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No conozco un fútbol sin Messi

Por Jorge Acevedo

Hay derrotas que duran noventa minutos. Otras duran años. La de esta noche duele porque no sólo se escapó una Copa del Mundo. También nos obligó a mirar de frente algo que veníamos evitando desde hace tiempo: que algún día Lionel Messi iba a jugar su último partido con la camiseta argentina.

Muchos pueden pensar que se perdió una final del mundo más y ya está, no pasa nada. Pero sí pasa. Porque aunque después de haber tocado el cielo con las manos en Qatar, esta selección nos volvió a ilusionar llegando a una nueva final en este Mundial. Y qué Mundial, viejo.

Porque el seleccionado argentino demostró por qué somos cuna del fútbol, de la viveza criolla, de los huevos y de la pasión. Un seleccionado comandado por el mejor futbolista del mundo. Del mundo, y de la historia de este bendito deporte.

Un tal Lionel Andrés Messi, un pibe de 39 años, lideró a Argentina a una segunda final consecutiva. Cuando todos lo daban por viejo, él demostró que viejos son los trapos. Que la edad es solo un número cuando uno se dedica y pelea por lo que quiere. Lionel Andrés jugó su sexto Mundial y más allá de romper todos los récords posibles, el hincha argentino se queda con su sencillez. Con su manera de ser. Con esa sensibilidad que fue mostrando un poco más a través de los años, poniendo en evidencia lo que muchos creían que no tenía; sentido de pertenencia.

Esta tarde Messi jugó su tercera final en Mundiales, y uno a veces peca de ambicioso, porque sí, te queríamos ver levantar nuevamente esa copa. Queríamos volver a verlo levantar esa Copa del Mundo. Queríamos sentir otra vez ese instante en el que el tiempo parece detenerse mientras acaricia el trofeo con una sonrisa.

Pero no todos los finales son felices. Se perdió y duele. No te voy a decir que no. Porque verte llorar como si fuera la primera vez que jugas a la pelota y perdés un picadito, duele. Duele porque nunca nadie como vos se bancó las mil y una. Que en Argentina te hayan dado como una bolsa. Que te den por retirado por jugar en Estados Unidos. Duele porque nadie se mereció tanto como vos. Representas a una nación, y en cada rincón del mundo hoy tu nombre nos enaltece. Y sobre todo porque sabemos que ya no quedan muchos bailes. Porque la pista de baile no va a tener a su mejor par. Leo y la pelota.

Yo no conozco un fútbol sin Messi. Porque vos me hiciste amar al fútbol. Mi generación aprendió de este juego viéndolo a él. Aprendió que un pase podía emocionar tanto como un gol. Que la humildad también podía ser una forma de liderazgo. Y que un tipo podía cargar durante dos décadas con las expectativas de cuarenta y tantos millones de personas sin dejar de intentarlo una sola vez.

Acá es cuando me toca pensar, mirar hacia atrás y decir “Pucha, qué orgullo que este pibe sea argentino. Qué locura que te amen en todo el mundo. Qué increíble lo que generás en el fanático del fútbol”.

Si hoy fue el último baile, qué manera de bailar, viejo. Realmente no alcanzan las palabras para agradecerte lo que hiciste por todo un país, por toda una generación de pibes y pibas que hoy le dicen a sus viejos “Llevame a fútbol, pa”, “Ma, porfa quiero la “10” de Leo”. Una generación que vio historia viva del deporte, que trasciende el fútbol.

Si hoy fue tu último baile con nuestros colores, quedate tranquilo que nos diste todo y más. Quedate tranquilo Leo, que a pesar de toda la mierda que comiste, el pueblo argentino está rendido a tus pies. No nos debías nada y ahí estabas compitiendo una vez con los mejores, todo esto con 39, si, un pibe.

Y nosotros, los que crecimos viéndote, tendremos que acostumbrarnos a algo que nunca imaginamos: un fútbol sin Lionel Messi. No sé si estamos preparados. Lo único que sé es que, cuando dentro de muchos años alguien me pregunte qué se sintió verlo jugar, voy a responder lo mismo que millones de argentinos: qué privilegio haber coincidido con vos.

Ninguna deuda, Leo

Por Naomi Coronel

Qué fácil la tienen los pibes de ahora. Juegan en selecciones gigantes, la estructura de la misma los cobija y logran conquistar un Mundial antes de soplar las veinte velas en la torta de cumpleaños. Para las nuevas generaciones, la gloria parece un trámite perfecto que funciona a la velocidad de la luz. Aún así, la historia grande de este deporte sigue prefiriendo los caminos que se cocinan a fuego lento; a Lionel Messi la vida y el juego le sonrieron muchísimos años después, ya habiendo caminado por el desierto y habiendo aprendido a mirar a la derrota directamente a los ojos. Por eso, aunque el resultado de anoche nos deje un sabor amargo y el dolor se mantenga fresco en el pecho por un tiempo, la única verdad sigue intacta: Messi ya le ganó al rival más difícil que le tocó enfrentar en toda su carrera. Le ganó al tiempo.

​Vencer al tiempo no significa ser inmortal ni gambetear y correr como a los veinte; significa obligar a la biología a pedir permiso para seguir siendo el eje del planeta. Hubo algo revelador en la transmisión televisiva de anoche, un fetiche de los directores de cámara que expone el verdadero orden de las cosas. Mientras los nuevos campeones se amontonaban para levantar lo que supo, y muy bien, ser nuestro, los lentes de los fotógrafos y las pantallas del mundo sufrían del magnetismo de aquel ser irreal. Las cámaras ni siquiera podían enfocar la copa levantada; volvían, una y otra vez, a la silueta del capitán argentino, al plano corto de su mirada, a su andar cansado pero digno de quien ya no tiene que demostrarle nada a nadie. El campeón celebraba su hora, pero los ojos de la humanidad entera seguían puestos en él y en la Argentina, porque hay títulos que se ganan en noventa minutos, pero el centro de gravedad del fútbol es un territorio que nos pertenece.

​La verdad es que Lionel nos volvió caprichosos como a un nene. Nos acostumbró en estos últimos años a las vueltas olímpicas y nos blindó a base de noches perfectas, tanto que nos olvidamos de lo mucho que dolía perder. Nos hizo creer que el fútbol era soplar y hacer botellas, cuando en realidad siempre fue esta moneda al aire que anoche cayó del lado equivocado. Pero en este capricho también hay una escuela; nos enseñó que siempre hay algo más, que nada está perdido del todo y que la resiliencia no es una palabra vacía de diccionario, sino una conducta ante la vida. Nos demostró que no importa la cantidad de veces que el mundo quiera golpearte de frente, siempre, tarde o temprano, va a haber revancha. Él ya la tuvo, ya tocó el cielo y nos abrazó el corazón, ya nos dio absolutamente todo; exigirle más hoy sería la mayor ingratitud para con el hombre que nos devolvió la sonrisa luego de tanto tiempo.

​Por eso, nos resulta hasta tierno e incluso un poco triste, ver el desfile de aquellos que afuera de nuestras fronteras vivieron el torneo con el corazón prestado. En ocho días se pusieron ocho camisetas distintas, saltando de tribuna en tribuna, mendigando colores y pasiones ajenas con el único fin de proyectar su propia frustración y tirar odio entre millones a un solo país. Nosotros agradecidos de pertenecer al supuesto país más odiado, porque en esa hostilidad geográfica se esconde la envidia hacia lo que nunca pudieron comprender, ni vivir: la pertenencia. Qué privilegio descomunal haber nacido en este suelo, haber sido contemporáneos a tu fútbol y entender que la camiseta albiceleste es un refugio, no una moda.

​Al final del día, cuando se apagan los reflectores, cuando el éxito de las redes se esfuma y los hinchas de ocasión se quedan sin argumentos, lo único que sobrevive al odio es lo real. Importa nuestro amor, ese que se construyó en las buenas y en las malas, pero que se defiende y se siente mucho más en estos momentos. Un compromiso que transformó el sufrimiento en épica y que hoy, ante la esquiva fortuna de una final perdida, no se puede devolver de otra manera que no sea con más amor y cariño. El tiempo seguirá corriendo para todos, pero el mundo sabe que, gane quien gane, la pelota siempre va a buscar al mismo dueño, al que le quedó debiendo muchísimas cosas pero que él nunca va a deberle nada, al contrario, y ese es y siempre será Lionel Andrés Messi Cuccittini.

El día menos pensado, Leo

Por Sofía Sedeño y Thiago Maison 

Llegó el día que nadie quería. Tu despedida, Leo. 

Una vida entera hemos pasado viéndote vestido con la celeste y blanca, representando los colores de tu patria en el lugar donde mejor te sentís: en una cancha. Esquivando patadas y gambeteando rivales para conseguir lo más preciado: Un Mundial. 

Dos finales tuvieron que pasar para que se cumpliera ese sueño. No lo hiciste solo, sino que estuviste acompañado por 25 jugadores, un cuerpo técnico que demostró estar al nivel pese a las críticas y 45 millones de argentinos que nunca te dieron la espalda. 

Y en tu tercera aparición en un duelo decisivo de la Copa del Mundo, el destino decidió escribir otro final para vos. Uno impensado, o tal vez doloroso porque no fue el que tanto se anhelaba. Pero hay que saber entender que no todos los finales están a la altura de la historia, y que toda grandeza conoce el dolor en algún momento. 

Y vos, Leo, que fuiste, sos y serás enorme, lo has conocido en reiteradas ocasiones. En esta oportunidad debiste reencontrarte con él en el instante menos deseado, porque era tu final con la camiseta que tanto amás y por la que has luchado demasiado, incluso más de lo que el mundo cree saber y también aquellos que llevaban tu misma bandera pero decidían criticarte constantemente. 

Tras la tarde del 19 de julio ya se encienden las lámparas del recuerdo, con más ganas de creer que de pensar. Porque tus sueños vuelven como el viento desde tu ciudad, y así logramos darle a lo que sentimos algún lugar dentro de tu eternidad. 

Aunque quisiéramos borrar este capítulo final y escribirlo a nuestra forma, eso va a ser imposible. Pero sabes qué, Leo, lo que será imborrable es lo que hiciste por un país que no valoró lo que tuvo en sus manos hasta que se le escapó de las mismas. 

Elegiste seguir estando, seguir luchando hasta conseguir una alegría con la camiseta que más amás, pero no fue como pensabas. Fueron cuatro los trofeos que levantaste. Y no para demostrarle al mundo de qué estás hecho, sino para saldar tu mayor cuenta pendiente. Quizás, tu razón de ser, futbolísticamente hablando. 

No fue casualidad tu alma de potrero ni tu espíritu de lucha constante. Solo una personita logró comprender que tu fútbol era distinto al de los demás: Celia Olivera de Cuccittini. No fue el destino o un Dios, fue ella que con un “Ponelo, que te salva el partido”, nos dio, casi sin querer, las alegrías más grandes posibles. Un amor de abuela y nieto que perdura en el 

tiempo pese a la distancia entre el cielo y la Tierra. 

Aquel momento amargo en 2016, en el mismo escenario, el MetLife Stadium, en el que habías decidido retirarte de la selección, resultó ser el más dulce consuelo para tantos que deseaban verte caer. Aunque poco les duró, porque con una frase nos llenaste el corazón

otra vez: “Yo no engañé a nadie, dije lo que dije porque lo sentí, porque estaba desilusionado, pero recapacité”. 

Hoy de nada vale hacer juicio por retrovisión. Si nos has dado todo, incluso cuando creían que no dabas nada. Porque las cicatrices nunca fueron el final del camino, sino el mapa que te trajo hasta acá. Y cuando el tiempo apenas intente apagar el ruido de esta noche, todavía habrá millones caminando sobre tus huellas, convencidos de que los sueños también usan botines. 

Lionel Andrés Messi Cuccittini, con tu fútbol, tu coraje y esa obstinada costumbre de siempre ir hacia delante, fuiste el encargado de enseñarle a una generación entera que rendirse jamás será una opción. Y que los sueños no deben abandonarse por más que el destino los demore. Nos mostraste que la vida puede golpearnos una y otra vez, pero que siempre hay una manera y un motivo más para levantarse y seguir caminando hacia la luz. 

Gracias, Leo. Gracias, no solo por las copas, sino por devolvernos una ilusión que era nula si vos no seguías en el camino. Gracias por dejar el pasado atrás y continuar escribiendo el presente. 

Afortunadamente, no habrá distancia que te aleje porque estarás conmigo y, desde ahora en adelante, vivirás dentro de mí.

El orgullo de ser argentino, sin atenuantes

Por Thiago Maison

Ser argentino implica ser amado u odiado. No existe un punto medio. Que el acento, que el ego, que la intensidad y tantas otras cosas que dicen por ahí para argumentar un sentimiento totalmente irracional.

Y no, no es negativo que parte del resto del mundo sienta eso, porque todas aquellas personas nacidas en el país más austral o quienes hayan sido acogidos por él, alimentan su amor propio en base a ese “odio”. Al fin y al cabo, las identidades no se construyen únicamente en los días felices, sino que se refuerzan cuando el sol se esconde y es necesario sobreponerse al dolor.

Argentina es única. Cada una de las casi 47 millones de personas que habitan este suelo saben que el mismo es de todos y le abre sus brazos a cualquiera que pretenda arribar al mejor país del mundo.

Se dice, se grita y se afirma sin miedo. Y no es el número uno por estatus económico, político o similar, sino que lo es por generar un sentido de pertenencia pocas veces visto. De La Quiaca o Ushuaia, de Capital Federal o Mendoza. Nada de eso importa. Simplemente es el orgullo de ser argentino, que no hay forma de explicar lo que uno siente por ser tal. Pero sí hay una forma de intentar comprenderlo: vivirlo.

No es necesario haber nacido en Argentina, sino que basta con sumergirse en la cultura con simples videos en redes sociales, a pesar de que muestren todo solamente a grandes rasgos, por lo que quedan fuera del foco de atención miles de cosas que podrían aportar a contrarrestar ese “rechazo” a quienes nacen en este suelo.

Seis interrupciones al derecho democrático de los ciudadanos, tras las que cínicos gobiernos militares se autoproclamaron líderes nacionales. En esos períodos, innumerables crímenes, en su mayoría de lesa humanidad, fueron cometidos y, también, se habían perdido derechos básicos en la vida de un ser humano.

Crisis económicas, miles de piedras que entorpecieron el camino, batallas sociales provocadas por un extremismo enceguecedor por apoyar fervientemente a tal o cual figura de poder, incluso con deseos de un pésimo mandato para la persona que presida a la República Argentina. Todo, pura y exclusivamente por no coincidir con su pensar, en lugar de velar por un futuro óptimo para la nación con la debida separación de ideologías.

Nada de eso pudo, puede ni podrá detener un orgullo único, porque las minorías no prevalecerán ante un pueblo que siempre supo cómo sobrepasar obstáculos de alta complejidad. Ni la censura ni el rencor lo pudieron callar.

Ver la bandera reflejada en el cielo o flamear en lo alto de un mástil le genera a cualquier argentino una sensación que difícilmente pueda trasladarse a palabras. Exhibir el símbolo patrio jamás tendrá connotación negativa, porque aquí se enseña a amarlo desde el día uno y se le jura lealtad, fidelidad y compromiso.

El argentino ama ser argentino, y por eso no hay censura ni rencor que valgan para callarlo. Podrán hacerlo caminar entre sombras. O intentar hacerlo caer en los brazos venenosos de los altos mandos con verdades que mienten. Pero jamás lograrán que olvide su historia para condenarlo a repetirla, porque la memoria prevalece en el orgullo colectivo y la identidad nacional.

La culpa es de Scaloni

Por Nahuel Runca

La Selección Argentina llegó a una nueva final, donde esta vez le tocó perder ante España, un rival que fue muy superior en el campo de juego, como pocas veces se ha visto en este ciclo. Esta camada de la Albiceleste tuvo a toda una nación acostumbrada a la victoria, a romper récords que parecían imposibles. Esta vez, no se dio. Y el culpable tiene nombre y apellido: Lionel Scaloni.

El entrenador argentino llegó siendo cuestionado por su experiencia casi nula en el puesto, porque claro, ¿cuántos habrían apostado, después de aquel invierno ruso de 2018, que ese hombre de voz baja iba a convertirse en el entrenador más importante de la historia de la Selección?

Ocho años después, terminó llegando a cuatro finales de los cinco torneos que dirigió (cinco de seis, si contamos la Finalissima). Realizó un recambio generacional necesario, rejuveneció la cara del equipo, lo acompañó con un proceso de categorías formativas, permitiendo darle oportunidades a algunos prospectos destacados en juveniles. Quebró una barrera de 28 años en los que Argentina no pudo ganar un sólo título. Logró que dos generaciones de argentinos que no pudieron ver a su país salir campeón de nada, vean cómo no paraba de ganar. Lo hizo parecer que es una costumbre para nosotros, los mortales, disfrutar de que no exista la palabra ‘derrota’ en el diccionario.

Y sí, Scaloni es el principal culpable de esto. De devolverle la ilusión a aquellos pibes que nunca pudieron ver a la Selección levantar una copa. De hacernos creer que llegar a cualquier final es algo sencillo como tender la cama, tomar un colectivo o pagar un impuesto. De que las plazas vuelvan a estar llenas de chicos jugando a ser campeones del mundo. Que cada familia, grupo de amigos o compañeros de trabajo acomodaran todo en sus salas, comedores o piezas, como si de un ritual se tratara. Le devolvió la sensación del nudo en la garganta cada vez que todos se ponían de pie para entonar el himno.

Por culpa del Leónidas de Pujato, hay chicos que no saben lo que es una Selección Argentina sin títulos. Y eso, en un país que pasó casi tres décadas esperando una vuelta olímpica, es una revolución silenciosa. Y quizás ese sea el mayor legado de Lionel Scaloni. Haber convertido la derrota en noticia. Haber hecho que perder una final del mundo se sienta como una anomalía y no como un destino.

Así funciona el fútbol, este deporte tan bendito como maldito: esta vez, fue España quien se llevó la Copa. Pero cuando el estadio se vacíe y el tiempo haga su trabajo, quedará una certeza: Lionel Scaloni no le enseñó a un país cómo ganar. Le recordó que todavía era capaz de hacerlo. Su obra empezó hace ocho años, y hace tiempo que dejó de medirse en trofeos. Se mide en abrazos, en canchitas de parques llenas, en chicos jugando con la 10 en la espalda (o la 23 verde y unos guantes), y en un país que volvió a mirar al cielo cada cuatro años convencido de que, pase lo que pase, Argentina siempre tendrá una oportunidad. Hizo de la esperanza una costumbre y de la camiseta argentina un refugio.

Cuando la historia acomode esta derrota en el lugar que le corresponde, quedará una última certeza: el principal culpable de esta tristeza es el mismo responsable de la felicidad más grande de toda una generación.

Lionel Scaloni, directo al corazón: “Me duele en el alma”

Por Tiziano Moreira

No nos debés nada, Lionel. Cuando llegaste en 2018, junto con Ayala y Samuel, muchos pensaban que ibas a ser un técnico intrascendente, que no merecías el puesto; incluso, dudaban de tu título de entrenador. Y vos seguiste, con la cabeza gacha, para construir un proyecto, un camino, una ilusión, un sueño.

Hoy, después de quedar tan cerca de la cima de la copa más linda de todas, llevando el parche de campeones del mundo, todos estamos agradecidos por lo que hiciste. La emoción que contagiaste al grupo y a la gente fue inigualable. Quizás muchos lo consideren un fracaso, pero para los argentinos fue una entrega de cuerpo y alma hasta el final.

De la desconfianza absoluta al amor eterno, el camino de Scaloni es la historia de una redención. Sus palabras sonaron a despedida, como las grietas de una obra maestra. Cada frase pronunciada con la voz quebrada fue un eco de algunos de los momentos más felices de nuestras vidas.

“Somos grandes en la victoria y tenemos que ser grandes en la derrota. Estamos demostrando hoy que sabemos perder el partido”.

Un viaje al pasado, a la Copa América 2019. Aquella caída dolorosa ante Brasil en las semifinales forjó el carácter de este grupo. Aprender a caer fue el primer paso indispensable para, más tarde, conquistar el planeta entero.

“Yo sí que me acuerdo de los segundos porque cuesta un montón llegar hasta acá y creo que hay que darle una validez enorme”.

El invicto de 36 partidos aparece en la memoria colectiva. El trayecto importa tanto o más que el destino. El orgullo de la medalla plateada tiene un valor incalculable después de años de dominar la escena mundial. Ser subcampeones hoy también enaltece todo el recorrido.

“Agradecimiento enorme a todo el público, a toda la gente que hoy nos ha llevado esa poca fuerza que nos quedaba. Yo solo tengo palabras de agradecimiento eternas para este grupo, que yo creo que no… Ojalá lo podamos repetir alguna vez”.

Copa América 2021. Allí nació la mística. Scaloni formó una familia impenetrable, una unidad capaz de sobreponerse a la adversidad para romper una sequía de 28 años sin títulos. Ese grupo cambió para siempre el paradigma de la Albiceleste.

Después llegó la final de Lusail ante Francia, en Qatar 2022. La simbiosis con la tribuna empujó al equipo hacia la ansiada tercera estrella. El aliento del público fue el combustible de un plantel exhausto: la conexión perfecta entre el césped y la tribuna para alcanzar la cima.

“Yo les tengo que agradecer a este grupo porque han sido unos guerreros. Es la realidad”.

El recuerdo vuela hacia la Copa América 2024, en Estados Unidos. Partidos ásperos, fricción constante, batallas físicas sobre canchas en mal estado. El plantel demostró un temple de acero para defender la corona continental. Guerreros de mil batallas, con la misma sed de gloria.

“Voy a hablar con el presidente. Yo más o menos tengo una idea de lo que quiero hacer. Cumpliré el contrato y después veo. La verdad es que siento la necesidad de pensar, porque ya no sé si voy a poder hacer algo tan grande como esto y, a lo mejor, habría que hablarlo. Al presidente le estoy agradecido por haberme dado la oportunidad de estar en este lugar”.

Aquí resuena el postpartido frente a Brasil en el Maracaná, en 2023. Scaloni alcanzó el punto más alto del arte albiceleste. Porque tocar el cielo con las manos exige un desgaste mental brutal. Sostenerse en la cima también agota. Lionel necesita respirar en paz, mirar en perspectiva el equipo que construyó.

“Es un lugar soñado. En mi vida pensé… A ver si paro, porque no soy capaz. En mi vida pensé que todos los chicos del cuerpo técnico deberían estar en este lugar. Entonces, para seguir se necesitan un montón de cosas, sobre todo volver a resetearse, volver a formar un grupo como este, que difícilmente se vuelva a formar. Y me duele, me duele el alma. Lo siento”.

El cierre de un círculo. Aquel técnico interino de 2018 observa su obra terminada. Armar un equipo que parecía invencible consumió gran parte de su energía. Las lágrimas derramadas frente a los micrófonos son el precio de vivir con tanta pasión. La confirmación de un hombre que dejó la vida por estos colores.

“Cuando dejás todo así, después se puede jugar bien o mal, pero cuando dejás todo así es muy difícil reprochar algo”.

El resumen perfecto de toda una era y, en especial, de este Mundial. Como en los pasajes dramáticos frente a Países Bajos o Francia en Qatar, la actitud jamás se negoció. El fútbol, a veces, premia con copas; otras, castiga con derrotas mínimas. Pero la entrega de este grupo ya forma parte del ADN argentino.

Gracias por todo, Lionel. No nos debés nada. Serás recordado para siempre como el Leónidas de Pujato.

Querido Scaloni

Por Román Novas

Querido Scaloni:

Si hay alguien privilegiado, y merecidamente, en este mundo sos vos. Llamarse como el mejor jugador del planeta y dirigirlo, que le da ese “aura” como dicen ahora, es un privilegio que pocas personas tienen. La principal persona que nos “mal acostumbró” a ganar todo con Argentina. Nos enseñó que al estar hundidos en un pozo sin salida se puede volver a encontrar la luz al final del túnel.

¿Por qué el “joven inexperto” se quebró post final ante España en este triste domingo 19 de julio? ¿Porque hubo errores? Como todo ser humano. ¿Porque no se dio? Podría ser la razón principal. Pero después de perder la final, la primera en su carrera como técnico de la Selección, Lionel se dio cuenta de dónde está parado hoy en día.

Lionel, quedate tranquilo que donde vayas y estés, representás los más de 45 millones de argentinos que habitan este planeta.

Porque en Pujato comenzaba una historia. Una historia que tuvo muchas más buenas que malas. Una historia que justifica esta generación dorada de la selección argentina: 1 Campeonato del Mundo, 2 Copas Américas, 1 Finalísima y ahora un subcampeonato del mundo.

Pero claro, como dicen por ahí: “Del segundo no se acuerda nadie”. En esta historia sí nos acordamos. Porque queda mucho por recorrer. Porque no es grande quien se equivoca, es grande quien se equivocó y lo volvió a intentar, una frase que define a tu máxima estrella: Lionel Andrés Messi. Quién posiblemente disputó, este domingo, su último Mundial y lo bueno es que estuviste ahí presente.

Queremos agradecerte que si hoy tenemos este presente, y que el “10” puede retirarse tranquilo tras ganar todo con Argentina, es gracias a vos. Porque confiaste, porque hubo procesos, cambios y muchas cosas más. ¿Qué hizo la gilada en ese momento? Habló como siempre.

Pero tranquilo “Leónidas” de Pujato, que esta historia tiene un largo camino que aún le queda por recorrer y más presente que nunca. “No gana el mejor, gana el que nunca se rinde”. Y esa frase te define como persona.

 

España, un justo campeón ante una Argentina que bailó su último tango con Messi

Por Luján Pantano

La emoción de una final del mundo. Lágrimas, banderas, caras pintadas y dos camisetas: la española y la argentina.

Una selección española que confiaba en las coincidencias que se repetían entre el Mundial ganado en 2010 y lo que podía ser su próximo título en 2026. Los argentinos colmaron los estadios y las calles, desde Buenos Aires hasta cada rincón del país, empujando por la última de Leo. Una final en el MetLife Stadium, el lugar donde, hace diez años, había firmado el final de su ciclo en la Selección; un final que, en realidad, fue solo un comienzo.

Una batalla que empezó desde el primer minuto, con Lamine Yamal gambeteando y lanzando centros, pero con un guerrero que logró contrarrestarlo: Nicolás Tagliafico. Con el transcurso del partido, España entendía los espacios que su rival dejaba y por dónde podía lastimar. Pero el partido seguía igual: 0 a 0.

El segundo tiempo llegó sin goles, aunque con la selección europea más cerca de convertir gracias a sus remates al arco. Allí, Emiliano Martínez se hizo gigante defendiendo su valla y se transformó en una muralla que mantuvo viva la ilusión durante largos minutos.

Un partido encaminado al alargue. Con los once jugadores argentinos defendiendo dentro del área, mientras España controlaba la pelota y mantenía la circulación que había exhibido durante los 90 minutos.

Pero un color podía empezar a desgastar esa ilusión argentina: el de una tarjeta roja. Enzo Fernández fue expulsado tras recibir la segunda amarilla. Fue el momento de inflexión del partido.

Aun así, la historia seguía. Con un jugador menos, Argentina continuó corriendo detrás del objetivo: la última de Leo.

Hasta que la ilusión empezó a desgastarse un poco más. Tras un cabezazo de Nico Williams, la pelota le quedó a Ferran Torres, que remató al arco para el 1-0 en el minuto 106. Pero todavía quedaba tiempo.

Los tiros de esquina favorecían el juego de la Albiceleste. Los jugadores buscaban a Leo, y Leo buscaba el arco que tantas alegrías y tristezas le dio. El desgaste empezaba a hacerse visible en los titulares, pero seguían intentando encontrar el empate para llevar la definición a los penales. Un milagro, nada más. La ilusión volvía a estar intacta cuando faltaban apenas unos minutos.

El milagro no llegó. España se consagró campeona del mundo, como 16 años antes. Lionel Messi, en su último tango mundialista, con la medalla de plata colgada del cuello, miró hacia la hinchada argentina y llenó sus ojos de lágrimas de agradecimiento.

Es campeón quien perdura

Por Gabriel Milian Scuri

En el medio del MetLife, los jugadores españoles festejan su segundo campeonato del mundo con una apatía que sorprende. Algunas sonrisas, bailecitos y poco más. 

Las cámaras van con Messi. Que demuestra que su presencia vale más que la obtención de los europeos. Que su despedida pesa más que cualquier conjunto icónico como lo es el de De la Fuente. 

La Roja ha sido superior, sí. Pero el foco va con el diez argentino. Que quizá sea la última vez que se saca los botines con su país.

En Argentina el dolor hace una mezcla perfecta con el agradecimiento al seleccionado de Lionel Scaloni. Por un segundo, la Ciudad de la Furia se volvió el llanto de un bebé sin su chupete. Las calles despiden a su ídolo y se rinden ante unos jugadores que le han dado ilusión a un pueblo devastado.  

Hay voces que ponen rótulos sin argumentos. Que la Argentina es exitista y alguna que otra cosa más. Pero por las ventanas se alienta, aún con la copa en manos ajenas y la garganta rasgada.

Si hay historias de superación, una es la del país austral. Acostumbrado a salir de la mierda y brillar con su impronta ante el mundo. 

De Messi no hay ni que hablar. Treinta y nueve años, ocho tantos y gambetas un tanto juveniles. No todos los finales son felices y no todo lo mejor llega al término. El recorrido ha sido uno para Lio. Que ha ganado todo. Que mientras recibe la medalla de subcampeón el publico se arrodilla a sus pies y corea su apellido.

A los jóvenes que han crecido junto a él se les revuelve la memoria al sintonizar sus goles y genialidades. Hay algún pibe o alguna piba que acaba de darse cuenta que el tiempo se escurre y que con ello la gente pasa como los caudales. Que los dioses también mueren (uno ya se ha ido) y se desgarran en frustraciones.

Hay chicas y chicos que se han dado cuenta que ganar no significa ser campeón y que la grandeza no la dan las medallas, sino perdurar. 

Querido Leo

Por Juana Enrico

Ahí estás. De pie, con las manos en la cintura, la mirada perdida en algún punto invisible y una medalla de plata colgando del cuello. La camiseta argentina puesta, la cinta en el brazo, el diez en el pecho. Hoy la copa está en otras manos y hay algo profundamente injusto en esa postal: durante noventa minutos, el fútbol parece capaz de reducir una vida entera a un solo tropiezo, a una noche donde otros festejan mientras vos intentás procesar el dolor.

Nosotros queríamos otra cosa para vos. Soñábamos con una última alegría, con una postal perfecta para cerrar una historia que durante tanto tiempo pareció empeñada en hacerte esperar. Pero hoy no pasó. Y duele, claro que duele, porque probablemente esta haya sido tu última función con la Selección. Sin embargo, esta medalla no define quién sos; apenas cuenta lo que pasó esta noche.

Tu historia es infinitamente más grande. Empezó en Rosario con un chico y una pelota demasiado enorme para su cuerpo. Siguió en Barcelona, entre goles deslumbrantes y noches cuando el fútbol parecía inventado solo para tu magia. Y cuando te pusiste la albiceleste, vino también una exigencia desmedida: durante años nos volvimos jueces despiadados, haciéndote creer que nada alcanzaba. Hasta que en 2016 dijiste basta. Y sin embargo, volviste. Volviste cuando la camiseta pesaba como una condena, porque tu fuego sagrado no se había apagado. Volviste hasta que lloraste de desahogo en el Maracaná y hasta que el cielo se abrió en Qatar para entregarte la Copa del Mundo. Ese día no solo ganaste un Mundial: ese día se acabó cualquier discusión.

Por eso hoy no podemos ser ingratos. No podemos juzgar veinte años de gloria por el resultado de los últimos noventa minutos. Llegaste a esta noche habiéndolo ganado absolutamente todo. Y si duele tanto ver la copa en manos ajenas, es solo porque queríamos el broche de oro perfecto. Pero la grandeza verdadera nunca dependió del guion ideal.

Hoy, a tus 39 años, no sos el hombre roto de 2016. Sos el campeón del mundo que, tras tocar el cielo con las manos, todavía encontró un motivo para calzarse los botines, ponerse la cinta y volver a hacernos soñar. Y eso también es una forma de inmortalidad.

Algún día, cuando esta derrota sea apenas un recuerdo lejano, nadie va a acordarse del rival. Vamos a pensar en el chico de Rosario, en el abrazo con tu mamá, en los goles imposibles y en esa manera tuya de jugar que suspendía las leyes de la física. Nos dejaste la certeza de que, mientras vos tuvieras la pelota en la zurda, nada era imposible.

Gracias por volver esa noche de 2016, por defender nuestra bandera en cada batalla y por las lágrimas que al final tuvieron su recompensa. Perdón por haber dudado alguna vez. Hoy se perdió un partido, Leo, pero vos conquistaste algo que ninguna derrota puede erosionar: la memoria eterna de un país.

Nos diste el final que esperamos toda la vida: verte campeón, verte feliz, verte alzar la Copa del Mundo. Gracias por este viaje inolvidable, por haber cambiado para siempre la historia del fútbol y, sobre todo, la de nuestras vidas. Ahora te toca descansar. Te lo ganaste. Sé feliz.

Con amor,

Argentina.