Por Serena Pettovello
Que lindo es cuando el fútbol da revancha.
Orlando Gill atajó dos penales y llevó al Paraguay de Gustavo Alfaro a la clasificación. No fue un camino sencillo el que le tocó atravesar al arquero de 26 años.
Cuando nació su hijo, tuvo que venderlo todo para darle de comer: la ropa del club en el que jugaba en ese entonces, su camiseta de la Sub 20, incluso sus botines. En Paraguay no encontraba su lugar y tuvo que marcharse. De Sportivo San Lorenzo pasó a la Reserva de San Lorenzo de Almagro, donde se ganó el puesto y empezó a llamar la atención. Las lesiones de Facundo Altamirano y Gastón Chila Gómez le abrieron una puerta al equipo de la primera división.
La oportunidad terminó de consolidarse en la pretemporada de 2025, cuando se ganó la confianza de Miguel Ángel Russo y San Lorenzo desembolsó 500.000 dólares por el 50% de su pase.
Con ese presente llegó el llamado de Gustavo Alfaro para las eliminatorias sudamericanas de cara a la Copa del Mundo, a la que lograron clasificar en la penúltima fecha. El debut estuvo lejos de ser el esperado: recibió fuertes críticas tras el partido frente a Estados Unidos. Sin embargo, respondió siendo figura ante Alemania, en la definición por penales que clasificó a Paraguay.
Apenas un mes y medio antes, también había destacado en la definición desde los doce pasos por la semifinal del Torneo Apertura frente a River, pero el fútbol le pegó una mala pasada y fueron eliminados. Aquella noche no alcanzó y la eliminación dejó un sabor amargo. Esta vez fue diferente. Esta vez, las atajadas sí tuvieron premio. Quizás porque el destino tenía mejores planes para Orlando Gill.
Porque el fútbol, a veces, encuentra la manera de devolver algo de todo lo que les quitó a algunos. Y si alguien merecía una revancha, era ese chico que un día tuvo que desprenderse de lo poco que tenía para que a su hijo no le faltara un plato de comida. Hoy, esa historia encontró su recompensa bajo los tres palos y con todo un país abrazándolo. Con argentinos festejando su victoria. Con los chicos del fútbol infantil del
Ciclón abrazándose, emocionados por ver a su arquero tocando el cielo con las manos.




