martes, junio 2, 2026
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“Atajo yo, Marcelo”: una noche histórica para River

Por Agustina Andrada

El 19 de mayo de 2021, tras registrarse más de 15 casos de coronavirus en el plantel de River, el equipo sufrió una ola de bajas automáticas para la Copa Libertadores. Sin arqueros disponibles y con varios juveniles en la lista, el Millonario debía hacerle frente a Independiente Santa Fe en un partido clave. Fue entonces cuando Enzo Pérez decidió escribir una página dorada en la historia del club, con la que revivió la mística del 9 de diciembre de 2018, otra de las fechas más gloriosas del mediocampista con la camiseta del millonario. El campeón de América volvía a vestirse de héroe: arrastrando un desgarro, se calzó los guantes en una velada que quedó grabada a fuego.

Ante las ausencias de Franco Armani, Enrique Bologna, Germán Lux y Franco Petroli por el virus, Enzo no dudó en levantar la mano. Aun arriesgándose a quedar expuesto por la falta de oficio en el puesto y por la gravedad de su lesión en el isquiotibial derecho, asumió la responsabilidad de proteger los tres palos. Finalmente, el equipo dirigido por Marcelo Gallardo se impuso por 2-1 ante el conjunto colombiano, un resultado que lo dejó con un pie y medio en los octavos de final.

De aquella noche fría de mayo quedaron postales imborrables: el saludo con el guante en alto, el buzo verde fosforescente, el abrazo final con Gallardo y la sonrisa de oreja a oreja del mendocino. Luego de esta actuación, los hinchas enaltecieron al “arquero” con constantes muestras de afecto. No obstante, el gran valor extra de la jornada fue el compromiso colectivo del resto de los futbolistas: conscientes de que en el arco había un compañero sin experiencia y disminuido físicamente, se sacrificaron al máximo para evitar que el rival pudiera rematar con comodidad. Además, River jugó sin hacer sustituciones porque no tenía suplentes disponibles.

A cinco años de aquella gesta, el Museo River exhibe la réplica del buzo y los guantes que Germán Lux le prestó al ídolo millonario, inmortalizando uno de los momentos más singulares del fútbol moderno. Enzo se convirtió en una leyenda para los hinchas, quienes, incluso con otros colores en el pecho, siguen celebrando cada uno de sus triunfos.

Exequiel Zeballos, la eterna promesa

Exequiel Changuito Zeballos
Exequiel Changuito Zeballos

Opinión. Por Francisco Gomila

“Será la vida que siempre nos pega un poco, nos encandila con lo que está por venir”

Bicho de Ciudad, canción de Los Piojos en su disco Civilización

Entre lesiones, momentos irregulares, resultados adversos y muchas pero muchas bicicletas llegó la despedida que quizás veíamos venir, pero el afán por mirar hacia otro lado y seguir hacia adelante de alguna forma prevalecía. Exequiel Oscar Zeballos, de 24 años, más conocido como el Changuito y posterior evolución de su apodo a el Chango, será vendido a fines de junio del Club Atlético Boca Juniors. Jugará ante Cruzeiro y Universidad Católica sus últimos partidos con la camiseta Xeneize, y buscará destino en nuevos horizontes, posiblemente a Europa.

Tiró sus primeros chiches bajo el sol de las ardientes tierras de Santiago del Estero, tras haber brillado en un torneo en Rafaela con Sarmiento de La Banda, fue captado por los seleccionadores juveniles de Boca y pasó a formar parte de las inferiores en 2016. Así nació la historia de una joya, un diamante en bruto que nunca terminó de brillar, un puntero por izquierda que deslumbró con su fútbol desde que se dio a conocer ante el hincha, pero la mala suerte y los turbulentos cambios del clima del Mundo Boca a los que jamás se acostumbró lo terminaron de alejar.

Resiliencia siempre fue una palabra clave para él, tatuada en su cuello y citada por sí mismo en una entrevista para El Canal de Boca en 2024. La misma que lo acompañó tras haber sido lesionado (fractura de tibia y peroné) en aquel Boca – Agropecuario por Copa Argentina en 2022 y que lo dejó afuera de las canchas por más de 140 días. La misma que lo vio bailar ante Independiente y Platense en 2023 recién recuperado, ambos partidos en los que convirtió. Nuevamente, en un Belgrano – Boca de 2024 que terminó en derrota Azul y Oro por 4-3, los fantasmas atacaron de vuelta y se rompió los ligamentos, y terminó afuera por otros largos nueve meses.

Exequiel Changuito Zeballos
Exequiel Changuito Zeballos

Como en todo viaje del héroe, tras tantas caídas se logró ver un renacimiento y fue en 2025, año extremadamente cambiante para el club de la ribera. El Chango cambió hasta de corte de pelo, empezando a llevar una vincha que lo caracterizó sobre los últimos meses, y la palabra de su cuello volvió a estar presente y lo fortaleció más que nunca. 

Bajo las órdenes de Claudio Úbeda, mostró sus mayores chispazos ante Barracas Central, Estudiantes de La Plata y no menos importante, ante River en La Bombonera. Allí convirtió un gol que quedó marcado en la memoria de toda la gente, que lo vio crecer y atravesar sus peores momentos y con la que festejó de manera desaforada tras vencer a Lautaro Rivero con un simple cambio de ritmo, de esos que tanto lo caracterizan junto a su velocidad, que también aprovechó para asistir a Miguel Merentiel en el mismo partido y devolverle la ilusión al barrio de La Boca tras clasificar a la Copa Libertadores que tantas veces vio ganar luego de dos años.

Exequiel Changuito Zeballos
Exequiel Changuito Zeballos

Por cosas de la vida y el deporte, Boca terminó afuera de ese Torneo Clausura, pero la locura volvió a estar presente para La Mitad Mas Uno, que arrancó el Torneo Apertura de 2026 de forma un poco irregular, pero que con el paso de los meses encontró un gran equipo. Dicho conjunto prescindió un poco del extremo izquierdo y volvió a ser atravesado por un desgarro, aunque volvió. Tuvo una gran actuación ante Central Córdoba y buenos ingresos ante Barcelona de Guayaquil y Huracán, pero las derrotas ante estos clubes y la eliminación del Apertura en octavos provocó nuevamente un cambio en la actitud de la fanaticada, que pasó a exigir una limpieza, y Zeballos forma parte de ella.

Exequiel Zeballos siempre tuvo una presencia especial en el plantel, ya que formaba parte de una generación de Boca Predio muy recordada por jugadores como Valentín Barco, Ezequiel Fernández, Luca Langoni, Alan Varela o Cristian Medina. Algunos se fueron bien y otros mal, pero el único que se quedó fue él. Quizás no se va de la mejor manera ya que se va con cuatro títulos en los que no participó o fue figura, pero sí dejó algo más, así que solo queda decir una última frase: gracias, gracias por tanto fútbol.

Inés Arrondo, la mujer que dibujó el símbolo de Las Leonas

Por Juana Enrico

El marcador es un objeto barato, de plástico negro, con una punta de fieltro que exhala un olor penetrante a alcohol y solvente. Inés Arrondo lo sostiene con la misma firmeza con la que empuña el palo de hockey. El trazo inicial es una curva violenta: la columna vertebral de una leona persa. Es una fiera de perfil bajo, nervuda, elegante. Tiene los ojos enmarcados por un delineado de pigmento denso, una marca biológica que le confiere una expresión de vigilia permanente. El dibujo es un órgano nuevo para un equipo que ha decidido dejar de ser dócil para volverse depredador.

La cuenta regresiva hacia Sydney 2000 ya había empezado a descontar sus últimas horas. Faltaban apenas dos días para que el seleccionado femenino de hockey partiera hacia Nueva Zelanda, ese limbo de preparación antes de la Villa Olímpica, cuando Inés se plantó frente al entrenador Sergio Vigil. No llevaba un planteo táctico, sino una revelación: un pequeño papel con la figura de una leona dibujada.

Vigil la miró y, en la firmeza de sus manos y el brillo de su seguridad, leyó el nacimiento de una mística. Fue ese entusiasmo, un fuego que excedía lo deportivo, lo que terminó por desarmar cualquier duda del entrenador. En un último acto de fe antes del despegue, se impuso la misión de que nadie subiera a ese avión sin llevar ese emblema, todavía fresco, estampado sobre el pecho.

 

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Esa fe ciega en su propio instinto tuvo origen en una plaza de Caisamar, Mar del Plata. Primero fue el tenis y después el hockey. Cuando se instaló en Buenos Aires con una bicicleta y un sueño de asfalto, simplemente estaba cumpliendo con su propia naturaleza. Aquel viaje fue la profecía de su temperamento.

De altura promedio y una estructura física que privilegiaba la potencia sobre el volumen, se movía con la austeridad de quien sabe que cada gramo de energía cuenta. Su pelo castaño, siempre sujeto por la urgencia de la competencia, enmarcaba un rostro de facciones claras donde la sonrisa aparecía solo como una tregua breve. Pero era en la mirada donde se leía su verdadera jerarquía. Con la camiseta puesta, la leona del pecho parecía una extensión de su propio carácter: ese escudo, nacido de la fuerza de su puño, fue la armadura con la que salió a ganar territorio. La medalla de plata en esos Juegos fue la confirmación de que el símbolo sobre el corazón las había vuelto un equipo temible.

En 2004, durante el Champions Trophy de Rosario, su cuerpo se volvió un motor desconocido. Jugó con una potencia inusual, “hecha un avión”, sin saber que la biología estaba operando en secreto: Julián, el primero de sus dos hijos, ya disputaba partidos desde la médula. Inés habitó ese cuerpo de frontera donde la maternidad y la alta competencia no eran opuestos, sino una misma descarga de energía.

La cancha mutó, pero la mecánica fue idéntica. El despacho oficial en el CeNARD, el mismo predio al que entraba pedaleando en los noventa, albergó entre 2019 y 2023 su nuevo territorio de cacería. Como primera mujer secretaria de Deporte, nombrada por Alberto Fernández, su firma cobró el mismo peso que aquel marcador negro. Ponerse a la cabeza del feminismo tampoco era una decisión nueva: era el mismo pulso aguerrido de siempre encontrando un nuevo espacio donde golpear.

Ni el tiempo ni los cargos lograron domesticar ese instinto original. Inés sigue siendo el trazo violento, la vigilia permanente y el hambre de quien sale a ganar. Al final, la leona no era solo un escudo: era ella.

Vanina Oneto, la goleadora que ayudó a construir el alma de Las Leonas

Por Lola Fariña Villaverde

Era un partido cerrado, tenso, jugado al límite. Argentina se enfrentaba a Países Bajos y necesitaba la victoria para meterse en la final. Había un ritmo áspero y se respiraban nervios. Ese 3 – 1 fue el último resultado a favor del seleccionado albiceleste en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 (donde consiguió la primera de sus dos medallas olímpicas) y la primera vez que ese grupo de chicas salió a la cancha con una leona estampada en el pecho. Un festejo que duró en la cancha unos segundos pero que condensa una historia. “Fue como si un fuego hubiera nacido, se nos hubiera metido en la piel y el corazón, lo viví como una novela”, declaró Vanina Oneto sobre esos Juegos.

Ese torneo fue la confirmación de lo que se venía gestando hacía años, casi en silencio. Fue la aparición de una nueva generación. Oneto, como símbolo de una transformación, figura bisagra entre épocas, referente tanto en su club, San Fernando, como en la Selección, formó parte de la consolidación de una identidad.

Sus goles llamaban tanto la atención como su pelo rubio: potencia, oportunismo y una presencia constante en el área que la convertían en una amenaza. Con su vincha rosa en la cabeza, que luego sería característica de ella, debutó a los 15 años en el club de la ciudad en la que nació, San Fernando, o como la ex jugadora de Las Leonas lo define: “Mi casa”, donde consiguió la titularidad en Primera División y terminaría saliendo campeón.

 

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En su historia el deporte aparece como herencia. Su padre y sus dos hermanos jugaban al básquet y su madre al tenis, por lo que el deporte siempre fue protagonista en la familia Oneto. El hábito de entrenar, competir y superarse formaba parte de lo cotidiano.

“La Batistuta del hockey” la apodaban por sus números: 148 goles con la Selección. La comparación con Gabriel Batistuta, ex delantero de la Selección Argentina de fútbol no era casual. “Para mí era tremendo que me comparasen con Bati; él no me conocía, pero yo sabía quién era él y me sentía feliz”, recordó la histórica delantera.

Sidney 2000 fue un punto de quiebre en su vida. Antes de que Argentina ganara la medalla de plata en esos Juegos, el hockey no era un deporte masivo en el país, su práctica estaba ligada en gran parte a ciertos clubes y espacios específicos, lejos de la exposición y el alcance que tenían otras disciplinas. Lo que ocurrió en esa competición empezó a modificar esa lógica. De pronto, ese equipo no sólo competía: también empezaba a captar miradas, a generar unión y a instalar al hockey en una conversación mucho más amplia. Pero el quiebre no fue sólo en lo deportivo. Mientras se forjaba esa identidad que pronto sería reconocida en todo el mundo, Vana, como la apodan sus amigos, también atravesaba un cambio personal: ese mismo año se casó con Andrés Findor, médico y padre de sus dos hijos .

Cada gol, cada movimiento dentro del área, no sólo definía jugadas, sino que también la forma que tuvo Vanina Oneto de sentir la camiseta. Su rastro no fue solo un resultado o una medalla, dejó una huella y su nombre quedó asociado a esa irrupción.

Ivo Karlovic, el gigante que convirtió el saque en una obra perfecta

Por Lisandro Torres Pagani

“¿Te aburrirías si nadie pudiera devolverte la pelota?”, respondió serio Ivo Karlovic tras un partido con más de 30 aces, cuando un periodista le preguntó si alguna vez se aburría de sacar tanto. La frase, mitad broma y mitad declaración, resume su juego: simple, directo y efectivo.

Apodado “Señor Ace”, con sus 2,11 metros de altura, el tenista nacido en Croacia parecía hecho para sacar bien. Tiene brazos larguísimos, una buena postura y una coordinación sorprendente para su tamaño. El movimiento del saque, que repitió miles de veces, le salía de manera automática y con una eficacia pocas veces vista. En 2015 superó la marca de su compatriota Goran Ivanisevic y actualmente ocupa el segundo lugar en el récord de más aces de la historia, con 13.728, solo superado por John Isner. Lo que sí posee es el mejor promedio de aces por partido: 19,1.

A diferencia de su juego explosivo, la personalidad de Karlović siempre fue más bien contenida. Introvertido, de pocas palabras y con un humor seco que aparecía en momentos inesperados. “No necesitaba decir mucho”, comentó su ex entrenador Petar Popovic. “Su forma de expresarse era en la cancha, con el saque. Ahí decía todo”. Sin embargo, esa calma externa escondía una enorme resiliencia. El tenista más alto del circuito ATP construyó una técnica de juego que muchas veces lo dejó en desventaja frente a jugadores más completos desde el fondo de la cancha. Aun así, apostó por crear una identidad en torno al saque, sin proponerse otro sistema.

Su camino hacia el profesionalismo no fue fácil. Nacido el 28 de febrero de 1979, la infancia y adolescencia de Karlović coincidieron con la inestabilidad política y social de su país, producto de las Guerras Yugoslavas y, en particular, de la Guerra de Independencia de Croacia. Durante esos años, el país atravesó conflictos armados, crisis económica y una estructura deportiva golpeada, lo que dificultó su acceso a entrenamientos regulares, competencias internacionales y recursos básicos. Mientras en otros lugares los jóvenes talentos seguían una formación estable, Karlović creció en un contexto en el que desarrollarse como profesional no era la principal prioridad. Esa situación retrasó su llegada al circuito y explica por qué su explosión llegó más tarde que la de otros jugadores. Por eso logró mantenerse como tenista profesional hasta los 40 años.

Karlović no siguió el molde clásico del tenista europeo. Su físico, que en otros deportes podría haber sido una ventaja inmediata, en el tenis implicó adaptaciones constantes. Tuvo que trabajar muchísimo para que su altura no fuera un problema. Ese proceso lo llevó a desarrollar un estilo único, basado en maximizar sus fortalezas y minimizar sus debilidades.

En un deporte que evoluciona constantemente y donde las tendencias cambian, su figura queda como testimonio de que, a veces, una sola herramienta llevada al límite puede ser suficiente para dejar una huella imborrable. Porque mientras otros construían los puntos, él los ganaba antes de que empezaran. Y en esa simple lógica encontró su lugar en la historia del tenis.

Argentina convirtió al pádel en una fiesta: el récord que explica por qué el deporte no para de crecer

Por Lucía Bigoni

El ruido empezó mucho antes del primer saque. Afuera del estadio ya había
camisetas, banderas, y celulares grabando. Adentro, el clima terminó de confirmar
una sensación que hace tiempo dejó de ser intuición. En Argentina, el pádel ya no
es solamente un deporte en crecimiento. Es un espectáculo emocional.

El Premier Pádel de Buenos Aires rompió el récord histórico mundial de asistencia del circuito con 16.920 espectadores y dejó una imagen difícil de ignorar. Cada punto
importante se gritó como un gol. Cada reacción de los jugadores encontró respuesta
inmediata desde las tribunas. Y durante varios momentos del torneo, la sensación
fue la de estar viviendo algo mucho más cercano a una final del mundo que a un
evento habitual del calendario internacional.

Los números ayudan a entender el fenómeno, pero no alcanzan para explicarlo del
todo. Porque el crecimiento del pádel en Argentina no tiene únicamente que ver con
la cantidad de personas que juegan, consumen contenido o llenan estadios. Tiene
que ver, sobre todo, con la manera en la que el público argentino vive el deporte.

En otros torneos del circuito predomina el silencio y la lógica más tradicional del
tenis. Aplausos medidos, puntos observados con distancia y tribunas que
acompañan sin alterar demasiado el ritmo del partido. En Buenos Aires ocurrió lo
contrario. Hubo canciones, tensión, euforia y una energía constante que transformó
cada encuentro en un espectáculo colectivo.

Argentina tiene una relación particular con el deporte. No lo consume de manera
neutral, lo dramatiza. Lo convierte en relato, en identidad y en pertenencia. Y el
pádel, que durante años fue visto únicamente como una actividad recreativa,
terminó encontrando en esa pasión un escenario perfecto para expandirse.

El crecimiento también se explica desde otro lugar: el deporte logró construir
cercanía. Los jugadores circulan por espacios más accesibles, las redes sociales
achicaron la distancia con el público y el espectáculo se volvió mucho más fácil de
seguir para nuevas generaciones. El resultado es una comunidad que no solo mira
partidos, sino que siente que forma parte de ellos.

Por eso el récord de Buenos Aires representa algo más profundo que una cifra
histórica. Funciona como la confirmación de un cambio cultural. El pádel dejó de
ocupar un lugar secundario dentro de la escena deportiva argentina para convertirse
en un evento capaz de movilizar multitudes, generar identificación y producir climas
que pocos deportes consiguen replicar.

Y quizá ahí esté la explicación más fuerte de todas. En un país donde cada cancha
puede convertirse en escenario y cada tribuna encuentra una excusa para cantar, el
pádel finalmente encontró algo más importante que un mercado, encontró un hogar.

 

 

FIFA Ultimate Team: el trade como esencia y el juego en segundo plano

Por Nicolás Imbroglia

Durante la primera década de los años 2000, la franquicia Pro Evolution Soccer de la industria Konami superó ampliamente a su principal competidor, FIFA, de EA Sports. Este último comenzó a tomar la delantera cuando obtuvo licencias de las principales ligas europeas, mientras que PES se quedaba con las competencias sudamericanas.

Pero si hay un punto donde la balanza se inclinó definitivamente a favor de EA Sports, fue la irrupción —y posterior consolidación— de Ultimate Team dentro de FIFA. No se trató solo de un modo de juego exitoso, sino que transformó la experiencia y, sin dudas, también la forma en la que se consumen los videojuegos.

Apareció en FIFA 09 como un DLC pago; es decir, un contenido adicional por el cual había que abonar. En ese momento, la propuesta era novedosa pero acotada: construir un equipo a partir de cartas de jugadores, gestionar contratos y disputar partidos online. Sin embargo, ya incluía un elemento clave que luego sería central: un mercado de transferencias manejado por los propios usuarios.

Para FIFA 10, el modo de juego dejó de ser un complemento y pasó a ser parte del juego. A partir de ahí, cada entrega anual amplió el sistema: más cartas especiales, eventos en vivo, desafíos de creación de plantillas (SBC) y una integración cada vez más profunda con el rendimiento real de los futbolistas. El modo se convirtió en una plataforma en constante actualización, un terreno en el que Konami y PES nunca pudieron competir.

El verdadero diferencial estuvo en cómo se construyó su economía interna. Dentro de Ultimate Team, cada carta funciona como un activo digital. Su valor no es fijo: muta en tiempo real según la oferta, la demanda y las expectativas. Factores como actuaciones en la vida real, la inclusión en el “Equipo de la Semana”, filtraciones de contenido futuro o simplemente tendencias de la comunidad pueden disparar o hundir precios en cuestión de horas.

Ahí entra en juego el trading. Es, en esencia, especulación informada: comprar barato —por ejemplo, en momentos de alta oferta tras la apertura masiva de sobres— y vender cuando la demanda sube. También existen estrategias como sniping, flipping o inversión a mediano plazo.

Este comportamiento generó una dinámica sorprendentemente similar a los mercados financieros tradicionales. Como en los ETFs (fondos indexados), el precio no responde únicamente a un “rendimiento real” sino a la percepción colectiva y a la expectativa futura. Hay picos especulativos, caídas abruptas, ventas masivas por pánico (panic sell) y acumulación estratégica de activos.

La gran diferencia del mercado de transferencias de EA Sports con la bolsa de valores es que todas sus ganancias y recompensas son sólo virtuales y no reales. Solo se invierte en micro transacciones de sobres de jugadores, y toda recompensa queda dentro del juego. Todo el riesgo que se corre es virtual.

En paralelo, surgió toda una cultura alrededor del trading: creadores de contenido, guías, análisis de mercado y hasta “gurús” que recomiendan inversiones dentro del juego. 

Estos “gurús” o expertos sí pueden llegar a obtener ganancias en la vida real gracias a FIFA: arman grupos pagos a los que hay que suscribirse y donde comparten consejos o especulaciones sobre el mercado de transferencias. Esto guarda una gran similitud con los “vendedores de cursos” de hoy en día.

El impacto económico para EA fue enorme. Ultimate Team se convirtió en su principal fuente de ingresos, en gran parte gracias a la venta de sobres. Esto permitió sostener un modelo de negocio basado no solo en la venta anual del juego, sino también en ingresos recurrentes durante todo el ciclo. A su vez, ese flujo financiero se tradujo en más licencias oficiales, acuerdos comerciales y desarrollo continuo.

Mientras tanto, Konami intentó competir con MyClub dentro de Pro Evolution Soccer, pero llegó tarde y sin la misma profundidad sistémica. La diferencia no era solo de contenido, sino de ecosistema. Para ese momento, la ventaja de EA Sports dejó de ser discutible. Y, sin dudas, Ultimate Team fue la clave.

Wellness: cuando el bienestar agota

Por Lana Díaz

En la era de la hiperconectividad, el bienestar dejó de ser una búsqueda personal para convertirse en un mandato colectivo. Nunca hubo tanta información disponible sobre cómo “estar bien”: rutinas, planes de alimentación, prácticas de mindfulness, entrenamientos, suplementos y hábitos que prometen una mejor versión de uno mismo. Sin embargo, en esa abundancia de recomendaciones, el bienestar parece volverse cada vez más difícil de alcanzar.

El concepto de wellness, entendido como un enfoque integral que busca el equilibrio entre cuerpo, mente y emociones, nació como una invitación a mejorar la calidad de vida a través de hábitos saludables y sostenibles. Pero en su expansión, especialmente en el mundo digital, ese ideal se fue transformando. Lo que proponía bienestar, hoy muchas veces deriva en exigencias difíciles de cumplir, comparaciones constantes y una sensación de deuda con uno mismo. Entre sus consecuencias más visibles aparecen el estrés, la ansiedad y la frustración, producto de intentar alcanzar estándares que no siempre contemplan los tiempos, contextos y realidades individuales. 

Las redes sociales funcionan hoy como grandes vidrieras de estilos de vida ideales. Influencers, especialistas y creadores de contenido comparten a diario sus rutinas para optimizar la vida: levantarse temprano, meditar, entrenar, comer saludable, descansar, ser productivo y mantener una vida social activa. Todo, ¡en equilibrio! Pero ese equilibrio muchas veces se convierte en una presión silenciosa.

El problema no es la falta de información, sino el exceso. Las tendencias cambian de manera constante y, a veces, se contradicen entre sí. Lo que ayer era considerado saludable, hoy es cuestionado o mutan. En ese contexto, las personas no solo deben elegir qué hacer para sentirse mejor, sino también filtrar, interpretar y adaptarse a una ola de contenido que no siempre se adapta a las realidades individuales.

 

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Así, el wellness comienza a funcionar como una lista de tareas donde una busca hacer check. El autocuidado se transforma en una serie de hábitos que deben cumplirse. Y cuando no se logran sostener, aparece la culpa. Cuando se sostienen, muchas veces aparece el agotamiento. La promesa de bienestar se diluye entre la autoexigencia y la sensación constante de no estar haciendo lo suficiente.

A esto se suma el crecimiento de una industria que capitaliza esta necesidad. El bienestar dejó de ser únicamente un estado para convertirse también en un producto: aplicaciones, programas, suplementos, cursos y experiencias que ofrecen soluciones a medida, pero que, al mismo tiempo, instalan la idea de que siempre hay algo más por mejorar.

En ese escenario, lo simple queda desplazado. Descansar, moverse, comer de manera equilibrada o simplemente desconectarse ya no parecen suficientes frente a un modelo que empuja a optimizar cada aspecto de la vida. La conexión con el propio cuerpo y sus necesidades queda opacada por estándares externos difíciles de sostener, y el resultado es que una persona pierda el eje de sí misma. 

Desde mi experiencia, moverse dentro de este mundo implica encontrar un equilibrio posible. No siempre se trata de hacer todo, sino de elegir qué se puede sostener en el día a día. Muchas veces aparece el deseo de incorporar cada hábito que se presenta como ideal, pero la realidad impone límites y también prioridades. Y en ese punto, entender que los extremos, en cualquier ámbito, suelen ser perjudiciales resulta clave.

Por ejemplo, no siempre es necesario alcanzar los 10.000 pasos diarios para sentir que se cumplió. Hay días en los que simplemente salir a caminar un rato, entrenar lo que se puede o moverse de alguna forma ya es suficiente. Lo mismo ocurre con la alimentación, sostener un esquema lo más equilibrado posible, como un 80-20, puede ser una forma realista de cuidarse sin dejar de lado los momentos de disfrute, ya sea una salida con amigos o una comida elegida sin culpa. El problema aparece cuando se intenta sostener la perfección y se pierde de vista la flexibilidad.

 

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Más que la cantidad de hábitos o la forma “correcta” de llevarlos adelante, lo que realmente marca la diferencia es desde dónde se hacen. No es lo mismo actuar desde la autoexigencia, el mandato o la necesidad de pertenecer, que hacerlo desde el disfrute, la curiosidad o las ganas de sentirse mejor. El bienestar es una experiencia profundamente personal, que cambia según el momento de cada uno.

En ese camino, también es fundamental revisar el contenido que se consume. Las redes sociales no son neutrales: lo que se ve, impacta. Si algo genera ansiedad, incomodidad o una sensación constante de insuficiencia, dejar de seguirlo también es una forma de cuidado.

Quizás, entonces, el verdadero desafío no sea alcanzar un ideal de bienestar, sino construir uno propio. Uno que no se mida por la cantidad de hábitos cumplidos, sino por cómo nos hace sentir lo que elegimos hacer. Porque, al final, el bienestar no debería ser una meta que agota, sino un proceso que acompañe.

¿Por qué dejar de apostar?

Por Martín Fusaro

Las apuestas deportivas son un fenómeno que se ha potenciado en el último tiempo. Desde que los casinos llegan a domicilio se han vuelto parte del paisaje cotidiano. Aparecen en publicidades, camisetas, transmisiones y hasta en conversaciones entre amigos. Pero detrás de esa aparente normalidad se esconde una pregunta incómoda que pocos se detienen a responder con honestidad: ¿por qué apostamos?

La respuesta más rápida suele ser la adrenalina. Apostar convierte un partido cualquiera en una experiencia cargada de tensión, donde cada jugada parece tener un valor extra. Sin embargo, esa emoción no es casual ni inocente. Las plataformas utilizan mecanismos psicológicos muy estudiados para generar una sensación de control y recompensa inmediata, incluso cuando las probabilidades están en contra. La ilusión de que “esta vez sí” es el motor que mantiene girando la rueda.

El problema aparece cuando esa búsqueda de emoción deja de ser un entretenimiento ocasional y empieza a ocupar un lugar central en la vida. La línea que separa el juego recreativo de la ludopatía es más delgada de lo que parece. Apostar más dinero del que uno puede permitirse perder, la creencia de  intentar recuperar pérdidas con nuevas apuestas o sentir ansiedad constante por los resultados son ejemplos de los peores errores que se cometen y ocurre mucho más de lo que se cree. Esa es la barrera que no hay que cruzar.

Y ahí es donde surge una idea clave que suele incomodar. En las apuestas, el dinero debe pensarse siempre como perdido desde el inicio. No como una inversión ni como una oportunidad de ganancia segura porque el sistema está diseñado para que la casa gane. Creer lo contrario no solo es ingenuo, sino potencialmente peligroso.

Dejar de apostar no implica renunciar a la emoción o al disfrute del deporte. Al contrario, puede ser una forma de recuperarlos en su estado más genuino. Volver a ver un partido sin la presión del resultado económico, sin la necesidad de que algo externo valide la experiencia, es también una forma de libertad.

La reflexión, entonces, no apunta a demonizar el juego, sino a cuestionar el lugar que ocupa en nuestras vidas. Entender por qué apostamos es el primer paso para decidir si realmente queremos seguir haciéndolo. Porque, al final, la pregunta no es cuánto se puede ganar, sino cuánto se está dispuesto a perder. Y esa respuesta, a diferencia de cualquier apuesta, no debería dejarse al azar.

Luis Enrique: su carácter para lidiar con estrellas mundiales y construir un París Saint-Germain nuevamente finalista desde el juego colectivo

Por Agustín González Sánchez Jauregui

“¿Si voy a mejorar el año que viene? Sí, porque tener un jugador que se mueve por donde quiere, implica que había situaciones de juego que yo no controlaba. El año que viene las voy a controlar todas, sin excepción”, decía Luis Enrique cuando le consultaron sobre la salida de Kylian Mbappé, el jugador franquicia del Paris Saint-Germain que partía rumbo al Real Madrid. Y lejos de quedar en el olvido, esa frase comenzó a marcar el camino posterior.

El PSG en 2022 había logrado juntar nuevamente a Lionel Messi y Neymar Junior para conformar delantera con Mbappé, construyendo así sus proyectos en base a nombres propios. Lograron ganar dos Ligue-1 y una Supercopa como ya es habitual en Francia pero quedaron lejos del objetivo principal del conjunto parisino, obtener su primera orejona, fueron eliminados dos veces en octavos de final de la Champions League. Cuando llegó el entrenador español en julio de 2023 ya sin Neymar ni Messi, buscó dejar de lado esa maña de recostarse sobre el talento de las figuras y comenzó la búsqueda del juego colectivo, algo que le costó en su primer año ya que como ha declarado en reiteradas ocasiones, le era difícil lidiar con el ahora delantero del Real Madrid.

Finalmente cuando terminó la temporada en 2024, el delantero francés abandonó el equipo y quedaba en manos de Luis Enrique constatar si lo que había declarado era cierto. En el año siguiente, el cuadro de París consiguió la primera Champions League de su historia tras aplastar 5-0 al Inter de Milán en la final, con un equipo que ya no dependía de individualidades sino de un funcionamiento más grupal donde hasta los atacantes participaban constantemente de la presión y el retroceso defensivo. Futbolistas como Ousmane Dembélé, quien terminó ganando el Balón de Oro de ese año, pasaron a ser piezas claves dentro de una estructura colectiva. Ahora, con gran parte de esa misma base, volverán a disputar una final de Champions, será frente al Arsenal el 30 de mayo en Budapest, nuevamente bajo la conducción de Luis Enrique.

El carácter del técnico oriundo de Gijón no se dio a conocer recién ahora, entre 2014 y 2017 dirigió al Barcelona de Lionel Messi, Luis Suárez y Neymar Jr, una delantera que para muchos fue la mejor de la historia. Pero aún así no dio el brazo a torcer con las grandes estrellas, incluso llegó a tener un fuerte cruce con el astro argentino por sentarlo en el banco en un partido de liga contra Real Sociedad. Con el paso del tiempo la relación entre ellos se recompuso y el club español terminó ganando nueve títulos bajo su conducción, entre ellos la Champions League de 2015, el Mundial de Clubes y el triplete esa misma temporada.

Donde mejor se ve reflejada su ideología es en el video viral que reaparece constantemente en redes sociales. Allí en una charla mano a mano con Mbappe le pone de ejemplo a Michael Jordan (ídolo del francés), y le explica: “Jordan cogía a sus compañeros y se ponía a defender como un hijo de puta”. Luego remarca que si la estrella presiona y corre, el resto queda obligado a hacerlo también. Según él, así se construye un líder.

Más allá de sus etapas en Francia y España, el entrenador también pasó por la Roma, donde debutó como director técnico, Celta de Vigo y la Selección de España, a la que dirigió en el Mundial de Qatar 2022 quedando eliminado en octavos de final por penales frente a Marruecos. En todos sus equipos sostuvo la misma idea de presión, intensidad y un funcionamiento colectivo por encima de cualquier individualidad. Una ideología que ya había comenzado a construir en su etapa como futbolista, donde vistió las camisetas del Real Madrid y Barcelona, dos de los clubes más importantes del mundo.

Tras la muerte de su hija Xana en 2019, Luis Enrique explicó que nunca se sintió desafortunado, se consideraba “muy afortunado” por los nueve años que pudo disfrutarla. Años más tarde, luego de conquistar la Champions con el PSG, recordó una bandera que ella había clavado en la final que había ganado con el equipo catalán y confesó que sentía que seguía presente. Una persona con una manera de pensar que no parece modificarse ante ninguna situación y que supo trasladar esa convicción al fútbol.