Por Juan Pablo Romano
Hay tardes que parecen un partido más. Y hay otras que pueden convertirse en historia. En algún lugar del AT&T Stadium de Dallas, millones de miradas apuntan hacia el mismo hombre. Pasaron veinte años de aquel joven que debutó en un Mundial con la camiseta argentina. Dos décadas de goles, títulos, récords, momentos lindos para recordar y otros quizás no tanto. Sin embargo, la historia todavía tiene espacio para una página más.
Esta tarde, la Selección Argentina se mide ante Austria por primera vez en su historia y en el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá de 2026, por la segunda fecha de la competición. Un partido clave para la clasificación, pero también una cita con el destino para un rosarino llamado Lionel Messi.
El capitán argentino ya conquistó todo lo que un futbolista puede soñar. Levantó la Copa del Mundo, ganó El Balón de Oro, Champions, rompió récords y construyó un legado que atraviesa generaciones. Pero hoy, una nueva marca aparece. Un solo gol lo separa de convertirse en el máximo goleador de la historia de los Mundiales.
En el debut de este Mundial, ante Argelia, logró convertir un hat-trick que permitió la victoria y se convirtió en el máximo anotador en la historia de los Mundiales con 16 goles, igualando al delantero alemán Miroslav Klose, quien luego lo felicitó al argentino tras elogiarlo como “el mejor jugador de todos los tiempos”, en un diario local Süddeutsche Zeitung.
La expectativa crece en cada rincón del mundo. En las tribunas, en los hogares y frente a las pantallas. Porque ya no se trata solamente de un partido más. Se trata de la posibilidad de presenciar otro capítulo inolvidable en la carrera de uno de los deportistas más importantes de todos los tiempos.
Mientras Argentina busca su lugar en la siguiente ronda, el mundo espera. Espera un gol, espera un récord, espera otro momento para recordar.
Y cuando el árbitro marque el inicio del partido, la historia volverá a ponerse en marcha.
Apenas cinco minutos después, Argentina tiene la primera gran oportunidad de la tarde. Penal. El estadio contiene la respiración. Messi toma la pelota. Frente a él está el arquero austriaco -Alexander Schlager- y la posibilidad de romper el récord. Corre, remata… pero se va por el costado del palo izquierdo. El récord deberá esperar.
La búsqueda continúa. A los 18 minutos, el capitán vuelve a tener una ocasión clara, Austria resiste y la ansiedad comienza a crecer. Cada minuto que pasa aumenta la sensación de que la historia está cerca, aunque todavía se hace desear.
Y a los 31, llega una imagen difícil de creer. Messi deja atrás al arquero, queda frente al arco vacío y cuando todo parece listo para el festejo, un defensor austríaco aparece en el área y evita el gol. Todo el estadio se lleva las manos a la cabeza. El récord parece escaparse una vez más. Pero los grandes momentos no desaparecen. Solo esperan su instante.
Es entonces, que siete minutos después, Argentina vuelve a atacar. La pelota llega a Messi dentro del área a través de una jugada típica que siempre protagonizó el 10 argentino a lo largo de su carrera. La redonda inicia en los pies del hombre del Inter de Miami en la mitad de la cancha y envía un pase para Thiago Almada que encara hacia el arco rival. Como en sus inicios en Vélez Sársfield, el Guayo conduce con su pierna derecha y pasa a tres cuartos de cancha. A su izquierda, escala rápidamente Facundo Medina que se prepara para tirar el centro al área y poder abrir el marcador del partido. Al recibir el pase, el futbolista del Olympique de Marsella y que de chico juntaba cartones en Villa Fiorito para poder vivir, envia un centro preciso a la “medialuna del área” que pasa entre las piernas de Almada y le cae servida a él, al Mesías.
Como en sus épocas como jugador del Barcelona, tras un pase atrás de Jordi Alba, Messi no duda, patea. Esta vez no hay rebote salvador, ni arquero que lo impida. El remate termina en el fondo de la red y el estadio explota. Sus compañeros corren a abrazarlo. El mundo entero se pone de pie. Ya no es solamente un gol. Es el gol que convierte a Lionel Messi en el máximo goleador de la historia de los Mundiales.
La celebración recorre las tribunas, los bancos de suplentes y millones de pantallas alrededor del planeta. Una vez más, el capitán argentino encuentra la manera de escribir su nombre donde nadie lo había hecho antes.
Pero la historia todavía guarda un último capítulo. Cuando el partido parecía terminado y el reloj marca los 95 minutos, Messi vuelve a aparecer. Una nueva jugada. Una nueva definición. Dos goles. Dos momentos para la historia. Y quizá, lo más curioso, es la fecha del encuentro: 22 de junio.
Uno de los pocos días del calendario en los que Messi nunca había convertido a lo largo de toda su carrera como profesional. Después de cientos de partidos y de goles, el capitán argentino terminó conquistando también ese rincón que aún permanecía vacío.
Entonces la memoria viaja inevitablemente cuarenta años atrás. También era 22 de junio. También era un Mundial. También era una tarde, pero con una hora de diferencia en el inicio del partido, que quedará para siempre en la historia del fútbol argentino.
En 1986, un tal Diego Armando Maradona marcaba ante Inglaterra dos de los goles más famosos de todos los tiempos: la Mano de Dios y el Gol del Siglo. Detrás de ellos, existe una connotación sentimental y política para Argentina, ya que no fue solo un partido que le permitió al combinado de Bilardo avanzar a las semifinales de un Mundial, sino que jugaban por la memoria de unos pibes que dieron la vida por la patria en la Guerra de Malvinas en 1982.
El primer gol del Diego refleja una especie de revancha social y de una manera inédita, con la mano. Decían que era trampa, que no valía, pero aquella trampa fue a un país que hizo trampa invadiendo nuestro territorio y que cuatro años antes había hecho trampa cometiendo un crimen de guerra hundiendo el Ara General Belgrano.
Y qué sabio fue el destino, que un villero de un metro 65 se encargó de vengarse de la manera más sana posible. Les devolvió lo que es ser engañado con una trapa que no mata. En un deporte que se juega con los pies, el gol lo hizo con la mano. Para que cinco minutos después, realice el mejor gol de todos los tiempos en los Mundiales, se convierta en un héroe para todos los argentinos y que, por un momento, permitió que la justicia se disfrace de picardía.
“El revivió el esfuerzo que hicimos cada uno”, confesó un Veterano de Malvinas sobre aquel partido.
Dos jugadas eternas que ayudaron a construir una de las páginas más recordadas de los Mundiales y que gracias a ese momento, todos los 22 de junio se conmemora el Día del Futbolista Argentino.
Hoy, cuatro décadas después, otro argentino vuelve a firmar un doblete inolvidable en la misma fecha.
Distintas generaciones. Distintos escenarios. Distintos protagonistas. Pero la misma sensación. La sensación de estar viendo historia.




