Por Valentín Gerez
“En un campo de refugiados no podes abrir la mente y soñar”, recordó en una entrevista Awer Mabil al hablar de su infancia en Kakuma, Kenia. Vivía junto a su madre y sus hermanos en una pequeña choza de barro, comía una sola vez por día y dependía completamente de la ayuda humanitaria para sobrevivir. En ese lugar, donde el futuro parecía reducido a esperar el próximo reparto de comida, imaginar otra vida era casi imposible.
Mucho antes de convertirse en futbolista profesional y jugar un Mundial con Australia, Mabil fue un niño refugiado. Nació en Kenia después de que sus padres escaparan de la guerra civil de Sudán. Su infancia estuvo marcada por el hambre, el miedo y la incertidumbre. No había estabilidad, tampoco proyectos. El fútbol aparecía como un momento de libertad dentro de una rutina atravesada por la supervivencia. A los 10 años, su vida cambió por completo. Australia aceptó a su familia como refugiada y se instalaron en Adelaide. El viaje significaba empezar de nuevo: otro idioma, cultura y una sociedad en la que rápidamente entendió que sería distinto. Tuvo una infancia dura, ya que sufrió discriminación y racismo, experiencias que lo obligaron a crecer más rapido. Mientras intentaba adaptarse, el fútbol volvió a convertirse en refugio.
En 2010, en las inferiores del Adelaide United, se destacó enseguida por su velocidad y desequilibrio. Delgado, de piernas largas y movimientos eléctricos, Awer Mabil parecía jugar con desesperación, como si cada pelota fuese una oportunidad única. Siempre serio, pero con una oportunidad marcada por la humildad y el compromiso. Transmitía una intensidad distinta dentro de la cancha. Ese impulso lo llevó a Europa, donde construyó buena parte de su carrera profesional en Dinamarca. Pero incluso lejos de Australia, nunca se desligó de la historia que cargaba detrás. Con el paso del tiempo, Mabil entendió que su recorrido podía servir para otros. Por eso creó Barefoot to Boots, una organización destinada a ayudar a niños refugiados y vulnerables a través del deporte y la educación. “El fútbol para mí no fue solo una competencia, también me sirvió para sentirme parte de algo y poder así construir mi propia identidad”.
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La escena que terminó de transformar su figura pública ocurrió en junio de 2022. Australia enfrentaba a Perú en el repechaje rumbo a Qatar 2022 y la serie se definió por penales. A Mabil le tocó ejecutar uno de los disparos decisivos. Caminó hacia la pelota con una presión enorme sobre los hombros, aunque probablemente ninguna situación pudiera compararse con todo lo que ya había atravesado antes. Remató, convirtió y clasificó a Australia a la Copa del Mundo. Mientras sus compañeros corrían a festejar, él cayó de rodillas y rompió en llanto. No parecía celebrar únicamente un triunfo deportivo. En esa imagen convivían el chico que alguna vez durmió en una choza de barro, el adolescente que sufrió racismo al llegar a Australia y el futbolista que había logrado representar a un país entero en el escenario más importante del fútbol.
La historia de Awer Mabil excede cualquier resultado. Cada vez que entra a una cancha, representa tanto a Australia como a los que crecieron sin certezas, a quienes tuvieron que escapar de su hogar y a quienes aprendieron a sobrevivir antes incluso de poder soñar.




