Por Tiziano Moreira
Dicen que un verdadero padre es aquel hombre que, cuando el partido se pone difícil y todos los demás se van, siempre se queda cerca para devolverte la pelota. El amor entre un padre y un hijo se forja en la primera mirada al nacer; cuando le enseña a caminar, a comer o en la inocencia del juego infinito. Es un vínculo con sacrificios, silencios protectores y paciencia. Hoy, el fútbol dedica un minuto de silencio al primer creyente del mejor jugador de la historia de la pelotita.
La leyenda comenzó mucho antes de los ocho Balones de Oro. En el barrio Las Heras de Rosario, el destino cruzó a dos jóvenes vecinos. Jorge Messi era apodado como “Peluca”, por una tupida cabellera, algo así a lo “rolinga”; Celia Cuccitini, “Puchi”. Ambos se casaron el 17 de junio de 1978. Formaron una familia de clase trabajadora, sostenida a base de esfuerzo. “Peluca” fabricaba tornillos y se recibió de técnico químico, labor que le permitió ingresar como inspector de control de calidad en la metalúrgica Acindar. Un oficio de albañil que heredó de su padre, Eusebio.
Los tiempos difíciles abundaban. En 1985, con dos hijos en tierra y Celia a la espera del tercero, un 300% de inflación azotó al país. Sin empleo, la idea de emigrar a Australia se instaló en las discusiones de la pareja. Optaron por resistir en Argentina y el 24 de junio de 1987 nació Lionel Andrés Messi. El chico que pudo tener otra nacionalidad y darnos miedo si lo enfrentábamos en un Mundial creció en la casa del pasaje Lavalleja.
El talento del niño deslumbraba en cada partido. Pero no todo era perfecto. Los entrenadores de “La Pulga” se dieron cuenta que era el más pequeño en estatura, y no crecía al mismo tiempo que sus compañeros. Aquí apareció el obstáculo mayor con el costo del tratamiento con hormonas de crecimiento, algo que “La Lepra” no podía pagar. Volaron a Buenos Aires y ocurrió la famosa prueba en River Plate. Lionel aguardaba su turno en el último lugar de la fila. El tiempo pasaba sin un llamado; por tal motivo, Jorge le sugirió a su hijo que se acercara al alambrado para ganar visibilidad. El oriundo de Rosario ingresó, tocó dos pelotas y forzó la estirada del arquero. El responsable de la prueba preguntó de inmediato por el padre. “Peluca” levantó la mano y escuchó la propuesta de fichaje para el club de Núñez, a lo que respondió con firmeza: “Si ustedes manejan la situación y hablan con Newell ‘s para manejar el pase, ningún problema”.
Ante la negativa de los clubes locales de asumir el gasto, la familia Messi cruzó el Atlántico en el año 2000. El sacrificio fue tan monumental que Celia retornó a Argentina con tres de sus hijos. Jorge se quedó solo con Lionel en España. Los meses iniciales en Barcelona fueron de pura incertidumbre. La angustia quedó expuesta en una carta redactada para Joan Gaspart, presidente de la institución en aquel entonces: “La situación de mi familia es gravísima. He hecho todas las previsiones económicas para sustentarme hasta el corriente mes… y hoy me encuentro sin previsiones de nuevos cobros”.
“Peluca” sintió el desdén y la desesperación de un club asaltado por las dudas. El elevado costo médico de Lionel y las finanzas alicaídas de la entidad azulgrana en aquel año demoran la decisión. Horacio Gaggioli, exrepresentante del Diez, recordó aquella prueba inicial con palabras exactas: “Tocaba la pelota como nadie y, pese que existían ciertos nervios, Lionel pronto las disipó”. Sin embargo, los despachos no avanzaban. “Si esto no se arregla pronto, nos vamos. Tengo que volver a Buenos Aires y no veo nada” le dijo Jorge por teléfono a Carles Rexach, en ese entonces secretario técnico del Barcelona que descubrió el talento del diez.
Esa presión rindió frutos. El 14 de diciembre de 2000, en el restaurante de La Reial Societat de Tennis Pompeia de Montjuïc, la historia del deporte cambió para siempre. Jorge, de 42 años, se ancló al sueño de su hijo de 13. Bajo la mirada atenta de Gaggioli y el cazatalentos Josep Maria Minguella, Rexach convenció a la familia de quedarse en España. A falta de papel membretado, el secretario técnico pidió una servilleta a un camarero. Con tinta y convicción, redactó un texto de 52 palabras para calmar tu angustia. El escrito detalla el compromiso, bajo su responsabilidad, de fichar a Lionel Messi para el FC Barcelona.
Aquel trozo de papel, validado una semana después por un escribano y subastado en 2024 por casi un millón de dólares, bastó para asegurar el destino. En febrero de 2001, una carta formal invitó a toda la familia a Cataluña y, el 16 de noviembre de 2003, luego de jugar en La Masía y entender la filosofía del jugar a dos toques, Lionel Messi debutó con el número catorce en la espalda ante el Porto de Mourinho.
El rol de protector tuvo que amplificarse a niveles insospechados cuando la camiseta de la Selección argentina se volvió una carga pesada. Las críticas impiadosas tras las finales esquivas lastimaron a todo el núcleo familiar. Lionel expuso en varias ocasiones el dolor profundo al ver a sus padres sufrir por los ataques desmedidos. Jorge absorbió esos golpes en silencio, convirtiéndose en un escudo de hierro para que él pudiera reponerse y que no piense en hundirse, tirado en sus propios pensamientos.
Ese niño obedeció y conquistó el mundo. Detrás de las cuatro Champions League, los récords y la gloria en Qatar, persistió siempre el mismo lazo primario. Lionel jamás olvidará los sacrificios de Jorge durante sus primeros años: “Mi viejo se levantaba a las 4 de la mañana y volvía a las 9 de la noche para cenar casi todos los días… Yo lo disfrutaba muchísimo porque lo extrañaba y esperaba que llegara para poder abrazarlo”.
El “Peluca”; el hombre de Acindar; el estratega de la servilleta; ; el que dijo que se anime en River; el que resistió la incertidumbre económica; el profeta que reconoció al elegido por el Mesías. Simplemente él. La huella de Jorge derivó en sonrisas placenteras de ver jugar a Lionel, ser contemporáneo a su magia. Pero su legado no solo está del lado del fútbol, sino también del hombre que educó. Un ser con muchísima simplicidad, humildad y timidez pocas veces vista en deportistas. Ese es el trofeo más valioso que puede exhibir un padre. Perdurará el alma de aquel chico rosarino que contaba las horas para recibir un abrazo al final del día. El planeta despide al constructor del mito; el hijo, en cambio, dice adiós a su mayor certeza.




