Iván Lorenz

El domingo 18 de agosto de 1991, el Diario Crónica tituló: “Las invencibles chicas de Yupanqui”. Si se piensa al fútbol como Dante Panzeri, una dinámica de lo impensado, es dificilísimo encontrar un adjetivo como tal para un equipo de balompié. Quizás se entienda un poco más si se lee la primera línea de la nota: “Hace cuatro años que no saben lo que es perder un partido y muestran un nivel digno de elogio”. Para ese año, cuando la FIFA comenzó a organizar los Mundiales de Fútbol Femenino y la AFA se vio obligada a crear un torneo para las mujeres, las jugadoras de Yupanqui ya habían ganado un torneo de fútbol de salón como locales, ya eran las primeras en ganar un torneo metropolitano -invictas-, ya habían vendido a Amalia Flores a Europa -la primera jugadora de la historia en competir en el Viejo Continente-, ya habían sido visitadas por una embajadora japonesa, Kaori, para ver cómo funcionaba el club y, para la fecha del artículo, habían derrotado a Independente de Brasil en el primer encuentro internacional de la historia del femenino en Argentina registrado hasta el momento.

Sin embargo, de Yupanqui portaban solo el nombre. Se llamó así por la necesidad de representar una entidad con personería jurídica y casi que por casualidad apareció el club de Lugano. El Gran Yupanqui no fue siempre el Gran Yupanqui. Donde hubo mariposa antes hubo, necesariamente, oruga. Esta oruga se remonta a 1970, cuando Don Luis Garay comenzó su carrera como entrenador de futbolistas.

“En el fútbol femenino el material está, pero lo tenés que manejar, preparar, preparar y preparar. Grandes jugadoras hay por todos lados en Argentina. Se busca más en villas, las pibas no juegan a las muñecas. Tenés que andar mucho”, cuenta Don Luis Garay, un trotafútbol y amante de la pelota. Y buscó. Viajó al interior, captó jugadoras de equipos que se desarmaban, organizó cuadrangulares junto a su amigo Antonio Caldez y tocó la puerta de la casa de cada jugadora de la cual tuvo referencia para llevarlas a los potreros. Don Luis no sabía que sus esfuerzos iban a desembocar en el Gran Yupanqui, después de todo, él había juntado a las chicas con las que iba a bailar o al cine para jugarle a los gordos del barrio.

Se manejaban a pulmón. Don Luis no soportaba ver cómo su equipo no veía una moneda y los organizadores de las exhibiciones llenaban sus bolsillos y se aprovechaban del show que brindaban las chicas. Se cansó del uso y el manoseo a sus jugadoras. Quiso dejar en reiteradas ocasiones, no era fácil mantener el plantel a la vez que trabajaba por las noches en una fábrica textil; pero fueron las chicas las que lo convencieron de quedarse, porque el cariño y el respeto era muy grande. Fue Liliana Sequeira, Manzanita o Manzi como le dicen sus compañeras, quien consiguió que su entrenador se quedara. Y surgió Deportivo Fútbol Femenino Minué.
Junto con Manzanita, armó una lista con las jugadoras que conocía. Las fue a buscar con una condición: si jugaban en Minué no podían jugar en ningún otro lado. Incluso, les armó una especie de carnet. A pesar de lo autoritario que pueda sonar, las chicas elegían quedarse en Minué, su equipo pero también su familia. Muchas veces Don Luis prestaba su casa en Carlos Casares: “Yo no te podía dar plata, pero te podía dar lugar en mi casa porque mi mamá (Adelina Barreto) era así, era la madre de ellas. Yo laburaba siempre de noche y ellas venían y se quedaban a hablar con mi mamá”.
Concentraban en la casa de Don Luis pero también festejaban. El cumpleaños de Minué es el 9 de julio. Ese día organizaban “La Fiesta de Todos”. Al fondo del hogar Garay, en una de las paredes se lee: “Bienvenidos”. La palabra en forma de arco rodea el símbolo de la paz. Don Luis conserva la bandera que lleva el nombre de la fiesta, al igual que otros trapos del equipo y hasta camisetas, achicadas por el paso del tiempo y las vueltas del lavarropas.
¿Por qué Minué? “Sin costura, tal como lo exige la moda, Medias Minué”, decía la publicidad que construye una de las versiones del nombre. Pero Don Luis sostiene que es hincha del General José de San Martín y que a él le debe la denominación del equipo. Allá por 1816, cuando el prócer era gobernador de Cuyo, no se bailaba Trap y no abundaban los tatuajes en la cara. Por el contrario, San Martín se vistió de gala y, en los festejos que recordaban la Revolución de Mayo, bailó Minué, danza característica de la época.
“Minué era potrero, no tenía una entidad que defendía, que tuviese personería jurídica. Boca, River, Racing, no querían jugar”, cuenta Don Luis. A mediados de los 80, no eran los únicos: Minué tuvo que viajar al sur de la provincia para conseguir rival porque en el oeste no los tenían, ganaban siempre y el resto de los equipos perdían las ganas de hacerles frente. Por necesidad y de casualidad, llegó a Yupanqui. ¿De casualidad? Don Luis fue a trabajar como todos los días, pero aquella vez llegó molesto. Uno de sus compañeros, Roberto Osken, no pasó el detalle por alto, de alguna forma el entrenador se había ganado el apodo Pachanga. Garay le contó lo enojado que estaba porque no tenía un club para representar. Osken era el primo del presidente de Yupanqui y le ofreció hablar con el dirigente. Don Luis llevó todos lo papeles y concretó el trámite: “Yo me equivoco. Eran mis jugadoras, tendría que haber ido con un escribano y una planilla que dijese que yo podía dirigir Yupanqui y que mi equipo se quede conmigo. Fallé porque el plantel se lo llevo yo”.
El club de Lugano les dio lo indispensable. El gimnasio para entrenar y jugar de locales. Las camisetas las mandó a hacer Don Luis a un negocio de Liniers. La empresa Procer estampó su nombre en la casaca celeste de mangas naranjas. Los botines los compraron las jugadoras. Yupanqui no tenía cancha de once, su historia empezó en fútbol de salón cuando en 1988 el profesor Rubén Torres organizó el primer torneo que constó de diez equipos.
“Futsal, la revista argentina de fútbol de salón”, escribió en septiembre de 1988: “La gran cantidad de gente que llenó el hermoso gimnasio del equipo de Lugano pudo observar un excelente encuentro, sumamente parejo en la primera parte y muy bien jugado”. Yupanqui fue puntero durante todo el torneo y en la final se enfrentó a Mariano Acosta, a quien aventajaba por un punto. Ganaron 6-2. Boca Jrs finalizó tercero.
Al minuto de juego Alba Blanco puso el partido 1-0 para Yupanqui. No habían terminado de gritar el gol que llegó el empate para Mariano Acosta: Amalia Flores, quien jugaría en el club de Lugano el año siguiente, anotó de zurda. Cuatro minutos después, Blanco puso nuevamente a su equipo en ventaja. Otra vez las alegrías durarían poco, porque Miriam Papiernik, quien también jugaría luego en el equipo de celeste y naranja, puso el encuentro 2-2. La paridad sería destruida por Leonor Arévalos que sumó cuatro tantos en su cuenta personal. Yupanqui gritó campeón.
Arminda Taiguán fue la arquera en esa final. Antes de jugar en Yupanqui, protegió el arco de Mariano Acosta. En su casa en Villa Tesei guarda en una cajita los recortes de las revistas que mencionan al club de su vida: “Un equipo dentro y fuera de la cancha. Había unidad y compañerismo. Siempre estábamos pendiente de la otra. Era amor por la camiseta, pasión por jugar. Jugar era la vida”.
La arquera recuerda que, sin importar el torneo, ellas querían ganar. El próximo desafío llegó al año siguiente, la revista “Solo Fútbol” redactó: “Y el fútbol femenino ya tiene su campeón. Las chicas del Club Atlético Yupanqui, tras una espectacular campaña, se consagraron las campeonas del fútbol femenino organizado y se llevaron el 1° campeonato denominado Femingol ´89. Además, ganaron también el trofeo, que a modo de incentivo de este deporte, Solo Fútbol puso en juego y que fue entregado el sábado 21 por la mañana al equipo campeón por nuestro director periodístico, aunque en este caso la entrega, por razones obvias, hubo que hacerla fuera del vestuario”. Se jugó en cancha de once, el club de Lugano hizo de local en Savio 80 -hoy Club Jóvenes Deportistas- y entrenó en la cancha de Camea, una fábrica de aluminio. Dos entrenamientos por semana, juntadas diarias y la captación de jugadoras de las cuales se encargaron Don Luis y sus delegadas Leonor Hoyos, Norma Saralegui y Delia Vera, llevaron a Yupanqui a coronarse campeonas invictas de la competencia organizada por la Asociación de Fútbol Femenino. Mónica Maciel, defensora, cuenta: “En ese momento éramos las mejores. Era saber que estábamos en el mejor equipo, que no nos ganaba nadie”.
109 goles a favor y tan solo 7 en contra en 16 partidos disputados, no perdieron ninguno. El torneo constó de dos ruedas. En un principio participaron diez equipos, pero en el transcurso de la competencia se bajaron Temperley (no sin antes recibir 12 goles de las campeonas), Mariano Acosta y B. Caballero. La mayor goleada se la llevó Independiente: perdió 14-0 en la primera rueda y 16-0 en la segunda. La capitana del ciclo Gran Yupanqui fue Angelina Torres y Don Luis recuerda: “Yo siempre dije que en el fútbol vos podés dirigir, pero si no tenés una caudilla adentro, un respeto, olvidate amigo”.
Yupanqui también tuvo, lógicamente, a las goleadoras de ese campeonato. La revista “Solo Fútbol” decía: “Las futbolistas Karina Morales y Amalia Flores recibieron la copa a la goleadora ya que empataron el primer puesto con 28 tantos conquistados cada una”. Tal fue el rendimiento de la morena que llamó la atención de Europa. En una entrevista con Diario Crónica contó: “Me voy a Italia, a prueba, a un club que está en Caivano a 14 kilómetros de Nápoles. Soy puntera izquierda, con una mezcla de rapidez y habilidad. Dicen que allá hay hasta una posibilidad de que me ayude Diego Maradona, lo que sería muy importante para mí por lo que él representa en el fútbol mundial”.
Desde Italia llegó a Argentina Franco Belosa, dirigente del club Caivano. Tenía referencias contundentes de Amalia y así fue como se dirigió a Yupanqui y dijo: “Me llevo a la 11”. En una época en la cual los pases de las jugadoras se efectuaban con pelotas e indumentaria, el club de Lugano exportó a la primera futbolista argentina a suelo europeo. Chiche Simón, directivo de entonces, había explicado que no podían retenerla y cortar su carrera. De la plata del pase Amalia, Don Luis y el resto de las chicas no vieron un peso. Tampoco recibieron capital cuando Kaori, una embajadora japonesa, visitó Yupanqui para ver cómo trabajaban y llevar nuevos conocimientos al país nipón.
Pero Amalia no aguantó los ocho meses y decidió volver. Cuenta Don Luis que uno de sus temores era la discriminación, ella era morocha, le decían la Negra Amalia. Pero también es verdad que siempre se vuelve a donde se disfruta. Y así como fue la primera jugadora exportada, fue la figura del partido en el primer encuentro internacional de la historia argentina del femenino registrado al día de hoy.
Las campeonas de Brasil perdieron en agosto de 1991 contra Yupanqui, sucumbieron ante la zurda de Amalia, sufrieron la eficacia de Irma Rivas en Savio 80 y fueron dirigidas por una árbitra: Laura Mayol. En el primer gol, la once de las del club argentino gambeteó a tres jugadoras brasileras y se la puso al pie a Rivas que entró por el segundo palo y de volea fulminó a Vera, la arquera de Independente -Diario Crónica aclaró que se escribía de esa manera, sin “i”. El segundo tanto llegó luego de que Mirta López habilitase a Amalia, que con un zurdazo violento consiguió que la pelota besara la red.
Luego de ese partido, Crónica escribió: “Yupanqui fomenta con mucho interés el fútbol femenino en especial y sus dirigentes están más que entusiasmados ya que muy pronto habrá un Campeonato Argentino organizado nada menos que desde la AFA”. 1991 es el año en el que comenzaron los Mundiales de Fútbol Femenino reconocidos por la FIFA. China albergó la primera edición del 16 al 30 de noviembre de ese año y en octubre la AFA organizó el primer torneo oficial. Yupanqui está dentro de sus fundadores. El invicto terminó ante Boca y con la llegada de la entidad que rige el fútbol argentino.
En 1993 Don Luis abandonó Lugano: “Como entidad me falló Yupanqui. No supo valorar lo que teníamos de equipo. El club ya no tenía interés, no se movieron. Yo me fui y se quedó Delia (Vera)”. La delegada siguió hasta 1995, pero no pudo retener a las chicas que se fueron a equipos distintos. Gabriela Duzky, defensora, cuenta: “Yupanqui nos dio un nombramiento hace dos años y nos prometieron una cena que nunca nos dieron”. El club aprovechó el auge de las chicas pero eligió olvidar su paso por allí.
Pero el Gran Yupanqui no terminó en 1995. La casa de Don Luis es visitada por sus exjugadoras. El 1 de diciembre, el día de su cumpleaños, las puertas están abiertas y las chicas pasan a saludarlo. También se juntan entre ellas: fueron a Arsenal a ver el repechaje entre Argentina y Panamá para clasificar al Mundial 2019. Minué y Yupanqui son una familia. Garay planea, vivo o muerto, festejar los 50 años de Minué en 2020. Jugaron con pasión, la misma que permitió que por cuatro años no les ganase nadie. La misma que les permitió jugar sabiendo que ganarían a pesar de empezar perdiendo. Como dice Arminda Taiguán: “Yupanqui es el cuadro de tu vid

Se manejaban a pulmón. Don Luis no soportaba ver cómo su equipo no veía una moneda y los organizadores de las exhibiciones llenaban sus bolsillos y se aprovechaban del show que brindaban las chicas. Se cansó del uso y el manoseo a sus jugadoras. Quiso dejar en reiteradas ocasiones, no era fácil mantener el plantel a la vez que trabajaba por las noches en una fábrica textil; pero fueron las chicas las que lo convencieron de quedarse, porque el cariño y el respeto eran muy grandes. Fue Liliana Sequeira, Manzanita o Manzi como le dicen sus compañeras, quien consiguió que su entrenador se quedara. Y surgió Deportivo Fútbol Femenino Minué.

Junto con Manzanita, armó una lista con las jugadoras que conocía. Las fue a buscar con una condición: si jugaban en Minué no podían jugar en ningún otro lado. Incluso, les armó una especie de carnet. A pesar de lo autoritario que pueda sonar, las chicas elegían quedarse en Minué, que era su equipo pero también su familia. Muchas veces Don Luis prestaba su casa en Carlos Casares: “Yo no te podía dar plata, pero te podía dar lugar en mi casa porque mi mamá (Adelina Barreto) era así, era la madre de ellas. Yo laburaba siempre de noche y ellas venían y se quedaban a hablar con mi mamá”.

Concentraban en la casa de Don Luis pero también festejaban. El cumpleaños de Minué es el 9 de julio. Ese día organizaban “La Fiesta de Todos”. Al fondo del hogar Garay, en una de las paredes se lee: “Bienvenidos”. La palabra en forma de arco rodea el símbolo de la paz. Don Luis conserva la bandera que lleva el nombre de la fiesta, al igual que otros trapos del equipo y hasta camisetas, achicadas por el paso del tiempo y las vueltas del lavarropas.

¿Por qué Minué? “Sin costura, tal como lo exige la moda, Medias Minué”, decía la publicidad que construye una de las versiones del nombre. Pero Don Luis sostiene que es hincha del General José de San Martín y que a él le debe la denominación del equipo. Allá por 1816, cuando el prócer era gobernador de Cuyo, no se bailaba Trap y no abundaban los tatuajes en la cara. Por el contrario, San Martín se vistió de gala y, en los festejos que recordaban la Revolución de Mayo, bailó Minué, danza característica de la época.

“Minué era potrero, no tenía una entidad que defendía, que tuviese personería jurídica. Boca, River, Racing, no querían jugar”, cuenta Don Luis. A mediados de los 80, no eran los únicos: Minué tuvo que viajar al sur de la provincia para conseguir rival porque en el oeste no los tenían, ganaban siempre y el resto de los equipos perdían las ganas de hacerles frente. Por necesidad y de casualidad, llegó a Yupanqui. ¿De casualidad? Don Luis fue a trabajar como todos los días, pero aquella vez llegó molesto. Uno de sus compañeros, Roberto Osken, no pasó el detalle por alto, de alguna forma el entrenador se había ganado el apodo Pachanga. Garay le contó lo enojado que estaba porque no tenía un club para representar. Osken era el primo del presidente de Yupanqui y le ofreció hablar con el dirigente. Don Luis llevó todos lo papeles y concretó el trámite: “Yo me equivoco. Eran mis jugadoras, tendría que haber ido con un escribano y una planilla que dijese que yo podía dirigir Yupanqui y que mi equipo se quede conmigo. Fallé porque el plantel se lo llevé yo”.

El club de Lugano les dio lo indispensable. El gimnasio para entrenar y jugar de locales. Las camisetas las mandó a hacer Don Luis a un negocio de Liniers. La empresa Procer estampó su nombre en la casaca celeste de mangas naranjas. Los botines los compraron las jugadoras. Yupanqui no tenía cancha de once, su historia empezó en fútbol de salón cuando en 1988 el profesor Rubén Torres organizó el primer torneo que constó de diez equipos.

“Futsal, la revista argentina de fútbol de salón”, escribió en septiembre de 1988: “La gran cantidad de gente que llenó el hermoso gimnasio del equipo de Lugano pudo observar un excelente encuentro, sumamente parejo en la primera parte y muy bien jugado”. Yupanqui fue puntero durante todo el torneo y en la final se enfrentó a Mariano Acosta, a quien aventajaba por un punto. Ganaron 6-2.

Al minuto de juego Alba Blanco puso el partido 1-0 para Yupanqui. No habían terminado de gritar el gol que llegó el empate para Mariano Acosta: Amalia Flores, quien jugaría en el club de Lugano el año siguiente, anotó de zurda. Cuatro minutos después, Blanco puso nuevamente a su equipo en ventaja. Otra vez las alegrías durarían poco, porque Miriam Papiernik, quien también jugaría luego en el equipo de celeste y naranja, puso el encuentro 2-2. La paridad sería destruida por Leonor Arévalos que sumó cuatro tantos en su cuenta personal. Yupanqui gritó campeón.

Arminda Taiguán fue la arquera en esa final. Antes de jugar en Yupanqui, había protegido el arco de Mariano Acosta. En su casa en Villa Tesei guarda en una cajita los recortes de las revistas que mencionan al club de su vida: “Un equipo dentro y fuera de la cancha. Había unidad y compañerismo. Siempre estábamos pendientes de la otra. Era amor por la camiseta, pasión por jugar. Jugar era la vida”.

La arquera recuerda que, sin importar el torneo, ellas querían ganar. El próximo desafío llegaría al año siguiente. La revista “Solo Fútbol” redactó: “Y el fútbol femenino ya tiene su campeón. Las chicas del Club Atlético Yupanqui, tras una espectacular campaña, se consagraron campeonas del fútbol femenino organizado y se llevaron el 1° campeonato denominado Femingol ´89. Además, ganaron también el trofeo, que a modo de incentivo de este deporte, Solo Fútbol puso en juego y que fue entregado el sábado 21 por la mañana al equipo campeón por nuestro director periodístico, aunque en este caso la entrega, por razones obvias, hubo que hacerla fuera del vestuario”. Se jugó en cancha de once, el club de Lugano hizo de local en Savio 80 -hoy Club Jóvenes Deportistas- y se entrenaron en la cancha de Camea, una fábrica de aluminio. Dos entrenamientos por semana, juntadas diarias y la captación de jugadoras de las cuales se encargaron Don Luis y sus delegadas Leonor Hoyos, Norma Saralegui y Delia Vera, llevaron a Yupanqui a coronarse campeonas invictas de la competencia organizada por la Asociación de Fútbol Femenino. Mónica Maciel, defensora, cuenta: “En ese momento éramos las mejores. Era saber que estábamos en el mejor equipo, que no nos ganaba nadie”.

Con 109 goles a favor y tan solo 7 en contra, no perdieron ninguno de los 16 partidos disputados. El torneo constó de dos ruedas. En un principio participaron diez equipos, pero en el transcurso de la competencia se bajaron Temperley (no sin antes recibir 12 goles de las campeonas), Mariano Acosta y B. Caballero. La mayor goleada se la llevó Independiente: perdió 14-0 en la primera rueda y 16-0 en la segunda. La capitana del ciclo Gran Yupanqui fue Angelina Torres y Don Luis recuerda: “Yo siempre dije que en el fútbol vos podés dirigir, pero si no tenés una caudilla adentro, un respeto, olvidate amigo”.

Yupanqui también tuvo, lógicamente, a las goleadoras de ese campeonato. La revista “Sólo Fútbol” decía: “Las futbolistas Karina Morales y Amalia Flores recibieron la copa a la goleadora, ya que empataron el primer puesto con 28 tantos conquistados cada una”. Tal fue el rendimiento de la morena que llamó la atención de Europa. En una entrevista con Diario Crónica contó: “Me voy a Italia, a prueba, a un club que está en Caivano a 14 kilómetros de Nápoles. Soy puntera izquierda, con una mezcla de rapidez y habilidad. Dicen que allá hay hasta una posibilidad de que me ayude Diego Maradona, lo que sería muy importante para mí por lo que él representa en el fútbol mundial”.

Desde Italia llegó a Argentina Franco Belosa, dirigente del club Caivano. Tenía referencias contundentes de Amalia y así fue como se dirigió a Yupanqui y dijo: “Me llevo a la 11”. En una época en la cual los pases de las jugadoras se efectuaban con pelotas e indumentaria, el club de Lugano exportó a la primera futbolista argentina a suelo europeo. Chiche Simón, directivo de entonces, había explicado que no podían retenerla y cortar su carrera. De la plata del pase Amalia, Don Luis y el resto de las chicas no vieron un peso. Tampoco recibieron capital cuando Kaori, una embajadora japonesa, visitó Yupanqui para ver cómo trabajaban y llevarse nuevos conocimientos al país nipón.

Pero Amalia no aguantó los ocho meses y decidió volver. Cuenta Don Luis que uno de sus temores era la discriminación, ella era morocha, le decían la Negra Amalia. Pero también es verdad que siempre se vuelve a donde se disfruta. Y así como fue la primera jugadora exportada, fue la figura del partido en el primer encuentro internacional que disputó el fútbol femenino argentino.

Las campeonas de Brasil perdieron en agosto de 1991 contra Yupanqui, sucumbieron ante la zurda de Amalia, sufrieron la eficacia de Irma Rivas en Savio 80 y fueron dirigidas por una árbitra: Laura Mayol. En el primer gol, la once del club argentino gambeteó a tres jugadoras brasileñas y se la puso al pie a Rivas que entró por el segundo palo y de volea fulminó a Vera, la arquera de Independente -Diario Crónica aclaró que se escribía de esa manera, sin “i”-. El segundo tanto llegó luego de que Mirta López habilitase a Amalia, que con un zurdazo violento consiguió que la pelota besara la red.

Luego de ese partido, Crónica escribió: “Yupanqui fomenta con mucho interés el fútbol femenino en especial y sus dirigentes están más que entusiasmados ya que muy pronto habrá un Campeonato Argentino organizado nada menos que desde la AFA”. En 1991 comenzaron los Mundiales de Fútbol Femenino reconocidos por la FIFA. China albergó la primera edición del 16 al 30 de noviembre y en octubre la AFA organizó el primer torneo oficial. Yupanqui está dentro de sus fundadores. El invicto terminó ante Boca y con la llegada de la entidad que rige el fútbol argentino.

En 1993 Don Luis abandonó Lugano: “Como entidad me falló Yupanqui. No supo valorar lo que teníamos de equipo. El club ya no tenía interés, no se movieron. Yo me fui y se quedó Delia (Vera)”. La delegada siguió hasta 1995, pero no pudo retener a las chicas que se fueron a equipos distintos. Gabriela Duzky, defensora, cuenta: “Yupanqui nos dio un nombramiento hace dos años y nos prometieron una cena que nunca nos dieron”. El club aprovechó el auge de las chicas pero eligió olvidar su paso por allí.

Sin embargo, el Gran Yupanqui no terminó en 1995. La casa de Don Luis es visitada por sus exjugadoras. El 1 de diciembre, el día de su cumpleaños, las puertas están abiertas y las chicas pasan a saludarlo. También se juntan entre ellas: fueron a Arsenal a ver el repechaje entre Argentina y Panamá para clasificar al Mundial de Francia 2019. Minué y Yupanqui son una familia. Garay planea festejar los 50 años de Minué en 2020. Jugaron con pasión, la misma que permitió que por cuatro años no les ganase nadie. La misma que les permitió jugar sabiendo que ganarían a pesar de empezar perdiendo. Como dice Arminda Taiguán: “Yupanqui es el cuadro de tu vida”.