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Lisandro Martínez: cuando la fortaleza se construye fuera de la cancha

Por Valentín Gerez

Cuando Lisandro Martínez salió del quirófano tras romperse el ligamento cruzado de la rodilla izquierda, el Mundial 2026 parecía una meta demasiado lejana. Durante meses, el tiempo dejó de medirse en partidos y empezó a contarse en sesiones de rehabilitación, ejercicios repetidos hasta el cansancio y una pregunta que por momentos le atravesó la cabeza, si volvería a ser el mismo. La respuesta no llegó de un día para el otro. Llegó con paciencia, con trabajo y con un cambio que transformó su vida. El nacimiento de su hija Aurora le dio una perspectiva distinta. El fútbol seguía siendo su pasión, pero ya no era lo único que lo definía. Ese nuevo motor le permitió atravesar la recuperación más difícil de su carrera y reencontrarse con el defensor que el mundo había conocido. 

En el Manchester United volvió a ser ese central que juega al límite sin perder la claridad. El que anticipa antes de que el delantero piense. El que no le teme al cuerpo a cuerpo, pero tampoco a recibir la pelota bajo presión para iniciar un ataque. Porque Lisandro nunca fue solamente un marcador. Siempre fue el primer pase de cada jugada. Lionel Scaloni necesitaba esa versión para defender el título mundial. Y Martínez respondió.

Durante la Copa del Mundo de 2026 es mucho más que un defensor. Es el sostén de una Selección que volvió a confiar en una última línea agresiva, intensa y valiente. Cada cruce, cada anticipo y cada salida limpia desde el fondo llevaron su firma. Mientras los focos siguen a Lionel Messi, él hace el trabajo menos vistoso y, muchas veces, el más importante. Su actuación consagratoria llegó frente a Cabo Verde. Antes del partido, junto a Cristian Romero, cumplió un ritual: un utilero les acercó una botella con agua bendita. El Cuti se persignó y se llevó el agua a la frente. Lisandro eligió mojarse las piernas, como si quisiera bendecir el arma con el que iba a librar otra batalla. Minutos después, ambos marcaron para una Argentina que sufrió, pero avanzó. La imagen recorrió el mundo, un partido sobresaliente del carnicero que realizó una asistencia con un pase quirúrgico para que Messi meta el primero del partido y un espectacular zurdazo al primer palo  para ponerse nuevamente en ventaja en el alargue. Aunque el verdadero milagro no había ocurrido ese día. Había empezado muchos meses antes, cuando decidió no rendirse.

Después del encuentro llegó una confesión que terminó de explicar todo. “Durante mi recuperación atravesé momentos muy difíciles, incluso llegué a pensar en dejar el fútbol”, contó el entrerriano. También reveló que el nacimiento de su hija fue el impulso que necesitaba para volver a creer. No hablaba el futbolista. Hablaba la persona. Quizás por eso nunca necesitó medir casi un metro noventa para hacerse gigante. Su estatura jamás estuvo en los centímetros, sino en el carácter. Defiende con la intensidad de quien entiende que cada pelota puede cambiar una historia y juega con la tranquilidad de quien ya aprendió que las batallas más importantes no siempre se libran dentro de una cancha.

El Mundial 2026 confirmó que Argentina seguía teniendo una defensa de élite. Pero también mostró algo que hasta entonces pocos conocían: detrás del central que va fuerte a cada cruce, hay un padre, un creyente y un futbolista que encontró en su familia  la fuerza para volver a creer cuando el fútbol parecía que se le escapara de sus manos.

Neymar y Brasil: la historia de amor que nunca tuvo su final feliz

-- TOPSHOT - Brazil's foward Neymar Jr. celebrates after scoring against Colombia during their international friendly football match between Brazil and Colombia at Hard Rock Stadium in Miami, Florida, on September 6, 2019. / AFP / RHONA WISE

Por Candela Loureiro

Doce años de “El Príncipe” con la camiseta de Brasil, entre alegrías, lágrimas y una Copa del Mundo que siempre pareció estar a un paso, pero jamás terminó de llegar.

Neymar debutó con la selección absoluta el 10 de agosto de 2010, con 18 años, y anotó de cabeza en su primer partido. Ese día se puso la camiseta número diez, la misma que había usado Pelé, y con ella cargó una promesa que todo Brasil decidió creerse. Los años siguientes fueron buenos: la Copa América de 2011, la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y, en 2013, su primer título con la Mayor, la Copa Confederaciones, ganada en el Maracaná, torneo en el que además fue elegido el mejor jugador.

Paulo Henrique Ganso en busca de Neymar, quien festeja su primer gol en el debut con la selección.

El primer golpe apareció en su propio país. En el Mundial de 2014, el que Brasil soñó durante años, un rodillazo de Camilo Zúñiga le fracturó una vértebra en el partido por los cuartos de final y lo dejó afuera del resto del torneo. Tuvo que ver desde su casa cómo Alemania goleaba 7-1 a su selección en Belo Horizonte. Lloró esa noche y él mismo contó después que aquel dolor lo hizo dudar por primera vez de si quería seguir en la selección.

Dos años más tarde se tomó revancha. En Río 2016, ya como capitán, le dio a Brasil el oro olímpico que nunca había ganado en fútbol masculino, con un gol en la final y la ejecución decisiva en la tanda de penales. Para muchos fue el momento más feliz de toda su historia con la selección, y llegó casi en el mismo lugar donde dos años antes había vivido su peor noche.

En Rusia 2018, todavía dolorido luego de una fractura en el pie, jugó los cinco partidos como la principal figura del equipo en el ataque. Anotó dos goles, aunque Bélgica volvió a eliminarlos en cuartos de final. Una lesión lo dejó afuera de la Copa América 2019, que quedó en manos de la Verdeamarela, y en 2021 regresó para llevar a su equipo hasta la final en el Maracaná, donde fue elegido el mejor jugador del torneo, aunque perdieron ante la Argentina de Lionel Messi, su amigo.

A Qatar 2022 llegó en uno de los mejores momentos de su carrera. Pero cuando Croacia eliminó a Brasil por penales en cuartos de final, se largó a llorar en la cancha de una manera que pocas veces se ve en un jugador de su trayectoria. Esa imagen recorrió el mundo y mostró, sin necesidad de palabras, cuánto le pesaba cada eliminación con la camiseta que más quería.

El 8 de septiembre de 2023 alcanzó un momento histórico: llegó a los 79 goles con Brasil y superó el récord que durante décadas había pertenecido a Pelé. Apenas un mes después, en Montevideo, sufrió la lesión más grave de su carrera: la rotura del ligamento cruzado y del menisco de la rodilla izquierda. Estuvo casi un año alejado de las canchas y ese golpe marcó el comienzo de su bajón físico.

Llegó a su cuarto Mundial con 34 años, ya de regreso en el Santos y con otra lesión muscular encima. Nunca consiguió un lugar fijo en el equipo de Carlo Ancelotti. Fue suplente durante los cinco partidos del torneo y apenas había sumado 14 minutos, frente a Escocia, antes del cruce de octavos de final ante Noruega. No fue un castigo ni una decisión caprichosa: Vinícius, Rodrygo y Raphinha se habían ganado ese lugar a pulso, jugando bien, y Ancelotti no tuvo motivos futbolísticos para romper ese equilibrio solo por nostalgia. Neymar entendió el rol que le tocaba, esperó su turno en el banco y, cuando llegó la hora, no la desaprovechó.

Este domingo entró a los 67 minutos, con el marcador todavía en cero, y la gente lo ovacionó como si quisiera agradecerle antes de tiempo todo lo que les había dado. Ya dentro de la cancha vio cómo Erling Haaland apagaba el sueño brasileño con dos goles. Se cruzó con Martin Ødegaard, discutió, recibió una amarilla y siguió peleando cada pelota.

En la última jugada del partido, un penal tras un codazo sobre Casemiro le dio una oportunidad más. Neymar tomó la pelota una vez más. No dudó. El encuentro terminó 2-1 para Noruega y ese fue, hasta ahora, su último gol con la camiseta de Brasil en un Mundial. Un grito que ya no alcanzaba para cambiar la historia, pero sí para escribir el último capítulo de la suya. Llegó tarde para revertir el resultado, aunque justo a tiempo para no irse en silencio.

Neymar ya había dejado entrever, en las semanas previas, que Estados Unidos, México y Canadá 2026 sería su último Mundial. Se despide como el segundo jugador con más partidos en la historia de Brasil, solo por detrás de Cafú, y como su máximo goleador histórico con 79 tantos. También deja una Copa Confederaciones y dos medallas olímpicas entre sus logros. Lo único que nunca consiguió fue aquello que más deseó: levantar la Copa del Mundo.

Hay historias de amor que no necesitan un final feliz para convertirse en inolvidables. La de Neymar con Brasil fue una de ellas. Compartieron noches de gloria, derrotas imposibles de olvidar y sueños que siempre parecían volver a empezar. La Copa del Mundo nunca llegó, pero el vínculo quedó escrito mucho más allá. Se va con el mismo gesto que lo acompañó durante toda su carrera: mirando al cielo después de un gol. Solo que esta vez ya no levantó la vista para imaginar lo que venía, sino para despedirse del amor que marcó su vida futbolística

Estados Unidos, la potencia que dejó de mirar el fútbol desde afuera

Por Juan Aguirre Duarte

Durante décadas, hablar de Estados Unidos y fútbol era pensar en un país que observaba el deporte más popular del mundo desde la distancia. Mientras el básquet, el béisbol o el fútbol americano dominaban la escena, el “soccer” ocupaba un lugar secundario. Sin embargo, esa realidad cambió. Y lo hizo a partir de un proyecto que lleva más de treinta años de inversión, planificación y crecimiento.

El punto de partida fue el Mundial de 1994. Aunque aquella Copa del Mundo fue un éxito de público y rompió récords de asistencia, el país todavía no tenía una liga profesional sólida ni una cultura futbolística consolidada. El torneo fue el impulso inicial para crear la Major League Soccer (MLS), que comenzó a disputarse en 1996 y atravesó años de incertidumbre antes de encontrar un rumbo.

Durante las primeras décadas, la MLS apostó por atraer figuras consagradas en el tramo final de sus carreras. La llegada de jugadores como David Beckham, Thierry Henry, Kaká, Zlatan Ibrahimović o Wayne Rooney le dio visibilidad internacional, pero el verdadero cambio llegó cuando la liga dejó de depender de esos nombres para enfocarse en la formación de futbolistas, la construcción de academias y el desarrollo de infraestructura.

Hoy, es una competencia estable, con estadios específicos para el fútbol, clubes financieramente fuertes y un modelo que exporta jóvenes talentos a Europa por cifras millonarias. Ya no busca únicamente importar estrellas: también produce jugadores capaces de competir en la élite.

Esa transformación se refleja en la selección nacional. La mayoría de sus titulares militan en las principales ligas de Europa, acumulando experiencia en competiciones de máximo nivel. Christian Pulisic, Weston McKennie, Tyler Adams, Yunus Musah, Giovanni Reyna o Antonee Robinson forman parte de una generación que creció con otra mentalidad y que convirtió a Estados Unidos en un rival mucho más completo desde lo táctico y lo técnico.

Ese crecimiento también modificó el mapa de la Concacaf. Durante décadas, México fue el dueño absoluto de la región. Hoy, la diferencia prácticamente desapareció y la rivalidad entre ambos se convirtió en una de las más parejas del continente. En los últimos años, Estados Unidos conquistó varias ediciones de la Liga de Naciones de la Concacaf y pasó a discutirle a México el liderazgo regional de igual a igual, algo impensado a comienzos de siglo.

El Mundial de 2026 es la prueba más contundente de esa evolución. Como uno de los anfitriones, Estados Unidos no solo cumplió con las expectativas, sino que confirmó su crecimiento al avanzar a los octavos de final tras derrotar 2-0 a Bosnia y Herzegovina, incluso jugando buena parte del partido con un futbolista menos. Ahora tendrá un exigente cruce frente a Bélgica, con la ilusión de igualar o superar su histórica actuación de 2002.

Pero el cambio va mucho más allá de un resultado. Los estadios llenos, el crecimiento del interés por el fútbol, las inversiones en infraestructura y una generación que se formó para competir en la élite muestran que Estados Unidos dejó de ser un país que organizaba grandes eventos para convertirse en uno que también quiere ganarlos.

Lo que alguna vez pareció un proyecto ambicioso hoy es una realidad. El fútbol estadounidense ya no está en construcción: está empezando a consolidarse como una de las nuevas potencias del plano internacional.

De un bar en Oslo a la reconquista de América: la historia del “Remo Vikingo”, el festejo de Haaland y la Noruega de Solbakken 

Por Tiziano Moreira

El Mundial de Estados Unidos, México y Canadá 2026 ya tiene su marca registrada en las tribunas y no viene del continente asiático ni sudamericano, sino de las frías tierras del norte de Europa. Noruega, que volvió a una Copa del Mundo tras 28 años de ausencia, no solo ha deslumbrado con su presencia en el campo, sino que introdujo un ritual que ya es el fenómeno del torneo: el “Viking Row” o “Remo Vikingo”.   

El camino de la selección noruega en este Mundial ha estado cargado de épica. Durante la fase de grupos, el equipo comenzó a forjar su mística con un triunfo clave ante Senegal. A pesar de la derrota ante la poderosa Francia en el último partido, logró clasificar e imponerse frente a Costa de Marfil en 16avos de final. Fue tras esa victoria que la relación con la hinchada alcanzó su punto máximo. Bajo la conducción táctica de su entrenador, Ståle Solbakken, el combinado nórdico selló su pasaje a los cuartos de final tras vencer a Brasil para desatar la locura total. 

El festejo comienza con el sonido de un cuerno nórdico y el compás de un tambor. Los hinchas se sientan y comienzan a mover los brazos hacia atrás para imitar el movimiento de los remeros en un barco, todo al ritmo de un grito coordinado: “¡Ror!” (que significa “remar” en noruego). Tras vencer a los senegaleses, la imagen de Martin Ødegaard a cargo del tambor y Erling Haaland en pleno remo sobre el verde césped, en sincronía con la tribuna, recorrió el mundo. El fervor escaló a tal punto que la “remada” llegó a replicarse en Times Square, en torneos del PGA Tour de golf para acompañar a atletas noruegos, e incluso en la apertura de sesiones del propio Parlamento en Oslo, capital de Noruega.  

Como todo gran hito popular, el origen se forjó lejos de las canchas. La iniciativa cobró forma gracias a Ole Froystad, un maestro de escuela de 38 años de aspecto fornido. Libreta en mano y tras probar decenas de opciones al estudiar los movimientos, le presentó la idea del “Viking Row” a un grupo de fanáticos en un bar de las afueras de Oslo. Su objetivo era crear una arenga de fuerte impacto cultural que uniera al pueblo noruego.  

En paralelo, el músico y productor Jonas Thomassen le puso melodía al grabar una canción que resalta el grito de “¡Ror!”, la cual se popularizó luego de una victoria ante Italia en las Eliminatorias. Hoy, los “Oljeberget” (como se conoce a la barra de Noruega) han adoptado esta coreografía como su sello indiscutido en los estadios de Estados Unidos, México y Canadá. 

¿Pero por qué remar? La historia de los vikingos está ligada a la exploración, la rudeza, la conquista y el mar. Hace miles de años, estos formidables guerreros escandinavos se embarcaban en sus naves y remaban sin descanso para descubrir nuevas tierras. 

La conexión de esta historia con la cita mundialista no es casualidad y tiene un guiño histórico: según la revista Nature, existe evidencia científica de que los vikingos llegaron a América en el año 1021, casi cinco siglos antes que Cristóbal Colón, quien la descubrió en 1492. Como bien explicó Thomassen al momento de idear la temática del festejo: “Dado que el Mundial se juega en Estados Unidos, teníamos que hacer algo con la idea de que los vikingos regresaran para reclamar el continente que descubrieron”.

Hoy, la conquista no se hace con espadas ni saqueos, sino con una pelota en los pies. El fútbol funciona como una batalla moderna, donde los guerreros llevan pantalones cortos, medias largas, botines y están liderados por figuras de la talla de Haaland. Cada vez que Noruega avanza en la cancha, sus hinchas reman desde la tribuna, dándole empuje a ese barco que ya dejó atrás la fase de grupos y que, a golpe de remo y goles, busca reconquistar América como lo intentaron sus antepasados. 

Un año sin Diogo Jota: el jugador que el fútbol nunca dejará de extrañar

Screenshot

Por Leonel Blundo

Hay despedidas que el fútbol nunca está preparado para afrontar. Hay noticias que, por un instante, hacen que los colores, las rivalidades y hasta los resultados dejen de importar. Porque cuando el deporte pierde a uno de los suyos, el silencio se vuelve mucho más fuerte que cualquier grito de gol.

Un día después de que se cumpliera un año de su fallecimiento a causa de un accidente vial junto a su hermano, André Silva, pareciera imposible aceptar que un jugador que estaba viviendo uno de los momentos más felices de su vida ya no esté. Una persona que todavía tenía tantos sueños por cumplir, tantos partidos por jugar y tantas alegrías por regalar dentro de una cancha.

Diogo nunca necesitó ser el más mediático para convertirse en uno de los más queridos. Se ganó el respeto a base de trabajo, humildad y una entrega que nunca negoció. Cada vez que pisaba el césped dejaba la sensación de que iba a luchar hasta la última pelota, como si cada partido fuera el más importante de su carrera. 

Así conquistó a Portugal con 2 UEFA Nations League, en 2019 y 2025. Así conquistó Anfield con una Premier League, una FA Cup y 2 Copas de la Liga de Inglaterra. Y así conquistó a cualquier amante del fútbol.

Su pérdida cambió para siempre la vida de quienes compartieron el camino con él, no solo en el Liverpool o en la selección portuguesa. También en todos aquellos que disfrutaban verlo jugar con una sonrisa, celebrar un gol o abrazarse con sus compañeros después de una victoria. Porque algunos futbolistas trascienden los números. Trascienden los títulos. Trascienden las camisetas. Y Diogo Jota fue uno de ellos.

Y su recuerdo sigue más vivo que nunca. En la clasificación de Portugal a los octavos de final del Mundial 2026, el homenaje fue tan simple como conmovedor. Al finalizar el partido, sus compañeros, Cristiano Ronaldo, Bernardo Silva, Vitinha, entre otros, se sacaron una foto todos juntos con la camiseta de Diogo, la número “21” en la selección. No hubo grandes discursos, y tampoco hicieron falta. En ese abrazo colectivo estaba presente un mensaje que emocionó al mundo entero: Diogo ya no podía estar con ellos físicamente, pero seguía acompañando cada paso de su grupo. 

A un año de aquella madrugada que conmocionó al mundo entero, el dolor sigue estando presente. Pero también permanece intacto su legado. En cada homenaje, en cada aplauso, en cada camiseta con su nombre y en cada hincha que todavía lo recuerda como si siguiera entrando a la cancha con el número “20” en la espalda, el del Liverpool. 

El tiempo puede seguir avanzando. Llegarán nuevos campeones, nuevos ídolos y nuevas generaciones, pero hay personas que nunca se van del todo. Porque mientras alguien recuerde un gol suyo, una celebración o simplemente la manera en la que entendía este deporte, Diogo seguirá viviendo en la memoria del fútbol.

Dicen que nadie muere mientras siga siendo recordado, y si hay algo de lo que podemos estar seguros, es que su nombre jamás dejará de escucharse en una cancha. Porque algunas historias no terminan con un último partido, simplemente se vuelven eternas.

Nunca caminarás solo.ioD

Bono: la figura marroquí y su cariño por Argentina

Por Sofía Metz

En el mundo hay muchos arqueros, pero pocos quedarán en la memoria de la gente y en los libros de historia: Yassine Bounou, o Bono, como le dicen, es uno de ellos. No solo destaca por su buen desempeño, sino que también llama la atención por su conexión con Argentina.

Nacido en Canadá y criado en Marruecos, hizo la mayor parte de su carrera en España, pasó por Atlético de Madrid, Zaragoza, Girona y Sevilla, club con el que consiguió dos Europa League, en 2020 y 2023.

Además, ayudó a su selección a llegar a semifinales del Mundial de Qatar de 2022 y fue clave para la clasificación de esta a los octavos de final del Mundial 2026, con una atajada descomunal en la tanda de penales. Una atajada, que a la mayoría le puede sorprender porque no se tiró, no voló. Se quedó parado y cubrió una de las mitades del arco, así paró la pelota, como si estuviera jugando en el barrio con sus amigos. Esta estrategia puede sonar extraña para muchos, pero no es la primera persona en implementarla. Hope Solo, ex arquera estadounidense, ya lo había hecho en cuartos de final de los Juegos Olímpicos de Río 2016 frente a Suecia.

A lo largo de los años, Bono no solo se asentó como una figura importante en sus equipos y en su selección, sino que también compartió vestuario con muchos argentinos y uruguayos, quienes le inculcaron nuestras formas: el mate, la jerga. Le mostraron una nueva cultura. Nuestra cultura, que de a poco fue haciendo suya.

Por otro lado, su cariño venía desde antes, ya que de chico veía el fútbol argentino y es sabido que su máximo ídolo es Ariel “el Burrito” Ortega, incluso nombrando a su perro como él. En 2011, cuando River descendió, su interés por el club aumentó y en varias ocasiones ha dicho que le encantaría jugar ahí. En una entrevista con TyC Sports, en la cual también estaba “el Burrito”, contó que sus goles favoritos de él fueron el que le hizo a Ferro, en 1997 y uno que le convirtió a San Lorenzo en 2006. Además aseguró que solo jugaría en el club riverplatense si está al nivel, por lo que no lo haría solo por llevar el escudo.

Bounou no es un simple arquero más. Se destaca por su forma de atajar, pero su historia con Argentina va mucho más allá de lo futbolístico. No tiene que ver sólo con seguir nuestro fútbol, tiene que ver con esa nueva cultura que le mostraron sus antiguos compañeros y que él fue adoptando.

 

José María Canale, el guerrero de la defensa que nunca se rinde

Por Valentino Brunetti

Hace apenas unos años, muchos hinchas de Lanús lo señalaban como uno de los responsables de haber arruinado la despedida de Pepe Sand. Hoy, José María Canale es campeón internacional, mundialista con Paraguay y protagonista de una de las historias de superación más importantes del fútbol sudamericano. El defensor guaraní nació el 20 de julio de 1996 en Itauguá, Paraguay, y pasó su niñez y adolescencia en el barrio Villa María Auxiliadora. Sus primeros pasos como futbolista los dio en las inferiores de 12 de Octubre y luego pasó a la Sub-20 de Libertad, club en el que terminó formándose como profesional. Por su forma de jugar, firme en la marca, con mucho carácter y su cabellera con rulos con el tiempo comenzó a ser apodado por muchos hinchas como “El Puyol Paraguayo”.

El 28 de mayo de 2015 hizo su debut profesional en la victoria por 3 a 0 de Libertad frente a Deportivo Capiatá. Tras dos temporadas en el “Gumarelo”, fue cedido a préstamo en varias oportunidades. Primero vistió la camiseta de Nacional de Paraguay y, al finalizar ese préstamo, regresó a Libertad hasta enero de 2020, cuando volvió a salir cedido, esta vez a Sol de América. Luego de un año en el fútbol paraguayo comenzó su aventura en Argentina. Pasó por Newell’s y Godoy Cruz hasta que, en 2023, Lanús le compró el 50 % del pase a Libertad. Su llegada al Granate ilusionó rápidamente. Se ganó un lugar en el equipo y comenzó a mostrar un buen nivel, pero el 21 de abril de ese mismo año sufrió una fractura del cúbito izquierdo que lo dejó fuera de las canchas durante aproximadamente un mes. A partir de allí, tanto Canale como Lanús atravesaron un bajón futbolístico.

Sin embargo, el golpe más duro todavía estaba por llegar. El último partido del año como local fue la despedida de Pepe Sand, el máximo ídolo de la institución, frente a Racing. Cuando terminaba el primer tiempo, Canale le dio un codazo sin pelota a Roger Martínez dentro del área y fue expulsado. Minutos después, su compañero Cristian Lema golpeó otra vez al colombiano antes de la ejecución del penal y también vio la tarjeta roja. La imagen del defensor quedó manchada y muchos hinchas lo señalaron como uno de los responsables de haber arruinado una noche histórica para el club.

Durante la primera mitad de 2024 no consiguió la continuidad que esperaba. Lanús decidió cederlo por un año al Querétaro de México, pero al finalizar la Liga MX los “Gallos Blancos” no hicieron uso de la opción de compra. Parecía que su ciclo en Lanús había llegado a su fin. Sin embargo, Mauricio Pellegrino decidió darle una nueva oportunidad. Esa decisión cambiaría para siempre la historia del club y también la del propio Canale. Tras la lesión de su compatriota Ronaldo Dejesús, el paraguayo se adueñó definitivamente del puesto de titular. Con personalidad, goles y actuaciones cada vez más sólidas se convirtió en uno de los pilares del equipo. Junto a sus compañeros llevó a Lanús a conquistar la Copa Sudamericana tras vencer en la final a Atlético Mineiro en el estadio Defensores del Chaco.

Pero todavía faltaba el momento más importante. El 26 de febrero, bajo una intensa lluvia en Río de Janeiro, se disputaba el minuto 118 de la revancha de la Recopa Sudamericana frente al poderoso Flamengo de los millones, en el Maracaná. Cuando todo parecía encaminarse a los penales, Canale apareció en el área con un cabezazo inatajable para marcar el gol del triunfo y darle a Lanús, para muchos hinchas, el título más importante de toda su historia.

Sus actuaciones llamaron la atención de Gustavo Alfaro, quien lo decidió convocar para disputar el Mundial con la selección paraguaya. En el debut no le tocó ingresar, pero en el segundo y el tercer partido de la fase de grupos sumó minutos desde el banco de suplentes. Llegaron los dieciseisavos de final y Paraguay se enfrentó a Alemania. La lesión de Omar Alderete le abrió las puertas de la titularidad. Después de 120 minutos de gran nivel y mucha tensión, todo se definió desde el punto del penal. Tras una serie igualada en los primeros cinco remates, la definición pasó al uno y uno. Alemania falló su sexto tiro y José María Canale caminó hacia la pelota con toda la presión sobre sus hombros. Remató con firmeza, convirtió el penal decisivo y selló una clasificación histórica para Paraguay.

De ser uno de los jugadores más cuestionados por los hinchas de Lanús, pasó a convertirse en un referente del club, un héroe para su país y el protagonista de una historia que demuestra que, en el fútbol, siempre hay revancha.

Las utopías deben ser imposibles; caso contrario, no serán cazadas

Por Francisco Quartino

Está terminando el viernes 12 de junio, el segundo día mundialista, y el Paraguay de Gustavo Alfaro acaba de caer ante uno de los tres anfitriones, Estados Unidos, por 4 a 1. El argentino fue contundente en la conferencia de prensa post partido: “Es el momento de mirarnos a la cara y decir ‘sí, hay cosas que no las hicimos bien y que las tenemos que hacer mejor’. Pero hoy empezó la Copa del Mundo, no terminó; vamos a pelear hasta el final”.

17 días después, tras la gran victoria con un jugador menos todo el segundo tiempo ante Turquía, el empate sin sobresaltos ante Australia y el boleto a 16vos, cuando está cayendo la noche guaraní, todo un país delira por la clasificación del equipo sudamericano a octavos de final, al eliminar al, ni más ni menos, tetracampeón mundial Alemania.

Un equipo que luchó con sus agallas y compitió de igual a igual ante el conjunto europeo, con sus nombres de jerarquía, que juegan en los equipos mejores valorados del mundo. Un plantel que conmueve a los argentinos por la cantidad de jugadores conocidos para el fútbol nacional: Andrés Cubas, Alejandro Romero Gamarra y Juan José Cáceres, albicelestes nacionalizados a paraguayos; Gabriel Ávalos, delantero de Independiente; Matías Galarza Fonda, exvolante de River; José Canale, central de Lanús, y Orlando Gill, arquero de San Lorenzo. El entrenador de la Albirroja se mostró muy emocionado tras el triunfo por penales: “Sin dudas es la victoria más grande de mi vida; y por eso le agradecí a los jugadores por una tarde noche inolvidable”.

Y ahora viene Francia, un rival aún más duro que el anterior, para poder seguir soñando con utopías, que deben ser imposibles para ser cazadas, si no, para el Profe Alfaro no tiene emoción. Qué mejor desafío para él, que debe estar diciéndole a sus jugadores que se fijen dónde está puesto el sol para mirar a Les Bleus de la mejor forma posible para hacerles frente; porque el sueño mundialista tiene eso, que uno se vuelve porfiado, peleador, problemático y discutidor, creyendo que puede ganarle a un equipo que tiene a Kylian Mbappé, el segundo máximo goleador de la historia de la Copa del Mundo y a Ousmane Dembélé, campeón de Europa con el PSG y que estuvo en las últimas dos finales del mundo: una se la ganó a Croacia por 4 a 2 y la otra la perdió ante Argentina por penales.

Pero, a pesar de cualquier dato o desventaja desalentadora, allí van los soldados de Alfaro, los cazadores de utopías imposibles en busca de una más, hoy, desde las 18 horas, en Filadelfia.

El legado Ayew, la familia que escribe la historia de Ghana en Mundiales

Por Gerónimo Micheltorena

André, Jordan e Ibrahim Ayew son hijos del legendario número diez, Abedi “Pele” Ayew, una leyenda para el pueblo ghanés que gracias a un nivel superlativo consiguió la Copa Africana de Naciones en 1982 y el subcampeonato en 1992. Además, obtuvo el Balón de Oro Africano en 1991, 1992 y 1993, mientras que, durante mucho tiempo, fue el máximo artillero de la historia de Ghana con 33 tantos.

Sus hijos buscan forjar su propio camino en la selección.  El más destacado fue André por ser un emblema para Ghana y un gran jugador. Actualmente, con 36 años, se encuentra sin equipo pero supo pasar por dos clubes importantes de Europa como West Ham y Olympique de Marsella, este último fue donde se formó como futbolista y debutó profesionalmente. Con la selección ghanesa no obtuvo títulos, llegó a los 120 partidos, marcó 23 goles y participó en tres mundiales distintos: 2010, 2014 y 2018.

Por otro lado, Jordan Ayew, es el más joven de los tres (34) y quien lleva la cinta de capitán de la selección ghanesa en el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá. Al igual que su hermano André, su formación como jugador y debut profesional fue en el Olympique de Marsella, pero además, pasó por varios clubes en el fútbol inglés: Aston Villa, Crystal Palace, Swansea y Leicester City. A nivel selección consiguió ser el futbolista con más partidos en la historia de Ghana con 124, logró disputar tres mundiales (2014-2022-2026), y ser el cuarto máximo goleador con 34 tantos superando a su padre con 33.

Ibrahim Ayew es el más grande de los tres. Al igual que sus hermanos André y Jordan, se encuentra sin equipo y, a sus 38 años, su carrera circuló mucho tiempo en Ghana, luego tuvo breves etapas por Bélgica, Gibraltar y Egipto. En el seleccionado participó solamente en 7 encuentros oficiales de FIFA aunque supo ser parte de la delegación que viajó al Mundial de Sudáfrica 2010.

Ghana tiene la posibilidad de llegar a los octavos de final si vence a Colombia por los 16vos del Mundial 2026. Si lo consigue sería la segunda vez que un Ayew lleva a su país a esta instancia. André lo logró en Sudáfrica 2010 y Jordan podría lograrlo, a su vez, como capitán y referente del equipo. Gracias a la familia Ayew, Ghana escribió gran parte de su historia futbolística. Además de la sangre, también el fútbol recorre las venas del padre y de sus hijos. Dirán que el amor al deporte nace con uno mismo, pero también es una pasión que se trasmite por generaciones, y es así el caso de Ibrahim, André y Jordan con su padre Abedi.

Lionel Scaloni, la magia de creer

Por Juana Lusin Santafé

Hay trabajos que todos sueñan con tener. Y hay otros que, en determinados momentos, pocos se animan a asumir. En 2018, el cuerpo técnico de la Selección Argentina pertenecía a esa segunda categoría. El Mundial de Rusia había finalizado antes de lo esperado y el equipo arrastraba años de frustraciones e incertidumbre. La AFA necesitaba un entrenador, y la solución apareció en alguien que nadie imaginaba que terminaría devolviéndole la ilusión a todo un país: Lionel Scaloni.

Pero para llegar hasta ahí, hay que viajar unos años al pasado. Scaloni se retiró del fútbol en 2015 y, poco después, se sumó al cuerpo técnico de Jorge Sampaoli, primero como ayudante en el Sevilla y luego, cuando asumió en la Selección Argentina, como analista de rivales.

Argentina llegó al Mundial de 2018 con el casildense a la cabeza y quedó eliminada en octavos de final ante Francia, un partido que todavía hoy se recuerda como una de las heridas más profundas del ciclo.

Esta eliminación le costó el puesto al técnico y la Selección quedó sin rumbo: no había entrenador, no había proyecto, no había un candidato claro. Fue entonces cuando apareció el nombre que sorprendió a todos. Con apenas 40 años, sin experiencia previa y con un puñado de amistosos por delante, Lionel Scaloni asumió el puesto de manera interina.

El 8 de septiembre de 2018, debutó como DT de la Selección Mayor con triunfo ante Guatemala por 3 a 0. Y mientras afuera se discutía quién sería el que tome el cargo definitivo; adentro, él ya empezaba a construir algo distinto. Animándose a tomar decisiones que a muchos les parecían una locura. La primera fue hacer un recambio profundo y generacional. Les abrió las puertas a futbolistas que hasta ese momento apenas habían tenido oportunidades con la camiseta argentina. Como Rodrigo De Paul, Cristian Romero; más adelante Julián Álvarez, Enzo Fernández, Alexis Mac Allister. Entre otros.

Pero el cambio no fue solamente de nombres. También fue de ideas. Scaloni armó un grupo en el que el compromiso pesaba más que el apellido, donde nadie tenía el puesto asegurado y cada convocatoria respondía al futuro y no al pasado. Por último, hubo una decisión todavía más importante: reconstruir la relación de la Selección con Lionel Messi. Poco a poco, se empezó a recuperar algo que hacía mucho tiempo parecía perdido: la identidad.

Y los resultados empezaron a aparecer. Después de casi tres años de trabajo, la idea de Scaloni dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad. El primer gran golpe llegó en la Copa América 2021. Argentina volvió a ser campeona después de 28 años y lo hizo de la manera más simbólica posible: venció 1 a 0 a Brasil en el Maracaná, con el gol de Ángel Di María. Muchos también la recuerdan por el famoso “mirá que te como” del Dibu Martinez en la tanda de penales ante Colombia.

Lejos de conformarse, ese equipo siguió creciendo. Un año después llegó la Finalissima, con una contundente victoria por 3 a 0 frente a Italia. Y entonces llegó Qatar. Argentina aterrizó en el Mundial de 2022 como una de las grandes candidatas al título y con un invicto de 36 partidos, el más largo en la historia de la Selección.

Todo parecía encaminado. Pero la derrota en el debut frente a Arabia Saudita fue un golpe que nadie esperaba y que volvió a despertar los fantasmas que parecían haber quedado atrás. Por un momento, pareció que todo el trabajo de los últimos años podía derrumbarse. Pero el plantel respondió con personalidad. Llegaron las victorias frente a México, Polonia, Australia, Países Bajos, Croacia; y por último, Francia, en una de las finales más emocionantes de la historia. Argentina se consagró campeona del mundo por tercera vez y Scaloni pasó de ser aquel entrenador interino al técnico que devolvió la Copa del Mundo después de 36 años.

A partir de ahí llegaron más logros, como el bicampeonato de América en 2024. Y en medio de este Mundial de 2026, Scaloni suma cien partidos al mando de la Selección y se afianza como el segundo entrenador con más presencias en la historia. Pero quizás, el mayor impacto de este ciclo no se pueda medir en títulos. Scaloni acostumbró a toda una generación de chicos a ganar. A ver a la Selección clasificarse con comodidad a los grandes torneos, a dominar las Eliminatorias, a competir de igual a igual contra cualquier potencia. Una costumbre que, durante muchos años, parecía imposible.

Hoy, millones de argentinos “elegimos creer” y nos sentimos representados por este equipo. Tal vez, dentro de algunos años no recordemos exactamente cuántos partidos dirigió Lionel Scaloni o cuántos ganó. Pero sí vamos a recordar que hubo un momento en el que Argentina necesitaba empezar de nuevo. Y el hombre que llegó para dirigir apenas unos amistosos terminó convirtiéndose en el entrenador más exitoso de la historia de la Selección. Entonces… después de todo esto, ¿cómo van a convencernos de que la magia no existe?