Por Martina Bertona
Duelar un ciclo es despedirse de la persona que fuiste durante ese tiempo.
Dos días después de aquella final, mientras todavía quedaban lágrimas y bronca. Leo agarró una hoja y escribió a mano las palabras que ninguno de nosotros estaba preparado para leer.
No las publicó ese día. Tampoco al siguiente. La carta quedó guardada durante 41 días. Cuarenta y un días en los que el mundo siguió girando, mientras él ya había decidido escribirle el final a esta historia y nosotros todavía creíamos que podía tener otro capítulo.
¿Cómo hago, Leo? ¿Cómo hago para despedirte si con vos se van los mejores años de mi vida? Nací en 2005. Mi primer Mundial con memoria fue el de Sudáfrica 2010. Cinco años tenía. No entendía demasiado de fútbol, pero ahí estabas vos.
Para Brasil 2014 ya me había enamorado de tu particular forma de jugar. Desde entonces, crecí viéndote. Y mientras yo crecía, vos también ibas atravesando cada etapa de mi vida.
Los Mundiales en la escuela, mi adolescencia, los primeros momentos en los que empecé a entender qué quería para mi vida. Siempre había un partido, un Mundial, una Copa América o un gol.
Tenía nueve años cuando comenzó aquella racha de derrotas con la Selección. La pucha que dolió. Final tras final, derrota tras derrota, aparecía la misma discusión. Las críticas, los cuestionamientos, los que decían que no sentías la camiseta. Y yo defendiendo al pibe que me había hecho sentir mi primer amor. A capa y espada. Porque confiaba. Sabía que algo ibas a lograr. No podía no pasar.
Hoy miro hacia atrás y, paradójicamente, esa etapa es de las cosas de las que más orgullosa me siento. Porque estuvimos ahí antes de que llegara todo. Antes de sacarte la mochila en el Maracaná. Antes de Wembley. Antes de Qatar. Antes de que el mundo entero terminara de entender lo que nosotros ya sabíamos.
¿Cómo hago ahora para no buscar la diez con tu apellido si es la única que conozco?
Durante años, los momentos más duros de mi vida tuvieron un mismo refugio. Me sentaba frente a la televisión y, durante 90 minutos, era feliz. No importaba el resultado, sabía que verte a vos ya era algo de lo que me iba a acordar toda mi vida.
Gracias a Dios, como decís vos, Él tenía todo preparado. El guión mejor escrito. Aquel jugador que durante tantos años se le cuestionaba su amor por la camiseta no dejó boca por cerrar, ni promesa por cumplir.
Pero hay un rival contra el que ni siquiera Messi puede ganar. El tiempo. Me preparé durante años para este momento porque sabía que era el único partido que tenías perdido de antemano. Sin embargo, incluso este partido lo llevaste a penales. Lo intentaste. Como dijiste vos, te vaciaste. Y las piernas no dieron más. Sería muy egoísta de nuestra parte pedirte una más. Porque sabemos que, más allá de la edad, hoy juega tu vida personal. Esa que tantas veces dejaste de lado por esta camiseta.
Entonces, quizás, sea momento de decirte algo que durante años nos costó aceptar: andá, Leo. Descansá, te toca elegirte a vos. Fuiste el mejor superhéroe que podía tocarle a mi generación. Y lo más increíble es que siempre fuiste real, aunque por momentos parecieras salido de Marvel.
Tengo 21 años. 21 años acompañada de vos. Y ahora entiendo que quizás por eso me cuesta tanto esta despedida, no solamente por Leo, sino por la persona que fui mientras él jugaba. Durante 21 años formaste parte de mi vida por eso quizás no encuentre la forma correcta de despedirte. Quizás solamente haya que agradecer. Gracias por elegirnos. Por no bajarte nunca de este barco ni cuando se hundió. Gracias por cada partido. Por cada gol. Gracias por no rendirte cuando parecía que ya no quedaba nada por ganar. Gracias por haber sido mi infancia, mi adolescencia y parte de quien soy hoy.
La televisión va a seguir encendida, pero para muchos el partido ya terminó. Lo mejor de esta historia no fue solamente cómo terminó. Fue haber podido acompañarte todo el camino porque sabemos que vivimos historia pura.





