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Mariano Navone: la constante lucha para llegar a la élite del tenis

Por Emiliano Le Voci

Martes 13 de febrero de 2024. Mariano Navone acaba de perder en la primera ronda del cuadro principal del Argentina Open frente al italiano Luciano Darderi por un aplastante 6-2 y 6-1. Navone emprende su vuelo hacia Brasil para disputar el ATP 500 de Río con mucha incertidumbre: con casi 23 años, aún no ha logrado el salto de calidad necesario para competir en la élite. Sin embargo, todo cambiaría durante esa semana en tierras brasileñas, gracias a su primera victoria en un torneo de categoría ATP y por alcanzar la final.

Para competir en la gira sudamericana 2024, el nacido en la ciudad de 9 de Julio atravesó momentos que lo hicieron dudar de si el tenis era su verdadera vocación. “Mariano, a los 17 años, ya destacaba por cómo aceleraba la pelota, impactaba la bocha con mucho efecto”, recuerda Santiago Herner, que entrenó con Navone en una pretemporada en el Buenos Aires Lawn Tennis Club en 2018, cuando soñaban con llegar a las grandes ligas.

Todavía muy lejos de los reflectores y de su debut a nivel ATP, Navone salía a la cancha en cada partido con una actitud muy “determinante”, según Herner. “Su principal virtud es que se mueve muy bien dentro de la cancha, y ya en 2018 destacaba por ello. Yo lo hacía correr de lado a lado, pero llegaba muy cómodo siempre”, agrega. Durante 2018 y 2019, Navone acumuló muchas derrotas consecutivas, la mayoría de ellas en primeras rondas, pero forjaron su carácter.

Las dudas respecto al futuro de su carrera iniciaron en 2020, ya que, por la falta de resultados positivos, se quedó sin sponsor e incluso se vio en la desesperación de enviarle un mail a Lacoste solicitando su patrocinio y apoyo económico. “Mariano siempre fue un tipo que no es capaz de bajar los brazos, que pelea hasta el final”, rememora Francisco Bazan, quien se enfrentó en un torneo categoría Pro-Tour en Mendoza en 2019 contra Navone y luego compartió tiempo de ocio en el hotel, por lo que lo conoció con más profundidad.

En 2021 llegó el debut de Navone en los Challengers, que representan la segunda división del tenis mundial y funcionan como puente para llegar a los torneos de mayor nivel y remuneración económica. No fue hasta 2022 que alcanzó su primera final en un torneo Challenger, y fue por triplicado. Disputó el partido decisivo en Corrientes, Buenos Aires y Villa María.

En 2023 ganó su primer torneo Challenger, en Poznań, Polonia, y llegó su tan ansiado debut a nivel ATP. Fue en Córdoba y su rival, Federico Delbonis, un jugador histórico del equipo que le dio la primera y, hasta ahora, última Copa Davis al país, en 2016. Para finales de 2023, Navone ya se encontraba metido dentro del top 150, el selecto grupo de quienes pueden vivir del tenis, ya que, a partir de ahí, el ranking posibilita jugar mejores torneos, salir sorteado para enfrentar rivales de menor calidad y ser más viable en términos económicos.

Si bien 2026 no es su mejor temporada, ya que supo llegar al top 30 el 10 de junio de 2024 y hoy apenas se encuentra dentro del top 50, consiguió su primer título ATP esta temporada en Bucarest, frente al español Daniel Mérida. También, por si fuera poco, llegó a la final del ATP de Ginebra y perdió por 3-6, 6-3 y 5-7 contra el estadounidense Learner Tien, una promesa del tenis mundial.

A los 16 años, Navone viajaba más de 100 kilómetros diarios entre su ciudad natal, 9 de Julio, y Junín, para entrenarse de manera más seria. Eligió Junín para no marearse con las luces de una ciudad importante como Buenos Aires. Otra gran decisión que tuvo que tomar en pos de un mejor futuro como tenista fue la de reconvertir su golpe de derecha (drive) desde cero en 2021, a los 20 años. Lo que buscó con este cambio fue un golpe mucho más agresivo, con la vista puesta en poder ser un jugador peligroso no solo en polvo de ladrillo, sino también en cemento y en césped.

Todos estos desafíos y piedras en el camino fueron, en primer lugar, la vida en su máximo esplendor, para ponerlo a prueba y forjar su resiliencia; y, también, en cierto punto, necesarios para forjar su espíritu de lucha y entrega en una cancha de tenis, que es lo que más lo caracteriza. “Un tipo muy tranquilo y sencillo fuera de la cancha. Muy respetuoso. Ya no queda mucha gente así en el ambiente del tenis”, cuenta Francisco Bazan.

Mariano Navone, de 25 años, aún cuenta con una carrera por delante con muchos objetivos por cumplir, como alcanzar los octavos de final de un Grand Slam, ganarle a un número uno o ser un pilar fundamental del equipo actual de Copa Davis para intentar traerla al país por segunda vez. Nunca fue el más prometedor de su camada. Fue preparado a fuego lento, pero lo que más importa es su presente, y lo encuentra como uno de los mejores tenistas argentinos.

El deporte lejos de los flashes

Por Matías Villar

El Parque Chacabuco se convierte en un refugio de estudiantes, trabajadores y vecinos que encuentran en el Running una forma de despejarse, compartir y afrontar la noche a su manera.

La transpiración cae lentamente por la frente del chico que pasa corriendo. Se acumula en la sien, recorre la mejilla y termina perdiéndose entre el cuello y la remera. Mientras tanto, las piernas sienten el esfuerzo y las zapatillas golpean una y otra vez contra el suelo. A unos metros, otro corredor pasa en sentido contrario. Después otro. Y otro. 

El Running suele asociarse con carreras multitudinarias, grandes marcas y atletas profesionales. Pero, muy lejos de las competencias y de los eventos, hay otra realidad. Una que no suele salir en la televisión, que está lejos de los flashes: la de quienes trabajan, estudian, cumplen con sus obligaciones y, cuando finalmente tienen un tiempo libre, salen a correr.

Son las 20 horas. El Parque Chacabuco, ubicado en el barrio homónimo, tiene movimiento por todos lados. El viento frío sopla sin parar y hace notar que el invierno está presente. Para algunos, correr significa entrenar. Para otros, despejarse, encontrarse con amigos, o simplemente tener un momento del día que se olviden de todo sin importar la temperatura.

“Yo vengo al parque tres veces por semana después de cursar en la facultad”, cuenta Lucía, estudiante de arquitectura de 22 años. “Es el único momento en el que puedo desconectar. El gimnasio no me sirve porque es un espacio más chico, cerrado y no corre aire. A veces estoy sola y otras acompañada”, agrega. A la vez que habla, acomoda los auriculares y se prepara para seguir camino. Los audífonos se ven en muchos de los corredores, especialmente en los que están solos. “La música me ayuda a marcar mi ritmo”, comenta antes de despedirse.

En otro sector del parque está la pista de atletismo. Allí se reúnen muchísimas personas que necesitan un recorrido más ordenado. Hay muchos grupos de Running. Uno de los que más gente tiene es: “LA META”. Todos llevan la misma remera de color verde que hace destacar su presencia. A unos metros, hay unos 6 amigos con alrededor de 30 años descansando porque hicieron ejercicios a lo largo de la pista. “No somos profesionales, pero nos tomamos en serio lo que hacemos. Cada metro es un desafío personal y compartirlo con alguien, es más llevadero”, relata Julián, mientras utiliza una toalla para secarse la transpiración que le cubre su cara.

Desde 2019, este deporte avanza porque se recuperaron distintos espacios públicos. Ya hay más de 70 carreras de calle. El gobierno de la ciudad de Buenos Aires propone que haya en distintos puntos de CABA en donde la gente se pueda acercar libre y gratuitamente a hacer ejercicio. Una de las sedes está en el Parque Chacabuco. En su sitio web oficial, describen la propuesta como una forma de educar, entrenar y proporcionar a los vecinos las herramientas necesarias para poder desarrollar la actividad. Las otras 10 sedes en Capital Federal son: Rosedal, Arenales, Centenario, Saavedra, Ciudad de Banff, Lugano, Facultad de Derecho, Reserva Costanera Sur, Puerto Madero, y Plaza Houssay.

En una de las esquinas de la pista, un entrenador llama al grupo para empezar con la entrada en calor. Entre las camperas, botellas y pertenencias de cada uno comienza a gritar para motivarlos y que no pierdan ritmo. “Más rápido Claudia, dale más rápido”, le grita a la mujer, que realiza los ejercicios con más lentitud que los demás. Hay una idea instalada de que para correr hay que estar preparado físicamente pero acá justamente pasa lo contrario. Quienes asisten a este tipo de clases van para aprender. Luego de unos minutos, el grupo empieza a correr. Y sí, Claudia está por delante de todos. Ese simple gesto del entrenador de animarla también la potencia a ella.

Mauro. Padre de 55 años que está separado y trabaja como contador. No lleva la misma velocidad que los jóvenes que pasan cerca suyo. Tampoco intenta hacerlo. Su ritmo es constante. Lleva puesto una campera de Ferro, un short deportivo y unas zapatillas Nike blancas que brillan en la oscuridad de la pista. Su figura contrasta con las personas que pasan por su costado. Se siente algo distinto al verlo. “Fui papá a los 23 años y la manera de encontrar paz fue esta: venir al parque solo, después de todo el día estar entre papeles y números”, cuenta Mauro, mientras se ata los cordones. A diferencia de los grupos que alientan con gritos y música, prefiere escuchar el sonido de sus pasos y los murmullos del resto. Aprende con el tiempo que estar solo no necesariamente significa sentirse solo. Hace algunos años corre con mayor frecuencia. Al principio fueron algunos minutos. Después más y más. El Running empezó a ocupar un lugar que antes no tenía.

El reloj avanza. Son cerca de las 21. Algunos corredores ya se fueron. Otros empiezan a guardar sus cosas. Las conversaciones se vuelven más frecuentes a medida que termina el entrenamiento. La pista que estuvo llena comienza a recuperar espacios vacíos aunque hay algunos que recién llegan porque no hay un horario establecido. Cada uno elige dónde quiere estar. El viento sopla más y más pero el deporte continúa con menos personas pero las mismas ganas. Todos llegan por motivos diferentes. Todos corren de maneras diferentes. Aunque durante horas comparten el parque para despejarse.

En el centro del Chacabuco, también hay algunos grupos de personas. Mientras más tarde sea, más jóvenes aprovechan a entrenar junto a sus mascotas. El ambiente se vuelve un poco más diverso: los perros marcan el ritmo a sus dueños, incluso a veces, los dueños a sus perros. 

El Parque Chacabuco es una de las zonas verdes más grandes de la ciudad. Además, está ubicado en el centro de la Capital Federal por lo cual es fácil llegar. Eso también explica la cantidad de gente que hay a cualquier día y hora. Arboleda, camino para peatones, juegos infantiles y, lo más importante, las instalaciones deportivas impuestas y mantenidas por el gobierno. Por eso, es fácil cruzarse con personas que se acercan para realizar actividad física.

Una de las particularidades de este parque es que lo atraviesa la autopista 25 de mayo que divide al espacio en dos. Para pasar de un lado a otro, hay que ir por alguno de los caminos que van por debajo de la autopista. En esos sectores bajo techo, también aprovechan para usar ese lugar hecho de cemento para correr o hacer algún ejercicio que sea conveniente en este tipo de superficie. 

El deporte amateur tiene algo que el profesional perdió hace tiempo: la posibilidad de practicar sin que nadie te mire. La canción que uno escucha en sus auriculares no es molestia para nadie. Funciona como un punto de encuentro para personas que quizás nunca se hubieran cruzado en otro contexto. Un contador de 55 años comparte pista con una estudiante de 22. Un grupo de amigos corre al lado de alguien que llega solo. Una persona que recién empieza se encuentra con otra que lleva años entrenando. A veces se cree, que el deporte tiene que ser una competencia y que solo importa ganar. Pero, en ocasiones, es simplemente cuando un estudiante deja de estudiar y se pone las zapatillas para ir a correr. O cuando Claudia luego de que el profesor la anima, descubre que puede hacerlo más rápido.

El reloj marca las 22. La pista y todo el espacio verde se comienza a vaciar. A medida que pasan los segundos, se siente cada vez más el ruido de los autos que circulan por la autopista porque hay menos sonido en el parque. Las luces de los faroles iluminan el camino de peatones aunque ya no queda casi nadie. La transpiración que estaba al comienzo vuelve a aparecer pero ahora significa otra cosa. Ya no representa solamente el esfuerzo, representa haber llegado hasta el final. Los últimos corredores se van rápido porque el viento y el frío se convierten en los protagonistas de la noche. Mañana volverán a los trabajos, a las clases y a sus obligaciones. El parque se transforma en un lugar calmo, sin movimiento, pero quedan las huellas de los que fueron a correr. Esas historias de quienes, lejos de los flashes, encuentran una manera distinta de terminar el día.

Jon Uriarte: la vida del entrenador dentro del vóley

Por Mateo Barerio

Hay deportistas para los que el retiro significa abandonar aquello que hicieron durante toda su vida. Para Jon Uriarte, no fue así. Cuando dejó el vóley profesional en el año 1990, tras ser parte de una de las generaciones más importantes de la historia del vóley argentino, no se alejó de las canchas. Cambió de lugar. Uriarte había sido parte de la Selección Argentina que consiguió la histórica medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988. Ese equipo marcó un antes y un después porque puso al deporte en lo más alto, logrando visibilidad para el vóley nacional, y dejó a varios de sus integrantes (Hugo Conte, Waldo Kantor, Javier Weber, entre otros) como referentes de una generación. Sin embargo, para Uriarte, el final de su carrera como jugador no significó el final de su relación con el deporte.

Comenzó entonces una nueva etapa en su vida: ser entrenador.

Sus primeros pasos estuvieron ligados a Chacarita FC de Azul (1991-1993) y luego a Azul Voley Club (1993-2001). En Azul, la ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires, empezó a construir una idea que aparecería nuevamente en distintos momentos de su trayectoria: el vóley no solamente como competencia, sino también como espacio de formación.

Cristian Ventura, entrenador y exintegrante del proyecto de Azul Voley, describe a Uriarte como un tipo apasionado y perfeccionista. Pero también destaca una diferencia nacida de su experiencia en la cancha. “Como jugador vio algo que algunos de nosotros, que no hemos sido jugadores profesionales de altísimo nivel, no podíamos ver y él sí”, explicó Ventura.

Rodolfo “Fito” Pauluzzi, quien trabajó junto a Uriarte durante su etapa en Azul Voley, considera que su paso por la ciudad dejó una huella que excede los resultados. Destaca el trabajo que realizó para impulsar el vóley en Azul y defender el proyecto de Uriarte: “Todo lo que hizo por el vóley de Azul y defendía a la ciudad, al vóley y muchas veces también a los dirigentes”.

En su proceso en la Selección Argentina (2005-2008) aparecieron nombres que se convirtieron en protagonistas. Rodrigo Quiroga, Lucas Chávez y el mismísimo Luciano De Cecco fueron algunos de los jóvenes por los que Uriarte se decidió. Ventura destaca esa apuesta por los juveniles y recuerda el debut de De Cecco en el seleccionado mayor: “Había que tener mucho coraje para jugársela por los pibes; había que jugársela para hacer un recambio”.

La búsqueda de recambio para una nueva formación no se limitaba al aspecto técnico. Ventura recuerda que Uriarte incorporaba herramientas como la concentración, la respiración y la meditación, recursos que, según explica, le daban un plus a su trabajo y le permitían complementar la preparación técnica, táctica y atlética de los jugadores. Ahí aparece una de las características más importantes de su etapa como entrenador. Su legado no puede medirse solamente por los equipos en los que dirigió o los logros que consiguió, como la medalla de bronce en Seúl, sino también por los jugadores que ayudó a crecer.

Para Pauluzzi, esa evolución construyó una característica que atravesó toda la carrera de Uriarte: el profesionalismo. Lo define como alguien que no esperaba que las condiciones aparecieran por sí solas y que estaba dispuesto a hacer lo necesario para que el trabajo saliera adelante. Si había que limpiar el piso o las pelotas, lo hacía; si necesitaba estudiar al rival, podía pasar horas analizando videos. Esa exigencia no impedía que existiera un vínculo cercano con quienes compartían trabajo. Después de conquistar la Liga Nacional de la Confederación Argentina en la temporada 1993-94, cuando llegó el momento de recibir el premio, Uriarte no subió solo. “Me manoteó del brazo y me subí con él a recibir el premio”, recuerda Pauluzzi. La escena resume la forma de entender el vóley de Uriarte. La misma persona que podía pasar estudiando a un rival, detenerse en los detalles o exigirle al equipo hasta el último esfuerzo también entendía que los logros no se construyen en soledad.

Pauluzzi conserva una imagen de su estadía en Azul con Uriarte. Después de que un toro lo pateara, Uriarte llegó a un entrenamiento con un hematoma que le cubría desde la rodilla hasta la ingle. El equipo ya había terminado la entrada en calor, pero había un ejercicio que no le había salido al central del equipo. Llamó a un joven, se puso los pantalones cortos, se calzó las zapatillas y les explicó cómo realizar la acción, rematando una pelota que tocó la línea de 3 y después tocó el techo. “Si con un hematoma en toda la pierna, un jugador de vóley se quedaba sentado con hielo y esperando que lo venga a ver un médico. Y este loco demostró que ante la adversidad hay que imponerse, un loco lindo”, recuerda Pauluzzi.

Quizás ahí está la imagen que mejor resume a Jon Uriarte: el jugador que dejó de jugar pero que nunca dejó de estar adentro de la cancha.

Franco Florio: el argentino más rápido de la historia

Por Matías Huentelaf

El 29 de septiembre de 2022, Franco Florio se convirtió en el argentino más rápido de la historia, luego de lograr un tiempo de 10 segundos y 11 centésimas en los 100 metros llanos, en el Campeonato Sudamericano U23 de Brasil, con 22 años. Atrás habían quedado los 10s23 que compartían Carlos Gats desde 1998 y Gabriel Simón en 1999.

Florio conoció el atletismo en 2016, cuando su hermana Natalia -periodista- le consiguió una prueba con Javier Morillas, el entrenador que lo acompañó hasta 2025. Aquel día, Franco se presentó ante él y le dijo: “quiero saber si voy a ser bueno”. Morillas contestó: “Si tardás tanto, no sos rápido; si tardás esto, sos rápido; si tardás menos de eso, sos muy rápido”. Y le hizo una prueba de 80 metros en la pista del CeNARD. Tardó 9s2, mucho menos de lo que el entrenador consideraba. Un año después, en el  Campeonato Nacional Sub 18, en Concepción del Uruguay, Florio -que había ido como suplente de la Federación Atlética Metropolitana (FAM)- superó las series clasificatorias, llegó a la final y ganó.

Franco Florio junro a Javier Morillas

“Coco” -como le dice la familia- es el cuarto hijo de los cinco que tuvieron Silvina y Santiago. A los cinco años, de la mano de su hermano mayor, Pablo, llegó al rugby en Belgrano Athletic, donde se destacó en la posición de wing y formó parte de Los Pumas 7s. Hasta la llegada de la pandemia, siempre jugó a dos puntas: por un lado, la ovalada; por el otro, la velocidad. En 2020, Florio puso fin a su etapa como rugbier y comenzó a dedicarse al 100% al atletismo, pese a que en 2019 había logrado consolidar uno de sus mejores años deportivos: en marzo debutó en Los Pumas 7s; en octubre, rompió el récord argentino de los 100 metros en la categoría Sub 20, con 10s51, en Rosario; y, en el cierre del año, ganó con Belgrano el Seven de Mayores de la Unión de Rugby de Buenos Aires, donde anotó dos tries en la final frente a Alumni.

En los Juegos Olímpicos de Río 2016, Franco vio correr a Usain Bolt -su ídolo- y dijo: “Esto se ve divertido”. A partir de ahí, le pidió a su hermana si podía conseguirle una prueba y, mediante Gabriel Antonelli, quien trabajaba en prensa para la Secretaría de Deportes, conoció a Morillas que recuerda una de las primeras frases que le dijo cuando se presentó con la camiseta de Los Pumas a su primer examen: “Si no creyera que puedo correr por debajo de los diez segundos, no estaría acá”.

“Tiene una cabeza de otro planeta, no le gustaba perder a nada”, reconstruyó su ex entrenador.

Matías Sosa, psicólogo deportivo de atletas, agregó: “El atleta récord capaz no necesariamente siente menos presión o menos miedo que el resto, sino que aprendió a competir con esas emociones presentes. El foco está en mantenerse presente, ejecutar un plan y confiar en lo trabajado en los entrenamientos junto a los profesionales que lo acompañaron”.

Con esa mentalidad, acompañada de un físico privilegiado, Franco quedó -dos años antes- a una centésima del récord argentino en el Nacional de 2020 (10s24). Gats había marcado 10s23 en Lisboa, en julio de 1998, mientras que Simón igualó la marca en el Sudamericano en Bogotá, en junio de 1999. Meses antes, Florio había logrado superar el récord de los 100 metros con un tiempo de 10s21, pero el viento a favor impidió la homologación de la marca.

De lograr el tercer mejor tiempo a nivel nacional en los 100 metros, Franco obtuvo el Campeonato Nacional U23, los Juegos Panamericanos Junior de 2021 y la medalla de bronce panamericana ese mismo año. En 2022 se consagró campeón nacional en los 100 metros, obtuvo el bronce iberoamericano y sumó a la lista el oro en la Copa Nacional de Clubes Mayores.

Hasta que llegó el día soñado en el Campeonato Sudamericano U23, en Cascavel, Brasil. El 29 de septiembre de 2022, Franco Florio se convirtió en el argentino más rápido de la historia: batió el récord de los 100 metros llanos con un tiempo de 10s11. Tuvieron que pasar 24 años para que nuevamente un atleta lograra superar los 10s23. “Los récords son consecuencia del trabajo”, destacó Gats, ex dueño de aquella marca histórica. El logro le valió, a fin de año, el Olimpia de Plata en Atletismo 2022, el Premio Jorge Newbery y la distinción del Comité Olímpico por los Juegos Odesur.

El hombre récord ya pertenece al selecto grupo de deportistas de alta competencia que pueden destacarse en más de una disciplina, como Martín Terán (rugby y fútbol), Oscar Furlong (básquet y tenis), Carlos Menditeguy (automovilismo y polo) y Vicente Pernía (fútbol y automovilismo). No se relaja y sigue compitiendo: en 2026, después de seis años, volvió al rugby en el Supersevens de Biarritz con Racing 92 de Francia. “Porque quiero terminar algo que empecé”, expresó.

Yésica Bopp, una campeona que enseñó a “caminar con campeones”

Por Federico Oliver

Yésica Bopp construyó su lugar entre las grandes campeonas del boxeo femenino a fuerza de técnica, constancia y mentalidad ganadora. Sus compañeras y entrenadores recuerdan algo más que sus títulos: la huella de una referente que hacía del gimnasio una escuela. “Uno para ser campeón tiene que caminar con campeones”, dice Danila Ramos, amiga y compañera cuando dio el salto al boxeo profesional en 2014 y se mudó a la Argentina, donde compartieron campamentos y rutinas de entrenamiento. Ramos, con un registro más íntimo, la llama su “madrina boxística”.

Sus 1,50 metros rompían con la idea de que una boxeadora debía imponerse desde lo físico. Nacida en Wilde el 11 de abril de 1984, Yésica Bopp construyó una carrera que poco tuvo que ver con los centímetros de su cuerpo y convirtió esa aparente desventaja en parte de su identidad sobre el ring. Combinaciones rectas, desplazamientos y lectura de sus rivales fueron las herramientas con las que construyó un estilo propio y encontró su manera de imponerse.

El entrenador Juan Manuel Ledesma fue el técnico principal durante la mayor parte de la carrera y el reinado mundial de Bopp en la categoría minimosca; notó algo distinto en ella. Decía que los fundamentos técnicos y la estrategia se trabajaron “a la perfección”. Tres palabras desplazan el elogio fácil: disciplina, compromiso y empatía. La última importa. Ledesma la describe como una líder innata y generosa.

Yésica Bopp junto Alejandro Silva y Juan Manuel Ledesma

A los 16 años comenzó a entrenar con Delfino Pérez en el gimnasio de la Escuela Municipal Pascual Pérez. La decisión no fue sencilla: encontró resistencia familiar y tuvo que abrirse camino en un ambiente en el que las mujeres todavía peleaban por ocupar un lugar propio. Sin embargo, la incomodidad inicial funcionó como combustible. Lo que empezó como una elección personal se transformó en una carrera que la llevó a representar a la Argentina y a convertirse en una de las figuras más reconocidas del boxeo femenino.

Su debut profesional llegó en enero de 2008 en el Polideportivo Municipal de Villa Gesell por la categoría minimosca y consiguió la victoria con un nocaut técnico sobre Soledad Macedo. Cerca de fin año obtuvo el título interino minimosca de la Asociación Mundial de Boxeo ante la venezolana Ana Fernández; en 2009 sumó la corona de la Organización Mundial de Boxeo. Defendió su campeonato minimosca de la AMB durante 13 años, 3 meses y 7 días, un reinado que Guinness World Records reconoció como el más largo de un título mundial para una boxeadora.

El final de su reinado llegó en Panamá, el 11 de marzo de 2022. Jessica Nery Plata la venció por decisión dividida en diez asaltos y puso fin a una etapa que había comenzado en 2008. Dos tarjetas favorecieron a la mexicana y una a Bopp, en una pelea cerrada que terminó con sus 23 defensas del cinturón de la AMB. La derrota, sin embargo, no significó el final.

Después de perder el título apareció otra dimensión de su carrera: la capacidad de volver a empezar cuando el resultado ya no acompaña a la historia que se había construido. Durante trece años había sido la campeona que todas querían destronar. Después de aquella derrota en Panamá tuvo que ser una boxeadora que ya conocía la cima y debía decidir qué hacer cuando esa cima quedaba atrás. Su regreso el 20 de octubre de 2023 en Tijuana, México, donde venció por puntos en decisión dividida a la local Graciela Cortés Aguilar mostró que el legado no dependía de conservar para siempre un cinturón, sino de seguir encontrando motivos para ponerse nuevamente los guantes.

“En las competencias siempre se ponía ansiosa y eso había que controlarlo”, retoma su entrenador Ledesma, tanto sus fundamentos técnicos como la estrategia de combate fueron aspectos que trabajaron a la perfección a lo largo de su carrera. En ese aprendizaje se mide su dimensión. Siempre estaba dispuesta a ayudar.

Sus números profesionales son de 39 victorias, 17 por nocaut; y tres derrotas en 42 peleas, una cuenta necesaria pero incompleta. Miden la regularidad, no la enseñanza que una compañera recibe.

Ramos sostiene que gran parte de lo que sabe y dice sobre el boxeo profesional se lo enseñó Bopp. Su influencia no quedó limitada al entrenamiento: Bopp consiguió que una pelea de boxeo femenino también pudiera convertirse en una forma de representación. Su presencia en los medios, la forma en que construyó su identidad como mujer y deportista y su disposición para hablar de la preparación detrás de cada combate ayudaron a ampliar el lugar que una boxeadora podía ocupar dentro y fuera del ring. Su legado también se construyó fuera de los cinturones: la disciplina y la experiencia acumulada durante su carrera la llevaron a convertirse en capitana del seleccionado argentino.

Yésica Bopp junto a Danila Ramos

Bopp fue veloz, precisa y difícil de encontrar para sus rivales. Para quienes caminaron a su lado, en cambio, estuvo cerca: elevó el nivel, enseñó sin bajar la exigencia y dejó una idea simple para que otras pudieran seguir peleando: una campeona no es una figura lejana. Es alguien con quien se aprende a caminar.

Delfina Pignatiello: de nadadora a artista

Por Luca Canga

Las piernas temblaban, los brazos se agitaban en forma de descargo y su cara era inexpresiva. Delfina Pignatiello en minutos iba a nadar en Tokio 2020, su primera vez en un Juego Olímpico. En su cabeza tenía la presión de un país exigente y expectante por ella. “El futuro de la natación argentina”. Los resultados: octava en 1500 y en 800 metros. La gente de su propio país para la que ella nadaba se volvió su peor pesadilla.

Ahora es 2026. Ya no se escuchan los sonidos de los braceos ni del agua. Solo el ruido de los clicks que vienen de la cámara que Pignatiello lleva en sus manos.

Pese a la corta edad de 18 años, en sus comienzos los buenos rendimientos fueron los que la hicieron competir contra las mejores. Todo parecía apuntar a que iba a llegar a lo más alto de la natación argentina. La primera gran prueba vino en 2018: los Juegos Olímpicos de la Juventud, en Buenos Aires, en los que obtuvo dos medallas de plata, en 400 y en 800 metros libres. Donde daría de qué hablar fue en los Juegos Panamericanos de Lima 2019: tres medallas doradas en 400, 800 y 1500 metros libres.

 

El retiro

Las críticas que recibió después de Tokio fueron uno de los puntos de quiebre que la llevaron a replantearse su relación con la competencia. “Fue llegar de los Juegos y recibir mensajes de gente de tu propio país diciéndome: ‘Sos una fracasada de mierda’”, contó en DEPORTV el 11 de agosto de 2022. El viernes 3 de junio de ese mismo año realizó un posteo en Instagram y dijo que daba un paso al costado del alto rendimiento. También reveló que se había comprado una cámara profesional de fotografía y que iba a emprender un nuevo camino artístico. “Me hizo soñar de vuelta”, dijo en esa misma publicación respecto de su nueva etapa.

Las redes explotaron. Medios de comunicación nacionales la llamaron para que fuera a contar la razón de su decisión ¿De verdad era difícil darse cuenta? Los halagos por sus buenos rendimientos se transformaron en insultos luego de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Su mente empezó a jugarle una mala pasada; creía que las personas que se le acercaban lo hacían por interés y comenzó a generar miedos. “Las medallas las tengo colgadas en mi casa y no me generan nada”, explicó en OLGA ¿Puede alguien dejar de ser quien fue?

Quizás el problema ya no era lo que los demás esperaban de ella, sino lo que Delfina esperaba de sí misma. Desde sus 12 años, su vida estuvo marcada por entrenamientos, competencias, medallas y objetivos que parecían no tener fin. Había conseguido aquello por lo que tanto había trabajado, clasificar a los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Pero una vez que llegó, su cabeza había cambiado. La natación, que durante toda su vida había sido parte de su identidad, ya no le generaba la misma pasión.

 

Una nueva identidad

El alejamiento de Pignatiello de la natación no fue solamente de las competencias. También se alejó del ambiente que había sido parte de su vida. Su antiguo entrenador, Gustavo Roldán, quien la acompañó durante gran parte de su carrera, reconoce que después de dejar el alto rendimiento no volvieron a tener contacto. “No sé por qué no nos volvimos a ver”, contó. Pignatiello tampoco volvió al club Municipal de San Isidro, ni a los entrenamientos, ni mantiene relación con sus ex compañeros. “Ella se alejó del ámbito de la natación”, explicó su ex entrenador.

Roldán tampoco puede responder qué aspectos de aquella Delfina siguen presentes en la actualidad. “No sé, no hablamos más”, dijo.

 

¿Quién soy ahora?

Dejar de competir implica perder una rutina de horas de entrenamiento, gimnasio y recuperación, un grupo de pertenencia, determinados objetivos y un proyecto asociado a un futuro. Para una persona que construyó su identidad alrededor de la natación desde muy chica, ese cambio puede convertirse en una especie de duelo. “Termina una versión de uno mismo que deja de existir”, explicó la psicóloga Ana María Vaernet.

Construir una nueva identidad tampoco es sencillo. Después del retiro aparece una pregunta inevitable: “¿Quién soy después de todo eso?”. Según Vaernet no hay que borrar aquella versión, sino integrarla: “Ese también soy yo, forma parte de mi historia, me dio herramientas, pero no determina todo lo que voy a ser de ahora en adelante”.

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La fotografía se convirtió en una de sus principales formas de expresión. En 2026 presentó Ninfas, su primera muestra individual, una serie de fotografías subacuáticas en la que explora el cuerpo, el agua y el vínculo entre mujeres. El proyecto incluso recibió el segundo premio del Latin America Youth Award de Walk of Water.

Quizás en esa forma de entender el pasado esté la clave para comprender a Pignatiello: la nadadora que fue no desapareció, pero tampoco tiene que definir quién es hoy. En 2022 dejó el alto rendimiento y encontró en la fotografía una nueva forma de expresarse. Los entrenamientos, las competencias y las medallas quedaron atrás, pero aquella Delfina sigue formando parte de su historia.

Cuando el deporte no alcanza: los suicidios que también dejaron una pregunta

Por Federico Oliver

En el deporte, muchas veces la mirada está puesta en el resultado. Una victoria, una derrota, una lesión, un pase o una convocatoria pueden ocupar titulares y convertirse en el centro de la vida de un atleta. Pero detrás de esa exposición existe una persona. Los suicidios de deportistas y exdeportistas volvieron visible una problemática que durante mucho tiempo tuvo poco espacio dentro del ambiente deportivo: la salud mental.

En el fútbol argentino y sudamericano existen distintos casos que abrieron debates sobre la presión profesional, las lesiones, la depresión, los problemas personales y la dificultad para pedir ayuda. Entre ellos aparecen los de Mirko Saric, Julio César Toresani, Alberto Vivalda y Santiago “Morro” García.

No se trata de encontrar una única explicación para estas muertes. Cada historia tiene su propio contexto y no puede reducirse a un resultado deportivo, una lesión o una situación puntual. Pero sus historias permiten observar algunas de las dificultades que pueden atravesar quienes construyen su vida alrededor del deporte.

Mirko Saric: cuando una carrera se detiene

En el año 2000, Mirko Saric tenía 21 años y era futbolista de San Lorenzo. Su caso quedó como uno de los más recordados del fútbol argentino. Atravesaba un cuadro de depresión profunda y su situación estaba acompañada por lesiones y problemas personales.

Su historia también aparece vinculada a las expectativas que rodeaban su carrera y a una lesión que interrumpió su desarrollo deportivo. A una edad en la que el futuro profesional parecía estar por delante, el fútbol dejó de ser solamente una actividad: también representaba una parte importante de su identidad.

El caso permite plantear una pregunta que atraviesa muchas carreras deportivas: ¿qué sucede cuando aquello que define la vida de un atleta deja de estar disponible?

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Julio César Toresani: después de la cancha

Julio César Toresani fue futbolista de River Plate, Boca Juniors y Colón, entre otros clubes. Murió en 2019, a los 51 años, después de atravesar un período marcado por problemas personales, familiares y económicos y una larga depresión. Su historia también pone el foco sobre una etapa que suele quedar fuera de las conversaciones deportivas: la vida cuando termina la carrera.

El retiro implica dejar una rutina, un ambiente y un rol que pueden haber acompañado a una persona durante gran parte de su vida. Por eso, se intenta plantear la necesidad de pensar qué ocurre cuando un deportista pierde el entorno y la identidad que construyó alrededor de la competencia.

Morro García: cuando aparece el aislamiento

En febrero de 2021 murió Santiago “Morro” García, delantero uruguayo y referente de Godoy Cruz. Tenía 30 años y atravesaba un cuadro depresivo.

Su caso generó una discusión dentro del fútbol profesional sobre la situación de los jugadores cuando son apartados de un plantel, el aislamiento y la necesidad de contar con contención psicológica en momentos de crisis.

El debate que dejó su historia excedió al propio jugador: puso sobre la mesa cuánto acompañamiento recibe un futbolista cuando deja de ocupar el lugar que habitualmente tiene dentro de un equipo.

@elefutbol La triste historia del Morro García. Cuidemos la salud mental. ##morrogarcia##sebastiangarcia##morro##godoycruz##nacionaluruguay##saludmental##depresion##futbol##deportesentiktok ♬ sonido original – ELEFUTBOL

Robert Enke y una enfermedad que permaneció oculta

Fuera de Argentina aparece otro caso que se convirtió en una referencia para hablar de salud mental en el fútbol: el del arquero alemán Robert Enke.

Enke había jugado en instituciones como Barcelona y Tenerife y llegó a representar a la selección alemana. En 2009 murió a los 32 años. Su historia permitió visibilizar la depresión en el fútbol de elite y el temor que puede existir alrededor de mostrar una enfermedad mental dentro de un ambiente donde el rendimiento ocupa un lugar central.

Su caso mostró una contradicción difícil de ignorar: un deportista puede estar en la cima de su profesión y, al mismo tiempo, atravesar un profundo sufrimiento que no resulta visible para quienes lo rodean.

Cuando el problema también está en el cuerpo

La salud mental de los deportistas tampoco puede analizarse solamente desde las emociones. En algunas disciplinas, especialmente aquellas en las que existen impactos físicos repetidos, también se estudian las consecuencias neurológicas de determinadas prácticas.

Los casos de Junior Seau y Aaron Hernandez, jugadores de fútbol americano cuyas autopsias revelaron encefalopatía traumática crónica (ETC). Esta enfermedad está relacionada con traumatismos craneales repetidos y puede afectar distintas funciones cerebrales.

Estos casos abrieron una discusión dentro de la medicina deportiva sobre la relación entre los golpes repetidos y la salud cerebral de los atletas.

No significa que todos los suicidios de deportistas puedan explicarse por una causa neurológica. La salud mental es un fenómeno complejo y cada caso debe analizarse individualmente.

La identidad también juega

¿Qué queda cuando un deportista ya no puede competir?

Una carrera deportiva puede comenzar durante la infancia y ocupar años de entrenamiento, competencia, viajes, vínculos y objetivos. Cuando una lesión, el retiro o la desvinculación de un club interrumpe ese recorrido, también puede aparecer un vacío.

Se identifica la falta de preparación para una vida más allá del deporte como uno de los factores que deberían ser considerados. A esto se suma la deshumanización del atleta y el estigma que todavía existe alrededor de pedir ayuda.

La idea de que un deportista tiene que ser fuerte todo el tiempo puede convertirse en una barrera. Si admitir que algo no está bien es interpretado como una señal de debilidad, pedir ayuda se vuelve más difícil.

Más allá de los nombres

Cada uno de estos casos tiene una historia diferente. No existe una única causa que permita explicar el suicidio de un deportista y tampoco corresponde convertir estas muertes en una lista de tragedias.

Lo que sí comparten es haber generado preguntas sobre el lugar que ocupa la salud mental dentro del deporte.

¿Qué sucede cuando un jugador es tratado solamente como un producto? ¿Qué herramientas existen cuando una lesión modifica una carrera? ¿Quién acompaña al atleta cuando queda fuera de un equipo? ¿Está preparado para una vida después del retiro? ¿Puede hablar de lo que siente sin temor a ser considerado débil?

La respuesta no puede estar únicamente en el deportista.

Clubes, federaciones, entrenadores, compañeros y familias forman parte de las redes que pueden acompañar a una persona durante los distintos momentos de su carrera. La salud mental no debería aparecer solamente cuando ocurre una tragedia.

Porque detrás del jugador, del resultado y de la camiseta hay una persona. Y antes de preguntarnos cuánto puede soportar un deportista, quizás sea necesario preguntarnos cuánto estamos haciendo para que no tenga que soportarlo solo.

Si una persona atraviesa una crisis emocional o necesita hablar con alguien, en Argentina puede comunicarse con la Línea 135 de prevención del suicidio. También se encuentra disponible el 0800-345-1435 desde todo el país. Ante una emergencia, también puede recurrirse al 911.

“Uno de 83 millones”: el mensaje de unidad con el que Klopp inició su ciclo en Alemania

Por Ignacio Mazzo

Jürgen Klopp comenzó su ciclo al frente de la selección de Alemania en reemplazo de Julian Nagelsmann. En su primera conferencia de prensa en Frankfurt, el técnico llamó la atención al lucir una gorra con la frase “Uno de 83 millones”. Su aparición generó impacto ya que, en pleno auge de la extrema derecha, el técnico germano -vinculado a la izquierda- fijó su postura frente a la situación política de su país.

El texto de la prenda hace referencia a la cantidad de habitantes que tiene Alemania. Al ser consultado sobre su significado, Klopp explicó que busca transmitir un “patriotismo positivo” a través del deporte. “Quiero recuperar la bandera. No quiero que cuando alguien la ondee, otro piense: ‘¿qué haces?’”, afirmó el entrenador.

Sus declaraciones se dieron tras la reciente victoria en las elecciones estatales del partido antiinmigración Alternativa para Alemania, donde obtuvo casi el 44% de los votos en el antiguo estado alemán oriental de Sajonia-Anhalt el 6 de septiembre y espera buenos resultados en las elecciones del domingo en Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental.

En ese contexto, el DT señaló que le gustaría que las personas estén contentas de vivir en su país y agregó: “No quiero dejar el orgullo nacional en manos de las personas equivocadas”. Según indicó, su objetivo principal es que el fútbol ayude a desarrollar un sentimiento de comunidad entre los ciudadanos.

 

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Durante la conferencia de prensa, Klopp expresó su molestia por la filtración previa de la lista de convocados y calificó como miserable que alguien gane dinero con esa información. Pese a ese malestar, remarcó su deseo de unir al país y fue claro sobre lo que pretende del equipo: “Debemos volver a disfrutar de jugar en nuestra selección. No tenemos que detenernos más en las cuestiones políticas que rodean al deporte, tenemos que recuperar la bandera”.

En el plano deportivo, el seleccionador dio a conocer una nómina de 44 jugadores, repartidos en dos grupos de 22, para afrontar los cuatro compromisos de la Liga de Naciones de la UEFA. La intención del entrenador es ampliar el abanico de alternativas y conocer de cerca a la mayor cantidad de futbolistas posible. El primer equipo jugará ante Países Bajos el 24 de septiembre y Grecia el 27. En tanto, el segundo conjunto se enfrentará a Serbia el 1 de octubre y nuevamente al combinado griego el 4.

La intimidad del proceso de Fernando Ferrara al mando de Las Leonas

Por Agustín González Sánchez Jáuregui

La impaciencia se ha vuelto moneda corriente en la Argentina en estos tiempos. La necesidad del resultado inmediato es cada vez más común. Fernando Ferrara tomó el mando de Las Leonas luego de la derrota frente a Países Bajos en la final de los Juegos Olímpicos de Tokio 2021, en los que fue parte del cuerpo técnico de Carlos “Chapa” Retegui. Antes de la obtención de la tercera estrella como entrenador del seleccionado femenino fue campeón de la Hockey Pro-League 2021-2022, dos veces campeón de la Copa Panamericana en 2022 y 2024 y de los Juegos Panamericanos de Santiago 2023 que otorgaron clasificación directa a la cita olímpica del siguiente año. Pero atravesó dos duras derrotas: la final del Mundial de España-Países Bajos a los 6 meses de asumir el cargo y la semifinal de los Juegos Olímpicos de París. Ambas frente a las neerlandesas. Estas derrotas pesaron más que los títulos obtenidos y Ferrara comenzó a ser cuestionado, incluso por ex jugadoras, que quedaron fuera del proceso. 

– La renovación del plantel que realizaste llevó a que referentes queden afuera. ¿Qué podés decir en respuesta a todo lo que se dijo?

-La respuesta a esto la tengo en el resultado. En todos los seleccionados del mundo es necesario el recambio y los entrenadores tenemos el rol de tomar decisiones. El trofeo marca el proceso de 4 años luego de la final de 2022.

– ¿Te costó agarrar el equipo y al poco tiempo llevarlo a una instancia definitiva?

-El equipo venía bien, en Tokio habían sacado medalla de plata. Luego de eso hubo varias bajas, se hizo una primera renovación y fue trabajar en esos seis meses para darle una nueva esencia. Pero no era tiempo suficiente para la revolución que se hizo después.

-¿Cómo pesaban las derrotas frente a Países Bajos antes de la final?

-Pesaban en el sentido de que no la queríamos dejar pasar. Era una revancha. En la final en Tokio tampoco se fue competitivo como uno quería y por eso ajustamos el entrenamiento y vino la renovación; gracias a ello llegamos a esta final con la intensidad y el protagonismo que se vieron en la cancha, donde ganamos en posesión, córners cortos, ingresos al área y en el resultado.

-¿Qué hablabas con las jugadoras en los descansos de la final? Porque si bien estaban teniendo la posesión y llegando mucho la pelota no entraba.

-Seguir dándoles confianza y decirles que estábamos bien. Nos hacen el gol en un momento muy difícil, 50 segundos antes de irnos al vestuario, por eso me junto con Santi (Capurro) para unificar el mensaje. Antes de entrar al vestuario escuchamos que las chicas entre ellas se decían lo mismo, por eso no fue otra cosa que apoyar ese estado de ánimo e intensificarlo. Les dijimos que el resultado no lo podíamos controlar pero sí lo que podíamos hacer en estos últimos dos cuartos. Qué será lo mismo que están haciendo ahora muy bien y el gol va a llegar. Ese fue el mensaje.

-Si arrancaban ganando la final, ¿hubieras retrocedido unos metros en la cancha cediendo la posesión o hubieses atacado igual todo el partido? 

-No hubiésemos cambiado el plan. Para mi la mejor defensa es un buen ataque. Las diferentes fases del juego te llevan a tener que saber defender. Pero me gusta más la defensa de la presión sobre la bola y recuperarla tres segundos después de la pérdida.

– ¿Te sorprendió que no le hayan dado el premio a mejor arquera a la ‘China’ Cosentino, quien fue clave en momentos decisivos? 

-Sí, porque no solo en la final hizo atajadas que fueron pinceladas como la del ¨Dibu¨ para ganar la Copa del Mundo, sino que siempre fue determinante. Creo que hubiese sido un justo reconocimiento.

-A dos años de los Juegos Olímpicos no puedo evitar preguntarte por una nueva renovación. Aunque hay tantas jugadoras jóvenes en el equipo, ¿quizás la idea sea impulsar este plantel de cara a 2028? 

-Eso se ve en el proceso. Ahora se arrancará con el mismo equipo salvo que alguna tome un decisión diferente y después se sumarán jugadoras nuevas del junior y a partir de ahí la competencia para llegar con el mejor equipo al juego olímpico de Los Ángeles.

-Varias de Las Leonas al regresar al país se quejaron de la falta de apoyo estatal, ¿cómo lo ves desde adentro? 

-Soy agradecido a lo que hoy tenemos porque entiendo que la situación del país no es fácil. Agradezco a la Confederación de Hockey, ENARD y a la secretaría de deportes por lo que nos dieron hasta ahora. Está claro que no alcanza, pero ocurre en todos los aspectos del país, así que ojalá se puedan mejorar las condiciones. No solo de las instituciones sino del acercamiento de más sponsors, que si le apuestan al hockey somos potencia mundial junto con Los Leones, tenemos dos equipos en el top 3, peleando en lo más alto y de cara al Juego Olímpico apuntamos muy alto, por lo que sería una buena inversión.

-¿Crees que quizás el apoyo debería venir más del privado que del Estado?

-También si, en este momento todo lo que se pueda mejorar es bienvenido.

-Por último, ¿qué te gustaría dejar inculcado en Las Leonas?

-Creo que ya tienen inculcado valores de hace tiempo. Es seguir manteniendo que el país y la camiseta están por delante y son más grandes que cada uno de nosotros.

El otro partido de Leandro Lozano

Por Matías Cohen

Leandro Lozano volvió este martes al Morumbí. Dos años habían pasado desde la última vez que el defensor uruguayo había pisado ese estadio con la camiseta de Nacional de Uruguay, aunque no todo lo que ocurrió aquella noche había quedado atrás.

El estadio era el mismo. Las tribunas, las mismas. El rival, también. Pero Lozano ya no llevaba la camiseta de Nacional. Esta vez vestía la de Boca y volvía a San Pablo por una historia completamente distinta.

Para entender lo que significó este regreso hay que volver al 22 de agosto de 2024.

Aquella noche, Nacional había llegado al Morumbí para enfrentar a San Pablo por los octavos de final de la Copa Libertadores. Lozano era titular. Y en el banco del bolso esperaba Juan Izquierdo.

El partido llegaba a su final cuando Juan, ingresado en el entretiempo, cayó al césped a minutos de terminar el encuentro. El defensor uruguayo se desvaneció en mitad de cancha y la preocupación ocupó rápidamente el lugar. 

Lozano estaba ahí.

San Pablo terminó ganando 2-0, pero el resultado quedó relegado a un segundo plano. Aquella noche, el fútbol dejó de ser lo importante.

Izquierdo fue trasladado a un hospital de San Pablo. Cinco días después, el 27 de agosto, murió a los 27 años a causa de un paro cardiorrespiratorio asociado a una arritmia cardiaca. 

Lozano había compartido cancha con él aquella noche. También había compartido vestuario, viajes y años de fútbol. Juan era su compañero, su amigo. Y aquella terminó siendo la última vez que lo vio.

El Morumbí quedó asociado para siempre a ese recuerdo.

Pasaron dos años hasta que Lozano volvió a caminar por los mismos pasillos, a salir por el mismo túnel y a pisar el mismo césped. El 15 de septiembre de 2026, el fútbol volvió a ponerlo frente a San Pablo, pero esta vez con la camiseta de Boca.

Había algo distinto, aunque el escenario no hubiera cambiado.

En medio de ese regreso, Lozano marcó su primer gol con la camiseta azul y oro. Se arrodilló y mandó un beso hacia el cielo.

Después del partido, explicó el motivo de ese gesto y volvió a hablar de aquella noche.

“Quiero mandarle un saludo a la familia de Juan Izquierdo. En esta cancha hace dos años perdí a un compañero”, dijo Lozano.

No hacía falta explicar demasiado. 

El Morumbí había sido el escenario de una noche que Lozano nunca hubiera querido vivir. Dos años después, también fue el lugar de uno de los momentos más importantes de su carrera, metiendo a Boca en una nueva semifinal de Copa Sudamericana. Aunque cómo había sucedido dos años antes, para él, no fue un partido cualquiera.

Entre una noche y la otra Lozano cambió la camiseta y el motivo de la visita. El estadio, en cambio, siguió siendo el mismo.

Y el recuerdo de Juan Izquierdo siguió estando ahí.