domingo, junio 16, 2024
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Futbol infantil o cuando lo único que importa es ser felices

Leandro Manganelli

Al arquero visitante se le escapa una pelota que quiso embolsar y se le mete en el arco. “No lo puedo creer, la re puta madre que me parió”, se enoja el técnico, quien está detrás del arco vencido. El arquero se agarra la cabeza. Sufre dos goles más en pocos minutos. Brazos en jarra, cabizbajo, afronta lo que queda del primer tiempo y sale triste de la cancha para la charla técnica del entretiempo. Su equipo tiene que dar vuelta un partido que se hizo cuesta arriba desde el primer minuto, y que sería muy duro de perder si no se tratara de niños de entre 7 y 8 años.

El arquero de la categoría 2017, que se quedó a apoyar a sus compañeros de la 2016, corea el nombre del amigo que está en el arco sin consuelo. “Le estoy cantando”, le dice a su mamá, que estaba a su lado, en la tribuna donde los mates hacen más soportable el frío y los padres miran a sus hijos. “Los chicos soportan pesos cuando en realidad tienen que pensar en jugar, aprender y hacer amigos”, me dice Yannick Sandler, psicólogo especializado en deporte.

En el Estadio Carlos Saraniti hay familia. Cuando entro, engancho un partido que me traslada a mi niñez en esas tradicionales canchas de baldosa de club de barrio. Juventud de Liniers, el local, viste de blanco y rojo a rayas verticales; Amigos de Villa Luro, el visitante, juega con una camiseta negra, gris y bordó.

El número 5 de Amigos de Villa Luro mira al técnico después de cada intervención suya en el partido. Los pequeños jugadores tienen 7 años: lloran cuando se golpean y, cuando la pelota no está en juego, se ponen a charlar distendidos entre ellos. “El problema con los más chicos es que constantemente hay que buscar el orden -me dice Agustín Florít Perán, técnico de Juventud de Liniers- Tienen que combinar el hecho de pensar dónde estoy parado, dónde está el rival, dónde me va a tirar la pelota, cómo defiendo: tienen que pensar muchas cosas”. Cuando el árbitro pone la pelota en juego, cambian la cara y salen de su mundo lúdico: se ponen alerta ante los gritos de orden del DT.

El 19 de Juventud de Liniers está nervioso desde hace unos minutos: su equipo recibió otro gol -que termina de inclinar la balanza para los rivales- y empieza a entregar mal los pases; se agarra la cabeza y comete una infracción por llegar tarde a la pelota: genera un tiro libre que sería peligroso si no se tratara de niños de entre 6 y 7 años. “Es una presión externa que los chicos internalizan. Quieren estar a la altura y ahí es donde se complica, porque el chico quiere poner felices a sus padres; está ligado a lo que es el amor. El chico confunde los verdaderos objetivos del deporte a esa edad”, explica Sandler, que forma parte del Equipo de Psicólogos Especializados en Deporte.

El árbitro encargado de la jornada tiene buen trato con los jugadores y es más permisivo con los más chiquitos. A los 2011 les cobra mal sacado el lateral y no hay vuelta atrás, pero a los 2015 los deja repetir hasta tres veces: antes del último intento les explica la técnica. Un jugador de Amigos de Villa Luro volvió a sacar mal el lateral luego de la explicación, pero el árbitro lo dejó seguir con una sonrisa en la cara y un gesto cómplice de “más o menos”.

Los chicos soportan presiones ligadas a la competencia que les exige salir del juego constante de la niñez. “Los grandes responsables son los padres y entrenadores -dice Sandler-. También ciertos discursos que vienen desde el periodismo, de transmisión de ideas y valores”. Ganar está bien y perder está mal, ¿no?; sin embargo, antes y después de sus partidos, los nenes agarran una pelota y juegan entre ellos en el patio del club o en cualquier rincón que encuentren -y si ese rincón está apretado y pegado a la cancha, no importa-. Siempre juegan. Lo grafica Florít Perán, que dirige a todas las categorías del turno mañana: “A veces los nenes no saben si hacerle caso al profe o al papá. Hay muchos papás que tienen una mentalidad de ‘bueno, andá a jugar a la pelota, divertite, hacele caso al profe’; y hay otros papás con mentalidad competitiva absoluta de ‘dale, dale, levantate y seguí’: ganar, ganar, ganar y nada más. Y ahí es donde se complica bastante: cuando le exigimos a los nenes cosas que no pueden hacer, o muchas veces no quieren hacer. Les pedimos y les pedimos y no se tiene en cuenta el deseo del nene, sino que se tiene en cuenta el deseo del padre”.

“Vamo’, juez… Vamo’, juez… Vamo’, juez”, repitió un hombre -pareciera familiar de uno de los jugadores- desde la tribuna visitante cuando el árbitro cobró una falta en contra de Amigos de Villa Luro. El arquero de la 2011 de Juventud de Liniers aplaudió al juez de manera irónica luego de que este le cobró un tiro libre en contra en la puerta del área y se ganó la amarilla; aplaudir así, en modo de queja, es algo que se ve seguido en el fútbol amateur de distintos niveles y en el profesional.

Desde una protesta hasta un mal rendimiento, la frustración se palpa en esa canchita de baby fútbol: uno de los chicos de la 2011 de Liniers, ante la goleada que sufre su equipo, pide el cambio y, una vez que sale, llora. Y la frustración también está del lado de la victoria: uno de los de Villa Luro terminó el partido muy enojado mientras que todos sus compañeros salieron con una sonrisa en la cara. Después se le acercó un chico de Liniers; un amigo del otro bando. Ambos padres se saludaron y le sacaron una foto a los chicos: el que perdió sonrió; el que ganó no se pudo sacar la bronca. “Dale, no seas boludo…”, le trató de aliviar el panorama su padre; parecía enojado porque no le salieron las cosas en el partido.

– ¿Cómo se maneja a un chico que está enojado cuando el resultado fue bueno?

– Hay que ver qué le pasó -explica Agustín Florít Perán- tratar de bajar los decibeles y que entienda que a veces las cosas salen y a veces no.

– ¿Y la frustración de un nene de la 2017?

– Depende mucho de la personalidad del nene: hay algunos a los que tenés que calmar, manejarlo tranquilo (“no te preocupes, las cosas van a salir bien”), y hay nenes que los tenés que enfocar por el lado de “vamos, dale, tenemos que ganar, te necesito fuerte, te necesito bien”. Depende del rol del nene en el equipo, de la personalidad: se evalúa todo eso. Es complicado porque pasa mucho que en el medio del partido empiezan a llorar porque les hacen un gol. Es parte del proceso: aprender, equivocarse; hay que hablar mucho, tocar fibras íntimas para que siga insistiendo, para que no se quede.

Ese piso de baldosa que mantiene su esencia hace, al menos, 15 años, contiene a una porción del barrio de Liniers. Es un rincón a pocas cuadras de la General Paz en el que niños y niñas se divierten y se cansan de correr. “Socialmente el club creció una bestialidad. Tenemos fútbol todos los días, futsal, fútbol femenino… No da abasto de la cantidad de pibes que tiene y la presidenta del club y la comisión lo mantienen bastante cuidado. Tenemos cuatro tiras de fútbol: FEFI B, FEFI F y dos tiras en el matutino: 5 y 7”, explica Florít Perán. El torneo de baby fútbol matutino es menos exigente que el de la tarde y puede ser un problema tener que cambiar a un chico de la tarde a la mañana y, al ser un club barrial, hay una cercanía mayor con los padres: “Esto no es Vélez, que vos tenés 10 millones de pibes y decís ‘tal pasa de la segunda tira a la tercera’, y lo mandás y no preguntás. Acá tiene que haber una charla previa con los padres, explicarles todo, y después te tenés que bancar la que venga. Muchas veces no lo quieren entender: prefieren que los hijos jueguen cinco minutos a la tarde a que bajen de nivel y jueguen todo el partido. Un pibe que juega cinco minutos no va a aprender absolutamente nada; y no le gusta a nadie jugar cinco minutos”.

“Hermoso mundo de fantasías, de colores, de juguetes, de payasos, de tomar la leche con el mejor amiguito, de ver los dibujos animados como un rito, de llorar por un paquete de figuritas, de emocionarse por haber sacado una difícil, sonreír y sentirse el ser más dichoso del planeta”, escribió Marcelo Roffé -uno de los primeros en hablar de psicología en el deporte en Argentina- en el relato Cuando el niño era niño que le da color a su libro Mi hijo el campeón, y que es muy necesario para recordar que la niñez es un juego, que termina el partido y me olvido del resultado enseguida, que no me saco los guantes o los botines y sigo vestido de jugador de fútbol todo el día, que si me lastimo lloro porque así lo siento, que como rápido el sánguche que me da mi vieja porque mis amigos están jugando a la pelota en el patio y falto yo, y que ya es hora de irse y tienen que llevarme a la fuerza porque se hizo de noche y todavía no terminó el partido infinito que nos jugamos con mis amigos.

Grupo A

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Argentina

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Rafael Nadal volverá a intentarlo

Por Matías Besana

El viejo Rafael Nadal, el joven, el de siempre, persiste. Obstinado, enfrenta el insoslayable paso del tiempo. En la cancha, suda y corre, con menor velocidad aunque con idéntico esmero e ilusión que cuando tenía 18 años y abrazaba su primera Copa de Los Mosqueteros. “Ojalá fueran 28, no 38 (cumplirá el 3 de junio)”, lamenta el manacorí. Sus hábitos no cambian, el instinto no lo pierde. Lucha y aún transforma puntos perdidos en tiros maravillosos, porque lo imposible con el español sobre el polvo de ladrillo no existe. Luego, salta, aprieta su puño izquierdo, grita y busca energía en el público, incluso encontrándose en desventaja de dos sets, con un panorama más oscuro que el inicial: el sorteo definió a Alexander Zverev, campeón en Roma y número cuatro del mundo, como su rival en la ronda inaugural, instancia en la que nunca había caído. “Hay un gran porcentaje de que no regrese a Roland Garros, pero todavía siento que no es suficiente”, descarga el ganador de 22 Grand Slams, con los ojos brillando y los Juegos Olímpicos de París en el horizonte (26 de julio al 11 de agosto).

Con siglos de anterioridad, el poeta griego Homero narró, desde la leyenda de Ulises y con el faro en la isla de Ítaca, el viaje del balear a su presunto día final en Roland Garros. Una odisea caracterizada por diferentes malestares físicos, entre ellos una lesión en el psoas Ilíaco, la cual lo marginó del Abierto de Francia 2023, no frenaron al español. “Rafa, Rafa, Rafa, Rafa”, se oyó con sintonía de coro en el estadio Philippe Chatrier, principal del evento y con capacidad para poco más de 15.000 espectadores. La figura que dominó el torneo como nunca nadie antes, 14 trofeos y 112 victorias, se despidió – muy probablemente para siempre- con los brazos en alto y ante la mirada de su hijo Rafael, próximo a cumplir 20 meses.

Xisca Perelló y Rafael Junior, pareja e hijo de Nadal.

La proeza de un retorno triunfal se transformó en una mera utopía cuando el bolillero emparejó al mallorquín con el alemán Zverev. Una década más joven, Sascha hizo galantería de su cabellera rubia y sus 198 centímetros de estatura, desplegó golpes violentos con su drive y lució el revés cruzado, su mejor recurso. Se adueñó de las ilusiones de su rival (6-3, 7-6, 6-3) y luego destacó: “Llama la atención el nivel en el que jugó hoy (Nadal) respecto a los partidos anteriores. Si se mantiene sano, seguirá cada vez mejor”.

Por el momento, no fue suficiente. “La primera ronda no fue la ideal”, comentó sonriendo el manacorí. Ante el tenista de mejor forma del circuito mundial (10 victorias en los últimos 11 partidos), se sintió “competitivo” y avizora un objetivo cercano: Los Juegos Olímpicos de París. “La Fiera” regresará al Bois de Boulogne, donde solo tres tenistas lo derrotaron en 116 duelos (Robin Soderling 2009, Novak Djokovic 2015 y 2021 y Alexander Zverev 2024). El tiempo indica que el cargador tiene una bala menos pero también una más. Una especial. El sueño español lo imagina en dupla con su heredero, Carlos Alcaraz (21 años y ganador de dos Majors) en la búsqueda de su tercera medalla dorada, a 16 temporadas del éxito en Beijing y ocho del triunfo en Río de Janeiro junto a Marc López. 

Alexander Zverev registró 42 tiros ganadores en su duelo ante el balear.

A merced del poderío de una máquina germana sin laceraciones y sin posibilidades tangibles durante la tercera manga, no se persignó. Masticó bronca cuando la pelota que lo condenó voló por detrás de la línea de fondo. Del gran campeón, sobrevive la esencia. El sueco Mats Wilander, ganador de siete Grandes y comentarista en la cadena Eurosport, lo explicó: “Puede que Rafa haya envejecido, pero no ha perdido su espíritu y eso lo convierte en el mejor, probablemente uno de los mejores luchadores en la historia del tenis. No importa cómo juegue, peleará cada punto”. En la máxima cita del deporte mundial, Rafael Nadal lo intentará. Una vez más y como siempre, Rafael Nadal lo intentará. Solo así se sentirá en paz.

Menotti, un rosarino de ley y de Central

Por Felipe Beltrán

Campeón del mundo dirigiendo la Selección nacional en el 78 y parte de una grieta histórica en el fútbol entre su “buen juego” y el “ganar como sea” de Bilardo. Muchos lo recordarán por lo mencionado, pero sin dudas, en Rosario, Rosario Central más específicamente, sera recordado por los colores que teñían su corazón: azul y amarillo.

El hombre que marcó el fútbol argentino, en su labor de entrenador pasó por grandes como Boca Juniors o River Plate, y dejó una huella en clubes como Huracán por su forma de jugar. 

También un histórico de la Selección, entrenador que (haciéndose cargo de las críticas) supo dejar ni más ni menos que a Diego Maradona fuera de los convocados en lo que sería el primer Mundial que se consagró Argentina, y quien le dio una identidad al seleccionado, convirtiendo en un anhelo para los jugadores poder calzarse la albiceleste.

Sin embargo, a pesar de ser un hombre que no pasó desapercibido por ninguna institución a la que perteneció, siempre demostró estar identificado y sentir un cariño especial por el club del cual es hincha, Rosario Central.

Menotti nació en el barrio de Fisherton (noroeste de Rosario) en 1938, e hizo inferiores en Unión Americana, equipo al que luego abandonó para, en 1960, conseguir por lo que tanto luchó, debutar en la primera de Central contra el Xeneize, en un partido que ganó “La Academia” por 3-1.

En Arroyito tuvo dos etapas como jugador, en las que sumó un total de 86 encuentros disputados (27 ganados, 30 empatados y 29 perdidos).

Paradójicamente, ya retirado como futbolista profesional, comenzó su carrera como DT en Newell’s Old Boys, eterno rival del equipo del cual es hincha. Allí, en 1970, cumplió por un año el rol como colaborador del Gitano Juárez. Luego desembarcó en Huracán hasta el 74’, donde hizo historia en lo que para muchos fue uno de los mejores equipos del fútbol argentino.

A principios del siglo, en 2002 exactamente, y ya con una reconocida carrera como técnico, se convirtió en el entrenador del Canalla haciéndose cargo de un mal pasar futbolístico que atravesaba el club.

Por desgracia para Menotti, no pudo revertir esta situación, y no consiguió demostrar lo que sí había hecho en otros equipos, dando como desenlace su desvinculación con la institución rosarina tan solo poco más de 7 meses al mando del plantel. Su sucesor fue otra cara identificable del club, Miguel Ángel Russo.

En su breve estadía en la Academia, el flaco logró dejar una alegría inolvidable para el hincha, ganándole por 2-0 a Newell’s  quebrando una racha negativa de 22 años sin triunfar en el Coloso del Parque.

En 2016, fue nombrado ciudadano ilustre de Rosario por el Concejo Municipal, acto donde demostró su emoción y agradecimiento a la ciudad que, según él, le había dado todo. A pesar de su identificación con el azul y amarillo, siempre fue un hombre respetado por la hinchada leprosa.

El pasado 5 de mayo Cesar Luis Menotti falleció, aunque será recordado por todos los argentinos, pero sobre todo en Rosario, la ciudad que, más de una vez -expresado por él-, le brindó una pasión “Rosario es mi casa, es mi vieja y el despertar de mi amor por el fútbol”.

Menotti, el fútbol como un arte

Por Lucas Lopez 

Un mediodía, a principios de los años 90’, en el barrio de San Telmo, con una mesa poblada de copas, vinos, sodas y panes como espectadora de semejante momento, se sacaban una foto verdaderos artistas: Quino, Roberto Fontanarrosa, Alejandro Dolina, Ricardo Mollo, Alfredo Casero, el Negro Caloi, Joan Manuel Serrat. En el medio, abrazado a Dolina, había alguien que no era de eso que se suele llamar arte, pero que también era un artista: Cesar Luis Menotti. Menotti, de todas las personas, quizá fue la primera que pensó al fútbol como un arte. 

Nació en Rosario. Jugó en Rosario Central, Racing, Boca, Santos y Juventus de Sao Paulo, con un breve paso por Estados Unidos en el medio. Fue entrenador de Newell’s Old Boys, Huracán, donde salió campeón en el año 73 con un equipo que iba a ser recordado hasta el día de hoy, dirigió a la Selección Argentina, ganó el Mundial del 78, después pasó por Barcelona, Boca, Atlético de Madrid, River, Peñarol, Boca otra vez, Independiente, Sampdoria de Italia, una segunda etapa en Independiente, Rosario Central, una tercera etapa en Independiente, y un ciclo muy corto en México, en lo que fue su última experiencia como director técnico. 7 títulos obtuvo como entrenador, que no le hacen justicia a su impacto en este deporte. 

Jorge Valdano escribió, sobre él, en diario El País: “La personalidad entre bohemia e intelectual que lo acompañó siempre estaba construida por un gran amor a la música popular, una sensibilidad estética hacia todo y un fuerte compromiso con la política de izquierdas”. Entender al Menotti amante de la música es entender al Menotti técnico, su legado, aquel que dejó una corriente filosófica que aún hoy en día sigue viva. 

Cuando era joven escapaba de su ciudad y viajaba a Buenos Aires, veía boxeo y pasaba las noches en la siempre luminosa avenida Corrientes, perdido en los bares en los que escuchaba a sus orquestas y artistas favoritos. Ya en los años 70 se mudó a la capital porteña, las salidas se hicieron más frecuentes y Cesar Luis no dejaba noche sin escuchar en vivo las notas de algún bandoneón. Así conoció a grandes artistas de la cultura propia de este país: Anibal Troilo, Roberto Goyeneche y, su preferido, Osvaldo Pugliese. 

Pugliese y Menotti tenían cosas en común por fuera del arte: el Partido Comunista sirvió como unión para ambos, más allá de la amistad. Alguna vez el pianista lo invitó a uno de sus ensayos, pero al escuchar a sus violinistas, Pugliese suspendió todo. “Hoy no están bien, mañana seguimos”. A Menotti esa escena le quedaría para siempre en la memoria: “¿Ven? Es igual a un entrenamiento”, le dijo a su cuerpo técnico. 

De las -interminables- célebres frases que dejó Menotti, varias fueron protagonizadas por la música: “Un equipo es igual a una orquesta de músicos”, o, refiriéndose a Bilardo, “yo soy admirador de Joan Manuel Serrat y Mercedes Sosa y a él le gustan Los Wawancó”. La amistad con el catalán fue la más fuerte que tuvo el Flaco. Llegó a decir que “en el fútbol todo debe tener un sentido, como la música de Serrat”. Se conocieron en el Mundial del 82, cuando él viajó a Barcelona para dirigir a la Selección Argentina. El cantante, tiempo después, dijo que “siempre le había interesado su forma de trabajar, y, sobre todo, su manera de hablar de fútbol como un hecho lúdico, divertido y creativo”. 

Tanto se querían, que Menotti escribió un solo libro en su vida y Serrat estuvo a cargo del prólogo. Fútbol sin trampas, conversaciones entre el técnico campeón del mundo y Ángel Cappa cuando volvían de la playa, un verano en que vacacionaban en la ciudad de la que estaba enamorado Menotti, Mar del Plata. 

Esos chicos… sus hijos, señoras y caballeros, están proyectados para jugar. Para jugar por jugar. Para divertirse jugando. No les anticipen el muermo. No los conviertan en aburridos prematuros, que de eso, con el tiempo, ya se ocupa la empresa. De eso se encargan los malos dirigentes, con sus cortes de mangantes y con los técnicos acomodaticios y serviles que en el mundo han sido, son y, mucho me temo, serán”, cerraba Serrat el prólogo, con un anticipo de todo lo que vendría después en el libro.

Menotti, hábil y público fumador, de quién hay más fotos con un cigarrillo en la mano que sin, tuvo complicaciones de salud incontables veces por su adicción. En 2011, cuando fue operado por una afección pulmonar que lo dejó en terapia intensiva, recibió un mensaje de su amigo catalán: “A ver si ahora te ocupas de la vida y no del cigarrillo”. Desde aquel día no fumó más, abandonando aquel objeto con el que estaba tan asociado. Cesar Luis Menotti, aquel primer artista del fútbol, que supo musicalizar a sus equipos así como Pugliese daba ritmo a su orquesta o Serrat entonaba las estrofas de Penélope, falleció el 5 de mayo de 2024 a los 85 años. 

 

Bruzos: “El futsal no tenía nada y la llegada de Tapia cambió eso”

Por Matías Policastro

La Selección Argentina de futsal levantó la Copa del Mundo en 2016, fue subcampeona en la edición del 2021 y se quedó con la Copa América en 2015 y en 2022, entre sus actuaciones más destacadas. Este histórico proceso lo detalla a la perfección Gustavo Bruzos en el libro Revolución Futsal, publicado el 5 de octubre de 2023. Bruzos ejerce periodismo desde 1988. Formó parte de la sección deportes en el diario Clarín hasta el año 2000, y luego desempeñó diversas tareas en la señal deportiva de televisión ESPN. En la actualidad, es redactor y editor en el sitio web del propio canal y le agradece a su hijo Agustín, quien le inculcó la pasión por el deporte del 40×20. Sobre Diego Giustozzi, ex entrenador de la Selección Argentina y autor del prólogo de su libro, detalla:

– En 2016, cuando nadie estaba usando el predio, Giustozzi y los jugadores se encerraron ahí a entrenar, prepararon un Mundial y salieron campeones en Colombia. Sin que nadie se enterara siquiera que había una Selección, un técnico nuevo y tampoco que dos veces antes de viajar a la propia cita mundialista nadie quería poner la plata y casi no van. Es el tipo que cambió el futsal en la Argentina. Realmente un enamorado de este deporte, un fenómeno. No tengo ninguna duda de que hay un antes y un después de su aparición.

– ¿Cómo surgió la idea del libro? 

– En la pandemia aproveché que estaba con tiempo y me senté a escribir. Ya cuando lo tuve más o menos enfocado, llamé a los chicos de Ediciones Al Arco y la devolución fue buenísima. La historia es muy clara como proceso histórico, es un libro absolutamente periodístico, no tiene ninguna otra veleidad o deseo más que contar algo que nos pasó, que tiene muchas casualidades y también causalidades. Me parece que todo el proceso a partir de la llegada de Diego Giustozzi tiene un montón de cuestiones que transformaron al deporte.

– Juntando esas casualidades y causalidades, ¿creés que tuvo mucho que ver la votación del 2015 en AFA que terminó 38-38 con el crecimiento del futsal?

– El 38-38 dejó un vacío en la entidad que los chicos aprovecharon a pleno, y sin dudas que fue la casualidad y causalidad de tener 3 o 4 cabezas de termo que pelearon por la disciplina, junto con la segunda línea de todos ellos. Están enfermos y tienen una enfermedad hermosa, contagiosa, es alucinante. Este deporte no tenía nada y la llegada de Claudio Tapia en 2017 cambió eso. Era un tipo que estaba bastante cerca de la disciplina y tiene a Jonathan Sanzi (actual presidente de la comisión de futsal en AFA) como su mano derecha. 

– En un capítulo haces hincapié en los clubes de barrio, ¿qué opinión tenés sobre las sociedades anónimas deportivas? ¿Cómo repercutirían en el futsal?

– Es absolutamente fácil: si en el fútbol grande van y hacen desastres, imaginate lo que pueden hacer con los clubes de barrio chiquitos. Además, si hay algo por lo que el futsal argentino pudo competir a nivel mundial, fue por ese semillero que significan los clubes barriales. 

– Mencionás el poco respeto a los procesos, ¿por qué pasa? ¿Es un problema del periodismo o de la sociedad?

– No respetar los procesos implica también un problema de educación. Trajiste a Giustozzi porque creías que era el mejor. Cuando se va, lo deja a Matías Lucuix. El segundo partido, ya le caían las críticas ¡a Lucuix! Un tipo que adentro de la cancha era Messi, y ya empezaban los cuestionamientos. Hoy es subcampeón del mundo. Sobre todo en los deportes más chicos, donde hay menos para morder, todos están desgastando para ver si pueden agarrar algo del nuevo proceso. Ahí también está el multicausal, que tiene que ver con las ansiedades y las apetencias personales de muchos personajes mediocres que hay siempre dando vueltas, en todas las disciplinas. 

– Colocaste un textual de Giustozzi a Télam, una agencia que quieren cerrar y que le daba importancia a deportes que en los medios masivos no tienen influencia… 

– Hablando con Alejandro Wall, me decía algo que no había pensado: para nosotros, los periodistas deportivos, Télam era un gran ordenador. Te levantabas a la mañana, pispeabas la cablera y tenías un panorama de lo que no te podías olvidar. Eso es una pérdida enorme. Ni hablar de lo que significa en cuanto a puestos de trabajo, ni a equidad de la información, ni a federalismo informativo. Perdemos compañeros con mucha calidad periodística. Es una derrota profunda para nuestra profesión si llega a terminar desapareciendo Télam. 

– ¿Creés que los comunicadores del futsal pueden llegar a tener un lugar importante en los medios?

– Cada vez hay más lugar para el periodismo especializado en las señales deportivas. En función de que el futsal empiece a entrar en la televisión masiva, creo que va a haber más espacio para esos medios. Ahora veo demasiado streaming a cargo de los clubes, gente con voluntad pero no con la mejor calidad ni de imagen ni periodística, que va generando mejor contenido con el aumento de horas al aire. Pero sí, hay muy buenos periodistas haciendo futsal y muy buenos lugares de donde leer.

– ¿Hoy la disciplina está más asentada que nunca en la AFA?

– Olvidate, el desarrollo de la Selección de futsal es otra cosa, tiene su lugar en la AFA. Antes de la llegada de Giustozzi, los jugadores pagaban su propio viaje de avión. Hoy, funciona como un reloj. Los jugadores vienen con su pasaje y su seguro, tienen el alojamiento y también la continuidad con el rol de cuerpo técnico en selecciones juveniles, como es el caso de Damián Stazzone (campeón del mundo en 2016 y entrenador de la sub 20). Es muy difícil criticar a Claudio Tapia en el futsal, porque no contemplas todo lo demás.

 

 

El infiltrado, crónica de una tarde en la tribuna local

Por Tomás Allami 

Domingo gris. De esos días donde el plan ideal está dentro de la casa, en la comodidad del sillón o de la cama, con la estufa encendida, protegido de la lluvia y del frío infernal que ha vuelto después de tantas semanas de incertidumbre y clima templado. Es extraño que haya llegado tan tarde, pero según les gusta decir a algunos amantes de la brisa fresca y el vapor que sale con cada soplido, mejor tarde que nunca. Sin embargo, para el futbolero, los domingos son de fútbol. No importa que llueva o truene, que caigan granizos helados o meteoritos llameantes, este día es sinónimo de ir a la cancha, solo, entre amigos o con la familia, a alentar al equipo del cual son hinchas. 

En Victoria, Provincia de Buenos Aires, una zona en constante renovación estructural, hay una concentración importante de futboleros del mismo palo, que respetan a rajatabla la cultura de los domingos argentinos. Tigre, el equipo del barrio, abría la primera fecha del campeonato recibiendo al flamante campeón del fútbol argentino, Estudiantes de La Plata, coronado hacía apenas una semana atrás en Santiago del Estero frente a Vélez. 

Los hinchas de Tigre, que no eran muchos, caminaban con determinación sobre la Avenida Presidente Perón, tiñendo las calles de rojo y azul con sus banderas, camisetas y bengalas, y cantando “a la cancha voy a ver al matador” con una euforia digna de un conjunto que está por salir campeón. La lluvia y el frío no eran excusa. Varias familias con niños -que a ninguno le faltaba la camiseta de su club- y abuelos -algunos con gorro de lana y camperones largos que les cubrían las rodillas- estaban presentes en una previa espectacular. Sin embargo, no eran los únicos con tanta emoción por el comienzo del campeonato, ni que habían ido a ver a su equipo. Entre ellos, se encontraba un infiltrado, un agente doble, que con una camiseta apretada del “Chino” Luna por encima de una remera térmica negra, un piluso negro y una barba recortada con mucha delicadeza, que parecía retocada por un barbero experto, aparentaba ser uno mas del montón, cuando por dentro, era un confeso “Pincharrata”.

Sin la oportunidad de acompañar al club que juega como visitante, que les fue arrebatada a los hinchas en el fútbol argentino hace más de 10 años, convertirse en un agente doble es la única alternativa para visitar canchas ajenas y alentar al equipo del que es hincha, conociendo los riesgos que eso conlleva. Un murmullo, un grito sin querer, una tarareada involuntaria, puede comprometer toda la operación y dejar al infiltrado en una situación más que delicada. Si es descubierto, tiene que huir lo más rápido posible, antes de ser capturado en líneas enemigas. Con esa adrenalina se vive el ir a la cancha como visitante.

El agente pincha ingresó a la popular local del estadio José Dellagiovanna, junto con una ola enorme de matadores, entre ellos dos conocidos que lo habían invitado a ver el partido, y se acomodó en uno de los escalones del costado derecho de la popular local, cerca de las plateas que están delante de la calle Guido Spano, a una distancia coherente de la barra brava. La camiseta que llevaba, aunque le cause dolor y comezón por el simple hecho de portarla contra su equipo, era el disfraz perfecto para no ser descubierto en territorio enemigo. Antes de partir hacia la cancha, había dejado una pulsera y un collar de Estudiantes en un cajón de la cocina de su casa en Parque Patricios. No podía permitir que algo saliera mal. Muchos infiltrados a lo largo de los años han sido sorprendidos solo por ir vestidos con una remera lisa y no cantar las canciones del local. 

El infiltrado tenía emociones encontradas. La adrenalina que le generaba aparentar ser de Tigre cuando en realidad estaba alentando a Estudiantes chocaba de lleno con la angustia provocada por no poder cantar, arengar o gritar por su verdadera pasión. El hecho de que su equipo sea el actual campeón del fútbol argentino, lo hizo todavía más difícil. Saber que, de ser necesario, tenía que gritar con todas sus fuerzas un gol a su propio equipo, le causaba mucho malestar. 

Los conjuntos salieron y los cantos, aunque tenues, empezaron a sonar en la pequeña fortaleza de Victoria. El infiltrado jugaba bien su papel, y cantaba a la par de los matadores. Con el arranque del partido, la tarea parecía hacerse cada vez más fácil. Los hinchas de Tigre que habían estado en la previa, todavía no habían ingresado al estadio, por lo que no se estaba alentando demasiado. Ese era el escenario ideal para él, ya que como mucho, se sabía apenas una canción del local. Agarró la más sencilla para aprender y memorizar, y la canto todo el camino de ida, con temor a olvidarse la única justificación que lo protegía si algún matador dudaba de él. Con el inicio tan calmado, sus nervios comenzaron a dispersarse mientras disfrutaba de un partido de fútbol.

Sin embargo, todo cambió con un gol de Estudiantes, que abrió el partido con un zapatazo cruzado de Mendez y sorprendió a más de uno en la tribuna. El infiltrado quería estallar de alegría. Sus ojos brillaban como una lluvia de fuegos artificiales en año nuevo y un calor abrumador que salía de su pecho hizo que se le ponga la piel de gallina. Contra todo pronóstico, y sabiendo lo que significaba si no lo hacía, el pincha se contuvo y no emitió ni un suspiro. Casi en simultáneo, una manada de matadores subía por la popular, cantando con fuerza e imponiendo autoridad. La previa había ingresado al estadio. Todo este conjunto de sucesos género que el Coliseo de Victoria se encienda, como la llama de un fósforo que busca prender el fuego interior del horno.

El infiltrado, cada vez más nervioso, sufría cantando la única canción que se había aprendido de memoria. “Dale matador, quiero ser campeón” era el cántico que el impostor disfrazado entonaba con sus hermanos temporales de la tarde. Para que el ambiente se tornara aún más pesado de lo que ya estaba, uno de los matadores comenzó a sospechar. Un gigante que aparentaba ser patovica de boliches los fines de semana, con una calva brillante, un camperón rojo que resaltaba entre tantos buzos azules, y un tatuaje extraño en el cuello, empezó a observar al infiltrado. Este se percató y comenzó a transpirar una secreción helada que le recorría todo el cuerpo. El ser descubierto significaba el fin.

La situación iba de mal en peor. Sobre el final del partido, los matadores cantaban canciones para empujar a su equipo al empate. Todo el estadio comenzó a hervir. Todos menos el pincha disfrazado que, salvo por algún que otro gesto con sus brazos y una falsa sonrisa mirando hacia la popular, ni se inmutó. El gigante de Tigre se percató y con un vozarrón rayado que expone sus años de fumador, se dirigió hacia el infiltrado.

-Dale pendejo, ¿qué pasa qué no cantás? Esto es Tigre viejo, hay que empatarlo. Empezá a cantar, dale.

-Pará boludo, tranquilo. Canté todo el partido, no me da la voz.

Los que habían entrado al infiltrado frenaron al gigante, que mientras hablaba, se acercaba cada vez más al pincha, que le respondía con una voz tenue y temblorosa. La sangre se le helaba y su cuerpo se paralizaba. El partido estaba cerca de terminar, pero él ya no quería saber nada. Su identidad estaba siendo comprometida y era el momento de huir. Por el griterío ajeno al aliento, cada vez más gente se percató de lo que estaba pasando. Uno de los hinchas matadores que estaba un escalón por encima suyo, con pelo largo y lacio, y cargando a su hijo a caballito, se acercó al impostor, que estaba cerca de ser descubierto.

-Pibe, escuchame. Rajá de acá rápido porque te van a matar.

-¿Rajar por qué? si yo soy de Tigre.

-Seas o no seas, la gente va a comprar lo que grita el gordo este, y no te van a escuchar. Haceme caso y andate que es peligroso.

El pincha abrió los ojos y escuchó con atención, pero no podía moverse. El miedo lo tenía paralizado. Le impidió actuar rápido para escapar de allí. Para su suerte, los compañeros que lo habían invitado a ese infierno se percataron de la cadena de sucesos que podían desembocar con el descubrimiento del infiltrado, cada vez más vulnerable. Uno lo agarró por la espalda para llevarlo. Parecía como si estuviera empujando un auto que se quedó sin nafta en la Panamericana. El otro fue al frente, como barredora de nieve para limpiar el camino repleto de matadores e irse lo más pronto posible. El gigante seguía gritando con furia, para que el resto de los matadores se dieran cuenta de lo que estaba pasando.

-Ese es de Estudiantes, es de Estudiantes! agárrenlo ya.

Para la suerte del pincha, nadie se percató. Con sus compañeros, que ayudaron a despabilarlo y sacarlo de su parálisis temporal, corrieron por la calle Pasteur hasta un supermercado Jumbo sobre Avenida Del Libertador, escapando de alguno que se le hubiera ocurrido seguirlos. Tal vez los hinchas de Tigre se hicieron los distraídos o pensaron que el gigante les gritaba por irse antes de un partido importante que estaba abierto, ni más ni menos que ante el campeón del fútbol argentino. El infiltrado nunca lo sabrá. A pesar del mal momento, que servirá para dudar la próxima vez en ir de doble agente a una cancha, el infiltrado cumplió su misión. Aunque fue comprometido y estuvo al borde de ser descubierto, salió ileso, y “disfrutó” la victoria de Estudiantes. Tal cual lo vivió, con esa adrenalina, se vive el ir a la cancha como visitante.

 

Julián Infantino: el docente futbolista

Por Luca Quagliatini

Alguna vez José Néstor Pekerman dijo: “Julián Infantino, el mejor juvenil que dirigí”. Se le recuerdan gambetas y pases en la inferiores de Argentinos Juniors. Nacido en Villa Ballester, debutó en 1982 teniendo apenas 16 años con el equipo de La Paternal, compartió equipo con campeones del mundo y recorrió las cuatro categorías del profesionalismo. Fue campeón interamericano, además de estar en el plantel ganador de la Copa Libertadores en 1985. Terminada su carrera se formó como profesor y en la actualidad enseña Informática en el secundario del Centro Cultural Italiano Alessandro Manzoni.

Seis años después del debut de Diego Maradona, parecía que del semillero del mundo iba surgir un jugador con las mismas características: un volante ofensivo, rápido, bajito y ágil. Eso ya fue suficiente para que las molestas, aunque satisfactorias, comparaciones no le faltaran. Sin embargo, pocas oportunidades en el mejor Argentinos Juniors de la historia y, sobre todo las lesiones, le obstaculizaron una mejor evolución. Aún así, en el semillero del mundo demostró cualidades que lo transformaron en una de las mayores promesas de ese equipo. Alejandro Becchini, ex colega de Infantino en el colegio, comentó: “Si no hubiese sido por su rodilla habría sido mejor que Maradona”.

“Nada nunca lo dejó insatisfecho durante su carrera”, comentó Becchini. Salió campeón en Argentinos Juniors, se fue a préstamo a Argentinos de Firmat e Instituto de Córdoba, disfrutó sus mejores años de fútbol en Tigre, pasó por Deportivo Morón y ascendió y gritó campeón de la Primera C con Villa Dálmine, donde se retiró en 1992. “Tuve la suerte que a pesar de las lesiones no me impidió hacer una carrera importante, no solo en Primera sino también en el ascenso”, declaró el profesor de 53 años y sentenció: “Siempre las cosas hay que aceptarlas como vienen y disfrutar lo que uno obtiene”.

Infantino vivió el retiro de manera diferente. Fanatizado con una de las computadoras que consiguió su hermano de IBM, se le cultivó una curiosidad por esas máquinas que lo terminó llevando a ser profesor de informática. Lo curioso es que para la época del auge de las computadoras en Argentina, allá por la década de los 90, los que se dedicaron a estudiar carreras relativas a la nueva tecnología lo hicieron sin las máquinas. Únicamente aprendieron conocimientos teóricos. Por lo tanto, Infantino debió esperar hasta que se popularizó el uso de las computadoras para poder acceder más fácil a una.

Con los estudios finalizados, se formó como profesor y así fue cómo concretó el cambio de las canchas por las aulas y los chicos. Los momentos que Infantino más destaca de las clases es el transmitir aprendizajes, que los alumnos lo absorban y por consecuencia que superen al maestro. Realmente se lo conoce como un profesor apasionado. Típico de un ex futbolista, el docente acota sus explicaciones con algún refrán relativo al deporte. Ex alumnos y colegas de Infantino concuerdan en que es su forma distendida de mantener atento al estudiante. En la sala de profesores no tiene problemas con nadie, al contrario, lo describen como una gran persona. Eso sí, entre docentes comparte discusiones con chicanas futboleras como dos típicos rivales. Sobre todo Becchini, fanático de Huracán, era quien solía enfrentarse al docente de Informática, hincha de San Lorenzo. Siempre se reprocharon qué equipo tenía más problemas o como según concluyó el quemero discutían cuál era el menos malo.

Infantino continúa siendo un apasionado del deporte. Ha participado en talleres de fútbol en el colegio, acompaña a su hijo a jugar en las inferiores de Comunicaciones y comentó que le gustaría entrenar a las categorías menores de algún club, como se ve quiere seguir rodeado de gente a quien enseñarle. Por sentido de pertenencia a La Paternal, el corazón le hace fuerza para ser entrenador de Argentinos, pero aún así no descarta ser entrenador en cualquier club que le permita dirigir categorías menores. Si bien existe la posibilidad de trabajar en ese sector, el docente comentó que le llegó una importante propuesta para ser mánager deportivo en categorías profesionales del fútbol colombiano. Sin embargo, esta última opción la descartó a causa de que el docente ve complicado el traslado de su vida a otro país.

“No digo que me alegro porque no haya seguido el típico camino de los futbolistas de ser entrenadores cuando se retiran, pero agradezco haberme cruzado a Julián en la secundaria”, reflexionó Federico Gonzaléz, egresado del Centro Cultural Italiano. Infantino también cree que el fútbol es un deporte de valores y tiene en claro cuál es el que debe prevalecer en el fútbol. “Lo más importante para mí es la solidaridad que significa jugar en equipo”. Aunque el docente asegura que hoy en día el propósito del deporte en equipo cambió porque los intereses individuales muchas veces prevalecen sobre los colectivos.

Aún siendo fánatico del fútbol por lo que es, lo que le mueve y lo que le representa, el exfutbolista ha cambiado de forma radical su vida en pos de haber encontrado lo que realmente le gusta. Dejó atrás años de celebraciones deportivas y las cambió por la satisfacción de formar parte en la formación de las futuras generaciones. “En Argentina, un país con tanto fútbol, llama la atención que alguien que haya jugado en primera prefiera ser docente. Es algo que enorgullece la docencia y estoy muy contento por él”, agregó Becchini.

“Si hay algo de lo que me arrepiento hoy es no haber arrancado antes”, afirmó fehacientemente Infantino e incluso se describió asimismo como un profesor de verdad. “Las mayores alegrías me las dieron los chicos, por más que el fútbol me haya dado millones”, aclaró Juli, que continúa entrando a las aulas con los mismos sentimientos que hace 20 años.

El Flaco de Barcelona, un referente en todo el mundo

Por Juan Livio

En la previa al partido del pasado fin de semana entre el Barcelona y Real Sociedad, el conjunto Culé realizó un minuto de silencio en homenaje para rendir respeto a César Luis Menotti por su fallecimiento. El Flaco fue director técnico del club en los años 1983 y 1984.

Luego de ocho años al mando de la Selección Argentina, y tras conseguir el Mundial de 1978, un 6 de marzo de 1983, Menotti arribó a Cataluña para dirigir al Fútbol Club Barcelona y se volvió a encontrar con Diego Armando Maradona, quien había llegado un año atrás al equipo: “El artista que se roba un tiempo lo tiene que devolver. En un equipo sucede lo mismo, es una sinfónica que debe sostener lo mismo”, estas fueron las palabras del Flaco tras llegar a la institución.

El Barsa venía de una sequía de nueve años sin ganar la Liga Española, por eso el desafío para el Flaco era de suma importancia. Su ideología de juego era ideal y lo que más le gustaba al presidente de ese entonces, José Luis Núñez, que quería un equipo con posesión de pelota y que fuera ofensivo. Su debut como entrenador de la institución azulgrana se produjo el 12 de marzo de 1983 contra el Real Betis, cuando empató 1-1 por la fecha 28 de la Primera División Española.

En esa temporada logró la Copa del Rey y la Copa de la Liga, las dos contra su máximo rival, el Real Madrid. En la primera dejó en el camino al Athletic de Bilbao en cuartos de final. El club vasco en ese entonces era un cuco en España, luego venció a los merengues en la final por 2 a 1, con un gol agónico de Marcos Alonso. Luego, en la segunda, en una copa que se disputaba a partido ida y vuelta, nuevamente le ganó la final a los blancos. El primer encuentro terminó 2-2 y el segundo lo ganó el equipo dirigido por Menotti por 2-1 con gol de Maradona desde los doce pasos.

El objetivo principal, la Liga, se la terminó llevando el Athletic de Bilbao y el azulgrana
quedó segundo a un punto. La temporada siguiente conquistó la Supercopa de
España pese a los malos resultados que tuvo, ganando al Athletic la final a
dos partidos, la ida la ganó 3-1 y la vuelta perdió 1-0. Ese mismo año en 1984, Menotti dejó el cargo como director técnico del club catalán debido al fallecimiento de su madre y por cansancio personal.

Su conducción técnica en el club fue de las más exitosas en el equipo Culé en cuanto a juego entre los dos técnicos más importantes en ese entonces, Rinus Michels y Johan Cruyff. Su paso por el Barcelona fue muy rápido, abandonó el cargo logrando tres títulos, dos frente al Real Madrid y uno frente al Athletic de Bilbao y dirigió 55 partidos ganando 31, empatando 8 y perdiendo 16. Su trabajo fue fundamental en el armado del equipo que al año siguiente volvería a conquistar la Liga con Terry Venables en el banco.

Maradona, el mejor jugador del mundo en ese momento, cuando se enteró de esta noticia le preguntó al Flaco si era verdad de que dejaba el cargo como entrenador del club: “Recuerdo que cuando me fui del Barcelona, Diego me preguntó si era verdad que no seguía, y me dijo que si yo me quedaba, el no se iba al Napoli”.

La Selección de Menotti, entre Malvinas y España

Por Gianfranco Stumbo

Cesar Luis Menotti se encargó de entrenar a la albiceleste en el Mundial de 1982, torneo que en Argentina pasó a un segundo plano por la Guerra de Malvinas ante el Reino Unido, que se desarrolló en simultáneo a la cita mundialista.

La competencia fue celebrada en España y tuvo su partido inaugural el 13 de junio. Argentina fue parte de aquel encuentro debido a que era la vigente campeona, y la base de su equipo era muy parecida a la de cuatro años atrás. Refuerzos de la talla de Diego Maradona, Ramón Díaz y Jorge Valdano le agregaron jerarquía a un plantel que ya estaba consagrado, por lo que la expectativa era mucha. En las semanas previas al Mundial, Menotti expresó en una conferencia de prensa exclusiva a medios extranjeros: “Desde nuestro humilde puesto debemos intentar darle al mundo, a través del fútbol, una imagen cabal de lo que somos”. 

Además, el gobierno de facto instruyó a los futbolistas para que supieran qué decir en los reportajes. “Nos dieron un documento con algunas instrucciones que tenían que ver con la comunicación, aquello que resultara prudente decir si nos hacían alguna entrevista. Menotti me dijo personalmente que eso no iba a sustituir a nuestra conciencia”, confesó Valdano en una entrevista para DeporTV años después.

Los periódicos argentinos dieron una versión alterada de los hechos y crearon un clima efusivo y victorioso en relación al enfrentamiento bélico. Para los jugadores de aquel plantel solo fue necesario abrir los diarios españoles para darse cuenta de la realidad de la guerra. La prensa de España advirtió acerca del avance británico en las Islas y cómo la resistencia argentina se debilitaba, por lo que el fin del conflicto era cuestión de tiempo.

Aquel 13 de junio, Argentina y Bélgica se enfrentaron en el Camp Nou por el primer partido de su grupo. En paralelo, tropas argentinas se estaban enfrentando en las Islas Malvinas a las unidades inglesas en la Batalla de Puerto Argentino. Algunos grupos de combatientes escucharon el partido por radio dentro de sus trincheras en el mismo momento en el que había fuego cruzado. A los 63 minutos del encuentro, el belga Erwin Vandenbergh marcó el único gol del juego y decretó la derrota de la albiceleste. Un día más tarde, los británicos tomaron Puerto Argentino y pusieron fin a la guerra, decretando la derrota de Argentina toda.

“La guerra del Atlántico Sur debe forjar una unidad nacional de la mano de una independencia política y económica. Nuestro país, en la historia, volvió a ser víctima del colonialismo y el imperialismo. A partir de ahora, los argentinos debemos tener en cuenta quiénes son nuestros amigos y nuestros enemigos”, fueron las palabras de Cesar Luis Menotti mientras el Mundial estaba en pleno desarrollo.

A pesar de todo, la delegación argentina siguió compitiendo en el torneo. Un 4 a 1 ante Hungría y un 2 a 0 contra El Salvador le permitieron a la Selección quedar en el segundo lugar del grupo y avanzar de ronda. La segunda fase fue lapidaria para el equipo que entrenó el Flaco: último puesto (y por ende eliminación) en un grupo compartido con Italia y Brasil, con los que perdió por 2 a 1 y 3 a 1 respectivamente; con el agregado de la expulsión de un joven (y debutante mundialista) Maradona ante los sudamericanos cerca del final del partido.

La competencia para la Selección Argentina había llegado a su fin. Ni siquiera la decepción de aquel Mundial pudo opacar el sentimiento de pesadumbre de la pérdida de los 649 soldados argentinos en las Islas Malvinas. Si bien el dolor de una eliminación mundialista existió, existe y existirá; aquella derrota deportiva en España terminó de teñir de negro a una de las etapas más tristes y sombrías de la historia nacional. 

Tras ocho años de continuidad, un campeonato del mundo y un cambio de cara a todo el fútbol nacional, el 10 de diciembre de 1982 finalizó el ciclo de Menotti a cargo del seleccionado argentino. El traspaso de mando en la dirección técnica marcó el inicio de una nueva era en el combinado albiceleste. Carlos Salvador Bilardo, con una escuela e ideales completamente alternos a los de Menotti, asumió el cargo. Casualidad o no, otro 10 de diciembre, pero de 1983, Argentina celebraba el retorno a la democracia luego de siete años del régimen dictatorial, régimen responsable de aquella dolorosa e innecesaria guerra.