Por Thiago N. Etchegaray
Jueves 27 de agosto de 2009. Gonzalo Echenique se despide de su familia por última vez antes de emprender el viaje hacia Barcelona que lo cambiaría todo. Mientras asciende por las escaleras mecánicas del aeropuerto internacional de Ezeiza, observa cómo sus padres y sus hermanos se pierden de a poco entre la muchedumbre. Sabe que construir de cero su vida sin el bullicio que implica vivir entre 12 hermanos, lejos de Gimnasia y Esgrima de Rosario (GER) -su segunda casa- y sin alentar a Newell’s en la tribuna sur del Coloso Marcelo Bielsa será un desafío duro de afrontar. Abajo quedan las vivencias que lo formaron. Arriba, con 19 años y una valija en la mano, comienza una historia que todavía no puede imaginar.
Gimnasia y Esgrima de Rosario es reconocido en la ciudad. También es elegido por las familias rosarinas como el lugar donde sus hijos se vinculan con el deporte. No fue la excepción de los Echenique: Gonzalo y sus 11 hermanos -ocho mujeres y cuatro hombres- vivieron sus infancias ligadas al club y a las actividades de sus respectivas disciplinas. “Era de película cuando llegaban en manada a la sede Parque en las pretemporadas. Era una linda manera de acompañar”, cuenta Gabriel Martino, ex entrenador de GER y de la Selección Argentina de waterpolo.
Mientras unos eligieron el rugby, el tenis, el fútbol y el voley, Chalo lo siguió a su hermano Ignacio y se inclinó por la pileta. En un principio, encontró en la natación su pasión y la forma de olvidarse de la cotidianidad. Con el tiempo, transformó a la pileta en su hábitat natural, del que nadie lo puede sacar y donde abunda la tranquilidad. “En casa son once hermanos… Meterse a la pileta y no escuchar a nadie era un espectáculo”, recordó entre risas en una entrevista con La Capital en 2022. A los 12 años, su físico y velocidad llamaron la atención en los profes de waterpolo, quienes lo invitaron a probar. Quedó.
Su familia construyó una red de contención que, según cuenta Sonia Saglietti, madre de Gonzalo, permitió a todos sus hijos convivir, compartir y competir entendiendo que “en los deportes de equipo es esencial requerir de los compañeros para crecer”. El apoyo de los padres también fue persistente ante el crecimiento deportivo: hicieron el esfuerzo económico para que Chalo viaje a los torneos que fue convocado con las selecciones juveniles, como el Mundial Sub 20 de Los Ángeles 2007 con tan solo 17 años.
El waterpolo no es un deporte popular en Argentina. Ni siquiera es profesional. Aún está lejos de serlo. La falta de clubes que practiquen el deporte y promuevan su divulgación no ayudan. Todo es un conjunto que provoca que las figuras nativas decidan emigrar para no estancarse en su crecimiento deportivo. Y es en Europa, en países como Croacia, Hungría, Serbia, España e Italia donde ganan la técnica, los movimientos y la fricción que nunca encontrarán en Sudamérica. Están a otro nivel.
Se suele decir que los zurdos son más creativos, inteligentes y habilidosos en la práctica deportiva. Entre los 12 hermanos Echenique, sólo el décimo halló mayor habilidad en el brazo izquierdo: Gonzalo. Aunque no sabe por qué fue así. Escribe con la mano derecha, pero en el momento que le llegó la pelota en su primer entrenamiento, levantó la izquierda. Pasó y pasa.

“Tiene muchas virtudes, pero que sea zurdo ya lo hizo sobresalir del resto”, comenta Ignacio Echenique, el mismo que fue partícipe del arribo de su hermano al waterpolo. Lo primero que impactaba -e impacta- en su juego era lo intempestivo que resultaba al momento de atacar. La superioridad en las categorías juveniles era tal que comenzó a ser pieza fija del primer equipo de GER a los 15 años.
Si algo saben ciertos rosarinos exitosos en el deporte es cruzar el Océano Atlántico, como Lionel Messi alguna vez, sin certezas de qué los deparará. Ese primer paso fue la decisión de irse a España a jugar en el CN Montjuïc de Barcelona. Chalo decidió avanzar. Dejar atrás la rutina para soñar en grande tiene un costo que no figura en ningún resultado deportivo: el desarraigo, la adaptación a una nueva cultura lejos de Rosario y la exigencia de un deporte de élite, absolutamente diferente a lo que es el waterpolo en Argentina.
El esfuerzo, sin embargo, nunca lo hizo solo. El respaldo de su familia fue la base desde la que se animó a construir una identidad competitiva propia y lo empujó hacia lo más alto. Hoy, con 36 años, los frutos de su dedicación y perseverancia están a la vista: campeón del mundo con la selección de Italia en 2019 (NdR: adquirió la nacionalidad italiana en mayo de 2017 mientras jugaba en el Pro Recco), pentacampeón de la Champions League -su última conquista fue hace tan solo dos meses en el CN Barceloneta- y uno de los mejores jugadores del planeta. Un éxito forjado en Rosario, con la formación que solo el club y la contención familiar pueden dar, y que se consolidó en Europa a costo del sacrificio que implica soñar en llegar a la cima del deporte.





