Por Juana Enrico y Gabriel Milian Scuri
En el fútbol -como en la vida- no hay nada escrito o, bueno, en realidad algo sí: se gana, se empata o se pierde, no más. Pero lo extraordinario es que ningún final es jamás una certeza, nunca, y ahí reside lo hipnótico. Sin embargo, el hambre de victoria, de éxito, de alcanzar la cima una y otra vez es, sin dudas, algo muy propio del hincha del fútbol argentino quien, muchas veces, parece confundirse con la necesidad de abolir la derrota. Como si esta no fuera parte del juego. Como si esta, en un deporte que no abraza a la lógica, fuera un detonante para la violencia y una sentencia sobre lo mal que puede estar un equipo.
Lo cierto es que la vida está atravesada por las derrotas. Tanto que, por momentos, hasta puede aparecer la sensación de no haber ganado nunca. Quien no sabe perder siempre estará más lejos de ganar, porque el traspié también forma parte del recorrido. Creer que una caída convierte a alguien en el peor es desconocer la naturaleza misma de cualquier proceso. No se trata de una mirada mediocre ni conformista, sino de una certeza profundamente terrenal: ninguna construcción perdurable prescinde de los tropiezos. Jamás.
¿A qué se debe esto? ¿De qué lugar viene la impaciencia del fanático?
Para intentar responder esa pregunta, primero hay que detenerse en la manera en que el hincha siente el fútbol. Quien mira a su club lo hace con la pasión que caracteriza al argentino en su afán de ser parte del mismo. Casi como una representación de lo propio. Y quizá no hay mejor forma de explicar ese vínculo que a través de lo identitario. Pocas veces una persona pronuncia la frase “yo soy”. Apenas en la carta de presentación, que suele incluir el nombre y, algunas veces, el club del que uno es. No como un fanatismo sino como parte de su persona. No hay muchas cosas capaces de responder a una pregunta tan profunda como la propia identidad. Y, para el argentino, ser de un equipo es una de ellas.
Esa misma intensidad también atraviesa los códigos de una época signada por la inmediatez y la exposición permanente. La problemática se hace presente cuando la pasión se traslada a la irracionalidad, pero en el plano de lo peligroso. Las redes sociales potenciaron un escenario en el que la frustración encuentra un canal de descarga casi ilimitado: detrás de un arroba, el anonimato funciona como una máscara que diluye los límites y permite decir aquello que difícilmente se sostendría cara a cara. La paradoja pisa fuerte en cuanto todo se traslada a la vida. A la calle. La puteada deja de ser entonces una reacción momentánea para convertirse, muchas veces, en el lenguaje cotidiano del desencanto.
El fútbol es un espejo de su tiempo. La reacción impaciente del público frente a esa obra cada vez más espectacularizada no es más que la traducción, sobre el césped y en las tribunas, de la lógica que también gobierna las calles. La urgencia por el resultado inmediato termina por condicionar la cabeza de un futbolista, que siente que un centro errado puede convertirse en una sentencia, o la de un entrenador que parece no tener permitido perder dos partidos consecutivos en un deporte en el cual, conviene recordarlo, también hay un rival que compite por ganar.
Los procesos fueron desplazados por la vorágine de una época que parece haber extraviado toda vocación de espera. Bajo esa premisa, los dirigentes suelen administrar la coyuntura antes que el proyecto y, acorralados por una crítica que exige soluciones instantáneas, terminan sacrificando entrenadores como si allí residiera el origen de todos los males. Como si un puñado de semanas bastara para edificar una idea, consolidar un equipo o conquistar títulos. Como si el tiempo, ese insumo silencioso e irremplazable de cualquier construcción colectiva, pudiera comprimirse al ritmo de la impaciencia.
¿Dónde habita la frontera entre la exigencia y el reclamo? ¿Qué tan débil es esa línea y cuándo se convierte en algo disruptivo?
El ganar coloca el humor del fanático en un estandarte de alegría que se abraza con el éxito deportivo. Éxito que se vende muy barato por televisión, aunque los intereses se pagan muy caros en la derrota. Porque endiosar a los planteles y una seguidilla de triunfos genera expectativas en los hinchas que revuelven los cajones de su historia en busca de alguna migaja de gloria pasada: la nostalgia de una era vencedora que construye los grandes pasajes de los clubes.
Platense, que transita los mejores años desde su fundación, ha logrado, en poco tiempo, su primer torneo de Primera División, se clasificó a la Copa Libertadores y triunfó ante los grandes equipos. Incluso, ha avanzado de fase, cosa que no han logrado ni Boca ni River, que ambos disputan la Sudamericana.
Aún así, cuatro partidos sin ganar (dos empates y dos derrotas) fueron suficientes para pedir la cabeza del técnico, Walter Zunino, que tres días después dejó el Calamar tras 28 partidos. Nada. Unos pocos encuentros en los que los socios se engolosinaron y enterraron su pasado a tres metros bajo tierra. Una institución que ha llegado a jugar la tercera división del fútbol local y que ha retornado a la máxima luego de 22 años en 2021. Hoy, compite. Pero dentro de la competencia se ve que no vale perder, ya que las exigencias se vuelven estúpidas y la memoria comienza a fallar.
Se torna más fácil entonar la icónica canción que hace alusión a las madres de los jugadores y unos silbidos que funcionan como el coro perfecto. Al igual que en Racing, que tras la llegada de Juan Pablo Vojvoda como nuevo entrenador y algunos resultados no deseados, la gente se revuelve en insultos para Diego Milito, presidente de la Academia, justo en la calle, aledaña al estadio, que lleva su nombre.
La capacidad de recordar de dónde vinieron y hacia dónde van la pierden absolutamente todos, o su mayoría, en la euforia de un estadio con gargantas que se rasgan de gritos furiosos. Desde el niño que comienza a vivir la pasión heredada hasta el viejo que ha visto todo. Absolutamente todo. Descensos, goleadas y crisis económicas. Trofeos, clásicos gozados y el nacimiento de los ídolos.
Pero, ¿qué lugar le cabe al fanático para la queja? ¿Es parte de su rol y razón de ser? O, ¿qué es ser hincha?
Las cosas y las maneras de ejercer cualquier tipo de acción no son, sino que están siendo constantemente. Pasa con todo en la vida, y los modos de ser hincha no están por fuera de esa lógica propia de la condición humana, que no es natural, sino una construcción. Todo el tiempo se está siendo, en un proceso atravesado por una multiplicidad de variables que se presentan, se cruzan y transforman.
Quizá no haya un rol que cumplir, sino apenas una manera de encarnar esa pertenencia. Quizá se trate de aprender a vivir el fútbol con la pasión que lo vuelve tan propio y con la dosis justa de desdén para no dejar que ese fervor lo devore. Quizá ser hincha sea una de las maneras más genuinas de sentir algo profundamente argentino: esa vehemencia y pasión que hicieron del fútbol el nuevo tango.




