Por Valentina Campano
Hay capitanas que solo existen durante los 90 minutos de juego, la cinta de Agustina Curioni, en cambio, no se desata nunca. Cuando el entrenamiento termina y la cancha del Club Argentino de Chivilcoy empieza a vaciarse, su figura se agranda. Mientras el resto junta los bolsos y empieza a irse, ella se queda ahí, como si el reloj no corriera. Habla con las más chicas, responde dudas y contiene. No busca la foto ni el reconocimiento, es la última en retirarse porque entendió que el verdadero liderazgo inicia cuando se apagan las luces y ya nadie está mirando.
Curioni entiende la capitanía de una manera particular. Para ella no se trata de ser la que más habla ni la que ocupa el centro de la escena. El liderazgo, explica, se construye a través de los pequeños gestos cotidianos: llegar antes a los entrenamientos, respetar los horarios, cuidar la alimentación, descansar correctamente y estar disponible cuando una compañera necesita apoyo. “Trato de llegar siempre puntual a los entrenamientos, un ratito antes, y dar el ejemplo con la alimentación, la hidratación y el descanso”, explica. Son acciones que parecen simples, pero que para ella tienen un valor fundamental dentro de un equipo.
Su historia con el básquet comenzó cuando tenía apenas seis años. Una amiga llamada Mary la invitó a acompañarla a un entrenamiento en el Club Argentino de Chivilcoy. Los entrenadores la invitaron a sumarse y desde aquel día nunca dejó de jugar. Con el paso de los años, el club dejó de ser únicamente un lugar para practicar deporte y se convirtió en un espacio central de su vida. Allí creció, formó amistades y encontró una segunda familia. Incluso hoy sigue compartiendo equipo con aquella amiga que la acercó por primera vez al básquet.

Aunque practicó otras disciplinas durante su infancia, ninguna logró despertar en ella lo que encontró dentro de una cancha de básquet. Lo que más la atrapó no fue solamente la competencia, sino el ambiente que rodeaba al deporte. El sentido de pertenencia, los vínculos y la posibilidad de compartir experiencias con otras personas fueron elementos que terminaron definiendo su camino. “Amo, amo. Me enorgullece un montón. Es el club de mi corazón”, asegura.
Ese compromiso la llevó a convertirse en capitana desde muy joven. Ya en categorías formativas ocupaba ese rol dentro de Argentino. Con el tiempo llegó a Primera División y la cinta pasó a otra jugadora con más experiencia. Sin embargo, años después volvió a asumir la responsabilidad. Esta vez no solo por decisión del cuerpo técnico, sino también por el reconocimiento de sus propias compañeras y por el valor que le daba.
Para Curioni, esa confianza representa una de las mayores satisfacciones de su carrera. Saber que sus compañeras la eligen para representarlas implica una responsabilidad que va mucho más allá de lo deportivo. Significa estar presente cuando una jugadora atraviesa un mal momento, acompañar a quien pierde confianza después de un error y sostener al grupo en situaciones de presión. “Me pone muy contenta que tengan esa imagen de mí y que puedan confiar en mí”, reconoce. Su función, según explica, consiste en ayudar a que ninguna compañera se quede sola cuando las cosas no salen como se espera.
Su manera de entender el liderazgo también está marcada por experiencias que vivió fuera del club. En 2016 integró la Selección Argentina en el Sudamericano disputado en Paraguay. Al año siguiente participó de una gira de preparación por Europa. Aquellos viajes representaron una oportunidad única para competir en un nivel más cercano al profesionalismo y conocer otras exigencias dentro del deporte.
Entre todos los recuerdos de aquella etapa, hay uno que todavía permanece intacto. Durante el Sudamericano, gran parte del plantel sufrió una gastroenteritis antes de disputar un partido decisivo frente a Paraguay. Algunas jugadoras recibieron suero minutos antes de salir a la cancha. A pesar de las dificultades físicas, el equipo logró imponerse y conseguir la clasificación. Para Curioni, aquella experiencia demostró la importancia de la fortaleza mental, el compromiso colectivo y la capacidad de sobreponerse a la adversidad.
Ese aprendizaje continúa presente en su rol actual. Como capitana, intenta transmitir a sus compañeras la importancia de mantenerse fuertes incluso cuando aparecen obstáculos. “Aprendí a liderar desde otro lado, a estar para las compañeras cuando las cosas no van bien”, recuerda. Considera que los equipos más sólidos no son necesariamente los que cuentan con las mejores jugadoras, sino aquellos que logran mantenerse unidos en los momentos difíciles.
La unión del grupo ocupa un lugar central en su forma de entender el básquet. Actualmente integra un plantel joven, compuesto en gran parte por jugadoras de categorías inferiores. A pesar de la diferencia de edad y experiencia, destaca la responsabilidad y el compromiso de las más chicas. Las describe como un grupo trabajador, capaz de competir de igual a igual contra equipos con mayor recorrido. “La unión del equipo es la base. Para mí es lo más importante. El equipo tiene que estar por encima de las personas”, afirma.
Su vínculo con ellas se fortalece aún más porque también cumple una función como entrenadora en las categorías formativas del club. Muchas de las jugadoras con las que comparte entrenamientos la ven no solo como capitana, sino también como profesora. Desde ese lugar intenta brindar confianza, acompañamiento y herramientas para que puedan desarrollarse tanto dentro como fuera de la cancha.
Cuando habla sobre los valores que le dejó el básquet, menciona la responsabilidad, la disciplina, la constancia y el sacrificio. “El básquet me enseñó responsabilidad, constancia, sacrificio y disciplina”, sostiene. Son principios que, asegura, trasladó a todos los aspectos de su vida. Para ella, el deporte no solo forma deportistas; también forma personas.
Por eso, cuando imagina el legado que le gustaría dejar en Argentino de Chivilcoy, no piensa en títulos ni estadísticas. Su deseo apunta a algo mucho más profundo: que cada vez haya más niñas jugando al básquet, que las categorías sigan creciendo y que el club continúe siendo un espacio de formación y pertenencia para las nuevas generaciones. “Me gustaría que el club esté lleno de pibitas jugando al básquet y que todas las categorías estén explotadas”, expresa. En definitiva, el mismo lugar que la recibió cuando tenía seis años y que, con el paso del tiempo, terminó convirtiéndola en la capitana que es hoy.
Una capitana que también enseña
Además de ser jugadora de Primera División, Agustina Curioni trabaja como entrenadora de categorías formativas en Argentino de Chivilcoy. Muchas de las jóvenes con las que comparte plantel también fueron sus alumnas. Desde ese rol busca transmitir confianza y acompañar a las jugadoras en sus primeros pasos dentro del deporte, ayudándolas a desarrollarse tanto dentro como fuera de la cancha.





