lunes, marzo 30, 2026
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Emiliano González, un ejemplo de cómo sembrar memoria

Por Santiago Peñoñori Gaona

No le gusta el fútbol, pero su amigo trabaja en prensa del club y él lo acompaña. Llega al estadio Tres de Febrero y no entiende lo que pasa. Los equipos ingresan a la cancha, se forman y, lejos de llamarle la atención alguna cuestión táctica, lo alerta otra cosa. Cree que el centrodelantero del equipo se llama Unión Ganadera; ve que los laterales también llevan ese nombre en la espalda; imagina que puede tratarse de una publicidad, aunque duda. El capitán y arquero no lleva puesta la misma vestimenta que sus compañeros. Si tiene una camiseta distinta, será como en el vóley, piensa. Tambu… Tamburii… Tamburrini. ¿Qué marca es Tamburrini? El capitán de Almagro lleva una camiseta con ese nombre. ¿Cuánta plata puso ese tal Tamburrini para que todo el estadio lo aplauda de pie? 

“Parate, nene”, le dice un plateista de esos que besa el mismo plástico del mismo asiento con su culo desde que el mundo era en blanco y negro. “No hay minutos de silencio, acá es minuto de aplausos. Sería contradictorio hacer un minuto de silencio por Claudio”, agrega. ¿Quién es Claudio?, le consulta. El viejo lo mira extrañado y, una vez finalizado el aplauso, le señala con el índice de su mano la butaca; luego se lo lleva a sus labios rogando silencio y comienza con el sermón:

Claudio Tamburrini es exfutbolista, filósofo, escritor y dramaturgo. Estudiaba Filosofía y militaba en la Federación Juvenil Comunista, cuando fue secuestrado el 23 de noviembre de 1977 y trasladado a la Mansión Seré en Castelar, un centro clandestino a cargo de la Fuerza Aérea. Como Albert Camus, era arquero y atajaba en Almagro, club en el que, al igual que el filósofo francés, no solo aprendió de  fútbol.

Estuvo detenido 120 días en los que sufrió todo tipo de tortura. Su libro “Pase Libre: La fuga de la Mansión Sere” y la película “Crónica de una fuga”, basada en él, narran los hechos con lujo de detalles. Allí, Tamburrini reconoce haber creído que la detención era una simple confusión, pero los incesantes picanazos en su cuerpo le demostraron lo contrario. Con arrojo y acompañado de tres compañeros de cautiverio (Daniel Russomano, Guillermo Fernández y Carlos García) pudo escapar el 24 de marzo de 1978 en una noche de tormenta. El día que se cumplían dos años del golpe de estado perpetrado por las Fuerzas Armadas contra María Estela Martínez de Perón. En 1979 emigró a Suecia, país en el que hoy vive y donde construyó su vida, alejado de las tierras que lo vieron nacer.

Hasta allí le resume la historia el viejo plateista y lo deja recalculando. Motivado por la curiosidad, en el camino de regreso a su casa le escribe a su amigo que trabaja en el departamento prensa del club tricolor. Necesito el número de Tamburrini, le dice. “¿De Tamburrini?”, le responde asombrado el amigo, y en el mismo instante se da cuenta de que lo que necesita es el número de Emiliano González. El arquero y capitán de Almagro que homenajeó a Claudio Tamburrini en el partido contra Quilmes. Se lo pasa. El joven no duda en llamarlo: 

-¿Conocías la historia de Claudio Tamburrini?

-No, no la conocía. Me la contaron resumida antes de entrar a la cancha y después, cuando llegué a mi casa, me puse a leerla y vi la película. Es una historia muy conmovedora.

-¿Cómo surgió la idea?

-Fue una idea del club. La camiseta la llevamos puesta el arquero suplente y yo con mucho orgullo. 

-¿Generó alguna repercusión en el vestuario?

-Todos lo aceptaron sin problemas. Está bueno que esta generación más joven llegue a un acuerdo común respecto al tema. Es más, todos los chicos llevaron el pañuelo en el pecho de su camiseta.

-¿De qué manera crees que el fútbol puede aportar a la construcción de memoria de la sociedad?

-El fútbol moviliza un montón de gente y tiene mucho alcance, por eso está bueno aprovechar eso para tratar temas importantes como este. Además, que tantos clubes hayan hecho homenajes es bueno para la sociedad porque demuestra que lo que sucedió no le es ajeno a nadie. 

Cuelga el teléfono conmovido y sonríe. La charla con Emiliano González le sirvió para entender que de fútbol no sabe nada, pero el concepto de sembrar memoria le quedó clarísimo. 

 

Argentinos, por la identidad

Por Casandra Lacabe

La Comisión DDHH de Argentinos Juniors estuvo presente junto a sus socios y socias, en la Plaza de Mayo para conmemorar los 50 años de la última Dictadura Cívico Militar en Argentina.

Desde el 24 de marzo del 2025 se reúne como organización para convocar a las marchas a la par de sus hinchas. Mariel Alonso, integrante de la Comisión, justificó: “Venimos porque nuestro club tiene memoria, el Bicho tiene memoria, nosotros venimos trabajando dentro del club desde el año 2020”. Además, resaltó que este año tras un gran trabajo de investigación que comenzaron el año pasado, encontraron al octavo socio detenido-desaparecido y sostuvo: “Es una razón más para estar acá, entendemos que tanto el club fue parte de la identidad de los desaparecidos como ellos en nuestra identidad como club”. También, resaltó: “Por ahora son ocho los socios detenidos-desaparecidos identificados, como seguimos diciendo, la memoria es una construcción, seguimos trabajando para eso”.

Además, realizan talleres de derechos humanos y género con las diferentes disciplinas del club, presentaciones de obras de teatro y libros, este año están reeditando su libro, “El Bicho tiene memoria”, con la octava historia de vida del último hincha encontrado, José Eduardo “Tucho” Feldman, junto a más información de los otros siete hinchas detenidos-desaparecidos ya identificados.

Argentinos se enfrentó con Platense en la fecha 12 de la Liga Profesional y Mariel destacó la actitud de los jugadores, sobre todo, la de Alan Lescano: “Tuvimos la suerte de que para esta fecha futbolística, nuestro capitán salió con la cinta “Memoria, Verdad y Justicia”, y con el pañuelo en el pecho todos los jugadores”.

 

Lionel, ¿quién debe usarla si no estás?

Por Aldana Couso, Gael Roldán e Isabel López Romero

El volante ofensivo Thiago Almada fue elegido como el favorito de un sector de los hinchas argentinos para heredar la camiseta número 10 de la Selección Argentina, en caso de que Lionel Messi no pueda jugar algún partido del Mundial de Estados Unidos-México-Canadá 2026, ya sea por lesión, suspensión o descanso.

Un 33,75% sostuvo que Almada está en condiciones de asumir el peso simbólico del dorsal. Entre los encuestados que optaron por otra alternativa, el 70% mencionó a Alexis Mac Allister como el reemplazante ideal, de acuerdo con un total de 240 voces que respondieron la encuesta de Deportea.

“Tendría que ser alguien que nos represente y trascienda como lo fue Kempes, Maradona y Messi. Que sea figura y se destaque en la élite del fútbol mundial”, comentó Edgardo López al ser consultado.

Los resultados no sólo marcaron una preferencia, también reflejaron una sensación colectiva: el vacío simbólico que dejará Messi, y la búsqueda, aún incierta, de quién se animará a vestir el legado más pesado del fútbol argentino.

El mediocampista de La Pampa, hoy figura consolidada en Liverpool de Inglaterra, parece reunir las condiciones que la gente asocia con el dorsal número 10: inteligencia, temple y una elegancia silenciosa que no necesita alzar la voz para hacerse notar.

¿Por qué resulta inusual esta elección? Es de público conocimiento que el nacido en Santa Rosa no es un “10” clásico, sino, que cumple la función de un mediocampista teniendo más actuación en la defensa que en el ataque, más cercano al rol de “8”.

Sin embargo, esta elección podría interpretarse desde otro lugar: en el mundo del fútbol, ya se sabe que el número de camiseta ya no representa necesariamente la posición. Pero para algunos, Almada es la evidencia de que se puede representar el número “10” simbólica y posicionalmente: “Thiago es el que más se le acerca a Messi para jugar de eso, porque tiene habilidad, conducción y visión. Por salir de Vélez y no de Boca o River y por irse a la MLS, el público en general no lo tenía en cuenta, pero cuando se puso “la albiceleste” y lo vieron todos, demostró lo que vale. Si preguntás por la posición, voto por Thiago”, expresó Maia Álvarez, una de las encuestadas.

Por eso, el jugador de Fuerte Apache es una muestra de que la número 10 de la selección no significa sólo la posición: es una herencia, un honor y contiene una carga histórica llena de emoción para cualquier hincha argentino.

Desde Maradona hasta Messi, los portadores de esta camiseta simbolizaron el talento, la creatividad y ese tipo de juego que todo amante del buen fútbol sabe ver. Llevarla implica más que ocupar una posición dentro de la cancha: es ser parte de un grupo selecto de jugadores.

Quizás, los votantes ven en Mac Allister a un referente silencioso: campeón del mundo, regular en la élite europea y con un peso contundente dentro del grupo. Tal vez eso explique por qué muchos lo ven como el heredero natural, aunque su posición sea distinta: “Alexis hizo goles más importantes y salió campeón del mundo jugando un buen partido”, opinó Facundo Rojas.

Por otro lado, aparecen alternativas que ya utilizó Lionel Scaloni para portar esa camiseta, como Giovanni Lo Celso, Ángel Correa y Paulo Dybala, jugadores con trayectoria en la selección. Caso aparte, es el de Franco Mastantuono, quien vistió el dorsal y demostró tener ese carácter maduro de líder que representa el significado de ser el “10” del seleccionado. “Si es por el presente, podría ser Julián, si es por el futuro, podría ser Mastantuono. Aunque jueguen en distintas posiciones, tal vez sean los que más se puedan destacar y ser referentes de nuestro fútbol”, sostuvo Helena Rubiales.

En ese sentido, esta pregunta es inevitable: ¿La 10 debe pertenecer a un jugador que juegue de 10, o a aquel que simbolice jerarquía, compromiso y continuidad del legado?

Mientras tanto, aunque todos los futboleros tengan en claro lo que significa Messi, el capitán de los argentinos sigue vigente y demuestra partido a partido por qué es el dueño indiscutido de la “10” y ganó tantos títulos en su carrera.

Por tal razón, “reemplazar” a Messi, suena imposible. Quizás por eso la mayoría evita usarla o darle la 10 a una joven promesa, y prefieren que la lleve alguien consolidado. Esa camiseta es una oportunidad, que viene con una presión que puede motivarte o condenarte.

Crónica de un secuestro equivocado

Por Juan Osorio

Un operativo militar confundió una dirección y desató una noche de terror para una familia de Isla Maciel. La historia de Enrique Roberto Domínguez expone el funcionamiento cruel y caótico del Estado en tiempos de dictadura.

La noche del 18 de abril de 1976 parecía comenzar como cualquier otra en Isla Maciel. Era el cumpleaños número 28 de Enrique Roberto Domínguez, pero estaba en cama con gripe. En la cocina se encontraban su esposa, Rosa de Lourdes Ruiz; sus tres hijos, los mellizos y Daniel; su cuñado, José, y su amigo del puerto, apodado “Veneno”. No podían celebrar por su estado de salud, pero aun así habían ido a visitarlo.

De pronto, alrededor de las ocho de la noche, el primer piso de la casa quedó completamente rodeado por policías militares. Parecía que salían incluso desde el techo, todos armados con fusiles. En un instante, aunque para las víctimas fue una eternidad, irrumpieron en la vivienda y secuestraron a Enrique, a Veneno y a José.

Dos policías, uno calvo y otro con un ojo de vidrio, los metieron tapados, apretados, encimados, como piezas de Tetris, en un Valiant 2, hasta el punto de entumecerles el cuerpo por la falta de espacio. Cuando llegaron al destino y todavía sin poder ver, sintieron que el auto descendía como si bajara a un pozo. Al detenerse, los empujaron hacia el interior de lo que parecía ser un viejo comercio.

Dentro del lugar, en una especie de subsuelo, escucharon gritos, llantos, lamentos de hombres y mujeres, y un olor extraño, similar al hueso quemado, impregnaba el ambiente. Era, para ellos, la antesala de un verdadero infierno.

Cada dos minutos, contados con el reloj de Veneno, alguien venía a golpearlos y amenazarlos con enviarlos al sótano si no hablaban. Ellos, confundidos, seguían sin entender por qué los habían secuestrado.

En un momento los separaron. A Enrique lo llevaron ante el jefe del sector: un militar joven, alto, rubio y de porte firme, al que todos llamaban “Capitán”. Ambos se sentaron y mantuvieron una breve conversación: “Bueno, nos equivocamos. Así que, como calavera que no chilla, se van”, dictaminó el jefe.

A Enrique, con la sangre hirviendo y el estómago revuelto por la impotencia, no le cayó nada bien la forma en que el militar se dirigió a él después de la noche de terror que les habían hecho pasar. Al girar la cabeza alcanzó a ver, solo por un instante, a su cuñado caminando por el pasillo completamente empapado y con el mismo olor a hueso quemado que había percibido al llegar.

El Capitán, molesto por su reclamo, se levantó de golpe, cerró la puerta con violencia y le dijo a Enrique: “Mira, si vos te querés ir, te llevamos. Pero si queres gritar como todos los que tengo ahí abajo, te dejo gritando”. Enrique decidió quedarse en silencio y ceder. Le preguntó en qué se equivocaron para que los lleven y quién los había delatado. El militar le respondió: “no te puedo decir quién, pero nos dieron Mitre 370 y vos estás en el 71. Se equivocaron de número”.

Luego de esa conversación, reunieron nuevamente a los tres secuestrados y comenzó el viaje de regreso. A mitad de camino, el auto se quedó sin nafta y terminó tirado en un costado de la calle. Todos tuvieron que bajarse y empujarlo hasta la estación de servicio más cercana. Ninguno de los policías tenía dinero encima, por lo que Veneno les dio 50 pesos para llenar el tanque. A pesar de la ayuda de los tres hombres raptados, los militares seguían siendo hostiles con ellos y los volvieron a tapar antes de retomar el viaje.

Cuando finalmente llegaron a su hogar, las puertas estaban cerradas con llave. Los policías, impacientes, comenzaron a apurarlos con sus armas. Rosa, la esposa de Enrique, ya no estaba ahí: había escapado con sus hijos a la casa de su madre. Pasadas unas horas, la familia logró reencontrarse sana y salva.

Sin embargo, con el correr de los días, ocurrió exactamente lo que ellos habían padecido: los militares volvieron al barrio y repitieron el mismo operativo, pero esta vez en la dirección de enfrente, la que había sido denunciada desde un principio. Nadie supo qué fue de esa familia. Quizás, como tantos otros secuestrados, fueron tragados por el infierno.

Wim Rijsbergen, el futbolista holandés que fue a ver a las Madres a la Plaza

 Por Casandra Lacabe, Candela Guijo y Florencia Rodríguez Sánchez

Wim Rijsbergen se quedó afuera de la definición de la Copa del Mundo . El defensor sufrió una lesión en la rodilla en el tercer partido de fase de grupo que Holanda perdió 3-2 con Escocia, el 11 de junio, que lo marginó luego de haber sido titular en los dos primeros encuentros frente a Irán y Perú. Eso le permitió salir del hotel donde estaba hospedado todo el plantel y visitar la Plaza de Mayo para tomar contacto con la realidad política y social que atravesaba Argentina. Decidió ir en bicicleta acompañado por su compañero de selección, Wim Suurbier, ya que los médicos le recomendaron hacer ejercicio para recuperarse más rápido de sus lesiones.

Como cada jueves desde el 30 de abril de 1977, las Madres se reunían frente a la Casa Rosada para reclamar por sus hijos desaparecidos y secuestrados por la dictadura cívico-militar encabezada por Jorge Rafael Videla. “Vimos a las Madres con fotos de todos sus hijos desaparecidos y sus familias. ¡Fue muy conmocionante!”, sostuvo en una entrevista que dio a Télam 42 años después. Tuvo la oportunidad de hablar con Nora Cortiñas, titular de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, y 30 años más tarde, en 2008, se reencontró con ella en Amsterdam en la presentación de un libro sobre la Copa del Mundo, llamado “Fútbol en una Guerra Sucia”, escrito por los periodistas holandeses Marcel Rozer e Iwan Van Duren, denunciando que la junta militar utilizó el torneo para encubrir crímenes de lesa humanidad. Como siempre, ella estaba con un pañuelo blanco en la cabeza y tenía colgada del cuello una foto de su hijo Gustavo. Además, Rijsbergen escribió una columna para una revista y un diario de su país.

Otro jugador que fue hasta la Pirámide de Mayo fue el arquero Jan Jongbloed. Antes de ser titular en la final contra Argentina caminó desde el hotel en Retiro para observar a las Madres marchando con sus pañuelos característicos. Años después, admitió tener conocimiento sobre la Escuela de Mecánica de la Armada, donde funcionaba un centro clandestino de detención a pocas cuadras del Estadio Monumental, escenario donde se jugó la mayor cantidad de partidos y la ceremonia de apertura y final. También, Arie Haan y Ernie Brandts, dos de los futbolistas de Holanda que jugaron el Mundial, volvieron al país 40 años después y visitaron la Ex Esma.

Antes de llegar al país los jugadores tenían conocimiento sobre las personas desaparecidas y la violación de derechos humanos por parte de la dictadura, ya que previamente quedaron en medio de un debate nacional. Organizaciones de derechos humanos y civiles exigían apoyar al boicot organizado en Europa en 1977. Sin embargo, ellos y la federación decidieron separar las cosas: “Los jugadores manteníamos la política y el deporte por separado. Y además, ir al Mundial era una chance de hablar con la gente”, sostuvo Wim Rijsbergen.

La apertura del Mundial 78, desde la Plaza de Mayo

Por Lola Fariña Villaverde 

Entre banderas, aplausos y papelitos en el Estadio Monumental por el inicio de un nuevo Mundial, un grupo de mujeres realizaba una de sus rondas alrededor de la Plaza de Mayo, como todos los jueves desde abril de 1977, en reclamo por la desaparición de sus hijos. Sin embargo, ese 1 de junio fue distinto: a la misma hora en que comenzaba el primer partido del torneo, los periodistas neerlandeses Jan van der Putten y Frits Jelle Barend se dirigieron a la plaza para registrar lo que ocurría allí. Van der Putten acercó un micrófono a las madres y logró que, por primera vez, sus denuncias fueran transmitidas por televisión hacia Europa.

Dos semanas antes del inicio del Mundial, la presencia regular de las madres en Plaza de Mayo, se había convertido en uno de los contratiempos más serios para los planes de la Junta Militar. Con la mirada del mundo puesta en Argentina, la plaza –centro político, histórico y turístico del país– adquiría un valor clave en la disputa por la imagen internacional. Aquello que la dictadura intentaba ocultar, encontraba allí una evidencia difícil de ignorar: con su sola presencia, las madres exponían públicamente el reclamo por la desaparición de sus hijos.

La censura imperante que dominaba la prensa impedía que gran parte de la sociedad conociera lo que realmente sucedía en el país. El Mundial aparecía como una oportunidad para mostrar una Argentina ordenada y prolija, por lo que los medios destacaban los aspectos vinculados a la organización del torneo: la transmisión televisiva a color o el tiempo récord en el que se habían construído los estadios. El evento funcionaba como propaganda hacia el interior y exterior del país, ya que este era muy cuestionado por las violaciones a los derechos humanos. Al mismo tiempo, los medios evitaban críticas a la Selección y reproducían el discurso oficial: se estaba “ganando la guerra contra la subversión” y la economía mostraba signos de recuperación. 

Las desapariciones, detenciones clandestinas, presos políticos y las denuncias de familiares no tenían lugar en los medios de comunicación (a excepción del Buenos Aires Herald). A pesar de ello, esa información comenzó a circular fuera del país a través de los exiliados en Europa. Entre quienes difundieron esos testimonios estuvieron Van der Putten y Barend. Van der Putten se encontraba como corresponsal en Argentina desde 1973, tras el golpe de Estado en Chile, y había seguido desde sus inicios la historia de las Madres. Barend llegó como periodista de un semanario deportivo para cubrir el Mundial. Ambos fueron a la plaza ese día y ayudaron a que los crímenes de la dictadura cívico-militar argentina comenzaran a conocerse en el exterior.

Con una sola pregunta del periodista neerlandés, las madres encontraron un canal para expresarse luego de haber sido negadas por el gobierno. Mientras la mayoría de los medios transmitían la ceremonia de inauguración del Mundial, la televisión holandesa registró por primera vez aquellas rondas que las mujeres de pañuelo blanco realizaban alrededor de la Pirámide de Mayo. Mientras el estadio celebraba el comienzo del torneo, en la plaza empezaba a hacerse visible otra historia de la Argentina.

 

Marta Graña: “La dictadura comenzó con un retroceso similar al que tenemos en la actualidad”

 Por Agustín González

A 50 años del golpe de estado, Marta Graña, detenida durante la dictadura y actual secretaria de relaciones institucionales de la UATRE (Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores), advirtió sobre el paralelismo entre los contextos de aquel entonces y los actuales, tanto en la pérdida de derechos de los trabajadores como en materia económica y social. A su vez, Marta, contó su experiencia durante su detención y dejó bien en claro que ¨La memoria está más viva que nunca¨ ya que aún hay familias que buscan a sus seres queridos.

Graña tenía 20 años, ya era madre de su beba de 2 años y militaba en el Partido Justicialista en Huanguelén, donde era presidenta de la rama femenina y sostenía un merendero junto a sus compañeros y compañeras. La detuvieron mientras asistía a una mujer mayor cuya familia había sido desaparecida. ¨Me siguieron desde la sede del PJ, golpearon la puerta, la tiraron abajo y me tiraron al piso, panza abajo, estando embarazada¨, recordó sobre aquel día. Contó que la mantuvieron detenida en aquella casa durante días, alejada de su bebe que lloraba de hambre y recién a los dos días le dieron leche para poder alimentarla pero estaba podrida. Agregó que también detuvieron a un vecino cuando se acercó a preguntar qué pasaba.

Luego de mantenerla detenida durante días en aquella casa, fue trasladada por distintos puntos del pueblo con la cabeza cubierta por un toallón, estuvo privada de su libertad en una comisaría del pueblo y luego en una escuela, no volvió a ver a su hija hasta meses después de haber recuperado la libertad. ¨Quien lo vivió, no se lo olvida nunca más¨ , ¨Yo saldría gritando, ¿dónde están y qué hicieron con ellos?¨, sentenció.

Con cuatro décadas en la UATRE, insiste que es importante este día para no perder la memoria sobre los sucedido y se mostró preocupada por ciertos discursos actuales vistos en redes sociales, ¨Hay una falta de protagonismo y sumarse a ciertos discursos que propone el oficialismo no es bueno¨, dijo en referencia a expresiones que circulan en redes como burlas respecto a la fecha. Para la dirigente, el contexto actual no es idéntico al de los años previos al golpe, pero encuentra similitudes en el deterioro social y la pérdida de derechos, ¨No digo que sea lo mismo, pero hay similitudes¨, aclaró y agregó: ¨La dictadura también empezó con un retroceso para los trabajadores¨.

Marta remarcó que la mayoría de las víctimas del terrorismo de Estado fueron estudiantes o trabajadores, y subrayó la importancia de evitar cualquier retroceso en materia de derechos: ¨Argentina es un país de resistencia¨, concluyó.

 

La carrera más popular del mundo: La carrera de Miguel 

Por Valentín Ariza

Era atleta, tenía 25 años y volvía al país tras correr una carrera en Brasil y Uruguay, pero un grupo de militares ingresó a su casa y lo secuestró en la madrugada del 8 de enero de 1978, desde ese día nunca más nadie supo de él.

La historia de Miguel Benancio Sanchez, nacido un 6 de noviembre de 1952 comienza en la Ciudad de Bella Vista, Tucuman. Era el menor de 10 hermanos e hijo de Cecilia del Carmen Santillan y Arturo Benancio, un trabajador azucarero el cual se vio gravemente afectado por la crisis del azúcar ocurrida en su provincia en 1966, donde más de la mitad de los ingenios azucareros fueron cerrados y miles de familias tuvieron que emigrar en busca de una nueva oportunidad. 

A sus 17 años, Miguel se mudo a Villa España, partido de Berazategui en la Provincia de Buenos Aires, junto a su madre y sus hermanas Elvira y Clara. Ya en tierras bonaerenses estudió sus últimos años en la Escuela de Educación Secundaria N°7 “Ernesto Che Guevara”, donde terminó de definir su amor por la literatura y la poesía. A su vez, empezó a jugar al fútbol en las categorías inferiores del Club Gimnasia y Esgrima La Plata, donde llegó hasta cuarta división, pero tras conseguir un puesto de trabajo como cadete en el Banco de la Provincia de Buenos Aires terminó abandonado el fútbol. 

Su vida también estaba fuertemente atravesada por la política, ya que militaba en la Unidad Básica de la Juventud Peronista de su localidad, en donde, entre otras tareas, colaboraba en la construcción de veredas a vecinos de la zona, contó su hermana Elvira años después de su desaparición en una entrevista. 

Arrancó a correr en la categoría libre para el Club Independiente de Avellaneda, donde logró federarse, su entrenador fue Osvaldo Suarez, quien supo ganar cuatro medallas de oro en los Juegos Panamericanos y tres veces la Corrida de San Silvestre en Sao Paulo. 

Tras años intensos de entrenamientos, llegó a competir en la tan ansiada Corrida de San Silvestre, Miguel partió rumbo a tierras brasileñas el 29 de diciembre de 1977 para correr su tercera carrera. 

Allí conoció a una periodista que lo convenció de publicar un poema que había escrito él, llamado “Para vos atleta”, el 31 de diciembre, día de la carrera, fue publicado en la tapa del diario La Gazeta de Sao Paulo.

 

“Para vos atleta”, por Miguel B. Sánchez.

Para vos que sabés del frío, de calor,

de triunfos y derrotas

para vos que tenés el cuerpo sano

el alma ancha y el corazón grande.

Para vos que tenés muchos amigos

muchos anhelos

la alegría adulta y la sonrisa de los niños.

Para vos que no sabés de hielos ni de soles

de lluvia ni rencores.

Para vos, atleta

que recorriste pueblos y ciudades

uniendo Estados con tu andar

Para vos, atleta

que desprecias la guerra y ansías la paz.

El 7 de enero a las 22 horas regresó a su casa en Villa España luego de pasar por Punta del Este en Uruguay, donde compitió en otra, lo que Miguel nunca se imaginaría que aquella vez en el país vecino sería la última vez que correría. Esa misma noche a las 3 de la madrugada, un grupo armado de más de seis militares ingresó a su casa y lo subieron con los ojos vendados a un Ford Falcon verde, según afirman versiones de vecinos que lo vieron por última vez. Se estima que fue llevado al centro clandestino de detención “El Vesubio” en La Matanza tras declaraciones de un desaparecido que sobrevivió, aunque no se sabe con certeza donde pasó sus últimos días. 

Fue en 1998, 20 años más tarde, cuando el caso de Miguel recién empieza a salir a luz, fue tras la publicación del libro “El terror y la gloria: la vida, el fútbol y la política en la Argentina del Mundial ‘78” escrito por Abel Gilbert y Miguel Vitagliano,  donde mencionan a Miguel como el primer caso de un deportista federado desaparecido, con los años esa cifra alcanzó las 220 personas.

Este libro llegó a las manos de un periodista italiano, Valerio Piccone, de la Gazzetta dello Sport, que vino de vacaciones a Buenos Aires, compró el libro y al leer el caso tuvo la intención de escribir un libro exclusivamente de toda la historia, pero ese mismo año, los periodistas Ariel Scher y Victor Pochat, publicaron en el diario Clarín la primera nota acerca del caso de Miguel, titulada “Memoria de un atleta”. 

Piccone dejó atrás la idea de su libro, aunque sentía que algo debía hacer, fue en ese momento donde pensó que una carrera era la mejor forma de homenajearlo, y el 8 de enero del 2000, el día del secuestro, se corrió en Roma, Italia, la primera edición de La corsa di Miguel.

Primera edición de la carrera en Roma participaron 350 personas.

La noticia de la carrera fue tapa en los diarios de Italia, y debido a la repercusión que generó terminó llegando a Argentina y a los docentes y directivos de la Escuela de Educación Secundaria N°7 “Ernesto Che Guevara”, que descubren que ese tal Miguel era vecino de la escuela y había estudiado ahí, desde ese momento se pusieron en marcha para brindar homenaje también en el lugar donde fue su ciudad sus últimos años de vida. Luego de un tiempo se presentó un proyecto a la Municipalidad de Berazategui para llamar la calle donde estaba ubicada la escuela: Calle Miguel Benancio Sanchez.

Momento cuando la calle pasó a llamarse Miguel Sánchez.

El 19 de noviembre de 2005 fue la primera vez que se corrió La carrera de Miguel en Berazategui, gracias a la predisposición del equipo directivo y docente de la Escuela de Educación Secundaria N°7 y con la ayuda de la municipalidad. Se trató de un circuito de 10 kilómetros de manera competitiva que salía desde la propia escuela y otro de 3 kilómetros de forma participativa que terminaba en la casa de Miguel en Villa España, participaron alrededor de 300 personas. 

Largada de la primera carrera en Berazategui.

La carrera fue muy bien recibida por los vecinos de Berazategui y se siguió haciendo a lo largo de los años, hasta incluso personalidades importantes de la disciplina se acercaron a participar y conocer mejor la historia, como el caso de Javier Sotomayor, una leyenda del atletismo mundial, considerado uno de los mejores saltadores de la historia, que participó en la edición de la carrera en 2011.

Javier Sotomayor junto a Elvira, hermana de Miguel.

Hoy en día la carrera escaló a nivel nacional y mundial, corriendose en la mayoría de las provincias del país, con el lema “La meta es no olvidar” 

Largada en el barrio de Núñez.

El 8 de enero fue declarado como el Día Nacional de la Memoria en el Deporte, establecido por la Ley 26.990 en 2014, en homenaje a la desaparición de Miguel Benancio Sanchez y con el objetivo de mantener viva la memoria de los deportistas desaparecidos en la última dictadura cívico militar ocurrida en Argentina hace 50 años.

 

Agradecimientos:

Al equipo directivo y docentes de la Escuela de Educación Secundaria N°7 “Ernesto Che Guevara”, Adrian Montero y Jorge Diaz, profesores de educación física y Ana Paredes, profesora de comunicación, por la información brindada acerca del rol de la escuela como organizadora de la carrera y el recorrido por la misma viendo los homenajes montados hacia Miguel como trofeos y remeras utilizadas a lo largo de las ediciones.

Dictadura y Memoria: el caso de La Plata Rugby Club

Por Malena Mendoza Venier

A 50 años del Golpe de Estado en Argentina de 1976, el deporte argentino continúa revisando su vínculo con los derechos humanos; aunque el fútbol ocupó el centro de la escena —en gran parte por la realización de la Copa Mundial de Fútbol de 1978 y su masividad—, el rugby fue la disciplina más golpeada por el terrorismo de Estado.

Con 152 desaparecidos —sobre un total de 220 deportistas—, el rugby concentra una gran proporción de víctimas. Lejos de la imagen tradicional de deporte asociado a sectores acomodados y ajeno a la política, muchos de esos jugadores estudiaban y militaban, utilizando al club —particularmente en ciudades universitarias como La Plata— como un espacio social y de debate político que los convirtió en objetivo de la represión

El impacto no fue solo individual, sino colectivo. En un mismo operativo desaparecían varios integrantes vinculados al club o a su entorno. Familias enteras quedaron atravesadas por la violencia estatal, y muchos hijos crecieron sin sus padres, reconstruyendo sus historias años más tarde.

 

La persecución de una identidad colectiva

El caso de La Plata Rugby Club fue uno de los más representativos; con 20 jugadores desaparecidos, el club platense simboliza el impacto represivo sobre el deporte.

A comienzos de la década del 70, el equipo había revolucionado el Seven con una generación destacada dentro del rugby argentino. Era además, un plantel con fuerte identidad política y espíritu colectivo; las decisiones se tomaban democráticamente y la militancia atravesaba la vida cotidiana del club. Los grupos se dividían, en líneas generales, entre quienes integraban el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) y quienes participaban de la Juventud Universitaria Peronista.

Esa politización estigmatizó al equipo y fue señalado como un “semillero de guerrilleros” por los clubes elitistas, lo que expuso ideológicamente a sus integrantes. En 1974, algunos de sus jugadores debieron participar del Seven de Tandil utilizando documentos de identidad ajenos, conscientes de que estaban marcados. Muchos de ellos se sintieron aliviados al perder la final de la competencia, ya que aparecer en la portada de los diarios significaba un riesgo. 

Represión sistemática: un plantel diezmado

El primer caso que tuvo el club ocurrió el 27 de marzo de 1975, incluso antes del golpe militar. Hernán Rocca, medio scrum del equipo titular, tenía 21 años y estudiaba Medicina en la Universidad Nacional de La Plata. Mientras sus compañeros realizaban una gira por Europa, él se había quedado en la ciudad para rendir finales. Ese día entrenó con algunos compañeros y lo acompañó su novia, quien notó que dos hombres grababan la práctica desde un Torino (lo que les extrañó porque gran parte del plantel superior se encontraba de gira). Horas más tarde, al regresar a su casa, Hernán fue secuestrado por los hombres del Torino. Su familia pensó que había salido, pero al día siguiente su cuerpo apareció acribillado con 21 balazos en el arroyo El Pescado. Algunos de quienes lo homenajearon años siguientes, también fueron desaparecidos.

Jorge Moura reflejó también ese cruce entre deporte, militancia y vida cultural. Nacido en 1949, creció junto a sus hermanos Julio, Marcelo y Federico —quienes años más tarde serían integrantes de la banda Virus—. Había jugado en el club en la década del 60 y era recordado como un apertura creativo y “revolucionario” dentro de la cancha. 

El 8 de marzo de 1977, en plena dictadura, un grupo de tareas lo secuestró por formar parte del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y del ERP —donde adoptó el nombre de “Sargento Manuel”— y fue llevado al centro clandestino La Cacha. Allí, según testimonios de sobrevivientes, cantaba para sus compañeros y los alentaba a hacer lo mismo, en un intento de sostener algo de humanidad. Posteriormente fue trasladado a Campo de Mayo, donde se perdió su rastro.

“Una vez en 1973 o 1974 le pregunté al Flaco: Si no estuvieras militando, ¿qué te gustaría hacer? Y él me respondió: ‘Formar una banda de rock con mis hermanos’. Pasados los años y todo lo que sucedió, aquello me parece clarividente. Muchas veces me imaginé al Flaco tocando algo en Virus, con sus hermanos”, dice Perla Diez refiriéndose a Jorge Moura —su compañera de militancia, pareja y madre de sus dos hijos—

Estas historias se repitieron en el club y representan la experiencia de una generación de rugbiers que cruzó los límites tradicionales del deporte; jugadores que combinaban estudio, militancia y vida social fueron perseguidos, secuestrados y desaparecidos, evidenciando que el terrorismo de Estado no distinguió sectores ni identidades y alcanzó también a quienes habían hecho del rugby un espacio de pertenencia y construcción colectiva. En ese sentido, el caso de La Plata Rugby Club no solo expone la brutalidad represiva, sino que rompe con los estereotipos de un deporte ajeno a lo social, mostrando a un club profundamente atravesado por su tiempo histórico.

Con el retorno de la democracia, la institución inició un proceso de construcción de memoria: en 2006 instaló una placa en homenaje a sus jugadores desaparecidos y, desde entonces, sostiene esa historia a través de publicaciones, homenajes y testimonios que circulan entre generaciones. Hoy, esa memoria forma parte de su identidad. A medio siglo del golpe, el rugby todavía atraviesa su propio proceso de memoria, verdad y justicia, por lo que historias como la de La Plata Rugby Club permiten recordar lo ocurrido pero también interpelar al presente sobre lo que se dijo, lo que se calló y lo que queda por reconstruir.

Ayrton Senna: en búsqueda de la perfección

Por Gabriel Milian Scuri

Años sesenta. Una familia que consiguió su bienestar a base de sudor y trabajo, al igual que muchas otras, en un país repleto de gobiernos desastrosos y una sociedad desigual. Ayrton era el hermano del medio entre tres en el hogar de los Senna Da Silva. Viviane, la más grande, y Leonardo, el más chico. Su padre, Milton, fue dueño de una empresa metalúrgica y fanático del automovilismo. Pero, sobre todas las cosas, un padre. Un esposo. Que se sentía sumamente responsable del pasado, presente y futuro de quienes vivían bajo su techo. Todo eso repercutió en sus hijos y sus expectativas sobre ellos.

Beco, como llamaban los más cercanos a Ayrton, vivió entre una madre que dejaba todo por sus hijos y un padre que buscaba el control y la excelencia. El piloto que sería tricampeón mundial de Fórmula 1 creció bajo un lema: “Si vas a hacer algo, hacelo bien”. Cada palabra de aquella frase se le incrustó en la sangre a Senna. Exprimirse hasta la última gota era la única opción. No importaba si le sacaba treinta vueltas o dos al segundo. Siempre se podía ir por más. En la mente del chico oriundo de São Paulo, cada curva debía ser mejor que la anterior. Si había un récord, entonces existía la chance de romperlo. Una y otra vez. Como un bucle. Hasta que la remera no tenga ni una arruga. Eso llevó a Ayrton a vivir en el monoplaza. Por y para su carrera. Desde que manejaba los karts en Brasil hasta en el McLaren MP4/4.

Aquel estado de flow en el que entró en el Gran Premio de Mónaco 1988 fue algo más allá de su determinación y obsesión por ser el mejor. Fue su alma. Estaba donde debía. A bordo de donde debía. Su cuerpo sobrevolaba el principado, el auto iba solo. Hasta que despertó y se estrelló.

Ayrton convivió, durante sus 34 años, en el límite de la perfección y la catástrofe. Del retiro de la actividad después de ganar la Fórmula Ford británica a dejar toda su vida en Brasil, entre ella a su esposa, para adentrarse en la categoría reina. Frenar una milésima después que el resto para llegar primero. No dormir para descifrar el coche o estudiar cada uno de los trazos de los distintos circuitos. Los sabía de memoria. Todos y cada uno de ellos.

Senna fue miles de cosas: solidario, revolucionario, auténtico, corajudo, una persona con consciencia social. Pero antes de todo eso era piloto. Era su esencia. La competencia ponía su sangre en el punto justo de ebullición. Despertaba todas y cada una de sus hormonas.

Dentro del auto siempre sintió que estaba cerca de lograr lo que todos esperaban de él. Ser el mejor. Por eso siempre iba en busca de más. Cada fin de semana se convertía, para su vida, en una exhaustiva aventura de descubrir lo que habría más allá del mejor tiempo de vuelta o la pole position o la cantidad de títulos que podrían ganarse. Beco sabía que no existía magia para todo lo que él deseaba. Para todo lo que se le había impuesto. Si quería ser el mejor tenía que pensar y vivir como tal. 

Para un deporte como la Fórmula 1, con la privacidad y exclusividad que siempre llevó, Ayrton se mostró como cualquiera de todos los soñadores de su barrio. Un chico con inseguridades y presiones, sensible y pensante. Determinante y resiliente. Se encargó de predicar que todos luchen por sus sueños y que para eso solo existía una receta: “A todos ustedes les digo que, sea quien usted sea, esté en un altísimo o más bajo nivel social, tenga siempre mucha fuerza y determinación, y haga todo con mucho amor y fe en Dios. Que un día alcanzará su objetivo y tendrá éxito”.