¿Qué es proteger? La pregunta que surge ante la prohibición de las apuestas en Brasil

Por Lola Fariña Villaverde

“Prohibir no es proteger”, decía el centro de las camisetas con las que Flamengo salió a jugar el jueves pasado, en el empate con Santos. El club brasileño se manifestó así en contra de la medida impulsada por Luiz Inácio Lula da Silva, que prohíbe el funcionamiento de las casas de apuestas online en Brasil. 

Parte del debate que abre esta frase gira en torno a si prohibir una actividad significa necesariamente que desaparezca o que se resuelvan los problemas asociados a ella, o incluso si la afirmación se aplica de igual manera en todos los casos. Pero la discusión también tiene otra arista: ¿A quién busca proteger Flamengo? ¿A quienes sufren las consecuencias de las apuestas o a los ingresos que estas representan para el club? 

En agosto de 2025, el Mengão firmó con Betano un contrato de patrocinio que, según el medio brasileño ge, le reportaría R$ 268,5 millones por temporada (US$ 53 millones al cambio actual), con un monto total de R$ 895 millones (US$ 177 millones) hasta fines de 2028. La cifra permite dimensionar el impacto económico que puede tener este negocio en las finanzas de una institución. Para los equipos, estos acuerdos se convirtieron en una fuente de ingresos difícil de ignorar. 

La relación entre el fútbol y las apuestas no es nueva, pero en los últimos años adquirió una dimensión diferente. La digitalización del juego impulsó una industria global multimillonaria que encontró en el deporte una vidriera privilegiada. Los logos llegaron a las camisetas, las transmisiones y los carteles alrededor de los estadios. Con el tiempo, su presencia se volvió tan habitual que pasó a formar parte del paisaje futbolístico. 

La medida provisoria firmada por el presidente brasileño prohibió el funcionamiento de las apuestas. Desde el 6 de octubre, los clubes alcanzados por la disposición debieron retirar esas marcas de sus camisetas y de los espacios publicitarios. La decisión no sólo los obliga a buscar nuevas fuentes de ingresos, sino que también pone en discusión una estructura comercial que el fútbol ayudó a construir. 

Pero para que este negocio funcione hace falta un tercer actor: quienes apuestan. Son ellos los que sostienen una industria que necesita atraer usuarios de manera constante para seguir creciendo. 

“Apostá con responsabilidad y únicamente si sos mayor de edad”, advierten las publicidades de estas casas. El mensaje de cuidado aparece junto a las promesas de premios, las cuotas y las oportunidades de ganar, y convive con una promoción constante del juego, que invita a apostar antes, durante y después de cada partido. “Demostrá con tus amigos que sos el que más sabe”, desafía el casino online BetWarrior, como si el conocimiento deportivo alcanzara para anticipar un resultado y pudiera, en este caso, traducirse en dinero. También aparece la idea de que apostar es cosa de quien “se la banca de verdad”. Así, arriesgar plata se presenta como una forma de probarse ante los demás y demostrar seguridad. 

En Brasil, el Ministerio de Salud informó que más de 28 millones de personas habían apostado durante los doce meses previos a una encuesta realizada en 2023, mientras que 10,9 millones presentaban patrones de juego considerados riesgosos o problemáticos. Las cifras muestran que, para una parte de la población, esta acción puede dejar de ser un entretenimiento y convertirse en un problema con consecuencias que van más allá de lo económico. 

El punto, entonces, quizás no consista solamente en determinar si prohibir es proteger, sino en preguntarse qué significa proteger cuando el propio deporte invita a apostar.

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