Por Matías Villar
El Parque Chacabuco se convierte en un refugio de estudiantes, trabajadores y vecinos que encuentran en el Running una forma de despejarse, compartir y afrontar la noche a su manera.
La transpiración cae lentamente por la frente del chico que pasa corriendo. Se acumula en la sien, recorre la mejilla y termina perdiéndose entre el cuello y la remera. Mientras tanto, las piernas sienten el esfuerzo y las zapatillas golpean una y otra vez contra el suelo. A unos metros, otro corredor pasa en sentido contrario. Después otro. Y otro.
El Running suele asociarse con carreras multitudinarias, grandes marcas y atletas profesionales. Pero, muy lejos de las competencias y de los eventos, hay otra realidad. Una que no suele salir en la televisión, que está lejos de los flashes: la de quienes trabajan, estudian, cumplen con sus obligaciones y, cuando finalmente tienen un tiempo libre, salen a correr.
Son las 20 horas. El Parque Chacabuco, ubicado en el barrio homónimo, tiene movimiento por todos lados. El viento frío sopla sin parar y hace notar que el invierno está presente. Para algunos, correr significa entrenar. Para otros, despejarse, encontrarse con amigos, o simplemente tener un momento del día que se olviden de todo sin importar la temperatura.
“Yo vengo al parque tres veces por semana después de cursar en la facultad”, cuenta Lucía, estudiante de arquitectura de 22 años. “Es el único momento en el que puedo desconectar. El gimnasio no me sirve porque es un espacio más chico, cerrado y no corre aire. A veces estoy sola y otras acompañada”, agrega. A la vez que habla, acomoda los auriculares y se prepara para seguir camino. Los audífonos se ven en muchos de los corredores, especialmente en los que están solos. “La música me ayuda a marcar mi ritmo”, comenta antes de despedirse.
En otro sector del parque está la pista de atletismo. Allí se reúnen muchísimas personas que necesitan un recorrido más ordenado. Hay muchos grupos de Running. Uno de los que más gente tiene es: “LA META”. Todos llevan la misma remera de color verde que hace destacar su presencia. A unos metros, hay unos 6 amigos con alrededor de 30 años descansando porque hicieron ejercicios a lo largo de la pista. “No somos profesionales, pero nos tomamos en serio lo que hacemos. Cada metro es un desafío personal y compartirlo con alguien, es más llevadero”, relata Julián, mientras utiliza una toalla para secarse la transpiración que le cubre su cara.
Desde 2019, este deporte avanza porque se recuperaron distintos espacios públicos. Ya hay más de 70 carreras de calle. El gobierno de la ciudad de Buenos Aires propone que haya en distintos puntos de CABA en donde la gente se pueda acercar libre y gratuitamente a hacer ejercicio. Una de las sedes está en el Parque Chacabuco. En su sitio web oficial, describen la propuesta como una forma de educar, entrenar y proporcionar a los vecinos las herramientas necesarias para poder desarrollar la actividad. Las otras 10 sedes en Capital Federal son: Rosedal, Arenales, Centenario, Saavedra, Ciudad de Banff, Lugano, Facultad de Derecho, Reserva Costanera Sur, Puerto Madero, y Plaza Houssay.
En una de las esquinas de la pista, un entrenador llama al grupo para empezar con la entrada en calor. Entre las camperas, botellas y pertenencias de cada uno comienza a gritar para motivarlos y que no pierdan ritmo. “Más rápido Claudia, dale más rápido”, le grita a la mujer, que realiza los ejercicios con más lentitud que los demás. Hay una idea instalada de que para correr hay que estar preparado físicamente pero acá justamente pasa lo contrario. Quienes asisten a este tipo de clases van para aprender. Luego de unos minutos, el grupo empieza a correr. Y sí, Claudia está por delante de todos. Ese simple gesto del entrenador de animarla también la potencia a ella.
Mauro. Padre de 55 años que está separado y trabaja como contador. No lleva la misma velocidad que los jóvenes que pasan cerca suyo. Tampoco intenta hacerlo. Su ritmo es constante. Lleva puesto una campera de Ferro, un short deportivo y unas zapatillas Nike blancas que brillan en la oscuridad de la pista. Su figura contrasta con las personas que pasan por su costado. Se siente algo distinto al verlo. “Fui papá a los 23 años y la manera de encontrar paz fue esta: venir al parque solo, después de todo el día estar entre papeles y números”, cuenta Mauro, mientras se ata los cordones. A diferencia de los grupos que alientan con gritos y música, prefiere escuchar el sonido de sus pasos y los murmullos del resto. Aprende con el tiempo que estar solo no necesariamente significa sentirse solo. Hace algunos años corre con mayor frecuencia. Al principio fueron algunos minutos. Después más y más. El Running empezó a ocupar un lugar que antes no tenía.
El reloj avanza. Son cerca de las 21. Algunos corredores ya se fueron. Otros empiezan a guardar sus cosas. Las conversaciones se vuelven más frecuentes a medida que termina el entrenamiento. La pista que estuvo llena comienza a recuperar espacios vacíos aunque hay algunos que recién llegan porque no hay un horario establecido. Cada uno elige dónde quiere estar. El viento sopla más y más pero el deporte continúa con menos personas pero las mismas ganas. Todos llegan por motivos diferentes. Todos corren de maneras diferentes. Aunque durante horas comparten el parque para despejarse.
En el centro del Chacabuco, también hay algunos grupos de personas. Mientras más tarde sea, más jóvenes aprovechan a entrenar junto a sus mascotas. El ambiente se vuelve un poco más diverso: los perros marcan el ritmo a sus dueños, incluso a veces, los dueños a sus perros.
El Parque Chacabuco es una de las zonas verdes más grandes de la ciudad. Además, está ubicado en el centro de la Capital Federal por lo cual es fácil llegar. Eso también explica la cantidad de gente que hay a cualquier día y hora. Arboleda, camino para peatones, juegos infantiles y, lo más importante, las instalaciones deportivas impuestas y mantenidas por el gobierno. Por eso, es fácil cruzarse con personas que se acercan para realizar actividad física.
Una de las particularidades de este parque es que lo atraviesa la autopista 25 de mayo que divide al espacio en dos. Para pasar de un lado a otro, hay que ir por alguno de los caminos que van por debajo de la autopista. En esos sectores bajo techo, también aprovechan para usar ese lugar hecho de cemento para correr o hacer algún ejercicio que sea conveniente en este tipo de superficie.
El deporte amateur tiene algo que el profesional perdió hace tiempo: la posibilidad de practicar sin que nadie te mire. La canción que uno escucha en sus auriculares no es molestia para nadie. Funciona como un punto de encuentro para personas que quizás nunca se hubieran cruzado en otro contexto. Un contador de 55 años comparte pista con una estudiante de 22. Un grupo de amigos corre al lado de alguien que llega solo. Una persona que recién empieza se encuentra con otra que lleva años entrenando. A veces se cree, que el deporte tiene que ser una competencia y que solo importa ganar. Pero, en ocasiones, es simplemente cuando un estudiante deja de estudiar y se pone las zapatillas para ir a correr. O cuando Claudia luego de que el profesor la anima, descubre que puede hacerlo más rápido.
El reloj marca las 22. La pista y todo el espacio verde se comienza a vaciar. A medida que pasan los segundos, se siente cada vez más el ruido de los autos que circulan por la autopista porque hay menos sonido en el parque. Las luces de los faroles iluminan el camino de peatones aunque ya no queda casi nadie. La transpiración que estaba al comienzo vuelve a aparecer pero ahora significa otra cosa. Ya no representa solamente el esfuerzo, representa haber llegado hasta el final. Los últimos corredores se van rápido porque el viento y el frío se convierten en los protagonistas de la noche. Mañana volverán a los trabajos, a las clases y a sus obligaciones. El parque se transforma en un lugar calmo, sin movimiento, pero quedan las huellas de los que fueron a correr. Esas historias de quienes, lejos de los flashes, encuentran una manera distinta de terminar el día.





