No hay victoria futbolística que represente más a la patria

Por Julieta Landriel Esquivel

No era solo fútbol. Lo sabían los jugadores, el cuerpo técnico, y toda la hinchada argentina desde cada rincón del mundo. Lo supo Diego Armando Maradona antes y después de hacer dos goles en los cuartos de final del Mundial de México 1986. Y lo dejaron en claro el miércoles los ciudadanos de Buenos Aires, cuando desde el pitazo final hasta varias horas después, colmaron el Obelisco como si hubiesen salido campeones. Como si después de ganarle a Inglaterra no existiera nada más.

Caminar por la Avenida Corrientes en su única dirección el 16 de julio de 2026, equivalió a todas las metáforas relacionadas con la felicidad. Cortada desde Ayacucho, La calle que nunca duerme estaba más peatonal que nunca. Empezar a ver el Obelisco a lo lejos, generaba lo mismo que la Playa Varese, en Mar del Plata, cuando deja de ascender Colón y todos sacan los celulares para grabar la aparición de la costa. Despertaba el sentido de pertenencia por la bandera nacional, que efectivamente aviva en la época de Mundiales. Y más todavía con esta Selección.

Al llegar a la intersección con Libertad, las rejas que cortaban la calle no frenaron a la gente, la desviaron. Los que caminaban del lado derecho, rodeaban la manzana por la esquina de la hamburguesería El Desembarco. Y los de enfrente, por la de Chicken Chill, para terminar ambos en la 9 de Julio. El mapa de ruta no era la masa de gente caminando, si no aquel “Shhh” más fuerte que los bombos. Ese que pide un minuto de silencio para el país derrotado. Esta vez por los goles agónicos de Enzo Fernández (que de haber sido un minuto después, entraba en el 86’) y Lautaro Martínez, contra uno de Anthony Gordon.

El humo de las parrillas secaba los ojos y opacaba la visión. Igual que afuera de una cancha en la previa de los partidos de Liga. No solo había choripán, vendían hasta vacío, con una variedad de salsas y aderezos que sorprendía. Y entre toda la multitud de camisetas, resaltaban las de San Martín, Deportivo Madryn, Unión, Quilmes, la del Comité Olímpico y otras de deportes diversos. Incluso una versión en fucsia de la remera titular de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino).

Tres metros de altura por encima del piso, hasta había más movimiento. Una mujer sentada en el cartel nomenclador de Corrientes y Cerrito. Personas colgadas en los postes de luz, que a excepción de los que llegaron temprano y los vieron trepar, nadie entiende cómo subieron. La publicidad de McDonald’s, con un único mensaje: “Finaaaaaaaal”. Silbidos agudos por las cañitas voladoras. La pantalla LED de información vial, que después de cada partido le agradecía a la Selección, y ahora pudo finalmente poner “Argentina a la final”. Como el 13 de diciembre de 2022.

“Me parece bien el cambio porque contra Suiza no tuvo un buen partido”, debatía un padre con su hija sobre la salida de Rodrigo De Paul del equipo titular y el ingreso de Giuliano Simeone. Ya con la tranquilidad de haber ganado. “Yo congelé al arquero de ellos”, contaba una chica con su grupo de amigas. “Quedó un vino en tu casa, deberíamos haberlo traído”, decían otros al pasar, pensando en que probablemente se quedarían horas ahí. Y mientras, derretían el borde de media botella de Cola Cola cortada. Aunque la mayoría llegaba con ese vaso ya hecho. Todo musicalizado tanto por la gente (que entonaban que “España tiene miedo”, que “el que no salta es un inglés”, y que hay que ganar “por Malvinas, por el Diego, y por la última de Leo”), como por los parlantes (que hacían sonar “El pibe cantina”, “Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar”, y “La cumbia de los Trapos”, entre otras).

Alrededor del monumento histórico, también enrejado, todos esperaban para poder subir. Estaba iluminado de celeste y blanco. Y de unas letras proyectadas que aparecían y desaparecían e incitaban a la gente a saltar (como la canción manda). Con esa vista, difícil de redireccionar por la llamativa casaca de un hincha de Deportivo Morón, se escuchaba el Himno Nacional Argentino. Cantado como un grito de guerra por los 26 futbolistas en Atlanta antes del partido, y como un desahogo durante los festejos.

Y cuando los que aparecieron primero se estaban yendo, para dar paso a los que viven lejos y recién llegaban a las 21, una nube fugaz rebalsó de lluvia, en movimiento hacia la gran multitud. Nunca fue tan lindo dejarse empapar. Dio pie a otra canción, que no hace falta citar. Y nadie se tapa ni se va. El único que se preocupa es Claudio Pampillón, un artista callejero que dibujaba en el suelo al Barrilete Cósmico con un casco de guerra, y con tiza escribía que “ojalá fuera solo fútbol”.

En la entrada del Hotel Ibis, varios extranjeros bajaron a mirar. “Los argentinos están locos”, dijo uno en forma de halago. Y saltaron cuando un grupo de argentinos los incentivó. A un par de metros un grupito de nenes levantaba un cartel que ofrecía pintar la cara a precio voluntad. En el éxtasis del momento, muchos se detenían a poner su aporte y dejarse manchar la cara de celeste y blanco. 

Unos pasos más adelante (a la altura del Colegio Público de la Abogacía de la Capital), una familia sostenía una bandera que no podía faltar: “Para el Perú, las Malvinas siempre serán argentinas”. Disfrutaban como todos, y sonreían para cada foto que les sacaban al pasar. Casi lo mismo decía el trapo que estiró Giovani Lo Celso en el césped del Mercedes-Benz Stadium. Y aunque la FIFA había advertido a los hinchas que si entraban con cualquier tipo de simbolización o mensaje sobre aquella guerra, no podrían ingresar, el dolor de un país decidió saltarse la regla.

El deporte a fin de cuentas, trasciende cualquier religión, ideología, o cuadro de fútbol. Y lo que afuera del territorio confunden con vanidad, la gente grita que es orgullo de haber nacido en Argentina. 

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