Por Federico Oliver
Septiembre vuelve a poner sobre la mesa una conversación que no debería limitarse a un mes ni a una fecha en el calendario. El Mes de la Prevención del Suicidio funciona como un recordatorio de una problemática que no tiene una sola explicación, una sola causa ni un único rostro. Detrás de cada intento, de cada muerte y de cada pedido de ayuda existe una historia atravesada por múltiples factores: personales, familiares, sociales y culturales. Por eso, hablar de prevención también significa aprender a mirar los espacios en los que las personas construyen su identidad, encuentran pertenencia y procesan sus frustraciones. Hoy, entre esos espacios aparecen dos escenarios aparentemente opuestos: el deporte, con su exposición física y social, y la inteligencia artificial, con la intimidad silenciosa de una pantalla.
El vínculo puede parecer difícil de encontrar. ¿Qué tienen en común un deportista que no encuentra su lugar después de una lesión, un hincha que deposita su estado de ánimo en el resultado de un partido y un adolescente que pasa horas hablando con un chatbot en la habitación? A simple vista, poco. Sin embargo, los tres pueden quedar atrapados en una misma trampa: permitir que una sola cosa ocupe demasiado espacio en la construcción de quiénes son. Cuando una identidad depende exclusivamente del rendimiento, de los colores de un club o de una relación digital, la pérdida de ese sostén puede sentirse mucho más grande que aquello que realmente se perdió.
Para un deportista de alto rendimiento, el cuerpo no es solamente un cuerpo. Es una herramienta de trabajo, una carta de presentación y, muchas veces, la principal fuente de reconocimiento. Durante años, entrenar, competir y ganar pueden convertirse en una rutina que ordena la vida. El problema aparece cuando esa rutina deja de existir. Una lesión puede obligar a mirar desde afuera aquello que antes definía cada día. El retiro puede abrir un vacío para el que nadie preparó al atleta. Y la derrota, cuando el resultado se convierte en la medida del propio valor, puede dejar de ser solamente una derrota deportiva.
La historia del fútbol argentino conoce de cerca esa otra cara de la competencia. El caso de Mirko Saric, futbolista de San Lorenzo que murió por suicidio en 2000, permanece como una de las historias más dolorosas para pensar qué sucede detrás de la imagen del jugador profesional. Su caso no puede reducirse a una única explicación ni utilizarse para establecer una relación directa entre fútbol y suicidio. Pero sí obliga a formular una pregunta que sigue vigente: ¿cuánto conocemos realmente de una persona cuando solamente miramos al futbolista?

La misma lógica puede trasladarse al otro lado de la cancha. Para un hincha, un club puede ser mucho más que noventa minutos. Puede representar familia, amistades, barrio, recuerdos, infancia y pertenencia. Esa pasión puede ser una fuente extraordinaria de comunidad. Pero también puede transformarse en una dependencia emocional cuando el resultado deportivo comienza a determinar el estado de ánimo, las relaciones o incluso la percepción que una persona tiene de sí misma. En ese momento, la derrota deja de estar solamente en el marcador: se instala en la identidad.
No se trata de cuestionar la pasión ni de responsabilizar al deporte por aquello que ocurre en sus márgenes. El problema aparece cuando una persona no tiene otros lugares donde apoyarse. Si todo lo que soy está concentrado en una camiseta, una profesión o un rendimiento, ¿qué queda cuando esa camiseta pierde, cuando el cuerpo ya no responde o cuando llega el momento de retirarse? La pregunta no debería ser solamente cuánto puede soportar un deportista o cuánto puede tolerar un hincha, sino qué red existe alrededor de ellos cuando dejan de poder hacerlo.
Y esa pregunta nos lleva directamente del vestuario al algoritmo.
Porque si en el deporte uno de los riesgos puede aparecer cuando la identidad queda demasiado expuesta, en las pantallas puede ocurrir lo contrario: la persona puede desaparecer de la mirada de los demás. El atleta puede estar rodeado de compañeros, entrenadores, periodistas y espectadores y, aun así, sentirse solo. El adolescente que cierra la puerta de su habitación puede encontrarse físicamente aislado y buscar en una pantalla aquello que no está encontrando en su entorno. Dos situaciones diferentes, pero atravesadas por una misma ausencia: alguien que pueda escuchar lo que sucede detrás del silencio.

La inteligencia artificial llegó a ocupar un lugar inesperado en esa búsqueda. Los chatbots pueden conversar durante horas, responder inmediatamente y adaptarse al tono de quien escribe. Para una persona que se siente sola, esa disponibilidad puede resultar reconfortante. El problema aparece cuando esa herramienta deja de ser una ayuda y comienza a ocupar el lugar de una relación humana, especialmente en momentos de extrema vulnerabilidad.
Los casos de Sewell Setzer III y Adam Raine llevaron esa discusión a un terreno todavía más complejo. Ambos fueron adolescentes cuyos familiares iniciaron acciones legales vinculadas a sus interacciones con chatbots de inteligencia artificial y a los suicidios posteriores. Estos casos se encuentran atravesados por investigaciones y disputas legales sobre el papel que tuvieron esas tecnologías, por lo que no permiten reducir sus muertes a una única causa. Pero sí abrieron una discusión difícil de ignorar: ¿qué responsabilidad tiene una tecnología cuando una persona vulnerable comienza a utilizarla como confidente emocional?
La pregunta se vuelve todavía más importante cuando pensamos en cómo funcionan estos sistemas. Un chatbot está diseñado para responder, mantener una conversación y, en muchos casos, adaptarse a las necesidades expresadas por el usuario. Pero comprender el lenguaje no significa comprender a una persona como lo hace un familiar, un amigo o un profesional de la salud mental. Una máquina puede reconocer determinadas palabras, pero no puede reemplazar la complejidad de una mirada, el conocimiento acumulado de una relación o la capacidad humana de intervenir frente a una situación de riesgo.
Ahí aparece la falsa sensación de empatía. Una respuesta puede sonar comprensiva sin que exista realmente alguien detrás de ella que pueda hacerse responsable de lo que sucede. Y cuando una persona atraviesa pensamientos oscuros, esa diferencia puede ser determinante. El problema no es simplemente que una máquina responda mal. También puede estar en que responda de una manera que refuerce el aislamiento: que confirme determinadas ideas, que acompañe una interpretación sin ofrecer un contraste suficiente o que termine convirtiéndose en el único espacio donde alguien se anima a hablar.
En ese sentido, existe un paralelismo incómodo con el mundo del deporte. Una hinchada puede convertir una derrota en una crisis; un algoritmo puede devolverle a una persona una versión de sus propios pensamientos. En ambos casos puede aparecer un circuito cerrado donde falta una voz externa capaz de detenerse, preguntar qué está pasando y decir: esto que sentís merece ser escuchado por alguien que pueda ayudarte.

Pero sería injusto convertir al algoritmo en el nuevo villano, del mismo modo que sería injusto culpar al deporte. Una pantalla puede ser el lugar donde alguien encuentra por primera vez información sobre salud mental. Un chatbot puede ayudar a una persona a poner en palabras algo que todavía no pudo contarle a nadie. Un club puede convertirse en una familia. Un equipo puede devolverle a alguien un sentido de pertenencia. El problema comienza cuando esas herramientas dejan de complementar los vínculos y empiezan a reemplazarlos.
Por eso, la prevención del suicidio en el siglo XXI necesita ampliar la mirada. No alcanza con decirle a una persona que pida ayuda si nunca construimos espacios donde pedirla sea posible. No alcanza con exigirle fortaleza a un deportista si todo su entorno fue educado para celebrar solamente cuando gana. No alcanza con pedirle a un adolescente que abandone una pantalla si afuera de ella no encuentra un lugar donde sentirse escuchado.
La prevención también ocurre antes de la crisis. Ocurre cuando un entrenador aprende a reconocer señales de sufrimiento. Cuando un compañero se anima a preguntar cómo está alguien y realmente espera una respuesta. Cuando una familia puede hablar de salud mental sin convertirla en un tabú. Cuando una institución deportiva entiende que cuidar a sus integrantes también forma parte de su responsabilidad. Y ocurre cuando las empresas tecnológicas y los Estados comprenden que diseñar herramientas capaces de influir sobre millones de personas también implica asumir responsabilidades frente a sus riesgos.
El desafío, entonces, no es sacar al deporte de nuestras vidas ni apagar todas las pantallas. Es impedir que cualquiera de las dos cosas se convierta en el único lugar donde una persona siente que pertenece. Porque detrás del deportista existe una persona que necesita ser mucho más que sus resultados. Detrás del hincha existe alguien cuya vida no debería quedar determinada por un marcador. Y detrás del usuario que conversa con una inteligencia artificial existe alguien que quizás está buscando, antes que una respuesta, que alguien lo escuche.
Prevenir el suicidio no significa solamente reaccionar cuando aparece el grito. Significa aprender a escuchar el silencio que lo precede.
En una época con más formas de comunicarnos que nunca, todavía podemos estar profundamente solos. Tal vez por eso la pregunta más urgente no sea qué hace una persona cuando llega al límite, sino quién está ahí antes de que llegue.
El deporte puede unir. La tecnología puede conectar. Pero ninguna herramienta puede reemplazar aquello que convierte la conexión en cuidado: una mirada que reconoce, una escucha que no juzga, una mano que acompaña y un abrazo que recuerda que, incluso en el momento más oscuro, hay alguien del otro lado.
Si una persona atraviesa una crisis emocional o necesita hablar con alguien, en Argentina puede comunicarse con la Línea 135 de prevención del suicidio. También se encuentra disponible el 0800-345-1435 desde todo el país. Ante una emergencia, también puede recurrirse al 911.





