Por Tomás Orlando Ramírez
Hay historias que superan cualquier guión de ficción y quedan grabadas en el deporte por razones que van mucho más allá de una simple estadística. Juan Eduardo Hohberg, un delantero que supo ganarse el apodo de “El Verdugo”, protagonizó una de las jornadas más insólitas y dramáticas del siglo XX cuando su corazón dijo basta en plena semifinal de una Copa del Mundo, fue reanimado milagrosamente en el césped y, lejos de retirarse a los vestuarios, exigió volver a jugar.

Nacido el 8 de octubre de 1927 en el pueblo cordobés de Alejo Ledesma, Hohberg comenzó su vínculo con el fútbol en las inferiores de Central Córdoba de Rosario como arquero, hasta que una emergencia en un partido lo mandó de delantero, anotó dos goles y no se movió más de ahí. Tras destacarse en Rosario Central entre 1946 y 1949, cruzó el charco para sumarse a Peñarol de Uruguay. En el club disputó once temporadas, jugó 358 partidos, convirtió 248 goles y levantó la primera Copa Libertadores de la historia de la institución en 1960. Ya nacionalizado uruguayo, su gran oportunidad con la selección celeste llegó en el Mundial de Suiza 1954, nada menos que en las semifinales del 30 de junio frente a la poderosa Hungría, que arrastraba 32 partidos invicta.
El debut mundialista de Hohberg fue en el Stade Olympique de la Pontaise, en Lausana. Tras un primer tiempo desfavorable, el delantero descontó a los 75 minutos con un remate cruzado y, a los 86, aprovechó un rebote para marcar el agónico 2-2 que forzó el alargue. Pero el festejo desembocó en lo que podría haber sido una tragedia. Después del festejo cayó desplomado sin conocimiento víctima de un paro cardiorrespiratorio. Mientras el partido seguía su curso y la pelota rodaba, el kinesiólogo Carlos Abate y el masajista Juan Kirchberg corrieron a asistirlo, le practicaron masajes cardíacos y le administraron coramina. Entre 15 y 30 segundos después, el jugador abrió los ojos, preguntó qué había pasado y, al enterarse de que habían empatado, pidió volver a la cancha. Como Uruguay no tenía cambios disponibles, reingresó al campo, aunque su físico ya no respondió y Hungría terminó llevándose el triunfo por 4-2. Tres días más tarde, el 3 de diciembre, fue titular ante Austria por el tercer puesto, convirtió un gol y demostró que su corazón ya latía con absoluta normalidad.

La tragedia rozó su vida nuevamente cuatro años después, en 1958, cuando tras caerse su fichaje por el Sporting de Lisboa, emprendió el regreso a Sudamérica en un avión que sufrió fallas mecánicas sucesivas y terminó en un aterrizaje de emergencia e incendiándose en las costas de Isla Grande, en Brasil. Milagrosamente sobrevivieron, pero lo perdió todo y, golpeado por la experiencia, pensó en abandonar el fútbol hasta que una masiva campaña de los hinchas de Peñarol, conocida como “la recuperación de Hohberg”, lo convenció de volver a vestir la camiseta del “Manya”. Ya retirado en 1967, inició una extensa carrera como director técnico que incluyó el banco de la selección uruguaya, a la que llevó al cuarto puesto en el Mundial de México 1970. Su último trabajo fue como asesor de la Federación Peruana de Fútbol y finalmente falleció el 30 de abril de 1996 a los 68 años.






