Por Franco Fiorani
Argentina es y ha sido cuna de los mejores futbolistas del planeta. No solo el Gran Buenos Aires produce jugadores de élite, el interior del país también ha sido protagonista de la historia del fútbol argentino. Sin ir más lejos, Mario Alberto Kempes, Ángel Di María o el mismo Lionel Messi nacieron lejos de la capital. Sin embargo, entre la enorme cantidad de casos que existen, las provincias del sur (La Pampa, Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego) parecen haber perdido protagonismo. Si bien siguen naciendo buenos futbolistas, da la sensación de que falta desarrollo, algo llamativo para una nación tan futbolera. Para tomar dimensión de esto, Marcos Acuña, nacido en Neuquén, es el único campeón del mundo surgido de la Patagonia.
El caso de Ignacio Terán, nacido en Trelew, Chubut, sirve para desarrollar esta idea. Su historia es un ejemplo de superación y, a mi parecer, también de cómo debería desempeñarse un capitán dentro de un equipo de fútbol. Actualmente, vive el deporte desde adentro, en una de las zonas más alejadas de los grandes centros futbolísticos del país. Juega en Germinal, de Rawson, uno de los clubes chubutenses con mayor presencia en el fútbol argentino profesional. En 2023 consiguieron un histórico ascenso al Federal A, dejando atrás décadas de participación casi exclusiva en la Liga del Valle.
“Nacho” comenzó su carrera como la mayoría de los futbolistas argentinos: en las clásicas escuelitas de barrio. Desde los cuatro años ya sabía que le gustaba la pelota. El fútbol y el estudio convivían en su rutina hasta que una casualidad cambió el rumbo de su vida. “Habíamos ido con mi familia a vacacionar a Mendoza y justo había una prueba de jugadores de Godoy Cruz. Yo no tenía ni botines; mi tía me compró unos para probar suerte. Tenía quince años”, recordó.
Es curioso cómo muchas carreras deportivas empiezan así, por una casualidad. Uno puede irse de vacaciones y volver con una oportunidad que le cambie la vida. A veces el talento necesita justamente eso: estar en el lugar indicado en el momento correcto. De 500 chicos que participaron en la prueba, Ignacio quedó entre los tres seleccionados. Sin embargo, la alegría vino acompañada de una decisión difícil: abandonar Trelew y mudarse solo a Mendoza con apenas quince años. Allí comenzó a entender que el fútbol podía convertirse en mucho más que un pasatiempo.
Permaneció cinco años en Godoy Cruz, jugando en Divisiones Inferiores y en la Reserva. Pero la historia que suele contarse menos también apareció. Llegó el momento en el que el club debía ofrecerle un contrato profesional y finalmente quedó libre. “Para todo jugador que se ilusiona con llegar a Primera División es un golpe bastante duro”, explicó. Esa frase resume una realidad que muchas veces queda oculta. Mientras millones de personas observan la élite del fútbol argentino, miles de jóvenes persiguen un sueño que pocas veces termina de concretarse. Pero fracasar en el objetivo inicial no significa fracasar como futbolista.

Tras regresar a Chubut, atravesó un período complicado. Incluso dejó de jugar durante un tiempo y retomó la actividad más por pasión que por ambición profesional. Pasó por Huracán de Trelew y J. J. Moreno de Puerto Madryn, mientras construía una vida fuera de las canchas. La llegada de su hijo modificó sus prioridades y comenzó a trabajar. Ahí aparece una de las principales dificultades del fútbol patagónico. A diferencia de otras regiones del país, donde existen más clubes, competencias y estructuras profesionales, en el sur muchas veces el jugador debe repartir su tiempo entre el trabajo, la familia y el deporte. Cuando Germinal lo convocó, aceptó el desafío casi como un hobby. Según contó, apenas recibía dinero para solventar algunos gastos, como los viajes o la niñera de su hijo. Sin embargo, nunca dejó de competir.
Todo cambió en 2023. Contra todo pronóstico, Germinal consiguió el ascenso al Federal A. “Nos habíamos preparado para competir, no para ascender. Se fue dando todo muy redondito”, recordó.
Ese ascenso significó mucho más que una alegría deportiva. Obligó a profesionalizar la estructura del club y a elevar la exigencia. De un momento a otro comenzaron a enfrentar equipos con jugadores de experiencia en Primera División e instituciones mucho más consolidadas.
Pero quizás lo más interesante de la historia de Ignacio no pasa solamente por su carrera como futbolista, sino por su rol como capitán.
Hace tres años heredó la cinta luego del retiro de Darío Pellejero, otro histórico referente de la institución. La decisión surgió a partir de una votación interna dentro del vestuario. No lo esperaba, pero asumió una responsabilidad que hoy va mucho más allá de lo que sucede en los noventa minutos.
Muchas veces se cree que un capitán es quien grita más fuerte o quien da indicaciones dentro de la cancha. En realidad, su función es bastante más compleja. Terán se convirtió en un nexo entre la dirigencia, el cuerpo técnico y los jugadores. “Trato más que nada de que esté todo bien durante la semana, porque si está todo bien afuera de la cancha, adentro también va a ayudar”, explicó.

En un plantel profesional aparecen problemas de todo tipo. Hay futbolistas que están lejos de sus familias, otros que atraviesan dificultades económicas o personales. Resolver esas situaciones, escuchar y acompañar también forma parte del trabajo.
Incluso reconoce que, en ciertos momentos, debe asumir un rol parecido al de un psicólogo, aunque destaca que todo el grupo colabora y que el club comenzó a incorporar profesionales especializados en salud mental, una muestra del crecimiento institucional que Germinal viene atravesando año tras año. Quizás ahí esté la principal enseñanza de esta historia. El fútbol no se construye únicamente con talento, también se sostiene con personas que, aún lejos de las grandes luces, hacen un esfuerzo cotidiano para que el deporte siga creciendo.
Argentina es una potencia futbolística, pero todavía tiene una deuda con ésta región. La Patagonia no necesita demostrar que sabe jugar al fútbol, necesita más oportunidades para hacerlo. Porque si un chico que se fue de vacaciones a Mendoza, quedó entre tres de quinientos jugadores, volvió a su provincia y terminó convirtiéndose en capitán y referente de un equipo profesional, entonces el problema nunca fue la falta de talento. Quizás la próxima gran figura argentina esté hoy entrenando en una cancha del sur, esperando la oportunidad que alguna vez encontró Ignacio Terán. Y tal vez, para que eso suceda, solo hace falta mirar un poco más allá de Buenos Aires.





