fue bautizada.

En ese momento, Julián tenía 19 y tenía miedo. Deseaba que lo bautizaran lo antes posible. Lo que más odiaba era la espera, no saber cuándo le iba a tocar. También no saber qué le harían o que le hacían a sus compañeros, hasta que algunos lo contaban. “Ese año, cuando viajábamos en colectivo a jugar partidos cerca de Paraná, de donde soy oriundo, los jugadores experimentados elegían a dos o tres chicos y los llevaban al fondo. El resto se sentaba en la parte de adelante y desde allí escuchábamos las risas, los golpes, de todo…”, ese todo que son actos humillantes, denigrantes y que buscan, paradójicamente, la hipermasculinidad y la desmasculinización.

Cuando llegó al plantel superior y deseaba que su bautismo pasara lo más rápido posible, vio situaciones violentas, desagradables y abusivas que vulneraban las partes íntimas de esos jugadores sometidos. Actos que dejaban marcas que no se veían, actos que hacían que algunos compañeros de Julián dejaran de practicar el deporte. Actos de los que no se habla.

“Después de publicarlo recibí un montón de mensajes de jugadores o exjugadores, demasiados para leerlos uno detrás del otro, en los que me contaban cosas muy fuertes. Que ellos habían presenciado o que les había tocado vivir. Algunos eran muy fuertes, sí..”, dice reflexivo el periodista.

Esos actos, que Julián temía y escuchaba en 2013, no solo sacuden al mundo del rugby. Atraviesan otras canchas, otros deportes, otros vestuarios. En el vóley se hicieron visibles cuando el jugador Facundo Imhoff denunció públicamente los casos de abusos sexuales que ocurrieron durante la pretemporada de un club que no reveló. En el fútbol salieron a la luz en 2021, cuando el presidente de Gimnasia y Esgrima de La Plata, Mariano Cowen, confirmó que jugadores de primera habían realizado “bautismos violentos” a los juveniles. Y en el hockey la problemática quedó expuesta este año, luego de la denuncia de una menor que fue humillada sexualmente por el plantel superior femenino del Club Alemán de Mendoza en 2023.

El psicólogo deportivo Dan Weksler, explica que los bautismos generan, como en todos los abusos, una invasión en la víctima, pero como parte de una práctica estrechamente relacionada con la pertenencia. “Hay quienes logran detener estas situaciones porque no están de acuerdo por lo que pasaron, y hay quienes eligen perpetrar porque sienten que es algo que tienen que hacer, como para sostener una forma de ser”, explica el licenciado.

A pesar de que ninguna federación deportiva argentina haya prohibido estas prácticas, Julián cree que ese tipo de bautismos violentos han cesado. También, cinco años después, cree que algunas cosas las podría haber escrito de otra manera. Pero está muy lejos de arrepentirse.

***

Siete años después de que Marcos Lico se marchara descompuesto de esa cena, de que Cielo Rotryng viviera un infierno en la sala de máquinas del Cenard, y tres años después de que Julián Princic tuviera una catarsis que expuso los abusos en el rugby, Pablo Piriz Dutra se enteraba de otra historia. Una de las hijas de su cliente había sido abusada por su entrenador de taekwondo. El abogado junior del estudio jurídico Camargo y Asociados se enfrentaba al primer caso de su carrera que involucraba las palabras deporte y abuso. Y que también incluía otras más duras: menores, tocamientos, masajes.

Era noviembre de 2023 y el pueblo puntano sucumbía en la noticia de que un reconocido entrenador de Taekwondo de la provincia, Jorge Cabrera, era denunciado por tres alumnas de abuso sexual simple. Pero, ¿cómo podía ser posible?, si Cabrera había sido el presidente de la Federación de Taekwondo de San Luis. ¿Cómo podía ser posible?, si había sido el director de deportes de la municipalidad de Potrero de los Funes. ¿Cómo podía ser posible?, si era el multideportista más destacado de la ciudad. Bajo la fachada de ese presidente, director y multideportista galardonado, se escondía el verdadero Jorge Cabrera que, en su gimnasio Dojang Mack Gi, aprovechaba los estiramientos y saludos para tocarles la cola reiteradamente a sus víctimas. El dojo, ubicado en el terreno de su propio domicilio, contaba con una salita para atender a los alumnos con dolencias. En ese lugar, Cabrera, con el pretexto de practicarle masajes, le tocó los genitales a una de las denunciantes.

Pablo Piriz Dutra, junto con sus colegas Bernardo Estrada y Javier Camargo, comenzó a unir las piezas del rompecabezas: dos casos se sumaban al denunciado anteriormente. Pero eran más. Había piezas de sobra. Piezas de otro rompecabezas, piezas que no querían encajar. “Era una problemática que muchos sabían y callaban. Porque hay padres que sabían que a sus hijos les pasó y se callaron la boca”, asegura Piriz desde la ciudad puntana.

Aún así, a pesar de ese silencio ruidoso que dice mucho más que cualquier otro, Pablo Piriz reunió, sin ayuda de la Federación de Taekwondo de San Luis ni de la Confederación Argentina de Taekwondo, las pruebas y los testimonios necesarios para llevar el caso a un juicio oral, que demoró más de un año en realizarse. Mientras tanto, las calles del centro de San Luis, sucumbían al pedido unánime de justicia.

Finalmente, el 18 de agosto de 2025, se llevó a cabo el juicio. Ese día, la atleta que había sido abusada a sus 12 años y que incentivó a que más víctimas alzaran su voz, estuvo presente en tribunales, a pesar de no poder acceder al juicio. Del otro lado de la puerta, Jorge Cabrera de 65 años, pronunció las palabras soy y culpable. Escuchó la oración tres años y cuatro meses. Y también entendió las palabras inhabilitación y perpetua. “Se la vio emocionada. Con lágrimas. Y creo que ha sido una especie de justicia, de que se reconozca lo que ella denunció. Ese miedo que ella tenía lo pudo sacar en ese momento porque tuvo la valentía de enfrentarlo y porque se confirmó con la sentencia”, narra Piriz Dutra para este medio, días después de la sentencia.

Uno de los principales valores del taekwondo es el “espíritu indomable” que hace referencia a tener la valentía para defender lo justo. Las víctimas lo aprendieron, pero es claro que el abuso está exento de valores y maestros.

***

Ni Marcos Lico, ni Cielo Rotryng Álvarez, ni Julián Princic ni Pablo Piriz Dutra se conocieron jamás. Pero están todos unidos por un hilo invisible: el de los abusos en el deporte. Y también, están unidos por algo que rompieron: el código de silencio. Ese que silencia víctimas, que silencia verdades y que es, por sobre todas las cosas, un silencio encubridor.

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El futuro del Luna Park: ¿Qué lugar le queda al boxeo?

Por Pedro Carracedo, Pedro Lujambio, Tomás Ponce y Nicolás Renedo

Bastantes autos y algunos transeúntes pasan por la esquina de Corrientes y Bouchard. Lo hacen y siguen, como si no hubiera nada ahí. La única “atracción”, digámosle así, es la Bolsa de Cereales que está a mitad de cuadra. Allí se dirige buena parte de las personas en la manzana. Todos ignoran el gran estadio, postrado en el mismo lugar desde hace 93 años, que hay frente a sus ojos.

Hoy es jueves 27 de noviembre y mañana será feriado: la noche es ideal para un espectáculo en el Luna Park, icónico estadio de Buenos Aires. Pero no. Este año el Luna no abrió sus puertas, y hasta parece abandonado. La gran cartelera anuncia 30 shows de Luciano Pereyra y Abel Pintos entre noviembre y diciembre… del año pasado. Todo el decorado está cubierto de suciedad, como si nadie se animara a sacarlo. Las rejas de la boletería están llenas de tierra y telarañas, todas las persianas del lugar están bajas y, al dar la vuelta a la manzana, sí puede encontrarse una persona a la que “le importa” el estadio: el indigente que aprovecha el techo para dormir y no estar tan a la intemperie.

Atrás parecen haber quedado las míticas jornadas de deporte o de espectáculos en este recinto. Un día como hoy, la actividad de la zona estaría mucho más viva. Mejor dicho, estaría viva, lo cual ya es un avance. Hoy no hay “manteros” vendiendo las prendas de ropa del evento de turno, hoy los kioscos que hay a una cuadra, sobre Leandro N. Alem, están vacíos, hoy el bar de la esquina sólo aprovecha los clientes que salen de la Bolsa de Cereales.

Entre ellos está Eduardo Cerioni, quien opera ahí hace más de 40 años y es un aficionado e historiador de boxeo. Él estuvo presente en varias veladas, entrenó en el gimnasio que estaba en la esquina del histórico recinto y además, pudo vivir en carne propia lo que es una velada de boxeo en el exterior, tanto en Estados Unidos como en México siguiendo a Miguel Ángel Campanino cuando peleó por el título mundial wélter. Ese 12 de marzo para Eduardo fue especial pero según él, no se aproxima ni un poco a lo que vivió en la década del ‘60 con las peleas que se llevaban a cabo en el templo del boxeo sudamericano. Sin embargo, él no se ata a ese pasado del Luna Park: “Si las remodelaciones son para mejorar el comfort y el refrigeramiento, estoy de acuerdo… así no se podía continuar”. De todos modos, pese a la promesa de arreglos y las distintas versiones no tan claras, en el Luna Park no se ve que nadie esté trabajando a más de 11 meses de su cierre. Su primer cierre total en más de 90 años de historia.

Estos 93 años del Luna Park estuvieron muy ligados a la historia argentina, y no solo al deporte o al boxeo específicamente. Todo empezó en 1931, gracias a la iniciativa de José “Pepe” Lectoure e Ismael Pace, que le alquilaron los terrenos a la empresa Ferrocarriles Buenos Aires al Pacífico. Aquel recinto con el que soñaron, con 4 tribunas, terminó costando más de lo esperado. El proyecto se iba de presupuesto. El libro de Guido Carelli Lynch y Juan Manuel Bordón, “Luna Park: el estadio del pueblo, el ring del poder”, desliza la teoría de que Jorge Nalgay, arquitecto de origen húngaro que se hizo cargo de la obra, les consiguió la financiación a través de un préstamo del Banco Alemán. Por eso, a modo de devolución de favor, el Luna Park albergó una mañana de abril de 1938 la congregación de los nazis austriacos de Buenos Aires para celebrar el Anschluss, la anexión de Austria al Reich. Esta, sin embargo, es una de las dos hipótesis para saber de dónde salió el dinero. La otra teoría sobre la financiación del estadio lo incluye a Natalio Botana, fundador del Diario Crítica, que habría decidido invertir su dinero en el proyecto de Lectoure y Pace. A partir de la inauguración, este periódico cobraría una comisión a cambio. De cualquiera de las dos formas, en menos de un año el estadio estuvo en condiciones de abrir.

El 6 de febrero de 1932, el gran día llegó. El Luna Park abrió sus puertas para los bailes del carnaval, cobrando entradas a $1,50. A lo largo de su historia, tuvo distintos acontecimientos importantes por fuera de lo deportivo que dejaron su marca en la vida de nuestro país. En febrero de 1936, por ejemplo, se realizó el velatorio del tanguero Carlos Gardel, casi un año después de su muerte en Medellín.

El estadio fue testigo del nacimiento de la relación de Juan Domingo Perón, tres veces presidente de la Nación, y María Eva Duarte. En un acto para recaudar fondos para las víctimas de un terremoto en San Juan en enero de 1944, gran parte del gobierno de Pedro Ramírez decidió asistir. Entre ellos, el Secretario de Trabajo y Previsión, Perón. En aquella jornada, una joven Eva Duarte se sentó a su lado en el improvisado palco del Luna Park para la ocasión, y el resto es historia conocida.

Siguiendo con un par de hechos más para cerrar con esto, en 1987, el Papa Juan Pablo II fue partícipe de un encuentro organizado por la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa en el Luna Park. Era la segunda visita al país del representante de Dios en la Tierra. Y si de Dios hablamos, también hay que recordar que en 1989 Diego Armando Maradona se casó con Claudia Villafañe en el Luna Park con más de 1200 invitados.

Aunque estos son eventos importantes del Luna Park y que también tuvieron su huella en la política o en la cultura argentina, hay uno que dejó una marca mayor, y que tiene que ver con el deporte predilecto de este estadio: el boxeo. Hasta 2001, el pugilismo era ilegal para las mujeres. Algunas, como Marcela Acuña, peleaban en el exterior pero no podían hacerlo en Argentina. Acuña incluso competía por títulos mundiales. Cuando habilitaron el boxeo femenino, la “Tigresa” obtuvo la licencia número 1 y afirmó que su sueño era pelear en el Luna Park. Esto se cumplió en diciembre del 2003: venció a la panameña Damaris Pinnock Ortega y se consagró campeona mundial supergallo de la Asociación Internacional de Boxeo. Pero faltaba más. 5 años después, por primera vez dos mujeres protagonizaron el evento principal de una velada en el Luna. Fueron ella y Alejandra “Locomotora” Oliveras. Diez mil personas estaban ahí para ver una pelea femenina. Ese 4 de diciembre, el evento terminó tan tarde que los diarios del día siguiente no llegaron a poner el resultado. En el Olé del lunes, aunque habían pasado más de 24 horas, no se ignoró el combate: salió un mano a mano con Acuña tras su triunfo. Allí, ella reconocía el sueño cumplido pero pedía más. Una velada solo de mujeres y “con los caballeros abajo del ring, aplaudiendo”. Aquella noche del Luna Park terminó siendo un símbolo del avance de los derechos de las mujeres y también de la inclusión en el deporte, que hacía no mucho estaba prohibido para ellas.

Pero, ¿por qué era tan importante para las boxeadoras tener una pelea estelar ahí? Está claro que el Luna Park trasciende la barrera del deporte y significa mucho más que solo boxeo, pero para el pugilismo en nuestro país, el Luna lo es todo. “Es como ser bailarín y que te ofrezcan ir al Teatro Colón”, dice el periodista Ariel Nesci. César Cuenca, que combatió y ganó tres veces en este estadio, narra que cuando le dijeron que pelearía ahí “era más de lo mismo”, pero luego cambió de opinión. “Cuando estás ahí adentro es distinto. Las tribunas, los vestuarios… todo es muy lindo, de todo me queda un lindo recuerdo”.

Casi sin falta, los más grandes boxeadores argentinos tuvieron su evento estelar ahí: Luis Ángel Firpo, José María Gatica, Horacio Acavallo, el “Intocable” Nicolino Locche, “Ringo” Bonavena, Carlos Monzón, Víctor Galíndez, el “Roña” Castro y se podrían seguir enumerando. Desde su primera velada en marzo de 1932, llegó a convertirse en un paso casi indispensable para consagrarse a nivel nacional y llegar a luchar por campeonatos mundiales.

Algunas grandes rivalidades también tuvieron como punto cúlmine una cartelera estelar en el Luna Park. Una de las primeras fue entre el “Mono” Gatica y Alfredo Prada. Se enfrentaron cuatro veces como profesionales y el récord fue parejo: dos victorias para cada uno. En aquella época el enfrentamiento dividió al público y a la política. Juan Domingo Perón no se perdió un solo encuentro entre ambos. La confrontación llegaría a su final el 16 de septiembre de 1953 cuando Prada ganó por nocaut en el sexto round y se quedó con el Título Argentino de los Ligeros.

Alfredo Prada vs José María Gatica, 1953.

Un año más tarde, el entonces presidente Perón también sería parte de un gran evento en el Luna Park. Mediante su embajador en Japón, gestionó una pelea entre el campeón mundial Yoshio Shirai y el crédito local Pascual Pérez. No competían por el cinturón, pero el combate terminó empatado. El gran estadio fue testigo el 24 de julio de 1954 de cómo por primera vez un argentino sobrevivía a una batalla contra un campeón mundial.

“El boxeo es el único deporte que no se juega”, decía Juan Carlos “Tito” Lectoure, dueño (junto a su familia) del Luna Park y encargado de organizar los combates. Pero la manzana rodeada por las calles Bouchard y Lavalle y las avenidas Madero y Corrientes, fue testigo de la excepción que confirma la regla. El 11 de diciembre de 1971, Nicolino Locche se convirtió en “el Intocable”. Esa noche, con sus quiebres de cintura y sus movimientos generó que el colombiano Kid Pambelé errara 155 de los 174 golpes que lanzó. Solo dos impactaron con fuerza. Con ese triunfo, probó que él podía “jugar” al boxeo y se adueñó del público del Luna.

Otras decenas de noches históricas tuvieron lugar en el estadio ubicado en el barrio porteño de San Nicolás. Pero la relación histórica entre el boxeo nacional y el Luna Park no se puede resumir solo en algunos nombres y rivalidades. Son 93 años de sentimiento por detrás. El sueño de cualquier chico o chica que empieza a dar sus primeros pasos en la disciplina. Con el tiempo esto se fue desgastando y cada vez se pelea menos, incluso en los últimos tiempos también fue menos el público. En las mejores épocas del boxeo argentino, se mojaban los asientos para que la gente no pudiera sentarse y así meter más gente. Sin embargo, en estos años sucedió lo opuesto: “En las últimas veladas que fui, hasta ponían telones negros para tapar las butacas vacías. Está difícil que las épocas del Luna Park regado vuelvan”, explica la periodista Brenda Melgar. Sin embargo, el significado del lugar o la mística siguen vivos.

La última jornada de boxeo en el Luna Park fue el 4 de mayo de 2024. Esa noche, en el marco del evento “Gloria y Honor IX”, no todos sabían que era la última antes del cierre. “Algunos sabían que era la última velada, pero yo me anoticié ahí. Se vivió con una emoción particular, sobre todo por la nostalgia”, explica Brenda Melgar.

De los cambios que habrá, aún no hay mucha información. “Esa noche otros colegas me mostraron tres bocetos y no había ninguno aprobado todavía”, señala Melgar. Al día de hoy, todavía no se conoce un plano oficial para saber de qué se tratarán (en futuro, porque parecen no haber empezado) las obras en el Luna Park.

El comunicado oficial de la empresa DF Entertainment, que junto a Live Nation se harán cargo del estadio, expresa que habrá una “transformación sin precedentes” y que se reabrirán las puertas del Luna Park para fines de 2027. Aunque el proyecto no es de público conocimiento, el texto que se encuentra en la web de DF habla de un plan ya decidido. De todos modos, los detalles son pocos. Lo más interesante está en la conclusión del comunicado, en la que se explica que se creará un Museo del Luna Park, que se mejorará la acústica, que se ampliarán las áreas gastronómicas, los camarines, las salas técnicas y las zonas de producción, que habrá nuevos palcos y “experiencias premium”… Todo parece ir orientado en una dirección, que es la de los espectáculos. De deporte, nada

No sería la primera vez, de todos modos, que el Luna Park le cierre las puertas al boxeo. En toda la década de 1990 no hubo ni un sólo evento de pugilismo. “En esa época, me acuerdo de que fui a ver una definición de la Liga Nacional de Básquet entre Boca y Atenas. Y me sacudió, porque no era lo que yo acostumbraba a ver ahí de chico con mi viejo. La reapertura al boxeo en el 2002 fue muy fuerte para mí, que estaba cubriendo las peleas desde el borde del ring. Ese día había una alegría enorme”, narra Ariel Nesci. Está claro que las nuevas reformas mantendrán atento a todo el mundo del boxeo, que espera volver a ver combates en el ring del “Palacio de los Deportes”.

“Es todo muy raro y poco transparente”, sentencia Brenda Melgar. ¿Por qué es poco transparente? Las supuestas tres maquetas solo las vio un grupo de periodistas a través de fotos. Se cerraron las puertas del estadio hace ya casi un año, pero el Luna, como se dijo al principio, luce abandonado. Ni boceto oficial hay, simplemente el texto que sale en la web de DF. Y más allá de la refrigeración del lugar, los cambios no parecerían ser del todo necesarios, sino que “se trata de darle bola a un grupo de inversores”, como dice Melgar.

Estos inversores, encabezados por DF y Live Nation, buscarán sacar el mayor rédito económico una vez que el estadio reabra. Entre las modificaciones edilicias orientadas al espectáculo y que la ganancia que deja el boxeo es baja… ahí es donde corre riesgo el deporte para el que Ismael Pace y “Pepe” Lectoure soñaron este estadio. ¿Qué pasará? Es una incógnita. Pero la historia y la mística del boxeo en el Luna Park no se borran ni aunque lo demuelan.