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Club Mercedes, la institución social y deportiva más antigua de la Argentina

Por Martín Fusaro

Fundado en 1875, el blanquinegro construyó su identidad como el club deportivo más antiguo de nuestro paìs entre reuniones sociales, campeonatos regionales, fusiones y cambios en el fútbol argentino. Su llegada a la Primera C, después de la desaparición de la D, abrió un nuevo capítulo en una historia marcada por la capacidad de adaptación.

La historia del Club Mercedes comenzó mucho antes de que el fútbol se convirtiera en una pasión masiva en la Argentina. El 12 de mayo de 1875, el doctor Manuel Lanchenhein fundó el Club Social en la esquina de las calles 20 y 29 de la ciudad bonaerense homónima. En sus primeros años, la institución fue un espacio de encuentro para las familias tradicionales de la localidad. Las reuniones, conferencias, banquetes y bailes ocupaban un lugar central en la vida de una entidad que todavía no tenía al deporte como principal protagonista. Su longevidad lo convertiría en una referencia histórica del fútbol argentino, aunque el nacimiento de la institución y la conformación del club deportivo actual corresponden a etapas diferentes.

El cambio decisivo llegó en 1935. El Club Social se fusionó con el Club Deportivo Mercedes, fundado en 1922 y vinculado con la práctica del fútbol. De esa unión nació la institución que daría continuidad al nombre y a la trayectoria del blanquinegro. La transformación acompañó una época en la que los clubes dejaron de ser únicamente espacios de sociabilidad para consolidarse también como centros deportivos, con equipos, competencias y una identidad que se transmitía entre generaciones.

Durante las décadas siguientes, Mercedes desarrolló buena parte de su recorrido futbolístico en el ámbito regional. La Liga Mercedina fue el escenario de sus rivalidades y conquistas, pero también una plataforma para proyectarse hacia competencias de mayor alcance. El club participó en torneos regionales y federales, entre ellos el Torneo del Interior y el Argentino B, sin integrar de manera directa la estructura de categorías de la AFA. Esa diferencia resultaba determinante: competir en certámenes nacionales no era lo mismo que formar parte estable del sistema de ascensos y descensos administrado por la asociación.

La capacidad de adaptación también quedó reflejada en sus cambios institucionales. Entre 1981 y 1986, el club compartió un proyecto futbolístico con Del Progreso bajo el nombre de Mercedes del Progreso. La unión conquistó los campeonatos mercedinos de 1981, 1984 y 1985. Después, Mercedes retomó su identidad habitual y continuó compitiendo en el torneo local. No fue una continuidad lineal: hubo alianzas, reconstrucciones y temporadas en las que el camino dependió de las oportunidades que ofrecían las distintas estructuras del fútbol argentino. Sin embargo, el club conservó su lugar en la vida deportiva de la ciudad.

Entre la frustración y el desahogo

Por Giuliana Ludovico

El fútbol argentino trasciende lo deportivo. Es un terreno apasionado, pero, sobre todo, un canalizador de tensiones donde la emoción habita en estado puro.

Como señala el psicoanalista Gabriel Rolón, el enojo desmedido aparece casi siempre como una respuesta directa a una frustración no digerida. Para el hincha, la cancha deja de ser un espectáculo para convertirse en un escenario de descarga, donde se olvidan las presiones, las insatisfacciones y los vacíos de la vida cotidiana. Cuando el equipo pierde o una jugada sale mal, el insulto al árbitro o al jugador funciona como un atajo.

El caso de Santiago “Tano” Pasman durante la Promoción que River jugó en 2011 refleja con exactitud la pérdida del control y el choque contra la realidad. Frente a la pantalla del televisor y sin posibilidad de incidir en la cancha, el hincha descarga en insultos una impotencia insostenible. La frase “No, no, ¡estamos en la B!”, repetida compulsivamente, deja en evidencia cómo una pérdida deportiva se vive como una amenaza directa al mundo interior del hincha. En ese momento, la angustia individual de la vida cotidiana queda tapada por el dolor del resultado futbolístico.

El hincha se queda con la bronca del resultado, pero en el fondo lo que no tolera es la impotencia de no tener el control. Por eso hasta busca dar indicaciones desde la tribuna sobre cómo tiene que jugar el equipo. La frustración aparece en ese choque frontal entre el deseo individual de triunfar y una realidad que no responde a él, porque depende de los que están dentro de la cancha.

La hinchada es el refugio de la gente: la furia colectiva alivia la responsabilidad individual. Y aunque es verdad que un partido no soluciona los problemas de fondo, en medio del desgaste del día a día el fútbol aparece como esa última ilusión a la que nos aferramos para salvar la semana. Ganar no arregla la vida, pero da una tregua sagrada: un domingo de alegría alcanza para aliviar el peso de todo lo demás y juntar impulso para volver a empezar.

Cestoball: historia, expansión y presente de un deporte argentino

Por Agustina Andrada

El cestoball es un deporte en el que se enfrentan dos equipos de seis jugadores cada uno, en un campo de 28 metros de largo por 16 de ancho, con un cesto en cada extremo. Cada cesto está ubicado dentro de la cancha, a cinco metros de la línea de fondo, lo que permite encestar desde cualquier punto a su alrededor. La pelota no puede picar y se traslada mediante pases entre los integrantes de cada equipo.

El deporte se originó en Argentina, de la mano del profesor de Educación Física Enrique Romero Brest, bajo el nombre de Pelota al Cesto, y comenzó a practicarse en las escuelas. En 1897 este profesor correntino estableció las primeras reglas de la disciplina y el 17 de marzo de 1903 quedó formalizado como deporte oficial en los colegios secundarios. Aunque estaba pensado para ambos sexos, su propósito explícito era diseñar un deporte de conjunto que se adaptara al desarrollo psicofísico de la mujer en las escuelas y los cursos de profesorado. Sus reglas y características respondían a los ideales de feminidad de aquella época, ya que evitaban el contacto físico intenso, los choques y los movimientos considerados poco delicados para las mujeres.

Los docentes que participaban de estas clases aprendían a jugar al cesto y luego trasladaban la práctica a las escuelas. Con el tiempo, el deporte también comenzó a incorporarse a los clubes. El crecimiento y la importancia que adquirieron los campeonatos de Pelota al Cesto favorecieron su vinculación con el vóley, que comenzaba a difundirse en aquella época. En 1932 se fundó la Federación Argentina de Voleibol y Pelota al Cesto (FAVC).

El 10 de julio de 1952 se fundó la Confederación Argentina de Pelota al Cesto. Décadas más tarde, en 1974, comenzó a impulsarse su difusión fuera del país. En 1985 se realizaron modificaciones en el reglamento y se oficializó el cambio de nombre de Pelota al Cesto por Cestoball. La nueva denominación buscaba mantener el término cesto, propio del idioma del país de origen, e incorporar la palabra inglesa ball, con el objetivo de favorecer su difusión internacional. La nueva identidad y las modificaciones reglamentarias entraron en vigencia el 1 de enero de 1986.

En ese contexto, también se creó la Confederación Internacional de Cestoball (CBI), cuya presidencia quedó a cargo del suizo Rolf Würgler y la vicepresidencia, de la argentina Sara Closas.

Desde entonces y hasta fines de la década de 1990, el cestoball continuó expandiéndose internacionalmente, con giras por América y Europa. En julio de 1994 se disputó una Copa del Mundo en Corrientes, Argentina, en la que el seleccionado nacional se consagró campeón, seguido por Bolivia y Suiza, que completaron el podio.

En 2018, la Confederación Argentina de Cestoball inició contactos con India, país que manifestó interés en incorporar la disciplina. Este acercamiento abrió las puertas a su expansión en Asia, donde en 2019 se realizaron competencias continentales. A su vez, la práctica en ese continente despertó el interés de países africanos y favoreció la reactivación de la actividad en América, en un proceso de reorganización institucional a nivel mundial.

A pesar de su crecimiento competitivo, el cestoball continúa siendo un deporte amateur debido a las dificultades económicas y estructurales que enfrenta. La escasa presencia en los medios de comunicación limita la llegada de patrocinadores y, por lo tanto, los recursos necesarios para sostener contratos profesionales. A esto se suma la dependencia económica de los clubes, que se apoyan principalmente en las cuotas sociales y el esfuerzo de sus integrantes para mantener la actividad.

El 25 de mayo de 2023, el seleccionado argentino alcanzó un hito histórico al consagrarse campeón mundial en ambas ramas durante la Copa del Mundo disputada en Bangalore, India. El equipo femenino derrotó a las anfitrionas por 83-56, mientras que el conjunto masculino también se impuso ante India, por 75-61.

La delegación femenina, dirigida por Manuela Ledo, estuvo integrada por Candela Cicchinelli, Caterina Cicchinelli, Sol Débole, Paula Ferraro, Carla Gerbaudo, Valeria Gaccio, Chichi Labake, Belén Ladogana, Clara Ladogana, Juliana Miño, Micaela Oreiro y Emilia Sabio.

Por su parte, el plantel masculino, conducido por Melina Véliz, estuvo conformado por Franco Corno, Maximiliano Cuva, Bruno Fernández, Santiago Frontera, Tomás Frontera, Luis Marchetti, Ricardo Marturet, Martín Sampaolesi, Gonzalo Suárez, Lionel Tijera, Federico Véliz y Pablo Véliz.

En la actualidad, el cestoball continúa desarrollándose en el ámbito nacional a través de sus competencias de clubes. En octubre de 2026, Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque (GEVP) se consagró campeón de la Liga Nacional de Cestoball de Primera Femenina, disputada en Necochea, mientras que, en la rama masculina, el título de Primera quedó en manos del club Hijitus.

Con una historia que se remonta a las escuelas argentinas y una trayectoria marcada por su expansión internacional, el cestoball continúa construyendo su presente a través de sus clubes, sus seleccionados y el crecimiento de sus competencias.

El día que la policía quiso llevarse preso a Varallo en pleno Superclásico

Por Max Zager

El histórico Superclásico entre los dos clubes más grandes del país lleva consigo una rivalidad que siempre se vivió con la misma intensidad. El 19 de noviembre de 1933, en la vieja cancha de River, en Libertador y Tagle, se produjo la primera filmación de la historia de un Boca-River. Además, ese día se dio un hecho impensado en el fútbol: la policía ingresó a la cancha para llevarse detenido a un jugador.

El encuentro entre estos gigantes se disputa con un agregado en lo actitudinal. Es un partido caliente y lleno de nerviosismo tanto para los hinchas como para los 22 en cancha. A lo largo de los años hubo peleas y disturbios entre ambos colores, pero solo en este la policía quiso encarcelar a un protagonista. Francisco “Pancho” Varallo, histórico goleador de Boca, tuvo un choque accidental con el defensor del Millonario Roberto Basílico. En ese impacto, el jugador de River sufrió una fractura en el brazo. Ahí comenzó el insólito momento.

La policía interpretó que Varallo había tenido la intención de herir de gravedad a Basílico, debido a que en la primera rueda del campeonato, el 2 de julio de ese año, los mismos protagonistas, pero en cancha de Boca, habían chocado y Basílico se había fracturado la clavícula. Con ese antecedente, la policía irrumpió en el campo para llevarse a “Pancho” Varallo, pero el árbitro del partido, José Macías, detuvo el juego hasta que los oficiales se retiraron, defendió al jugador xeneize y reiteró que había sido un desafortunado impacto accidental.

El partido además tuvo dos expulsados, ambos de nombre Pedro: por los azul y oro vio la roja Pedro Suárez, y por el local, Pedro Lago. El partido terminó 3-1 a favor de los millonarios, con dos goles del gran Bernabé Ferreyra y uno de Manuel “Nolo” Ferreira. El único gol xeneize fue en contra, de Alberto Cuello. Con la derrota, Boca perdió la oportunidad de quedarse con el campeonato, que finalmente ganó San Lorenzo, por primera vez en la era profesional del fútbol argentino, con un punto más (ese mismo día se impuso ante Chacarita Juniors).

Después de la gloria ¿Qué sigue?

Por: Emma Bara

Racing y Lanús lograron tocar el cielo con las manos al conquistar la Copa Sudamericana y la Recopa. Sin embargo, hoy atraviesan realidades deportivas muy diferentes y sus hinchas reaccionan de maneras opuestas ante un presente futbolístico que no cumple con las expectativas.

Luego de 36 años sin conseguir ningún título a nivel internacional, en noviembre de 2024 la Academia se consagró campeona de la Copa Sudamericana. ¿Quién diría que tan solo un mes más tarde empezaría una época que hasta hoy le está costando muy caro al club?

En diciembre se realizaron las elecciones presidenciales. En aquel momento el cargo
estaba ocupado por Víctor Blanco. Pero los hinchas decidieron que, luego de once años, haya un nuevo mandatario: Diego Milito, uno de los ídolos del club.

En 2025 Racing volvió a celebrar. Esta vez, una Recopa ante Botafogo. Sin embargo
la alegría se desvaneció poco a poco, en consecuencia de malas decisiones dirigenciales y cambios en el plantel de aquel equipo campeón.

La paciencia de los socios parece agotarse ante los resultados adversos y se
manifestaron en las tribunas a través de silbidos y cantos en contra de la nueva gestión. El pedido de los hinchas es claro: que la grandeza y la historia del club se respeten.

Por otro lado, Lanús en 2025, tras haber ganado la Sudamericana frente al Atlético
Mineiro, dirigido en aquel momento por Jorge Sampaoli, le otorgó nuevamente una alegría a su gente mediante la obtención de la Recopa contra Flamengo . Asimismo, no logró mantener la regularidad que lo caracterizaba y afrontó eliminaciones y resultados lejanos a lo deseado por sus fanáticos.

Sin embargo, ahora vuelve a dar batalla en el torneo argentino para poder clasificar a
una copa el próximo año. Al pie del cañón siempre estuvieron sus hinchas, acompañando al equipo en todo momento y siempre agradeciendo a los jugadores y a su técnico, Mauricio Pellegrino, por esas dos históricas conquistas que quedarán en la historia del club para la eternidad.
Entonces, después de la gloria ¿qué sigue? Ambos equipos nos demuestran que
alcanzar lo máximo es difícil, pero mantenerse allí puede ser aún más complicado. Los títulos pasan a ser un recuerdo, las vueltas olímpicas se guardan en el corazón de quien lo vivió.
Mientras tanto, la pelota sigue rodando en la cancha, los jugadores parten a otros destinos, los entrenadores también se van. Pero el hincha está en las buenas y en las malas, acompañando al equipo contra todo pronóstico y cualquier destino y luciendo la camiseta de su equipo con orgullo.

 

Ramón Cabrero, el hombre que hizo historia en Lanús

Se cumplen nueve años del fallecimiento de Ramón Cabrero. Nueve años desde que Lanús despidió a uno de los hombres más importantes de su historia. Un entrenador que no necesitó grandes discursos para dejar su huella y que logró algo que parecía muy lejano: llevar al Granate a conquistar su primer título en Primera División.

Ramón Armando Cabrero Muñiz nació en Santander, en la región de Cantabria, España, el 7 de noviembre de 1947. A la edad de cuatro años, en 1951, emigró junto a su familia a la Argentina y se estableció en la ciudad de Lanús, en la provincia de Buenos Aires.

Mucho antes de consolidarse en Primera División, Ramón conoció el esfuerzo diario de la clase obrera del conurbano bonaerense. Desde los 9 años trabajó en una fábrica metalúrgica, en una rutina que combinaba con la escuela y los potreros de su infancia en la calle Ferré al 1200.

Debutó el 12 de septiembre de 1965, a sus 17 años, en un partido entre el Granate y Newell’s. Fue un arranque de carrera soñado porque hizo un gol en ese encuentro. En 1969 fue transferido a la Lepra rosarina. Por su buen desempeño durante ese campeonato, el Atlético de Madrid puso sus ojos en él y lo fichó de cara a 1970.

En el Colchonero se mantuvo durante tres temporadas, aunque no fue un paso con mucha actividad para Cabrero, ya que disputó solamente ocho partidos entre todas las competencias. Posteriormente, continuó su carrera en el Elche y en el Mallorca.

En 1976, Cabrero regresó a la Argentina para jugar en la provincia de Mendoza, primero con San Martín y luego con Independiente Rivadavia, donde se retiró como futbolista profesional en 1982.

Su historia con el fútbol no terminó ahí. Luego de colgar los botines, Ramón comenzó su carrera como director técnico. Su primer éxito llegó en 1986, cuando llevó a Sportivo Italiano al ascenso a la Primera División argentina al ganar el torneo de Primera B.

Posteriormente, dirigió a otros clubes del ascenso argentino, como Deportivo Maipú, Central Córdoba de Santiago del Estero, Colón de Santa Fe y Los Andes, además de desempeñarse como entrenador de juveniles en Racing Club y Lanús.

En 2005 asumió brevemente la dirección técnica del Dinamo Tirana de Albania, pero fue despedido tras no avanzar en la Copa Intertoto. Ese mismo año regresó a Lanús como entrenador del primer equipo, tras la salida de Néstor Gorosito.

Bajo su conducción, el club granate alcanzó un hito histórico al conquistar el Torneo Apertura 2007, su primer título de Primera División. En 2009, Cabrero asumió como entrenador de Atlético Nacional de Colombia y fue el primer técnico argentino en dirigir al club en una década.

Tras su experiencia en Medellín, Cabrero volvió a Lanús, donde ocupó el cargo de coordinador general del fútbol amateur y, más tarde, de secretario técnico. Su labor fue fundamental en el desarrollo de juveniles y en la consolidación del proyecto deportivo del club.

En marzo de 2017, Cabrero sufrió un ACV que lo mantuvo alejado de su cargo como secretario técnico de Lanús. Finalmente, falleció el 1 de noviembre de ese año debido a complicaciones derivadas del ACV. Fue enterrado en el cementerio municipal de Lanús.

El talento bajo sospecha: ¿por qué al distinto siempre se le pide que corra?

Por Ramiro Álvarez Cid

Un pase filtrado que no llega a destino, una gambeta que termina en pérdida o una decisión que no sale como estaba prevista pueden despertar murmullos en una tribuna. En cambio, una barrida, una corrida para recuperar la pelota o un duelo disputado con intensidad suelen recibir el aplauso inmediato del público, incluso cuando esas acciones no generan una ventaja para el equipo. ¿Por qué el esfuerzo físico resulta tan fácil de reconocer y el talento necesita demostrar constantemente su valor?

En el fútbol argentino, esta discusión tiene una particularidad. El potrero, el baby fútbol, el enganche y la figura del diez forman parte de una cultura que históricamente valoró al jugador capaz de hacer algo diferente. En los equipos de barrio siempre aparece ese futbolista que hace jugar a los demás, asiste, marca goles y encuentra soluciones cuando el partido se complica. Se destaca por su técnica, su creatividad y su capacidad para resolver situaciones que otros no pueden. Sin embargo, muchas veces, ese mismo jugador queda en la mira cuando no corre o no demuestra lo que se espera de él.

La contradicción está en que el fútbol argentino reivindica al talentoso, pero también suele cuestionarlo por no cumplir con determinadas exigencias físicas. El diez que intenta un pase entre líneas y falla puede recibir más críticas que el compañero que corre durante todo el partido sin conseguir resultados concretos. No se trata de desmerecer el esfuerzo ni de negar la importancia de la intensidad. La pregunta es por qué, en determinadas situaciones, correr parece ser una prueba de compromiso más importante que jugar bien.

Juan Román Riquelme cuestionó esta manera de entender el fútbol en una entrevista con Clarín, publicada en 2013. “Correr, corre cualquiera; jugar al fútbol es más complicado”, afirmó el actual presidente de Boca, quien también destacó la importancia del pase, el control y la elección de cada jugada. Su reflexión pone el foco en una cuestión central: el despliegue físico no garantiza que un futbolista interprete y resuelva correctamente las situaciones del juego. 

El fútbol cambió. La preparación física, la presión alta y la velocidad de las transiciones adquirieron una importancia enorme. Los equipos necesitan que sus futbolistas participen de las distintas fases del juego, reaccionen cuando pierden la pelota y colaboren para recuperar el orden defensivo. En ese contexto, ningún jugador puede quedar completamente al margen de sus responsabilidades. Pero cumplir una función defensiva no significa que todos deban correr de la misma manera ni aportar las mismas cualidades.

El talento y el esfuerzo no son conceptos opuestos. Un futbolista puede presionar, retroceder y colaborar con el equipo sin dejar de ser el encargado de generar juego. La diferencia está en entender qué necesita cada equipo y cómo aprovechar las características de sus jugadores. Hay entrenadores que buscan una presión constante de sus once futbolistas y otros que prefieren liberar a determinadas figuras de algunas obligaciones para potenciar su capacidad ofensiva. El desafío está en encontrar un equilibrio entre las necesidades colectivas y las virtudes individuales.

Además, el talento no se limita a la técnica ni a la capacidad de gambetear a un rival. También está en la cabeza. Leer una jugada antes que los demás, detectar un espacio, anticipar los movimientos del rival y entender cuándo acelerar o darle una pausa al equipo son cualidades que forman parte del juego. Muchas veces, la diferencia no está en correr más que el resto, sino en interpretar mejor lo que sucede y tomar la decisión adecuada en el momento indicado. Esa inteligencia también requiere trabajo y comprensión del fútbol.

Diego Latorre también cuestionó las exigencias que recaen sobre los futbolistas creativos. El exdelantero planteó que al talentoso se le exige más que a otros jugadores y que suele quedar señalado cuando el equipo no funciona. “Hay un resentimiento latente hacia los jugadores talentosos. A los talentosos se les pide admiración, pero también se les exige una cantidad de obligaciones que ojalá se les pidieran a otros jugadores. Del talentoso siempre se espera más y casi siempre es considerado el culpable cuando las cosas salen mal”, expresó. Su reflexión profundiza la contradicción: el futbolista capaz de resolver un partido puede terminar cuestionado cuando el equipo no funciona.

El fútbol europeo también demuestra que la intensidad puede convivir con el talento. Equipos como el Paris Saint-Germain combinan presión alta, velocidad y despliegue físico con futbolistas capaces de asociarse, gambetear y generar situaciones de gol. No se trata de establecer una oposición entre Europa y Argentina, sino de preguntarse cómo conviven las exigencias del fútbol moderno con una cultura futbolística que históricamente le dio un lugar central al jugador diferente.

Lionel Messi es un ejemplo de esa convivencia. Con el paso de los años, su participación en la presión y su despliegue físico cambiaron respecto de otras etapas de su carrera. Sin embargo, su capacidad para asistir, generar ocasiones y resolver partidos continúa siendo determinante. Su aporte no se mide únicamente por la cantidad de metros que recorre, sino también por lo que puede producir cuando tiene la pelota. Un equipo puede organizarse para compensar determinadas limitaciones físicas y aprovechar aquello que su figura hace mejor que casi cualquier otro futbolista.

El problema aparece cuando el compromiso se mide solamente a través de lo visible. Una corrida, una barrida o una pelota disputada son acciones fáciles de reconocer desde la tribuna. En cambio, un movimiento que libera un espacio, un pase que rompe líneas o una decisión que permite superar la presión rival pueden pasar inadvertidos. No todas las contribuciones tienen la misma visibilidad, aunque puedan ser igual de importantes para el resultado.

¿Por qué el fútbol argentino sigue celebrando la cultura del potrero y del enganche, pero tantas veces desconfía del jugador que mejor representa esa tradición? El talentoso también debe esforzarse, defender y adaptarse a las necesidades del equipo. La discusión no pasa por liberarlo de sus obligaciones, sino por entender que su función principal puede ser hacer jugar a los demás, asistir o marcar goles.

Correr es parte del fútbol, pero no es la única manera de ayudar a un equipo. El compromiso no debería medirse únicamente por el despliegue físico, así como el talento tampoco debería servir de excusa para no cumplir una función. El desafío es reconocer que un futbolista puede aportar desde lugares diferentes. Porque, si el jugador distinto tiene que demostrar constantemente que también sabe correr, quizás la pregunta sea si todavía valoramos lo que lo hace distinto.

Las selecciones y sus fronteras: cómo cambió la nacionalidad deportiva

Por Juan Pablo Rosignuolo

De Messi a Munir El Haddadi, las reformas de la FIFA transformaron las posibilidades de representar a otro país y reabrieron el debate sobre la identidad de las selecciones.

El fútbol ha cambiado en numerosos aspectos reglamentarios durante los últimos 20 años. Sin embargo, hay una cuestión que todavía genera debate: la selección que pueden representar los jugadores. En el último Mundial, 289 futbolistas fueron convocados por países distintos de aquellos en los que nacieron. Es decir, casi uno de cada cuatro, mientras que 40 de las 48 selecciones contaron con al menos un jugador en esa situación. Hace 22 años, la FIFA introdujo cambios importantes en las reglas para quienes buscaban representar a otro país.
Estos eran algunos de los requisitos que debían cumplir:

  1. Tener la nacionalidad del país que querían representar.
  2. No haber disputado partidos oficiales con la selección mayor del país anterior.
  3. Solicitar el cambio antes de cumplir 21 años.
  4. Cambiar de selección una sola vez.
  5. Cumplir al menos una de estas condiciones:
    ● Haber nacido en el país.
    ● Tener padre, madre, abuelo o abuela nacidos allí.
    ● Haber residido en el país durante al menos dos años.

La normativa sufrió numerosas modificaciones y dejó casos emblemáticos. Uno de ellos tuvo como protagonista a Lionel Messi. En 2004, la selección española intentó convencer al argentino de vestir su camiseta. Ante esa posibilidad, Julio Humberto Grondona, entonces presidente de la AFA, impulsó la organización de un amistoso Sub-20 frente a Paraguay para que Messi jugara con Argentina. Aunque el encuentro fue importante para acercarlo a la Albiceleste, no lo vinculaba de manera definitiva: para eso eran determinantes los partidos de competición oficial. En enero de 2005, el rosarino disputó el Sudamericano Sub-20, su primera competición oficial con Argentina. Meses después jugó el Mundial juvenil de Países Bajos, donde se consagró campeón. Así comenzó a escribir su historia con la Selección Argentina.

En 2008, la FIFA volvió a modificar la normativa y endureció las condiciones para representar a determinados países. A los futbolistas que adquirían una nueva nacionalidad y no tenían vínculos familiares ni de nacimiento con ese país se les pasó a exigir cinco años de residencia continua después de cumplir los 18, en lugar de los dos años anteriores. El cambio buscaba cerrar lo que el entonces presidente de la FIFA, Joseph “Sepp” Blatter, consideraba un vacío en el reglamento. Un año después, la FIFA volvió a modificarlo: eliminó el límite de 21 años para solicitar el cambio de selección, aunque mantuvo las demás condiciones.

En la previa del Mundial de Brasil 2014, los cambios de selección volvieron a generar polémica. Uno de los casos más conocidos fue el de Diego Costa, entre Brasil y España. El delantero nació en Lagarto, en el estado brasileño de Sergipe, pero desarrolló gran parte de su carrera profesional en España. Llegó al fútbol español en 2007 y, con el tiempo, se convirtió en una de las figuras del Atlético de Madrid dirigido por Diego Simeone. En marzo de 2013, Luiz Felipe Scolari lo convocó a la selección brasileña y disputó dos amistosos, frente a Italia y Rusia. Sin embargo, quedó fuera de la Copa Confederaciones de ese año y comenzó a tomar fuerza la posibilidad de que representara a España. Meses después obtuvo la nacionalidad española y manifestó su deseo de jugar para el equipo de Vicente del Bosque. El reglamento se lo permitía: los dos encuentros que había jugado con la Verdeamarela eran amistosos y nunca había participado en una competición oficial con Brasil, ni siquiera en juveniles. Además, llevaba más de cinco años residiendo en España. Tras completar los trámites, Costa debutó con España el 5 de marzo de 2014, en un amistoso contra Italia. Poco después fue convocado al Mundial y disputó dos partidos. ¿Lo curioso? El torneo se jugó en el mismo país donde había nacido.

 

Sin embargo, no todos los futbolistas tuvieron la misma suerte. Uno de ellos fue el argentino Rubens Sambueza, quien intentó representar a México en 2013. Miguel Herrera quería contar con él para el repechaje rumbo al Mundial 2014 frente a Nueva Zelanda. Sambueza ya tenía la nacionalidad mexicana, pero había un obstáculo: en 2001 disputó el Mundial Sub-17 de Trinidad y Tobago con Argentina. Aunque nunca jugó con la selección mayor, la FIFA rechazó su solicitud porque no tenía la nacionalidad mexicana cuando participó en aquella competición oficial juvenil.

 

Tras la modificación de 2009, pasaron once años hasta que la FIFA introdujo otra reforma de gran alcance. En 2020, el organismo flexibilizó nuevamente las condiciones para cambiar de selección.

La reforma incluía los siguientes requisitos:

  1. Tener la nacionalidad del país que se desea representar.
  2. Poder solicitar el cambio aunque ya se hayan disputado partidos oficiales con la selección mayor.
  3. Haber jugado un máximo de tres partidos con la selección mayor anterior, contando encuentros oficiales y amistosos.
  4. Haber disputado el último partido oficial con la selección anterior antes de cumplir 21 años.
  5. Dejar pasar al menos tres años desde el último partido con la selección mayor anterior.
  6. No haber participado en la fase final de un Mundial, Copa América, Eurocopa u otro campeonato continental absoluto.
  7. Haber tenido la nacionalidad del nuevo país antes del primer partido oficial con la selección anterior, para acceder a esta modalidad de cambio.
  8. Solicitar la autorización de la FIFA para cambiar de federación.

La reforma abrió nuevas posibilidades, aunque no despejó todas las dudas. Uno de los casos que mejor la ejemplifica es el de Munir El Haddadi, quien había representado a España y quería jugar para Marruecos. En 2017 solicitó el cambio, pero el Tribunal de Arbitraje Deportivo terminó rechazándolo: en 2014 había disputado 13 minutos con España en las Eliminatorias de la Eurocopa 2016. La reforma de 2020 le abrió una puerta, aunque ese mismo año recibió otra negativa por sus participaciones con la selección española Sub-21 después de cumplir los 21 años. Tras una aclaración reglamentaria, consiguió la autorización en 2021 y finalmente pudo representar a Marruecos.

Las federaciones comenzaron a mirar con mayor atención a los futbolistas que podían representar a otro país por nacimiento, familia o residencia. En el Mundial 2026, el fenómeno se hizo especialmente visible en Marruecos, Francia y Curazao. Marruecos terminó su participación frente a Francia con nueve titulares nacidos en Europa, uno en Canadá y otro en territorio marroquí. Por otra parte, 99 futbolistas nacidos en Francia fueron convocados a la Copa del Mundo: 76 representaron a otras selecciones, principalmente Argelia (13), República Democrática del Congo (11), Senegal (10), Costa de Marfil (8), Túnez (7) y Marruecos (6). En el plantel francés, únicamente tres jugadores habían nacido fuera del país: Michael Olise (Inglaterra), Marcus Thuram (Italia) y Brice Samba (República del Congo). Además, varios de los convocados por Didier Deschamps podían haber representado a otra selección por sus raíces familiares. Curazao, por su parte, tenía 25 de sus 26 jugadores nacidos fuera de la isla. Aunque se trata de un caso extremo, el fenómeno también tiene una presencia importante en Europa.
Las selecciones sudamericanas también buscan incorporar futbolistas con raíces nacionales nacidos o formados en el exterior. Argentina, por ejemplo, sigue de cerca a los jóvenes elegibles para vestir la camiseta albiceleste. Aquellos jugadores que representan a la Albiceleste y nacieron en otro país se los denomina los Europibes. En el Mundial 2026, Argentina convocó a dos futbolistas nacidos en el extranjero: Giuliano Simeone (Italia) y Nicolás Paz (España). En los últimos años, la AFA reforzó el seguimiento de jugadores nacidos en otros países que tienen vínculos familiares con Argentina. Bernardo Romeo, como coordinador de Juveniles, y Juan Martín Tassi, al frente del departamento de scouting, comenzaron a seguir de cerca a los Europibes. Entre ellos aparecen casos como el de Garnacho, quien terminó defendiendo la celeste y blanca, el alemán Can Armando Güner (Borussia Mönchengladbach), el español Carlos Díez (Real Madrid) o el italiano-alemán Nicoló Tresoldi (Brujas).
Este último cobró relevancia recientemente cuando le marcó un hat-trick al Inter de Milán en la segunda fecha de la Champions League. Su historia también despertó interés porque tiene la posibilidad de representar a tres países: Italia, donde nació; Argentina, el país de nacimiento de su madre, Bárbara Caffi; y Alemania, donde se instaló durante su adolescencia, hizo las inferiores y debutó profesionalmente en el Hannover 96. Hasta el momento, únicamente disputó encuentros de categorías juveniles con Alemania, por lo que todavía conserva la posibilidad de elegir una selección mayor, siempre que cumpla los requisitos de la FIFA.

El caso de Tresoldi es apenas uno de los tantos ejemplos de un fenómeno que no deja de crecer. Según un estudio publicado en Comparative Migration Studies, en el Mundial de Rusia 2018 hubo 84 futbolistas que representaron a países distintos de aquellos en los que nacieron. Ocho años después, un análisis de la Universidad de Birmingham registró 289 en el Mundial de 2026. Aunque el torneo pasó de 32 a 48 selecciones, la proporción de jugadores en esta situación se duplicó: del 11,4% a más del 23%.
Detrás de estos números aparecen historias de familias, migraciones y sentidos de pertenencia, pero también federaciones que buscan talentos más allá de sus fronteras. Si bien la FIFA establece requisitos para representar a una nación, las posibilidades de elección son cada vez mayores. El fútbol de selecciones atraviesa una transformación que parece acercarlo al funcionamiento de los clubes. Ante este escenario, surge una pregunta: ¿hasta qué punto representar a un país sigue siendo una cuestión de identidad y cuándo empieza a convertirse en una elección deportiva como cualquier otra?

 

Yokohama Flügels: el campeón que desapareció 

Por Rodrigo López 

Hay historias del fútbol que parecen inventadas. Historias de clubes que luchan hasta el último minuto, de hinchas que se niegan a aceptar lo inevitable y de equipos que encuentran la gloria justo cuando todo parece perdido. La del Yokohama Flügels, un club japonés que desapareció en 1999, tiene un poco de todo eso. Porque su último partido no fue una derrota ni una despedida silenciosa: fue una final, una remontada y una vuelta olímpica. El Flügels se fue de este mundo como campeón, dejando una historia que todavía es recordada.

Para entender lo que pasó, hay que viajar a Japón y retroceder hasta 1964, cuando nació el club en la ciudad portuaria de Yokohama, bajo la estructura de la compañía aérea All Nippon Airways (ANA). Durante sus primeros años compitió con el nombre de Yokohama Sport Club y fue creciendo hasta ganarse un lugar en el fútbol japonés. En 1992 llegó una noticia que marcaría un antes y un después: fue elegido como uno de los diez equipos fundadores de la nueva liga profesional, la J. League.

Con el nacimiento del campeonato, el club pasó a llamarse Yokohama Flügels. El nombre provenía de la palabra alemana Flügel, que significa “ala”, en referencia a sus orígenes ligados a la aviación. La institución comenzaba una nueva etapa y quería ser protagonista de una liga que buscaba transformar el fútbol japonés.

Y de qué manera lo consiguió.

Aunque nunca logró conquistar la J. League, el Flügels supo hacerse un nombre a través de las copas. En 1993 ganó la Copa del Emperador después de golear 6-2 al Kashima Antlers en la final. Un año más tarde conquistó la Recopa de la Confederación Asiática de Fútbol y en 1995 levantó la Supercopa de Asia. Por sus filas pasaron futbolistas de renombre internacional, como el paraguayo Raúl Vicente Amarilla, los brasileños Zinho y César Sampaio, y el portugués Paulo Futre. No era un equipo cualquiera: tenía historia, títulos y una identidad propia.

Pero mientras el club intentaba seguir creciendo dentro de la cancha, afuera comenzaba a jugarse el partido más difícil de su vida.

Durante la década de 1990, Japón atravesó una profunda crisis económica que golpeó a distintos sectores de su sociedad. El fútbol tampoco quedó al margen. Los elevados salarios de los jugadores, la caída de los ingresos de la liga y la disminución del interés del público complicaron las finanzas de varias instituciones. El Yokohama Flügels fue uno de los clubes que más sufrió aquella situación.

En 1998, el panorama se volvió todavía más oscuro. Sato Kogyo, una de las empresas que sostenían económicamente al equipo, anunció que dejaría de invertir dinero. ANA también atravesaba dificultades y tomó una decisión que cambiaría para siempre la historia de la institución: vender el club a Nissan, propietaria de su clásico rival, el Yokohama Marinos.

La operación contemplaba una fusión por desaparición. A partir de 1999, ambos equipos pasarían a formar parte de una misma estructura, que terminaría llamándose Yokohama F. Marinos. En los papeles podía parecer una solución económica. Para los hinchas del Flügels, en cambio, significaba algo mucho más doloroso: la desaparición de su equipo y la pérdida de una identidad construida durante décadas.

No era solamente dejar de competir. Era ver cómo los colores, el nombre y la historia de su club quedaban absorbidos por el rival de toda la vida. Una decisión difícil de aceptar para quienes habían acompañado al equipo en las buenas y en las malas.

La reacción de sus hinchas fue inmediata. Muchos se organizaron para intentar salvar a la institución, pero la liga aprobó la fusión y la desaparición quedó prácticamente sentenciada. Los jugadores también mostraron su disconformidad y llegaron a disputar sus últimos encuentros de liga con los patrocinadores tapados con cinta negra, como señal de protesta.

Sin embargo, había algo que todavía no podían quitarles: la posibilidad de despedirse jugando al fútbol.

A pesar de tener la fecha de vencimiento marcada, el Yokohama Flügels terminó la temporada con buenas actuaciones y consiguió clasificarse para la Copa del Emperador de 1998. El torneo se convirtió en una oportunidad inesperada para regalarle a su gente una última alegría. El equipo llegó hasta la final, sin poder escapar de una realidad que todos conocían: ganara o perdiera, aquel sería el último capítulo de su historia.

El 1 de enero de 1999, en el Estadio Olímpico de Tokio, el Flügels salió a jugar la final contra el Shimizu SPulse. Del otro lado de la cancha estaba un rival que quería quedarse con el título, pero para los futbolistas de Yokohama había algo mucho más grande en juego, estaba la posibilidad de despedirse de su gente levantando la copa.

El comienzo no fue el esperado. El Shimizu se puso en ventaja y el Flügels empezó perdiendo 0-1, pero el equipo reaccionó y dio vuelta el resultado con los goles de Kuboyama y Yoshida. El Yokohama Flügels era campeón de la Copa del Emperador.

Por un instante, la tristeza y la alegría convivieron en el mismo lugar. Los jugadores festejaban un título, mientras detrás de esa celebración existía una certeza imposible de ignorar, no habría otra temporada, otra final ni otra oportunidad de volver a ver al equipo en la cancha. Habían conseguido la gloria, pero no podían disfrutarla como cualquier otro campeón. Su historia acababa de terminar.

La desaparición del Flügels, sin embargo, no significó que sus hinchas estuvieran dispuestos a olvidarlo. Un grupo de hinchas que se negó a apoyar al nuevo Yokohama F. Marinos decidió fundar otro club: el Yokohama FC. El proyecto nació el 25 de diciembre de 1998, pocos días antes de aquella final, bajo un modelo en el que los propios socios tendrían un papel central en la institución. Su escudo incorporó un ave fénix, símbolo de la esperanza de hacer renacer aquello que parecía perdido.

El nuevo equipo comenzó a competir en 1999 y, con el tiempo, llegó al fútbol profesional. El Flügels había desaparecido, pero parte de su espíritu encontraba una nueva casa.

Porque en el fútbol hay clubes que sobreviven gracias a sus títulos, otros que se mantienen vivos por sus ídolos y algunos que nunca se olvidan por la pasión de su gente. El Yokohama Flügels consiguió algo todavía más difícil: convertir su final en una historia eterna.

Para todos los santos

Por Naomi Coronel

En la fe católica, hoy 1º de noviembre, se celebra el Día de Todos los Santos,
jornada reservada por la iglesia para honrar a las almas que alcanzaron la gloria
eterna, los martirios ejemplares y la gracia divina. Sin embargo, él no está sentado
en un banco de madera, ni huele la cera derretida, ni escucha el eco grave de un
órgano de fondo. Él está de pie, apoyado contra un paredón de ladrillos a la vista en
la esquina de la calle, envuelto en una humareda densa y grasa que desprende el
olor a carbón, al asado y a las hamburguesas que se mezclan con el reconocido olor
a pólvora de las bengalas de colores.

A su alrededor, una marea de miles de personas avanza a paso lento, casi
apretando los cuerpos contra las vallas como si marcharan en busca de un milagro
que los salve de todo lo demás. Para él y para todos los que comparten esa marea,
la devoción no se evaporó con la llegada de la modernidad ni se perdió en la apatía
del siglo actual. La fe argentina no desapareció: simplemente reorganizó sus altares,
cambió de templo y trasladó sus rezos de la tranquilidad litúrgica de la parroquia de
barrio al fuerte y retumbante sonido de la cancha.

Observa el mundo y entiende la vida a través de los ojos de un creyente de tribuna.
Sobre la espalda lleva puesta una camiseta desteñida que heredó de su padre, una
prenda que desconoce el lavarropas y desiste de suavizantes y jabones porque
lavarla -asegura con gravedad y la solemnidad de un sacerdote- sería equivalente a
“limpiar la suerte” y profanar las memorias acumuladas en aquel mezclado de tela.
En el bolsillo interno de la campera guarda uno de sus tesoros más preciados, aquel
que lo conecta con el plano de lo intangible: un pedazo de trapo deshilachado que
perteneció a una bandera legendaria de los años noventa. Estos no son
simplemente recuerdos materiales ni coleccionismo barato: son reliquias laicas,
pequeños amuletos tangibles que toca con sus dedos fríos de la mano derecha
cada vez que siente que el partido se complica, que un árbitro cobra en contra o que
el destino vuelve a ponerse esquivo frente al club que tanto adora.

En la arquitectura de su mentalidad no existe margen para la contradicción entre lo
celestial y lo terrenal. Sabe perfectamente cómo se compone el panteón de sus
creencias. En la cúspide de este altar laico habitan los dioses mayores: el culto
mitológico y eterno a Diego Armando Maradona, esa divinidad imperfecta, humana y
desafiante capaz de obrar el milagro con la zurda o con la mano frente a los
gigantes del planeta; y la devoción mística y redentora de Lionel Messi, el mesías
paciente que, tras años de penitencias colectivas, finales perdidas y rezos cruzados
en madrugadas lejanas, terminó por regalarle a su generación la gracia de la gloria
eterna.

Pero cuando el agua llega al cuello, cuando el cronómetro aprieta y el equipo se
juega la vida en una sola jugada, sus oraciones en voz baja no buscan la inmensidad del cielo. Se dirigen a su santo patrono en particular: ese ídolo de la infancia que usaba la camiseta número diez en la espalda, el héroe terrenal de su club al que le habla en un murmullo entre dientes antes de que se ejecute un tiro libre decisivo. Entiende que cada club del país es, en el fondo, un santuario con su propia imaginería: los de Boca le encomiendan la salud de su alma a Riquelme o Palermo; los de River buscan la protección de Labruna o Gallardo; los de Independiente respiran bajo el manto sagrado de Bochini, y en las calles de Rosario aún se le prende una vela invisible al “Trinche” Carlovich, venerado como un santo pagano cuyo mito se transmite por revelación oral de padres a hijos.

El viaje para estar hoy parado frente a los molinetes no fue gratis ni milagroso. Su
propio cuerpo lleva impresas las marcas de los sacrificios que exige esta religión:
las horas de sueño cambiadas por viajes interminables en micros de larga distancia
sin aire acondicionado, los ayunos involuntarios comiendo galletitas al costado de
una ruta provincial y las deudas financieras asumidas sobre el cierre del mes con la
única justificación de pagar una entrada. Sabe que el fútbol argentino no entiende
de devociones gratuitas ni de creyentes de ocasión; es una fe profundamente
retributiva que funciona bajo la lógica de la penitencia.

En su memoria permanece intacta la imagen de aquella tarde agónica en la que su
equipo jugaba noventa minutos dramáticos para evitar el abismo del descenso.
Recordó la sensación del aire faltante en los pulmones, el nudo ciego en la garganta
y la desesperación de mirar al cielo sin saber a quién pedirle ayuda. En ese instante
de fragilidad absoluta, cerró los ojos entre la multitud y formuló una promesa. Un
pacto sagrado pronunciado en voz baja, empeñando su palabra ante lo invisible a
cambio de un “milagro” deportivo.

Y cuando el milagro finalmente ocurrió, cuando la pelota cruzó la línea de gol en el
minuto noventa y cuatro desatando la locura y la salvación, el compromiso no se
saldó con simples palabras de agradecimiento. Cumplió con el rigor de un monje:
semanas después de la hazaña, caminó los sesenta kilómetros bajo un sol
abrasador hasta la Basílica de Luján vistiendo con orgullo la camiseta de su equipo,
fusionando el dolor de las ampollas en los pies con la gratitud popular a los colores.
Días más tarde, dejó que una aguja con tinta negra le grabara en la piel de las
costillas la fecha exacta y la hora de aquel gol, transformando su propio cuerpo en
un altar permanente. Pasó, además, meses enteros sin cortarse el pelo ni la barba,
aceptando la mirada extrañada de los desconocidos como el precio justo por la
gracia recibida.

Ahora, mientras la marea humana lo empuja lentamente hacia la boca de acceso y
el murmullo del estadio empieza a retumbar en el centro de su pecho como el eco
de un órgano, acomoda la camiseta heredada sobre el torso y sonríe. La Iglesia
católica recordará hoy a los santos que habitan en el cielo, pero él sabe con la
certeza absoluta de los creyentes que en las tribunas de la Argentina la salvación se sigue pidiendo desde la tierra, tocando la tela de una camiseta gastada y esperando que la pelota vuelva a entrar para que el milagro se repita una vez más.