Por Serena Pettovello, Eliseo Damonte, Florencia Rodríguez Sánchez, Tomás Sarlanga, Matías Cuesta y Malena Mendoza

- Lautaro Martínez: una cama tendida para seguir cuidando sus sueños desde la distancia
Por Serena Pettovello
El 28 de marzo de 2007, en la ficha de inscripción N.º 41.500 de la Liga del Sur, Lautaro Javier Martínez fue anotado como jugador federado por el Club Atlético Liniers. El Albinegro, fundado en 1908, se ubica en la Avenida Alem, una de las más tradicionales de la ciudad.
Lo describen preguntón, inquieto. Un jugador guapo y de mirada penetrante. Serio y de poca sonrisa. A veces, también, de reaccionar fácilmente. Palabras que permiten visualizar al Toro que conocemos hoy, con 28 años de edad. Pero incluso cuando tenía diez, también era el goleador del equipo.
Cuando le dieron la 10, le dijeron que aquellos que la usaban tenían que hacerse cargo de los partidos importantes. “Yo me hacía cargo, así que espero que vos también lo hagas”. Lautaro lo miró, esbozó una sonrisa, y no respondió. Pero demostró que se haría cargo, que el dorsal en la espalda no le pesaba.
Había jugado cuatro partidos en la primera del Chivo cuando llegó la propuesta de Racing. El director de la reserva de la Academia, Flavio Radaelli, lo vio en un entrenamiento. Las negociaciones fueron largas, los directivos del albinegro viajaron seis veces hasta Buenos Aires para consensuar. Pero la mayor resistencia que tuvieron que sortear fue la de Karina, su madre. No quería que su hijo de 16 años se fuera tan lejos de su Bahía natal.
Desde chico, en Bahía Blanca, Lautaro supo que quería ser futbolista. Y para alguien del interior, perseguir ese sueño también implica aprender a convivir con el desarraigo: mudarse lejos de la familia, vivir en una pensión y enfrentar la soledad. Pero siempre hubo algo más fuerte. Una necesidad de demostrar que podía hacerlo.
Cuando su Viejo le compró un par de botines por primera vez, comenzó a soñar con convertir el gol que hizo en la semifinal frente a Inglaterra. Y mientras él perseguía ese sueño, su vieja —que nunca quiso verlo irse de Bahía— jamás dejó de tender su cama. Porque así, incluso a la distancia, podría seguir cuidando los sueños de su hijo.

9. Julián Álvarez, los 35 de Calchín
Por Serena Pettovello
Que chico tranquilo. Lo es a la hora de hablar y, aunque parezca contradictorio para alguien que juega a la velocidad con la que él lo hace. Oriundo de Calchín, un pueblo cordobés de poco más de 3000 habitantes, cuesta imaginarlo de otra manera. Un lugar en el que todos lo conocen, lo valoran y sonríen cuando hablan de él. Del nene que jugaba en las canchitas de Iriarte y que, casi sin darse cuenta, terminó convirtiéndose en el gran ídolo del pueblo.
Desde su infancia, una rutina que acompañaría su sencillez. Del colegio (en el que compartió con los mismos compañeros desde el jardín) a almorzar a casa. Una hora de siesta sagrada, como en cualquier pequeño pueblo del interior. Salir a jugar con sus amigos en alguna cancha de tierra, la merienda que preparaba la abuela Herminda y el entrenamiento en el Club Atlético Calchín, de camiseta albirroja. Tal vez por eso, o simplemente por tradición, buena parte del pueblo eligió a River como su equipo.
Sus amigos dicen que siempre fue fácil notar lo bueno que era jugando al fútbol. “Me pintaba la cara”. Pero nunca de una mala manera, al contrario. Relatan que se alegraban de verlo jugar así, de verlo disfrutar. De verlo permitirse soñar con compartir una cancha con Lionel Messi y, ¿por qué no? conquistar un campeonato del Mundo a su lado.
Cuando volvía de las pruebas en los clubes, sus compañeros querían saber todo: lo innovador de cómo se juega en Buenos Aires, y también en España. Pero incluso al probarse en el Real Madrid, y no poder ser fichado por las normativas de fichaje de menores, Julián no se olvidaba de su hogar. Al regresar a su Córdoba, llevaba regalos para todos sus compañeros.
En cuarto año del secundario, se mudó a Buenos Aires para seguir jugando en el Millonario, pero el viaje a Bariloche y la fiesta de egresados los hizo con sus amigos de Calchín. Los mismos amigos que, junto a algunos de sus familiares, hoy ocupan 35 butacas en cada estadio en el que la Araña juegue en esta edición del Mundial. Esas 35 que estuvieron en las buenas y en las malas, que hoy celebran sus logros como si fueran propios, pero que también estuvieron para abrazar el miedo, las derrotas.
Quizás el mayor mérito del Club Atlético Calchín no haya sido formar al futbolista, sino algo mucho más difícil: construir ese grupo de amigos que todavía hoy cruza el mundo para verlo jugar.

6. Lisandro Martínez, el sacrificio valdrá la pena
Por Serena Pettovello
Silvina “Gogo” Cabrera, además de ser su madre, fue su primera entrenadora. Armó un equipo porque su hijo, Lisandro, se lo pidió. Licha se convirtió rápidamente en la figura de un plantel de camisetas verdes con la banda amarilla cruzada, tan grandes que debían meterse dentro del pantalón. Un combinado formado por vecinos del Barrio El Molino de Gualeguay.
Un predio al lado de don Pedro y doña Dora, bisabuelos de Lisandro, fue el escenario donde el central practicaba a toda hora. Todo empezó casi por casualidad: un año en el que Don Pedro no hizo huerta, se improvisó una cancha que quedó para siempre. Lisandro creció al lado de ese predio y rodeado de familia. En un mismo terreno convivían tres hogares: sus abuelos, sus tíos, sus primos y ellos.
Lisandro comía al mediodía y, por las noches, tomaba un té con pan. Para él, era normal. Confesó haber tomado conciencia a medida que fue creciendo. Antes, lo único que importaba era jugar a la pelota.
Licha y sus amigos del barrio iban juntos a todos lados. Acudían a la Escuela Feliciano Chiclana, corrían hasta el comedor municipal a buscar la vianda, y se iban a jugar. En patas, por supuesto. Cuando cumplió los ocho, Silvina por fin le hizo caso y armó un equipo con los chicos del barrio. El 13 de marzo del 2006, fichó para Urquiza y empezó a jugar los torneos infantiles. Cuando había partido, todos se juntaban en la cancha de Lisandro y caminaban juntos las cuatro cuadras que los separaban del club.
Cuando quedó en Newell’s a los 14 años, tuvo que enfrentar de golpe otra realidad: jugar profesionalmente al fútbol implicaría estar lejos de su familia, de sus amigos, de la cancha y del club que estaba a cinco cuadras.
Extrañaba tanto que decidió volver. Su padre, El Gringo, que también había sido un buen jugador de fútbol aunque sin oportunidades, respetó su decisión, pero antes quiso mostrarle su otra posibilidad. Lo llevó a trabajar con él en una obra, como albañil. Lisandro se quedó dormido y llegó dos horas más tarde, pedaleando contra el viento.
Ese día, su padre le dijo: “¿Te das cuenta de que esto no es para vos?”. Lisandro volvió a Newell’s y nunca dejó de demostrar que aquel sacrificio, efectivamente, valía la pena.

24. Enzo Jeremías Fernández, el chico que encendía la luz de La Recova
Por Serena Pettovello
Un año antes del nacimiento de Enzo, su padre había sido despedido de la metalúrgica donde trabajaba y sobrevivía haciendo changas como albañil en Isla Maciel. Poco después consiguió empleo en una fábrica de insumos para tintas, mientras Marta, su madre, limpiaba casas para sostener la economía de una familia numerosa.
En La Recova, las luces se encendían por Enzo Jeremías Fernández. Mucho antes de que alguien imaginara al campeón del mundo, el barrio ya sabía que ese chico tenía algo distinto. En su primer partido en el club de San Martín, demostró con apenas cuatro años, que no es un chico que necesite de mucho tiempo para hacerse grande. El equipo perdía 3-2 ante Ameghino y el nene quería entrar a jugar. Desborda por la derecha, define cruzado y empata el partido.
Diecisiete años después repetiría la costumbre de aparecer cuando hacía falta: en Qatar 2022 sería campeón del mundo y elegido el Mejor Jugador Joven del torneo.
Enzo fue cinco veces campeón con su categoría en el “Círculo de Amigos” La Recova. Pero, según su padre, también es donde empezó a gatear, a caminar, a colgarse del alambrado.
A los 7 años, y después de la insistencia prolongada del ojeador de fútbol Pablo Esquivel, Enzo Jeremías Fernández llegó a River Plate. Gracias al enorme esfuerzo de sus padres, a los que no les sobraba nada, empezó a desempeñarse en las infantiles. Volvía corriendo del colegio, almorzaba, y se iba junto a Marta, su madre, en un colectivo de la línea 28 hasta Villa Martelli. Pero, además, continuaba jugando en La Recova. Mientras Marta cruzaba media ciudad en colectivo para llevarlo a entrenar y Raúl trabajaba todo el día para sostener la casa, el barrio seguía aguardando por Enzo.
Como jugaba para River en Parque Chas, muchas veces había que esperarlo para empezar los partidos en Villa Libertad. Llamaban para preguntar cuánto faltaba. Si todavía venía en camino, algún chico bajaba la tecla de la cuadra y dejaba el barrio sin luz. Volver a encenderla demoraba cerca de media hora. El tiempo justo para que Enzo llegara y pudiera entrar a la cancha. En La Recova las luces se encendían por Enzo Fernández.

5. Leandro Daniel Paredes y el sueño de San Justo
Por Eliseo Damonte
El escenario para imaginar sueños no necesita perfecciones. Para Leandro Daniel Paredes, el refugio perfecto era la persiana cerrada de un garage en la calle Condarco, en el barrio Villa Constructora. Allí, sin que existiera reloj ni situación climática que se interpusiera, ensayaba la jugada que más lo cautivaba: la chilena. Su papá, Daniel, tiraba el centro, y él, una y mil veces, la bajaba de pecho contra ese rectángulo de chapa para definir.
A los tres años de edad, dio sus primeros pasos institucionales en la Sociedad de Fomento La Justina. El club, fundado a fines de la década del 50 en San Justo, tenía por entonces una humilde cancha de cemento irregular. Quienes lo vieron jugar en aquellos primeros años de baby fútbol recuerdan a un chico que, en medio del tumulto, ya sabía conducir la pelota y buscar el arco rival con una madurez inusual para su edad.
Su evolución deportiva lo llevó luego al club Brisas del Sud, en Mataderos. Allí, bajo la dirección técnica del Tano Nanía, perfeccionó el control a dos piernas y el panorama de juego, asumiendo la capitanía en una categoría un año mayor a la suya. Fue exactamente en esa etapa formativa donde el descubridor de talentos Ramón Maddoni lo observó durante una final contra Club Parque, marcando su inevitable destino hacia las divisiones inferiores de Boca Juniors.
Pero para un jugador forjado en el conurbano bonaerense, el éxito profesional y el salto a Europa no borran el origen. Años después, ya consolidado en la élite y a las puertas de alzar los trofeos más importantes del planeta, Paredes gestionó la construcción del techo y la remodelación completa de la cancha de La Justina junto a su madre, Myriam.
Mientras él dictaba los tiempos del mediocampo de la Selección Argentina y tocaba el cielo con las manos, en San Justo los chicos de su barrio empezaron a jugar resguardados bajo un techo nuevo. Porque así, incluso a miles de kilómetros de distancia, devolviéndole la gloria a su institución, un jugador puede seguir defendiendo el potrero.

20. Alexis Mac Allister y los goles que valían figuritas
Por Eliseo Damonte
Para algunos chicos, el club de barrio es mucho más que un lugar de entrenamiento. En el caso de Alexis Mac Allister, a sus escasos años de edad, esa familiaridad se traducía en acercarse al buffet del Club Social y Deportivo Parque, en la calle Marcos Sastre 3268, y pedirle con total naturalidad al mesero que le fiara una gaseosa. Sabía que sus padres pagarían la cuenta por la noche, pero, sobre todo, entendía prematuramente que ese espacio en Villa del Parque no era una simple institución deportiva: era una extensión del patio de su casa.
Aquel niño, llamado Rusito en su Pampa natal por herencia familiar pero simplemente Ale en los pasillos del club, era serio y tímido en apariencia, pero absolutamente irreverente con la pelota bajo la suela. En esa icónica cancha de cemento, donde la pelota pica más rápido que en el pasto, su primer entrenador, Gustavo Petrochelli, pulió su técnica. Sin embargo, su mayor enseñanza no fue táctica. A ese chico competitivo y fastidioso por naturaleza le inculcó una regla innegociable: antes de la urgencia por ganar, están la educación y el compañerismo.
Esa formación estructurada convivía con la picardía de un pibe que jugaba impulsado por una motivación muy concreta. En su etapa de baby fútbol, Alexis era el goleador, y sus padres habían diseñado un sistema estricto para controlar su fanatismo como coleccionista: cada gol convertido equivalía a un paquete de figuritas. Domingo a domingo, sus hermanos mayores, Kevin y Francis, lo alentaban desde un costado, sabiendo que de la puntería del menor dependía completar el álbum. Su talento era tal que llegó a aceptar jugar un partido para otra categoría, que no llegaba a completar los once jugadores, solo después de negociar un pago inicial de diez sobres de figuritas. Naturalmente, fue la figura de la cancha.
En Parque, la familia Mac Allister creció bajo la influencia directa de los Batista. Checho, campeón en México 1986, había sido durante más de tres décadas el único campeón mundial surgido de esas baldosas. El legado que transmitían en el club era claro: la verdadera grandeza se demuestra manteniendo los pies sobre la tierra y no perdiendo la costumbre de sentarse a jugar a las cartas con los vecinos en el buffet.
Treinta y seis años después de aquella consagración en el Azteca, la historia del club exigió un nuevo capítulo. Días después de la gloria en Qatar 2022, Alexis Mac Allister regresó al centro exacto de esa misma cancha de baby fútbol para fotografiarse con sus hermanos. Ya no necesitaba pedir fiado ni cambiar goles por figuritas, pero al pararse sobre el cemento dejó en claro que el éxito internacional no altera las raíces. El campeón del mundo había vuelto al lugar que siempre extrañará con nostalgia.

10. Lionel Andrés Messi: el bulto que gambeteó al destino
Por Eliseo Damonte
Un distrito rosarino que huele a pelotas de cuero y botines gastados resguarda, entre sus calles, la génesis del mejor jugador del mundo. En el Club Abanderado Grandoli, el tejido alambrado y las modestas tribunas mantienen viva la leyenda de un niño tímido e introvertido que, al cruzar la línea de cal, se transformaba por completo.
Corría el año 1992 cuando Salvador Aparicio, histórico entrenador de las categorías infantiles, miraba con desesperación los márgenes de la cancha de tierra. Le faltaba un jugador para completar el equipo de la categoría 86. En la tribuna había un pibito de apenas cuatro años, acompañando a sus hermanos mayores junto a toda su familia. Ante la duda de su madre por su corta edad, fue su abuela Celia quien sentenció la historia: “Prestáselo, dejalo que juegue”. Aparicio solo quería que el nene se quedara paradito, simplemente para hacer bulto.
La primera pelota le pasó por la derecha y el chiquito ni se inmutó. La segunda le cayó en la zurda mágica. Ese chico, que supuestamente no sabía jugar, acomodó la pelota y salió en diagonal, gambeteando a rivales que le sacaban una cabeza de ventaja, mientras su entrenador le gritaba desesperado que pateara para que no lo lastimaran. De ahí, no lo sacaron nunca más.
Sin embargo, la verdadera magia del club Grandoli trasciende a su hijo pródigo. En un contexto barrial donde la calle muchas veces impone sus peligros y desolaciones, instituciones como esta funcionan impulsadas por un profundo sentido de comunidad: “soy porque somos”. Como explica su lema, el objetivo central no son los resultados deportivos, sino formar familias y ofrecer una burbuja de contención comunitaria donde falta todo, menos amor y pertenencia.
Frente a su antigua escuela primaria, un enorme mural dice: “De otra galaxia y de mi barrio”. Y esa es, quizás, la mayor victoria de Lionel Andrés Messi. A pesar de haber conquistado todos los títulos posibles y de que su apellido adorne paredes en cada rincón del planeta, el capitán de la Selección Argentina nunca dejó de ser ese mismo pibito humilde de acento rosarino. El genio que, detrás de su simpleza, sigue jugando con los valores de compañerismo que aprendió en la canchita de su barrio, demostrando que uno puede ser de otra galaxia sin olvidarse jamás de dónde vino.

8. Valentín Barco, su viaje de 400 km hacia la Primera División
Por Eliseo Damonte
Aquellos que logran esquivar la presión, minimizar los elogios desmedidos y jugar con el atrevimiento del potrero aun con miles de flashes encima, están tocados por una varita mágica. Valentín El Colo Barco es, sin dudas, uno de ellos. Pero mucho antes de las noches épicas de Copa Libertadores y de su desembarco en Europa, su historia comenzó a forjarse en el baby fútbol del Club Riestra, en Chivilcoy.
El camino desde su ciudad natal, 25 de Mayo, hasta el profesionalismo no supo de comodidades. Acostumbrado a pisarla como enganche en las canchas de futsal, tuvo que aprender a jugar en cancha de once, someterse al roce físico y reconvertirse para la banda izquierda. Sin embargo, el verdadero esfuerzo estaba fuera de la línea de cal. La rutina del Colo exigía levantarse a las seis de la mañana para hacer la tarea, entrar al colegio, salir al mediodía y recorrer 400 kilómetros diarios de ida y vuelta hacia el predio de La Candela. Viajaba con el dinero justo, entrenaba, merendaba y regresaba a su casa a las diez de la noche para dormir. Ese sacrificio invisible fue el fuego que forjó su carácter.
Cuando llegó el debut en la Primera de Boca Juniors y su explosión definitiva durante la Copa Libertadores 2023, Barco demostró que su personalidad era inquebrantable. En un contexto donde la urgencia suele devorar a los más experimentados, él jugaba libre y rebelde. Lo dejó en claro trepándose al alambrado en su primer gol y con la mítica pisada de pelota en plena semifinal ante Palmeiras. Para él, el pasto sagrado de La Bombonera era simplemente una extensión de las canchitas de su infancia.
Tras aquel primer salto al Brighton de Inglaterra para iniciar su aventura europea, Barco mudó su picardía al Estrasburgo de Francia. Y aunque su futuro aún no está definido, el Colo lleva consigo la bandera de la rebeldía a cada cancha que pisa. El joven lateral demuestra permanentemente que el potrero no es solo un pedazo de tierra en la provincia de Buenos Aires, sino un estado mental. Es la certeza de que, sin importar cuántos kilómetros haya que viajar o cuán intimidante sea el estadio, al fútbol siempre hay que jugarlo con la valentía de un pibe de barrio.

15. Nicolás Iván González y las monedas de su mamá
Por Eliseo Damonte
El talento no olvida de dónde viene, Nicolás González, el mapa de su vida tiene un punto de partida innegociable: el barrio Stone. Mucho antes de vestir la mítica camiseta número 10 de la Fiorentina o de levantar trofeos continentales con la Selección Argentina, su historia comenzó a escribirse a los cinco años en las canchitas del Club Sportivo Escobar y, más tarde, en el Club Atlético Belén. Fue en esas instituciones donde aprendió que el fútbol no solo requiere facilidad para llegar al gol, sino también una disciplina inquebrantable.
Detrás de cada chico que alcanza la élite, suele haber una familia empujando desde el silencio. ‘Cacho’ Silva, uno de sus primeros entrenadores, lo resume con una postal imborrable: Paola, la mamá de Nico, juntando monedas para poder pagar los viajes y acompañar los sueños de su hijo. Ese enorme esfuerzo familiar fue el motor que lo impulsó a dar el salto a Argentinos Juniors con apenas ocho años, donde realizó toda su etapa de inferiores sin descuidar sus raíces ni borrar los recuerdos de sus días en la escuela Nº 21 “Jorge Inchauspe”.
El sacrificio silencioso no tardó en rendir frutos. Tras debutar profesionalmente en 2016 en la B Nacional y sellar el ansiado ascenso del “Bicho” en 2017 con un gol agónico, su explosión por la banda izquierda le abrió las puertas de Europa y de la Selección Mayor. Fue una pieza clave para cortar la sequía de 28 años en la Copa América 2021 y brilló en la Finalissima, pero una dura lesión lo marginó a último momento del Mundial de Qatar 2022. Lejos de aislarse en la frustración, alentó a sus compañeros y salió a festejar la tercera estrella junto a ellos, sintiéndose uno más del equipo.
Pero el fútbol siempre guarda una revancha para los que no bajan los brazos. Hoy, la vida lo puso exactamente donde soñaba estar: disputando el Mundial 2026. Consolidado como una pieza de recambio fundamental, sumando minutos valiosos desde el banco y participando en casi todos los encuentros, Nico está escribiendo su propio capítulo mundialista. Y aunque los flashes del planeta lo enfoquen en los estadios más imponentes, su entrega incansable sigue siendo la misma de aquel pibito formado a puro pulmón en los potreros de su barrio.

7. Rodrigo de Paul: el niño que atajaba pelotazos y terminó manejando el mediocampo
Por Florencia Rodríguez Sánchez
Rodrigo De Paul tenía apenas cuatro años cuando tuvo su primer acercamiento con una cancha de fútbol, aunque no en la posición en la que el mundo lo conocería años más tarde. Sus primeros pasos los dio como arquero, defendiendo el arco de una categoría que no era la suya. Mientras se disputaba el Mundial de Francia 1998, comenzó su historia en el Club Social y Deportivo Belgrano de Sarandí, donde asumió la responsabilidad de defender los tres palos de la categoría 92 a pesar de pertenecer a la 94. Quedó fascinado por las actuaciones de Carlos “Lechuga” Roa con la Selección Argentina y le pidió a su mamá utilizar su camiseta y en el momento de la presentación de los equipos ser anunciado como Rodrigo “Lechuga” De Paul.
La llegada de Rodrigo al club se dio por casualidad, era su hermano Guido quien había ido a probarse para formar parte de la categoría 93, pero detrás de él apareció Rodrigo, con apenas cuatro años. Su deseo de pertenecer al club y vestir los colores celeste y blanco fue más fuerte que cualquier diferencia de edad o posición dentro de la cancha. Cuando el cansancio aparecía durante los partidos se apoyaba en uno de los palos del arco y, cuando ya no podía más, se acercaba hasta las gradas para dormir una siesta en los brazos de su madre. Carlos, su entrenador, muchas veces debía frenar el partido para que él pudiera ir al baño. De esa manera, por su entrega y pasión comenzó a construir sus primeros pasos dentro del fútbol en el club donde se ganó su primer apodo: Rodrigo “Maravilla” De Paul, por la sorpresa que generaba verlo recibir los pelotazos.
Con el paso del tiempo, aquel pequeño arquero comenzó a transformarse en el jugador que marcaría su futuro. Aun en la posición de arquero dejaba los tres palos para recorrer toda la cancha con la pelota en sus pies, salía desde el fondo, gambeteaba a todo aquel que se le cruzaba y llegaba hasta el arco contrario. Aquellas primeras gambetas en las canchas del Club Social y Deportivo Belgrano fueron el inicio de un camino que años más tarde lo llevaría a convertirse en una figura mundial. La institución que lo vio dar sus primeros pasos continúa actualmente transmitiendo esa misma pasión por el deporte tanto a niñas como a niños, con el fútbol y el patinaje como sus principales actividades.

19. Nicolas Otamendi: los clubes de barrio que lo formaron
Por Florencia Rodríguez Sánchez
Antes de convertirse en el defensor argentino que el mundo conoce, Nicolas Otamendi fue un chico de barrio que encontró en dos clubes sus primeras camisetas, los primeros amigos y los primeros sueños detrás de una pelota. Nació en 1988 y se crió en La Paloma, ubicada en la localidad de El Talar.
Sus primeros pasos en el fútbol fueron en el Club Atlético y Social Barrio Nuevo ubicado en San Fernando, allí comenzó a construir su identidad futbolera que lo acompañó durante toda su carrera: un defensor fuerte, comprometido y con personalidad. En Barrio Nuevo lo recuerdan como un chico tranquilo, disciplinado y responsable, sin embargo, con el paso del tiempo su voz empezó a escucharse; primero entre sus compañeros y después desde el fondo de la cancha. Como muchos chicos de barrio, disfrutaba cada momento alrededor de la pelota, incluso esos pequeños rituales después de los partidos, como los sándwiches del buffet del club que tanto le gustaban.
Luego de esa primera etapa llegó el turno de otro club de barrio, el Club Social y Deportivo Villa Real, ubicado en CABA. Allí continuó su formación en el baby fútbol, dentro de una institución con características similares a Barrio Nuevo, donde el fútbol infantil era el centro de la vida deportiva y social. El salto hacia Vélez Sarsfield significó un gran cambio. Dejar el club de barrio no fue sencillo, para llegar a la Villa Olímpica de Vélez debía recorrer una larga distancia en transporte público: tomaba el colectivo 721 hasta Panamericana, luego el 365 y finalmente el 169, en un viaje de dos horas de duración. A veces lo acompañaba su mamá, pero no siempre era posible por el poco dinero que había y el costo del viaje.
Ese esfuerzo cotidiano fue parte del camino que lo llevó a cumplir su sueño. Antes de las grandes canchas, los títulos y la camiseta de la Selección Argentina estuvieron Barrio Nuevo y Villa Real, dos clubes de barrio que le enseñaron los primeros valores del fútbol y sentaron las bases del defensor que nunca olvidó sus raíces.

- Juan Musso: el heredero del sueño de ser arquero
Por Florencia Rodríguez Sánchez
Juan Musso nació en San Nicolás de los Arroyos, provincia de Buenos Aires, y desde pequeño estuvo vinculado al deporte, sus primeros acercamientos fueron en el básquetbol, pero con el tiempo descubrió su verdadera pasión por el fútbol. Sus primeros pasos como futbolista los dio en las divisiones inferiores del Club de Regatas San Nicolás, una de las instituciones deportivas y sociales más importantes de su ciudad, fundada el 22 de octubre de 1892. Luego pasó a Defensor de Villa Ramallo para continuar desarrollando sus habilidades como arquero.
Su pasión por defender el arco estuvo influenciada por su padre, Guillermo Musso, un ingeniero que siempre soñó con ser arquero profesional, aunque ese sueño no prosperó y se quedó en los campos de su ciudad. Juan tomó ese sueño familiar y logró llevarlo mucho más lejos, alcanzando una carrera destacada en el fútbol internacional.
Sin embargo, el camino hacia el éxito no fue sencillo, en su etapa como juvenil de las inferiores de Racing Club, atravesó un momento de dudas que casi lo llevó a abandonar el fútbol. A los 15 años, la distancia con su familia, sus amigos y su ciudad natal, junto con la exigencia de vivir en una pensión y entrenar lejos de su hogar, hicieron que abandonara todo y regresará a San Nicolás.
Con el tiempo, comprendió que el fútbol era su verdadera pasión y decidió continuar con su sueño, regresando al Predio Tita para retomar su formación. Allí volvió a enfocarse en sus objetivos y siguió trabajando para mejorar como arquero. Su esfuerzo, dedicación y perseverancia le permitieron superar aquellas dificultades y seguir avanzando hasta convertirse en un arquero profesional, demostrando que la constancia y la confianza en uno mismo son fundamentales para alcanzar grandes objetivos.

1. Marcos Senesi y Norberto Soares
Por Tomás Sarlanga
Marcos Senesi, el defensor zurdo dio sus primeros pasos en el Club Salto Grande de Concordia en la provincia de Entre Ríos, su ciudad natal. A los seis años comenzó en las divisiones infantiles de la institución hasta que a los doce se mudó a Buenos Aires para entrar en San Lorenzo de Almagro.
Senesi llegó a San Lorenzo debido a Norberto Soares, un hincha de San Lorenzo y amigo de su padre, el fue quien incentivó al chico para que se pruebe en el Ciclón. A sus 12 años realizó la prueba donde el entrenador Carlos Orsi lo fichó para las divisiones juveniles.
Debutó en 2016 en Primera División en 2016 a sus 19 años frente a Patronato. En el club argentino disputó 72 partidos entre 2016 y 2019, convirtió un gol y dio 4 asistencias. Tras tres temporadas en el club argentino el defensores central emigraba al viejo continente ya que el Feyenoord de Países Bajos compró el pase del jugador por 7 millones de dólares. En ese equipo llegó a ser capitán y alcanzó la final de la UEFA Conference League en 2022.
Tras buenas actuaciones en el Feyenoord, el Bournemouth de Inglaterra adquirió su ficha por 15 millones de dólares en agosto de 2022. Cuatro temporadas después cambia de equipo pero no de país ya que en este mercado de pases llegó como agente libre al Tottenham con un contrato hasta 2030.
Senesi, inicialmente no iba a formar parte de la Copa del Mundo ya que no estaba dentro de los 26 convocados, sin embargo, Leonardo Balerdi, defensor Central, sufrió una lesión y fue el defensor del tottenham quien lo reemplazó. Su debut oficial en la Albiceleste fue en la victoria de Argentina por 3-1 ante Jordania donde Marcos fue titular.

18.Nicolás Paz y su vínculo con el Como
Por Tomás Sarlanga
Nicolás Paz, es hijo de Pablo Paz quien jugó el mundial de Francia en 1998 con la selección argentina. Nicolas nació en Tenerife, España y es junto a Giuliano SImeone uno de los jugadores que representa a la Albiceleste en la Copa del Mundo sin haber nacido en Argentina.
Paz comenzó a dar sus primeros pasos en el fútbol en el Atlético San Juan, un club de barrio ubicado en Santa Cruz de Tenerife. Hasta los once años estuvo en este club ya que llamó la atención de los cazatalentos del Real Madrid por lo que en 2026 inició su carrera de las juveniles inferiores en la Casa Blanca.
El Real Madrid lo adquirió para su equipo Alevin A sub 12, tras pasar por todas las categorías inferiores del club llegó al Real Madrid Castilla en 2022, ese mismo año bajo la dirección de Raul Gonzalez debutó y se convirtió en una pieza clave del equipo.
El debut con el primer equipo llegó en noviembre de 2023 en un partido de Champions League contra el Braga y semanas más tarde, en esta misma competición, también se produciría su primer gol con las casa blanca ante el Napoli en el Santiago Bernabeu.
El mediocampista llegó al Como de Italia en agosto de 2024 mediante una transferencia desde el Real Madrid por 6 millones de euros. El club blanco se reservó una opción de recompra y el 50% de sus derechos. Durante su estadía en Italia condujo al equipo a clasificarse a la Champions League de la siguiente temporada.
El Real Madrid tuvo intenciones de repescar al jugador pensando en la próxima temporada sin embargo, entre clubes llegaron a un acuerdo para que Paz juegue la Champions League con el Como la siguiente temporada, el jugador influyó en la decisión ya que pido continuar su carrera en Italia para seguir sumando minutos.

17. Giuliano Simeone y la patria potestad
Por Tomás Sarlanga
Giuliano Simeone, nacio el 18 de diciembre de 2002 en Roma Italia, esto se debe a que su padre, Diego Pablo “El Cholo” SImeone es un ex jugador de futbol y se encontraba jugando en ese momento en la Lazio. A pesar del lugar donde nació Giuliano decidió representar a la Albiceleste debido a que sus padres y sus hermanos son argentinos.
Simeone comenzó a dar sus primeros pasos en la divisiones inferiores del Club Atlético River Plate donde realizó toda su etapa de formación hasta pasar a las categorías juveniles más grandes, llegó hasta la sexta división. En el millonario se consagró campeón con la Octava división anotando un gol agónico en la final
A sus 16 años armó las valijas y se fue a Europa, al Atlético de Madrid mediante el uso de la patria potestad debido a que el jugador no tenía un contrato firmado, esto generó un malestar en River, por lo que protestó ante organismos internacionales por perder a una de sus promesas sin recibir dinero. Finalmente, la FIFA avaló el fichaje en el club español , pero River cobró un porcentaje económico por derechos de formación cuando el futbolista firmó su primer contrato en Europa en septiembre de 2020.
En abril de 2022 hizo su debut en un partido frente al Granada, tras pasar a préstamo por el Real Zaragoza y el Deportivo Alavés, en julio de 2024 se asentó en el club del cual hoy forma parte y es una pieza clave, el director técnico es su propio padre Diego Simeone quien disputó los mundiales con la celeste y blanca en Estados Unidos 1994, Francia 1998 y Corea-Japón 2002.

11. Lo Celso y la academia Griffa
Por Tomás Sarlanga
Giovani Lo Celso comenzó a jugar al fútbol a los cuatro años en el equipo del Colegio San José de Rosario. Posteriormente dio sus primeros pasos en la liga infantil ARDyTI en el club de baby San José y en las divisiones infantiles de la Asociación Atlética Jorge Griffa, antes de llegar a las divisiones inferiores del Club Atlético Rosario Central, donde realizó su formación profesional.
Llegó al canalla tras realizar una prueba en novena división a sus 13 años en enero de 2010. Hizo todas las inferiores en Rosario Central, saliendo campeón en Novena, Sexta y Reserva. Debutó en Primera el 19 de julio de 2015 bajo la dirección técnica de Eduardo Coudet ante Vélez Sarsfield, en el club rosarino disputó 54 partidos, convirtió tres goles y registró 12 asistencias.
Tras buenas actuaciones en Central, el Paris Saint Germain pondría sus ojos en él y desembolarsaría 16 millones de euros por su pase pero hubo un conflicto entre la Academia Griffa y Rosario Central ya que la academia La poseía un 16% de los derechos económicos del jugador debido al convenio firmado cuando Lo Celso pasó a Central, es decir, le correspondían 2.5 millones de euros
Como Central no liquidó la parte correspondiente en su momento, la Academia Griffa inició un largo juicio . donde años más tarde la justicia dictó un fallo adverso para el club de Arroyito, ejecutando un embargo a Rosario Central por 500 millones de pesos en favor de la entidad formadora.
El mediocampista en el viejo continente pasó por el PSG, el Villarreal, el Tottenham y el Real Betis en dos oportunidades y es donde se encuentra actualmente.
Con la Albiceleste Lo Celso fue convocado a tres Copas del Mundo a pesar de esto, solo jugo el mundial de 2026 ya que en Rusia 2018 no disputó ni un minuto y en Catar 2022 era una de las piezas claves del mediocampo y a semanas de comenzar la copa tuvo una lesión muscular y no pudo estar presente. En esta Copa del Mundo jugó el partido contra Jordania e hizo un golazo de tiro libre para que Argentina le gane 3-1 al conjunto asiatico

4. No todos fuimos Gonzalo Montiel
Por Matias Cuesta
Mucho antes de patear ese cuarto penal y levantar la Copa del Mundo, Gonzalo Montiel era Cachete, el chico que pasaba los días jugando a la pelota en Barrio Esperanza, en Virrey del Pino. Creció en una familia trabajadora, donde el fútbol era una pasión cotidiana y las calles de tierra eran el escenario perfecto para inventar partidos que parecían no terminar nunca.
Sus primeros pasos organizados los dio en Parque Fútbol Club, donde jugaba como delantero. Poco después llegó a San Enrique, también en La Matanza, luego de que un dirigente lo descubriera en un torneo barrial. Allí empezó a llamar la atención por algo que lo acompañaría durante toda su carrera: una competitividad poco común para su edad. No importaba si era un entrenamiento o una final; Cachete siempre jugaba con la misma intensidad.
La etapa decisiva de su formación llegó en el Club Social y Deportivo El Tala. Durante varios años creció en lo futbolístico y como persona en esa institución, rodeado de entrenadores, dirigentes y familias que hacían del club una segunda casa. Allí dejó de ser delantero para desempeñarse como mediocampista.
Después de una prueba en la que participaron varios chicos de El Tala, River Plate decidió incorporar únicamente a Gonzalo. Aún era un nene cuando empezó el largo camino hacia el predio de River. Seguía ligado a los torneos de baby fútbol en el club Parque Chas, donde llamó la atención de Marcelo Gallardo, que luego lo haría debutar en Primera. Antes de las noches de Libertadores y de los penales inolvidables, hubo kilómetros de colectivo, canchas de tierra y tres clubes de barrio que le enseñaron que los sueños también se entrenan.

Nicolás Tagliafico, el club como parte del living
Por Matias Cuesta
Hay quienes crecieron yendo al club. Para Nicolás Tagliafico era parte de su casa. El Club Atlético y Social Villa Calzada fue mucho más que el lugar donde empezó a jugar al fútbol: fue donde transcurrió su infancia. Mientras otros chicos esperaban tranquilos el entrenamiento, él corría por los pasillos, se quedaba en el buffet, saludaba a los dirigentes y veía cómo sus padres colaboraban para que todo funcionara.
Cuando le tocaba jugar, aparecía el Nico competitivo que todavía hoy se ve en cada partido de la Selección. Era inquieto, intenso y no daba una pelota por perdida. Sus entrenadores recuerdan a un chico que siempre quería mejorar y que entendía el fútbol con una madurez poco común para su edad. En Villa Calzada no solo encontraba rivales y compañeros: encontraba amigos y vecinos que lo acompañaban como si fuera un hijo más del club.
El día que llegó a las divisiones inferiores de Banfield no solo empezaba un nuevo desafío deportivo, también el desarraigo de un chico que dejaba atrás el club donde había pasado buena parte de su infancia. Pero Villa Calzada ya había hecho su trabajo. Antes de formar al defensor que recorrería Europa y sería campeón del mundo, había formado a la persona. Y eso, en un club de barrio, suele ser el triunfo más importante.

25. Facundo Medina, el gauchito de Fiorito
Por Matias Cuesta
En Villa Fiorito, tierra de Maradona, hay un lugar donde nacen historias mucho antes de que aparezcan los estadios, las cámaras o los contratos. Se llama Club Los Gauchitos. Para Facundo Medina, que ayudaba a su familia a recolectar cartón, fue el escenario de una infancia atravesada por el fútbol. Vivía a pocas cuadras del club y pasaba los días entre la cancha, la calle y los amigos del barrio. Ahí empezó a construir un carácter que todavía hoy lo distingue. Los que compartieron esos años recuerdan que siempre iba al frente, que no daba una pelota por perdida.
En Los Gauchitos no había lujos, pero sí algo que nunca faltó: una pelota y ganas de jugar. Facundo creció entre entrenamientos y picados interminables, acompañado por Gonzalo Leguizamón, amigo de la infancia y hoy secretario del club. Juntos recorrían las calles de Fiorito, andaban en bicicleta y se pasaban horas jugando al fútbol. A veces aparecía un par de botines, otras veces no. Lo importante era jugar. Y en ese contexto, Medina ya marcaba diferencias por su potencia física, su zurda y una personalidad que parecía ir un paso adelante del resto.
Quienes lo entrenaron en aquellos años aseguran que podía jugar en cualquier posición y que desde muy chico sabía usar el cuerpo para imponerse dentro de la cancha. Pero también recuerdan a un chico serio, competitivo y profundamente comprometido.
Su talento no tardó en llamar la atención y el siguiente paso fue incorporarse a las divisiones inferiores de River Plate, donde lo aceptaron en la pensión aunque vivía en Buenos Aires. Pero en Los Gauchitos nadie lo recuerda por los clubes en los que jugó después: Talleres, Lens y Marsella. Lo recuerdan como el chico de Fiorito que nunca dejó de representar al barrio.

13. Cristian el Cuti Romero: raíces de un campeón
Malena Mendoza
Noventa y seis años antes del gol de cabeza del Cuti a Cabo Verde, la esquina de las calles San Lorenzo y Paraná, en el barrio cordobés de Las Flores, se llenó de gambetas y goles. Fue el 10 de junio de 1930, cuando se fundó el Club Atlético San Lorenzo de Córdoba, semillero de Luis “Hacha” Ludueña, Yamil Simes (primer cordobés en vestir la casaca de la selección argentina), Bernardo Cos (que jugó en el Barcelona de Johan Cruyff) y Sebastián Viberti (ídolo del Málaga de España). Cristian Romero empezó a entrenar ahí con apenas ocho años, guiado por Daniel “Tico” Ríos, exjugador del club y, desde hace quince años, encargado de los Cebollitas, la escuelita de fútbol y el fútbol femenino.
El Santo, como se lo apoda, tiene como principal sustento el arraigo familiar y el esfuerzo de hinchas, madres, padres y abuelos que sostienen al club. Rosa, la mamá del Cuti, participaba de rifas para comprar camisetas y ofrecía su casa para lavar las prendas que usaban los jugadores.
Ese esfuerzo también tuvo su rédito. Al ceder a Romero a Belgrano en 2012, San Lorenzo estableció una cláusula que le garantizaba el 15% de una futura venta. Esa condición le permitió cobrar cuando el “Pirata” vendió el 90% del pase de Cuti al Genoa, y de nuevo cuando se concretó el pase a la Juventus.
Esta fuente accidental de talento no tiene como principal objetivo formar jugadores de alto rendimiento: funciona como un merendero que alimenta a trescientos chicos de la zona dos veces por semana, además de becar a quienes no pueden pagar la cuota y a quienes muestran buenas calificaciones en el colegio.
El éxito deportivo del zaguero central no lo desligó de sus raíces. Ayudó a que su abuela paterna pudiera abrir un merendero llamado “Copita de Leche” en Villa Rivadavia. “Es con la inspiración que me dio mi nieto. Acá está nuestro futuro, porque es un barrio muy humilde, con casitas sin revoque”, explicó María.
Quienes lo formaron aseguran que siempre fue buen compañero y líder, que ayudaba a los que tenían menos condiciones y que en los entrenamientos era el primero en llegar y el último en irse. Esa personalidad hizo que, en más de una ocasión, defendiera los colores de su club hasta con un par de guantes puestos, cuando su categoría, la 98, se quedó sin arquero.

12. Ateneo, el primer arco de Rulli
Malena Mendoza
De una platense, para otro platense.
Corría el año 97 y un pibe de 5 años se acercaba al club Ateneo Popular para jugar al fútbol por recomendación de su pediatra, que le pidió empezar actividad física por una alergia. Gerónimo Rulli encontró en ese club de barrio mucho más que fútbol. Halló una comunidad. Ese compañerismo cercano, típico de los clubes barriales, lo marcó profundamente y le dio un sentido de identidad compartida.
La familia fue parte esencial de esa etapa. Su padre, madre y abuela lo acompañaban a entrenamientos y partidos, sumándose a esas familias que rodean los alambrados alentando y sosteniendo la vida del club.
En el Ateneo, Gerónimo jugaba para la 91, siempre decidido a ser arquero. Raúl Rosati, amigo de la familia y también arquero, lo guió en sus primeros pasos bajo los tres palos y fue su referente incluso cuando Rulli dio el salto a Estudiantes de La Plata, transmitiéndole más que técnica: el espíritu social de los clubes de barrio.
El vínculo de los Rulli con Ateneo se remonta a 1986, cuando su padre, Omar, llegó al club como técnico. El fútbol se vivía desde el acompañamiento familiar, aunque no exento de límites: en su debut en la cancha de Olimpia, cuando Omar intentó darle una indicación a los gritos desde afuera, Gerónimo se plantó y le pidió que se callara delante de todos. Omar lo entendió: compartir el fútbol desde ese lugar terminó siendo lo que unía a la familia.
Ateneo era, para la comunidad del barrio, un centro de encuentro sostenido por gente que trabajaba por y para los chicos. Los sábados de torneos con otros clubes de barrio, y los torneos de verano que tanto disfrutaba Gerónimo junto a su equipo de la 91, moldearon ese entramado. Algunos de esos compañeros se reencontrarían después en las formativas de Estudiantes.
Como resume un exdirigente de Ateneo, la frase que atraviesa la identidad del club es por amor a los niños y pasión por el fútbol. Ahí está la semilla de todo: no existiría fútbol profesional sin los clubes de barrio, porque la mejor versión de cada jugador es el club donde se forma. Que uno de esos chicos hoy sea campeón del mundo les llena de orgullo y sirve de ejemplo: los clubes de barrio no forman solo jugadores, forman personas.

21. El Progreso, la cancha donde empezó todo para el Flaco López
Por Malena Mendoza
Corría el año 2004 y un nene de cuatro años se acercaba al club El Progreso, en San Lorenzo, un pueblo correntino de unos 4600 habitantes. José Luis Fernández, el entrenador que lo recibió, lo recuerda distinto a lo que hoy vemos: “A veces lo llamábamos para jugar y nos decía que no le gustaba el fútbol”. Ese mismo chico terminaría siendo José Manuel, el “Flaco” López, delantero de la Selección en el Mundial 2026.
Fernández insistió. Un día le preguntó cuál era su sueño, y López respondió que quería jugar en Boca. “Le dije que los sueños se cumplen si uno lucha por ellos”, contó el entrenador. Con el tiempo, pasó por todos los puestos de la cancha, incluso de defensor, antes de encontrar su lugar arriba.
La familia sostuvo esa etapa de un modo particular. La madre, ama de casa, era la presencia constante; el padre pasaba meses embarcado en buques pesqueros entre Ushuaia y Mar del Plata. Cuando José no quería estudiar, ella lo sentaba con los cuadernos en la vereda, para que hiciera la tarea mientras veía de reojo a sus amigos correr detrás de la pelota. El fútbol y la vida de barrio eran, para él, la misma cosa.
A los ocho años llegó la primera gran señal: Boca organizó una prueba en Corrientes y lo eligió. Le prometieron seguir de cerca su evolución, pero en el medio apareció Independiente, que se lo llevó a sus inferiores. Para acompañarlo, la familia se mudó a La Plata.
Ya en Independiente sufrió una lesión de cadera que casi lo aleja el fútbol: “Casi no podía caminar, pero las ganas fueron más fuertes”, recordaría después. El club decidió no continuar con él, y el camino que parecía trazado se cortó de golpe.
Un amigo de un extécnico correntino lo recomendó en Lanús, donde tuvo que reinventarse como jugador otra vez. Al no ser promovido a Reserva, salió a préstamo a Colegiales de Tres Arroyos, donde se transformó en figura. Ahí, lejos de los reflectores, se ganó el lugar que después no soltaría más.
De ahí en más, todo fue en ascenso: el debut en Lanús en plena pandemia, el salto a Palmeiras en 2022, la consolidación como titular indiscutido y, finalmente, la Selección. Pero además de esa parte de la historia, la de los goles y los títulos, vale la pena recordar la de un pueblo de cuatro mil habitantes y un entrenador que le enseñó, antes que nada, que los sueños se cumplen si uno lucha por ellos.




