Por Lucas Villanueva
Dicen que un club puede cambiar de técnico, de jugadores y de presidente, pero nunca de hinchas. En el fútbol argentino hay nombres que no quedaron grabados en la historia por sus goles o trofeos ganados, sino por sus historias. Fanáticos que describen a la perfección la palabra “pasión”, que hicieron de la cancha su segundo hogar, y la camiseta parte de su piel. Otros que fallecieron trágicamente y fueron honrados por su lealtad. En todos esos casos, la tribuna deja de ser solamente cemento para convertirse en memoria e identidad.
En Argentina los estadios suelen homenajear a ídolos o dirigentes. Pocos clubes deciden hacerlo con hinchas. En esos pocos casos, el nombre no es solo una pintura: es un recuerdo que le da identidad al club. Nicolás Landoni en Platense, Luis Caro en Atlético Tucumán, Amelia Montero en Newell´s e Irene Cingolani en River son parte de esa breve lista cargada de historias que atraviesan generaciones. Con un simple acto para preservar la memoria de un fiel hincha, el club llena de orgullo a una familia y demuestra el apoyo a los suyos.
“Tener a Nico (Landoni) en la tribuna Goyeneche de Platense es un orgullo para toda la familia”, explica a El Equipo Mariano González, primo de Nicolás. “La tribuna que tenía el nombre de Amelia hacía que las nuevas generaciones recuerden siempre su legado”, comentan los hinchas de Newell´s de la peña Buenos Aires Vieja Amelia. “Pese a que Luis (Caro) quedó como parte de una historia triste en Atlético Tucumán, ver el nombre de tu hijo ahí es una caricia al alma”, dice María Alejandra Sucre, mamá de Luis Caro.
De la popular a la historia de Platense: el lugar de Nicolás Landoni en la Goyeneche
33 escalones separan el piso del pasillo de la popular Roberto Goyeneche hasta lo más alto del Estadio Ciudad de Vicente López. 29 son los que había entre ese mismo pasillo y el lugar a donde iba Nicolás Landoni, hincha de Platense que vivía en silla de ruedas por la atrofia espinal congénita que padecía desde su nacimiento.
Para él esos escalones nunca fueron un obstáculo: cada fecha estaba ahí. Su papá Carlos, su hermano Federico, su amigo Sebastián Fabbri o su primo Mariano lo ayudaban a subir. Desmontaban las ruedas de la silla, lo levantaban y lo acomodaban en su lugar, a 29 escalones del piso. De local o de visitante, “el Cabezón”, como le decían sus amigos, nunca faltaba.

Estudió periodismo deportivo en DeporTEA. En cada recreo buscaba al profesor Alejandro Fabbri. Hablaban de Platense, del descenso a la B Metropolitana en la temporada 2002/03, de las chances de volver al Nacional. “Era un muy buen alumno; hacía un esfuerzo enorme por venir a la escuela”, recuerda Fabbri, que le entregó el diploma de egresado diez días antes de la tragedia de Cromañón.
Con Gustavo Lamy y otros hinchas, Landoni armó “Llegó Platense”, un programa de radio partidario. En paralelo participó en el libro Según pasan los años. “Siguió al equipo a cualquier parte. No era fácil seguirlo en donde jugaba, mucho menos en las canchas de la B, y él lo hizo”, cuenta Lamy.
Landoni falleció el 30 de diciembre de 2004 en el incendio del boliche República de Cromañón. Llevaba una camiseta y un collar del Calamar. La noticia golpeó a Saavedra y Vicente Lopez. En 2005, sus amigos propusieron que ese día quedara como el Día del Hincha de Platense, pero Fabbri sugirió el 9 de octubre, día del nacimiento de Nicolás, para no atarlo a la tragedia. Con el tiempo, un sector de la tribuna que subía con la ayuda de su familia y amigos terminó llevando su nombre.
Entre los papelitos y las bengalas, Landoni volvió a ser homenajeado. Era 2006 y Platense volvía a la B Nacional. Daniel Vega, goleador del ascenso, daba la vuelta olímpica con una remera blanca. En el pecho, el rostro de Landoni, que ya no estaba, pero seguía presente en los festejos. “A Vega lo entrevistó en la radio. Nico lo amaba y el delantero siempre lo recuerda. Fue una muy linda acción”, recuerda su primo Mariano.

Hoy, cada vez que alguien sube los escalones de la Goyeneche, repite el camino que él, con ayuda, hacía. Al llegar al final, Nico lo recibe con una parte que lleva su nombre: “Sector Nicolás Landoni”. “Es muy emocionante que esté su nombre ahí”, destaca su primo. “Quedó grabado en la historia del Calamar por todo lo que hizo”, agrega Fabbri. “Este acto hace a Nico eterno”, cierra Lamy. Entre esas voces se sostiene la memoria de un pibe que convirtió su lugar en la popular y su amor incondicional por el club en una parte de la historia de Platense.
Amelia Montero, la hincha eterna de Newell´s
“Lo único que es insustituible son los hinchas”, dijo Marcelo Bielsa en 2023. En el estadio que lleva su nombre -Estadio Coloso Marcelo Bielsa- ya no quedan rastros de la tribuna que homenajeaba a Amelia Montero. Allí, donde la dirigencia de Ignacio Astore levantó 22 palcos nuevos presentados como parte de la “modernización” en 2025, antes estaba la tribuna que recordaba la historia de una hincha que vivió cada partido durante casi un siglo con la misma pasión y amor por la camiseta.

En 1930 habían pasado 27 años desde la fundación de la Lepra y 19 desde la inauguración de su estadio. Faltaba un año para la profesionalización del fútbol, 25 para el nacimiento de Bielsa y Jorge Valdano, 57 para que llegara al mundo Lionel Messi y 63 para que Diego Armando Maradona vistiera la camiseta rojinegra. Ya en ese año, Amelia, con apenas seis, visitaba por primera vez la cancha de Newell´s. Desde aquel entonces nunca faltó a un partido hasta el 12 de julio de 2023, día de su fallecimiento.
Su vida en el club no se limitó a ocupar un lugar en la tribuna. Desde 1962 organizaba viajes y alquilaba micros para que todos pudieran seguir al equipo, incluso fuera del país. Ocho décadas después de aquella primera vez, al cruzar nuevamente ese portón, detrás de los bancos de suplentes, la esperaba una tribuna con su nombre: “Tribuna oficial Vieja Amelia”. El apodo de “Vieja” se lo puso Gerardo “Tata” Martino. “Una vez me vio por la tele y dijo ‘uy, la vieja Amelia’. Desde ahí todos empezaron a llamarme así” recordó Amelia en una entrevista con Infobae en 2018.
La Estación Plaza Constitución ve durante la semana pasar miles de personas que se desplazan entre el trabajo y sus casas. Pero a pocas cuadras, los días que juega Newell’s todo se tiñe de rojo y negro. En la pared, una bandera que deja en claro dónde se está: “Peña Buenos Aires Vieja Amelia”. Ese rincón porteño se convirtió en un pedazo de Rosario. “Iba a ver a Newell´s a donde sea, como sea y cuando sea”, relatan los integrantes de la peña. “Sentíamos que nuestro club nos representaba, que era capaz de salirse del prejuicio que indicaba que las tribunas debían tener nombres de hombres, futbolistas o dirigentes. Nosotros teníamos a una mujer, y viva para poder disfrutar de semejante reconocimiento”.

La tribuna ya no está. Ahora los palcos ocupan ese lugar. Pero como dijo Bielsa, lo insustituible son los hinchas y Amelia fue la prueba. Aunque su nombre ya no esté inmortalizado en el cemento, permanece en la memoria y los cantos de la gente. En 2014, la banda “El Crotto del Parque” le dedicó una canción que todavía resuena en la hinchada rojinegra: “Para vos viejita, de parte de todos los que alguna vez subimos a tu bondi/ vamos, Amelia, vamos”.
“Ojalá no hubiera nunca más un Luis Caro”: la historia detrás de su tribuna en Atlético Tucumán
“Emboscada salvaje”, tituló el diario tucumano La Gaceta el domingo 16 de septiembre de 2001. Abajo: “Un joven, de sólo 14 años, fue muerto y otro, de 19, resultó gravemente herido. Irracional ataque entre hinchas luego del clásico tucumano”. En la portada aparecía Carlos Argañaráz, el chico herido. El asesinado era Luis Gerardo Caro, hincha del Decano. Hoy la tribuna de la calle Chile del Monumental José Fierro lleva su nombre y el 15 de septiembre se celebra el Día del Hincha en su recuerdo.
El amistoso entre San Martín y Atlético Tucumán había sido organizado por la misma cervecería que patrocinaba a ambos. El día del partido había menos de tres mil personas y apenas cuarenta efectivos policiales, muy lejos de los trescientos que solían custodiar un clásico tucumano.
El encuentro, disputado en el Estadio de La Ciudadela, terminó empatado y en los penales ganó el Decano, pero la barra de San Martín abandonó de repente su tribuna y se ubicó en la calle que conectaba con la salida del sector visitante. En la popular de Atlético la policía empezó a tirar balas de goma y gases para obligar a la gente a evacuar. Meses antes, una bandera del club había aparecido quemada en la tribuna rival tras ser secuestrada en un operativo policial y luego vendida a la barra del Santo. El antecedente, todavía fresco, hizo pensar que todo estaba armado.

Cuando la hinchada decana salió, la policía, ahora montada a caballo, continuó persiguiéndolos hasta la calle Pellegrini, donde los barras de San Martín estaban esperando. Comenzaron los disparos. En medio de las corridas estaba Luis Caro. Tenía 14 años. Esa tarde debía ir a entrenar a las inferiores del Club Atlético All Boys de Tucumán, pero le mintió a sus papás, María Alejandra Sucre y Luis Aldo, para poder ir al clásico pese a las advertencias de lo peligroso que era.
En Pellegrini al 400, una bala de un revólver calibre 22 lo alcanzó en el pecho. “No me quiero morir, llamala a mi mamá”, alcanzó a decirle al periodista Gustavo Rodríguez, que fue a ver el partido y terminó cubriendo los incidentes. La ambulancia tardó 20 minutos. Cuando llegó, solo había un chofer. Sin un médico en la parte trasera, los vecinos lo subieron como pudieron, pero Luis murió en el Hospital Padilla de San Miguel de Tucumán.
“Hasta el día de hoy me pregunto de dónde le salió ese fanatismo por Atlético Tucumán. Ninguno en la familia era tan hincha. Se crió rodeado de hinchas de San Martín porque iba a una escuela del barrio Ciudadela”, recuerda su mamá a El Equipo. “No se olviden de que tienen hijos o una familia esperando en casa. Llevar colores diferentes no significa salir a matarnos”, advierte Sucre.

Luis quedó como parte de la memoria de Atlético Tucumán como un ejemplo de lo cruel que puede ser el fútbol. Allí donde los hinchas se paran a alentar, las letras pintadas recuerdan a Luis Caro. Su historia vuelve a estar presente entre banderas y cánticos. Lo que un día fue la tapa policial, hoy es memoria en la tribuna de la calle Chile del José Fierro.
Irene Cingolani: la primera socia de River Plate
En 1922, con apenas tres meses, Irene Cingolani ya tenía su carnet de socia en River. Cinco días después fue a la cancha por primera vez. El 16 de noviembre de 2014, con 91 años, un sector de la tribuna Centenario fue bautizado con su nombre. Ese día, emocionada, sostuvo un ramo de flores sentada en su silla de ruedas y recordó tantos años alentando al Millonario.
“¡El día que me muera/ yo quiero mi cajón/ pintado de rojo y blanco/ como mi corazón!”, canta la hinchada millonaria. Tras el fallecimiento de Irene Cingolani, el 12 de agosto de 2018, no fue solo su cajón lo que quedó pintado de esos colores. Un sector entero de la tribuna sigue homenajeando a quien hizo del amor por River una vida entera.

Nicolás, Amelia, Luis e Irene ya no están físicamente, pero sus nombres, sus historias y su pasión quedaron grabados en la tribuna y en la memoria de quienes los conocieron y los conocerán a través de sus historias. No pueden volver, pero nunca se irán del todo mientras haya hinchas que canten, alienten y sean tan apasionados como lo fueron ellos.