Goles a pulmón: la cruda realidad del Ascenso en el fútbol femenino

Por Rocco Fiorani Fineschi

El crecimiento del fútbol femenino en Argentina avanza a dos velocidades. Mientras la visibilidad suele concentrarse en la Primera División, en las categorías del Ascenso nace la disciplina entre el entusiasmo deportivo y una cruda precariedad económica. En la Primera C, categoría donde compite Arsenal de Sarandí, la brecha entre la exigencia competitiva y los recursos disponibles expone a diario el esfuerzo a pulmón de instituciones, cuerpos técnicos y futbolistas.

La realidad financiera de la divisional ha mostrado su cara más compleja en las últimas temporadas. La reciente desafiliación de Villas Unidas, club que debió dar un paso al costado al no poder afrontar los costos presupuestarios de traslados, logística y mantenimiento en la categoría, encendió las alarmas de la divisional. Un antecedente similar afectó a Lima FC: tras ser uno de los grandes protagonistas del torneo en 2023 y 2024, la institución sufrió un colapso institucional en 2025 que la llevó a finalizar última en su zona con un saldo alarmante de casi 140 goles en contra, reflejando el impacto directo que tiene la falta de sustento en el rendimiento deportivo.

En este contexto de contrastes, Pablo Cropanese, director técnico de la Primera División de Arsenal de Sarandí, analiza la actualidad del torneo y las dificultades cotidianas que afronta la disciplina. “Hoy las pibas vienen con otra cabeza y con una técnica mucho más trabajada que hace tres o cuatro años, el salto en lo táctico fue gigante”, remarca el DT de Arsenal. “Pero la diferencia real con la Primera A no pasa por cómo juegan o si corren más o menos; pasa por la espalda económica que tienen los clubes para bancar el día a día”.

Una de las marcas registradas de la categoría es la condición económica de sus protagonistas. En la Primera C, el profesionalismo pleno es casi nulo: son muy pocas las futbolistas que logran percibir al menos un viático por parte de los clubes para cubrir sus gastos de transporte. La inmensa mayoría debe dividir sus días entre jornadas laborales, estudios universitarios u obligaciones familiares para sostener su vida cotidiana.

“Acá ninguna vive del fútbol”, sintetiza Cropanese sin rodeos. “Te encontrás con pibas que se comen ocho horas de laburo o vienen de cursar en la facultad y meten un viaje larguísimo para no perderse un entrenamiento. Vos como técnico no podés mirar para otro lado: tenés que ser un poco psicólogo, entender de dónde viene cada una, regular las cargas y apoyarlas. Cuando te enteras de lo que pasó con Villas Unidas o ves el bajón que tuvo Lima, te das cuenta de que si no hay un grupo humano fuerte atrás, se hace muy cuesta arriba sostenerse”.

Respecto a la dinámica del juego en la división, el entrenador del Arse aclara que el torneo no da respiro: “La C es una categoría durísima, de mucha fricción. En la A capaz tenés canchas lindas donde podés hacer rodar la pelota y aparecen los espacios. Acá no te regalan nada: es trabar, ganar la segunda pelota, estar atento a la pelota parada y masticar el partido con la cabeza fría porque un error te cuesta carísimo”.

El futuro de la disciplina en el ascenso dependerá de consolidar estructuras formativas y garantizar condiciones mínimas de sustentabilidad. Mientras tanto, en clubes como Arsenal de Sarandí, el compromiso de jugadoras y entrenadores sostiene el sueño de competir, demostrando que el verdadero motor del fútbol femenino sigue latiendo en sus bases.

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