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Pablo Vegetti: los goles llegan cuando deben

Por Tomás Solé

El domingo 30 de marzo de 2025, en una noche lluviosa pero calurosa, bien tropical, como es el clima en Rio de Janeiro, Brasil, se enfrentan Vasco da Gama y Santos por la primera fecha del Brasileirão. El partido está 1 a 1. Al minuto 78 suena el silbato. Dimitri Payet toma dos pasos de distancia y, a la carrera, acaricia la pelota desde un tiro libre en tres cuartos de cancha: centro al punto penal. Mientras la pelota cae y todos intentan desmarcarse, el capitán se saca un hombre de encima con un movimiento de brazos y ataca el espacio vacío en el área con un salto característico. La pelota toma la rosca justa, le alcanza su cabeza y, como si fuera un susurro al oído, la acomoda al otro palo. El número 99 corre hacia el banderín mientras el Estadio São Januário se viene abajo. Entre ruidos, planta sus pies en paralelo y, mirando a la tribuna desmoronarse, se tapa su ojo derecho con la mano derecha y levanta su izquierda. Un pirata de sangre acaba de ganar el partido.

Ese es Pablo Vegetti, delantero y capitán de Vasco da Gama, que a sus 36 años vive el mejor momento de su carrera. A los 30, cuando la mayoría de los delanteros piensan en el retiro, él recién empezaba a escribir su historia.

Fue en Belgrano de Córdoba donde encontró todo lo que le había faltado antes: confianza, continuidad y una tribuna que lo abrazó desde que llegó en 2019 de Instituto de Córdoba. Se convirtió en goleador, referente y pieza clave del ascenso a la Primera División en 2022. Metía goles, promedio de 0,54 por partido, ponía el cuerpo, hablaba en la cancha y tiraba del equipo cuando más lo necesitaban. Llegó al “Pirata”, impulsado por Guillermo Farré, técnico durante el ascenso de Belgrano, y en poco tiempo se volvió ídolo. “Si se queda, va a ser el mejor 9 del país”, dijo Farré en TNT Sports tras el ascenso.

Su gran salto fue en Belgrano, pero no sólo futbolístico. Facundo Affranchino, compañero en Instituto en la temporada 2018-2019, lo explica: “Se volvió obsesivo con los detalles, si algo le funcionaba, lo potenciaba. Era muy profesional ya que cuidaba el descanso, la alimentación, el entrenamiento y nunca se conformaba”.

Además, en una charla íntima con su amigo Affranchino, Vegetti confesó un detalle clave de su transformación: el nacimiento de su hijo, Vittorio, marcó un antes y un después. Desde entonces, manejó mejor la ansiedad, se enfocó más y empezó a controlar emociones que antes podían jugarle en contra. Ese cambio personal fue tan determinante como su preparación física.

Su debut profesional había llegado tarde, a los 24 años, en Villa San Carlos, un club de Berisso. En la temporada 2012-13 fue goleador del ascenso a la B Nacional, con 24 goles. Eso lo llevó en 2013 a Rangers de Talca, Chile. Pero no tuvo la continuidad ni el protagonismo que esperaba. Volvió rápido a Argentina, buscando minutos y revancha. Pasó por Ferro en la temporada 2014-15, Gimnasia La Plata, en dos etapas entre 2015 y 2017, Colón y Boca Unidos, donde incluso descendió en 2018. Todo parecía indicar que su carrera seguiría en la medianía, hasta que Instituto apareció en su camino. Ahí, con 30 años, firmó una gran campaña en su única temporada en el club en el segundo semestre de 2018: 15 goles en 23 partidos. Eso llamó la atención de Belgrano. “Las ganas y el profesionalismo que tenía eran distintivos”, recuerda Diego Cagna, DT suyo en Instituto.

Historias como la de Vegetti no son únicas. Goleadores como Germán Cano o Jamie Vardy también encontraron su mejor versión después de los 30 y tras ser padres. Pero Vegetti la tuvo todavía más difícil: debut tardío, años de pelear desde atrás, de buscar su lugar, hasta que encontró en Belgrano el escenario ideal para explotar. Ese escenario lo convirtió en ídolo y marcó su carrera.

“Es un auténtico líder. Se comunica y exige a todos al máximo”, cuenta Bruno Lazaroni, entrenador asistente actual en Vasco. Vegetti hoy grita goles, capitanea a uno de los grandes de Brasil y demuestra que, a veces, el fútbol da recompensa a los que trabajan y, sobre todo, saben esperar.

Algunos goleadores marcan su historia desde jóvenes. Y otros, como Pablo Vegetti, la escriben cuando están listos, o cuando simplemente los goles llegan.

Jorge Olguín, un campeón con historia: “Hay que defender a los clubes de barrio”

Por Diego Collado

Ex futbolista, pieza clave en el plantel que se consagró en el Mundial de 1978, repasa su conexión con el fútbol desde chico, sus años en San Lorenzo y la Selección, las enseñanzas que le dejaron Menotti y Zubeldía, su opinión sobre la política, los clubes de barrio y la realidad que vive el país.

A sus 73 años no lo verás ni de short ni corriendo en una cancha. Olguín lleva puestos unos clásicos jeans con un suéter azul eléctrico. La conversación se da en una cafetería con un clima casi primaveral en Ciudad Jardín, donde es vecino desde hace más de 18 años.

-¿Cómo fue tu infancia en Dolores y tu primer vínculo con el fútbol?

-Mirá, yo era muy chiquito, de esa etapa en Dolores no me acuerdo mucho ya que estuvimos muy poco. Mis viejos tomaron la decisión de ir a Mar del Plata en busca de mejores condiciones laborales. Mi padre consiguió trabajo que, casualmente, quedaba a dos cuadras de la cancha de Alvarado. Tengo un par de fotos de pequeño ya con una pelota; la tenía pegada (entre risas). No sé sinceramente cómo arrancó, pero me encantaba el fútbol y siento que nací para eso.

-¿Desde ese momento no te separaste más del deporte?

-El episodio más fuerte que tuve fue no poder caminar durante un año y medio; yo tenía unos 5 años. Me caí jugando a la pelota con mis hermanos, la pasé muy mal, me punzaban el hueso cada 15 días. Por suerte pasó y pude recomponerme. Eso fue por inquieto: me metía en cualquier club de barrio a jugar, de equipo en equipo, nunca cambié mi manía de jugar en cualquier lado.

-¿Cuándo llegó la oportunidad de mostrarte?

-Unos años después fui a ver a mi hermano que jugaba en Alvarado. Resulta que el partido no empezaba porque un jugador no había llegado. Él exclamó: “Pongan a Jorge”, pero le decían que no porque yo era muy chico, tenía 13. Los logré convencer y jugué. Cuando terminó el partido, el técnico de Alvarado me estaba observando, se comunicó con mi familia y les dijo que me esperaban el lunes en el club.

Empecé a entrenar con ellos y, al poco tiempo, me llegó todo de golpe. Se solían armar cuadrangulares entre la selección de Mar del Plata, Rosario Central, San Lorenzo y Quilmes. Hablaron con la gente del club y me querían llevar a probarme. ¡Me decidí por el Ciclón!

-¿Cómo fueron las idas y vueltas para consolidarte en el plantel?

-Viajé y estuve de prueba un año; no sabía eso, pensé que ya era permanente. A los 19 años, tras un tiempo en la reserva, debuté en primera. Mi familia siempre me apoyó.

Cuando sentía que todo iba a la perfección, el presidente me comunica que quería que volviera a Mar del Plata porque no iba a ser tenido en cuenta tras la llegada de Osvaldo Zubeldía. Le dije: “Escúcheme, yo no me voy a ir; que eso me lo diga él en la cara”. Finalmente hicimos una gira por Europa y me probó en todos los puestos: de 3, de 4, de central… ¡me volvió loco! Gracias a su llegada me mantuve en el club.

-¿Tu primer sueldo?

-Lo invertí en una casita en Ituzaingó para poder traer a mi viejo. Estaba tranquilo y feliz con esa decisión, era una satisfacción demostrarle lo que logré.

-¿En medio de tanto fútbol, cómo llegó el amor a tu vida?

-En una gira por el interior conocí a mi señora. Ella estaba por venirse para Buenos Aires, ya que vivía en un pueblo chiquito de Córdoba. Cuando vino la ayudé con los gastos para que se quedara y, desde ese entonces, fue mi gran compañera.

-¿Cómo se dio tu llegada a la Selección Argentina?

-En el 76, el Flaco (Menotti) pasaba por los clubes y dejaba un listado para que los técnicos escribieran cuál de sus jugadores podía estar en la Selección. En el clásico con Huracán lo vi a Zubeldía raro, me gritaba de todo. Al finalizar me dijo que era para que me cuidara, que al día siguiente me iban a llamar para la Selección. ¡Le dije que estaba loco!

Al día siguiente suena el teléfono en casa, atiende mi mujer y me dice que eran de AFA. Ella no entendía nada y yo, en el momento, tampoco. Me avisaron que estaba citado, no lo podía creer. Fui y me pusieron a entrenar como regalo de bienvenida.

-¿Cómo era tu relación con Menotti?

-César era un loco lindo. Si bien discrepamos en algunas cosas, era alguien extraordinario. La cabeza le volaba: él buscaba a toda costa saber cuál era el distintivo de cada uno para mejorarlo y potenciarnos mutuamente. Un día nos dio a elegir entre la Selección o el equipo: “Si ustedes le dan prioridad a su equipo, no serán tenidos en cuenta”, exclamó.

-¿El recuerdo más lindo que te quedó del Mundial?

-Que estábamos seguros de poder luchar hasta el último segundo y que no había problemas entre nosotros. Pensar para adelante, más allá de si te tocaba jugar o no, eso nos ayudó mucho más. Para el Mundial siguiente, toda esa unión se rompió.

-¿Por qué?

-Teníamos la cabeza en otro lado. El Flaco se equivocó. Si vos estás en guerra y tenés a tu familia en el país, ¿te vas a ir a jugar a la pelota? Cuando veíamos el noticiero decían que en Argentina iban a tirar bombas, no se podía jugar con eso en la cabeza. Comentaban que íbamos ganando la guerra… ¿Ganando? Era una cosa de locos.

-¿Creés que no fueron tan valorados después de ganar el Mundial?

-Sí, todos lo sentíamos así. Yo creo que nunca se tomó dimensión de lo que vivimos. Buscamos, a través de eso, darle una alegría a millones de argentinos que no la estaban pasando bien por la situación del país.

-Contame de tu etapa como técnico.

-Arranqué con una escuelita en Ituzaingó en la cual estuve 7 años. Nunca pensé que iba a tener tantos chicos, agarré el envión enseñándoles cómo jugar, cabecear, patear… lo antiguo pero lo más necesario. Luego de esa etapa ya quería probar un plantel profesional. En 1989 tenía que hacer el curso de técnico, pero con Grondona en ese momento no hizo falta.

Un conocido me comentó que buscaban un técnico en Japón. El equipo era un desastre, hacía 5 años que no ganaban un partido, iban últimos y ¡aun así los aplaudían! Llegué solo allá, no me dejaban llevar a nadie; mi ayudante era japonés.

-¿Cómo hacías para comunicarte?

-Había unos chicos del cuerpo técnico que me daban una mano, ¡menos mal!

-¿Cómo terminaron el campeonato?

-Quedamos terceros, ¡se nos escapó en la última fecha!

-¿Qué es lo que más te sorprendía de ellos y su cultura?

-Lo educados que eran. Todo lo que les decías, lo hacían caso sin decir nada. Buscaban siempre la perfección.

-¿Retomaste hoy la escuela de técnicos? ¿Sentís las mismas ganas?

-Lo uso como un pasatiempo. En el club del barrio (AFALP) pusimos algunos carteles adelante, no es algo fijo. Me llevó tiempo conseguir el espacio y todo el papeleo necesario. Hablé con el intendente (Diego Valenzuela) y me dio una mano. Estamos buscando mejorar las instalaciones para una mejor experiencia.

-Si no hubieras sido futbolista, ¿qué hubieras sido?

-No, nada. ¡Menos mal que me salvó ser bueno en la pelota! Tuve negocios pero no se me dieron nunca bien; hay muchas cosas que pasan y uno no se las espera.

-¿Seguís consumiendo fútbol como espectador?

-Sí, ya no sé a quién más mirar, me encanta. Si no me gusta a esta altura, ¡estamos complicados! (dice riéndose).

-¿Un día cotidiano en tu vida?

-Nada del otro mundo, tranquilo como quiero estar. Disfruto con mi señora, mis hijos, mis nietos, los pequeños detalles.

-Pasaste por muchas etapas del país: dictadura, democracia, crisis económicas. ¿Hoy en día cómo estamos?

-Mal, horrible, con todo lo que le está pasando a la gente, insólito. Yo la verdad que nunca vi un presidente como este en cuanto a la forma en que se maneja. Los anteriores serán buenos o malos, pero no de una manera como esta. Dice que no hay plata y anda viajando a cualquier lado, arma y desarma las cosas como si no afectara a todos los argentinos. Lo que no entiendo es a los diputados, pero viendo lo que cobran… se ve la razón de sus votos. Es una pena, la verdad, porque hay mucha gente que se ha quedado sin nada. A los jubilados los están matando, yo no entiendo.

-¿Cuál es tu ideología política?

-Siempre fui peronista, lo heredé de mi viejo, pero actualmente no veo a nadie con ningún parecido. Este gobierno no va a tener oposición.

-Relacionando el deporte y la política, ¿SAD o clubes de barrio?

-Hay algo que me fascina y son los clubes de barrio. Hay que dejarlos y tratar de hacerlos lo mejor posible. Hay que ayudar, manifestar y defender eso del que alguna vez todos fuimos parte.

El legado del Campeón del Mundo refleja el esfuerzo, la humildad y la perseverancia para llegar a lo más alto.

La leyenda de José Luis Páez: “El mejor de la historia”

Por Matias Cuesta

En los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, el gobierno de España impuso como exhibición el hockey sobre patines, deporte madre en el país con, hasta el momento, 18 Mundiales. El 7 de agosto de 1992, Argentina enfrentó por la medalla dorada a la anfitriona, que llegaba como favorita. Pero no pensaron que José Luis “El Negro” Páez haría un partido espléndido, echándose, no solo al equipo, sino también a un país entero en su espalda. En el tiempo regular convirtió tres goles e hizo una asistencia en lo que era la victoria argentina por 5 a 2. Parecía campeón, pero España convirtió tres goles en un minuto y provocó el alargue. En el tiempo suplementario, Páez convirtió un gol más que concretó la victoria de Argentina 8-6 sobre España en la única final olímpica por una medalla de oro en la historia del hockey sobre patines. Por eso el Negro Páez es una referencia para el deporte a nivel mundial, pero en lo nacional es un ídolo para todos los que alguna vez soñaron con practicarlo de modo profesional.

“El mejor jugador de la historia”. Título que lleva a una discusión. No es el único considerado como el mejor de la historia. Uno de ellos, el portugués Antonio Livramento, inició su carrera de hockista a los 15 años en el Benfica. Tres años más tarde ya formaba parte de la selección de su país. Fue tal su juego que cuando falleció, en 1999, lo compararon con Pelé: “Murió el Pelé del hockey sobre patines”, tituló France Express, agencia de noticias. Esa publicación motivó el siguiente comentario: “¿No sería antes Pelé el Livramento del fútbol?”. Eso lo resume todo.

 

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Páez es comparado con dos argentinos que son reconocidos a nivel mundial. Francisco Velásquez, apodado Panchito Velázquez, comenzó a los cuatro años en Social San Juan y a los 18 ya se fue rumbo a Italia, previo a su llegada al Barcelona (1997-1998). Pero fue en el Benfica (2000-2003) donde consiguió sus mejores rendimientos. Daniel Martinazzo, surgido de la Unión Estudiantil de San Juan. Era tal su talento, que ya con 13 años integraba la Selección Sub 19 de la provincia. Ganó en siete ocasiones el Campeonato Argentino, pero su gran título fue el Campeonato del Mundo de 1978, el primero para la Selección Argentina en el hockey sobre patines.

Páez fue diferente a todos. Surgió de Concepción, el club más grande y con más historia de San Juan, de donde se fue a los 17 años rumbo a Italia en 1987 a jugar en el Roller Monza. Allí obtuvo tres Ligas, dos Copas Italia y dos Recopas Europeas de Clubes, título que jugaban los campeones de las copas nacionales de Portugal, España e Italia. Luego estuvo en Barcelona, entre 1994 y 2007. Siete Copas de Europa y once OK Ligas son solo la portada de sus logros con la camiseta blaugrana, donde se coronó con 44 títulos y pasó a ser un ídolo de la institución. Pasó a Reus (2007-2012), donde celebró una OK Liga, una Copa Continental y un Mundial de Clubes al Barcelona, su antiguo club. Se retiró en Suiza con la camiseta del Friedlingen en 2013. Además, con la Selección Argentina es dos veces campeón del mundo, 1995 y 1999.

Pero Páez no solo es considerado como jugador, sino también como técnico. Desde 2018 dirige a la Selección Argentina. Ganó el Mundial en 2022, al vencer a Portugal 4-2, y un Panamericano en 2024. Es estricto y exigente, se enfoca más en la atención, en la precisión y en la toma de decisiones de los jugadores. El 16 de junio de 2025, El Negro Páez organizó en Buenos Aires un entrenamiento, en la pista de Vélez, con jugadores porteños convocados por él. Estuvo presente Ramiro Serra, actual jugador de Vélez, que comenta sobre el entrenador: “Es una persona que tiene mucha experiencia, obviamente por los clubes donde jugó. Me quedaría días entrenando con él, para que me corrija todos mis errores”. También analiza la forma en la que Páez afronta los entrenamientos: “Te corrige mínimas cosas que solo ve él, que al final terminan siendo importantes acá en el hockey porteño, que te pueden ayudar a marcar la diferencia. Es un muy buen entrenador”.

A José Luis Páez se lo valora por sus goles, títulos y apariciones importantes. Pero no se veía todo lo que había por detrás, cómo se desarrollaba en los entrenamientos. Lo contó Roberto Roldán, quien compartió como compañero en la Selección Argentina, Barcelona y los primeros años en Concepción, para EnJuegoSJ, un programa de radio de San Juan: “José era el primero en llegar y el último en irse en todos los entrenamientos; íbamos juntos aparte al gimnasio y dejaba su vida por el hockey”. Pero Roldán culminó esa entrevista con una frase que describe a la perfección a José Luis “El Negro” Páez: “En la técnica y como jugador, extraordinario. Pero como compañero, mucho más. Por eso creo que es el mejor jugador de la historia”.

Juan Arrieguez: “Hay que animarse a soñar”

Por Segundo Némoz

Entrevista al atleta que logró la medalla de oro en lanzamiento de bala en los Juegos Panamericanos Junior Asunción 2025, donde en su último intento alcanzó el podio con una marca de 18.39 m. Con su victoria se clasificó a los Juegos Panamericanos Lima 2027.

Juan Arrieguez es un joven atleta de 21 años, oriundo de Chillar, un pueblo de 4000 habitantes en el centro de la provincia de Buenos Aires. Vive en Tandil y estudia educación física. Es un chico muy humilde, trabajador y con muchos sueños para su futuro. Nació el 19 de septiembre de 2004.

-¿Cómo te sentís ahora que ya pasaron unos días de la competencia?

-Muy emocionado, no solo por la competencia que en sí ya fue fuerte, sino también lo que vino después que fue muy shockeante, no me esperaba armar tanto revuelo, fue un torneo fuera de lo normal.

-¿Ya caíste?

-Pasaron varios días, creo que lo voy digiriendo pero aún está todo el revuelo que armé que no fue poco. Me siguen llegando mensajes todavía, así que de a poco lo vamos procesando.

-¿Qué fue lo primero que se cruzó por la cabeza luego de ganar?

-Mi abuela, por eso le dediqué la victoria. No sé por qué pero en ese momento se me vino a la cabeza y por eso fue el llanto.

 

-¿Qué significa para vos tu abuela?

-Fue una guía. Siempre recuerdo que cuando clasifiqué a mi primer torneo, que se suspendió por la pandemia, me enojé mucho y ella me decía que me tranquilice, que ya iba a haber revancha y que todo llega. Lamentablemente, ella no llegó a verme con la camiseta de la selección, pero bueno, sé que estaría muy orgullosa y por eso se lo dediqué.

-Luego de ganar la medalla dijiste que las balas que usás no son tuyas, ¿cómo hacés para entrenar así? ¿Hay días que entrenás sin ellas?

-Tengo una bala de 7 kilos pero no está en condiciones para competir. Las balas, para que sirvan, tienen que cumplir unos requisitos que la mía no los cumple ni de cerca, pero para entrenar las tengo. Después tengo otras que me prestó Germán Lauro (ex atleta especialista en pruebas de lanzamientos) que son más pesadas de 8 y 9 kilos pero son para trabajos específicos. De igual forma no creo que esto sea un gran limitante porque sino, no hubiese llegado a nada, pero es importante tener tu implemento y en condiciones óptimas.

-¿Ya se contactaron con vos para darte herramientas para entrenar?

-Sí, ya se movió mucha gente, varios se han contactado, de momento se está tramitando todo, pero al parecer voy a tener las balas y más cosas, así que estoy súper contento.

-Sabiendo que no es de los más populares en el país, ¿cómo arrancaste en este deporte?

-Arranqué porque en mi pueblo hacíamos de todo para no aburrirnos, he hecho handball, voley, fútbol, softball y un día caí en el atletismo. Vi que me resultaba fácil tirar cosas y me quedé, fue por la facilidad y la posibilidad de viajar a los Bonaerenses en Mar del Plata. Por este motivo creo que muchos han arrancado a hacer deporte.

-¿Hace cuánto entrenás?

-Arranqué en 2017 en el CEF (Centro de Educación Física) de Chillar, después a principios de 2018 me rescató Julio Piñero, mi entrenador, que me vio en los Bonaerenses y me dijo “te venís o te voy a buscar”, y fui. Entonces desde 2018 estoy con él, a la distancia, pero siempre cerca. En 2019 dejé de hacer disco y martillo y me enfoqué en hacer bala y hoy estoy totalmente metido en esto.

-En 2020, ¿cómo viviste la cuarentena?

-La pandemia fue difícil, porque había clasificado a un torneo que suspendieron y en el medio perdí a mi abuela, pero siempre me mantuve entrenando, primero dentro de casa, hasta que se empezó a liberar un poco y me dieron el permiso para entrenar solo en el campo. En fin, de alguna manera pude sortearla, fue dificilísimo pero es lo que había que hacer y lo hice.

-Día a día, ¿entrenás solo?

-Entreno solo porque estoy viviendo en Tandil y mi entrenador no vive ahí, así que lo que hacemos es una videollamada para que vea los ejercicios técnicos y me corrija, el resto lo hago solo o con un amigo pero en general me manejo solo.

-¿Estás en Argentina ahora?

-No, estoy en Braganca Paulista, mañana tengo una competencia de nivel bronce que es un torneo de buen nivel y estoy muy emocionado de que empiece el torneo. Somos 5 atletas de Argentina, pero soy el único lanzador. Ahora estoy con un chico de México, nada que ver con Asunción. Allá fui con mi entrenador, Julio Piñero, tengo la suerte de que él está en la selección como jefe del área de lanzamiento.

-¿Cómo fue tu llegada a Chillar?

-Súper contento la verdad. Fue un momento muy emotivo, me imaginaba que iban a hacer una caravana pero no me esperaba tanto. Hubo muchísima gente, estuvo casi todo el pueblo, hubo torta, vídeos y banderas. Realmente uno no lo hace por este tipo de cosas, pero siempre es lindo el reconocimiento y más de esta forma organizada por el pueblo. Así que muy contento y conmovido por todo.

 

-¿Cómo es una semana en tu vida?

-Un poco repetitiva la verdad. Estoy estudiando educación física. Entro a cursar a las 7.30 y hasta las 13 estoy ahí. Vuelvo a casa en bicicleta, cocino y si tengo tiempo duermo unos 20 o 30 minutos. Después entreno más o menos desde las 15 hasta las 19, de ahí vuelvo, y si tengo que estudiar, estudio, o hago algún trabajo y así voy sobreviviendo la semana.

-¿Cómo son tus entrenamientos?

-Duran más o menos cuatro horas, dos de lanzamientos y gestos técnicos específicos y las otras dos de levantamiento de pesas y todo lo que es enfocado a la fuerza.

-¿Cómo equilibrás tu vida entre el estudio y el entrenamiento que requiere hacer este deporte?

-Ahí entra la gente que te rodea, tus amigos y la familia sobre todo, que son los que hacen que puedas soportar y tener ganas de hacer esto. Realmente cuesta mucho en pretemporada por ejemplo estoy cansadísimo y tengo que levantarme temprano. Pienso, voy a tomar unos mates con unos amigos, me pongo a entrenar o si tengo que estudiar lo mismo, con amigos se va haciendo más fácil. Creo que ahí es cuando me doy cuenta porqué lo hago y lo que me motiva.

-¿Qué te motiva a seguir cada día?

-Por un lado la gente, y por el otro ver hasta dónde puedo llegar o cuál es mi límite. El atleta compite contra uno mismo porque son deportes de marcas pero igual hay algo de misión por supuesto. Creo que lo fundamental y lo que me empuja en todo son las personas que me rodean, mis amigos, mi familia, mi entrenador, en ellos encuentro mi motivación.

-¿Cuál es tu próximo objetivo?

-De momento recién estamos festejando la victoria en los Panamericanos, pero el año que viene tenemos un año movido en cuanto a competencias, algunos internacionales como los del sur o los iberoamericanos y alguno más. Son torneos muy entretenidos, muy lindos y eso es ahora el próximo año.

-¿Y a largo plazo?

-Los Juegos Olímpicos, como cualquier atleta, poder estar allá debe ser una locura y un sueño.

 

 

 

 

 

-¿Y te ves disputándolos?

-Realmente creo que si no creyera que fuera posible no haría todo esto. Es difícil por supuesto, pero hay que soñar. Si me hubieras preguntado hace 3 años, si me veía ganando un Juego Panamericano te hubiera dicho que ni en pedo y hoy estoy acá. Creo que hay que soñar, animarse y trabajar.

-Si tuvieras que dejarle un mensaje a otros chicos que sueñan con el deporte, ¿qué les dirías?

-Que lo intenten, que no se queden con la duda, hay que animarse a soñar porque uno nunca sabe hasta dónde va a llegar o lo que te puede poner la vida al frente. Hay que estar preparado, pero hay que soñar y animarse. Yo creo que el Juan de 15 años que recién arrancaba no se imaginaba todo lo que iba a terminar pasando, pero se animó, lo soñó y trabajó para eso. Así que les diría inténtenlo, anímense a soñar y trabajen para que se cumpla.

Nicolás Diez: una vida ligada al fútbol

Por Matías Villar

El 12 de abril de 1994, en la fecha 3 del torneo Clausura, Argentinos Juniors necesitaba de un jugador habilidoso y ese tipo de futbolista se encontraba en el banco de suplentes. Nicolás Diez, un enganche zurdo, flaco y vistoso, debutó en la primera división del Bicho para enfrentar a Newell ‘s.

Nació el 9 de febrero de 1977 en Buenos Aires. Se formó en el Club Parque, un equipo de futsal de Villa del Parque que, entre 1980 y 1995, tuvo mucha influencia en las inferiores del Bicho. Jugadores como Juan Román Riquelme y Diego Placente se forjaron allí y luego fueron llamados por los dirigentes del Bicho. Nico Diez jugó desde los cinco años en Parque y con Ramón Maddoni como director técnico. A los 13 años, lo llevó al equipo de La Paternal.

A mediados de 1996, Racing se lo llevó por una recomendación de Reinaldo “Mostaza” Merlo, que lo dirigió a Nico en el Sub 17 en el Mundial de Japón en 1993, mientras al mismo tiempo era ayudante de Alfio “Coco” Basile en Racing. En la Academia, tuvo una participación más activa pero las lesiones lo terminaron dejando fuera del equipo.

Llegó el siglo XXI y Nico cambió de rumbo totalmente. Tras su paso por la Academia y seis meses a préstamo en Ferro, se fue al Gueugnon FC en 2001, equipo francés, por dos años, y luego regresó al continente sudamericano, en el que pasó por el fútbol colombiano, venezolano y chileno. Su camino por los diferentes países lo formó y lo educó futbolísticamente. Dejó de ser considerado sólo un jugador habilidoso y se convirtió en capitán de Everton y O’Higgins. Alan Sánchez, compañero en O’Higgins en 2007, confiesa: “Yo llegué al club y no conocía a nadie. Nico era el capitán en ese momento; él, junto a su familia, me ayudaron y me acompañaron de cerca”.

“El mejor momento de mi carrera fue en el Everton y O’Higgins de Chile, porque fui capitán de ambos y me sentía importante”, declaró Diez en una entrevista con Infobae en 2023. Luego de jugar en O’Higgins, llegó a fines de 2008 a Unión de Santa Fe, que en ese momento competía en la segunda división del fútbol argentino. Aquella etapa, marcada por la intensidad del campeonato y la exigencia diaria, le permitió conocer una categoría que años más tarde volvería a convivir como director técnico de Atlanta en 2023.

Nico Diez en Everton (Chile)

El final de su carrera como futbolista fue en noviembre de 2011, cuando jugaba en el Ñublense de Chile. Decidió retirarse a sus 36 años en el país que había visto su mejor versión. Siempre quiso dejar el fútbol en un campo de juego y no sentado en el banco de suplentes. En 2012, realizó el curso de entrenador y fue asistente en diferentes clubes y selecciones.

Su primera experiencia como ayudante fue cuando llegó en 2014 a la Selección de Chile para acompañar a Jorge Sampaoli y Sebastián Beccacece. Ellos lo habían tenido en O’Higgins y la relación había sido genial. Regresó al país que lo había convertido en un líder de equipo pero ahora desde otro rol. Ganó la Copa América en 2015 en Chile venciendo a Argentina en la final. Tras esa experiencia, Sampaoli y Beccacece se terminaron separando y Nico acompañó a Beccacece en Defensa y Justicia, Independiente y Racing.

Uno de los momentos que más lo marcó fue acompañar a la Selección Argentina en el Mundial de Rusia de 2018, junto a Sampaoli y Beccacece, que se habían reunido otra vez para dirigir a Argentina. Ser ayudante técnico de una selección que tenía a Lionel Messi, Ángel Di María y Sergio Agüero lo marcó. Otro momento en el que aprendió mucho fue en 2024, cuando asistió a Sebastián Domínguez en Tigre, ya que terminó siendo su última experiencia como ayudante. Lorenzo Scipioni, uno de sus jugadores en Tigre, dice: “Todo ese cuerpo técnico fue muy importante para mí y para el equipo. Debuté en Primera con ellos en el banco y me apoyaron en todo momento”. Esto que dice Scipioni refleja uno de sus sellos distintivos de como DT de Argentinos Juniors en 2025: promover a los jóvenes de la institución.

En 2023, se calzó el buzo de entrenador por primera vez. Dirigió en Atlanta un total de 14 partidos y terminó con dos victorias, cuatro empates y ocho derrotas. Dos años más tarde, llegó su turno en Primera para dirigir en el club que había debutado como jugador: Argentinos Juniors. El Bicho de la Paternal siempre se destacó por utilizar muchos jugadores de las inferiores y Diez mantuvo el legado. También demostró que jugar al fútbol toda la vida le sirvió para ser director técnico y terminó logrando que su equipo sea respetado por todos sus rivales.

Atentado al olimpismo: el infierno israelí en Múnich cumple 53 años

Por Iván Lezcano

El 5 de septiembre de 1972 será recordado para siempre como uno de los días más oscuros en la inmensa historia de los Juegos Olímpicos. Ese día, aprovechando un endeble operativo de seguridad (producto de un intento de lavado de imagen del gobierno alemán posnazismo), un grupo de terroristas palestinos pertenecientes a la organización Septiembre Negro aprehendió y asesinó a once atletas israelíes en plena Villa Olímpica.

Los JJ.OO. de Múnich representaban la oportunidad perfecta para la joven República Federal de Alemania de mostrarle al mundo que el régimen encabezado por Adolf Hitler había llegado a su fin. Bautizados como “Los Juegos Felices”, la organización de los mismos se basó por completo en la transmisión de este mensaje. “La arquitectura debía simbolizar ese ánimo de optimismo y amabilidad, marcando así el contraste respecto a la imagen del Estadio Olímpico de Berlín en los Juegos de 1936”, asegura la historiadora germana Eva María Gajek. Añade también que el concepto visual general, desde el diseño colorido hasta la inclusión de la primera mascota oficial —el perro salchicha Waldi—, estaba alineado detrás del mismo objetivo.

El gobierno alemán, sin embargo, era consciente de los riesgos potenciales que suponía un evento de esta magnitud. Por eso, con la intención de prevenir mayores desastres, contrató al psicólogo forense Georg Sieber para evaluar posibles amenazas en la Villa y entregar un escrito con los peores escenarios. El doctor, luego de un minucioso análisis, desarrolló una lista de 26 situaciones de hostilidad junto con sus respectivas acciones de prevención. Paradójicamente, la amenaza n.º 21 hacía referencia a un posible ataque terrorista por parte de Palestina hacia la delegación de Israel.

Sieber, un paso adelante, había recomendado hospedar a los deportistas según su disciplina y no por su nacionalidad, como se acostumbraba a hacer. No solo que esto no sucedió, sino que, además, los Juegos de Múnich contaron con uno de los operativos de seguridad menos estrictos que se recuerden dentro del olimpismo moderno. La nueva cara que Alemania quería demostrar ante el mundo la llevó a contar con no más de 2.000 efectivos de la policía federal, los cuales fueron capacitados para “ser corteses”.

En la madrugada del 5 de septiembre, ocho palestinos vestidos con ropa deportiva saltaron la reja perimetral de dos metros de altura e ingresaron a la Villa Olímpica. Según declaraciones de algunos atletas que participaron en el evento, esto era algo normal entre los deportistas que salían sin permiso durante la noche, por lo que pasaron desapercibidos.

Septiembre Negro era una organización militar que se formó con el objetivo de realizar operaciones de represalia y ataques internacionales en nombre de Fatah, el poder palestino, luego de que este perdiera la guerra para la liberación ante Jordania en 1971. Este grupo estaba formado por la facción más radical de las fuerzas lideradas por Yasser Arafat, presidente del Estado en aquel momento. Estos, responsables de asesinar al primer ministro jordano, Wasfi Tal, unos meses antes en Egipto (ya veremos por qué es relevante esto), fueron los que ingresaron a la Villa aquella madrugada, poco después de las 4.

Los terroristas se dirigieron al edificio reservado para la delegación israelí, donde se cruzaron con quien sería su primera víctima: el entrenador del equipo de lucha, Moshe Weinberg. El hombre se abalanzó sobre los atacantes, permitiendo que otros compañeros pudieran escapar. Antes de ser asesinado, Weinberg fue usado como señuelo para acceder a otros departamentos. Los guió al de los pesistas y luchadores, quizás con la esperanza de que estos pudieran neutralizar a los atacantes. Para su desgracia, todos fueron sorprendidos durmiendo y aquello concluyó prácticamente como una sentencia de muerte, ya que gran parte de las víctimas resultaron ser parte de estos equipos. Este es el caso puntual de Yossef Romano, especialista en halterofilia, quien se convirtió en el segundo ejecutado tras un forcejeo con uno de los armados. De este modo, eran nueve los rehenes restantes.

Fue poco después de las 6 cuando se empezaron a conocer las demandas de los palestinos: exigían la liberación de 234 compatriotas presos en las cárceles de Israel, además de la de los alemanes Andreas Baader y Ulrike Meinhof. Estos últimos, fundadores de la Fracción del Ejército Rojo, banda guerrillera alemana, fueron los únicos puestos en libertad por el gobierno local. Por el lado del poder israelí, y específicamente de la primera ministra, Golda Meir, la postura era clara: “No negociamos con terroristas”.

Durante las primeras horas del atentado, la información no era clara. Así lo comenta Charlotte Knobloch, integrante de la comunidad judía de Múnich y madre de una de las chicas que se encontraba en la Villa Olímpica como azafata: “En las noticias no se entendía qué estaba pasando, por lo que el miedo era aún más grande”.

Con el correr de las horas, los medios de comunicación inundaron las inmediaciones del edificio. Muchos de ellos eran deportivos, dado que ya se encontraban allí realizando la cobertura de los Juegos. Las cámaras de televisión tuvieron un papel tan insólito como determinante en uno de los planes de rescate elaborados por la policía, ya que le brindaron información a los terroristas acerca de la ubicación de los francotiradores posicionados por las fuerzas alemanas. Los observaron a través de una TV ubicada en la habitación de los rehenes porque jamás se les había deshabilitado la electricidad ni la comunicación, en lo que fue otra muestra de la escasa preparación de los efectivos para situaciones como esta.

Aproximadamente 14 horas después de haber ingresado a la Villa, los palestinos exigieron un avión para poder huir de Alemania junto con los rehenes. Su destino era El Cairo, Egipto, donde decían sentirse seguros. Así fue como, tras atravesar Múnich en dos helicópteros, arribaron a la Base Aérea de Fürstenfeldbruck, donde los esperaba un Boeing 727. Lo cierto es que se trataba de una emboscada final por parte de la policía alemana, que había orquestado un operativo que incluía francotiradores y algunos efectivos camuflados como tripulación del avión, aunque estos últimos abandonaron la misión poco tiempo antes de la llegada de los helicópteros. Los motivos, a día de hoy, siguen sin ser claros.

Encontrar la aeronave vacía ya había alertado a los palestinos de que algo raro estaba pasando, pero el fracaso definitivo de la estrategia se dio cuando uno de los tiradores falló su disparo y, lo que pretendía ser un impacto mortal para el líder terrorista Luttif Afif (conocido como “Issa”), resultó en una simple herida a otro de los atacantes. En ese momento, se desató un fuego cruzado que duró casi tres horas.

A la medianoche, el portavoz del gobierno Conrad Ahlers llegó a comunicar que todos los palestinos habían muerto y que los rehenes habían sido rescatados. Esto, por supuesto, fue desmentido rápidamente.

Cinco terroristas, los nueve israelíes y un policía perdieron la vida en aquel tiroteo. Algunos de los atletas fueron asesinados por los palestinos a punta de fusil y otros fallecieron debido a la explosión de uno de los helicópteros que, dependiendo de la versión que se escuche, pudo ser responsabilidad de uno u otro bando. Los tres secuestradores restantes fueron detenidos, aunque tiempo después se los liberó en medio de un intercambio.

La información la dio por primera vez Jim McKay, locutor deportivo de la ABC, con una frase que quedó grabada en la historia: “They’re all gone” (todos se han ido).

En la mañana del 6 de septiembre se realizó una misa en honor a los caídos, cuando la competencia llevaba menos de 24 horas detenida. Durante su discurso, Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), anunció en una controversial decisión que los Juegos debían continuar. Curiosamente, no era la primera vez que Brundage se encontraba inmerso en polémicas que involucraban a la comunidad judía, ya que para los JJ.OO. de Berlín —siendo jefe de misión estadounidense— bajó de la posta de 4 x 100 metros al atleta judío Marty Glickman, con el argumento de que “ya habían fastidiado bastante a Hitler con el suceso de un negro (Jesse Owens)”. Un acto de antisemitismo sin atenuantes.

Si bien los datos oficiales marcan la 1.30 del 6 de septiembre de 1972 como el momento en que finalizó la masacre de Múnich, las represalias de la misma continuaron durante años. El gobierno de Israel tomó cartas en el asunto y, bajo las misiones “Primavera de Juventud” y “Cólera de Dios”, se dedicó a perseguir y ejecutar a cada uno de los responsables de aquellas fatídicas 21 horas en el Estado de Baviera.

Brown: cine, pasión e identidad

Por Santiago Peñoñori Gaona

“¿Por qué somos hinchas de un equipo de fútbol?”, es la pregunta que hace el tráiler y que atraviesa la película Todos quieren venir a Brown. Dirigida por el actor, documentalista, analista de sistemas, socio e hincha del Tricolor Juan Lucas Da Rocha y estrenada el 25 de agosto de este año en el Cine Gaumont, narra la vida del Club Atlético Brown de Adrogué una vez que el hinchismo se atenúa, las cámaras de televisión dejan de filmar y quedan cara a cara el club y su más grande capital: su gente.

“En un tranquilo club de Adrogué, en la zona sur del conurbano bonaerense, los chicos del barrio pasan sus tardes entre amigos y deportes. Hasta que el repentino interés del periodismo y el ambiente del fútbol agitan los cimientos del mundo de Brown. ¿Qué hay detrás de este equipo que, con un cuerpo técnico lleno de ex jugadores, y comandado por el gran Pablo Vicó desde su casa dentro del estadio, llegó desde las divisiones menores para hacerse un lugar en las primeras planas de los diarios a fuerza de fútbol y mística?”, es la sinopsis de la película que dura 104 minutos. El eje del relato se centra en Pablo Vicó, figura histórica del club y entrenador récord del fútbol argentino, un personaje que encarna -si eso es posible- la esencia de Bron.

“Fue un proceso largo, con interrupciones y dificultades económicas, pero desde el principio nos propusimos acercarnos lentamente a los protagonistas. Queríamos generar confianza para que la cámara pasara desapercibida y así registrar la intimidad del club”, explicó el director, quien recordó los ocho años que separaron el inicio de la grabación en 2018 y el material presentado en el cine este año. Además, Da Rocha lamentó que se haya dilatado el estreno, ya que en noviembre de 2024 Brown descendió a la Primera B Metropolitana tras perder el desempate por la permanencia contra Atlético Rafaela.

El filme surgió del deseo de Juan Lucas de representar lo que para él fue y sigue siendo su club: un sostén en el que construye lazos, un espacio de protección, un lugar donde practica deportes y donde puede destinar su valioso tiempo de ocio, del que nadie debería estar privado. ¿De qué somos hinchas cuando decimos que somos de un equipo? ¿Del barrio? ¿Del fútbol? ¿De la gente? Esas preguntas se plantea el director para realizar Todos quieren venir a Brown, un largometraje que interpela, en igual medida, a futboleros y no futboleros.

 

¿Por qué Pablo Vicó?

Porque no podemos hablar de Brown sin mencionarlo y viceversa. En marzo del 2009, Vicó reemplazó a Juan Carlos Kopriva a 12 fechas del final del torneo y procuró abrazarse a su nuevo rol. A partir de allí, comenzó una historia que dio como resultado un récord histórico: ser el DT de mayor duración en el cargo en la historia del fútbol argentino. El “Ferguson del Conurbano”, apodo que le pusieron por las similitudes con el técnico inglés que permaneció en Manchester United durante 27 temporadas consecutivas, dirigió 569 partidos en un ciclo ininterrumpido de 15 años.

Anteriormente, Vicó había sido jugador de Brown, San Miguel y Temperley, al mismo tiempo que se las rebuscaba para llenar la olla: trabajó en un aserradero, en una cigarrería y vendió ropa de segunda mano. Sus inicios como técnico fueron en el baby fútbol, donde los ojeadores se matan por seducir a padres de futuros cracks; siguió en menores e inferiores, ya en Brown; e hizo un par de interinatos hasta que tuvo su chance definitiva. Logró dos ascensos a la B Nacional, venció en dos oportunidades a Independiente de Avellaneda (una vez por torneo y otra por Copa Argentina), jugó instancias finales de reducidos para ascender a Primera y, lo más importante, ayudó a que los futboleros y las futboleras promedio conozcan a su amado equipo.

Angel Desimone, Pablo Vicó y Pedro Coronel. (Temperley vs Deportivo Armenio, abril de 1979)

 

La pérdida de su hijo en un accidente de tránsito en 2015 le cambió la vida para siempre. Sencillo, bonachón y meticuloso, no se detiene en banalidades porque, como dice la canción de la Bersuit Vergarabat, el tiempo no para. Su huella en Bron es tan grande que tiene una tribuna, un buffet y una plaza con su nombre. Hoy, a los 69 años y sin trabajo como DT, dice que necesita tener la adrenalina de volver a dirigir; y, fiel a su estilo, agrega: “A lo mejor me consideran un viejo arruinado, con falta de memoria, pero estoy entero y consciente”.

Joaquín Cisneros: “La Federación casi no te ayuda, todo sale de nuestro bolsillo”

Por Juan Cruz Albornoz

En 2024 no pudo competir y pensó dejar el tiro deportivo por problemas económicos. Un año después consiguió la medalla de plata en los Juegos Panamericanos 2025. Sin sponsors ni apoyo financiero. La actualidad de alguien que casi lo tira todo por la borda pero que logró recomponerse y posicionarse nuevamente en lo más alto.

Joaquín Cisneros, con apenas 20 años, se volvió a destacar en el ámbito internacional, esta vez en los Juegos Panamericanos Junior de Asunción, donde logró la medalla de plata tras haber cosechado 39 puntos en la modalidad de Trap (disciplina en la que se dispara con una escopeta a pequeños discos de arcilla). Quedó a tan solo 2 puntos del primer puesto, Hussein Daruich.

La conversación se da a través de videollamada, en la que se lo ve como suele andar: chomba polo, bermudas cargo azules por arriba de las rodillas y zapatillas blancas con el tobillo al desnudo (a veces usa alpargatas también). Sereno y con voz pasiva va respondiendo pregunta tras pregunta. Correcto él, pero sobre todo humilde y agradecido. Cada tanto se le escapa alguna risa.

– ¿Qué se te vino a la mente cuando obtuviste esa medalla?

– La verdad me puse muy contento, me cuesta creerlo. Todavía no caigo en que gané la medalla de plata en los Juegos Panamericanos, es un sueño hecho realidad. Se me cruzaban mi abuelo y mi viejo que también son tiradores, y a la vez victorias y fracasos. Eso me terminó haciendo más fuerte en la final. Me acuerdo de las complicaciones que tuve el año pasado y que gracias a dios este año me tocó ganar esta medalla.

– ¿Cuáles fueron esas complicaciones?

– El tiro es un deporte muy costoso y la Federación (FAT) no te ayuda mucho con los gastos, todo sale de nuestro bolsillo. Por eso en 2024 tuve que dejar de competir por problemas económicos. Ese año estuve casi sin disparar, pero a principios de 2025 me llegó un mensaje de la Federación diciéndome que era el elegido para ir a competir al Campeonato de América en Barbados. Allí conseguí la medalla de plata y clasifiqué primero, lo que me dio la plaza para los Juegos Panamericanos.

– ¿Y cómo te preparaste para estas competiciones después de un año sin tirar?

– Más allá de la competencia no tuve mucha preparación. Cada entrenamiento es muy costoso por los cartuchos que se gastan. Además, no siento que sea una situación real de competencia, en los entrenamientos estoy mucho más tranquilo y no tengo presión. Mis entrenamientos fueron la Copa del Mundo en Buenos Aires y en Lima.

– ¿Cómo hacés para mantenerte en ritmo a pesar de no entrenar diariamente?

– No es que no tiro, nada más que no entreno todos los días. Pero cada tanto sí entreno y las competencias también me sirven para mantenerme en forma digamos.

A pesar de no contar con un entrenamiento cotidiano, el nombre de Cisneros sonaba fuerte en el ámbito del tiro deportivo argentino. Tiene un historial repleto de consagraciones: además de la medalla de plata en Barbados y los Panamericanos 2025, fue campeón nacional, campeón sudamericano, campeón panamericano, fue subcampeón mundial y obtuvo la medalla de bronce en el España Gran Prix 2022. En el ranking de la Federación Argentina de Tiro, se mantuvo en la primera posición en 2022 y 2023 hasta 2024, año en el que estuvo inactivo. Sin embargo, antes de finalizarlo y pese a perder algunos puestos, retomó y logró escalar hasta la segunda ubicación. En 2025 volvió a recuperar la punta y se convirtió en el tirador junior con más puntaje del país.

– ¿Qué sentiste cuando subiste al podio?

– La verdad es inexplicable. Como te dije, no lo podía creer aunque estuviera ahí. Cuando salí campeón sudamericano en Perú en 2022 sonó nuestro himno y ahí sentí mucho orgullo. Esta vez sonó el de Brasil pero ya con estar donde estaba y ver la bandera de Argentina me emocioné mucho.

– Con la medalla de plata obtenida, ¿cómo afrontás el año?

– Con mucha felicidad (se ríe). El año no termina, todavía queda una competencia muy importante. En octubre se disputa el campeonato mundial en Grecia. Ya no es Junior, es en categoría Senior. Ese es mi próximo objetivo, aunque tendré que ver si mi familia puede pagar el viaje, sobre todo mi viejo que es quien más me banca económicamente. La Federación no te apoya así que depende de nosotros. Veremos si podemos estar”.

Antes de que acabe el año se enfrentará a un desafío aún mayor en el mundial que tendrá lugar en Malakasa, Grecia, del 8 al 19 de octubre, dado el nivel dispar entre Latinoamérica y países como Estados Unidos o España. “Ya me tocó ir a competir afuera y se nota mucho la diferencia que hay con Argentina. Acá es muy complicado cubrir todos los gastos que se requieren. Allá se le da mucha más bola al deporte y las federaciones apoyan más a los tiradores. El viaje a Grecia lo tendría que pagar yo, por ejemplo. A los tiradores europeos o estadounidenses les cubren el viaje, el lugar donde se quedan, los cartuchos para los entrenamientos, todo. Afuera se puede vivir del tiro, acá no”, reconoce.

– Sabiendo que la diferencia es amplia, ¿cómo hacés para que no afecte tu motivación de cara a este tipo de torneos?

– La verdad, yo voy a competir porque me encanta tirar, ya desde muy pibe lo hago. La primera vez que tiré tuve miedo pero ahora lo disfruto mucho. No pienso demasiado en estas cosas, sé que si hago bien mi trabajo puedo conseguir grandes logros. Además ya tuve la oportunidad de ir a competir afuera. Fue la Copa del Mundo en Alemania. Llegué a las finales pero se me rompió el arma y no pude seguir participando. Quedé sexto pero me quedo con buenos recuerdos de la competencia.

Aún no tiene el lugar asegurado en el mundial de Grecia. Su clasificación depende de cómo le vaya en el torneo selectivo nacional en Córdoba, el cuál por ahora no tiene una fecha definida. El mismo determinará los representantes de Argentina en la competencia. Quienes más resuenan son Nicolás Clady, Federico Martín Ruiz y, por supuesto, Joaquín Cisneros.

– ¿Para el torneo de clasificación planeás llevar adelante un esquema de entrenamiento?

– No sé si un esquema pero sí planeo entrenarme por mi cuenta aparte del entrenamiento que hacemos con la selección, que es en Córdoba. Recién llego a mi casa después de los Panamericanos así que voy a entrenarme solo hasta viajar allá y, si Dios quiere, poder clasificar.

– ¿Qué pasa si clasificás pero no podés costear los gastos del viaje?

– En ese caso termina clasificando el que salió segundo, y si él tampoco puede, el que le sigue.

– ¿No clasifica el mejor sino quien pueda cubrir los gastos para ir entonces?

– Exactamente. En este país hay muy buenos tiradores pero que, lamentablemente, no cuentan con los recursos para competir. Entonces muchas veces no termina clasificando el mejor sino el que puede pagar. A mí me pasó un año de que no pude ir a un torneo por la plata y terminó yendo un compañero. Por eso hago la comparación con el extranjero. Allá sí clasifica el mejor porque la plata no es un problema.

Iker Muniain: el vasco que se ganó el corazón de San Lorenzo

Por Mateo Bartolomei

El 25 de mayo de 2025 a las 18 horas, el Nuevo Gasómetro estaba colmado por 45 mil hinchas de San Lorenzo. Al minuto 51 del segundo tiempo, el árbitro Leandro Rey Hilfer finalizó el partido. Platense le ganó 1 a 0 a San Lorenzo y pasó a la final del Torneo Apertura. Con lágrimas en los ojos, Iker Muniain saludó al público mientras se dirigía al vestuario en lo que fue su último partido como futbolista profesional a los 32 años.

Recibimiento vs Platense. 

Dos días después, mediante una publicación en Instagram, el oriundo de Pamplona, España, nacido el 9 de diciembre de 1992, expresó: “El dolor por no conseguir lo que queríamos”. Esas fueron sus primeras palabras luego de la eliminación. Se podía distinguir, con color blanco, la cinta de capitán en su brazo derecho como portó en Athletic Club de Bilbao, su anterior equipo, en el que jugó durante 14 años (2009-2024) y fue dirigido por dos argentinos: Marcelo Bielsa (2011-2013) y Eduardo Berizzo (2018).

A diferencia de los jugadores que eligen al club que mejor salario ofrece, Muniain fue un caso atípico. Pese a tener mejores ofertas económicas de equipos de Brasil, México y Arabia Saudita, prefirió ir a San Lorenzo a cumplir su sueño de jugar en el fútbol argentino y como comentó en una entrevista en ESPN el 18 de enero de 2025, al ver videos de los hinchas y el sentido de pertenencia que existe en Boedo, no dudó en venir. Tampoco le importó la delicada situación institucional que atravesaba el Ciclón con el presidente Marcelo Moretti y jugadores que no cobraban su sueldo a fin de mes.

Su llegada, el 6 de septiembre de 2024, revolucionó por completo a San Lorenzo. Fue presentado con un video en redes sociales y se recordó el paso de otro jugador vasco, Isidoro Lángara quien es el séptimo goleador histórico de la institución con 110 goles. El otro que también se desempeñó en el club de Boedo fue Ángel Zubieta, tercer jugador con más presencias en el Ciclón con 352 partidos. Ambos venían de jugar una gira por América con la selección de Euskadi, un plantel conformado sólo por jugadores vascos que fue creado con el propósito de recaudar fondos para el Gobierno del país vasco en medio del conflicto por la guerra civil española en 1939.

En los nueve meses que Muniain jugó en San Lorenzo se ganó el cariño de cada hincha, jugador y empleado del club. Mateo Sagardoy, intendente del club, menciona: “Era muy respetuoso, una referencia para los más jóvenes. Le preguntaba a los trabajadores cómo estaban en el día a día, peleaba y protegía a sus compañeros por cuestiones salariales”. Matías Tirelli, encargado de las redes del Ciclón, explica: “Estaba predispuesto a todo lo que necesitan los empleados, se preocupaba por aprenderse el nombre de todos; tengo innumerables cosas para contar de gente que ayudó. Es generoso, es una de las mejores personas que conocí en mi vida”.

Desde su debut frente a Vélez el 14 de septiembre de 2024, Muniain jugó 25 partidos y anotó cuatro goles. Le tocó pasar por una de las etapas más turbulentas de San Lorenzo, enfrentar a la barra brava; dos entrenadores en menos de tres meses; que el presidente se tome una licencia por denuncias de corrupción; y terminar 24 de 28 en la tabla de posiciones. En la derrota por 1 a 0 ante Tigre en el último partido de 2024, el vasco obligó a todos sus compañeros a permanecer en el medio de la cancha para recibir los insultos de la gente por no representar con orgullo y sacrificio la camiseta. Estas actitudes fueron las que hicieron que Muniain se gane el respeto y cariño de los hinchas. Era de los pocos que entendían lo significaba jugar en un grande como San Lorenzo.

En 2025, pese a perderse los primeros ocho partidos del Torneo Apertura y anotar solo un gol, Muniain fue pieza clave en un plantel corto que llegó a semifinales y logró revertir la imagen del año anterior. Pero a raíz de todos los problemas que tuvo el club, más el estar lejos de sus hijos, hicieron que le ponga punto final a su paso por San Lorenzo y a su carrera profesional.

El 28 de junio fue presentado como entrenador del CD Derio de la tercera división de España. Lleva los colores azul y rojo. En una estadía corta, Muniain se metió en el corazón de los hinchas del Ciclón, que se aferran a la ilusión de que sus caminos vuelvan a cruzarse en el futuro tras escuchar al vasco en su despedida decir que “aguante San Lorenzo” y que volverá.

Los Kmet: un apellido, dos generaciones y el mismo amor por la pelota

Por Maite Galarza y Milena Di Pardo

Por más lejos que lo haya llevado la pelota, Julián Kmet siempre supo dónde estaba su casa. Jugó en Portugal, compartió entrenamientos con Cristiano Ronaldo y pasó por clubes de tres continentes, aunque hay un punto fijo que nunca cambió en su vida: Lanús. No como un punto geográfico en el mapa sino como un territorio emocional, un refugio y una forma de estar en el mundo. Hoy, retirado del profesionalismo pero vinculado al fútbol desde otro lugar, acompaña los pasos de su hijo Luca Kmet, quien sigue sus huellas con el mismo escudo en el pecho y con la misma pasión. Como si la historia se escribiera dos veces, solo que esta vez, quizá, con un final distinto.

Julián Andrés Kmet nació en Lanús el 21 de noviembre de 1977. Creció en el barrio, con una pelota como compañera inseparable y más sueños que recursos. “Arranqué en el 86, con 8 años, en el club viejo, con cancha de madera, nada que ver con lo que es hoy. La realidad era otra”.

En esa infancia no todo fue juego: también hubo días sin plata, botines que no siempre se podían renovar y la comida pasaba a ser un lujo. “A veces se comía y a veces no. Pero mis viejos dieron todo para que yo pudiera jugar. A veces se compraban buenos botines y a veces no”, rememora con gratitud.

“Nosotros teníamos hambre. Hoy a los pibes les falta hambre de gloria”, suelta con esa mezcla de nostalgia y crudeza que sólo pueden tener quienes crecieron con carencias. Esta frase atraviesa décadas de cambios sociales y deja al descubierto una herida que todavía duele. Su talento destacaba más allá de las adversidades. A medida que fue creciendo, Julián empezó a sobresalir. Mediocampista habilidoso, con gol, personalidad y lectura del juego. Rápidamente llamó la atención. En 1997 fue una de las figuras del Torneo Clausura con Lanús, anotando 10 goles en 36 partidos y despertó el interés de varios grandes del país. “Me quería River, casi voy al Rojo”. Aunque finalmente fue otro el camino que se impuso.

El destino le tenía preparada una sorpresa tan inesperada como lejana: el Sporting de Lisboa. “Yo no sabía ni dónde quedaba Portugal”. Con sólo 20 años y más ilusiones que certezas, hizo las valijas y cruzó el océano rumbo a una vida que no conocía. Lo que parecía un salto de calidad terminó siendo un golpe emocional. “Estuve un año en el Sporting pero la pasé mal, extrañaba mucho a mi familia y amigos. A mis 20 años… tenía más tristeza que alegría en esa época”. Pese a entrenar con figuras como  Cristiano Ronaldo    – “Él tenía 15, pero ya lo veían bien. Practique con él” – Kmet nunca logró asentarse del todo.

 Las distancias, la soledad y el desarraigo le pasaron factura: “En ese tiempo no existía la videollamada, los mensajes. Yo me la pasaba pensando en cómo estaría mi familia y qué horario sería en Argentina”. Después de su paso por Portugal, Kmet regresó a Argentina y continuó su carrera en distintos clubes: Lanús, Nueva Chicago, Estudiantes de La Plata, Unión de Santa Fe, Instituto de Córdoba, Ferro hasta el fútbol chipriota. “En todos los clubes sacás cosas buenas, pero mi vida está en Lanús”, asegura. 

En medio de ese torbellino emocional, hubo momentos insólitos que retratan el caos de su carrera. “El hijo del Flaco Menotti me dijo que me escape de la pensión de Estudiantes porque el papá lo iba a matar si no me hacía firmar con Independiente,  pero ya era tarde. Estaba todo arreglado con “El Pincha”, revela. 

En ese recorrido por equipos diversos también hubo capítulos duros, “En Chipre era un club chiquito, muy linda zona, se jugaban torneos importantes pero pagaban muy mal. Cobré sólo el 30% del primer sueldo y cuando tuve que empezar a usar mis ahorros decidí irme. Después el club quebró”.

A lo largo de su carrera, Julián encontró apoyo en quienes supieron ser sus guías. “Siempre tuve referentes que me ayudaron a crecer”. Pero la caída fue inevitable. “Llegué a tenerlo todo: ropa, dinero, comodidades. Iba al shopping y me compraba diez remeras, diez pantalones… pero nada de eso era lo que realmente me llenaba”. 

Con el retiro llegó el silencio. “Cuando no jugás más se te cierran muchas puertas. Y se te acerca mucha gente buena… y mucha gente mala también”. A diferencia de muchos, Kmet encontró el camino de regreso a su casa: Lanús. No solo como ex jugador, sino como padre y mentor. Hoy, quien lleva con orgullo su apellido en el club es su hijo, Luca Kmet, una joven promesa de las inferiores que ya fue convocado por la Selección de Paraguay (foto).

Luca Kmet da la victoria a Paraguay con un gol 'in extremis' ante Chile por el Sudamericano Sub-20 | Fútbol | Deportes | El Universo

La historia de Luca también está tejida con lazos de identidad. Es paraguayo por la madre de Julián, su abuela, que siempre mantuvo viva esa raíz. El chico creció entre pelotas y camisetas granates, respirando fútbol en cada rincón del club. Hoy forma parte del plantel juvenil y ya ha sido convocado para defender la camiseta guaraní, algo que llena de emoción a su padre. “Cuando se enfrentó con la Selección Argentina le dije a Luca que cante el himno porque él ya era paraguayo, así lo había decidido. Si hacía un gol que lo festeje pero con respeto hacia los argentinos”.

Además verlo vestir los mismos colores que Julian en su juventud también lo llena de orgullo “Lanús es como mi casa. Pasé toda mi vida acá, viví los mejores y peores momentos. Mi hijo juega acá también. Siempre me trataron bien, estoy cómodo”.

Su mirada va más allá de la nostalgia. Kmet lanza una reflexión directa sobre el presente: “Antes había respeto. Ahora los chicos hacen lo que quieren”. Sin rodeos, completa con otra mirada realista y dura: “Acá hay pibes cuyos padres fueron chorros, que vendían droga o robaban. Padres que golpeaban a sus parejas. Para esos chicos, la pensión es mucho más que un lugar: es un refugio, una oportunidad”. Julian sabe que el fútbol no se sostiene solo con talento, sino que depende del contexto, del apoyo y de las chances que se les den

En la cancha, en los entrenamientos, en las charlas de vestuario o en los pasillos de la pensión, Julián observa de cerca el mundo que habita su hijo. Lo acompaña, lo orienta, lo cuida. Pero no le facilita el camino. Sabe que cada generación tiene que hacerse fuerte a su manera. Lo que sí le dejó fue una herencia invisible: la resiliencia, el apego a los valores y la certeza de que se puede volver a empezar, incluso cuando parece que todo se cae.

Si alguna vez lo tuvo todo, hoy entiende que el verdadero valor no está en los lujos ni en los flashes. Está en la familia, en las calles del barrio donde creció, en el club que lo vio nacer. Está en ver a Luca con la camiseta granate y la diez en la espalda, o defendiendo los colores rojo, azul y blanco de Paraguay. Está sobre todo en esas pequeñas victorias cotidianas que no salen en los diarios, pero que construyen una vida con sentido.

Julián Kmet es mucho más que un exfutbolista. Es un sobreviviente del sistema, un hijo del ascenso, un testigo del fútbol global y un padre presente. Su historia no es de títulos ni de portadas deslumbrantes, pero tiene un peso emocional que la vuelve inolvidable. En Lanús, su apellido sigue sonando fuerte. Y con Luca ya dando sus primeros pasos, la historia apenas está comenzando…