miércoles, marzo 25, 2026
Home Blog

Crónica de un secuestro equivocado

Por Juan Osorio

Un operativo militar confundió una dirección y desató una noche de terror para una familia de Isla Maciel. La historia de Enrique Roberto Domínguez expone el funcionamiento cruel y caótico del Estado en tiempos de dictadura.

La noche del 18 de abril de 1976 parecía comenzar como cualquier otra en Isla Maciel. Era el cumpleaños número 28 de Enrique Roberto Domínguez, pero estaba en cama con gripe. En la cocina se encontraban su esposa, Rosa de Lourdes Ruiz; sus tres hijos, los mellizos y Daniel; su cuñado, José, y su amigo del puerto, apodado “Veneno”. No podían celebrar por su estado de salud, pero aun así habían ido a visitarlo.

De pronto, alrededor de las ocho de la noche, el primer piso de la casa quedó completamente rodeado por policías militares. Parecía que salían incluso desde el techo, todos armados con fusiles. En un instante, aunque para las víctimas fue una eternidad, irrumpieron en la vivienda y secuestraron a Enrique, a Veneno y a José.

Dos policías, uno calvo y otro con un ojo de vidrio, los metieron tapados, apretados, encimados, como piezas de Tetris, en un Valiant 2, hasta el punto de entumecerles el cuerpo por la falta de espacio. Cuando llegaron al destino y todavía sin poder ver, sintieron que el auto descendía como si bajara a un pozo. Al detenerse, los empujaron hacia el interior de lo que parecía ser un viejo comercio.

Dentro del lugar, en una especie de subsuelo, escucharon gritos, llantos, lamentos de hombres y mujeres, y un olor extraño, similar al hueso quemado, impregnaba el ambiente. Era, para ellos, la antesala de un verdadero infierno.

Cada dos minutos, contados con el reloj de Veneno, alguien venía a golpearlos y amenazarlos con enviarlos al sótano si no hablaban. Ellos, confundidos, seguían sin entender por qué los habían secuestrado.

En un momento los separaron. A Enrique lo llevaron ante el jefe del sector: un militar joven, alto, rubio y de porte firme, al que todos llamaban “Capitán”. Ambos se sentaron y mantuvieron una breve conversación: “Bueno, nos equivocamos. Así que, como calavera que no chilla, se van”, dictaminó el jefe.

A Enrique, con la sangre hirviendo y el estómago revuelto por la impotencia, no le cayó nada bien la forma en que el militar se dirigió a él después de la noche de terror que les habían hecho pasar. Al girar la cabeza alcanzó a ver, solo por un instante, a su cuñado caminando por el pasillo completamente empapado y con el mismo olor a hueso quemado que había percibido al llegar.

El Capitán, molesto por su reclamo, se levantó de golpe, cerró la puerta con violencia y le dijo a Enrique: “Mira, si vos te querés ir, te llevamos. Pero si queres gritar como todos los que tengo ahí abajo, te dejo gritando”. Enrique decidió quedarse en silencio y ceder. Le preguntó en qué se equivocaron para que los lleven y quién los había delatado. El militar le respondió: “no te puedo decir quién, pero nos dieron Mitre 370 y vos estás en el 71. Se equivocaron de número”.

Luego de esa conversación, reunieron nuevamente a los tres secuestrados y comenzó el viaje de regreso. A mitad de camino, el auto se quedó sin nafta y terminó tirado en un costado de la calle. Todos tuvieron que bajarse y empujarlo hasta la estación de servicio más cercana. Ninguno de los policías tenía dinero encima, por lo que Veneno les dio 50 pesos para llenar el tanque. A pesar de la ayuda de los tres hombres raptados, los militares seguían siendo hostiles con ellos y los volvieron a tapar antes de retomar el viaje.

Cuando finalmente llegaron a su hogar, las puertas estaban cerradas con llave. Los policías, impacientes, comenzaron a apurarlos con sus armas. Rosa, la esposa de Enrique, ya no estaba ahí: había escapado con sus hijos a la casa de su madre. Pasadas unas horas, la familia logró reencontrarse sana y salva.

Sin embargo, con el correr de los días, ocurrió exactamente lo que ellos habían padecido: los militares volvieron al barrio y repitieron el mismo operativo, pero esta vez en la dirección de enfrente, la que había sido denunciada desde un principio. Nadie supo qué fue de esa familia. Quizás, como tantos otros secuestrados, fueron tragados por el infierno.

Wim Rijsbergen, el futbolista holandés que fue a ver a las Madres a la Plaza

 Por Casandra Lacabe, Candela Guijo y Florencia Rodríguez Sánchez

Wim Rijsbergen se quedó afuera de la definición de la Copa del Mundo . El defensor sufrió una lesión en la rodilla en el tercer partido de fase de grupo que Holanda perdió 3-2 con Escocia, el 11 de junio, que lo marginó luego de haber sido titular en los dos primeros encuentros frente a Irán y Perú. Eso le permitió salir del hotel donde estaba hospedado todo el plantel y visitar la Plaza de Mayo para tomar contacto con la realidad política y social que atravesaba Argentina. Decidió ir en bicicleta acompañado por su compañero de selección, Wim Suurbier, ya que los médicos le recomendaron hacer ejercicio para recuperarse más rápido de sus lesiones.

Como cada jueves desde el 30 de abril de 1977, las Madres se reunían frente a la Casa Rosada para reclamar por sus hijos desaparecidos y secuestrados por la dictadura cívico-militar encabezada por Jorge Rafael Videla. “Vimos a las Madres con fotos de todos sus hijos desaparecidos y sus familias. ¡Fue muy conmocionante!”, sostuvo en una entrevista que dio a Télam 42 años después. Tuvo la oportunidad de hablar con Nora Cortiñas, titular de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, y 30 años más tarde, en 2008, se reencontró con ella en Amsterdam en la presentación de un libro sobre la Copa del Mundo, llamado “Fútbol en una Guerra Sucia”, escrito por los periodistas holandeses Marcel Rozer e Iwan Van Duren, denunciando que la junta militar utilizó el torneo para encubrir crímenes de lesa humanidad. Como siempre, ella estaba con un pañuelo blanco en la cabeza y tenía colgada del cuello una foto de su hijo Gustavo. Además, Rijsbergen escribió una columna para una revista y un diario de su país.

Otro jugador que fue hasta la Pirámide de Mayo fue el arquero Jan Jongbloed. Antes de ser titular en la final contra Argentina caminó desde el hotel en Retiro para observar a las Madres marchando con sus pañuelos característicos. Años después, admitió tener conocimiento sobre la Escuela de Mecánica de la Armada, donde funcionaba un centro clandestino de detención a pocas cuadras del Estadio Monumental, escenario donde se jugó la mayor cantidad de partidos y la ceremonia de apertura y final. También, Arie Haan y Ernie Brandts, dos de los futbolistas de Holanda que jugaron el Mundial, volvieron al país 40 años después y visitaron la Ex Esma.

Antes de llegar al país los jugadores tenían conocimiento sobre las personas desaparecidas y la violación de derechos humanos por parte de la dictadura, ya que previamente quedaron en medio de un debate nacional. Organizaciones de derechos humanos y civiles exigían apoyar al boicot organizado en Europa en 1977. Sin embargo, ellos y la federación decidieron separar las cosas: “Los jugadores manteníamos la política y el deporte por separado. Y además, ir al Mundial era una chance de hablar con la gente”, sostuvo Wim Rijsbergen.

La apertura del Mundial 78, desde la Plaza de Mayo

Por Lola Fariña Villaverde 

Entre banderas, aplausos y papelitos en el Estadio Monumental por el inicio de un nuevo Mundial, un grupo de mujeres realizaba una de sus rondas alrededor de la Plaza de Mayo, como todos los jueves desde abril de 1977, en reclamo por la desaparición de sus hijos. Sin embargo, ese 1 de junio fue distinto: a la misma hora en que comenzaba el primer partido del torneo, los periodistas neerlandeses Jan van der Putten y Frits Jelle Barend se dirigieron a la plaza para registrar lo que ocurría allí. Van der Putten acercó un micrófono a las madres y logró que, por primera vez, sus denuncias fueran transmitidas por televisión hacia Europa.

Dos semanas antes del inicio del Mundial, la presencia regular de las madres en Plaza de Mayo, se había convertido en uno de los contratiempos más serios para los planes de la Junta Militar. Con la mirada del mundo puesta en Argentina, la plaza –centro político, histórico y turístico del país– adquiría un valor clave en la disputa por la imagen internacional. Aquello que la dictadura intentaba ocultar, encontraba allí una evidencia difícil de ignorar: con su sola presencia, las madres exponían públicamente el reclamo por la desaparición de sus hijos.

La censura imperante que dominaba la prensa impedía que gran parte de la sociedad conociera lo que realmente sucedía en el país. El Mundial aparecía como una oportunidad para mostrar una Argentina ordenada y prolija, por lo que los medios destacaban los aspectos vinculados a la organización del torneo: la transmisión televisiva a color o el tiempo récord en el que se habían construído los estadios. El evento funcionaba como propaganda hacia el interior y exterior del país, ya que este era muy cuestionado por las violaciones a los derechos humanos. Al mismo tiempo, los medios evitaban críticas a la Selección y reproducían el discurso oficial: se estaba “ganando la guerra contra la subversión” y la economía mostraba signos de recuperación. 

Las desapariciones, detenciones clandestinas, presos políticos y las denuncias de familiares no tenían lugar en los medios de comunicación (a excepción del Buenos Aires Herald). A pesar de ello, esa información comenzó a circular fuera del país a través de los exiliados en Europa. Entre quienes difundieron esos testimonios estuvieron Van der Putten y Barend. Van der Putten se encontraba como corresponsal en Argentina desde 1973, tras el golpe de Estado en Chile, y había seguido desde sus inicios la historia de las Madres. Barend llegó como periodista de un semanario deportivo para cubrir el Mundial. Ambos fueron a la plaza ese día y ayudaron a que los crímenes de la dictadura cívico-militar argentina comenzaran a conocerse en el exterior.

Con una sola pregunta del periodista neerlandés, las madres encontraron un canal para expresarse luego de haber sido negadas por el gobierno. Mientras la mayoría de los medios transmitían la ceremonia de inauguración del Mundial, la televisión holandesa registró por primera vez aquellas rondas que las mujeres de pañuelo blanco realizaban alrededor de la Pirámide de Mayo. Mientras el estadio celebraba el comienzo del torneo, en la plaza empezaba a hacerse visible otra historia de la Argentina.

 

Marta Graña: “La dictadura comenzó con un retroceso similar al que tenemos en la actualidad”

 Por Agustín González

A 50 años del golpe de estado, Marta Graña, detenida durante la dictadura y actual secretaria de relaciones institucionales de la UATRE (Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores), advirtió sobre el paralelismo entre los contextos de aquel entonces y los actuales, tanto en la pérdida de derechos de los trabajadores como en materia económica y social. A su vez, Marta, contó su experiencia durante su detención y dejó bien en claro que ¨La memoria está más viva que nunca¨ ya que aún hay familias que buscan a sus seres queridos.

Graña tenía 20 años, ya era madre de su beba de 2 años y militaba en el Partido Justicialista en Huanguelén, donde era presidenta de la rama femenina y sostenía un merendero junto a sus compañeros y compañeras. La detuvieron mientras asistía a una mujer mayor cuya familia había sido desaparecida. ¨Me siguieron desde la sede del PJ, golpearon la puerta, la tiraron abajo y me tiraron al piso, panza abajo, estando embarazada¨, recordó sobre aquel día. Contó que la mantuvieron detenida en aquella casa durante días, alejada de su bebe que lloraba de hambre y recién a los dos días le dieron leche para poder alimentarla pero estaba podrida. Agregó que también detuvieron a un vecino cuando se acercó a preguntar qué pasaba.

Luego de mantenerla detenida durante días en aquella casa, fue trasladada por distintos puntos del pueblo con la cabeza cubierta por un toallón, estuvo privada de su libertad en una comisaría del pueblo y luego en una escuela, no volvió a ver a su hija hasta meses después de haber recuperado la libertad. ¨Quien lo vivió, no se lo olvida nunca más¨ , ¨Yo saldría gritando, ¿dónde están y qué hicieron con ellos?¨, sentenció.

Con cuatro décadas en la UATRE, insiste que es importante este día para no perder la memoria sobre los sucedido y se mostró preocupada por ciertos discursos actuales vistos en redes sociales, ¨Hay una falta de protagonismo y sumarse a ciertos discursos que propone el oficialismo no es bueno¨, dijo en referencia a expresiones que circulan en redes como burlas respecto a la fecha. Para la dirigente, el contexto actual no es idéntico al de los años previos al golpe, pero encuentra similitudes en el deterioro social y la pérdida de derechos, ¨No digo que sea lo mismo, pero hay similitudes¨, aclaró y agregó: ¨La dictadura también empezó con un retroceso para los trabajadores¨.

Marta remarcó que la mayoría de las víctimas del terrorismo de Estado fueron estudiantes o trabajadores, y subrayó la importancia de evitar cualquier retroceso en materia de derechos: ¨Argentina es un país de resistencia¨, concluyó.

 

La carrera más popular del mundo: La carrera de Miguel 

Por Valentín Ariza

Era atleta, tenía 25 años y volvía al país tras correr una carrera en Brasil y Uruguay, pero un grupo de militares ingresó a su casa y lo secuestró en la madrugada del 8 de enero de 1978, desde ese día nunca más nadie supo de él.

La historia de Miguel Benancio Sanchez, nacido un 6 de noviembre de 1952 comienza en la Ciudad de Bella Vista, Tucuman. Era el menor de 10 hermanos e hijo de Cecilia del Carmen Santillan y Arturo Benancio, un trabajador azucarero el cual se vio gravemente afectado por la crisis del azúcar ocurrida en su provincia en 1966, donde más de la mitad de los ingenios azucareros fueron cerrados y miles de familias tuvieron que emigrar en busca de una nueva oportunidad. 

A sus 17 años, Miguel se mudo a Villa España, partido de Berazategui en la Provincia de Buenos Aires, junto a su madre y sus hermanas Elvira y Clara. Ya en tierras bonaerenses estudió sus últimos años en la Escuela de Educación Secundaria N°7 “Ernesto Che Guevara”, donde terminó de definir su amor por la literatura y la poesía. A su vez, empezó a jugar al fútbol en las categorías inferiores del Club Gimnasia y Esgrima La Plata, donde llegó hasta cuarta división, pero tras conseguir un puesto de trabajo como cadete en el Banco de la Provincia de Buenos Aires terminó abandonado el fútbol. 

Su vida también estaba fuertemente atravesada por la política, ya que militaba en la Unidad Básica de la Juventud Peronista de su localidad, en donde, entre otras tareas, colaboraba en la construcción de veredas a vecinos de la zona, contó su hermana Elvira años después de su desaparición en una entrevista. 

Arrancó a correr en la categoría libre para el Club Independiente de Avellaneda, donde logró federarse, su entrenador fue Osvaldo Suarez, quien supo ganar cuatro medallas de oro en los Juegos Panamericanos y tres veces la Corrida de San Silvestre en Sao Paulo. 

Tras años intensos de entrenamientos, llegó a competir en la tan ansiada Corrida de San Silvestre, Miguel partió rumbo a tierras brasileñas el 29 de diciembre de 1977 para correr su tercera carrera. 

Allí conoció a una periodista que lo convenció de publicar un poema que había escrito él, llamado “Para vos atleta”, el 31 de diciembre, día de la carrera, fue publicado en la tapa del diario La Gazeta de Sao Paulo.

 

“Para vos atleta”, por Miguel B. Sánchez.

Para vos que sabés del frío, de calor,

de triunfos y derrotas

para vos que tenés el cuerpo sano

el alma ancha y el corazón grande.

Para vos que tenés muchos amigos

muchos anhelos

la alegría adulta y la sonrisa de los niños.

Para vos que no sabés de hielos ni de soles

de lluvia ni rencores.

Para vos, atleta

que recorriste pueblos y ciudades

uniendo Estados con tu andar

Para vos, atleta

que desprecias la guerra y ansías la paz.

El 7 de enero a las 22 horas regresó a su casa en Villa España luego de pasar por Punta del Este en Uruguay, donde compitió en otra, lo que Miguel nunca se imaginaría que aquella vez en el país vecino sería la última vez que correría. Esa misma noche a las 3 de la madrugada, un grupo armado de más de seis militares ingresó a su casa y lo subieron con los ojos vendados a un Ford Falcon verde, según afirman versiones de vecinos que lo vieron por última vez. Se estima que fue llevado al centro clandestino de detención “El Vesubio” en La Matanza tras declaraciones de un desaparecido que sobrevivió, aunque no se sabe con certeza donde pasó sus últimos días. 

Fue en 1998, 20 años más tarde, cuando el caso de Miguel recién empieza a salir a luz, fue tras la publicación del libro “El terror y la gloria: la vida, el fútbol y la política en la Argentina del Mundial ‘78” escrito por Abel Gilbert y Miguel Vitagliano,  donde mencionan a Miguel como el primer caso de un deportista federado desaparecido, con los años esa cifra alcanzó las 220 personas.

Este libro llegó a las manos de un periodista italiano, Valerio Piccone, de la Gazzetta dello Sport, que vino de vacaciones a Buenos Aires, compró el libro y al leer el caso tuvo la intención de escribir un libro exclusivamente de toda la historia, pero ese mismo año, los periodistas Ariel Scher y Victor Pochat, publicaron en el diario Clarín la primera nota acerca del caso de Miguel, titulada “Memoria de un atleta”. 

Piccone dejó atrás la idea de su libro, aunque sentía que algo debía hacer, fue en ese momento donde pensó que una carrera era la mejor forma de homenajearlo, y el 8 de enero del 2000, el día del secuestro, se corrió en Roma, Italia, la primera edición de La corsa di Miguel.

Primera edición de la carrera en Roma participaron 350 personas.

La noticia de la carrera fue tapa en los diarios de Italia, y debido a la repercusión que generó terminó llegando a Argentina y a los docentes y directivos de la Escuela de Educación Secundaria N°7 “Ernesto Che Guevara”, que descubren que ese tal Miguel era vecino de la escuela y había estudiado ahí, desde ese momento se pusieron en marcha para brindar homenaje también en el lugar donde fue su ciudad sus últimos años de vida. Luego de un tiempo se presentó un proyecto a la Municipalidad de Berazategui para llamar la calle donde estaba ubicada la escuela: Calle Miguel Benancio Sanchez.

Momento cuando la calle pasó a llamarse Miguel Sánchez.

El 19 de noviembre de 2005 fue la primera vez que se corrió La carrera de Miguel en Berazategui, gracias a la predisposición del equipo directivo y docente de la Escuela de Educación Secundaria N°7 y con la ayuda de la municipalidad. Se trató de un circuito de 10 kilómetros de manera competitiva que salía desde la propia escuela y otro de 3 kilómetros de forma participativa que terminaba en la casa de Miguel en Villa España, participaron alrededor de 300 personas. 

Largada de la primera carrera en Berazategui.

La carrera fue muy bien recibida por los vecinos de Berazategui y se siguió haciendo a lo largo de los años, hasta incluso personalidades importantes de la disciplina se acercaron a participar y conocer mejor la historia, como el caso de Javier Sotomayor, una leyenda del atletismo mundial, considerado uno de los mejores saltadores de la historia, que participó en la edición de la carrera en 2011.

Javier Sotomayor junto a Elvira, hermana de Miguel.

Hoy en día la carrera escaló a nivel nacional y mundial, corriendose en la mayoría de las provincias del país, con el lema “La meta es no olvidar” 

Largada en el barrio de Núñez.

El 8 de enero fue declarado como el Día Nacional de la Memoria en el Deporte, establecido por la Ley 26.990 en 2014, en homenaje a la desaparición de Miguel Benancio Sanchez y con el objetivo de mantener viva la memoria de los deportistas desaparecidos en la última dictadura cívico militar ocurrida en Argentina hace 50 años.

 

Agradecimientos:

Al equipo directivo y docentes de la Escuela de Educación Secundaria N°7 “Ernesto Che Guevara”, Adrian Montero y Jorge Diaz, profesores de educación física y Ana Paredes, profesora de comunicación, por la información brindada acerca del rol de la escuela como organizadora de la carrera y el recorrido por la misma viendo los homenajes montados hacia Miguel como trofeos y remeras utilizadas a lo largo de las ediciones.

Dictadura y Memoria: el caso de La Plata Rugby Club

Por Malena Mendoza Venier

A 50 años del Golpe de Estado en Argentina de 1976, el deporte argentino continúa revisando su vínculo con los derechos humanos; aunque el fútbol ocupó el centro de la escena —en gran parte por la realización de la Copa Mundial de Fútbol de 1978 y su masividad—, el rugby fue la disciplina más golpeada por el terrorismo de Estado.

Con 152 desaparecidos —sobre un total de 220 deportistas—, el rugby concentra una gran proporción de víctimas. Lejos de la imagen tradicional de deporte asociado a sectores acomodados y ajeno a la política, muchos de esos jugadores estudiaban y militaban, utilizando al club —particularmente en ciudades universitarias como La Plata— como un espacio social y de debate político que los convirtió en objetivo de la represión

El impacto no fue solo individual, sino colectivo. En un mismo operativo desaparecían varios integrantes vinculados al club o a su entorno. Familias enteras quedaron atravesadas por la violencia estatal, y muchos hijos crecieron sin sus padres, reconstruyendo sus historias años más tarde.

 

La persecución de una identidad colectiva

El caso de La Plata Rugby Club fue uno de los más representativos; con 20 jugadores desaparecidos, el club platense simboliza el impacto represivo sobre el deporte.

A comienzos de la década del 70, el equipo había revolucionado el Seven con una generación destacada dentro del rugby argentino. Era además, un plantel con fuerte identidad política y espíritu colectivo; las decisiones se tomaban democráticamente y la militancia atravesaba la vida cotidiana del club. Los grupos se dividían, en líneas generales, entre quienes integraban el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) y quienes participaban de la Juventud Universitaria Peronista.

Esa politización estigmatizó al equipo y fue señalado como un “semillero de guerrilleros” por los clubes elitistas, lo que expuso ideológicamente a sus integrantes. En 1974, algunos de sus jugadores debieron participar del Seven de Tandil utilizando documentos de identidad ajenos, conscientes de que estaban marcados. Muchos de ellos se sintieron aliviados al perder la final de la competencia, ya que aparecer en la portada de los diarios significaba un riesgo. 

Represión sistemática: un plantel diezmado

El primer caso que tuvo el club ocurrió el 27 de marzo de 1975, incluso antes del golpe militar. Hernán Rocca, medio scrum del equipo titular, tenía 21 años y estudiaba Medicina en la Universidad Nacional de La Plata. Mientras sus compañeros realizaban una gira por Europa, él se había quedado en la ciudad para rendir finales. Ese día entrenó con algunos compañeros y lo acompañó su novia, quien notó que dos hombres grababan la práctica desde un Torino (lo que les extrañó porque gran parte del plantel superior se encontraba de gira). Horas más tarde, al regresar a su casa, Hernán fue secuestrado por los hombres del Torino. Su familia pensó que había salido, pero al día siguiente su cuerpo apareció acribillado con 21 balazos en el arroyo El Pescado. Algunos de quienes lo homenajearon años siguientes, también fueron desaparecidos.

Jorge Moura reflejó también ese cruce entre deporte, militancia y vida cultural. Nacido en 1949, creció junto a sus hermanos Julio, Marcelo y Federico —quienes años más tarde serían integrantes de la banda Virus—. Había jugado en el club en la década del 60 y era recordado como un apertura creativo y “revolucionario” dentro de la cancha. 

El 8 de marzo de 1977, en plena dictadura, un grupo de tareas lo secuestró por formar parte del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y del ERP —donde adoptó el nombre de “Sargento Manuel”— y fue llevado al centro clandestino La Cacha. Allí, según testimonios de sobrevivientes, cantaba para sus compañeros y los alentaba a hacer lo mismo, en un intento de sostener algo de humanidad. Posteriormente fue trasladado a Campo de Mayo, donde se perdió su rastro.

“Una vez en 1973 o 1974 le pregunté al Flaco: Si no estuvieras militando, ¿qué te gustaría hacer? Y él me respondió: ‘Formar una banda de rock con mis hermanos’. Pasados los años y todo lo que sucedió, aquello me parece clarividente. Muchas veces me imaginé al Flaco tocando algo en Virus, con sus hermanos”, dice Perla Diez refiriéndose a Jorge Moura —su compañera de militancia, pareja y madre de sus dos hijos—

Estas historias se repitieron en el club y representan la experiencia de una generación de rugbiers que cruzó los límites tradicionales del deporte; jugadores que combinaban estudio, militancia y vida social fueron perseguidos, secuestrados y desaparecidos, evidenciando que el terrorismo de Estado no distinguió sectores ni identidades y alcanzó también a quienes habían hecho del rugby un espacio de pertenencia y construcción colectiva. En ese sentido, el caso de La Plata Rugby Club no solo expone la brutalidad represiva, sino que rompe con los estereotipos de un deporte ajeno a lo social, mostrando a un club profundamente atravesado por su tiempo histórico.

Con el retorno de la democracia, la institución inició un proceso de construcción de memoria: en 2006 instaló una placa en homenaje a sus jugadores desaparecidos y, desde entonces, sostiene esa historia a través de publicaciones, homenajes y testimonios que circulan entre generaciones. Hoy, esa memoria forma parte de su identidad. A medio siglo del golpe, el rugby todavía atraviesa su propio proceso de memoria, verdad y justicia, por lo que historias como la de La Plata Rugby Club permiten recordar lo ocurrido pero también interpelar al presente sobre lo que se dijo, lo que se calló y lo que queda por reconstruir.

Ayrton Senna: en búsqueda de la perfección

Por Gabriel Milian Scuri

Años sesenta. Una familia que consiguió su bienestar a base de sudor y trabajo, al igual que muchas otras, en un país repleto de gobiernos desastrosos y una sociedad desigual. Ayrton era el hermano del medio entre tres en el hogar de los Senna Da Silva. Viviane, la más grande, y Leonardo, el más chico. Su padre, Milton, fue dueño de una empresa metalúrgica y fanático del automovilismo. Pero, sobre todas las cosas, un padre. Un esposo. Que se sentía sumamente responsable del pasado, presente y futuro de quienes vivían bajo su techo. Todo eso repercutió en sus hijos y sus expectativas sobre ellos.

Beco, como llamaban los más cercanos a Ayrton, vivió entre una madre que dejaba todo por sus hijos y un padre que buscaba el control y la excelencia. El piloto que sería tricampeón mundial de Fórmula 1 creció bajo un lema: “Si vas a hacer algo, hacelo bien”. Cada palabra de aquella frase se le incrustó en la sangre a Senna. Exprimirse hasta la última gota era la única opción. No importaba si le sacaba treinta vueltas o dos al segundo. Siempre se podía ir por más. En la mente del chico oriundo de São Paulo, cada curva debía ser mejor que la anterior. Si había un récord, entonces existía la chance de romperlo. Una y otra vez. Como un bucle. Hasta que la remera no tenga ni una arruga. Eso llevó a Ayrton a vivir en el monoplaza. Por y para su carrera. Desde que manejaba los karts en Brasil hasta en el McLaren MP4/4.

Aquel estado de flow en el que entró en el Gran Premio de Mónaco 1988 fue algo más allá de su determinación y obsesión por ser el mejor. Fue su alma. Estaba donde debía. A bordo de donde debía. Su cuerpo sobrevolaba el principado, el auto iba solo. Hasta que despertó y se estrelló.

Ayrton convivió, durante sus 34 años, en el límite de la perfección y la catástrofe. Del retiro de la actividad después de ganar la Fórmula Ford británica a dejar toda su vida en Brasil, entre ella a su esposa, para adentrarse en la categoría reina. Frenar una milésima después que el resto para llegar primero. No dormir para descifrar el coche o estudiar cada uno de los trazos de los distintos circuitos. Los sabía de memoria. Todos y cada uno de ellos.

Senna fue miles de cosas: solidario, revolucionario, auténtico, corajudo, una persona con consciencia social. Pero antes de todo eso era piloto. Era su esencia. La competencia ponía su sangre en el punto justo de ebullición. Despertaba todas y cada una de sus hormonas.

Dentro del auto siempre sintió que estaba cerca de lograr lo que todos esperaban de él. Ser el mejor. Por eso siempre iba en busca de más. Cada fin de semana se convertía, para su vida, en una exhaustiva aventura de descubrir lo que habría más allá del mejor tiempo de vuelta o la pole position o la cantidad de títulos que podrían ganarse. Beco sabía que no existía magia para todo lo que él deseaba. Para todo lo que se le había impuesto. Si quería ser el mejor tenía que pensar y vivir como tal. 

Para un deporte como la Fórmula 1, con la privacidad y exclusividad que siempre llevó, Ayrton se mostró como cualquiera de todos los soñadores de su barrio. Un chico con inseguridades y presiones, sensible y pensante. Determinante y resiliente. Se encargó de predicar que todos luchen por sus sueños y que para eso solo existía una receta: “A todos ustedes les digo que, sea quien usted sea, esté en un altísimo o más bajo nivel social, tenga siempre mucha fuerza y determinación, y haga todo con mucho amor y fe en Dios. Que un día alcanzará su objetivo y tendrá éxito”.

A cuatro años del asesinato de Aramburú, entre el recuerdo y la búsqueda de justicia

Por Magalí Willems 

Se cumplen cuatro años de un hecho que sigue doliendo en el mundo del rugby y, sobre todo, en quienes conocieron a Federico Martín Aramburú. Aquel 19 de marzo de 2022, en las calles de París, la vida del ex jugador de Los Pumas se apagó de manera violenta tras una discusión que jamás debió escalar. Tenía 42 años.

Aramburú no fue solo un deportista destacado, con una medalla de bronce en el Mundial 2007, sino también una persona profundamente representativa de los valores del rugby: integridad, respeto, solidaridad, disciplina y pasión. Valores que, como remarcó L’Équipe, en una carta publicada junto a referentes del deporte, no terminan en la cancha, sino que forman parte de una manera de vivir.

Federico Martín Aramburú apoyando un try en el Mundial 2007.

Formado en el CASI, donde fue capitán desde joven, dejó su huella en clubes como Biarritz Olympique, USA Perpignan, US Dax y Glasgow Warriors, incluso liderando en contextos desafiantes. Dueño de un carácter fuerte dentro de la cancha y una calidez especial afuera, construyó amistades profundas y una vida ligada al rugby que trascendió lo deportivo, dejando recuerdos imborrables en cada lugar donde estuvo.

Ese mensaje, firmado por jugadores, ex jugadores y entrenadores, fue mucho más que un homenaje: fue un llamado a no naturalizar la violencia. A recordar que Aramburú actuó como vivía, defendiendo sus convicciones, sin mirar hacia otro lado. Porque en el rugby, y en la vida, el respeto por el otro es innegociable.

A cuatro años de su asesinato, el dolor convive con la espera, aunque en las últimas semanas hubo un avance clave en la causa. La justicia francesa ordenó el procesamiento definitivo de los principales acusados y confirmó que el juicio se realizará ante un tribunal de lo penal durante el primer semestre de 2026.

Procesan a los acusados del crimen

Entre los imputados, Loïk Le Priol será juzgado por asesinato (homicidio con premeditación), acusado de haber disparado por la espalda y causar la muerte del ex Puma. Por su parte, Romain Bouvier enfrentará cargos por intento de asesinato, tras haber herido a la víctima. En tanto, Lyson Rochemir será juzgada por complicidad.

La decisión, tomada por la Cámara de Instrucción de la Corte de Apelaciones de París, corrige además contradicciones previas señaladas por el Tribunal de Casación y marca un paso importante hacia el juicio que la familia espera desde hace años.

Pero más allá de lo judicial, su historia dejó una marca más profunda. Porque recordar a Aramburú también es sostener esos valores que lo definían: el compañerismo, el respeto por el otro, la defensa de las ideas sin violencia. En tiempos donde muchas veces eso parece ponerse en duda, su figura se vuelve aún más significativa.

Hoy no es solo un aniversario. Es un recordatorio. De quién fue, de lo que representó y de por qué su legado, dentro y fuera del rugby, sigue más vigente que nunca.

La falsa carta de Krol: “Fusiles que disparan flores”

Por Santiago Peñoñori Gaona

“El número de desaparecidos se cuenta por miles”, decía el diario Vrij Nederland el 24 de diciembre de 1977. Los artistas Bram Vermeulen y Freek de Jonge impulsaban en Países Bajos el boicot al mundial. Amnistía Internacional repartía folletos con información sobre lo que sucedía en Argentina. Jugadores holandeses eran entrevistados y confirmaban su presencia en la cita máxima del fútbol mundial. “El deporte debería estar separado de la política”, comentaba Ernst Happel, entrenador de los europeos. La junta del dictador Rafael Videla sabía que era mirada de reojo y la agencia de publicidad estadounidense Burson & Marsteller contaba con la inescrupulosidad justa para darle un lavado de cara al régimen. Tenía menos de seis meses para plantear una estrategia. El resultado debía ser la imagen de un país en el que reinara el orden. Seleccionaron medios argentinos afines al gobierno para luego establecer contacto con colegas extranjeros. Fueron invitados a visitar el país y agasajados. En paralelo, las denuncias de desaparecidos llegaron a los medios neerlandeses: “La señora Avellaneda fue atada a una cama donde primero la rociaron con agua helada durante media hora, luego le bajaron los pantalones y le aplicaron descargas eléctricas en todo el cuerpo”. Periodistas europeos eran amenazados por intentar transmitir imágenes de “las locas de la plaza”. Marta Moreira de Alconada, encumbrando la lucha de todas, rompió las barreras de la censura. Ese era el contexto. 

La selección holandesa disputó la primera fase del mundial en Mendoza. La subcampeona vigente compartió grupo con Perú, Escocia e Irán. El 6 de junio, en la previa al encuentro contra la selección sudamericana, Enrique Romero, corresponsal de El Gráfico en aquella provincia, entrevistó a los hermanos Van der Kerkhof. “¡Cómo nos quieren! Ahora veo que la campaña en contra del mundial fue infundada”, dijo Rene. ¿Lo dijo realmente Rene?

El 13 de junio, la revista publicó su edición N° 3062. “Holanda nos abrió las puertas”, era el título del artículo que contaba las intimidades del plantel en el Grand Hotel Potrerillos. Entre ellas, estaba la afición no conocida de Ruud Krol a la escritura y su colaboración con el diario Het Parool de su país.

Al pasar las páginas, había una carta. La carta. Escrita a mano, en inglés y con su respectiva traducción en español. La firma que tenía era la del capitán holandés. “Papá está bien. Tiene tu muñeca y un batallón de soldaditos que lo cuidan y que de sus fusiles disparan flores. Diles a tus amiguitos la verdad; Argentina es tierra de amor”, decía una de sus partes. 72 horas después, luego de que la carta hiciera eco a nivel internacional, Krol tomó conocimiento de la misma, desmintió la misiva y exigió disculpas al director de la revista. Fue una operación del periodista Enrique Romero. El Gráfico nunca volvió a hablar del tema. Todo fue tan burdo que la carta estaba escrita en inglés. La supuesta destinataria –Michelle Krol– tenía cinco años y solo hablaba neerlandés. 

 

Responder con hipocresía lo que se denunciaba con nombres propios

Por Juana Enrico

En 1979, Buenos Aires amaneció empapelada con una afirmación tan breve como autoritaria: “Los argentinos somos derechos y humanos”. Un lema diseñado desde el Estado. La dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla había decidido responder con hipocresía lo que se denunciaba con nombres propios.

El 6 de septiembre llegó a Buenos Aires una delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, parte de la Organización de los Estados Americanos. Durante dos semanas escuchó cinco mil quinientas ochenta denuncias formales de desapariciones, secuestros, y apropiaciones. Cada persona que cruzaba esa puerta traía una historia peor. La ausencia se volvió expediente; el archivo creció con una persistencia silenciosa, casi administrativa. Mientras tanto, la ciudad seguía su ritmo.

Ese ritmo tenía su propia banda sonora tipográfica: la calcomanía oficial multiplicándose. Reorganizar un reclamo en autobombo no era exclusivo de 1979. Joseph Goebbels, responsable de la propaganda del Tercer Reich, había desarrollado técnicas similares para mantener la ilusión del triunfo: durante la Primera Guerra Mundial proyectaba en cines escenas inventadas de victorias alemanas. Décadas antes de que la propaganda se repitiera durante la guerra de Malvinas, Argentina aplicaba a escala local y con fines distintos la misma lógica: la consigna “Los argentinos somos derechos y humanos” convertía un reclamo de protección en aplauso nacional.

El deporte funcionó también como pantalla. Mientras los ojos de la gente se fijaban en estadios y ceremonias (los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín, el Mundial 78 en Argentina) se naturalizaban las atrocidades que se consumaban tras los muros: interrogatorios, desapariciones, silencios impuestos. La celebración del Mundial, con la transmisión que recorría el planeta, funcionó como demostración de orden y normalidad, mientras a menos de un kilómetro la ESMA operaba como centro de detención clandestino. La operación no cambiaba los hechos; cambiaba la manera en que se percibían.

Cuando la comisión publicó su informe en 1980, describió violaciones sistemáticas y generalizadas a los derechos fundamentales. El gobierno de facto rechazó el documento y habló de una “campaña antiargentina”. La frase de las calcomanías ya había hecho su trabajo.

Hay algo particularmente elocuente en esa inversión mínima de palabras. No era un juego literario: era propaganda. Cambiar el orden altera el sentido; lo que debía proteger a los individuos frente al poder se convierte en autoelogio. La identidad absorbe la crítica. La consigna no necesitaba gritar: operaba con tersura calculada. Porque el terror, cuando busca legitimarse, no siempre apela al estruendo: a veces elige la sintaxis.

Las palabras no son inocentes. Tampoco son neutrales. En 1979, bastó invertir la secuencia de dos términos para intentar torcer el relato de una época. La historia, sin embargo, terminó por colocarlos en su sitio y mostrar la verdad que la manipulación buscaba ocultar.