miércoles, abril 22, 2026
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Bandera verde para el futuro: el boom del karting bajo el impulso de Colapinto

Por Otto Vodopiviz

El rugido de los motores se escucha cada vez más fuerte. El sol está por asomarse, pero en el Kartódromo de Ciudad Evita ya se huele el aroma de un gran día. El sábado 12 de julio del 2025 son apenas las ocho de la mañana y los boxes ya están con vida: sonido de motores, cascos puestos y familias expectantes. Aquí, cada jornada es más que una carrera: es un paso más en una ruta que, para algunos, puede terminar en los circuitos de Mónaco o de Silverstone, en la Fórmula 1.

El karting argentino se encuentra en un crecimiento que muy pocos recuerdan haberlo visto. Las escuelas de karts tienen más estudiantes y hoy el deporte cuenta con más visibilidad, pero hay un catalizador que nadie niega: Franco Colapinto. El joven de Pilar, que comenzó su carrera en karts a los 9 años, pegó el salto a Europa en tan solo 4 años. El piloto argentino se inscribe en la Fórmula 4 en 2019 y, cinco años después, debuta en la Fórmula 1 convirtiéndose en un faro para centenares de chicos que hoy giran en las pistas del país. Luego de 25 años, tras una temporada de Gastón Mazzacane, Argentina vuelve a tener un referente en la F1. “Antes queríamos ganar el campeonato. Ahora queremos llegar a la máxima categoría como llegó Franco”, dice Ian Sampayo con 13 años, que corre en la escuela de karting en Ciudad Evita.

En los últimos años, el karting viene en curva ascendente y lo de Franco lo terminó de catapultar. Hoy los más chicos lo ven como el máximo referente y eso hace que tomen este deporte con mayor dedicación y expectativa”, explica Gastón Amboade, quien fue campeón sudamericano del Master Max 2024 y hoy es profesor de la escuela de karting Asociación Para el Automovilismo Deportivo (APAD).

En el Kartódromo Internacional de Buenos Aires el ambiente es una caldera. Conocido por su trazado desafiante e infraestructura de primer nivel, el domingo 20 de julio fue escenario de una emocionante jornada de karting. Allí, las gradas comenzaron a llenarse, los niños con sus autitos Hot Wheels y los mayores con sus teléfonos para ojear el Gran premio de Hungría. La pista ardía, las miradas eran fijas; parecía una película del viejo Oeste. Divididos en cuatro grupos, 16 son los karts registrados en el circuito, y hacen gruñir sus motores.

El Argentino de Kart inició su actividad oficial en Ciudad Evita - RECTA PRINCIPAL

El “galáctico” va a la velocidad de la luz; el “relámpago” asombra a sus rivales en las curvas, la “bala” siempre de frente a su objetivo; y el “tractor” en la cima como siempre. Cada kart poseía un apodo característico, algunos interesantes, otros graciosos. “Ojo con el cuarto que a ese lo llaman el tosco”, dice un hombre con la gorrita azul de Nacional que utilizaba el corredor brasileño Ayrton Senna en su paso por la F1.

Las facturas se repartían, el ruido de mate siempre presente y la bandera verde flameaba. La clasificación del Mini Max fue intensa con maniobras arriesgadas y avances estratégicos. La curva uno era un caos: despistes, trompos, pero ningún contacto. El “tractor” lo tenía claro: mejor tiempo en la curva dos y cinco. Algunos estaban en un cumple. De lejos se observaba la poca voluntad de los rezagados; despistes evitables, roces innecesarios y estorbar a los de la punta.

Las familias alientan a sus conocidos. “¡Vamos, Mateo, un poco más rápido!”, se escucha de un padre, quien viaja más de 300 kilómetros desde Tandil hasta el Kartódromo Internacional para cumplir el sueño de su hijo. Finalizada la clasificatoria, los jóvenes de 13 años se reprochaban algunas acciones y otros discutían por un puesto más arriba. El “tractor” había arrasado a sus rivales y se llevó la pole. Ahora quedaba claro quién manda en la pista. “El más rápido no siempre gana, el más inteligente, sí”, decía Niki Lauda, quien supo ganarse un lugar en la historia de la Fórmula 1 con tres campeonatos mundiales en 1975, 1977 y 1984. 

Eran las 12 del mediodía en el kartódromo Internacional de Buenos Aires, sol y viento vigente. Los familiares estaban nerviosos, algunos comiéndose las uñas, otros mirando el Gran Premio de Hungría con el relato de Fernando Tornello, quien cuenta con una voz atrapante, algo así como un motor. “¡La puta que lo parió!”, se escucha de la nada. Colapinto había bajado al decimoctavo puesto con un flojo desempeño de los mecánicos de Alpine. “Son unos inútiles, siempre lo mismo loco”, decían entre los padres que no podían creer la actualidad de la escudería. Los pibes estaban chochos con sus autitos a control remoto, similar a las canchas de fútbol, donde los chicos juegan a la pelota mientras se juega el partido.

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“A Franco le están haciendo una cama de acá a la China, no puede ser que en dos paradas hagan 15 segundos y con (Pierre) Gasly 5 segundos. Siento que lo van a limpiar. Mi hijo empezó el año pasado, cuando Colapinto pasó a la Fórmula 1”, manifiesta Bautista Rodríguez, el padre de Mateo Rodríguez.

Luego de 15 minutos bajo un clima perfecto se asoman los protagonistas: vestimenta puesta, cascos colocados y protectores listos para un nuevo fin de semana en el kartódromo Internacional de Buenos Aires. Los mates iban y venían. Las familias, de pie para ver la largada. Preparados, los pilotos vieron la bandera verde y arrancaron. En la primera curva, trompo del “galáctico” y baja al décimo puesto. “¡Uhhhhh!”, se escucha en gran parte de la grada. Desde afuera, todo parece un juego; desde adentro, era algo más que una carrera.

El “tractor”, de gran arranque, más solo que Adán en el Día del Amigo; la “bala” estaba al acecho, parecía un puma cazando a su presa, y los otros peleándose entre ellos. Las gradas eran un mar de nervios. Madres preocupadas por la salud de sus hijos; los padres, por otro lado, querían la victoria en sus manos. Los hermanitos de los pilotos la tenían clara: soñar con la posibilidad de ser un piloto profesional.

Faltaban cuatro vueltas para finalizar la jornada. El olor a caucho quemado se apoderaba del ambiente, los chicos se tapaban la nariz. Las familias viven cada vuelta como si fuese la última. La tensión, el talento y la pasión quedaron plasmados en cada giro. Tras diez minutos de ida y vuelta apareció la famosa bandera a cuadros. El campeón estaba claro, Joaquín Cordoba le sacaba diez segundos al escolta. “¡Dale, Joaco, que estás ahí nomas!”, gritaba su papá con euforia y sin uñas para comerse.

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Joaquin levanta el puño y se va derechito a las gradas, donde se encontraba su viejo y hermanito. El casco ya emanaba victoria; era un combinado de estilo a lo Ayrton Senna y Gastón Mazzacane, quien fue el último piloto argentino en participar en la Fórmula 1 en el año 2001 antes de Colapinto. 

El karting avanzó tan fuerte que incluso en invierno y verano, lejos de los Mini Max, Master Max, Junior, Senior, el sonido de los motores se orientó en las vacaciones. En Mar del Plata, Pinamar y Villa Gesell, los kartódromos de alquiler se llenan de turistas que, por unos minutos, se sienten pilotos. Muchos padres miran cómo sus hijos dan sus primeras vueltas en pistas. “¿Y si le gusta en serio?”, se pregunta una pareja con el termo y el mate en la mano un lunes en el Karting Paintball de Villa Gesell. No es una exageración: más de un piloto federado empezó así, en vacaciones con su casco alquilado y un kart que apenas supera los 40 km/h. Los pibes entraban y parecía una juguetería. Saltos de emoción, gritos por allá y el famoso abrazo de agradecimiento a las madres.

En Pinamar, el rugido de los motores rompe la calma invernal. Filas de turistas se observan desde lejos. El viento helado hace que el olor a nafta y caucho sea aún más intenso, y el sonido de los karts parece amplificarse en el aire limpio de la costa atlántica. Los mecánicos trabajan con las manos congeladas para chequear motores y estar listos durante la jornada. “Disfrutá que me salió 75.000 pesos”, se escucha a cinco metros de la pista. Los chicos de 8 años, enfundados en buzos térmicos y guantes, ajustan sus cascos empañados por el vapor de su respiración. No hay presión de horarios, tampoco de los padres. Solo el sonido de los motores, el crujir de las cubiertas en el asfalto frío y las señales entre pilotos y mecánicos. El viento que azota las banderas de la pista recuerda que aquí el clima manda, pero también que la pasión por correr no entiende de estaciones.

En un receso, los pilotos se refugian en un pequeño quincho, donde comparten anécdotas y sueños de poder competir en la Fórmula 1. Pero hay algo especial en este invierno. Entre tandas tranquilas y curvas libres, los que corren saben que aquí se forja el verdadero amor por el karting. Sin gente, sin cámaras, sin distracciones. Solo el piloto y su máquina, recordando que la velocidad también puede ser una llama que calienta en pleno julio.

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“Yo empecé así, en un verano de 1985. Fuimos con mis viejos por primera vez a Valeria del Mar y nos cruzamos esos típicos kartódromos de la costa. Cuando me subí al kart me acuerdo que se desarmaba en cada vuelta, era muy peligroso. Terminé las 15 vueltas y fui a decirle a mi viejo: “Pa, de grande quiero hacer esto”, cuenta Javier Pólvera, quien se retiró el año pasado del karting profesional con 47 años y hoy trabaja de empresario .

En los años 70 y 80, nombres como Juan María “El Flaco” Traverso comenzaron su vínculo con la velocidad sobre pequeños chasis y motores modestos. Más tarde, figuras como Norberto Fontana, Guillermo Ortelli y Marcos Di Palma también dieron sus primeros vueltas en kartódromos, antes de transformarse en leyendas del Turismo Carretera (TC). “Senna, el Flaco Traverso y Fontana eran unos monstruos del automovilismo. Siempre fueron mis ídolos; guapos, calentones, garra. Me cuesta mucho identificar a un piloto con esas actitudes. No quiero dejar de lado al Lole Reutemann, a quien encima le robaron el campeonato en la Fórmula 1”, manifesta Gastón Amboade, corredor de karting profesional en Master Max .

En las década de los 90, la disciplina siguió siendo un semillero insistente. José María “Pechito” López tendría sus primeros pasos en el ambiente del karting cordobés; Matías Rossi empezó a correr a los 11 años; Agustín Canapino, guiado por su padre, creció entre pistas y boxes de karting; y Esteban Guerrieri sumó títulos en categorías formativas antes de competir en Europa.

Hoy el karting argentino cuenta con 39 circuitos habilitados en todo el país, la Provincia de Buenos Aires es la que más circuitos posee con 7 y luego le siguen; Cordoba, Río Negro, Mendoza, Santiago del Estero, Tucumán, Formosa y Neuquén. Con referentes como Colapinto, Juan María Traverso y Juan Manuel Fangio. El kart mantiene un crecimiento sostenido. Su futuro parece asegurado. Mientras haya motores encendidos y pilotos con hambre de superación, el karting seguirá siendo el primer escalón hacia las grandes categorías del automovilismo mundial.

Punto de quiebre: la cruda realidad de los tenistas que solo viven para jugar

Por Pedro Lujambio

Cuando se piensa en un tenista desde fuera de este universo, se imagina a figuras como Novak Djokovic y Serena Williams o, más actualmente, a Carlos Alcaraz y Aryna Sabalenka. La imagen es la de quienes viajan por el mundo y, gracias a publicidades y premios de torneos, tienen asegurado que después del retiro no necesitarán volver a “agarrar la pala”—ni la raqueta—. Todos están salvados económicamente. Sin embargo, más allá de esa élite, existe un mundo completamente distinto en el tenis: el de aquellos que, al igual que los mejores, viven por y para la pelotita amarilla, pero no de ella.

El día a día de cada jugador varía según si participa o no en un torneo esa semana. Si toca no competir, suelen entrenar de lunes a viernes, o incluso más. Este es el caso de Lucio Ratti (823° del ranking ATP) en la semana en que concede esta entrevista. ¿Por qué no compite? Él afirma que quedó “bastante quemado” después de perder en la clasificación de los torneos Challenger de Buenos Aires y Antofagasta. Decidió parar una semana para luego volver a jugar torneos M15, el primer escalón del profesionalismo internacional. El descanso dio resultado: el sábado 8 de noviembre ganó su primer título en Valledupar, Colombia.

En el Centro Naval de Olivos se entrena Ezequiel Fagotti, ubicado en el puesto 2264 del ranking de la International Tennis Federation (ITF), que incluye justamente los torneos M15 y M25 antes mencionados. Estos certámenes otorgan 15 o 25 puntos ATP al campeón, los cuales sirven para empezar a aparecer en el ranking ATP, afianzarse en el circuito y comenzar a jugar torneos Challenger.

Son las 10 de la mañana y es el primer turno de tenis del día para Fagotti. Ya hizo físico y, después de almorzar, tendrá la segunda práctica, seguida por un rato en el gimnasio. “Yo entreno siempre acá, si vivo acá nomás”, reconoce al comenzar la jornada. Su caso, el de asistir siempre al mismo lugar y sin moverse mucho, es casi un privilegio. Ratti, por ejemplo, mencionó que suele estar en este mismo club o en Cañuelas, pero la entrevista para esta crónica la concedió (un poco apurado) antes de ingresar al Tiro Federal Argentino (Vicente López), después de una sesión previa en Parque Norte… Al menos cuatro opciones diferentes en el AMBA. Lorenzo Rodríguez, #427 en el ranking ATP, también está en esa situación. “Estoy en el Darling en Barracas, pero me voy moviendo dependiendo de con quién arregle. Mañana me voy a La Plata con Tomy Etcheverry y después sí, vengo acá”, explicó hace algunos días, antes de viajar a Brasil a jugar el M25 de Río de Janeiro.

Primer turno del día en el Centro Naval. Lo primero que se nota al acercarse a las canchas 11 y 12 del predio, incluso antes de ingresar, son los insultos que se escuchan en inglés. Casi las únicas palabras que se distinguen son “racket” (raqueta), “string” (cuerda) y “fuck” (no hace falta traducir). Con esos tres términos basta para entender el origen de la queja. Se trata de Jonah Bramson, estadounidense de 18 años entrenado por Pablo y Gastón Bianchi, quienes están a cargo de los jugadores en esas dos canchas. “Es que acá la escuela es muy buena, y él tiene el objetivo de irse a jugar a las universidades de allá, de Estados Unidos”, sintetiza Ezequiel Fagotti ante la pregunta de qué hace el estadounidense en Argentina.

Bajo un sol muy fuerte, Fagotti practica junto a su compañero Julián Dubourg. El ejercicio consiste en mantener un peloteo cruzado hasta que uno de los dos ataca por la línea paralela y sube a la red. Para ello, se van turnando. Sin cometer errores exagerados, la frustración de Dubourg va en aumento, con gritos e insultos al aire. Un par van dirigidos a la cancha, y con razón: no está en el mejor estado, sobre todo si se considera que son jugadores profesionales y no el socio que pagó para jugar una hora. Aunque también podría estar relacionado con el tiempo que llevan jugando, lo cierto es que en el polvo de ladrillo hay algún pozo y de vez en cuando la pelota pica “rara”. Entre lo que sucede en la cancha de al lado y lo de ahora, Pablo Bianchi se ríe y sentencia: “Este deporte hace mal a la cabeza”.

Llama la atención, durante el ejercicio, la raqueta de Fagotti. Su Yonex Vcore 98 no lleva antivibrador, algo habitual en la gran mayoría de los jugadores, ya sea por comodidad o para prevenir lesiones por la vibración que se transmite al brazo. “Antes lo usaba porque era lo normal, digamos, hasta que una vez me dijeron que probara, que quizás sentía más la raqueta. En ese momento la sentí bien y ya para mí es habitual no usarlo”, explicará después. Más tarde, la guardará en su bolso raquetero Wilson, idéntico al que porta Ratti en el Tiro Federal. Pero las raquetas, más allá del modelo, tienen una diferencia. Fagotti juega con lo que seguramente es común para muchos jugadores en Argentina: una raqueta “de tienda”. Ratti, en cambio, utiliza una “de jugador”, cuyas especificaciones varían en ajustes como el peso, el balance o el largo: “No son lo mismo y no se consiguen acá en Argentina. Las últimas dos veces le compré raquetas a Facundo Díaz Acosta (ex #47 del mundo y campeón del Argentina Open 2024); muchos jugadores hacen cosas así porque es difícil conseguirlas acá”.

Debido al calor agobiante, detienen la práctica durante unos minutos. Fagotti aprovecha para quitarse la banda de la nariz, similar a la de Luis Advíncula, que ya se le estaba saliendo por la transpiración. ¿Sirve para algo? ¿De verdad se respira mejor con eso? “En el video en redes te lo voy a vender como que me cambió la vida, pero qué sé yo…”, confiesa entre risas el tenista, que recibió el producto como canje.

En esa breve pausa, además, profesores y jugadores charlan sobre novedades del deporte que aún no trascendieron. Hablan sobre un tenista que al parecer será suspendido de por vida por estar vinculado a las apuestas. “Y sí, dicen que hasta a la madre vendió… Igual tiene un talento terrible, seguro se va a ir a jugar al pádel”, sentencia uno. Además, los entrenadores les recuerdan a los jugadores que si les llega información sobre esos temas, deben hacer la denuncia sí o sí, ya que de lo contrario también serán sancionados. Dos o tres días más tarde, la noticia de la que hablaban aparecerá en todos los medios: Leonardo Aboián está suspendido provisionalmente, con sospechas de haber cometido una ofensa grave.

En el último tramo del entrenamiento, Dubourg y Fagotti juegan un súper tie-break. Ya con uno a cada lado de la red, debaten y amagan con apostar un sándwich, una ensalada de fruta o alguna otra cosa. No queda claro qué acordaron. Tanto en ese mini partido a 10 puntos como en los ejercicios anteriores, la velocidad de pelota, vista desde afuera, no parece tener mucho que envidiarle, por ejemplo, al partido entre Alex Barrena y Guido Justo (170° y 374° en el ranking ATP) en el Challenger de Buenos Aires hace un par de semanas. Ezequiel Fagotti duda ante esta afirmación, piensa y después responde. “No es tan grande, pero sí, hay una diferencia. No sé si en la velocidad, en realidad. El tema es la calidad de la pelota y el tiempo que sostienen el nivel. Por ejemplo, yo puedo jugar contra Lucio (Ratti) y puedo llegar a igualar su nivel base, quizás hasta mantenerlo un set, pero después me caigo. Ellos pueden mantenerlo por un tiempo más largo. Por lo físico no es, porque es difícil que entrenen mucho más que yo. Creo que ahí la diferencia está en lo mental”, explica el oriundo de Cipolletti, que sueña con conseguir su primer punto ATP.

Llegan las 12 del mediodía y los jugadores, por un rato, abandonan el club. En el trayecto de 2 o 3 cuadras hasta su departamento, Fagotti habla de su reciente crecimiento y viralización en redes sociales, pero aclara: “Si me das a elegir, yo dejo las redes, dejo todo, y sigo siendo jugador. Eso es lo más importante”. Al llegar a su casa, me toca esperarlo sentado en el comedor, como si fuera la sala de espera de un médico, mientras él va a ducharse. En la mesa tiene elementos vinculados a sus actividades, como un cubregrip y un cuaderno con anotaciones sobre lo que debe hacer o publicar en los próximos días, pero también hay un libro: “Nosotros dos en la tormenta”, de Eduardo Sacheri.

Cuando sale, saca de la heladera un bowl de fideos que dejó listo, al que le agrega salsa de tomate y atún. Mientras come, habla del compromiso que debe tener como jugador con la dieta y sus hábitos: “No salgo de fiesta, no como una hamburguesa ni tomo gaseosa nunca. Hace un tiempo que hice el click, antes quizás en una época que estuve de novio comía todos los fines de semana hamburguesas o medialunas, ahora cero”.

El sacrificio que deben hacer los tenistas es muy grande, no solo en lo recién mencionado, sino también en los viajes a los torneos. Marcelo Pagani, hoy entrenador en Doblas Tenis (calle Doblas bajo la autopista 25 de Mayo, en Parque Chacabuco), afirma que en sus inicios como jugador —a fines de la década de 1970— vio venir esto, razón por la cual dejó de jugar antes de ser profesional. No es para todos. Allí en Doblas, antes de dar su novena o décima hora de clase del día, reconoce que idealizaba viajar e ir a los torneos, pero se encontró con algo distinto a lo que imaginaba. “Soy muy cercano a mi familia y empecé a proyectar, a pensar en los viajes a otros países… no quise saber más nada”, señala.

En esa época, en su adolescencia, el sistema de torneos y el acceso al tenis internacional eran diferentes. “El gran objetivo de todos era llegar al Banana Bowl en Brasil y quizás después al Orange Bowl en Miami, pero necesitabas mucha palanca: o tener mucho dinero de respaldo, que mi familia no tenía, o alguna mano desde la AAT”, explica Pagani al costado de una cancha que no tiene nada que envidiarle a las del Centro Naval, más allá de tener como techo a la autopista. ¿Qué son el Banana Bowl y el Orange Bowl? Son dos torneos de juveniles que se disputan una vez al año y, en el circuito ITF de juveniles, son los más importantes después de los cuatro Grand Slams. Sin embargo, hoy no son las únicas plataformas para acceder a los rankings internacionales. En el calendario de 2025, en Argentina hay 11 torneos masculinos y 10 femeninos del circuito ITF, lo que le permite a las bases del tenis local empezar a crecer y sumar puntos sin necesidad de viajar sí o sí al exterior para dar el primer paso.

El día a día del jugador cambia, obviamente, si está disputando un torneo, ya sea en Argentina o en otro país. Además, más allá de lo económico y los puntos, la organización de los torneos también tiene sus diferencias. El Pro Tour, organizado por la AAT para los tenistas profesionales argentinos, “es un poco más a pulmón”, según Ezequiel Fagotti, que llegó a octavos de final en su último torneo, la Copa Pichin Tonella en Cañada de Gómez (Santa Fe). “Todos te dan una mano, todos quieren que te vaya bien”, señala y destaca que allí les dieron un lugar donde dormir y que, con el premio por llegar a octavos de final, pudo recuperar lo gastado en esos tres días de torneo. Sin embargo, aclara que eso es lo que sucede en el interior: “Acá en Buenos Aires no te dan mucha bolilla con el tema de las canchas ni tampoco son buenos los premios”. Por ejemplo, el torneo del Pro Tour que se jugó en septiembre en Lanús recibió más de $6.000.000 en cuotas de inscripción de los jugadores, pero solo repartió un millón en premios. “Ese cálculo lo hacemos en las mesas con los jugadores en los torneos, porque no podemos creer que todo eso que sobra se vaya en canchas, pelotas y árbitros, que en general son de por acá. Podrían darle una mano a los jugadores. Además, después ves fotos de que viajó una delegación enorme a la Copa Davis a Noruega y te da bronca, ¿qué tiene que hacer un administrativo allá?”, se queja otro jugador cuyo nombre no será revelado, ya que los mismos a los que les reclama son a los que quizás algún día necesitará pedirles una mano o una invitación a un torneo.

Siguiendo con el día a día de un torneo, entonces, entre un M15 o un M25 (los del circuito ITF) y un torneo del circuito argentino no es tan grande la diferencia. “Un jugador que gana un Pro Tour en febrero o en septiembre/octubre, que estamos todos en Argentina, seguro que saca al menos un punto ATP”, concluye Fagotti.

Donde sí se empieza a notar más la diferencia es entre los ATP, los Challenger y los ITF. “En un M15 es arreglárselas, jugar con pelotas usadas… a veces tenés que ir al gimnasio y no tenés nada ahí”, reconoce Lucio Ratti. En un Challenger, en cambio, “te dan de todo”, explica el nacido en Lobos: agua, comida y lo que haga falta. El gran cambio también se nota asistiendo como parte del público. En los torneos ITF están las canchas y las tribunas (si no es la cancha central del club, es posible que ni tribunas tenga). En cambio, en el pasado Challenger de Buenos Aires disputado a fines de septiembre, había patio de comidas, stands de marcas y toda una estructura que mostraba el nivel del evento.

Teniendo en cuenta que, al estar un escalón abajo, el nivel de jugadores y de premios será menor, la organización del Challenger de Buenos Aires de este año no tuvo nada que envidiarle al Argentina Open disputado en febrero. La única gran diferencia, y muy notoria, estuvo en el público. El color del Lawn Tennis con las banderas de Brasil alentando a João Fonseca o los argentinos apoyando a Diego Schwartzman no tuvieron nada que ver con lo del Challenger porteño de hace unos días. “¡Vamos! ¡Le metí 500 pesos!”, festejaba un adolescente en la tribuna con su grupo de amigos, cuando Adolfo Vallejo le ganó el primer punto del partido a Genaro Olivieri. Esa fue la tónica de toda la semana, con un buen porcentaje de las tribunas copadas por apostadores, que hasta le faltaban el respeto a los jugadores —algunos fueron expulsados recién en la final—.

Entonces, con el nivel de premios que hay en los torneos más chicos y los costos de los viajes y las competencias, es muy difícil que este deporte sea una fuente de vida. “A mí me ayuda mi familia”, coinciden Ratti y Fagotti. “Solo el top 100 puede vivir bien de esto. El resto, otros 100 más, se pueden mantener mientras están jugando, después ya está”, explica el entrenador Gastón Bianchi, aunque ese es un consenso general entre los tenistas.

Este año, Lucio Ratti jugó en Bosnia, Italia, Marruecos y Chile, además de Argentina. Si bien los viajes fueron financiados por su familia, también aprovechó para jugar interclubes en Italia. “Con eso se hace una diferencia económica, no alcanza demasiado, pero ayuda. Algunos se van dos meses a jugar interclubes y se costean buena parte del año”, cuenta. ¿Cómo son esos viajes? Este año, Ezequiel Fagotti pasó 5 meses en Europa. Francia, Italia, Alemania, Rumania… “En Francia hice base, me quedo en una casa con una familia en París, así que puedo conocer un poco. Lo demás no tanto. Quizás descanso el día que llego, pero después juego y entreno casi todos los días. Siento que sería un desperdicio no conocer los lugares, al Casco Antiguo en Bucarest fui, pero no hay mucho tiempo para esas cosas”. En ese período, jugó dos M15, además de competir en interclubes en los distintos países. “Iba a ir a Serbia también, pero estaba quemadísimo”, confiesa Fagotti. No parece pesarle tanto el desarraigo de su familia al estar en Europa, ya que en Argentina tampoco vive con ellos, que son de Cipolletti.

En estas situaciones en las que todo centavo sirve, cualquier sponsor es bienvenido. “Kirschbaum para cuerda, By Cliza me mandó ropa y una vez por medio de San Lorenzo, cuando jugué interclubes, me consiguieron ropa de Adidas”, dice Ratti, que lleva justamente una remera y zapatillas de la marca de las tres tiras. Fagotti también comparte algunos de esos sponsors, y empieza a tratar de recordarlos cuando le llega un mensaje… Le ofrecen 100 mil pesos por hacer una publicidad en Instagram, se ríe y casi que choca el puño. Una semana ganada.

El latido de Floresta que hizo eco en Sudamérica

Por Tomás Schenkman

La noche ya no cae: se desploma con el peso de la trayectoria reciente y la expectativa inmensa que All Boys, un club históricamente de barrio, carga sobre sus espaldas. No es un día cualquiera en Floresta, ni un entrenamiento más en el Polideportivo Don Fernando Sánchez —ubicado sobre la calle Chivilcoy al 1947 —, que, aunque no es su casa habitual de juego, es el templo donde se forja la disciplina que llevó al equipo de Primera División de futsal femenino a Paraguay para disputar la Copa Libertadores por primera vez en su historia.

El aire está denso, cargado de la humedad en los pulmones y el olor a parqué viejo, pulido por cientos de suelas de goma.

Allí, el roce de los botines rechina sobre el 40×20 con la urgencia de un reloj que descuenta segundos para un debut continental. Es un sonido limpio, casi ceremonial, que se opone al caos de la avenida Álvarez Jonte, donde el ajetreo de los colectivos de la línea 110 y el rumor constante del asfalto marcan el ritmo del barrio.

Afuera, la vida sigue. Adentro, se pone en pausa para tejer una gesta.

El foco está puesto en la Copa, el escenario soñado en la ciudad de Luque, Paraguay. Pero para entender el peso de aquel terreno de juego en el Complejo CONMEBOL SUMA, hay que regresar cinco años a Buenos Aires, al punto más bajo.

En 2020, Bárbara Abot, la entrenadora, llegó a All Boys. No fue un arribo a un equipo consolidado, sino, como ella misma lo describe, “un ejercicio de arqueología deportiva”. El equipo femenino de futsal acababa de descender a la Primera B de AFA.

La estructura era precaria, el ánimo frágil y los recursos mínimos. Abot, una referente con una trayectoria de jugadora que incluyó clubes como Boca Juniors y Sportivo Barracas, y una experiencia clave en el futsal español, se puso al frente de un proyecto que muchos habrían dado por perdido.

Su llegada no fue un golpe de efecto, sino el inicio de una tesis sobre la construcción del juego a largo plazo. Las jugadoras entrenaban en un playón que, por su irregularidad y las inclemencias del tiempo, estaba más cerca de la épica amateur que de un campo de alto rendimiento. Conos prestados, pelotas que a menudo no mantenían un pique uniforme, y un núcleo duro de deportistas que priorizaban el compromiso por encima de la comodidad.

En ese ambiente, la tarea de Abot fue doble: reconstruir la moral y a su vez la metodología. Lo más difícil es “construir un proyecto duradero en el tiempo que tenga bases sólidas desde lo estructural, desde la dinámica de trabajo y desde las jugadoras que permanecen en un plantel”.

Esta frase no es un eslogan, es la carta fundacional de un proceso que hizo hincapié en la identidad del club de barrio: sacrificio, pertenencia y una disciplina que se entiende como una extensión de la vida misma, donde el futsal, al ser amateur, exige a las protagonistas combinar jornadas laborales o estudios universitarios con las demandas de un entrenamiento profesional.

Ella, con su formación como directora técnica en las divisiones juveniles de la Selección Argentina de fútbol de campo en 2018, trajo consigo una visión estratégica y una ética innegociable. Su presencia en la cancha es un estudio de concentración: manos en los bolsillos y la mirada de un cirujano sobre cada movimiento. Sus instrucciones son casi susurros en medio del fragor: “¡Cerrá el espacio!”. “Más rápido el pase”. “¡Dos toques, dos toques!”. Luego, el silencio. Sabe que el mensaje ya está en el cuerpo de las jugadoras, que cada repetición es la memoria muscular de la resurrección del grupo.

La reconstrucción no tardó en dar sus frutos, pero la verdadera consolidación se produjo a partir de 2023. All Boys no sólo regresó a la élite, sino que la conquistó con una voracidad inusual, encadenando un palmarés que lo catapultó a la historia del futsal femenino argentino: supo alzar la Copa Argentina en 2023 y 2024, la Copa de Oro en 2023 y 2025, el campeonato de Primera en 2024  —que les sacó pasaje directo a la Libertadores— y la Supercopa en 2025 tras vencer a Racing por penales.

Este ciclo, con seis títulos en menos de tres años, convirtió al “Albo” en el equipo más exitoso de la Argentina en los últimos tiempos. La gesta cumbre fue la final del Campeonato de Primera División 2024, una serie vibrante contra un gigante del futsal: San Lorenzo. Los hinchas de All Boys, que agotaron localidades en el Polideportivo Roberto Pando para ver la definición, atestiguaron cómo un gol de Yamila Acosta, en un partido de nervios y estrategia, selló la victoria por 1-0, abriendo las puertas de Sudamérica.

Fue un hito histórico: por primera vez, un equipo argentino de futsal femenino, sin ser un gigante deportivo tradicional, iba a competir en el máximo certamen continental. Este logro es la prueba viviente del manifiesto de Abot: “El futsal es de los clubes de barrio”. El triunfo no fue sólo deportivo, fue un acto de dignidad social, llevando el nombre de Floresta y el orgullo de la institución a una escala que jamás habían imaginado.

El entrenamiento matutino, a menos de tres días de viajar, no es un ensayo general, sino una puesta a punto quirúrgica. La cancha se convierte en un tablero de ajedrez donde cada movimiento está guionado. Bárbara y su cuerpo técnico habían profundizado la preparación, sabiendo que el nivel de exigencia en Paraguay iba a ser exponencial.

“No cambió mucho en cómo veníamos trabajando. Quizás sí nos pusimos un poco más detallistas con algunas pelotas paradas tanto en ataque como en defensa, y en lo que refiere al sistema 5 contra 4 y 4 contra 5 —arquera-jugadora, una formación muy utilizada en futsal para tener ventaja numérica—”, explica la entrenadora.

El trabajo de scouting fue fundamental y profesional, un recurso que subraya la seriedad del proyecto amateur. El club analizó a cada rival del Grupo B de la Copa: Talentos (Colombia), Taboão Magnus (Brasil), Tigres Futsal (Venezuela) y Deportivo JAP (Perú).

Los circuitos de pases y los ejercicios de ataque en superioridad numérica se enfocan en desactivar las defensas colombianas o contrarrestar la potencia brasileña. La información fluye de manera sutil. No hay sermones, sólo correcciones basadas en la estrategia del rival.

Pero más allá del mapa táctico, Abot enfatiza sobre cuál es la batalla crucial: “Más que lo físico, es lo mental, la presión de estar entre las convocadas y la necesidad de competir al mismo tiempo en los playoffs locales”. El equipo tuvo que equilibrar la tensión del cierre del Metropolitano con la ansiedad de la Libertadores, una dualidad que mide la madurez de un plantel. Y lo han podido gestionar bien: eliminaron a River en cuartos y jugarán las semifinales en diciembre —con rival a confirmar—, luego del Mundial de selecciones de la disciplina.

Cada ejercicio en las prácticas semanales es una metáfora de lo que enfrentarán en Luque: velocidad para la transición, precisión en el remate y, sobre todo, la inteligencia para gestionar los tiempos bajo presión.

La arquera y capitana, Paula D’Aria, lo sintetiza desde la experiencia de una líder: “Sabemos que va a haber una presión extra. Nadie del equipo, ni siquiera el cuerpo técnico, tuvo la posibilidad de jugar una Copa Libertadores. Es algo nuevo. Pero algo que nos beneficia es que nunca nos planteamos querer ganar, siempre fue tratar de ver cómo resolvemos los desafíos que teníamos enfrente”.

Después de la intensidad, mientras el sudor traza líneas sobre la camiseta blanca y negra, es el momento de las protagonistas. Valentina Naud  —de las más jóvenes con 19 años— termina de elongar contra una de las paredes del Polideportivo: sus movimientos son los de una atleta consciente de cada fibra, pero su rostro refleja la calma de quien ha llegado a donde pertenece.

Naud, que combina sus estudios con la exigencia deportiva, es el emblema de la nueva camada talentosa de All Boys. Su juego es dinámico, su remate es un misil. Es una jugadora que, con una mezcla de serenidad y orgullo, ya tiene un impacto palpable en la historia del club.

“Esto que vivimos es una locura, pero no me sorprende, nos matamos entrenando, siempre el cuerpo técnico está en todos los detalles”, dice con la voz apenas ronca por el esfuerzo. Su ambición es clara: “Mientras mejoremos y disfrutemos, siempre se busca ir por más”. Para ella y para muchas de sus compañeras, el futsal no es sólo un deporte, es el eje que estructura la vida y la recompensa al sacrificio diario de la doble jornada  —estudio/trabajo + entrenamiento—.

Junto a la juventud pujante de Naud y la habilidad de jugadoras como Luciana Natta y Jazmín Della Vedova, piezas claves en el ataque, se sumó la jerarquía necesaria para el escenario continental: Araceli Candela Cejas, de 32 años. Con un recorrido probado en la élite del futsal argentino —Boca Juniors y Sportivo Barracas— y en el fútbol 11 —San Lorenzo y Platense—, llegó al club como refuerzo para la Libertadores 2025, aportando no sólo técnica, sino experiencia y aplomo.

Abot la destaca como un engranaje crucial: “Su rol trasciende lo técnico: es ejemplo y sostén emocional. Su presencia se nota en la lectura de juego, en las ayudas defensivas y en cómo ordena a las más jóvenes”. Cejas no sólo pisa fuerte en el 40×20, su presencia y sensatez actúan como un ancla para el equipo, transmitiendo la estructura y la calma que sólo los partidos de alta magnitud enseñan.

Sin embargo, la historia no se escribe sólo en los entrenamientos, se moldea con la adrenalina de los grandes debuts. El primer partido en la Copa Libertadores, el domingo 2 de noviembre de 2025, fue un vendaval emocional. All Boys debutó en Luque contra Deportivo Talentos de Colombia.

El conjunto de Floresta demostró su poder de fuego. El marcador se abrió con un gol de Valentina Naud a los 11 minutos del primer tiempo, seguida por Agustina Fabián a los 14’. El “Albo” se fue al descanso con una ventaja que reflejaba su superioridad estratégica.

Sin embargo, el segundo tiempo trajo la turbulencia de la competencia continental. Las colombianas, con sendas conversiones de Gineth Jiménez, lograron empatar 2 a 2. La tensión se disparó. All Boys volvió a situarse adelante con una conquista de su mejor exponente y motor de juego: Luciana Natta. El reloj se consumía y la victoria histórica parecía irreversible para el rival.

Pero la Libertadores tiene sus propias reglas de épica y crueldad. Cuando restaban apenas 37 segundos para el final, un remate de Karen Quiñones se coló en la valla defendida por Paula D’Aria, sellando el empate 3 a 3.

A pesar de la igualdad, el partido dejó un sabor a derrota. La frustración de perder la ventaja en el último suspiro, más el tiempo que se detuvo en esa última jugada, se mezclaba con la urgencia de los siguientes compromisos, porque era un torneo relámpago, que finalizaría el sábado 8 de noviembre.

Ese resultado fue la materialización de la frase de Abot: la presión de la mente y la gestión del segundo final. Fue un dolor necesario, un combustible para entender que en este nivel cada segundo de concentración es un tesoro.

El lunes 3 de noviembre se disputó la tercera fecha —la primera fue libre para las de Floresta—. All Boys se midió ante “Tigres” de Venezuela y lo derrotó 2 a 1 con un doblete de Yamila Acosta: el primero fue cuando desenvainó un misil desde su pie diestro, agarrando la pelota con el borde externo y colocándola posteriormente en el ángulo, mientras que el segundo fue gracias a un toque sutil, luego de recibir un córner desde la izquierda para llegar a las cuatro unidades y escalar al tercer puesto de la zona B.

En la víspera del encuentro, en el vestuario mientras se cambiaban, el plantel —incluyendo utileros/as y cuerpo técnico— escribió en el pizarrón con un marcador azul frases motivadoras, enalteciendo el espíritu para estar a tono del partido. “Juntas somos más fuertes” y “con el pecho inflado y el cuchillo entre los dientes”, se sumaron a palabras contundentes como “equipo” y “familia” y forjaron la antesala de la primera victoria en el certamen. Todo se fue construyendo.

Incluso los triunfos posteriores. Al día siguiente, las chicas del “Albo” se enfrentaron a Deportivo JAP de Perú por la cuarta jornada y lo vapulearon 6 a 0, con doblete de Natta y goles de Baez, Della Vedova, Cejas y Fabián. El positivismo sobrevolaba Paraguay, pero llegó la primera caída: 2 a 0 ante Taboão Magnus de Brasil por el último encuentro de la fase de grupos.

De todos modos, el resultado era anecdótico: la clasificación a semifinales estaba consumada. Quedaron escoltas en el grupo B, igualadas en siete puntos con Talentos de Colombia, pero con mejor diferencia de gol. Se venía Peñarol, líder del grupo A.

Luciana Natta abrió el partido con una excelsa definición por encima de la arquera. Luego, Priscila González capturó un rebote y amplió la ventaja tras rematar con el empeine de su pierna diestra. El “Manya” descontó con un penal, pero el equipo de Floresta, por la misma vía, sumó el tercero en su haber en los pies de Natta, quien llegó a su segundo doblete y a los cinco goles en el certamen.

Peñarol volvió a achicar cifras sobre el cierre, pero no alcanzó para cortar la algarabía de All Boys. Directo a la final en su primera participación.

Taboão Magnus, otra vez el rival. Venía de apabullar a Sport Colonial 8 a 1. Pero las chicas del albinegro estaban preparadas.

D’Aria se lució desde el comienzo con una atajada mejor que la otra para cuidar el cero, que se rompería instantes después con un error —de la arquera rival— bien aprovechado por Luciana Natta que marcó el primero y llegó a seis gritos totales para desatar la locura en la tribuna de Luque.

En ese primer tiempo, la frialdad sobraba, el juego fluía y todo parecía encaminarse. Priscila González hiló una excelente pared con Della Vedova para convertir el 2 a 0 con un zurdazo inatajable al primer palo. Nada salía mal.

Pero en la segunda etapa, las brasileñas pusieron arquera-jugadora y lograron igualar el encuentro con inmediatez. Golpe anímico para el albinegro, que ahora debía reinsertarse en el juego.

Poco duró esa ilusión. Una falla en el fondo de All Boys desencadenó en la jugada del 3 a 2 rival, que sentenció el resultado de la final y le concedió el título a la potencia brazuca.

Sin embargo, el papel de las de Floresta no debe pasar desapercibido. Batacazo en su primer torneo internacional. La medalla de plata es consagratoria para un club que fue a Paraguay con el objetivo de competir, pero con los pies sobre la tierra, como había dicho Abot previo al duelo decisivo: “Nunca nos propusimos llegar a una final, pero ellas estaban muy convencidas y fueron demostrando día a día que querían mucho más”.

Para contextualizar este hito, es necesario remitirse a la escena final de la práctica días previos al viaje, que fue un espejo de la filosofía de All Boys. La entrenadora reunió al grupo en círculo. Las luces del Polideportivo Fernando Sánchez perdieron brillo lentamente, y los ruidos del barrio —el portazo de un auto, el ladrido de un perro— volvieron a ser audibles.

Abot esbozó una frase que simboliza el ADN del club, términos que no necesitan gritos: “Este proyecto viene hace más de cuatro años y medio. Todo lo que consiguieron es fruto de mucho trabajo y de confiar en el proceso. Son un ejemplo a seguir para la gente del club y del barrio”.

Las jugadoras aplaudieron y sonrieron, no sólo por el cansancio redimido, sino por la profunda convicción.

Son conscientes de que sus camisetas tienen más peso que el de un simple equipo de futsal. Representan el orgullo de Floresta, la constancia de un barrio que aprendió a soñar en grande y el sacrificio de la jugadora amateur que se enfrenta a estructuras cada vez más profesionalizadas.

Representar al club por primera vez a nivel sudamericano es un logro que dignifica al deporte en el ámbito social y es un paso más para fomentar el respaldo a los clubes de barrio. Y vale el doble tras haberlo hecho así.

Allá en Paraguay, las familias de las jugadoras, e incluso hinchas que siguen con regularidad la disciplina, se hicieron presentes en todos los partidos. Cantando y haciéndose escuchar como bien se caracteriza la hinchada argentina. Sólo se hizo eco de los gritos, los bombos y las trompetas de la “Peste Blanca” —como se la conoce a su hinchada— y eso sirvió para revalidar lo que alcanzó este equipo: ilusionar a todo un barrio, a todo un club y sembrar una semilla en las mentes soñadoras de las niñas que frecuentan las instalaciones de All Boys con la esperanza de repetir o superar la hazaña que se erigió a más de 1300 kilómetros del predio albinegro.

Desde los playones húmedos de hace cinco años hasta el brillo de la Copa Libertadores, el camino del futsal femenino en All Boys es la crónica de un proceso que se construyó desde la base, en silencio, con la única ambición de ser mejor cada día.

Este equipo, con jugadoras que combinan trabajo, estudio y deporte, ha transformado cada entrenamiento, título y partido continental en un capítulo de una historia que trasciende la competencia y que repercute con un mensaje fuerte: la verdadera grandeza se mide en compromiso, esfuerzo y, sobre todo, pertenencia al barrio que las vio nacer y crecer. La leyenda apenas comienza, y el latido de Floresta resuena en toda Sudamérica.

FIUBA Racing: La Fórmula del Ingenio Argentino de la UBA

Por Tobías Fava

Debajo del nivel del suelo de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, un grupo de estudiantes vestidos con remeras azules con sponsors y un logo, pasa más horas de las que admite su plan de estudios. Es un espacio que, a primera vista, parece un laberinto de cañerías y vigas de hormigón, pero que en realidad funciona como un reloj suizo. En un rincón donde el olor a metal, a aceite de corte y a soldadura recién apagada se mezcla con el murmullo constante de conversaciones técnicas, donde la luz tenue y fría resalta el brillo del acero al cromo, nació hace poco más de dos años el FIUBA Racing Team, el primer equipo de una universidad pública argentina que competirá en la Fórmula SAE International, una de las competencias estudiantiles más prestigiosas y exigentes del mundo automotor.

La historia empezó mucho antes de tener un chasis o siquiera un espacio físico. En octubre de 2022, cuando el proyecto todavía era una idea difusa, un puñado de estudiantes comenzó a investigar con una intensidad casi obsesiva qué era exactamente la Fórmula SAE. Se sumergieron en la lectura de reglamentos técnicos que parecían más bien códigos legales, analizando estructuras de seguridad complejas, desmenuzando normas sobre materiales y comparando meticulosamente lo que hacían los equipos ya consolidados de las universidades de élite de Estados Unidos, Brasil o Alemania. Era apenas una curiosidad compartida: ver si desde Buenos Aires era posible construir un monoplaza con la misma rigurosidad que en los talleres de las grandes ingenierías del mundo.

“Competir con una escudería no es solo armar el auto”, explica Agustín Stroymaher, hoy desde el área de Management. ¿Y qué es el management en un equipo de automovilismo? Así lo resumió Stroymaher: “Una de las cosas que hacemos es el planeamiento estratégico. Básicamente consiste en armar una línea de tiempo la cual dicta qué tarea se debe hacer y en qué momento. Esto se revisa con cada tarea que ya se hizo y con las que se van a hacer”.

En ese momento, hace ya poco más de 3 años, el equipo no tenía nombre, ni taller propio. Pero sí una certeza de piedra los impulsaba: que la universidad pública podía y debía meterse en ese terreno dominado históricamente por instituciones privadas o extranjeras con presupuestos inmensos. La primera validación de que ese sueño era tangible llegó con el peso institucional en diciembre de 2023, cuando presentaron el proyecto formalmente ante las autoridades de la Facultad de Ingeniería. Lo que había sido una inquietud nocturna y apasionada entre amigos, se transformó de pronto en un emprendimiento académico reconocido oficialmente por la propia UBA. El proyecto fue avalado por la Facultad y se convirtió en el segundo grupo institucional en actividad, un reconocimiento que lo colocaba justo detrás del histórico proyecto Astar, el equipo de desarrollo de tecnología satelital, también en FIUBA.

Con el aval llegó también, inevitablemente, la responsabilidad. El equipo necesitaba crecer, sumar miembros y definir prioridades. “Nosotros somos amantes y apasionados por el mundo de los fierros —recuerda Magdalena Cos, la piloto del equipo—, y en 2022 más o menos fue cuando iniciamos unas conversaciones con Guido -Paganini, presidente y uno de los fundadores del equipo- y dijimos: ¿por qué no llevamos algo más práctico a la facultad, algo que nos relacione con lo que nos gusta?”. Así nació formalmente la semilla, la chispa inicial, de lo que hoy es el FIUBA Racing Team.

La pasión se convirtió en una logística compleja y metódica. Para julio de 2024, el proyecto ya había florecido con 47 miembros activos y consiguió un espacio físico preciado: un taller asignado bajo la órbita del Departamento de Mecánica, en la sede histórica de Paseo Colón. En esa pequeña conquista territorial, los estudiantes levantaron su base de operaciones en el subsuelo de FIUBA Paseo Colón. El ambiente que crearon es un microclima de ambición y trabajo duro: las paredes, antes grises y olvidadas, fueron pintadas con esmero en sus colores distintivos, el blanco, celeste y azul. El espacio está lleno de bancos de trabajo, herramientas especializadas, computadoras de diseño asistido (CAD) y simulación (CAE), tubos de metal apilados, y el infaltable mate -ya tibio- rodeado de gente concentrada. El subsuelo dejó de ser un depósito para convertirse en una fábrica de a escala.

La competencia SAE International, organizada por la Society of Automotive Engineers —una entidad con más de 120 años de historia fundada en Estados Unidos por Henry Ford, entre otros—, exige a los equipos un dominio técnico exhaustivo, además de una visión de negocio completa y creíble. El desafío es diseñar, construir y hacer correr un auto tipo monoplaza que sea, en esencia, un prototipo de producción rentable pero hecho 100% por estudiantes. Participan más de 600 universidades de más de 20 países, y cada equipo debe presentar ante un jurado de expertos de la industria no solo el vehículo en sí, sino también un modelo de negocio viable. No basta con que el auto sea rápido y resistente en la pista, hay que convencer a un jurado de ingenieros de status internacional y empresarios automotrices de que el monoplaza podría producirse en serie a un costo competitivo.

“Se evalúan las decisiones que se tomaron con el presupuesto que se tenía —explica Nicolás Podestá, responsable del diseño y construcción de la suspensión y los frenos—. En nuestro caso, el presupuesto ronda los 50.000 dólares. Se habló con distintas empresas y hay al menos tres que comprometieron tanto fondos como herramientas y materiales”.

El FIUBA Racing Team participará en la categoría Combustión, la cual impone sus propios límites en cuanto a cilindrada. Su auto llevará el corazón de un motor de motocicleta de 650 cc. Pero llegar a ese motor y a esos acuerdos de patrocinio no fue sencillo. Antes de tener sponsors o donaciones formales, los integrantes del grupo demostraron su compromiso de una manera muy argentina: organizaron rifas entre amigos, familiares y la comunidad de la facultad para juntar los 2.500 dólares que costaba el motor, la pieza que daría vida mecánica al proyecto. “Las donaciones de grandes empresas tienen sus trámites administrativos, así que para cuestiones del día a día hacemos rifas, vendiendo la idea del auto a pequeña escala”, cuenta Podestá, ilustrando la filosofía del “hacer con lo que se tiene”. Y remata con la visión de futuro: “La idea es poder llegar a la competencia y tener un buen desempeño, para que el equipo de la UBA siga en la Fórmula SAE con nuevas camadas de estudiantes”.

La perseverancia tuvo su primera recompensa palpable. En el subsuelo de la Facultad de Ingeniería de la UBA —ese espacio de paredes pintadas en azul, blanco y celeste, con luces frías industriales que caen desde una doble altura y recortan chispas en el aire— el equipo alcanzó un hito técnico que todavía hoy se recuerda con orgullo: el Chasis Prototipo I. Fue un triunfo de la fabricación sobre el plano, de la voluntad sobre la inexperiencia. “El sector del chasis se encarga del diseño, la simulación y la integración de los elementos del auto, y de la posterior fabricación —cuentan Ana Bales, Juan Pablo Gorza y Victoria Bianchi—. Lo que tenemos acá fue el primer chasis prototipo que fabricamos. Es muy importante para nosotros porque fue una prueba de concepto. Aprendimos a soldar, a cortar, a diseñar uniones entre tubos. La mayoría no sabíamos, así que aprendimos mucho con el chasis”.

Ese primer modelo descansaba sobre una mesa metálica ya gastada por los roces de meses de trabajo. A su alrededor, el sonido de las herramientas, las ventilaciones y las conversaciones cortadas componían un ritmo irregular que acompañó todo el proceso. El Prototipo I funcionó como un laboratorio incruento: ahí quedaron las primeras soldaduras inseguras, los errores de cálculo corregidos sobre planos manchados, las simulaciones rigurosas en FEA (análisis por elementos finitos) que se revisaban mientras una amoladora zumbaba en la otra punta del salón. Esa transición —del plano teórico a la realidad áspera del taller— permitió que en marzo de 2025 el equipo iniciara el desarrollo del Chasis Prototipo II. Ya desde los primeros tubos se notaban las mejoras estructurales radicales, la reducción de peso en zonas no críticas y los rediseños inteligentes pensados para facilitar tanto el montaje inicial como el crucial mantenimiento en la pista de carrera.

“Aparte de unir todos los elementos del auto —completa Bianchi, mientras observa cómo una línea de chispas cae sobre el piso marcado por años de prácticas—, una de las funciones más importantes que tiene el chasis también es la seguridad del piloto. Los elementos principales de seguridad son el aro principal y el aro frontal. Si el auto se da vuelta, la cabeza del piloto tiene que quedar a una distancia segura del suelo. La categoría pide una distancia mínima de 50 milímetros.”

A medida que el proyecto crecía, también lo hacía el movimiento dentro del taller: estudiantes que cruzaban el espacio con la velocidad de quien siente que el tiempo aprieta pero no asfixia, discusiones técnicas en voz baja para no tapar el ruido de una soldadura, hojas impresas pegadas en donde entren que combinaban carteles viejos y planos nuevos. La organización interna se volvió tan crucial como cualquier componente. En el área de Management, el enfoque se profesionalizó con una lógica casi empresarial: líneas de tiempo detalladas, prioridades marcadas en pizarrones y estrategias de compras pensadas a largo plazo. “De esta manera —explica Agustín Stroymaher—, tenemos en papel todos los procesos que se deben llevar a cabo antes del inicio de la competencia. Así podemos determinar las prioridades de cada parte del auto y realizar el calendario de compras”.

Cada sector tiene su propio ritmo. Mientras los de chasis afinaban soldaduras, el grupo de Dinámicas, liderado por Juan Augusto Ehret, trabajaba en un universo más abstracto: los modelos matemáticos que determinarían el comportamiento real del vehículo en la pista. Ehret detalla el proceso con un entusiasmo casi académico: “Estamos en el momento crítico de determinar el coeficiente del amortiguador. Usamos un modelo de cuarto de vehículo: una masa suspendida (chasis, piloto y motor) y una masa no suspendida (la llanta). Con esto obtenemos las frecuencias naturales del sistema y, sobre todo, la constante de amortiguación ideal, el punto justo entre rigidez y tracción. Planteamos las ecuaciones diferenciales y usamos MATLAB —la herramienta estándar de la industria— para obtener los valores exactos y, a partir de ellos, fabricar o comprar el componente necesario”.

Ese trabajo teórico, esencial para que el auto se pegue al asfalto en las curvas y mantenga la estabilidad, se consolidó con éxito en abril de 2025: la Dinámica del Vehículo se finalizó. La geometría de suspensión fue optimizada en simulación, los sistemas de anclaje quedaron definidos y los porta masas entraron inmediatamente en proceso de fabricación. La lista de componentes dinámicos, el corazón del performance en pista, estaba cerrada. Con cada pieza finalizada, el monoplaza de la UBA empezaba a tomar una forma concreta y con potencial de velocidad.

El equipo no sólo diseñó un auto, sino que también encontró una identidad única, nacida de la casualidad y el lugar. En medio del proceso de restauración y limpieza exhaustiva del taller, hallaron un cartel oxidado de la calle Suipacha, con restos de pintura blanca y azul. Era un pedazo de historia urbana. Durante aquel descubrimiento, nadie imaginó que de ese resto surgiría el nombre que llevaría su primer vehículo de carreras.

“Empezamos a limpiar y apareció ese cartel, gastado, con el número 901 apenas visible debajo del óxido”, cuenta Guido Paganini, reviviendo el momento. “Sentimos que ese nombre tenía una conexión especial con la historia del lugar. Buscamos qué significaba la palabra en las lenguas originarias y descubrimos que Suipacha es una conjunción de dos palabras quechuas que significan ‘tierra del diablo’ o ‘tierra roja’ en otras interpretaciones. Nos pareció un gran nombre, con fuerza y arraigo, para un auto que nace desde las entrañas de la universidad pública”. Así nació Suipacha 901, el primer vehículo del FIUBA Racing Team, que competirá en 2026. Este nombre fundacional dará inicio a una secuencia simbólica y técnica: el siguiente auto de la escudería será el Suipacha 902, luego el 903 y así sucesivamente hasta el 1000.

La Fórmula SAE no es solo una prueba de velocidad bruta. Es un examen integral que combina la ingeniería más fina, la gestión empresarial más exigente y la conducción precisa bajo presión. La competencia tiene dos grandes bloques de puntuación: una parte estática (325 puntos), donde los equipos pasan por el calvario de defender cada decisión ante un jurado de élite, y otra parte dinámica (675 puntos), que se desarrolla durante tres extenuantes jornadas en pista.

En la parte estática se evalúan la gestión de costos, la presentación de negocios y la estrategia de marketing. En la parte dinámica, los autos deben superar pruebas rigurosas y cronometradas de aceleración, frenado, consumo de combustible (eficiencia) y, la prueba reina, la resistencia o Endurance, la carrera de 22 km.

La piloto será Magdalena Cos, quien deberá completar un circuito con curvas, aceleraciones y frenadas bruscas, una prueba que pondrá al límite no sólo su destreza, sino la fiabilidad estructural y mecánica del monoplaza. “Consiste en pruebas en la pista, con aceleración de cero a cien y frenado de cien a cero —explica Podestá—. En una pista de Endurance de karting, hay que completar el circuito de 22 kilómetros y también hay otra prueba de skid pad en forma de ocho. La velocidad máxima no se mide, porque la aerodinámica se prepara para otro tipo de rendimiento”.

La meta inmediata del equipo es una carrera contra el reloj: el diseño final debe presentarse a mediados de enero, y los detalles de carrocería y aerodinámica antes de marzo. Pero el desafío real, la visión que trasciende a los fundadores, va mucho más allá de la competencia de Brasil. El objetivo es crear una estructura duradera, un legado académico que trascienda a sus fundadores y permita que nuevas camadas de estudiantes de la UBA sigan desarrollando y construyendo autos de carrera bajo el mismo nombre.

En la Argentina ya hubo antecedentes. En 2017, un equipo del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) obtuvo el segundo puesto entre más de 50 autos del mundo. Pero esta será la primera vez que una universidad pública participe de la Fórmula SAE.

El FIUBA Racing Team no solo representa un proyecto académico, sino también un símbolo: el de una educación pública que se atreve a competir de igual a igual con instituciones de otros continentes. En los talleres donde antes se dictaban prácticas de laboratorio, hoy se escucha el zumbido de una amoladora, el tecleo de un simulador o el sonido de un arco de soldadura.

“Queremos llegar a la competencia y tener un buen desempeño —dice Podestá—, pero sobre todo que el equipo siga, que esto quede como una tradición dentro de la UBA.”

Y mientras el ruido de las herramientas se mezcla con el murmullo de la ciudad que se apaga, el proyecto avanza. Entre planos, soldaduras y fórmulas, el sueño de ver a Suipacha 901 en la pista de Brasil ya dejó de ser una idea. Ahora tiene forma, nombre, historia y, sobre todo, motor.

Del anonimato al mainstream: Benito SDR, el primer streamer de fútbol de la Argentina

Por Pedro Lujambio y Nicolás Renedo

A las siete de la tarde de un lunes, Benito Este entra a Canal 9, en Palermo, para participar de una nueva emisión de 412, el programa de streaming deportivo del que forma parte desde abril. Llega acompañado por su peluquero, autorizado tras el chequeo en la entrada. Al abrir la puerta en la que se lee “Estudio 5”, se encuentran con los bailarines de María Becerra que ensayaban para su show en River. En pocos minutos, el espacio será de ellos. Este sector se asemeja mucho a un galpón: es un gran espacio de paredes y piso negros, una puerta que conduce a una sala de reuniones, que hoy será usada como peluquería, y una escalera que lleva al pequeño estudio en el que más tarde harán el programa. A los pocos minutos llega uno de los dueños de la Fiesta Bresh —la más popular del momento, a la que concurrieron figuras de la talla de Lionel Messi— para ser atendido por el mismo peluquero del streamer, aprovechando el rato que el barbero está en el canal. Seguramente, cuando por primera vez mostró su cara en un vivo de Instagram desde su casa, Benito no imaginó alcanzar esto.

Cuando comenzó su camino en las redes sociales hace 10 años, Benito manejaba una cuenta de Instagram bajo el nombre “Soy de River”, en la que publicaba opiniones, videos de goles e información del equipo, siempre desde el anonimato. Luego de un par de años consiguiendo seguidores de esta forma y jugando al misterio con su identidad, prometió hacer un “face reveal” si River le ganaba la final de la Copa Libertadores 2018 a Boca, y así fue. “Mostrar la cara me generaba dudas e incertidumbre, pero sabía que era lo que tenía que hacer porque me di cuenta de que la comunicación iba un poco para ese lado, para el de mostrar quién sos. Como yo era inseguro busqué esa excusa de la promesa de River campeón para poder hacerlo”, explica el streamer de 27 años.

Entre 2018 y 2019, Benito continuó en Instagram —cuenta con 285 mil seguidores—, con transmisiones en vivo esporádicas. En diciembre de 2020 creó su canal de Twitch, al que empezó a dedicarle la mayoría de su tiempo, jugándose un pleno. “Tenía que elegir entre seguir en la facultad o dedicarme 100% a esto”, explica el streamer, que había cursado la carrera de Comunicación durante dos años y medio y la carrera de Letras por otro breve período.

Así, BenitoSDR —su nombre de usuario en Twitch y Kick, donde transmite en la actualidad— comenzó a tener sus primeros ingresos en las redes. Si bien ya había hecho alguna pequeña publicidad en Instagram, en la plataforma violeta comenzó a tener un ingreso fijo por mes, pese a que variaba según las donaciones o suscripciones que recibía. Con el apoyo de su familia, decidió inclinarse por este proyecto y tuvo éxito, siendo un pionero en los streams de fútbol en Argentina, aunque no se haga cargo de este mote: “Siempre tuve esa suerte con las redes de ver cuál era ‘la que iba’, pero hubo mucha casualidad, no es que yo fui a Twitch porque vi que no había nadie hablando de fútbol”. El éxito está, literalmente, a la vista. Él pasó de ir ganando esos primeros pesos a estar ahora, en la previa de 412, en una mesa con todo tipo de comida —desde pizza o pollo hasta tiramisú— a la que se le sumarán 4 bolsas gigantes que envió una cadena de hamburguesas a modo de canje. A Benito nunca le faltó nada, pero esta gran cena junto a sus amigos y colegas antes del programa simboliza que realmente “llegó”. Que, con sus más de 80 mil seguidores en ambas plataformas de streaming, de esto puede vivir, y vivir bien.

Mientras tanto, van llegando sus compañeros de aire. A falta de más de una hora para las 22, cuando iniciará el stream, Benito, Teo D’Elia, “Davo Xeneize” (David), “La Cobra” (Lautaro) y “Agusneta” (Agustín) charlan, se ponen al día y también graban videos promocionando los Premios Martín Fierro de Streaming, a los que fue nominado el programa en la terna de “Mejor Programa Deportivo”. Sí, en un lapso de 6 años, Benito Este pasó de subir videos de goles de River a una cuenta de Instagram a ser parte de una de las ceremonias de premios más importantes de Argentina.

“River me salvó la vida”, dijo alguna vez en stream, quizás exagerando un poco (o no). Hoy, en el estudio-galpón de Canal 9 y con su pelo recién cortado, lo reafirma. No sólo por los lugares a los que llegó y por construir una buena parte de su vida con el nombre “Benito Soy de River (SDR)”, sino también por su círculo social. “River fortaleció un montón mi relación con mi familia y con mis amigos del colegio, que no hablábamos de otra cosa que no fuera el club. Y hoy hay muchas personas que se nota que las conocí gracias a las redes y la gente lo ve”, dice haciendo referencia, por ejemplo, a todos los presentes en ese lugar, o a su novia. Pese a que gran parte de sus vínculos tienen su origen en Internet, durante mucho tiempo Benito eligió conservar más la privacidad de su familia y sus amigos anteriores a esta etapa. Joaquín Pessoa, a quien conoció en 2019 a través de Instagram —previo a su “boom” en el stream—, cuenta que “se acercó a él porque tenían el punto de interés en el fútbol” y que hoy ve que “a pesar de su escalada fama, sigue siendo alguien muy bajado a tierra”. Benito, como dice su amigo, afirma que en el último tiempo cambió su postura acerca de qué publicar y qué no. “Aunque hoy se vean más fotos mías con gente del ambiente, ya no me molesta mostrar a mi familia. De hecho, hoy creo que es mejor mostrar que ocultar”, se sincera.

En cuanto a esto último, hace tiempo que Benito dejó de ocultar un problema físico con el que convive desde su nacimiento. Padece una parálisis cerebral, consecuencia de haber nacido de forma prematura, por la que, sin adentrarse mucho en detalles, “arrastra” su pierna derecha al trasladarse. Esto no le impide valerse solo; a veces rechaza ayuda cuando, por ejemplo, quieren alcanzarle una silla en la reunión de preproducción. “Al principio sí me generaba dudas mostrarme y el qué dirán, y también me pasó que para putearme por distintas opiniones se agarraron de eso… pero cuando pasa lo que vos sentís que era lo peor y te das cuenta de que no es tan grave ya está, la vida sigue”, reconoce Benito abriéndose sobre el tema como nunca hizo frente a cámara. En sus inicios como streamer, además, él tenía un ida y vuelta irónico con su chat burlándose de quienes jugaban al fútbol, obviamente como modo de defensa, tratando de escapar de la temática. Pese a no poder jugarlo, él nunca tuvo problemas para opinar del deporte. “En Argentina se habla de todo, no hay que ser músico para opinar de música, o presidente para opinar de política”, sentencia en una entrevista tras tener un debate sobre la actualidad de River y de Marcelo Gallardo.

En el rato previo a conversar un poco más seriamente sobre el programa, sus contenidos o ideas futuras, el grupo se comporta casi de la misma manera que lo hacen al aire. La charla amena pasa por la camiseta que trajo uno, por el partido entre Boca y Estudiantes con su respectivo arbitraje, por otros temas de actualidad del fútbol argentino y por lo que hizo cada uno en su fin de semana: todas las preguntas se las llevan “Davo” y “La Cobra”, que participaron de un stream junto a Messi, De Paul y Luis Suárez. Cuando vuelven a hablar del torneo local, en este caso de River, “La Cobra” da la muestra más clara de que son iguales que frente a cámara: “Este es el peor momento de la historia de River”, sentencia. Hace un silencio, como dejando en claro que dio una frase para un zócalo, y espera una devolución igual de contundente por parte de Benito, pero se va a quedar con las ganas. En los intercambios pre programa, el riverplatense parece sentirse cómodo en un rol secundario y relajado. Es parte de la charla, pero sus intervenciones son escasas, no tiene la necesidad de interrumpir ni de alzar la voz. Casi que administra milimétricamente sus opiniones.

Pasadas las 21, en la misma mesa con abundante comida —que irán ofreciendo a todo el mundo porque saben que sobrará— empieza la reunión de preproducción un poco más seria. No es algo habitual, pero en esta ocasión se hace porque uno de los integrantes del equipo trajo un proyecto de evento para organizar el año que viene en la previa del Mundial. Sin embargo, cuando la idea todavía no fue desarrollada del todo, todo se interrumpe: un gato negro se metió en el galpón. “Hace mucho no se corta el stream”, señalan varios, dando cuenta de lo que inevitablemente sucederá. Después de sacar al intruso, uno de los productores los apura para cortar la charla. Faltan 20 minutos para las diez.

Desde el sector del “galpón” en el que estaban, suben las escaleras e ingresan al pequeño estudio completamente verde para hacer el programa. Un croma que le da su propia identidad al programa, gracias a la creatividad de la producción de generar la vista hacia el panel. Muchos de los usuarios comparan en redes, a modo de chiste, el enterarse que en 412 hay una tela verde con la revelación de quien se encuentra detrás de Papa Noel. Los distintos productores van acomodando todo y aparece un problema de sonido que tarda largos minutos en solucionarse, por lo que el programa empieza pasadas las 21:10. En lo que es la producción, tanto en técnica como en contenido, no puede verse la diferencia entre esto y la TV tradicional. Además, el formato de 5 personas detrás de un escritorio y frente a cámara se asemeja mucho a cualquier noticiero (deportivo o no) que ya exista desde hace años. Sobre esto, Teo D’Elía explica: “Nuestra diferencia con los programas de periodismo deportivo es que somos cinco amigos que venimos a divertirnos y a reírnos. Y acá cualquiera puede opinar lo que quiera sin obedecer a nadie”.

La estructura del programa, de todos modos, debe respetarse. Hay contenidos y un orden que tiene que seguirse, del cual se encargan Teo y un productor. Esto, por supuesto, no es así cuando cada streamer aprieta el botón de “Iniciar transmisión” desde la comodidad de su casa y en su propio canal. Cuando no había otros streamers de fútbol, Benito prendía la cámara y hablaba sobre los partidos de la jornada o alguna noticia reciente. Hoy sigue siendo de la misma manera: la coyuntura marca todo. En un stream “normal”, no hay más producción que esa, que estar actualizado y conocer la agenda del día. Sin embargo, él sí tiene un equipo de trabajo detrás para la difusión de su contenido: “Hoy está Agus que edita y sube a TikTok, yo que subo a YouTube, otros dos chicos que buscan los clips y sé que también está el que edita las miniaturas de YouTube”, explica Ingrid Hordij, la novia del streamer.

La gran producción técnica de 412 no puede evitar lo que era cantado desde la aparición del gato negro: la transmisión se corta al poco tiempo de comenzada. “Se apagó la computadora de la nada”, explica un productor. Después de solucionado esto, la jornada transcurrirá como es habitual, con los debates y análisis sobre los temas que ya se hablaron fuera del aire, con los mismos chistes de siempre porque “ya juegan de memoria”, según dicen ellos mismos. Desde afuera se percibe esa complicidad: alcanzaba un gesto, una exageración o una mirada para entender qué seguía. Si el hilo del programa marcaba que había que burlarse de uno o cargar al hincha del equipo que perdió el fin de semana, bastaba una señal mínima para que todos supieran su parte. Era como si se conocieran de toda la vida.

Con el correr del tiempo, los productores se van relajando y mostrando su cansancio. Se suponía que el final era a la una, pero son más de las dos de la mañana y el stream continúa. En parte, eso también explica la dimensión que alcanzó 412: la estructura que tiene detrás —con producción, marcas y un equipo estable— le da margen para seguir en vivo hasta cumplir con todo el contenido previsto. A eso se suma la lógica del streaming que cada uno trae de su canal personal, esa costumbre de estirar las charlas, de dejar que las ideas fluyan sin mirar el reloj.

Los que están frente a cámara no parecen cansarse. “Hoy ya lo tengo naturalizado, pero al principio me chocaba un poco que yo me levantaba a las seis de la mañana y él se estaba yendo a dormir”, cuenta Ingrid Hordij, quien ya asumió que ese es el ritmo del oficio. Están acostumbrados a esas horas: para ellos, la madrugada es el horario pico. A la una o dos de la mañana, cuando la mayoría apaga la computadora, sus canales suelen alcanzar la mayor cantidad de espectadores. En el chat todavía hay más de cincuenta mil personas activas cuando “Agusneta”, entre risas, se sorprende: “¿Cómo que ya se termina? Yo quería seguir un rato más”. El programa podría continuar indefinidamente, sostenido por esa mezcla de energía, costumbre y público fiel que no se despega de la pantalla.

Cuando todo termina, pasadas las tres menos veinte, el clima cambia. Las luces del estudio —demasiado intensas, casi cegadoras— se apagan, y el cansancio se vuelve visible. El espacio chico y las sillas altas para quienes estaban detrás de cámaras dejan una sensación de agotamiento. Aún así, hay gestos de agradecimiento por haber permanecido hasta el final, a pesar de las incomodidades. Afuera, cada integrante retoma su propio ritmo: SDR comenta que va a dormir, porque al día siguiente tiene otro programa; “Davo”, en cambio, dice que a esa hora prefiere “seguir de largo”: “No me duermo más ahora”. Son las tres de la mañana y, para algunos, la noche recién empieza.

Benito, que hace unos años dudaba en mostrar su cara, hoy vive de hacerlo. Ahora, afuera, el aire húmedo de Palermo anticipa otro día. La plaza que a la tarde estaba llena de chicos, perros y turistas quedó vacía; los bares cerraron, los autos se fueron, y sólo una patrulla policial permanece en la esquina. En los pasillos de El Nueve no hay nadie. Todo está quieto. Baja la escalera con calma. Hace unos minutos discutía de fútbol ante cincuenta mil personas; ahora camina solo, en silencio, hacia la vereda vacía.

Hoy, entre todas sus redes sociales “Beno”, como le dicen sus amigos, reúne más de 800 mil seguidores. Fue el primero en entender que el fútbol también podía vivirse desde una pantalla; el primero en hacerlo propio y el primero en convertirlo en stream. En algún punto, River le salvó la vida. Desde entonces, no volvió a quedarse quieto.

3×3: ¡Hagan espacio!, al básquet de plaza no lo frena nadie

Por Uriel Qualizza

En la esquina de la plaza conocida como La Copita Básquet, junto al mural del pulgar en alto de Manu Ginóbili, Amanda le reclama una falta a Tarzán.

¡Siga, siga! —grita Micaela, compañera de Amanda, mientras saca desde el medio después de que el equipo contrario anotara. Tarzán le pasa una pelota marca Molten que parece más gastada que todos los jugadores y el juego se reanuda.

No hay árbitro. Nadie protesta. No importa el día ni la hora: en las canchas de básquet de las plazas de Buenos Aires siempre hay zapatillas que se frenan contra el piso. Algunas son de correr, pero todas pisan igual y ninguna chirría. Los aros no tienen red. La pintura del tablero está descolorida y las pelotas, desgastadas. Aun así, los piques se escuchan nítidos, mezclados con los gritos de los veinte espectadores que están tomando mate o esperando su turno para entrar a jugar.

Las canchas de básquet urbanas en Buenos Aires funcionan sin horarios, sin rejas y sin protocolos. Fueron conquistadas por el 3×3, un formato considerado callejero que, desde Tokio 2020, forma parte del programa olímpico.

La Copita Básquet, en Saavedra, es una de las canchas más populares de Buenos Aires, y sus jornadas nocturnas reciben gente constantemente. Algunos van a jugar después de trabajar, otros a charlar y tomar mate. La cancha se divide a la mitad: en cada lado se juegan partidos de 3 vs. 3, 4 vs. 4 o 5 vs. 5 cuando hay mucha afluencia. Nadie pone fin a la jornada, ni siquiera el sol.

“El 3×3 es una invitación a repensar el lugar del básquet en la ciudad”, afirma Carlos Spellanzón, director nacional de la modalidad en la Confederación Argentina de Básquet (CAB). Su visión va más allá del juego: “Las plazas cumplieron su rol de difundir la disciplina; son comunidades que se juntan a jugar con sus propias reglas y principios”. En el 3×3, el ganador permanece en cancha, los tiros desde fuera del arco valen dos puntos y los de adentro, uno. Hay mucho contacto físico, hombro con hombro, y tocar una mano es como tocar la pelota. Las faltas las cobra el equipo atacante y prima la igualdad para todos. No importa si eres mujer, hombre, adulto, adolescente o niño.

Hay gente que conoce la cancha de memoria, como Juan Pesaresi, apodado Tarzán por sus distintivas rastas. Suele visitar La Copita todos los días. Es fuerte y tiene un giro invertido imparable. A diferencia de Tarzán y su taparrabos, él tiene una peculiaridad: siempre usa pantalón largo.

Aunque este espacio es muy conocido por su mural de Emanuel Ginóbili pintado a lo largo del piso con su camiseta número 20 de los San Antonio Spurs, y es una cancha que alguna vez pisó Jimmy Butler (jugador de los Golden State Warriors), no es la única en Buenos Aires, y mucho menos en Argentina.

En las plazas porteñas se ve gente joven, personas que vienen de los clubes y otras que nunca han pisado uno. No se pide carnet, se puede ir con amigos o solo. Al llegar, se espera el turno a un costado. Los partidos suelen ser a 11 puntos o a 7 si hay mucha gente. La prioridad siempre la conservan quienes no han jugado.

Los datos de la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA) demuestran que el 3×3 es la modalidad de más rápido crecimiento en el mundo. Se juega en más de 180 países y forma parte de los Juegos Olímpicos desde Tokio 2020. En Argentina se registraron más de 40 eventos oficiales en 2024 y cientos más se desarrollan de manera informal en espacios públicos, la mayoría ubicados en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA).

El circuito oficial organizado por la CAB incluye paradas en diferentes provincias con premios en efectivo y clasificación al World Tour. El objetivo es profesionalizar la actividad sin perder su esencia. Según Spellanzón, el principal desafío es tener una liga interna fuerte y constante para desarrollar jugadores especialistas en la modalidad que nutran a las distintas selecciones argentinas.

El 3×3 permite otra manera de jugar. Las plazas se han vuelto espacios de iniciación deportiva, pero también de contención emocional y social. En barrios como Saavedra, Villa Pueyrredón, Mataderos o Parque Patricios se organizan torneos autogestionados, mixtos y abiertos, sin distinción de nivel. Allí no importa si uno juega en Liga Metropolitana o si tan solo va los sábados a tirar al aro. La lógica del “vale todo” da paso al “vale venir”.

El fenómeno no es exclusivo del AMBA. En ciudades como Córdoba, Rosario, Santa Fe, Mendoza o Bahía Blanca también se arman torneos 3×3 de alto nivel competitivo. Incluso provincias como San Luis o La Pampa sumaron fechas oficiales del circuito de la CAB. La federalización del 3×3 es otro de los grandes desafíos para consolidarlo como disciplina nacional.

El crecimiento también impacta en los clubes y las federaciones. Varias instituciones, como el Club Atlético Obras Sanitarias de la Nación, comenzaron a destinar horarios y espacios específicos para entrenamientos y competencias. Incluso en algunas provincias, como Mendoza y Entre Ríos, se desarrollan ligas locales paralelas al calendario 5×5. Esto no solo amplía la oferta deportiva, sino que también abre posibilidades para jugadoras y jugadores que, por edad o nivel de juego, no encuentran lugar en los equipos convencionales.

Además, algunas escuelas secundarias de Buenos Aires y Córdoba implementan proyectos educativos que utilizan el 3×3 como herramienta pedagógica. El juego reducido, la rotación constante y el dinamismo permiten desarrollar habilidades motrices, sociales y comunicacionales en poco tiempo. En este sentido, el deporte trasciende lo competitivo y se posiciona también como un recurso formativo.

El formato 3×3, que se juega en media cancha con un solo aro y posesiones de 12 segundos, se consolidó como disciplina oficial de la FIBA en 2007. Su debut olímpico fue en Tokio 2020, pero el primer gran salto lo dio en Singapur 2010, durante los Juegos de la Juventud. En 2018 repitió en la edición de Buenos Aires. La capital de Argentina se convirtió en el escenario de una cancha callejera que desbordó de público. “Fue un logro muy importante, aunque la verdadera expansión fue después de la pandemia”, recuerda Spellanzón. Argentina atraviesa el momento de mayor competencia en el 3×3 oficial: “Tenemos un fuerte apoyo de la CAB, de la Asociación de Clubes de Básquetbol (AdC) y de muchas federaciones provinciales, principalmente FEBAMBA (Federación de Básquet Área Metropolitana de Buenos Aires). El país participa en todas las competencias de América”, dice Spellanzón.

Amanda Sapir juega en la primera de José Hernández y practica básquet desde los siete años. Elige el 3×3 porque es diferente al 5×5: se siente mucho más distendida. Aunque prefiere la modalidad convencional, destaca que la otra disciplina le dio momentos únicos: “Mi mejor recuerdo es de los Juegos Evita 2017. Ganamos el torneo porteño con Sunderland (club femenino del barrio de Villa Urquiza) y clasificamos a los nacionales. La experiencia de viajar, representar a CABA y convivir con otras chicas del deporte fue lo mejor”.

La escena del básquet callejero también tiene su versión más profesionalizada en torneos organizados, como los de Pick Básquet, donde los partidos se juegan con cronómetro, reglas oficiales de la FIBA, pelotas nuevas, camisetas numeradas y árbitros. La esencia, sin embargo, sigue siendo la misma: intensidad, roce y comunidad. En este tipo de competencias se ve una convivencia entre quienes fueron parte de clubes tradicionales y quienes se formaron íntegramente en el 3×3 de la calle. Esa mixtura genera partidos con una carga emocional distinta.

João Dejtiar, dueño de Pick Básquet, construyó la cancha con un objetivo particular: “Crear un lugar para todos, hayan jugado o no al básquet, estén solos o con amigos; es un espacio para cualquiera, como el 3×3 de las plazas”. El formato no deja afuera a nadie. Solo se necesitan tres jugadores para competir, aunque algunos eligen ir con cuatro y un entrenador, lo que da pie a que se inscriban diversas personas.

 

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En la categoría libre del torneo 3×3 organizado por Pick el 13 de julio de 2025, hubo equipos mixtos, un equipo conformado por rusos (Medvedi), otro de venezolanos (El Bote) y hasta un jugador estadounidense, Anthony Phillips, que estaba en Argentina con el objetivo de vivir un año en un país extranjero, pero sin alejarse de su pasión, el básquet. Incluso asistió una selección argentina 3×3: Alejo Maggi, exjugador de Leb Plata en el Godella de España y hoy parte del plantel de Zárate Basket de la Liga Nacional de Argentina. Compartió equipo con Juan Ignacio Farré, jugador de Obras Sanitarias, y Agustín Wolinsky, ex preselección argentina.

A pesar de lo profesional del ambiente, el juego en Pick es el mismo que el de las plazas: sin jugadas preestablecidas, con libertad para la creatividad y la innovación. Los puntos son veloces, las posesiones cortas y los tiros contienen una pizca de locura, como una bandeja pasada que pega en el borde superior del tablero para luego entrar limpiamente al aro. Los árbitros, a pesar de ser los mismos que dirigen las categorías más altas del básquet argentino, también cambian el chip, dejan pasar más faltas, están más distendidos y dan espacio para que ocurran cosas nuevas.

Nicolás Domínguez, ex selección argentina de 3×3 y actual jugador del club Maccabi ubicado en Balvanera, que compite en la Copa de Oro de FEBAMBA, resume su vínculo con la disciplina: “Para mí es cultura, nuevos amigos y competencia. Fue mi primer contacto con el básquet porque arranqué en la plaza de Villa Pueyrredón, La Nueva Básquet, cuando tenía ocho años. Es un ambiente familiar y cálido, y siempre se alienta, sea para nuestro equipo o para el rival”. En cuanto al estilo, es contundente: “Hay mucho más espacio, más fricción, más contacto; me siento más libre en el 3×3. Las decisiones son mucho más rápidas. Me gusta más que el 5×5 porque es más dinámico, más intenso y más pasional”.

Si bien hoy el 3×3 forma parte del calendario de la FIBA y tiene presencia olímpica, su raíz sigue en lugares como este: una plaza, una pelota desgastada y seis personas que se la pasan, la pican y, sobre todo, se la bancan. La calle sigue siendo el lugar donde todo empieza.

Exequiel Zeballos: ver luz en la oscuridad

Por Gabriel Milian Scuri

“Los tiempos de Dios son perfectos”, dijo Exequiel Zeballos después de haber hecho, hasta ahora, el mejor partido de su corta, pero que parece tan larga, carrera. 

Las lesiones lo marginaron de las canchas una y otra vez. Lo alejaron de su brillo. Aunque, en todo momento, sus compañeros, y quienes lo rodean, se sorprendieron de su forma de sonreirle a la adversidad. En la negativa, siempre es más fácil tirarse a que te carcoma el pesimismo. Para el Chango, desde el primer momento, rendirse no fue una opción. A pesar de haber permanecido un semestre entero con poca consideración para el cuerpo técnico, él era consciente de que todo esto estaba por llegar. El gol a Belgrano, la espectacular actuación ante Barracas y su tanto en La Plata desembocaron en la consagración frente River. Aquel domingo, jugó como si estuviera en el barrio, en alguna calle de tierra de su querido Santiago del Estero. “Mi sueño es tirar magia en La Bombonera”, decía un pequeño Zeballos en un video de hace algunos años. El joven terminó por convertirse en la figura de su equipo en este último tramo del Torneo Clausura.

En un fútbol cada vez más rígido y totalmente estructurado, el número siete de Boca vuelve a los orígenes del juego. A lo que se le llamaba el Pibe Potrero. Cuando apareció, allá por el 2020, era un flaquito, rapidito que agarraba la pelota y tiraba bicicletas. En la reserva del Xeneize ya se distinguía. 

Todos lo vieron sangrar. Lo más doloroso para el futbolista quizás nunca fueron las patadas, sino la crudeza de quienes rompen y lastiman porque sí. Los chistes inoportunos en televisión, los que critican y se esconden en un usuario de X y la mente de los hinchas impacientes. 

Tal vez, la historia de Zeballos atrapa porque es una prueba fehaciente de que, como decía Mercedes Sosa, al final hay recompensa. Otra demostración de que el esfuerzo da sus frutos y que no hay mejor remedio para la cabeza que amigarse con uno mismo. Primero creerlo y después hacerlo realidad.

El Chango se muestra tal cual es. Y esa inocencia, en un ambiente tan persuadido por el poder y la violencia psicológica, lo hizo ser fuerte. Goles son amores y, para él, su último tanto fue ese amor platónico que un día se hizo realidad. Fue la boca de salida de un túnel oscuro. El rebote que le dejó Armani se convirtió, en su cabeza, en el recuerdo de aquel pibe que soñaba con tirar magia en La Bombonera. Ahora, deberá conseguir lo más complicado. Mantenerse. Y sí lo hace, es cosa seria. 

Hay dos fotos en la carrera del chico santiagueño. El llanto desconsolado al salir lesionado ante Agropecuario y la emoción de haber sido aplaudido por todos los boquenses, luego de pintar la cara de los jugadores del Millonario. 

La última puede hacerla un cuadro y colgarla en su casa, pero sin olvidarse de todo lo que tuvo que atravesar. Incluso, podría titularla: “Tantas veces me mataron. Tantas veces me morí. Sin embargo, aquí estoy. Resucitando”.

El fútbol se estrelló contra una pared: a 10 años de la muerte de Emanuel Ortega

Por Vicente Moreyra

3 de mayo de 2015. San Martín de Burzaco iguala 1-1 con Juventud Unida a los 44 minutos del primer tiempo por el torneo Apertura de la Primera C. El partido se detiene en el estadio Francisco Boga. Ocupando todo el espacio que había entre la línea de cal y el paredón de hormigón, queda un jugador del local, Emanuel Ortega. Quieto. Se mantiene al margen de la vorágine de sus compañeros, rivales y árbitro, quienes llaman a la ambulancia mientras discuten sobre si la jugada había sido falta, si era amarilla para Alexis Valenzuela o si simplemente fue un roce de partido.

Federico Scurnik, arquero de San Martín de Burzaco y capitán, se acerca rápido para hablar con el árbitro y reclamar la jugada, pero al ver a su compañero, su actitud cambia. De inmediato ayuda a cargar al joven de 21 años en la ambulancia para que lo lleven lo antes posible a un hospital. Sus compañeros quedan paralizados por lo que acaba de suceder. Los rivales también. El estado de Emanuel daba indicios de que algo no andaba bien, pero nadie imaginó que, once días después del golpe, iba a fallecer.

El Burrito Ortega, como lo llamaban sus compañeros, había nacido en Jujuy. De chico se formó en el club de su ciudad natal, Talleres de Perico. Comenzó a destacarse en las inferiores, lo que le dio la oportunidad de viajar a probarse a Buenos Aires en 2011. En el predio de Luis Guillón, junto con otros chicos del interior, tuvo la chance de hacer una prueba en Banfield. El club se interesó en él y decidió que Ortega se quedara en la pensión para formar parte del Taladro. Allí mejoró física y futbolísticamente durante los tres años y medio que estuvo. Pero, al no tener las oportunidades que necesitaba, Banfield decidió cederlo a San Martín de Burzaco en enero de 2015, cuatro meses antes de su muerte.

El 14 de mayo de 2015 se confirmó que Ortega no resistió. El fútbol argentino estaba de luto. La AFA, presidida de manera interina por Luis Segura tras la muerte de Julio Grondona, decidió suspender la fecha de todas las categorías del fútbol local. Además, se dispuso que todas las paredes de cemento cercanas a las líneas de cal de los estadios debían ser cubiertas por protecciones en un plazo de 90 días. Rápidamente, algunos clubes alegaron que no podían hacerse cargo de los gastos, por lo que la AFA anunció un convenio con la empresa Santa Mónica para comprar las colchonetas. Se trataba de una firma creada en España a mediados de los años 80 por Jesús Samper, dedicada a la comercialización publicitaria de eventos deportivos.

Los días pasaron y los equipos seguían sin tener protecciones en sus campos. Los partidos se jugaban igual, hasta que, 17 días después de la muerte de Emanuel Ortega, otro jugador salió accidentado tras un golpe con la pared en el partido que disputaban Deportivo Sarmiento de Coronel Suárez y Kimberley de Mar del Plata, en el estadio José Alberto Valle, por el Federal B. Gonzalo Cendra sufrió un leve traumatismo y recibió puntos en la cabeza luego de golpearse en una jugada muy parecida a la de Ortega.

El 23 de agosto de 2015 otro jugador del Federal B salió lastimado. Pablo Lengman, futbolista de Atenas, se fracturó la muñeca y se cortó la ceja al chocar contra la pared del fondo de la cancha en un encuentro frente a Peñarol de Córdoba. Nuevamente se pasó por alto. Pero la falta de protecciones volvió a estar en el foco de las críticas cuando el delantero de Midland, Sebastián Gigliotti, sufrió un golpe en la cabeza luego de un choque muy parecido al de Lengman durante un partido contra Argentino de Quilmes. El hermano de Emanuel Gigliotti —jugador de Boca Juniors entre 2013 y 2015— estuvo internado e inconsciente. Siete días después recibió el alta médica y pudo continuar con su carrera, pero el tema de las paredes volvió a aparecer en los medios.

“Tuvimos una demora por distintos motivos, entre otros la selección y producción del material. Nadie tenía en stock lo que hacía falta; ahora tenemos todo y esta semana arrancamos con cuatro canchas más”, fue la justificación de Segura. El plazo de los 90 días ya se había vencido. El presidente de la AFA abrió otro, ahora de 45, y aseguró que luego de ese tiempo todos los clubes iban a tener colchonetas alrededor de las canchas.

El mismo día que Cendra se accidentó, 17 días después del fallecimiento de Ortega, San Martín de Burzaco volvió a disputar un partido. Enfrente, Central Córdoba de Rosario, que hacía nueve encuentros que no perdía (tres empates y seis victorias). Sanma necesitaba ganar para poder acercarse al ascenso a la B Metropolitana, pero, en palabras del técnico Cristian Ferlauto, “lo deportivo pasó a un segundo plano”. Burzaco perdió 2-1. El plantel no estaba preparado para volver a competir. Los compañeros de Ortega salieron a la cancha con una remera blanca con la cara de Emanuel y la frase “El fútbol es mi vida”.

“Había muchos chicos que iban a entrenar y no entendían por qué estábamos ahí, por qué había que seguir después de lo que había pasado”, dice Federico Scurnik diez años después. La AFA puso psicólogos a disposición de todo el plantel. Tenían charlas individuales y grupales para que los jugadores pudieran tranquilizarse y reenfocar en la competencia. Pero la pérdida de un compañero, un amigo o un dirigido no es fácil de olvidar. El actual presidente, Gabriel Ostanelli, lo catalogó como el momento más duro que vivió como dirigente en sus 20 años al frente de la institución.

Federico Scurnik
Federico Scurnik

Hubo un jugador que no logró continuar su carrera con normalidad: Alexis Valenzuela, el autor del foul. “En el momento en que choca contra la pared, él golpea en seco, le quedan los ojos blancos y comencé a pedir ayuda; me asusté mucho. Nunca imaginé que iba a terminar así”, comentó en Radio La Red días después. Aunque no fue su intención, el daño sobre Ortega estaba hecho. Y sobre su imagen también. En los partidos posteriores, Valenzuela comenzó a ser visto de otra forma, como si su intención hubiese sido lastimar al joven jugador de San Martín. Esa acción lo persiguió el resto de su carrera. El delantero tuvo un paso más por Juventud Unida, en el que disputó 49 partidos; luego jugó tres encuentros en Alianza Cutral Co y uno en Lezama FC antes de su retiro prematuro.

A pocos meses de que se cumpla una década, muchas cosas cambiaron desde el fallecimiento de Emanuel Ortega. San Martín ascendió a la B Metropolitana por primera vez en su historia en 2023. El estadio Francisco Boga tiene luces, una nueva tribuna para la barra de Arzeno —una de las dos parcialidades que tiene el club— y las protecciones necesarias. Aunque la AFA dio el plazo de 90 días, sólo 17 clubes recibieron el arreglo. De los 169 que participan en todas las categorías profesionales y semi-amateurs del fútbol argentino, 31 tienen colchonetas en sus muros. Hoy San Martín entrena en Las Latas, un predio con tres canchas de fútbol ubicado en Guernica sobre la Ruta 16, sin vestuarios ni luces, pero con un buen césped al nivel de una Primera División. Como cada miércoles, la práctica es de fútbol reducido con apoyos, pero la del 16 de abril de 2025 no es una práctica más: es la última previa al clásico frente a Brown de Adrogué.

—Hacemos un rato de fútbol y nos metemos de lleno en lo táctico.

El exarquero Scurnik, quien colgó los guantes, hoy es el técnico de San Martín. Parado sobre el círculo central, lugar que solo pisaba para el sorteo de capitanes o alguna protesta aislada, observa a sus jugadores, que practican con alta intensidad. Bajo una cálida temperatura para ser abril, el plantel juega. Ninguno quiere quedarse afuera. Todos visten prendas distintas, pero con algo en común: los colores y el escudo. Tienen 40 minutos para demostrarle al Ruso por qué merecen la titularidad.

“Vení por acá, la puerta 4 la abrimos a la tarde”, dice, el día del partido, el presidente Ostanelli a una madre que se acerca a ver a su hijo jugar al futsal en la cancha sobre la calle Arenales. El presidente de San Martín camina lentamente por el estadio y revisa su celular a la espera del encuentro. “Los clásicos son un partido aparte, pero hoy es una final”, dice mientras se acomoda su pelo enrulado. Burzaco y Adrogué lo saben: lo demuestra la tensión en las calles. Con caravanas de ambos lados, recibimientos y mucha pirotecnia, los hinchas buscan que los jugadores tomen dimensión del valor del clásico.
El 19 de abril de 2025, a menos de un mes de cumplirse una década del fallecimiento de Ortega, San Martín vuelve a enfrentar a Brown de Adrogué tras 28 años.

Los alrededores del Francisco Boga se llenan poco a poco y los hinchas forman una fila de cinco cuadras para entrar por la puerta 1. Faltan 20 minutos. Las barras de Arzeno y el Gaucho ya colgaron sus banderas y cantan a destiempo para mostrar sus diferencias mientras esperan el ingreso de San Martín de Burzaco. Al banco local llega Scurnik, tranquilo, como si no estuviera en sinergia con la situación. Se para de frente a la cancha y mira hacia la platea. En ella están sus familiares, los directivos, algunos periodistas y allegados a la institución. Sobre ellos resalta un nombre: “Emanuel Ortega”, pintado en azul sobre la pared blanca. Esas 13 letras dibujadas desde aquella fatídica tarde.
El Ruso abre su campera y luce su remera. La frase “El fútbol es mi vida”, con la foto de Emanuel Ortega, queda al descubierto. Casi diez años después de su fallecimiento, Ortega dice presente en un partido histórico para Sanma. A su manera, sin querer robar protagonismo ni llamar la atención, acompaña a los más de 3.000 hinchas que esperan la salida de su equipo. Por ese túnel que el Burrito corrió por última vez el 3 de mayo de 2015.

Guilla Corrales, la Murciélaga que empezó a jugar al fútbol hace seis años y hoy es bicampeona mundial

Por Bianca Staffieri

Nacida en General Pico, La Pampa, Guillermina Corrales empezó a jugar al fútbol en 2019 en un club de Santa Rosa. “Ahí tenían solo equipo masculino y las chicas hacíamos otras actividades, pero insistí tanto que se empezó a tramitar la idea. Justo al otro año llegó la pandemia, así que estuve dos años sin hacer nada. Retomé en 2022 y, a los meses, ya era campeona del mundo”, cuenta la defensora que se consagró en el primer Mundial de Fútbol para Ciegas, en Birmingham, Inglaterra, y este año repitió la hazaña en la India.

“Guilla”, quien también es profesora de Música en un instituto para chicos con discapacidad, agrega: “Nunca tuve en mente llegar a tanto: hasta hace un tiempo no tenía idea de cómo era practicar un deporte de alto rendimiento”.

-En el último Mundial jugaste todos los partidos. ¿Lo disfrutaste más que la edición anterior?

-Sí, sin dudas. Cuando en 2022 llegué a la Selección conocía a algunas de las chicas de nombre o de haberlas saludado, pero no mucho más. Era un momento complicado.

-¿Por qué era complicado? ¿Ya había un grupo formado?

-En realidad el grupo estaba dividido en dos. Había situaciones en las que algunas capaz se reían o te jodían si hacías algo mal. Para mí y otras chicas que recién llegábamos era feo. Al final, muchas se fueron y, para el Mundial de Inglaterra, ya había un equipo bastante sólido: quedamos un par de chicas nuevas y otras con experiencia, así que se pudo balancear.

-¿Qué balance personal hacés de ese primer Mundial?

-Sufrí la falta de experiencia. A diferencia del resto de las chicas, yo hacía un año que jugaba al fútbol y nunca había enfrentado a otros países. Estaba muy marcada la diferencia entre las cuatro que eran titulares y las demás.

-¿Cómo influyó eso en vos?

-Me dolió. De hecho, el técnico en una entrevista dijo que dejaba que jugaran las suplentes —o sea, nosotras— así las titulares no corrían riesgo. Me frustró mucho. En ese Mundial, en la final no entré y en la semifinal habré estado un minuto como mucho. Ahí se me presentaron dos opciones: abandonar o esforzarme más. Me quedé con la segunda y en India tuve una mejor experiencia.

-Llegaste más preparada…

-Sí, totalmente. Además, nos sirvió y nos dio más confianza el Grand Prix IBSA que jugamos en Japón, en el que perdimos la final por penales. En vez de viajar ocho chicas, viajamos seis, por lo que todas jugamos más minutos.

-¿Cómo te llega la convocatoria a la Selección?

-En marzo de 2022 me avisaron que iba a haber un campus de fútbol femenino y me fui a probar. Ahí compartí con muchas que sabían jugar o jugaban en la Selección. Después me llamó el director técnico para probarme y quedé.

-¿Es cierto que vos, en realidad, naciste con visión?

-Sí. Fui prematura y, en la incubadora del hospital, las luces me quemaron las retinas. Mi mamá no supo que había perdido la visión hasta que me llevó a casa y se dio cuenta de que no respondía a estímulos básicos. Tuvo que decidir entre hacerle un juicio al hospital u ocuparse de mi discapacidad.

-¿Hoy te genera frustración esto que te pasó?

-No. Estoy agradecida de que tanto mis papás como mis hermanos me hayan bancado siempre y explicado todo desde chica. No me ocultaron nada. Creo que eso me ayudó un montón a aceptarme en vez de deprimirme o enojarme.

-¿Para vos qué es lo más difícil de ser ciega?

-Siempre dije que lo primero que haría si tuviera visión es manejar. Creo que eso me terminaría de dar la independencia que me falta: poder subirme a una moto, bicicleta o auto y hacer sola esas 10 o 15 cuadras al club.

-Muchos deportistas dicen que es difícil ser profesional en Argentina. ¿Estás de acuerdo?

-Sí. Yo lo sufro mucho por ser del interior. Las posibilidades acá son pocas. En mi ciudad no recibo mucho apoyo. Por ejemplo, cuando necesitaba pagar el viaje al Grand Prix, me dio una mano la provincia, pero mi ciudad no quiso.

-¿Podés decir que sufrís el centrismo de Buenos Aires?

-Sí, lo hablaba con mi técnico. Me cansa cambiar de profesor y explicar qué cosas me sirven y cuáles no. Al ser un puesto tan inestable, muchos se van porque consiguen mejores trabajos.

-¿Eso es lo más difícil de tu profesión?

-Sí, estar empujando todo el tiempo, insistir para conseguir profesores, pedir canchas, tener un buen horario. Te cansa. Yo invierto un montón de tiempo en el deporte, pero no puedo vivir solamente de eso. Pensá que nuestro primer Mundial fue en 2022; todavía falta un montón de desarrollo.

-¿Cuáles son tus próximas metas después de salir bicampeona?

-Tenemos la Copa América en agosto del año que viene. Espero que me convoquen. A largo plazo, sería estar en el próximo Mundial, y también quiero entrenar más.

-¿Qué te gusta además del deporte?

-La música. En realidad quería estudiar en un conservatorio, pero no tenía nada cerca. Además, todo era muy costoso y no quería irme sola a Buenos Aires. Hoy doy clases en un instituto para chicos con discapacidad que vienen de situaciones complejas.

Candela Ratibel, del tenis y el lanzamiento de bala a ganar la medalla de oro en disco en los últimos JADAR

Por Joaquín Prieto

María Candela Ratibel tiene 21 años, comenzó haciendo tenis, después pasó por lanzamiento de bala y hoy practica lanzamiento de disco en alto rendimiento en la Escuela Municipal de Morón. Representa a la selección nacional en U23 y Mayores. Además, estudia kinesiología.

Su perseverancia la llevó a ganar los últimos Juegos de Alto Rendimiento (JADAR), disputados en septiembre en Rosario, alcanzar el segundo puesto en el Nacional de Mayores y el séptimo en el Sudamericano en Mar del Plata. Practicó tenis y atletismo a la par durante cuatro años, hasta que a los 18 tomó la decisión de apostar por el lanzamiento.

-En los JADAR, ¿por qué representaste a la Ciudad de Buenos Aires y no a la Provincia?

-Porque, al estar en la Federación Atlética Metropolitana, que es del AMBA, nos metieron a todos los atletas como si fuéramos de CABA, a pesar de vivir en la Provincia. Encima, el que nos financió el viaje y la estadía fue el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, no el de la Ciudad.

-¿Cómo es la actualidad de la Escuela Municipal de Morón?

-Me ayudan a pagar la cuota de la federación y los viajes y torneos que sean del CENARD. Cuando el torneo es nacional, me pagan un tanque de nafta, por ejemplo. A veces me dicen que no pueden darme una mano por temas de presupuesto, por lo que tengo que pedir todo con anticipación para que ya lo tengan en cuenta.

-¿La municipalidad les da la ayuda y comodidad suficiente a todos los deportistas?

-En la municipalidad no tengo discos oficiales (de competencia), solo dos de entrenamiento. Uso dos discos míos y uno que me dieron ellos. Las zapatillas las compré afuera del país y el otro par lo conseguí acá, a pesar de lo complicado que es.

-¿Cómo fueron tus inicios?

-Jugué al tenis desde los 7 hasta los 18 años. A los 14 entré en el mundo del atletismo. Entrenaba tenis hasta las 18 y a las 19.30 ya estaba en la pista para hacer lanzamiento. Era mucho entrenamiento. Me la pasaba lesionada debido al desgaste físico, pero el tenis me ayudó a adaptarme rápido a la técnica del lanzamiento, que es bastante parecida.

-¿Cómo fue el cambio de deporte y empezar a hacerlo en el alto rendimiento?

-Fue una apuesta. Lo ideal es arrancar a los 9 o 10 años, y yo lo hice a los 14 buscando algo nuevo para hacer, no pensaba en el alto rendimiento. Cuando salimos de la pandemia quedé segunda en los Juegos Bonaerenses y, al año siguiente, los gané.

-¿Hay mucha diferencia entre practicar de manera recreativa y hacerlo en el alto rendimiento?

-Sí, mucha. Yo me comparo con los demás chicos que vienen a la Escuela Municipal. Quizás vienen tres veces a la semana y entrenan un poco de todo, mientras que yo hago doble turno de lunes a sábado y me focalizo en cosas específicas.

-¿Cómo se prepara una atleta de lanzamiento de disco?

-En la semana anterior a la competencia tengo dos días de carga, es decir, levanto pesas como siempre, y tres de descarga, en los que solo hago técnica de lanzamiento para llegar bien al fin de semana.

-¿Te preparás para todos los torneos de la misma manera?

-Siempre lo intento. Tengo dos entrenadores: el de la selección, Julio Piñeiro, que me da la planificación de manera virtual porque vive en Azul, y Naty de Maneses, mi profesora de la Escuela Municipal.

-¿Cómo manejás los nervios antes de una competencia?

-Sufro demasiado. Cuando jugué el Sudamericano de Mayores, que justo terminaba la clasificación a los Panamericanos, fue el momento más duro. Sentí los nervios de representar al país, lo cual me parece muy loco, pero me llena de orgullo. Uso toda esa presión como combustible.

-¿Qué balance hacés de este año en lo deportivo?

-Me queda un sabor amargo, ya que no mejoré mi marca (48,40 m) y me quedé a las puertas de los Panamericanos. Por otro lado, me siento orgullosa de representar al país en Mayores y por haber ganado el Nacional U23, los JADAR y la Copa de Clubes.

-¿Cuáles son tus próximos objetivos?

-A mediados de noviembre arranco la pretemporada hasta febrero, porque en abril tengo el Sudamericano U23 en Paraguay. Para el año que viene apunto a los Nacionales U23 y de Mayores, y a los Juegos Odesur que se disputarán en Santa Fe.

-¿Y tus sueños?

-Quiero ser atleta olímpica y mejorar mis marcas. Mi sueño es clasificar a los Juegos Olímpicos y a un Mundial de Mayores. No llegué a clasificar a los Panamericanos por muy poco: entraban las primeras 10 y quedé 13ª. Lo ideal sería clasificar a Los Ángeles 2028 o a Brisbane 2032.

-Además del deporte, estudiás kinesiología y fisiatría. ¿Cómo te organizás?

-Entre el primer y el segundo turno de entrenamiento voy a la facultad, y si no curso, aprovecho para estudiar. También uso las horas de cursada para sacarme todas las dudas y prestar atención, ya que no tengo mucho tiempo para estudiar. Ahora entiendo qué músculos trabajo con cada ejercicio. En el futuro me gustaría ejercer en algún hospital o club.

-¿Tenés referentes?

-Natalia de Maneses, que fue campeona nacional ocho veces y ahora es mi entrenadora. Aprovecho toda su experiencia para seguir creciendo. Suelo pedirle consejos a ella y a mi otro entrenador, Julio Piñeiro.

-¿Dejaste cosas de lado por el alto rendimiento?

-Principalmente, juntadas con amigos, novio y familiares. No fui a cumpleaños o me volví antes. Todo lo relacionado a lo social. A veces hay que dejar de hacer cosas a cambio de lo que más te gusta para cumplir los objetivos. Creo que en el futuro voy a poder vivir todo.

-¿Cómo influye tu entorno en el día a día? ¿Te sentís apoyada?

-Siempre que necesito ayuda o una contención, ellos están para mí, me apoyan. Valoro mucho que mis papás me acompañen en mi deseo de ser atleta de alto rendimiento, a pesar de que, de tres hermanos, yo sea la única que se dedique a esto. Noto que están orgullosos de mí.