Por Valentín de Barros
Paletas, apuestas y espectáculo
-Eh, ¿cómo quedamos al final? -pregunta Jonathan Miranda, desesperado, aunque todavía agitado, ya que hace algunos minutos levantó un 7 a 2 abajo.
-Mirá, los dos jugamos 150, después vos tenés 90 a 60 con el Mosca y 70 a 30 con su compañero, y yo tengo 100 a 70 con el Mosca y con el compañero 60 a 40 -responde Tomás Asales, mientras hunde su boca en un trago de agua en busca de algo que lo refresque después de un partido caliente.
-Pero yo jugué 150 aparte, averiguame eso -responde con esa tonada tan particular. Es que Jony hace años dejó su Catamarca natal para triunfar en pelota paleta.
El reloj marcaba las 21:32 del viernes 5 de septiembre de 2025 en el Club Moreno al 981, y tanto Jony como Tomás esperaban saber cuánta plata ganaron, ya que había mucho en juego. Estaban esperando la respuesta del banquero, que se encargaba de anotar todas las apuestas. Debía contemplar las realizadas por cada equipo entre ellos, como las que se juegan entre los integrantes de cada equipo y las que juega el público, alrededor de 30 personas. Los tiempos de apuesta son desde el momento en que se confirma el partido hasta que termina, es más, cualquiera de los jugadores puede apostar mientras está en cancha.
Hubo una época donde el pozo de apuesta desvirtuó todo. Fue a raíz de la aparición y participación de Matías Cohen, ex piloto de Turismo Nacional en Clase 3. Según el banquero del Club Moreno, Cohen se jugaba hasta 85 mil dólares por día y, en un año y meses, se gastó un total de 980 mil dólares. Al final el banquero habló. El monto que les correspondía a Jony y Tomás era apenas superior a los 300 mil pesos, pero las deudas del juego obligaron a Jony a restar 80 mil pesos que le debía a uno de los cabecillas de las apuestas.
De todas formas, el desgaste parecía haber valido la pena. No cualquiera levanta un partido jugando solo de revés y con su compañero (Asales) que le pegaba a la pelotita con una pata de pollo (una paleta con dicha forma pero de madera), mientras que el resto jugaba con la última generación de paletas de carbono.
Además, los contrincantes no eran unos “4 de copa”: el delantero Eduardo “El Mosca” Torres, quien antes era uno de los mejores del circuito Metropolitano y campeón del mundo de pelota goma en Pau 2010, ahora se la rebusca en esta nueva modalidad de las apuestas y sigue manteniendo viva una pasión que le durará toda la vida.
Las 22 parecería ser el mejor horario del Club Moreno o por lo menos eso contaba Miranda. Es que no deja de ser un lugar de reunión: el mozo alcanza una pizza de jamón y morrones, el amigo de Jony ya se arma el primer fernet y deja encargados dos sándwiches de milanesa completos para después de ducharse. El show parecía haber terminado. A lo largo del viernes ya se habían jugado cinco partidos y sería todo por el día.
En el Moreno no hay un sistema de enfrentamientos, una liga, una copa o cualquier tipo de competencia que empareje a equipos ya determinados. Todo lo contrario: de lunes a viernes se realizan desafíos presenciales, se acuerdan equipos, se disponen los términos a jugar y una vez cerrado empiezan las apuestas. Los martes son el único día donde cambian el cronograma a un PRODE: quiere decir que los partidos se arman con tiempo y a lo largo de la semana.
Según varias personas, como Tomás “Polaco” Suárez, campeón de Frontenis en Cochabamba 2018, o el mismo Jony, el Club Moreno es conocido por organizar los partidos más insólitos. Desde una pareja jugando atada a un banco a uno arriba de un changuito de supermercados.
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Existen miles de elementos posibles para poder pegarle a la pelota: una paleta chueca, una bandeja de mozo que ya está curvada de tantos golpes, o un palo angosto y chiquito. Siempre se pondera más el espectáculo y la equivalencia en los enfrentamientos; puede jugar un señor de 70 años contra uno de 35 y las reglas se negocian antes del partido.
La puerta verde por la que se accede a Moreno 981 se encontraba abierta de par en par. Al entrar y esquivar las baldosas rotas se visualiza un cartel: “Solo para socios o invitados”. Una vez dentro se respira un clima entre tenso y distendido. Lo único era la observación constante de las pocas 10 personas que se encontraban en el primer piso.
La noche llega a su fin y ya se siente un aroma más amigable. La mesa de los muchachos empezó a ser la protagonista de la noche. Las charlas, los chistes, algún partido de truco y algún duelo más. El Club Moreno es un sinfín de posibilidades, porque al fin y al cabo el show debe continuar.
La historia del deporte
Para explicar la historia de la pelota paleta primero se debe viajar hasta el siglo XIII, en el continente europeo, en el Reino de Navarra. Allí comenzó a practicarse el juego de la palma, que tiempo después se desprende en pelota vasca, la segoviana, la valenciana y el tenis. Aunque más atrás en el tiempo, en las antiguas civilizaciones, la pelota era un juego universal. Juegos como el jeu de paume, el juego del tamboril y el del tamiz. El Frontón Barcelonés es de las primeras canchas en Cataluña y en Europa, inaugurado en 1893; desde ese entonces surgió una gran explosión e inauguración de canchas.
La pelota vasca se trata de dos equipos de dos integrantes cada uno cuyo objetivo es pegarle con la paleta a una pelotita —la que hoy es de caucho— contra una pared denominada frontis hasta hacer el punto. El mismo es válido cuando la pelota pica dos veces antes de que alguien le pegue. A la cancha se la denomina frontón. Una de sus variantes es el trinquete, que se utiliza cuando el espacio de juego es delimitado por una red en el lateral.
La pelota vasca se divide en cuatro modalidades y cuenta con 14 especialidades. En el trinquete se juega paleta con pelota de goma, tanto en masculino como en femenino; paleta con pelota de cuero; pelota a mano, que puede ser individual o por parejas, y por último xare.
En el frontón de 36 metros se disputan pala corta, paleta con pelota de cuero, pelota mano —individual o por parejas— y paleta goma maciza. El frontón de 30 metros se utiliza para frontenis para ambos géneros y paleta con pelota de goma. Por último, en el frontón de 54 metros, la única especialidad es la cesta punta.
La pelota goma o pelota cuero son las dos especificaciones de la pelota paleta que más se practican en Argentina. De hecho, es originaria de nuestro país y surge como alternativa al uso de la mano. El gran inventor fue Gabriel Martirén, un inmigrante vasco-francés nacido en el cantón de Saint-Étienne-de-Baïgorry, quien vivía en el barrio de Burzaco, donde tenía un tambo lechero. En 1905, el Vasco Sardina o Martirén creó la primera paleta al utilizar una paleta vacuna y luego la transformó en una paleta de madera. Sardina también fue el impulsor de la primera cancha de paleta en Burzaco, donde se disputó el primer partido de pelota paleta.
50 años después se realizó el primer mundial de pelota paleta, en San Sebastián 1952. Desde ese entonces a la actualidad, la Argentina cosechó 41 medallas mundialistas. También obtuvo 15 medallas doradas en Juegos Panamericanos, por lo que la pelota paleta es el deporte que más medallas —56— le dio a la Argentina.
La final
Miércoles 13 de julio de 2025, en pleno centro del barrio Balvanera. El tráfico de siempre en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, las familias que salen a pasear por la famosa calle Corrientes y la policía detiene a un ladrón por un intento de robo.
El reloj se acerca a las 21 y el paso se acelera. Y es que parece un día normal para muchos, pero en el seno del Club Vasco Argentino Gure Etxea se sigue escribiendo la historia de una de las disciplinas más grandes y antiguas de Argentina. La fachada de un edificio inaugurado en 1929 se convierte en el anfitrión de una nueva final del Torneo Metropolitano, organizado por la Federación Metropolitana de Pelota.
Al ingresar por la enorme puerta marrón y llegar a la recepción se percibe un ambiente elegante, cuidado y estético. En el camino a la cancha estaban los vestuarios, que de manera llamativa se encontraban muy lejos del recinto de juego. El resquebrajo de la escalera de madera tapaba minuciosamente el murmullo de un público ensordecedor que había colmado las butacas. Algunos debieron pararse en bancos para poder llegar a ver. Se estimaba una cantidad aproximada de 120 espectadores: 60 provenientes de Las Heras, una ciudad de alrededor de 18 mil habitantes en el noreste de la provincia de Buenos Aires, para alentar a su equipo; otras tres personas eran de Pilar y el resto venía a ver la magia de Facundo Andreasen, campeón del mundo, olímpico, metropolitano y considerado uno de los mejores pelotaris del mundo.
Para Pablo Smitarello, antiguo tesorero de la Federación Metropolitana de Pelota y exárbitro, Andreasen es el mejor jugador que vio en su vida. Lo describe como alguien con una técnica sorprendente y asegura que lo observa hacer cosas difíciles de explicar. Por otra parte, el Polaco Suárez tiene una mirada más paternal: Andreasen fue su referente en la pelota paleta. Le enseñó cómo ser tanto en la vida como en el deporte.
La final del Metro empezó y el show estaba asegurado de parte de los jugadores y del público. Cada punto de Las Heras parecía un gol de Argentina en el Mundial Qatar 2022. Lo festejaban desde lo más profundo. Para un pueblo de 18 mil habitantes, donde la paleta es uno de los deportes madre, significaba mucho más que una simple final, explicaba un hincha totalmente desaforado.
La final del Torneo Metropolitano terminó 2 a 1 con la victoria de Las Heras ante Pilar en el último set, debido a que a Emiliano Narbaits le jugó una mala pasada el físico y una contractura en su isquiotibial derecho no le permitió terminar cómodo. Algo que Andreasen luego se reprochó y aseguró que deberán trabajar lo físico para que no les vuelva a pasar si es que quieren competir a este nivel.
Dentro de la cancha, solo eran festejos de Las Heras y los de Pilar ya se encontraban en las duchas. A pesar de la derrota, Facundo Andreasen no estaba triste. Después de todo, era el quinto partido del fin de semana y no ve con malos ojos un descanso. Además, la victoria de su hermano, Sebastián Andreasen, quien jugaba para Las Heras, lo reconfortaba un poco.
El Club Vasco Argentino Gure Etxea cierra sus puertas; el murmullo ensordecedor pasa a ser un silencio desolador y la música del bar ya no tapa las charlas de los señores que no podían subir las escaleras. Ahora sí, es un sábado más, aunque siga retumbando en la cabeza el “Las heeeeeerass, Las heeeeeerass”.




































