El Mundial para pocos

Sebastián Bidart

En la mesa de un bar, entre vasos de café frío y celulares abiertos con páginas de vuelos, cuatro hinchas argentinos hacen cuentas que nunca cierran. Uno anota precios en una servilleta. Otro compara millas. Un tercero calcula cuántas cuotas le quedan disponibles en la tarjeta. Afuera llueve, pero adentro nadie habla del clima. La conversación gira alrededor de una sola obsesión: llegar al Mundial 2026.

Un hincha con la camiseta transpirada, una bandera atada al cuello y los ahorros de toda una vida puestos en un viaje imposible fue una imagen que durante décadas definió la Copa del Mundo. Una competencia que, además de fútbol, también funcionó como una peregrinación popular. Una fiesta global donde convivían idiomas, culturas y clases sociales.

Pero algo cambió. En 2026, el torneo que organizan Estados Unidos, México y Canadá no solo es el más grande de la historia. También es el más caro. Son 48 selecciones, 104 partidos y tres países anfitriones. Más ciudades, más estadios, más patrocinadores y más millones. También más distancia entre el espectáculo y quienes históricamente le dieron identidad.

Las entradas para la final podrían superar los 6.000 dólares, mientras que algunos paquetes premium ya rozan los 11.000. Cifras impensadas décadas atrás, cuando asistir a una Copa del Mundo todavía era un sueño económicamente posible para gran parte de la clase media futbolera.

Y los costos no se explican solo por las entradas. Para un hincha argentino, asistir al Mundial 2026 puede implicar un gasto total superior a los 25.000 dólares, incluso en un viaje austero. Según estimaciones de agencias de viaje y plataformas como Turismocity, un paquete que incluye vuelos, alojamiento y entradas para la fase de grupos puede rondar los 20.000 dólares, mientras que los pasajes ida y vuelta hacia Estados Unidos oscilan entre 1.300 y 2.500 dólares, dependiendo de la ciudad de destino y del momento de compra. A esto se suma la estadía, que en varias sedes puede superar los 600 dólares por noche en plena competencia.

Los traslados internos representan otro desafío: a diferencia de Qatar 2022, donde todas las sedes estaban concentradas en un territorio reducido, este Mundial se jugará en 16 ciudades distintas, lo que obligará a muchos hinchas a sumar vuelos domésticos, trenes o extensos viajes por carretera para seguir a sus selecciones.

La transformación no ocurrió de golpe. Fue progresiva. Estados Unidos 1994 representó el inicio de la expansión comercial moderna de la FIFA. Francia 1998 consolidó el marketing global y la lógica de los grandes patrocinadores. Corea-Japón 2002 elevó los costos con la primera organización compartida y una infraestructura gigantesca. Alemania 2006 incorporó nuevas tecnologías de control y venta de entradas. Sudáfrica 2010 intentó sostener cierta accesibilidad local con tickets subsidiados para residentes.

Brasil 2014 convivió con protestas por el gasto público y el aumento del costo de vida. Rusia 2018 comenzó a diferenciar claramente entre el público local y el internacional mediante sistemas de precios segmentados. Y Qatar 2022 se convirtió en una experiencia casi completamente premium, con paquetes corporativos, digitalización total y hospedajes inaccesibles para buena parte de los hinchas sudamericanos.

Muchos recuerdan todavía las imágenes de Doha: fanáticos durmiendo en aeropuertos, departamentos compartidos entre desconocidos y campamentos improvisados para abaratar costos. El Mundial 2026 parece llevar esa lógica al extremo.

Por primera vez, además, la FIFA tomó el control total del sistema de venta e implementó precios dinámicos, un mecanismo que modifica el valor de las entradas según la demanda. También habilitó un sistema oficial de reventa con comisiones incluidas.

La consecuencia fue inmediata: entradas revendidas por cifras récord y paquetes exclusivos pensados para un público de alto poder adquisitivo.

Las críticas crecieron al mismo ritmo que la demanda. Pero Gianni Infantino defendió públicamente el nuevo modelo. “Tenemos que mirar el mercado”, aseguró el presidente de la FIFA cuando fue consultado por los precios.

Y fue todavía más lejos al comparar el valor de las entradas con el deporte estadounidense: “En Estados Unidos no podés ir a un partido universitario por menos de 300 dólares”.

El público objetivo también cambió. Empresas, paquetes hospitality, experiencias VIP y turistas deportivos ganan espacio frente al hincha tradicional que ahorra durante años para seguir a su selección.

Aunque en Argentina ocurre algo diferente. Incluso en medio de crisis económicas permanentes, el Mundial sigue funcionando como una obsesión colectiva.

En un encuentro de hinchas organizado en Buenos Aires para compartir estrategias de ahorro y posibles alojamientos, las conversaciones parecen más cercanas a una reunión financiera que a una charla futbolera. Se habla de préstamos, de vender objetos personales, de dormir en micros o de cruzar ciudades enteras para conseguir un hotel más barato.

“Es como si quisieran hacer negocio con nuestra pasión”, dice Soledad Aldao, desarrolladora de software, mientras revisa precios desde su notebook. Cuenta que evalúa vender el auto para poder comprar entradas.

 

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A pocos metros, Matías Celestino escucha en silencio. Tiene 43 años y quiere viajar junto a su esposa y su hijo. Ya agotó tarjetas de crédito, organizó rifas y pidió ayuda a familiares y vecinos. “El Mundial está por encima de cualquier cosa”, dice, casi sin dudar. Las cuentas no cierran, pero la lógica tampoco pasa por ahí. Lo importante es estar.

Las historias de Soledad y Matías no son casos aislados. Para el sociólogo Pablo Alabarces, especialista en cultura futbolera y profesor de la Universidad de Buenos Aires, el fenómeno toca una dimensión más profunda de la identidad argentina. En una entrevista publicada por The New York Times el 6 de mayo de 2026, explicó que la Selección y la Copa del Mundo ocupan un lugar excepcional dentro de la cultura popular del país. Desde esa perspectiva, advirtió que la creciente elitización del torneo puede transformar la experiencia misma de las tribunas. Si los costos expulsan progresivamente a los sectores populares y de clase media, sostuvo, el riesgo no es únicamente económico. También cambia quiénes participan de la fiesta y qué tipo de ambiente se construye en los estadios.

Quizás ahí esté la verdadera transformación del fútbol moderno. No en la cantidad de selecciones y equipos. No en los estadios inteligentes. Ni siquiera en los miles de millones que mueve. Sino en el precio que hay que pagar para sentirse parte.

Mientras la FIFA rompe récords de ingresos y de demanda, en bares, grupos de WhatsApp y reuniones improvisadas por todo el país, miles de argentinos siguen haciendo cuentas imposibles para intentar llegar.

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