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El peligro silencioso de buscar alivio sin supervisión médica

Por Brooke Peluffo, Joaquín Chilo Díaz y Juan Romano Mancuso

La automedicación aparece como una práctica frecuente frente al insomnio y la ansiedad. La psiquiatra Silvina Guignard explica sus riesgos y la importancia de que cada tratamiento sea indicado y acompañado, mientras que el psicólogo Gastón Mercado analiza el impacto del entorno familiar y social.

La psiquiatra Silvina Guignard (MP. 41267, ME. 22656) observa con mayor frecuencia problemas de salud mental relacionados con los trastornos de ansiedad y del ánimo, precisamente por su especialización. Entre los síntomas que más aparecen en sus consultas se encuentran los ataques de pánico, las crisis de ansiedad, el ánimo bajo, el malestar general, la disminución del disfrute y el estrés laboral, muchas veces acompañado de ansiedad vinculada a problemas económicos.

Cuenta que una de las principales señales que indican el momento de pedir ayuda es que el malestar comience a sostenerse en el tiempo y termine interfiriendo con aspectos de la vida cotidiana, como el sueño, el trabajo, los vínculos o las actividades habituales. También pueden aparecer otras alarmas como el aislamiento, la irritabilidad, la angustia frecuente o la pérdida de interés.

Una gran parte de sus pacientes llega a la consulta derivados por sus terapeutas. Muchas veces es el propio psicólogo quien indica una evaluación psiquiátrica cuando el malestar o la ansiedad dificultan el trabajo que se está realizando en terapia.

Los problemas de salud mental, además, no quedan solamente en lo emocional. También pueden repercutir en el cuerpo. “La salud mental y la física van totalmente de la mano. La ansiedad, el estrés, los síntomas anímicos pueden manifestarse con insomnio, contracturas, dolores de cabeza, molestias digestivas, palpitaciones, cansancio o cambios en el apetito, entre muchos otros síntomas”, explica.

La primera consulta suele ser bastante larga. Es el momento en el que busca reunir información sobre los antecedentes heredofamiliares, tanto clínicos como psiquiátricos, el historial de vida del paciente y, por supuesto, el motivo de consulta. También intenta conocer desde cuándo ocurre el malestar, cómo está durmiendo la persona, cómo se siente, cuál es su contexto y cuánto está afectando lo que le sucede a su vida cotidiana. A partir de esa información evalúa qué necesita.

Dos personas pueden llegar al consultorio con síntomas parecidos y, sin embargo, necesitar abordajes diferentes. Por eso, la indicación de un tratamiento no debería basarse únicamente en un síntoma aislado ni en una experiencia previa con determinado medicamento. “Consultar a un psiquiatra no significa necesariamente salir  con una medicación”, aclara.

Desde la psicología, Gastón Mercado plantea una mirada más amplia sobre el bienestar. Para el profesional, la salud mental forma parte de una salud integral que también incluye las dimensiones física, social, intelectual y espiritual. “Cuando no trabajás un área vital, no estás enfermo, pero no estás lejos de estarlo”, sostiene.

El entorno familiar tiene un papel importante en ese equilibrio, ya que muchas de esas áreas comienzan a desarrollarse y sostenerse desde la casa. Cuando alguna queda relegada, la persona puede acercarse progresivamente a una situación de malestar. Como ejemplo, menciona la depresión, donde pueden aparecer un abandono de lo físico, retraimiento social, pérdida de motivación en lo intelectual y un repliegue hacia el interior.

La mirada también permite detenerse en una situación que no siempre resulta fácil de explicar: sentirse mal incluso cuando, desde afuera, parece que todo está bien. Tener trabajo, salud o familia no garantiza automáticamente el bienestar emocional.

“Es totalmente normal. La mente no funciona como una planilla de Excel donde suma más logros y el resultado automático es la felicidad”, explica Mercado.

Esa contradicción puede generar una culpa adicional: pensar que no existen motivos para sentirse mal cuando la vida parece estar en orden. “Esa exigencia de tener que estar bien invalida lo que realmente sentís. El vacío o la abrumación suelen ser señales de desconexión con tus propias necesidades emocionales, expectativas no procesadas o simplemente agotamiento acumulado. Sentir esto no te hace desagradecido, te hace humano”.

La psiquiatra explica que otro de los problemas principales que aparecen en torno a la salud mental es la automedicación. En la consulta le es frecuente encontrarse con personas que comenzaron a tomar un medicamento porque alguien cercano se lo recomendó. Generalmente, se trata del círculo familiar primario, como madres o padres que comparten un medicamento con sus hijos. El motivo más común suele ser intentar solucionar inconvenientes relacionados con el insomnio.

Los datos del último Relevamiento del Estado Psicológico de la Población Argentina en 2025, elaborado por el Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología de la UBA, permiten dimensionar esta problemática. El 18,67% de los participantes admitió tomar medicación para lidiar con su malestar psicológico o con problemas emocionales. A su vez, el 5,75% de la población declaró tomar medicación sin receta médica.

Tomar psicofármacos sin una indicación médica puede traer diferentes riesgos. “Puede haber efectos adversos, interacciones con otros medicamentos, dosis inadecuadas o incluso empeoramiento de algunos síntomas. Además, algunos fármacos pueden generar tolerancia o dependencia si se utilizan de manera incorrecta”, advierte Guignard.

También existe un riesgo cuando una persona decide aumentar, disminuir o modificar por su cuenta la dosis que está tomando. Según explica, pueden aparecer efectos adversos o reaparecer síntomas que estaban controlados. “En psiquiatría, la dosis y los cambios de medicación tienen un motivo y deberían hacerse de manera acompañada. Hay fármacos que según la dosis es el uso que le damos”, señala.

Lo mismo sucede con la suspensión de un tratamiento. Los efectos dependen del medicamento y de la dosis, pero algunos pueden generar síntomas de discontinuación y también puede producirse una reaparición abrupta de los síntomas. Por eso, cuando corresponde suspender un tratamiento, generalmente se realiza de manera gradual y supervisada. En este caso, además, procura hacerlo siempre en compañía del terapeuta del paciente.

La información que circula en redes sociales también ocupa un lugar importante. La desinformación tiene “muchísimo peso” a la hora de tomar decisiones sobre la medicación.

“Hoy tenemos acceso a mucha información, pero no siempre es información correcta o aplicable a cada persona. En las redes hay muchas experiencias personales, que no significa que esté bien o mal, que sea lo correcto o no”, explica.

En su consultorio recibe pacientes que llegan con información encontrada en redes o que piden un medicamento porque conocen a alguien que lo toma y aseguran que le hizo bien. Una de las diferencias principales está en que las redes sociales ofrecen experiencias personales, pero no necesariamente información médica aplicable a todos. “En general, las redes sociales dan experiencias, no información”, resume.

El informe de la OPSA también muestra que la salud mental está atravesada por la situación económica. El 58,69% de la población reporta dificultades frecuentes para dormir, mientras que el 55,74% de quienes atraviesan una crisis atribuyen su malestar a factores económicos, como los bajos ingresos o las deudas.

A esto se suma el acceso a los tratamientos. El 50,05% de quienes no realizan terapia considera que la necesita, mientras que un 43,44% señala que no puede pagarla.

El precio de los medicamentos puede convertirse en una barrera concreta. No solo la medicación: el costo de las consultas y de la psicoterapia también puede dificultar tanto el inicio como la continuidad de un tratamiento.

“Muchas veces no se trata de que la persona no quiera tratarse, sino de que económicamente no puede sostenerlo”, explica. Considera que también es responsabilidad de cada profesional adaptarse al contexto socioeconómico de las personas que atiende y buscar la mejor opción farmacológica en relación entre costo y beneficio.

La continuidad del tratamiento es otro de los puntos fundamentales. Un porcentaje importante de pacientes, cuando comienza a sentirse bien, decide dejar la medicación. Esto puede provocar que, al poco tiempo, regresen los síntomas e incluso aparezcan de una manera más intensa que al momento de la primera consulta.

Por este motivo, durante las consultas la psiquiatra explica los tiempos de tratamiento y las evidencias que existen en las guías. La mejoría de los síntomas no necesariamente significa que el tratamiento deba finalizar en ese momento.

La participación del paciente también ocupa un lugar fundamental. Es necesario que la persona pueda comprender qué se está tratando, por qué se elige determinada estrategia y qué objetivos se buscan. Esto permite que las decisiones sobre el tratamiento sean acompañadas y que el paciente tenga un rol activo durante el proceso.

Para que un tratamiento pueda sostenerse en el tiempo, considera necesario que el sistema de salud garantice el acceso a profesionales, la continuidad en la atención, la disponibilidad de medicación y tratamientos interdisciplinarios accesibles.

“La salud mental necesita seguimiento, no alcanza solamente con atender una urgencia”, sostiene.

Si pudiera cambiar algo del sistema de salud mental, volvería a señalar dos cuestiones: el acceso y la continuidad. Que pedir ayuda no implique esperar meses por un turno y que una persona no tenga que abandonar un tratamiento que le está haciendo bien simplemente porque dejó de poder pagarlo.

Frente a una persona que atraviesa un problema de salud mental pero todavía no se anima a pedir ayuda dice que no es necesario esperar a que la situación llegue a un punto extremo.

“Consultar no significa que lo que te pasa sea grave; significa reconocer que algo te está haciendo sufrir y que podés darte la oportunidad de estar mejor”, explica.

Desde su lugar como psicólogo, Mercado también pone el foco en la escucha como punto de partida: “Cada persona llega con una historia diferente y con una manera distinta de atravesar lo que le pasa. Por eso, antes de pensar en una respuesta o en un diagnóstico, hay que escuchar.”

El acompañamiento, explica, también tiene un límite: el profesional puede orientar, brindar herramientas y estar presente, pero no puede atravesar el proceso por el paciente. “El camino siempre lo tiene que recorrer la propia persona.”

Y queda una frase que suele repetir Guignard en el consultorio: “Hoy hay miles de tratamientos, miles de fármacos y miles de oportunidades para intentar estar bien”.

La vida a través de los ojos de una crupier de casino

Por Paulina Ciezar, Segundo Nemoz, Benjamín Caloia y Farid Esper

Carla Tamara Rojas trabaja en el casino flotante de Puerto Madero hace casi dos décadas. Asegura que los hábitos cambiaron mucho y no duda: “Los jóvenes juegan mucho más e incluso, con más dinero”.

Las apuestas dejaron de ser una actividad que ocurre únicamente dentro de un casino. Hoy están presentes en las redes sociales, en las publicidades y en los teléfonos celulares. El crecimiento de las plataformas online también modificó el perfil de los jugadores y acercó cada vez más a los jóvenes a este mundo. Pero quienes trabajan dentro de un casino conocen otra parte de la historia: la de las personas que pierden el control y vuelven una y otra vez en busca de recuperar lo perdido. 

Carla Tamara Rojas trabaja como crupier en el casino flotante de Puerto Madero hace ya 18 años. Desde su lugar detrás de las mesas, fue testigo de situaciones que le permitieron reconocer cuándo una persona puede estar atravesando un problema con el juego. Al entrometerse en el mundo del casino, lo que más le llamó la atención fue el caudal de gente que hay. Sin importar día ni horario. Además, remarca que se puede percibir con facilidad a una persona con adicción al juego. “Cuando se pone violenta, cada vez juega más y no se da cuenta de lo que está perdiendo o de lo que gana. Como no maneja dinero en efectivo sino fichas, muchas veces pierde la noción de cuánto está gastando. Te das cuenta cuando está jugando con plata que no es de él, cuando pierde el control, pide prestado o va a la caja y compra con tarjeta de crédito porque piensa que va a recuperar lo que perdió. Y cada vez juega más”, remarcó Carla. 

Su experiencia le permite reconocer determinadas conductas que se repiten entre quienes pasan muchas horas frente a una mesa o una máquina. Después de casi dos décadas, ya conoce a muchos de los jugadores que frecuentan el lugar y hasta sabe qué juegos prefieren. Algunos llevan tantos años asistiendo que forman parte de la rutina diaria del casino. 

—¿Qué fue lo que más te llamó la atención cuando empezaste a trabajar? 

—La cantidad de gente que había en cualquier horario. De madrugada, de noche, de día, siempre hay gente. Por lo general son siempre los mismos jugadores. Hay algunos que recuerdo de mis primeros años y que todavía siguen jugando. Los conocemos de siempre, sabemos qué juegan, cuánto juegan y conocemos la vida de casi todos. Me cuentan su vida porque no tienen nada que hacer. 

Pero durante los 18 años que lleva trabajando también pudo observar un cambio en el público. El casino ya no recibe solamente a los jugadores que llevan décadas asistiendo. En los últimos años aparecieron cada vez más jóvenes y, con ellos, una nueva forma de relacionarse con las apuestas. 

—¿Notás que hoy hay más jóvenes jugando? 

—Sí, hoy hay muchos más adolescentes y chicos jóvenes, de 18 años, que ya juegan muchísimo dinero. También está el juego online, que llama más la atención y atrapa un poco más. La persona que entra a jugar y no sabe lo que pasa adentro no se da cuenta de la hora. Piensa que todavía es de día y ya pasaron ocho horas. No se da cuenta de que sigue ahí. El crecimiento del juego online también modificó la escena dentro del propio casino. 

Carla cuenta que es habitual encontrar jóvenes que, mientras están sentados en una mesa, utilizan el celular para apostar en una plataforma. El teléfono les permite continuar jugando incluso cuando ya están físicamente dentro del casino. “Los pibes juegan en la mesa de juegos sentados en el casino y con el celular están jugando. Es un montón el vicio que tienen ellos. Piensan que es plata fácil”, explica. 

Para Carla, esa idea de que el juego puede ser una manera sencilla de ganar dinero es uno de los principales problemas. El límite aparece cuando la persona deja de pensar en lo que puede perder y comienza a apostar con la intención de recuperar. 

—¿Qué diferencia encontrás entre una persona que juega ocasionalmente y alguien que tiene un problema? 

—El que va a pasear, juega un poquito, pierde y sigue dando vueltas, sabe cómo retirarse. Se agarra un poco y dice “no, me voy a la mierda” y se va. El cliente de siempre no. Se gana y piensa que va a seguir la racha, que va a ganar, ganar y ganar. Y no es así. La búsqueda de recuperar lo perdido se convierte muchas veces en un círculo. La persona pierde, consigue más dinero y vuelve a apostar. Si gana, continúa porque cree que la racha puede seguir. Y si vuelve a perder, intenta recuperar nuevamente. Es pensar que es la racha de suerte. Después pierden todo y buscan dinero en otro lado y vuelven a jugar porque piensan que van a recuperar lo que perdieron”. 

En sus años de trabajo también vio casos en los que las pérdidas fueron mucho más grandes que las que alguien podría imaginar. No solamente por la cantidad de dinero, sino por las consecuencias que dejan en la persona. 

—¿Hay alguna situación que te haya quedado especialmente marcada? 

—Sí, gente que se ha puesto mal y se ha puesto a llorar porque perdió todo. Vi gente que perdió estaciones de servicio y gente que pierde fortunas en dólares como si nada, que se van a la casa y vuelven a buscar más. Son situaciones que vemos casi todos los días. Las reacciones después de una pérdida tampoco son siempre iguales. Algunos jugadores se van enojados. Otros aseguran que no van a regresar. También están quienes descargan su frustración contra ellos mismos. Se ponen re mal. Ellos mismos se pegan en su cuerpo, diciendo ‘qué boludo que soy’. 

Desde afuera puede parecer difícil entender por qué una persona que acaba de perder una gran cantidad de dinero decide volver a apostar. Para Carla, la explicación está en la necesidad de recuperar lo perdido. “A veces ganan demasiado dinero y al otro día vuelven a la misma y la pierden. O pierde muchísimo, busca, gana, recupera y después pierde lo que recuperó”, explica. Los trabajadores del casino reciben capacitaciones para detectar determinados comportamientos relacionados con la ludopatía. Sin embargo, identificar el problema no significa que puedan intervenir directamente. 

—¿Qué hacen ustedes cuando detectan que una persona puede tener un problema con el juego? 

—Nosotros hacemos cursos que da Lotería de la Ciudad sobre ludopatía, para detectar cómo son. Nosotros, como pagadores, dealers o como quieran llamarnos, sabemos quiénes son los que tienen problemas, pero nosotros no vamos a hacer nada. Podemos decir “este está jugando mucho”, pero ellos lo manejan así. Si ellos piden ayuda, se los acerca y se les brinda la información. Una de las herramientas disponibles es la autoexclusión. La persona que reconoce que tiene un problema puede pedir que se le impida el ingreso al casino durante un determinado período. 

—¿Cómo funciona la autoexclusión? 

—Se pueden autoexcluir por un año, por dos años. En ese momento no pueden ingresar al casino. Una vez que se autoexcluyeron tampoco pueden jugar en las plataformas de casino. 

El problema es que, según la experiencia de Carla, pedir ayuda no suele ser algo habitual. Muchos jugadores continúan apostando incluso cuando ya son conscientes de que existe un problema. “La ludopatía te deja afuera de todo. No tienen el control entre ellos mismos”, sostiene. Para ella, una de las mayores dificultades está en que la ludopatía no siempre es reconocida como una enfermedad. Desde su lugar, asegura haber visto cómo personas que alguna vez tuvieron dinero, trabajo y una familia terminaron completamente aisladas. 

—¿Qué es lo que más te cuesta de ver en una persona con ludopatía? 

—Que nadie lo toma como una enfermedad. Es una enfermedad bastante fea que te deja sin familia, sin trabajo. Mucha gente va a jugar y los ves que están ahí porque no tienen dónde ir. Algunos se quedan dormidos, no comen, no toman nada, pero no quieren gastar un peso y prefieren jugarlo. No se dan cuenta de que están enfermos. La situación cambia todavía más cuando se trata de jugadores jóvenes. Carla asegura que en los últimos tiempos el casino empezó a recibir grupos de chicos que incorporan el juego a sus salidas nocturnas. Ya no necesariamente llegan solos ni exclusivamente para apostar. Además, agrega que mientras algunos de los jugadores históricos ya no cuentan con el mismo poder económico para apostar, aparecen jóvenes que comienzan a incorporarse al mundo del casino. La llegada de las plataformas online también modificó el movimiento del casino físico. Para los trabajadores, significa menos personas en las mesas y, por lo tanto, menos clientes nuevos. 

—¿Sentís que el juego online afectó al casino? 

—Sí. A nosotros nos baja la gente que va a jugar porque se prefieren quedar en su casa. Nosotros tenemos otro sueldo, pero también está el tema de la propina de la caja de empleados porque hay mucha menos gente que va a jugar. Antes estaba lleno de gente. Ahora, más que los fines de semana, los lunes no va nadie y los martes no va nadie. No hay gente nueva, renovada. 

Aún así, la preocupación de Carla no pasa solamente por la cantidad de jugadores que llegan al casino, sino por la edad de quienes empiezan a hacerlo. Desde su lugar, intenta hablar con algunos de los jóvenes que ve con frecuencia. “A los chicos que van a jugar, que los veo seguido y que juegan mucha plata, les digo que no está bueno que vengas todos los días porque es una enfermedad. Esto va a hacer que quieras siempre jugar más y cada vez más. Después te quedás solo, sin plata, sin familia”, cuenta. La respuesta que recibe suele ser breve. “Sí, sí, ya lo sé”, le dicen. Pero después vuelven. Carla intenta plantearles otras alternativas: salir a un boliche, ir a tomar algo, juntarse con amigos o simplemente utilizar el dinero para otra actividad. Pero reconoce que sus palabras muchas veces no alcanzan. “Yo les digo por qué no van a un boliche, por qué no van a tomar algo a un bar y se divierten mejor con la guita que están jugando acá”, explica. 

Después de 18 años detrás de una mesa, hay situaciones que para Carla ya forman parte de la rutina. Sin embargo, eso no significa que sean normales para quienes las observan por primera vez. Jugadores que pierden fortunas, personas que buscan dinero para volver a apostar, jóvenes que pasan la madrugada dentro del casino y familias que quedan atrás son algunas de las escenas que forman parte de su experiencia. Para ella, el mayor problema aparece cuando el juego deja de ser una elección y comienza a ocupar todo el espacio de la vida de una persona. 

—Si tuvieras que explicar qué puede generar la ludopatía… ¿Qué dirías? 

—Que es una enfermedad bastante fea. Te deja sin familia, sin trabajo. Hay gente que estaba bien, que tenía mucho dinero, que tenía familia y de repente los ves que están todos solos. Hay gente que va a jugar y está ahí porque no tiene dónde ir. No comen, no toman nada, se quedan dormidos y no quieren gastar un peso porque quieren jugarlo. 

La historia de Carla no está marcada solamente por las grandes pérdidas económicas. También por los jugadores que conoce desde hace años y que continúan regresando, por los jóvenes que recién empiezan y por quienes, pese a reconocer que tienen un problema, no consiguen alejarse del juego. Desde su lugar de trabajo, las escenas se repiten. Cambian los nombres, las cantidades de dinero y las edades, pero muchas veces el final vuelve a ser el mismo: perder, buscar dinero, intentar recuperar y volver a jugar. “Piensan que es plata fácil. Pero no es que el juego te va a dar plata. Si no te retirás, la vas a dejar ahí”, concluye Carla. 

En el oeste está el agite y también los clubes que luchan la lucha por sostener sus actividades

Por Julieta Borches y Tiziano Moreira

Las voces que se mezclan desde distintas canchas, el sonido de las pelotas golpeadas y el movimiento de gente que entra y sale forman parte de una escena cotidiana en los clubes de barrio. Para algunos, el club es un lugar donde se aprende a jugar, pero para otros es el punto de encuentro que acompaña gran parte de sus vidas.

En Villa Sarmiento, partido de Morón, el Centro Social y Recreativo Español lleva más de nueve décadas formando parte de esa historia. Fue fundado el 24 de junio de 1934 por inmigrantes españoles y nació como un espacio para reunirse y practicar deportes. A lo largo de los años, amplió sus actividades e instalaciones hasta convertirse en una institución que reúne a personas de distintas edades.

En Estanislao del Campo 989, la vida del club se reparte entre tres gimnasios, dos canchas de pádel cubiertas, dos quinchos, una cancha descubierta para baby fútbol, un buffet, vestuarios y una pileta climatizada.

A varios kilómetros, en Pontevedra, el club cuenta con otro predio para los entrenamientos y partidos de las divisiones inferiores de la AFA.

La institución también fue construyendo su identidad alrededor del fútbol. En 1959 se afilió a la AFA y durante años compitió en las categorías de ascenso, hasta que en 2023 se consagró campeón de la Primera D, lo que le permitió llegar a Primera C, categoría en la que participa actualmente.

Pero no todo es fútbol en el club. En sus instalaciones también se practican futsal masculino y femenino, baby fútbol, básquet masculino y femenino, natación, patín, gimnasia artística, taekwondo, waterpolo y ajedrez. Cada disciplina tiene sus propios horarios y necesidades.

Con estas nuevas incorporaciones deportivas, la cantidad de personas que se acercan al club también aumentó. “La cantidad de socios creció un montón, hoy contamos con una cifra variable de aproximadamente 1.500 socios”, contó Pablo Apezteguia, vicepresidente del club en diálogo con El Equipo.

Sin embargo, sumar socios no significa que las dificultades económicas vayan a desaparecer, porque mantener las instalaciones, pagar los servicios y financiar las obras necesarias requiere ingresos constantes. Además, Apezteguia señaló que el club dejó de contar con programas estatales.

“Perdimos el acceso al programa ‘Clubes en Obras’, que nos resultaba muy práctico para financiar proyectos de infraestructura, porque el Gobierno de Milei lo eliminó. Hoy en día, no recibimos fondos estatales ni provinciales para realizar obras”, explicó.

En cuanto a los aportes económicos que recibe, Apezteguia detalló: “La AFA otorga al club unos 10 millones de pesos mensuales, mientras que la Municipalidad de Morón aporta un promedio aproximado de un millón y medio de pesos al mes”.

Son ingresos que ayudan a sostener el funcionamiento de la institución, aunque no eliminan la necesidad de administrar los recursos y priorizar las inversiones. En un club con tantas disciplinas, las decisiones económicas repercuten en distintos sectores, desde el mantenimiento de las instalaciones hasta la posibilidad de incorporar mejoras.

Por eso, la diputada nacional Natalia Zaracho presentó un proyecto de ley para modificar la Ley 27.098, de Clubes de Barrio, con el objetivo de fortalecer a aquellas instituciones que atraviesan una crisis económica. La iniciativa plantea un ingreso mínimo por club de alrededor de 250 UVA mensuales, financiado a través de un aumento de las alícuotas aplicadas a las casas de apuestas deportivas online, con una escala del 10% al 30%, según el caso. También contempla la posibilidad de que ese monto se actualice de acuerdo con la inflación.

A su vez, una historia similar se repite a unas cuadras. En Ramos Mejía, el Lawn Tennis Club también construyó su historia a partir del deporte y la participación de los vecinos. Fundado en 1931, comenzó con una sede humilde de madera y techo de chapa, conocida como el «rancho del Lawn Tennis». Con los años, la institución creció y amplió su propuesta.

En la actualidad, ubicado en Esteban Echeverría 361, ofrece distintas actividades deportivas. Entre ellas se encuentran tenis, básquet, vóley, natación, taekwondo, tenis de mesa, artes marciales y otras propuestas físicas y recreativas. Sus actividades incluyen a niños desde los cuatro años y cuentan con equipos femeninos, masculinos y mixtos en distintas disciplinas.

El tenis fue el punto de partida, pero el crecimiento de la cantidad de socios impulsó la incorporación de otras propuestas, entre ellas el básquet, que con el tiempo adquirió un lugar importante.

Sin embargo, según Fabio Francini, exentrenador y actual psicólogo, los clubes de la zona tienen todos el mismo problema. “Ahora se está buscando en los clubes chicos, de barrio, que vuelva a ser el club donde alguien, de alguna manera, pasaba parte de toda la semana. Y lo que noto mucho es que hay muchos chicos en la calle, con la tecnología, y eso ha dejado un poco a los clubes acéfalos. Ese es el gran problema”, explicó.

Por otro lado, en El Palomar, el Club Atlético El Palomar forma parte de una historia todavía más antigua que la de muchas de las construcciones que hoy rodean sus instalaciones. La institución fue fundada en 1926 por iniciativa de un grupo de jóvenes interesados en practicar deportes. Durante sus primeros años, organizó equipos de fútbol que jugaban y competían en los baldíos de la localidad.

Después de pasar por distintas sedes, en 1948 adquirió los terrenos de la esquina de Marconi y Galán. El 23 de octubre de 1949 se colocó la piedra fundamental de la sede definitiva y, el 17 de diciembre de 1950, se inauguró el campo deportivo, que contaba con cancha de pelota paleta, buffet y sanitarios. Más adelante se incorporaron otras instalaciones, como las canchas de bochas, básquet y tenis.

La propuesta deportiva también se amplió. Entre las actividades que ofrece se encuentran básquet, fútbol, boxeo, patín artístico, artes marciales, taekwondo, judo y danzas. La institución se presenta como una entidad sin fines de lucro que busca ofrecer a niños y adultos un ámbito familiar para desarrollar actividades deportivas y culturales.

“Buscamos que los chicos sientan al club como su casa. Lo otro que buscamos es inculcarles valores y costumbres para la vida en sociedad. Trabajar a través del deporte cuestiones que después les van a servir para la vida”, contó Julio Ramírez, entrenador de básquet.

Club La Recova de San Martín, la cuna de un campeón del mundo

Por Victoria Tourn

Entre fábricas abandonadas, casas antiguas y poco tráfico, se encuentra la cuna de un campeón del mundo. Al bajar del Tren Urquiza, cruzar las vías y seguir las luces amarillas que iluminan las calles solitarias, se llega al Club La Recova, en el barrio de Villa Libertad, San Martín.

“Un círculo de amigos” es la frase que aparece en el escudo de la institución y la define, acompañada de los colores naranja y negro que pintan todo el club. En Almeyra 2540, hace 30 años, empezó a funcionar lo que hoy es un espacio de contención para muchos chicos.

La Recova nació del desprendimiento del club La Carpita, por diferencias entre sus dueños. Su nombre actual se debe al predio donde está ubicado, que antes era una cancha de pádel.

“Si quiere un campeón del mundo, entrénese… Mientras tanto, deje que su hijo juegue feliz”. El pequeño cartel junto a la cancha principal resume el espíritu de un club de barrio: un lugar para que los chicos compartan, se diviertan y jueguen.

Pero entre esas tardes de patear la pelota, había alguien que lo hacía diferente: Enzo Fernández. Sus hermanos jugaban ahí y él no se quedó atrás. En La Recova dio sus primeros pasos, desde caminar hasta pegarle a la pelota y ganar campeonatos. Ganó cinco con una categoría mayor que la suya, la 2000, pero era diferente.

“Ya pintaba para crack”, comenta Wilson Correa, vicepresidente del club y quien lo hizo debutar en diálogo con El Equipo. Además, su ausencia perjudicaba al equipo. Apagaban las luces de toda una cuadra para que llegara a tiempo a los partidos y pudiera ganarlos. Enzo se turnaba y también mostraba su magia en Parque Chas, un esfuerzo que lo llevaría a jugar en River Plate y, años más tarde, a Europa.

Hay un poquito de Enzo Fernández en cada rincón del establecimiento. Un mural suyo, levantando la Copa del Mundo, se encuentra en la pared verde que quedó de aquel espacio donde se jugaba al pádel.

En la cancha se realizan varias actividades: patín, vóley, kung fu, fútbol sénior e infantil. Esta última disciplina no compite en la liga local de San Martín porque la reglamentación exige que todos los jugadores tengan domicilio en el municipio. Por eso, participan en la liga de Tres de Febrero, un distrito ubicado a solo cuatro cuadras del club.

“Nosotros no podíamos jugar acá porque tenemos chicos de diferentes partes”, explicó el presidente del club, Sergio Oscar Cóceres.

Entre los objetivos de la institución está seguir creciendo y construir otra cancha para ampliar la oferta de actividades, según contó Cóceres.

Cuando una actividad cierra porque no se pueden sostener los costos, se rompe una parte del tejido social del barrio. El fútbol femenino también formó parte del club durante varios años, pero las chicas pedían horarios que ya estaban ocupados por el baby fútbol y la actividad dejó de realizarse por ese motivo.

“La prioridad son los más chicos”, explicó Roberto, encargado del kiosco.

Lo económico es un tema sensible para el club. Frente a las dificultades para sostener la institución, el apoyo de Enzo Fernández se vuelve fundamental. Donó las tribunas que se encuentran detrás del arco y que, por eso, llevan su nombre. También hizo regalos para festejar el Día del Niño, donó una bicicleta que luego rifaron y compró camisetas para los chicos.

“En un mundo donde se busca el individualismo y el sálvese quien pueda, los clubes de barrio son un ejemplo de todo lo contrario. Es un esfuerzo personal para ayudar a la comunidad”, comentó Fernando Moreira, intendente de San Martín. Además, destacó la importancia de que los chicos hagan amigos y la pasen bien.

Por eso, se creó “Mi Club, Nuestro Barrio”, un programa de la municipalidad que ayuda con las obras de los clubes, la regularización de la documentación para que estén al día y la capacitación de directores técnicos. La Recova forma parte de ese proyecto, pero muchas veces no alcanza.

La institución cobra una cuota de 2.000 pesos a los 260 socios activos para cubrir algunos gastos, como las medias de los chicos. Sin embargo, no están pendientes de quiénes pagan y quiénes no: es una comunidad.

Entre dos mesas con manteles naranjas, siete sillas negras, algunas más altas que otras, y paredes llenas de trofeos, se encuentra el paso obligatorio para entrar al club: el buffet. Al lado de esas copas también hay dos camisetas, una de River Plate y otra de la Selección, enmarcadas y firmadas por Enzo, que fueron regaladas por su papá, Raúl Fernández.

El humo de la parrilla, en un viernes ya anochecido, reúne a las familias y los amigos en aquel buffet.

“Veo el esfuerzo de los vecinos que trabajan para sostener la institución”, aseguró Fernando Moreira.

Se trata de fines de semana de dedicación, de levantarse temprano y organizar todo para que, a la hora del comienzo de los partidos de fútbol infantil, no falte nada. Las hamburguesas, las tortas para acompañar con el mate y la venta de entradas de valor mínimo los sábados son otras maneras de recaudar fondos.

“Muchas veces el club hace un sacrificio enorme para sostener una disciplina, una actividad o un comedor, porque no solo dejamos de prestar un servicio: estamos dejando a una persona sin un lugar de pertenencia”, afirmó Pedro Villarreal, presidente de la Unión Nacional de Clubes de Barrio.

Para evitar que esas puertas se cierren y ayudar a cubrir los gastos, cada vez más difíciles de afrontar, la diputada nacional Natalia Zaracho presentó un proyecto de ley que tiene como eje central la creación de la Tarjeta Club. Se trata de un monto mensual por institución de 250 UVA, una unidad cuyo valor se actualiza con la inflación.

El dinero está destinado a pagar facturas de servicios, comprar pelotas e indumentaria y hacer arreglos en las instalaciones. Para acceder al beneficio, los requisitos son simples: las entidades solo necesitan acreditar su trabajo social en el barrio y estar inscriptas en un registro básico, sin quedar afuera por no tener la personería jurídica al día.

La propuesta busca financiarse mediante un aumento de los impuestos a las casas de apuestas deportivas en línea, destinando esa recaudación directamente a los clubes de barrio.

En La Recova, los gastos que más impactan son los de luz y agua. Por eso, Sergio Cóceres dijo que está a favor de este proyecto de ley. “Ayudaría en todo, aunque sea un mínimo porcentaje”, comentó.

Junto con la comisión y los vecinos, busca que los jóvenes no solo vayan a realizar una actividad, sino que también quieran ir al club y desarrollen un sentido de pertenencia.

“Vemos que las apuestas mueven muchísimo dinero. Creemos que una parte de esos recursos tiene que volver a la comunidad y fortalecer a los clubes que todos los días trabajan para que los chicos tengan otra posibilidad”, declaró Villarreal.

Afuera, sobre la calle Almeyra, la vereda se llena de autos estacionados mientras la noche avanza. Los vecinos se saludan en la puerta, se cruzan abrazos y las charlas se estiran al ritmo del humo de la parrilla que sigue saliendo del buffet.

En Villa Libertad, la vida del barrio pasa por ahí. Porque, como sintetiza Pedro Villarreal, al final del día, el club de barrio es una institución social, deportiva y comunitaria. No es una empresa.

Clubes de barrio en la Ciudad: trabas burocráticas y desratización urgente

Por Lola Fariña

En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires hay 215 clubes de barrio registrados oficialmente, según los datos del Registro Único de Instituciones Deportivas (RUID) del Gobierno porteño. Estas instituciones enfrentan el desafío de sostener sus actividades y espacios en una ciudad donde los costos de funcionamiento aumentan y los recursos para afrontarlos no siempre alcanzan.

La Secretaría de Deportes otorga subsidios para proyectos deportivos, infraestructura, insumos y mantenimiento. En la convocatoria de 2024, el monto máximo previsto era de $2.000.000 por proyecto, y las instituciones debían afrontar con recursos propios cualquier diferencia.

Sin embargo, muchos de estos clubes no pueden acceder al subsidio por no contar con personería jurídica, un requisito que les impide obtener el reconocimiento oficial del Estado e inscribirse en el RUID. Según Natalia Zaracho, diputada del Frente Patria Grande, esta situación responde a trabas burocráticas.

Un ejemplo es la Asociación de Fomento de Parque Chas, que no cuenta con personería jurídica. Por ese motivo, carece del reconocimiento oficial por parte del Estado y no puede acceder al subsidio.

El Club La Floresta, fundado en 1897 sobre la calle Avellaneda al 3885, es el más antiguo de la Capital Federal. Cuenta con más de 100 miembros vitalicios y varios socios activos. Como muchas otras instituciones, se sostiene a través de las cuotas sociales, la escuelita de fútbol, el alquiler de sus salones, el natatorio y la organización de eventos.

Sin embargo, también enfrenta dificultades económicas. “La situación es bastante ajustada, estoy luchando para conseguir subsidios”, declaró Arnaldo Miranda Tumbarello, presidente del club.

Candela y Sofía, dos jóvenes que practican fútbol los martes a las 19, aseguran haber visto ratas en reiteradas ocasiones dentro del establecimiento. “No hay fumigación desde hace años”, afirmó Lautaro Freyre, profesor de fútbol femenino del club.

La falta de recursos no solo condiciona la posibilidad de sostener las actividades deportivas, sino también el mantenimiento de los espacios donde se desarrollan. Entre los gastos cotidianos y las dificultades para acceder a la ayuda estatal, los clubes de barrio deben encontrar la manera de seguir funcionando.

Las barreras legales para los clubes de barrio y un antecedente que puede abrir puertas

Por Lisandro Torres Pagani, Katrina Botta y Agustín González

Los clubes de barrio cumplen una función que excede lo deportivo: son espacios de encuentro, recreación y actividades comunitarias. Sin embargo, muchas instituciones atraviesan dificultades económicas y administrativas para sostener gastos de funcionamiento, mantenimiento, infraestructura y equipamiento. En este contexto, durante 2026 se presentó en la Cámara de Diputados un proyecto impulsado, entre otros legisladores, por Natalia Zaracho para fortalecer el Régimen de Promoción de los Clubes de Barrio y de Pueblo.

La iniciativa se vincula con la Ley 27.098, que creó el Régimen de Promoción de los Clubes de Barrio y de Pueblo. La norma contempla a instituciones sin fines de lucro dedicadas principalmente al deporte amateur y reconoce también su función educativa, cultural y comunitaria.

La iniciativa fue presentada inicialmente en julio de 2026 como expediente 3382-D-2026, con Zaracho entre sus firmantes, pero posteriormente fue retirada. Al día siguiente se presentó el expediente 3386-D-2026, de contenido y título coincidentes, nuevamente con Zaracho como autora. El proyecto propone modificar las leyes 27.098, 27.211 y 27.346.

El eje de la propuesta es la creación de una prestación económica mensual denominada Tarjeta Club, destinada a cubrir gastos de funcionamiento, mantenimiento, infraestructura, equipamiento y otras necesidades relacionadas con las actividades deportivas y comunitarias.

La principal fuente de financiamiento serían los impuestos aplicados a las apuestas deportivas online. El proyecto plantea una alícuota del 10% sobre el dinero neto depositado por los apostadores, con modificaciones según determinadas condiciones de las empresas y sus inversiones en Argentina.

Todos los clubes recibirían automáticamente la misma cantidad. El organismo encargado del área deportiva establecería criterios de distribución teniendo en cuenta factores como el tamaño de la institución, su situación económica y social, su ubicación y sus necesidades. La intención sería adaptar la ayuda a las distintas realidades de cada club.

La propuesta se diferencia de un subsidio tradicional porque busca crear una prestación mensual con un mecanismo de financiamiento específico y criterios de distribución. Además, se plantea establecer controles para comprobar que los fondos sean utilizados efectivamente en los clubes y en las finalidades previstas.

Para acceder al registro, los clubes deben cumplir determinados requisitos: tener personería jurídica vigente que les permita actuar como sujetos de derecho y adquirir obligaciones en nombre propio, tener un domicilio legal en Argentina y contar con una antigüedad mínima de tres años y entre 50 y 2.000 asociados.

Pedro Villarreal, presidente de la Unión de Clubes de Barrio, destaca la importancia de aquellas instituciones que no cuentan con personería jurídica y quiere que puedan ser reconocidas como tales. A raíz de la quita de subsidios y el desfinanciamiento durante el gobierno de Javier Milei, Villarreal se ha manifestado en múltiples ocasiones para visibilizar las dificultades que atraviesan los clubes en el día a día por este motivo.

“Hoy tenemos miles de clubes que hacen un trabajo enorme en los barrios, pero que no pueden acceder a la personería jurídica porque el sistema les exige una cantidad de trámites, tiempo y recursos que muchas veces no tienen. Y se termina dando una paradoja: los clubes que más necesitan el acompañamiento del Estado son muchas veces los que quedan afuera de los programas justamente por no tener los papeles en regla. Por eso creemos que hay que simplificar y facilitar el acceso a la personería jurídica”, cuenta el presidente en diálogo con El Equipo.

Pedro Villarreal insiste en la importancia de cumplir con esta ley. “Lo que necesitamos es que se cumpla y se fortalezca la Ley 27.098, que haya una tarifa acorde al rol social de los clubes, programas de financiamiento e infraestructura y, fundamentalmente, que el Estado facilite la regularización de las instituciones. No podemos pedirle a un club de barrio que funcione con el esfuerzo de sus vecinos y que tenga la misma estructura administrativa que una gran institución”.

En 2026 también existieron dificultades relacionadas con el reempadronamiento y el acceso a beneficios. Una disposición oficial extendió los plazos debido a que no se había completado la inscripción de todas las instituciones que podían estar alcanzadas por el régimen. Esto muestra que, además del problema económico, los clubes enfrentan dificultades administrativas para acceder a determinadas políticas estatales.

Las dificultades económicas de los clubes también se reflejan en el funcionamiento cotidiano de las ligas amateurs. Gastón Rey, vinculado al ámbito de estas instituciones, describe un escenario en el que los ingresos muchas veces no alcanzan para cubrir los gastos. El traslado de los equipos, la ambulancia, la policía y los árbitros representan costos que deben afrontarse para garantizar la participación y el desarrollo de las competencias, en un contexto social desfavorable.

En ese escenario, la cuota social no siempre alcanza para sostener las actividades. Rey explica que el valor puede ser de $4.000 por persona, pero muchas familias no llegan a pagarlo o deben priorizar otras deudas y necesidades. Frente a esa realidad, las instituciones suelen permitir que los chicos continúen participando, incluso cuando acumulan meses de deuda. La decisión responde a una función que va más allá de lo económico: evitar que las dificultades familiares impidan que los chicos sigan participando de las actividades del club.

En algunos casos, estos espacios representan mucho más que un lugar para practicar deporte. Según Rey, hay chicos que encuentran ahí su única comida del día y un ámbito que les permite alejarse, al menos por unas horas, de las dificultades que atraviesan. Por eso, sostener las actividades también significa ofrecer contención, generar vínculos y brindar oportunidades en contextos complejos.

Para cubrir los gastos que no pueden afrontar con los ingresos habituales, los clubes recurren a rifas, eventos solidarios y otras actividades para recaudar fondos. El dinero se destina a viajes, mejoras en los vestuarios, compra de indumentaria y trofeos, además de permitir que distintas disciplinas puedan seguir compitiendo. Quizá no pasa tanto con el fútbol, pero sí en actividades como danza, patín y básquet. La colaboración de las familias y de la comunidad resulta fundamental. Cuando un chico atraviesa una situación particular, también suelen organizarse para ayudarlo con los recursos disponibles.

El impacto de un eventual cierre o de la reducción de las actividades no sería únicamente deportivo. Para Rey, significaría dejar a muchos chicos sin un espacio de acompañamiento y sin la posibilidad de imaginar otras alternativas para su futuro. Su reflexión resume el alcance social de estas instituciones: “Un pibe en el club es un pibe menos en la calle”.

La relación entre apuestas deportivas y financiamiento del deporte tampoco sería completamente nueva en Argentina. Existe un antecedente histórico: el PRODE, creado por la Ley 19.336 durante el gobierno de facto de Alejandro Agustín Lanusse, en 1971, e impulsado por el ministro de Bienestar Social Francisco Manrique.

El PRODE buscaba legalizar los pronósticos deportivos y destinar parte de los recursos al deporte. La primera jugada se realizó el 27 de febrero de 1972, con un valor de $1 por apuesta, y consistía en pronosticar los resultados de partidos de fútbol, generalmente 13 encuentros.

La distribución establecida por la ley era la siguiente: 37% para premios, 12% para comisiones de los agentes, 7% para gastos de explotación, 7% para el fútbol argentino, 1% para las ligas del interior y 1% para Futbolistas Argentinos Agremiados.

Después de distintas suspensiones y regresos, incluido uno en 2001, el PRODE perdió rentabilidad y terminó definitivamente el 2 de febrero de 2018, tras la disolución de Lotería Nacional.

El antecedente permite observar que la legislación argentina ya había vinculado las apuestas deportivas con el financiamiento de entidades relacionadas con el deporte. La diferencia es que el PRODE era un sistema estatal de pronósticos deportivos que distribuía parte de su recaudación mediante porcentajes fijados por ley, mientras que la propuesta de 2026 busca utilizar recursos obtenidos mediante impuestos a las apuestas online para financiar directamente una prestación destinada a los clubes de barrio.

Así, la discusión actual combina dos problemas: la necesidad de generar recursos para instituciones que cumplen una función deportiva y social y la búsqueda de mecanismos para que esos recursos lleguen a los clubes y sean utilizados de manera controlada. La propuesta de Zaracho retoma un vínculo que tiene antecedentes históricos en Argentina, pero lo adapta al escenario actual de las apuestas deportivas online y las necesidades económicas de los clubes de barrio.

Fernando Moreira, intendente de San Martín: “Es importante que los clubes de barrio puedan tener algún tipo de subsidio”

Tobías Foigelman

Fernando Moreira nació el 28 de julio de 1968 en San Martín, partido del cual es el intendente en la actualidad. Se recibió de economista en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires en 1991 y siete años después comenzó su historia en la política nacional. Sus inicios fueron como concejal del partido de San Martín, cargo que ocupó hasta diciembre de 2011. Ese mismo año pasó a ser secretario de Gobierno del mismo partido, donde permaneció durante tres años. En diciembre de 2013 asumió como senador de la provincia de Buenos Aires, hasta que terminó su mandato en 2017 y fue nombrado jefe de Gabinete del partido de General San Martín. Dos años después, se impuso en las elecciones para intendente, con mandato hasta 2027.

—¿Cuál es tu opinión sobre la ley propuesta por la diputada Zaracho en el Congreso, en relación con la ayuda a los clubes de barrio mediante impuestos a las casas de apuestas online?

—En líneas generales, me parece correcto. Primero, porque me parece que está bien tener una política de fomento a los clubes deportivos y ahí hay un lugar desde donde se puede financiarlos.

—¿Se te ocurre alguna otra idea para colaborar con los clubes?

—Gran parte de los problemas económicos que tienen los clubes de barrio es tener que pagar las tarifas de los servicios. Como generalmente son terrenos grandes, es importante que ese tipo de instituciones puedan tener algún tipo de subsidio o solución para este problema, que es muy profundo. Hay que entender y valorar el rol de los clubes para poder pensar en políticas públicas.

—¿Creés que los dirigentes tienen buenas gestiones en sus clubes de la zona?

—En general, creo que sí, aunque siempre hay algún caso en el que se apropian del club y dejan de hacer muchas actividades. Pero la gran mayoría cumple con sus funciones con un trabajo gigantesco, por vocación de servicio, y eso es muy valioso. En una comunidad que recibe cada vez más estímulos hacia el individualismo, ellos son un ejemplo de todo lo contrario, ya que dan su esfuerzo personal para ayudar a la comunidad, sobre todo a los más jóvenes, que van a los clubes a realizar deporte, pero también a desarrollarse como personas. Además, trabajamos mucho con la capacitación de los técnicos, ya que, por lo general, son los chicos más grandes del club o los mismos padres quienes les enseñan a los más chicos.

—¿Cuál creés que es la mayor dificultad que atraviesan los clubes de barrio?

—Obviamente, tienen la dificultad económica, pero también empiezan a tener restricciones de espacio porque, generalmente, tienen una cancha donde deben entrenar todas las categorías de los deportes. En algunos casos, tienen la posibilidad de alquilar esa cancha a la noche para obtener unos ingresos extra, ya que no tienen la capacidad física de absorber a más chicos. Si tuvieran la oportunidad de sumar otra cancha, podrían ampliar la oferta.

—¿Los presidentes de los clubes tienen un canal de comunicación directa con la municipalidad?

—Sí, nos comunicamos con los clubes todo el tiempo, conocemos a todos. Nos comunicamos con ellos, ya sea por teléfono o en persona, para solucionar sus inquietudes casi a diario. Además, hay un ámbito en el municipio que se encarga de estar en contacto permanente con ellos.

—¿Cómo impacta en el fondo municipal la reducción de los fondos para las obras públicas?

—Sí, obvio. La situación económica está compleja en general. Además de la actividad económica, las industrias están cerrando y los comercios venden menos; todo está mal. Eso afecta a los ingresos municipales. Además, la obra pública nacional es fundamental para el desarrollo de los municipios porque hay muchas obras que no se pueden encarar solamente con nuestros fondos. Esta situación crítica también atenta contra el fondo que tenemos para los clubes. En este momento, estamos haciendo menos cosas que en los años anteriores.

—¿Por qué creés que los clubes son importantes para el desarrollo de los chicos?

—Principalmente, porque les permiten estar con otros chicos y tener la posibilidad de jugar, pasarla bien, divertirse o hacerse nuevos amigos. Eso es indudablemente muy beneficioso para ellos, además del desarrollo físico, que es muy importante. El desarrollo social es fundamental: que se relacionen con otros y compartan con ellos, sobre todo en esta época, en la que los chicos están cada vez más con los dispositivos electrónicos en sus casas y juegan con sus amigos a distancia. No tienen esos lugares de encuentro donde pueden jugar sin intermediarios.

—¿Fuiste a algún club de barrio cuando eras chico?

—Sí, fui al Club Social San Martín, un club muy chiquito del centro de la ciudad porque tenía pileta y una canchita. En el verano iba todos los días al mediodía, o a veces antes, y no volvía a mi casa hasta la noche. Era mi segunda casa. Todavía tengo amigos de esa época que eran del club; todavía nos juntamos de vez en cuando.

Natalia Zaracho: “Los clubes de barrio están peor que en la crisis de 2001”

Por Agustín González Sánchez Jáuregui 

La Diputada Nacional por Unión por la Patria Natalia Zaracho presentó un proyecto de ley mediante el cual se buscan facilitar mecanismos de regularización institucional para aquellos clubes barriales que cumplen una función social clave pero que todavía no logran formalizar o mantener sus personerías debido a trabas burocráticas o costos y financiarlos mediante un porcentaje del impuesto a las casas de apuestas online. Zaracho mostró su bronca e indignación por la situación actual que atraviesan los clubes de barrio ante las políticas del gobierno de Javier Milei que considera que dejan en último lugar a quienes más lo necesitan.

—¿Qué sensaciones te produce ver la situación actual de los clubes de barrio?

—Indignación. Por ejemplo, durante el Mundial fuimos a recorrer el club de Enzo Fernández (NdR: Club La Recova, de Villa Libertad, San Martín) para ver cómo estaba luego de haber sacado un campeón.

—¿Y cómo lo viste?

—No tiene personería jurídica. No reciben un mango del Estado, tienen cada vez más pibes y tenían problemas para pagar los servicios. Me fui con un sabor amargo. También me contaron que igualmente a veces recibían donaciones de la familia de Enzo y que fue al club. Pero pensaba que me iba a encontrar con un club más desarrollado. Y yo vengo de Fiorito, paso todos los días por la cancha donde empezó a jugar Maradona y por más que el predio sea lindo debería tener mayor desarrollo.

La personería jurídica les permite a los clubes de barrio ser reconocidos por el Estado como tal y recibir apoyo económico. Actualmente, por ley, solo acceden a tarifas sociales y subsidios aquellos clubes que integran el sistema formal y cuentan con personería jurídica. Son, apenas, el 31,8% del total.

—¿Es muy difícil conseguir la personería jurídica?

—Si, muy difícil. Nosotros ponemos en valor la ley que ya existe, lo que buscamos es ampliarla. Que la ayuda llegue a los clubes que no la tienen que hoy día no se sabe cuántos son.

—¿Esto que permitiría?

—Que tengan acceso a algo tan básico como una pelota. A los beneficios que plantea el estado de contención e infraestructura.

La oriunda de Villa Fiorito relata su historia y cuenta cómo esta realidad la vivió en primera persona por formar parte de la comisión de madres de un club antes de llegar al Congreso. Sabe que pasa en un club, quién lo sostiene y qué función cumple. Zaracho contó que al inicio de su mandato planeó que su agenda fuera ¨50/50¨, mitad de los días en la cámara y mitad recorriendo los barrios populares. A través de esos recorridos, que aclara que no solamente son en la provincia de Buenos Aires sino en todo el país, notó la necesidad de un proyecto como el que presentó.

—¿Recorriendo clubes de barrio por las diferentes provincias del país, reconoces que las realidades son aún más duras que las de los que residen en Buenos Aires?
—Mucho más duras.

Natalia Zaracho asumió el puesto en 2021 cuando el presidente era Alberto Fernández y reconoce que durante aquel mandato quedó mucho por hacer.

—¿Creés que en ese momento los clubes estaban mejor?
—Fui muy crítica en el gobierno de Alberto Fernández, creo que había muchas cosas que podíamos mejorar y profundizar. Claramente no lo conseguimos y por eso perdimos. Los clubes de barrio estaban golpeados, sin embargo, en nuestro país esta situación no la vi ni en el 2001.

No te mueras, club de barrio: que la crisis la paguen las casas de apuestas

Por Juana Enrico

Los clubes de barrio desempeñan un papel fundamental e incalculable en el entramado social de la comunidad argentina. Su importancia se vuelve aún más evidente en el caso de los niños, niñas y adolescentes, quienes encuentran en estos espacios no solo la posibilidad de acceder a la práctica deportiva, sino también un ámbito de pertenencia, acompañamiento y contención.

Si estas razones no fueran suficientes para comprender la necesidad de preservar y fortalecer las instituciones barriales, resulta igualmente imprescindible preguntarse dónde se encuentran aquellos pibes y pibas de sectores más vulnerables cuando las puertas del club permanecen cerradas. Solos. En la calle. Expuestos a los innumerables peligros que supone esa deriva.

En un presente signado por el auge del pluriempleo, se vuelve cada vez más habitual que la crianza transcurra sin papá y mamá en casa. No por falta de amor o de voluntad, sino porque la realidad de muchísimos argentinos impone jornadas laborales interminables para llevar un plato de comida a la mesa todas las noches o, sencillamente, para llegar a fin de mes.

En ese contexto, el club de barrio adquiere una dimensión que excede largamente la de un espacio destinado a jugar a la pelota: un día más de entrenamiento, muchas veces, es un día menos en la calle. Una idea que también aparece en las palabras de la diputada nacional Natalia Zaracho, integrante del Frente Patria Grande y del bloque de Unión por la Patria.

“¿A dónde van los pibes cuando están solos? Soy de las que cree que ahí tiene que estar el Estado. No podemos dejar que los formen la calle, los narcos, el celular o las apuestas deportivas. Ahí tienen que estar los espacios recreativos. Todas las medidas de este Gobierno afectaron a los clubes de barrio y, por consecuencia, a los chicos”, contó en una entrevista con El Equipo.

Pero las instituciones que sostienen esa red de contención también están en peligro. Los clubes de barrio atraviesan una profunda crisis financiera y operativa, agudizada por el fuerte aumento de las tarifas (subieron cerca del 53% en los últimos doce meses) y por los altos niveles de morosidad en el pago de las cuotas sociales, que constituyen el principal —y, en muchos casos, el único— ingreso.

Como advierte Pedro Villarreal, presidente de la Unión Nacional de Clubes de Barrio, “cuando una actividad se cierra, no se pierde solamente una disciplina deportiva, se pierde un espacio de contención”.

En el afán de no dejar a ningún chico afuera por el atraso o la imposibilidad de pagar la cuota, las comisiones directivas, los vecinos y los propios socios hacen malabares: organizan colectas solidarias, rifas y todo tipo de iniciativas, y hasta golpean puertas en busca de alguna colaboración que les permita evitar un embargo o, peor aún, el cierre definitivo de sus sedes.

Y están también los que ponen el cuerpo todos los días. Entrenadores y profesores que sostienen sus actividades muchas veces por amor a lo que hacen, más que por un sueldo que, en ocasiones, resulta escaso o directamente inexistente. Personas que, aun en medio de las dificultades, siguen poniendo tiempo, esfuerzo y vocación para que la pelota siga rodando. Para que se pueda soñar con una cuarta estrella.

Porque también vale la pena detenerse en algo que, casi siempre —y siendo generosos—, queda en segundo plano: ¿de dónde salieron los jugadores que hoy se celebran, los que levantan títulos y títulos, los que hacen estallar un país entero con un gol? De los clubes de barrio, claro.

Sin ellos no hay sueños de Mundial. Los veintiséis jugadores de la Selección Argentina que se consagraron campeones del mundo en Qatar 2022 dieron sus primeros pasos en humildes clubes de barrio. Todos. Incluso Lionel Andrés Messi.

Entonces, quienes no estén a favor de resguardar estos espacios, que no se pongan la albiceleste. Que no griten los goles ni coreen, orgullosos, “Muchachos”. O que lo hagan sin olvidar lo que hay detrás de esa camiseta.

Sobre ese escenario, Zaracho presentó un proyecto de ley que busca fortalecer a las instituciones barriales y ampliar las herramientas con las que cuentan para sostenerse. La propuesta se articula en torno a dos ejes principales: la creación de la Tarjeta Club, destinada a financiar parte de sus gastos, y la incorporación de más instituciones al régimen del derecho de formación deportiva.

Actualmente, por ley, solo acceden a tarifas sociales y subsidios aquellos clubes que integran el sistema formal y cuentan con personería jurídica. Son, apenas, el 31,8% del total, mientras que el 68,2% restante funciona por fuera de ese esquema.

Por eso, el derecho de formación deportiva de los más de 3.100 clubes es parte del eje central. El proyecto busca que también puedan acceder a este mecanismo aquellos que no tienen personería jurídica. Así, cuando un jugador formado en una de estas instituciones llegue al fútbol profesional y genere una compensación económica, esos recursos serían destinados a fortalecer las políticas deportivas de la provincia donde funciona el club.

Por otro lado, la Tarjeta Club sería una prestación económica mensual destinada a cubrir gastos de funcionamiento, mantenimiento, infraestructura y equipamiento. Los recursos surgirían de un aumento de los impuestos a las apuestas deportivas online, con alícuotas que irían del 10% al 30%, según el origen de los fondos y la jurisdicción donde esté radicada la empresa.

La propuesta resulta, cuanto menos, interesante, especialmente si se tiene en cuenta el auge de las apuestas deportivas y la preocupante naturalización social de esta práctica. En este sentido, su implementación no solo podría contribuir al fortalecimiento y crecimiento de los clubes de barrio, sino también constituir una forma de compensar, en parte, el impacto social negativo asociado a esta actividad. Y una estrategia diferente a la adoptada por Lula da Silva, presidente de Brasil, que tomó la decisión de prohibir las apuestas deportivas y pagó el costo político en la primera vuelta de las elecciones en busca de su reelección (quedó a dos puntos de Flávio Bolsonaro y habrá ballotage).

Pero la idea no cosecha el mismo entusiasmo en todos los sectores, mucho menos la consideran fundamental. El diputado libertario y extenista Diego Hartfield —quien, paradójicamente, pasó dos años en el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CeNARD) con una beca del Estado— cuestionó la iniciativa durante una reunión informativa de la Comisión de Deportes: “Entendemos que pueden estar pasando por momentos difíciles, y eso se entiende. Lamentablemente, vivir de subsidios puede tener sus costos, como pagar la energía por un valor menor que el que vale”. El Equipo se puso en contacto con el diputado, pero optó por no dar declaraciones.

Actualmente, el proyecto “Clubes de Barrio y Pueblo” —presentado en agosto— se encuentra a la espera de tratamiento legislativo. “Si bien recibimos apoyo de otros sectores como Marcela Pagano, de La Libertad Avanza, nosotros sabemos que, en este contexto, es muy difícil que salga”, expresó Zaracho.

Aun cuando su aprobación parezca lejana, que el proyecto consiga instalarse en la agenda legislativa ya es un paso adelante. Porque, antes de pensar en soluciones, hace falta que la situación de los clubes tenga un lugar real en la discusión pública.

Las preocupaciones de esta generación

Apenas un botón de muestra. Cincuenta alumnos de dos comisiones de segundo año de Tea y Deportea tenían que elegir las que creen son las mayores preocupaciones de su generación. Cercanos todos a los 20 años de edad, listaron tres propuestas cada uno y luego lo pusieron en común.

Las dos opciones más votadas, por lejos fueron ‘No tener proyección de futuro’ y la adicción a las apuestas y la ludopatía. El podio de máximas preocupaciones lo completa la angustia de sentirse cada vez más solos a pesar de estar hiperconectados, seguida de cerca por la salud mental en sus diversas formas.

Y ya con menos votos, asoman luego otras como el mal uso de las redes y de las inteligencias artificiales (grooming, suplantación de imágenes), la sobreestimulación que atenta contra el aprendizaje, el peso de la apariencia y la postergación de la paternidad/maternidad.

La premisa una vez consensuados los temas fue hacer periodismo.

Tras largas charlas en clase, los alumnos empezaron a pensar cuál era la mejor manera no sólo de abordar estas cuestiones, sino cómo contarlas. En medio de aquellas jornadas se escuchó entre los bancos un “Todos siempre preguntan qué tenemos los jóvenes en la cabeza, pero nunca nos lo preguntan. O lo hacen para cumplir, sin prestar atención o querer escuchar la respuesta”.

Entonces redoblaron la apuesta. Entrevistaron profesionales, buscaron historias de vida e intentaron transformar sus preocupaciones en piezas de comunicación que aporten al debate público. Se pusieron de frente a sus propias preocupaciones y salieron a buscar respuestas.

El resultado es la siguiente galería de entrevistas que ayudan a pensar cada una de estas problemáticas, con los propios jóvenes como interlocutores. Pasen y vean.

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