Neymar y el adiós a la Verdeamarela: el final de una era en la selección

Por Leonel Blundo

Hablar del astro brasileño es hablar de uno de los futbolistas más determinantes
que dio Brasil en el siglo XXI. Pero también es discutir de un jugador que dividió
opiniones, desafió las reglas y entendió el fútbol de una manera que pocos fueron
capaces de hacerlo. Porque mientras muchos jugaban para ganar, él también jugaba
para emocionar.

Hay futbolistas que quedan en la historia por los títulos. Otros por los números,
Neymar consiguió ambas cosas. Sin embargo, lo que realmente lo convirtió en un
fenómeno fue algo que ninguna estadística puede explicar: la capacidad de hacer
que millones de personas se levantaran de sus asientos esperando que en cualquier
momento inventara una jugada imposible. Cada vez que recibía la pelota, el tiempo
parecía detenerse. Con una bicicleta, un caño o una gambeta, devolvía al fútbol esa
esencia que muchas veces parece perdida: la de jugar con alegría.

Desde muy joven deslumbró en Santos y no tardó en conquistar Europa. Brilló en el
Barcelona, donde formó junto a Lionel Messi y Luis Suárez la inolvidable MSN y
levantó la UEFA Champions League en 2015. Más tarde defendió los colores del
Paris Saint-Germain, pasó por Al Hilal y, finalmente, volvió a Santos, el club donde
todo había comenzado. Pero por más importante que fuera su recorrido a nivel de
clubes, siempre hubo una camiseta que pesó más que cualquier otra: la de Brasil.

Con la Canarinha vivió los días más luminosos y también las noches más oscuras.
Fue la gran figura de la Copa Confederaciones 2013, conquistando el título y el
premio al mejor jugador del torneo. Un año más tarde llegó el Mundial de Brasil
2014. Todo un país depositó sus sueños sobre sus hombros, parecía destinado a
conducir a su selección hasta la gloria, pero una lesión en los cuartos de final
rompió mucho más que una vértebra: rompió la ilusión de millones de brasileños.
Aquella imagen de Neymar abandonando el campo entre lágrimas quedó grabada
para siempre en la memoria del fútbol.

Como los grandes, eligió levantarse. Y la revancha llegó en los Juegos Olímpicos de
Río 2016. En el Maracaná, bajo una presión imposible de describir, convirtió un gol
de tiro libre en la final ante Alemania y luego ejecutó el penal decisivo que le dio a
Brasil la primera medalla de oro olímpica de su historia en fútbol masculino.

Con el paso de los años siguió escribiendo páginas imborrables hasta convertirse en
el máximo goleador de la historia de la selección brasileña. Superó marcas que
parecían eternas y confirmó que su legado iba mucho más allá de una generación.
Pero el camino nunca fue sencillo. Las lesiones aparecieron muchas veces,
alejándolo de los momentos que más había esperado. También convivió con críticas
constantes, con una presión desmedida y con la responsabilidad de cargar sobre
sus espaldas el destino futbolístico de Brasil. Fue amado con la misma intensidad
con la que fue cuestionado. Muchos señalaron sus gestos, sus decisiones o su
personalidad. Sin embargo, cuando Brasil necesitaba un desequilibrio, una gambeta
o un momento de inspiración, todas las miradas volvían a dirigirse hacia él.

Quizás por eso Neymar genera algo que muy pocos futbolistas consiguen. Porque
nunca fue un jugador perfecto. Fue humano. Se equivocó, sufrió, se lesionó, lloró y
volvió a empezar una y otra vez. Esa mezcla de talento descomunal con fragilidad
hizo que millones de personas se sintieran identificadas con él. No era un héroe
inalcanzable; era un chico que cargó el peso de todo un país intentando seguir
sonriendo con una pelota en los pies.

En una época donde el fútbol fue dejando cada vez menos espacio para la
imaginación, Ney nunca renunció a la gambeta. Siguió intentando el caño aunque
pudiera perder la pelota, siguió desafiando rivales cuando el camino más fácil era
dar un pase. Porque entendía que el fútbol también es espectáculo, emoción y arte.
Dicen que fue el príncipe que nunca quiso ser rey. Tal vez porque jamás buscó
ocupar el lugar de Pelé. Nunca intentó ser una copia de nadie. Eligió escribir su
propia historia, con luces y sombras, con aplausos y críticas, pero siempre fiel a su
manera de entender el juego. Y aunque el debate sobre su figura probablemente
nunca termine, hay algo que nadie podrá discutir: durante más de una década, cada vez que Neymar entró a una cancha, el mundo sintió que cualquier cosa podía pasar.
Y son muy pocos los futbolistas capaces de regalar esa sensación.

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