Deporte y educación: ¿el modelo estadounidense encajaría en la Argentina?

Por Bautista Bustos

En Estados Unidos, un deportista puede conseguir una beca universitaria gracias a su rendimiento, competir representando a su institución y cursar una carrera al mismo tiempo. En la Argentina, quienes buscan llegar al alto rendimiento deben encontrar la manera de combinar entrenamientos, competencias y estudios, muchas veces con horarios difíciles de compatibilizar. Sin embargo, el país ya cuenta con una estructura de deporte universitario que abre una pregunta: ¿es posible acercarse al modelo estadounidense sin copiarlo por completo?

La diferencia no está solamente en el dinero o las instalaciones. También aparece en el papel de las universidades, el lugar que ocupan los clubes y la relación entre la educación y la carrera deportiva.

Una universidad que también es un equipo

En Estados Unidos, la National Collegiate Athletic Association (NCAA) regula gran parte de las competencias universitarias. Las instituciones cuentan con equipos, entrenadores e instalaciones para sus estudiantes deportistas.

Según la NCAA, las universidades de sus divisiones I y II otorgan más de 4.000 millones de dólares anuales en becas deportivas a más de 180.000 estudiantes atletas. Sin embargo, alrededor del 2 % de los deportistas de secundaria consigue una beca universitaria. Además, muchas ayudas son parciales y no cubren todos los gastos.

El sistema permite que los jóvenes compitan mientras estudian, aunque exige organización, compromiso y cumplimiento de requisitos académicos. La universidad funciona como espacio de formación profesional y, al mismo tiempo, como plataforma deportiva.

Argentina también tiene una base

Pensar que el deporte universitario argentino no existe sería un error. En abril de 2026, la Federación del Deporte Universitario Argentino (FeDUA) informó que el sistema reunía a más de 30.000 estudiantes deportistas, alrededor de 100 universidades y 35 disciplinas.

También existe el programa Doble Carrera, que busca acompañar a quienes desean estudiar y competir simultáneamente. Sin embargo, compatibilizar las obligaciones académicas con los entrenamientos, los viajes y las competencias sigue siendo un desafío.

Un ejemplo es Dino Delmastro, jugador de bádminton y estudiante de Ingeniería Civil en la Universidad Nacional del Comahue. En una historia publicada por FeDUA en 2018, se informó que la institución organizó una venta de pollos para ayudarlo a financiar un viaje internacional que no podía costear por sus propios medios.

Su caso muestra tanto la voluntad de acompañamiento de una universidad como las limitaciones económicas que pueden aparecer cuando un estudiante busca desarrollarse deportivamente.

Otra experiencia es la de Luz Pisani, deportista de taekwondo y estudiante de Kinesiología en la Universidad de Buenos Aires. En una entrevista publicada por FeDUA en 2018, explicó que combinar ambas actividades implicaba resignar salidas y encuentros con amigos para dedicarle tiempo al estudio.

Ambos casos reflejan que el problema no pasa solamente por organizar una agenda. Los gastos, los viajes y las ausencias a clase pueden convertirse en obstáculos concretos. Por eso, el acompañamiento institucional resulta fundamental.

El papel de los clubes y el financiamiento

En Argentina, los clubes cumplen una función central en la formación de atletas. Desde el fútbol hasta el básquet, el hockey, el rugby o el vóley, miles de jóvenes entrenan y compiten en instituciones que también funcionan como espacios de pertenencia social.

Ese desarrollo, sin embargo, no siempre está conectado con el sistema educativo. Un deportista puede entrenarse varias veces por semana y viajar para disputar torneos sin contar con un programa académico adaptado a sus necesidades.

En Estados Unidos, gran parte de esa actividad se concentra en las universidades. Trasladar esa estructura a la Argentina implicaría definir las responsabilidades de las instituciones educativas, los clubes, las federaciones y el Estado. También habría que determinar quién financiaría los entrenamientos, los viajes y las instalaciones.

Mientras las universidades estadounidenses pueden recibir ingresos por derechos televisivos, entradas y acuerdos comerciales, muchos clubes argentinos dependen de las cuotas sociales, los patrocinadores y los ingresos por competencias.

Argentina también cuenta con becas estatales para deportistas de alto rendimiento, pero estas no equivalen a un programa general de becas universitarias. Ampliar las oportunidades requeriría financiamiento estable, criterios transparentes y acompañamiento académico.

¿Copiar o construir un modelo propio?

El sistema estadounidense ofrece herramientas interesantes, pero trasladarlo directamente sería difícil. Las diferencias económicas, las características de las universidades y el peso de los clubes obligan a pensar una alternativa propia.

Una posibilidad sería establecer convenios entre universidades, clubes y federaciones, con horarios flexibles, tutorías académicas, becas parciales y acompañamiento para quienes deben viajar o competir. También se podrían fortalecer los torneos universitarios para convertirlos en una oportunidad real de desarrollo deportivo.

La experiencia estadounidense demuestra que estudiar y competir pueden convivir dentro de una misma institución. Los casos argentinos muestran que ya existen iniciativas para acercar ambos mundos, aunque persisten desafíos económicos y organizativos.

Entonces, ¿el modelo estadounidense podría funcionar en Argentina? Algunas de sus herramientas podrían adaptarse, pero necesitarían financiamiento estable, coordinación institucional y una planificación que contemple las particularidades locales. El desafío consiste en construir un puente entre las aulas y las canchas, para que dedicarse al deporte no signifique postergar los estudios ni estudiar implique renunciar a competir.

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