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La foto que se hizo realidad: el regalo de una nieta para sanar el tiempo 

Edited in Tezza with: AGAVE, Focus, & Grano

Por Lola Fernández 

El pedido de Pedro fue el motor de una transformación absoluta para Lola, su nieta, que comprendió que debía mover cielo y tierra para lograr que su abuelo pudiera decir presente en el clásico ante San Lorenzo. El histórico hincha, regresó al estadio después casi cuatro décadas de ausencia prolongada y, al volver a pisar la tribuna de lo que él considera su segunda casa, se vio invadido por una emoción incontenible que se tradujo en lágrimas de alegría al reencontrarse con su historia. 

La pasión es un sentimiento que no entiende de fronteras, colores ni rangos etarios. Por eso, cuando un individuo decide entregar su corazón a una institución, es consciente de que se trata de un pacto para toda la vida. Los verdaderos futboleros comprenden que la asistencia a la cancha es un ritual sagrado; sin embargo, debido a las vicisitudes de la vida y las circunstancias personales, es posible abandonar este hábito que parece tan cotidiano pero que guarda un valor sentimental incalculable. 

Esta fue la realidad de Pedro, un fanático de Boca de 82 años que cargaba con la nostalgia de no pisar La Bombonera desde hacía 40 años. El hombre, movido por un deseo profundo de volver a sentir la vibración de las tribunas del Estadio Alberto J. Armando, le realizó una solicitud inesperada a su nieta, una joven de apenas 19 años que, al igual que él, vive el fútbol como una parte fundamental de su identidad. 

Pedro le pidió a su nieta que le hiciera una foto con inteligencia artificial en La Bombonera para poder sentir, aunque fuera de forma virtual, que estaba presente en la cancha. Esa fue la frase que terminó de conmover profundamente a su nieta, quien, desde su mirada de joven apasionada por el deporte, entendió que detrás de esa petición tecnológica se escondía una necesidad humana mucho más profunda y dolorosa por el paso del tiempo. 

Después de haber concretado la creación de la imagen mediante el uso de inteligencia artificial, Lola le dedicó a su abuelo un mensaje esperanzador asegurándole que pronto harían que aquello fuera una realidad. Y cumplió con su palabra. Tras haber difundido la historia de su abuelo a través de sus redes sociales, logró gestionar el acceso al clásico 

contra San Lorenzo y le concedió a Pedro el sueño postergado de volver a pisar la cancha del club de sus amores. 

Lola recordó que, cuando su abuelo le hizo aquel pedido, experimentó una tristeza profunda, ya que él siempre fue un futbolero de ley que asistía al estadio con sus hijos hasta que la dinámica familiar se dispersó. Explicó que, tras la crisis de los años 80, el ahora jubilado perdió su empleo y le resultó imposible mantener la cuota social, por lo que el deseo de regresar al club era una deuda pendiente que ella quería saldar desde hacía tiempo, aunque no contaba con los medios ni las posibilidades para concretarlo. 

Por su parte, Pedro confesó que le solicitó a su nieta esa imagen porque siempre bromeaban sobre los alcances de la inteligencia artificial. Explicó que, en realidad, le pidió que hiciera una simulación en el estadio un poco por diversión, pero sobre todo, impulsado por una nostalgia que le quemaba por dentro y que lo acompañaba desde hacía años. 

Para lograr obtener las entradas, la joven explicó que su carrera de periodismo deportivo, que cursa actualmente en su segundo año, le permitió desarrollar una red de contactos y generar trabajos que facilitaron el sueño de su abuelo. Relató que, a través de un tweet, compañeros de la facultad y conocidos de otros clubes la ayudaron a viralizar el caso, hasta que un colega le confirmó que tenía un contacto cercano que podía facilitarle las entradas, por lo que no dudó en avanzar con la gestión. 

Lola agregó que, más allá de las coberturas de campo que realiza por amor al periodismo, trabaja como animadora de eventos y logró ahorrar durante mucho tiempo con el único objetivo de comprarle esas entradas a su abuelo. Manifestó estar convencida de que invirtió el dinero en algo de lo que jamás se arrepentiría, sintiéndose plena por haber conseguido un objetivo para alguien a quien ama profundamente y que, según ella, hizo todo por ella desde que era una niña. 

Al recibir la noticia de que su nieta había logrado el objetivo, Pedro admitió haber sentido una sorpresa mayúscula ante la invitación. Recordó que, en los primeros instantes, pensó que se trataba de una broma y le costaba procesar que fuera real, detallando que en la década del 80, debido a problemas de salud y una situación económica compleja, tuvo que abandonar su asistencia a la cancha, sumado a que sus hijos crecieron y perdieron el interés por acompañarlo. 

Una vez que lograron ingresar al estadio, el abuelo volvió a experimentar las mismas sensaciones de hace 40 años. Comentó que no pudo evitar recordar los momentos compartidos en esa cancha, cuando llevaba a sus hijos Fernando, Daniel y Gabriela, con quienes asistía tanto de local como de visitante; reconoció que, aunque amaban ir a la cancha, con el devenir de los años ese hábito se fue perdiendo en la rutina diaria. 

Lola también explicó lo que sintió al vivir el ingreso a La Bombonera junto a él. Describió la experiencia como algo mágico debido a la carga histórica y arquitectónica del estadio. Aseguró que lo que los une profundamente es la pasión por el fútbol y las reuniones de los domingos para analizar partidos internacionales, y confesó sentir un gran orgullo al verlo tan feliz, a pesar de que él sea hincha de Boca y ella, fanática de Huracán. 

La joven añadió que haber tenido la posibilidad de acompañarlo, después de que él dedicara la mitad de su vida a los colores xeneizes, y escucharlo rememorar historias de su juventud fue realmente conmovedor. Aseguró que ese momento le enriqueció el alma, al recordar que fue su abuelo quien introdujo a toda la familia en este mundo y quien siempre le había manifestado la ilusión de llevarla a ella al estadio.

Para finalizar, ambos ofrecieron su perspectiva sobre el momento imborrable que vivieron este miércoles. Lola enfatizó la importancia de invertir en las personas que uno quiere, disfrutarlas y cumplirles esos sueños que parecen lejanos, reafirmando que, como la vida es un instante, se esforzó por juntar el dinero necesario para cumplir una promesa que tenía pendiente con su abuelo hace mucho tiempo. 

Pedro, por su parte, sostuvo entre lágrimas que le generó una emoción enorme haber compartido ese momento con su nieta, quien siente el fútbol con la misma intensidad que él. “Valoro profundamente todo el esfuerzo realizado por ella y estoy infinitamente agradecido por la oportunidad. Fué un momento inolvidable que voy a guardar en mi memoria por el resto de mi vida”. 

Lo que comenzó como una simple recreación digital, finalmente se consolidó como una realidad tangible tanto para Pedro como para Lola. Él logró revivir las épocas doradas de su juventud, y ella cumplió el sueño de quien siempre la guio. Porque la pasión no conoce de límites físicos, y mucho menos cuando el motor principal es el amor incondicional hacia los seres queridos.

La tarde en la que la memoria se encontró con el fútbol

Por Mateo Abelenda

Ciudad de México, 22 de junio de 1986. El Estadio Azteca está repleto, más de cien mil personas observan cómo Argentina e Inglaterra salen al campo de juego para disputar los cuartos de final del Mundial. En los papeles es un partido de fútbol, sin embargo, en la memoria de millones de argentinos resulta imposible separar ese encuentro de lo ocurrido cuatro años antes en las Islas Malvinas. La guerra de 1982 había dejado una herida profunda en el país, los nombres de los 649 soldados caídos seguían presentes en las familias, en los diarios y en las conversaciones cotidianas. La democracia todavía daba sus primeros pasos y la sociedad argentina intentaba reconstruirse después de uno de los capítulos más dolorosos de su historia. Por eso, cuando el azar puso frente a frente a argentinos e ingleses, el partido adquirió una dimensión diferente.

Desde temprano, la tensión se respiraba en las tribunas del Azteca. Los hinchas argentinos agitaban banderas celestes y blancas y cantaban sin descanso. Del otro lado, los británicos respondían con sus propios cánticos, había provocaciones, cruces verbales y una rivalidad que excedía lo deportivo. Nadie hablaba de revancha militar, pero todos entendían que el contexto estaba presente. Cuando comenzó el encuentro, Argentina jugó como si entendiera el peso de la tarde: Oscar Ruggeri y José Luis “Tata” Brown no regalaron una pelota, Sergio “Checho” Batista corrió hasta el agotamiento, Jorge Valdano presionó en cada sector del campo y, en el centro de la escena, apareció Diego Armando Maradona, el capitán que cargaba con las ilusiones de todo un país.

El primer tiempo fue cerrado y disputado. Inglaterra intentó imponer su juego, pero Argentina respondió con carácter, cada recuperación era celebrada desde las tribunas y cada avance despertaba expectativa. Mientras tanto, en el país austral, millones de personas permanecían frente al televisor. En muchos hogares nadie se movía de su lugar. El partido se vivía con nervios, con ansiedad y con la sensación de que algo importante estaba por ocurrir.

A los seis minutos del segundo tiempo llegó el primer golpe. Maradona fue a buscar una pelota que había quedado flotando dentro del área, Peter Shilton salió decidido a despejarla y ambos fueron al encuentro del balón, pero en un momento exacto Diego llegó a tocarla con la mano. La jugada ocurrió en una fracción de segundo, los ingleses levantaron los brazos para protestar pero el árbitro, Ali Bennaceur, señaló el centro de la cancha. Entonces, el Azteca estalló en un grito que recorrió miles de kilómetros hasta llegar a cada rincón del país. Cuatro minutos después, Diego recibió la pelota cerca de la mitad de la cancha. Giró y arrancó. Eludió al primer inglés, aceleró y dejó atrás a otro. La defensa inglesa retrocedió sin encontrar la forma de detenerlo. Diego avanzó a toda velocidad, con la pelota pegada al pie izquierdo rumbo a una de las jugadas más recordadas de la historia del fútbol. Durante unos segundos pareció detenerse el tiempo. Los compañeros corrieron a abrazarlo, las tribunas argentinas se transformaron en una fiesta. En Buenos Aires, Rosario, Córdoba y miles de pueblos del interior hubo abrazos, lágrimas y gritos que salieron por las ventanas. Muchos no encontraban palabras para describir lo que acababan de ver, Había sido una obra maestra.

Inglaterra descontó por medio de Gary Lineker cuando faltaban pocos minutos y el final se volvió angustiante, cada centro inglés generaba preocupación, cada despeje argentino era celebrado como un gol. Los segundos parecían no avanzar, hasta que llegó el silbatazo final. Los futbolistas argentinos se abrazaron en el centro de la cancha. Maradona levantó los brazos. Argentina había ganado 2-1 y estaba en semifinales.

Aquella tarde no cambió lo ocurrido Malvinas ni borró el dolor de la guerra, pero le regaló una alegría inmensa a un país que todavía convivía con esas heridas. Por eso, cuarenta años después, Argentina-Inglaterra de 1986 sigue siendo mucho más que un partido de fútbol. Fue una tarde en la que la memoria, la emoción y el talento de Diego Armando  Maradona se encontraron en una misma cancha para escribir una de las páginas más inolvidables de la historia argentina.

Eustáquio, el detective del juego

Por Nazareno López

Canadá sigue en el Mundial. Venció 1-0 a Sudáfrica y se clasificó a los octavos de final por primera vez en su historia. Una camada con futbolistas como Alphonso Davies, Jonathan David y Moïse Bombito, que son nombres comunes para el público futbolero. Pero el héroe no fue ninguno de ellos. El hombre que escribió la página más importante del fútbol canadiense fue Stephen Eustáquio.

Nació el 21 de diciembre de 1996 en Leamington, una ciudad de casi 30.000 habitantes al sur de Canadá. Su apellido lo delata. Sus padres eran portugueses y habían emigrado cuando Mauro, su hermano mayor, había nacido, pero decidieron volver al país luso cuando Stephen tenía 7 años. Allí fue donde apareció el deporte en su vida. Se convirtió en una pasión. Su obsesión con el fútbol era tal que luego de cada entrenamiento en las inferiores del Leiria analizaba en su notebook los secretos para mejorar en su posición. Su hermano Mauro lo destacó como un detective del juego.

Tuvo un breve paso por Cruz Azul, donde solo jugó dos partidos debido a que se rompió el ligamento cruzado anterior de su rodilla izquierda. Luego volvió a Portugal para jugar en el Paços de Ferreira, donde se reencontró con su mejor nivel, tanto que llegó su traspaso al Porto. Actualmente milita en Los Ángeles FC de la MLS. Pero fue en el equipo de los dragones en el que su vida tuvo un revés.

En abril del 2023, previo a un partido ante Santa Clara, Eustáquio salió al campo de juego sin saber de una noticia que todos ya conocían. Su madre Esmeralda había fallecido producto de un cáncer cerebral. En pleno partido, su entrenador Sérgio Conceição lo sustituyó y le comunicó la noticia. Pero otro duro golpe estaba por llegar. Abril de 2024, su padre Armando, que trabajaba a bordo de ferrys, sufrió un dolor en el hombro. Los médicos lo encontraron bien y lo mandaron a su casa. Tres semanas después falleció de un infarto.

Las noticias fueron un baldazo de agua fría. En apenas doce meses,  Eustáquio perdió a su madre y a su padre. El momento más feliz de su vida, el nacimiento de su hija, quedó atravesado por el dolor.

Siempre fue agradecido a su mamá y papá, y para Eustáquio esto fue clave para su carrera en la Selección. Llegó a jugar en las juveniles de la selección portuguesa, donde compartió plantel con grandes jugadores como João Félix y el fallecido Diogo Jota, pero en 2019 decidió representar al combinado de la hoja de maple. “Canadá le dio mucho a mi familia y es hora de devolverle algo”, afirmó.

En noviembre de ese año debutó con Canadá y desde entonces se convirtió en un referente y uno de los capitanes. Ayer, en el SoFi Stadium de Los Ángeles, convirtió su cuarto gol con la Selección y hasta el momento el más importante de la historia del país, que aún le permite soñar en este Mundial.

De una ex estación de servicio al saludo de Messi: la historia del mural que emocionó a un barrio

Por Valentín Gerez

La fila avanza de a poco. Algunos esperan con fibrón en mano, otros observan en silencio el rostro de Lionel Messi que domina la pared. Una familia se acomoda para una foto. Más atrás, una pareja debate dónde dejar su firma. El murmullo es constante. Nadie parece tener apuro, pero la felicidad de dejar su huella en el lugar es imprescindible. Alrededor del mural ubicado en avenida Mitre, de la localidad de Berazategui, entre las calles 13 y 14, ya hay cientos de nombres escritos. Algunos ocupan apenas un rincón. Otros representan a familias enteras. Lo que alguna vez fue la pared de una ex estación de servicio hoy se transformó en un punto de encuentro donde vecinos y visitantes dejan algo más que una firma: dejan su lugar dentro de una historia colectiva.

La escena se repitió durante días, pero el mural no tardó mucho en completarse. También se volvió una cábala futbolera, ya que, incluso antes de terminarse, chicos y chicas se acercaban a tocar la pintura con la esperanza de que les tocara la figurita de Messi en los álbumes del Mundial, fotografiarse y escribir su nombre junto a la imagen del capitán argentino. Para muchos era una simple visita. Para otros, una forma de agradecerle a Messi tantas alegrías. Entre quienes recorrían el lugar apareció una vecina que resumió el sentimiento general con una frase sencilla: “Amo la cultura y apoyo totalmente a que hagan estas cosas, más en mi localidad”.

Detrás de esa convocatoria inesperada están Federico Merodo y Leonel García. Amigos y responsables de una idea que nació mucho antes de que la primera firma apareciera sobre la pared. Federico tenía el espacio. Leonel, muralista, tenía la idea. “La municipalidad se copó con este evento, aunque no recibimos plata municipal ni política; todos los recursos y la obra fueron hechos a pulmón”, contó Merodo.

Con el paso de los días, el mural dejó de ser solamente una obra artística. Cada nueva firma lo transformaba un poco más en algo colectivo. Más de 800 personas ya habían dejado su marca cuando la historia empezó a recorrer las redes sociales. Las publicaciones se multiplicaron. Los comentarios también. Cientos de usuarios comenzaron a etiquetar a Messi con la esperanza de que el mensaje llegara hasta él. Y llegó. El saludo del capitán argentino fue el desenlace de una historia construida entre pinceles, vecinos y redes sociales. “Le iba a dar like o algo de eso, pero preferí decirles esto por video”, explicó el diez. Un sueño que parecía lejano terminó haciéndose realidad. Hoy, quienes pasan por el lugar ya no ven solamente una pintura. Ven las huellas de cientos de personas que decidieron formar parte de ella. Y entre todas esas firmas, dispersas alrededor del rostro más famoso del fútbol argentino, permanece la prueba de que una idea nacida entre amigos puede terminar emocionando a un barrio entero.

“El”, la patria y la rutina de lo extraordinario

Por Azul Ramos

Las calles de Buenos Aires se tiñen de celeste y blanco, no solo por el Día de la Bandera, también por el Mundial que está disputando la selección nacional. Entre cantos, emociones y recuerdos, hay un extra que hace este Día de la Bandera y este Mundial un tanto más especial: es el último.

Es sábado 20 de junio y el sol ilumina a la República Argentina. Lo hace con una intensidad distinta sobre la Ciudad de Buenos Aires, particularmente sobre la intersección de las avenidas 9 de Julio y Corrientes, donde el celeste y blanco se adueña del paisaje. El cielo, las nubes y el sol parecen haberse puesto de acuerdo y se visten con los colores de la bandera argentina.

En esta fecha se recuerda el fallecimiento del General Manuel Belgrano, creador de la enseña patria que fue izada por primera vez a orillas del río Paraná, en Rosario, el 27 de febrero de 1812, en plena lucha por la independencia. Este año, la efeméride tiene un ingrediente adicional. Argentina disputa una nueva Copa del Mundo y, según todos los indicios, será la última vez que Lionel Messi vista la camiseta albiceleste en un Mundial.

Entre los miles de argentinos que se acercan al Obelisco hay uno que lleva la bandera sobre sus hombros, como una capa. Se llama Julián, tiene 68 años y observa el movimiento con una sonrisa tranquila. Ante la pregunta sobre qué tiene de especial este Día de la Bandera, hace una pausa y respira profundo, como si inhalara una sustancia de orgullo: “Creo que el hecho de que nuestra selección esté jugando un Mundial ya lo hace especial. Pero todavía más especial es saber que puede ser el último del ‘10’”.

El número dejó de ser un dorsal hace mucho tiempo para convertirse en una identidad. Es jerarquía, talento, liderazgo y creatividad. Es historia. Y desde hace más de dos décadas tiene un dueño.

“Que lleve la número 10 significa dedicación, entrega, amor por la patria y resiliencia sobre todas las cosas”, afirma con la seguridad de quien no necesita argumentar lo evidente.

Argentina es un país futbolero. Algunos dicen que se trata de pasión; otros, de una forma de vivir. Cada cuatro años, esa pasión parece acumularse como una energía imposible de contener, hasta explotar cuando llega un Mundial. Las calles se llenan de banderas, los balcones se cubren de camisetas y las conversaciones, inevitablemente, terminan en fútbol.

Frente al Obelisco, sentado sobre el césped y compartiendo mates, está Amadeo Muñiz, de 26 años. Lleva una escarapela en el pecho y mira a su alrededor.

“Hoy es un día especial no solo por ser una fecha patria. Estar viviendo un Mundial nos hace tener la patria a flor de piel. Y encima es el último Mundial del maestro”, ceba un mate, sonríe y recibe otra pregunta: “¿Considerás que la pasión es algo que caracteriza al pueblo argentino?”.

Respirando, al parecer, la misma sustancia de orgullo, como lo hizo Julián, responde: “El argentino es apasionado en todo lo que hace, pero mucho más cuando se trata del fútbol. ¿Vos viste lo que fue en 2022? La gente hacía cualquier cosa por estar en Qatar. Vendían autos, joyas, escuché hasta casos de personas que vendieron departamentos para viajar. Y todo valió la pena”.

Hace una pausa breve y su voz se quiebra.

“Porque no fue solamente ganar una Copa del Mundo después de 36 años. Fue verlo a él levantarla. Para nosotros nunca hubo dudas de quién era Messi, pero el fútbol había sido injusto muchas veces con él. Esa estrella terminó de convertirlo en la ‘leyenda’ que hoy es”.

Los ojos de Amadeo se humedecen. Se acomoda la manga de la campera y, en su antebrazo erizado, se hace visible la emoción que intenta disimular.

Las agujas del reloj marcan las tres de la tarde. El sol ya no pega con la misma fuerza, pero eso no detiene la llegada de la gente. Familias enteras, grupos de amigos, chicos pintados de celeste y blanco y adultos que vuelven a sentirse niños.

Junto a las rejas negras que rodean al Obelisco, el monumento inaugurado en 1936 y que se eleva 67,5 metros sobre la ciudad, un grupo comienza a cantar: “Cada día te quiero más, soy… argentino, es un sentimiento, no puedo parar…”.

Y miles acompañan. La pasión argentina no se explica: se canta, se abraza y se llora.

Mario Leguizamón, con varias capas de abrigo y una camiseta con el apellido Messi estampado en la espalda, también tiene algo para decir. “Tuve el privilegio de vivir los tres Mundiales que ganó Argentina: 1978, 1986 y 2022. Y te puedo asegurar que este lo disfruto como ningún otro”.

Levanta las cejas, parpadea profundo y agrega: “Después de ver jugar a Maradona pensé que nunca iba a ver algo igual. Pero apareció la ‘Pulga’ y te juro por mis nietos que me sigue sorprendiendo todos los días. Que sea su último Mundial me obliga a disfrutarlo. Porque no puedo pedirle más nada. Solo me queda disfrutar de la rutina de lo extraordinario”.

La frase quedó flotando en el aire: la rutina de lo extraordinario. Quizá allí esté la explicación de todo.

A unos metros, Juan Cruz corre alrededor de su mamá, Noelia. Tiene ocho años y una energía inagotable. Ayer no fue al colegio porque tenía fiebre, pero hoy se siente mejor y quiso estar presente.

“¿Viniste a festejar el Día de la Bandera?”, escuchó. “Sí”, responde dando un pequeño salto. “También vine a alentar a los jugadores”, da dos saltos más. “¿Quién es tu jugador favorito?”, escuchó. “Messi. Me gusta cómo juega, cómo grita los goles. ‘El mejor del mundo’. Es como un superhéroe, pero que solo usa la camiseta de Argentina”, dijo con inmediatez.

La admiración se dibuja en su cara con una sinceridad imposible de fingir.

Juan Cruz mira fascinado las banderas, los gorros, las pinturas y las camisetas que lo rodean. Sobre todo las camisetas con un mismo apellido.

Messi. Hay muchísimas. Y cada una parece contar una historia distinta.

Para algunos es “el 10”. Para otros, la “Pulga”. También es el “Maestro”, “el mejor del mundo”, “la leyenda” o simplemente “él”. Porque ya no necesita apellido. Hace años dejó de ser únicamente un futbolista.

Es el chico que se fue lejos para perseguir un sueño y nunca dejó de mirar a la Argentina. Es el hombre que cayó muchas veces y se levantó otras tantas. Es el capitán que lloró derrotas y sonrió victorias. El que soportó críticas, comparaciones y exigencias desmedidas hasta conquistar todo.

Por eso los argentinos sienten que a Messi también les pertenece un poco. Porque en él ven reflejados valores que trascienden al fútbol: la perseverancia, la humildad, el esfuerzo silencioso y la capacidad de volver a intentarlo cuando parece imposible.

“Nunca en mi vida vi algo igual”, expresó Amadeo horas antes. “Rompió todos los récords y sigue haciéndolo. Muy pocos van a comprender el amor que sentimos por él. Pueden decir lo que quieran, pero él responde con fútbol, con humildad y con simpleza”.

Quizás allí radique el motivo por el cual algunos todavía intentan discutirlo. Porque las leyendas incomodan. Porque resulta difícil aceptar que se está siendo testigo de algo irrepetible mientras ocurre. Pero en las calles argentinas no hay dudas.

No importa la edad, el barrio o la historia personal. No importa si alguien vio jugar a Maradona o si recién está descubriendo el fútbol. Hay un consenso que atraviesa generaciones enteras. Lionel Messi ya pertenece a ese lugar reservado para muy pocos: el de los símbolos.

Y en este Día de la Bandera, mientras el cielo y las calles se funden en un mismo color, miles de argentinos vuelven a cantar su nombre. No solo para agradecerle los títulos, los goles o las alegrías, sino porque, de alguna manera, Messi les recordó que los sueños más grandes pueden cumplirse.

Y porque, cuando el tiempo pase, cuando las tribunas se callen y los Mundiales sean apenas un recuerdo, habrá algo que seguirá intacto: la emoción de haber sido contemporáneos de una leyenda que eligió llevar la bandera argentina en el pecho hasta el final.

Renacer Albirrojo: la larga espera de Paraguay y el regreso de una ilusión

Por Blanca Duarte

Dieciséis años pueden parecer una eternidad. Alcanzan para que un chico termine la escuela, para que alguien empiece una carrera, consiga trabajo o forme una familia. En Paraguay también alcanzaron para que una generación entera creciera sin ver a su selección en una Copa del Mundo y para que la ilusión empezara a desgastarse. No todas las clasificaciones se viven de la misma manera: algunas confirman una costumbre; otras llegan después de tanto esperar que terminan significando mucho más que un simple pasaje. Después de más de una década mirando desde afuera, Paraguay volvió a sentirse parte de la fiesta más grande del fútbol.

Si hay una imagen que todavía sigue viva en la memoria de muchos paraguayos es la del penal que Óscar “Tacuara” Cardozo no pudo convertir ante España. Aquella tarde en Sudáfrica 2010, la Albirroja estuvo a un paso de meterse entre los cuatro mejores del mundo. Antes, había terminado primera en un grupo que compartía con Italia, Eslovaquia y Nueva Zelanda, y había eliminado a Japón en octavos de final. Fue la mejor actuación de Paraguay en una Copa del Mundo y, sin saberlo, también el inicio de una larga espera. Nadie imaginaba entonces que pasarían 16 años para volver a ver a la selección paraguaya en el escenario más importante del fútbol.

Al principio fue una decepción. Con el paso del tiempo, el verdadero golpe fue ver cómo la ausencia empezaba a convertirse en costumbre. Eliminatoria tras eliminatoria, la frustración empezó a ocupar el lugar de la ilusión. Los proyectos no prosperaban, los resultados no llegaban y la distancia entre la selección y los hinchas se hacía cada vez más evidente. Paraguay seguía pendiente de su selección, pero ya no con la misma esperanza de otros tiempos.

“Esa ausencia de resultados hizo la desconexión emocional que se generó durante varios años con nuestra selección”, explica Jessica Santacruz, exfutbolista de Olimpia y de la selección paraguaya. Con el paso del tiempo, el entusiasmo fue apagándose y el sentido de pertenencia comenzó a resquebrajarse. “Cuando empezábamos a ganar, empezábamos a tener el sentido de pertenencia con el equipo, el que es algo nuestro, algo propio. Paraguay, cuando logra eso, vuelve a unirse de una manera muy especial y única”, sostiene.

La llegada de Gustavo Alfaro encontró a Paraguay en uno de sus momentos más delicados. La eliminación en fase de grupos de la Copa América 2024 había vuelto a sembrar dudas sobre el presente del equipo y el futuro parecía incierto. Sin embargo, el entrenador argentino logró cambiar el rumbo sin modificar demasiado los nombres. Con una base de futbolistas que ya formaba parte del plantel, recuperó la competitividad y, sobre todo, devolvió la confianza.

Desde su lugar como periodista, Lorenzo Figueredo también fue testigo del desgaste que sufrió el vínculo entre la selección y los hinchas. “La gente ya no creía en la selección, acompañaba poco”, recuerda. Incluso, cuenta que en algunos partidos el plantel modificaba sus recorridos para evitar los silbidos antes de llegar al estadio. Pero el cambio fue tan repentino como inesperado. “Hasta antes de Alfaro, Paraguay estaba afuera y sin esperanza por cómo jugaba. Nos sorprendió a todos”, admite. Con la clasificación, ese escenario se transformó y el entusiasmo volvió a instalarse alrededor de la Albirroja.

Asimismo, Figueredo considera que este regreso se vive con más intensidad que el de Sudáfrica 2010. En aquel entonces, Paraguay llegaba a su cuarta Copa del Mundo consecutiva. Clasificar era motivo de orgullo, pero también algo habitual. Esta vez fue diferente. Después de años de frustraciones, muchos pensaban que la espera se extendería una vez más. Por eso, cuando finalmente llegó la clasificación, el festejo tuvo algo de alivio, de sorpresa y de recompensa.

Pero quizás la mejor forma de entender lo que significa este regreso sea escuchar a quienes nunca habían vivido algo parecido. La historia de Mirtha Ramírez da cuenta de eso: tenía apenas dos años cuando Paraguay disputó su último Mundial. Creció viendo Copas del Mundo sin la Albirroja y preguntando por qué su país nunca estaba ahí. “Mis familiares me decían que Paraguay hacía años que no lograba clasificar y que era triste no ver a tu país en un torneo tan grande”, recuerda.

A medida que fue creciendo, la posibilidad de volver empezó a parecer cada vez más lejana. Los resultados no ayudaban y la ilusión convivía con la desconfianza. “Pensaba que aún era muy lejano poder ir al Mundial, pero sí se pudo“, cuenta. Para ella, esta clasificación tiene un valor imposible de comparar con cualquier otra experiencia futbolera. “Será la primera vez que veré a mi país presente”, dice. Una frase simple que resume lo que sienten miles de jóvenes paraguayos que acompañaron a la selección durante años sin verla competir en la máxima cita del fútbol. 

Para Santacruz, esa emoción acumulada ayuda a explicar por qué este regreso se vive de una manera tan especial. “Tiene sufrimiento, lucha, decepción y llantos. Después de 16 años regresar no tiene precio“, asegura. También cree que este momento puede dejar una huella más profunda: volver a despertar sueños en los más chicos, impulsar el fútbol local y recordarles a los paraguayos que la selección todavía tiene la capacidad de unirlos.

Cuando Paraguay salga a la cancha para enfrentar a Alemania, habrá nervios, ansiedad y expectativas. Habrá un resultado, como ocurre en cada Mundial. Pero el verdadero significado de este regreso empezó a construirse mucho antes del pitazo inicial. Está en quienes esperaron desde el penal de Tacuara para volver a ilusionarse. En quienes crecieron preguntando por qué su selección nunca estaba en los Mundiales. En quienes dejaron de creer y volvieron a ponerse la camiseta.

Después de 16 años, Paraguay dejó de mirar desde afuera. Y, para muchos, eso ya es motivo suficiente para celebrar.

 

Una clase de sufrimiento

Por Diego Collado

El programa educativo hoy era distinto: se sufría, pero en conjunto. Noventa minutos de fútbol para englobar un acontecimiento que se paraliza cada cuatro años. Emoción, enojo y desesperación; tres sustantivos enlazados para describir la sintonía de lo que se venía.

El colegio es una de esas cosas que uno tiende a querer pasar rápido, superarla, ser adulto. El recuerdo que queda intacto es cuando te preguntan acerca de quéestabas haciendo cuando llegaba la época de Mundial en el colegio.

En el Instituto Superior Palomar de Caseros (El Shul, otra forma de llamarlo), ubicado en el partido de Tres de Febrero hoy no era un día más. No se seguía la rutina cotidiana, había otro ambiente. Se genera solo, no hace falta aclararlo, jugaba la Selección Argentina. Vaya si requiere una organización previa movilizar a todos los cursos al salón de los actos. El ruido daba contexto a la situación que se estaba por venir, prolijo y al pie de la letra, cada curso iba con su profesor y se ubicaba a lo largo y ancho para aprovechar todo el espacio.

Las estrofas del Himno Nacional Argentino sonaban entre aplausos y gritos tapando así el ruido ambiente que desprendían los parlantes. Camisetas celestes y blancas por donde sea que mires. Se acomodaron en el piso como pudieron, hombro con hombro, buscando el mejor ángulo hacia la pantalla gigante. El proyector parecía viejo. Con esfuerzo colgaba del techo, emitía el encuentro con una nitidez más que aceptable.

La dirección había cedido ante la fiebre mundialista: por las paredes caían hileras de guirnaldas hechas a mano, banderas argentinas y pañuelos que los más chicos agitaban como si estuvieran en la tribuna de un estadio. Sin embargo, la atención no era igual para todos. Mientras un grupo de alumnos vivía con nerviosismo y los puños apretados, algunos se encontraban en otra sintonía. Para muchos, el partido era la excusa perfecta para tomarlo como hora libre.

“A mí el fútbol no me va ni me viene, la verdad”, expresaba Salvador, de tercer año, mientras vigilaba de reojo su celular.

La prohibición del uso de celulares se convertía en un caso que no se estaba cumpliendo. Era una batalla perdida de antemano. Los chats de Whatsapp y TikTok eran protagonistas principales. La atención iba y venía en ráfagas cortas.

En el fondo, tres chicos de primer año, sentados en ronda con las piernas cruzadas, desplegaban pilones de figuritas. Intercambiaban con velocidad, aprovechaban la oscuridad para conseguir las restantes con el fin de completar el álbum.

Las mismas maestras que el día anterior ejercían orden en el aula, hoy caminaban entre las filas con la cara pintada con franjas celestes y blancas. Cada curso había recibido la consigna de llevar algo para compartir: los paquetes de papas fritas, bizcochitos de grasa y botellas de gaseosas iban de mano en mano.

La selección pisaba el área rival y los que de verdad miraban, hicieron un silencio abrupto. El sufrimiento escolar cambiaba de eje, ya no se trataba de aprobar. Se percibía cierta tensión. Iban apenas ocho minutos de juego cuando el árbitro señaló que había penal para Argentina. Los celulares dejaron de importar. Lionel Messi acomodó la pelota. Era la oportunidad de abrir el marcador temprano. Pero el fútbol tiene eso, así como te da alegrías, te las puede quitar. El remate se fue desviado y todo seguía igual.

El desmoronamiento fue generalizado. Todo lo que era festivo, se volvió denso. Verónica, una de las maestras de primaria y preceptora de secundaria me dijo al oído: “Estos chicos están acostumbrados a verlos ganar siempre, ya no se acuerdan lo que es sufrir como nos tocaba a nosotros”.

La cámara enfocó la tribuna y aparecieron dos figuras emblemáticas del deporte nacional: Emanuel Ginóbili y Mario Alberto Kempes. En ese preciso momento se hizo evidente la brecha generacional: la mayoría de los jóvenes miran con indiferencia. “¿Quiénes son?”, preguntó un alumno en voz alta. Fue perfecto para que Martín (tincho para la mayoría), el profesor de educación física, se diera vuelta a explicarle: “El de la izquierda es el mejor jugador de básquet de nuestra historia, y el otro nos dio el primer Mundial en el 78”. Por un instante, era una clase improvisada de deporte.

A los 38 minutos, Messi recibió e hizo su clásico movimiento y la clavó junto al palo. Todos saltaron del piso y el grito de gol explotó. En medio del caos del festejo, Alicia, maestra de geografía, arrojaba puñados de caramelos que caían sobre la multitud de alumnos, la recompensa de una dulce espera. La voz del relator, Pablo Giralt, trajo el dato de color que encendió de nuevo todo: con ese tanto, Messi se convertía en el máximo anotador en la historia de los mundiales al alcanzar los 17 goles.

En el segundo tiempo regresó el sufrimiento. Austria presionaba y la ventaja de un solo gol se sentía frágil. Fue en ese tramo donde emergió la figura de Emiliano “Dibu” Martínez que metió una de esas atajadas que lo caracterizan. Para esta nueva camada, el arquero es un superhéroe a la par de los delanteros: “Yo empecé a atajar por él”, decía Thiago, mostrando con orgullo sus guantes gastados.

El reloj avanzaba con una lentitud insoportable hasta llegar al minuto 94. El conjunto europeo volcado al ataque perdió la pelota, la contra argentina fue letal y Lionel, una vez más, selló el partido con un gol agónico. El 2-0 no solo significaba los tres puntos, sino asegurar matemáticamente la clasificación, en este formato, a los 16avos de final. Los gritos de desahogo taparon el timbre que anunciaba el final de la hora.

Los jóvenes se levantaban del suelo, sacudiéndose el polvo de las galletitas consumidas, tirando los paquetes vacíos y atesorando los últimos caramelos en los bolsillos como trofeos de una tarde que les quedará para el recuerdo. Profesoras y maestras recuperaron el tono docente para ordenar y guiar a la multitud de regreso a las aulas, donde los pizarrones todavía conservaban cuentas matemáticas sin terminar.

Observar a estos nenes (ya no tan nenes…) con los ojos fijos en el proyector, te hace entender que ver el Mundial en la escuela es uno de esos momentos donde el tiempo pareciera detenerse. Al mirar las aulas de fondo, comprendí que pocos se acuerdan de una clase cualquiera un martes de junio, pero todos, (o en su mayoría) guardarán en la memoria el lugar exacto en el que estaban cuando Messi clavó ese gol en el último minuto.

El fuego de Maseko

Por Nicolás Tracchia

Todo nació de un pase quirúrgico de Moremi, una asistencia por abajo que atravesó toda el área. Thapelo Maseko frenó la pelota con la zurda para perfilarse en un movimiento instantáneo, un recurso técnico impecable y típico de un extremo invertido que sabe enganchar hacia su perfil hábil. Sin dudar, sacó un bombazo potente al primer palo que dejó sin respuesta al arquero, quien nunca se esperó ese remate furioso. Su conquista contra Corea del Sur, aquel único tanto de Sudáfrica que hizo temblar el estadio de Monterrey, es hasta ahora una de las historias más emotivas que nos regala el Mundial 2026.

En ese instante en que la pelota infló la red, el atacante puso punto final a 662 días donde el destino parecía haberlo dejado en el olvido. Con solo 22 años, vivió en carne propia los altibajos del profesionalismo. Luego de debutar en la selección absoluta con apenas 19 y brillar en Mamelodi Sundowns, el equipo más grande de su país, una lesión inoportuna en los isquiotibiales lo frenó de golpe en su mejor momento. De estar en la cima, fue relegado a la reserva, lejos de los focos y de la gloria que apenas empezaba a saborear.

“Sentía que el fuego que llevaba dentro se estaba apagando. Seguía entrenando como si mi vida dependiera de ello, pero por dentro me sentía vacío”, confesaba el jugador en una entrevista para Prime Sport antes del Mundial, al recordar el peso de aquel tiempo de oscuridad. No fue un proceso que enfrentó en soledad: el apoyo incondicional de su familia y el acompañamiento de sesiones de terapia fueron los pilares fundamentales que le permitieron no bajar los brazos cuando el camino se cerraba y todo parecía perdido.

Ese período de sombra, donde su identidad se escurría entre los dedos en el anonimato de la espera, lo empujó a un exilio necesario en Chipre. Al llegar al AEL Limassol, se encontró con una liga mucho más física y exigente de lo que muchos creen, obligándolo a adoptar un programa específico para fortalecer sus zonas débiles y recuperar la confianza. Cada práctica fue un ejercicio de perseverancia para volver a ser aquel futbolista que deslumbraba, una pelea contra el desánimo que tuvo su punto final contra los coreanos. Tras el gol, no solo clasificó a su país a los dieciseisavos de final para enfrentar a Canadá, sino que cerró ese ciclo de angustia que arrancó el día que el cuerpo le dijo basta, recordándonos que la gloria no radica solo en los trofeos, sino en la entereza de seguir insistiendo cuando el mundo ya lo daba por terminado.

Haití quedó afuera del Mundial, sus madres siguen luchando por sobrevivir

Por Juan Pablo López

Cincuenta y dos años de espera. Un lapso casi tan extenso como los 54 años que le tomó a la NASA reanudar sus exploraciones sobre el suelo lunar. Esa fue la prolongación del tiempo que debió aguardar Haití para volver a disputar una Copa del Mundo, evocando aquel lejano 1974 cuando el gol de Emmanuel Sanon derribó el invicto del arquero italiano Dino Zoff. En 2026, el regreso de los Granaderos al torneo más importante del planeta se concretó, pero bajo un libreto sumamente paradójico: un XI titular compuesto por futbolistas nacidos, criados y formados a lo largo y ancho de Europa y Norteamérica luchó por defender en la cancha los colores de un país en el que, en muchos casos, jamás habían estado.

Mientras esta selección de la diáspora representaba el orgullo de una nación frente a potencias como Brasil, Marruecos y Escocia, las fronteras reales del territorio haitiano continuaban expulsando a sus ciudadanos. Según datos publicados por las Naciones Unidas, los grupos armados controlan actualmente más del 80% de Puerto Príncipe, sumiendo a la capital en una situación de excepción cotidiana que ha desarticulado la vida civil y el acceso a la salud básica. Frente a este colapso, más de 535.000 haitianos, que representan cerca del 70% de los extranjeros residentes en la República Dominicana según datos de Naciones Unidas, optan por vivir en la clandestinidad. Es allí, fuera de los estadios, donde se libra la verdadera batalla por la supervivencia: la de las madres haitianas que intentan dar a luz en el exilio.

Quizás uno de los sectores más críticos que hoy demuestra la severidad de la crisis migratoria es el sanitario. Porque de acuerdo con datos de Riess (Archivo de Información y Estadísticas del Servicio Nacional de Salud), los nacimientos de mujeres haitianas en hospitales públicos dominicanos disminuyeron aproximadamente un 60% en el último periodo. El Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) señala que este descenso responde al temor generalizado a las deportaciones masivas impulsadas por el gobierno dominicano de Luis Abinader. Ante el temor a los operativos migratorios, una cantidad indeterminada de mujeres embarazadas prefiere dar a luz de forma secreta en lugares de condiciones de salubridad básicas.

El director del SJM, el padre Germain Clerveau, ha denunciado que esta falta de atención médica profesional en partos asistidos por familiares o parteras improvisadas ha provocado el fallecimiento de madres y recién nacidos debido a infecciones y hemorragias. Existe una marcada cifra negra en estos registros, ya que las muertes nunca se denuncian por temor a represalias migratorias. También, el SJM recogió testimonios de mujeres embarazadas detenidas por las fuerzas de seguridad, dentro de los centros de asistencia o inmediatamente después de recibir el alta médica, y expulsadas de forma exprés sin posibilidad de solicitar visados de residencia. Ante este panorama, monseñor Pierre-André Dumas, en nombre de la Conferencia Episcopal, ha recordado que si bien la República Dominicana es libre de gestionar sus fronteras, «las soberanías nacionales no pueden eludir la dignidad humana y negar el derecho al acceso a la asistencia sanitaria pública de urgencia». 

Este profundo cisma social explica, precisamente, el carácter de la selección dirigida por Sébastien Migné  La convocatoria se componía de jugadores formados en el exilio que optaron por vestir los colores de las raíces de sus padres y reúne trayectorias diversas: desde figuras nacidas en Francia como Jean-Ricner Bellegarde (mediocampista del Wolverhampton de la Premier League) o Duckens Nazon, hasta el arquero suplente Josué Duverger, formado en Canadá, y el defensor Duke Lacroix, proveniente de los Estados Unidos. En contraposición, los pocos futbolistas formados localmente, como el defensor Woodensky Pierre, moldearon su carrera en Cité Soleil, uno de los barrios más peligrosos de la isla, donde el fútbol opera estrictamente como un mecanismo de supervivencia.

Incluso la indumentaria oficial del equipo se transformó en un terreno de disputa geopolítica y de identidad. Para este torneo, la FIFA obligó a la Federación Haitiana de Fútbol a modificar su camiseta de juego, confeccionada por la marca colombiana Saeta. El organismo rector consideró que el diseño original violaba sus reglas de equipamiento al incluir un homenaje visual a la Batalla de Vertières de 1803, el enfrentamiento histórico donde las tropas haitianas derrotaron al ejército napoleónico para declarar su independencia en 1804. Aunque la federación aclaró que se trataba de un tributo a la resiliencia del pueblo, la FIFA se mantuvo inflexible en su prohibición de exhibir símbolos de corte histórico revolucionario.

La razón por la cual esta diáspora poblacional hoy en día nutre al equipo de fútbol radica en las cicatrices políticas que dejó el siglo pasado, donde el quiebre institucional moderno se profundizó durante el régimen de Jean-Claude Duvalier (1971-1986). Su gestión estuvo signada por la malversación de fondos públicos y crisis económicas severas, como la erradicación forzada de la población de cerdos criollos en 1982 a través del programa norteamericano PEPPADEP, medida que destruyó el sistema de ahorro de la economía campesina y provocó el primer gran éxodo transfronterizo. Esta corriente migratoria se consolidó tras el sangriento golpe de Estado militar que derrocó al presidente electo Jean-Bertrand Aristide en septiembre de 1991, sumergiendo al país en una espiral de violencia que aceleró de forma definitiva la huida de miles de familias hacia Norteamérica y el Caribe, consolidando las redes migratorias que décadas después permitirían a miles de descendientes haitianos formarse en academias extranjeras .

De la euforia reciente por la clasificación al Mundial y por la goleada a Nueva Zelanda en Miami poco o nada se recuerda tras la temprana eliminación del equipo en la cancha  El torneo generó una unificación temporal en la población, pero el contexto político impuso sus condiciones: los jugadores de la diáspora compitieron bajo estrictas excepciones gubernamentales en Estados Unidos, pero sus aficionados en la isla no pudieron viajar debido a las restricciones migratorias de la administración de Donald Trump. Con la competencia terminada, el proyecto deportivo haitiano concluye bajo la premisa de su propia bandera, que afirma que “la unión hace la fuerza”, pero cuyo presente describe a un pueblo fragmentado. Haití se despide del Mundial con futbolistas nacidos lejos de su tierra, mientras en las sombras del exilio, sus madres siguen jugando el partido más difícil por legar un futuro a sus hijos desde el desarraigo.

El negocio y la modernidad juegan con la pelota

MUNDIAL-INFANTINO

Por Mateo Mekler

Para un partido de fútbol todo lo que se necesita son 22 jugadores, dos arcos, un árbitro y la hinchada. Es un juego sencillo, donde la pelota, los futbolistas y el reloj son los gobernadores, pero parece que para muchos no. Una de las cosas que se ven en este Mundial es que los partidos se dividen en cuatro tiempos por la implementación del “cooling break” para, supuestamente, rehidratar a los protagonistas.

La Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) decidió implementar la pausa de hidratación a los 22 minutos de juego en cada tiempo, para que los futbolistas puedan tomar agua o alguna bebida energética durante tres minutos. Se presenta como una idea para evitar las altas temperaturas y cuidar el estado físico de los jugadores, mientras que el espectador ubicado frente al televisor se ve obligado a presenciar durante ese lapso anuncios constantes, lo que deja al descubierto una mayor preocupación por los negocios que por los protagonistas del evento, los cuales pierden completamente la sintonía del encuentro y los saca de partido. “No me gustan. Estuve viendo casi todos los partidos y van siempre a los comerciales”, palabras de Virgil Van Dijk, capitán de Países Bajos.

En cada partido, independientemente de dónde se juegue, si hay techo o no, habrá una pausa de hidratación de tres minutos. ”Serán tres minutos desde el pitido inicial hasta el final de cada tiempo”, declaró Manolo Zubiria, director de Torneos de Estados Unidos para este Mundial.

El medio de información financiera Workweek reveló que las pausas de hidratación darán 624 minutos extras de pausa publicitaria, y si se consideran ocho anuncios en promedio por cada espacio publicitario, los canales tendrán 1.664 nuevos lugares para presentar los anuncios. Se estima que las recaudaciones podrían dejar una ganancia cercana a los 500 millones de dólares.

A esto se le puede agregar las situaciones que ocurrieron en las conferencias de prensa, las cuales según lo establecido por la FIFA, debían ser estrictamente en inglés y no podrían realizarse preguntas en ningún otro idioma. La mayor problemática ocurrió con Achraf Hakimi: el capitán de Marruecos, que nació y se crió en España, recibió una pregunta del periodista Rodrigo Ornelas en español, a lo que el moderador de la asociación internacional de esa conferencia intervino y, a pesar de la buena voluntad del jugador de responder igualmente en inglés, no dejó que reciba una respuesta. Actualmente, esa regla se modificó por las polémicas que se generaron y ahora se permitirá que se formulen preguntas en este idioma y en el que hablan los países que están enfrentándose.

El juego se ve afectado cada vez más por las interrupciones y los intereses externos que condicionan al romance que lo caracteriza: la simpleza. Y en medio del ruido, la pelota espera volver a ser algún día la protagonista de su propia historia.