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Daniel Faggiano: “Vivo todo el día por y para el auto de carrera”

Por Luciano Mollo

Daniel Faggiano compitió en categorías zonales como APAC 1.4 y TC Platense, hasta 2024. Desde chico se vinculó con el deporte, ya que su padre, quien también se llama Daniel, también fue piloto a nivel zonal. En diciembre, se apoderó de una Dodge GTX con el objetivo de comenzar su camino en el automovilismo nacional. Desde el primer momento, dedicó todo su tiempo al armado del auto y atravesó dificultades para conseguir el presupuesto necesario. Oriundo de Florencio Varela, el aspecto económico siempre fue una de sus mayores complicaciones, incluso en los zonales. El salto al Mouras implica gastos mayores, por lo que su visibilidad en las redes sociales es clave para afrontarlo.

Sobre la adquisición de la Dodge comentó: El auto lo traje a fines del 2024, en diciembre. Corrimos la última fecha del año (TC Platense), fueron las fiestas, un montón de cosas y arrancamos los primeros días de enero. Desde ese momento es todos los días a toda hora trabajando por y para el auto de carrera. Cuando comenzamos, era arrancar a la mañana temprano, conseguir cosas, moverse y a la tarde arrancar a laburar y terminar a las 3 o 4 de la mañana”.

Faggiano muestra su progreso en el taller en su cuenta de Instagram, en la que tiene más de 40.000 seguidores. Además, ya presentó el diseño del auto y las publicidades que lo acompañarán en el TC Pista Mouras: “Ya perdí la vergüenza hace rato para todo, para subir historias todo sucio. Con el tema de la plata vengo bicicleteando como puedo, hay gente o sponsors que me dan una mano todos los meses, o mismo el negocio familiar con mi viejo, vengo dando una mano ahí y la plata que gano es toda para el auto de carrera. Si bien junté varias publicidades para cuando arranquemos, hasta que no arranque y esté el auto en pista, estoy medio parado en lo económico”.

El piloto varelense Daniel Faggiano conquistó el último Gran Premio del TC Platense

El varelense tiene un taller propio de un estilo artesanal. Aunque cuenta con un espacio más que suficiente, los instrumentos que posee para llevar a cabo la puesta a punto del auto están lejos de ser de primera calidad. Por este motivo, hace unos meses llevó la Dodge al taller de Willy Garófalo, ubicado en Quilmes, especializado en ingeniería y mecánica de competición. Sobre este salto hacia el mundo más profesional, comentó: “Lo fuimos armando de a poco, pero la semana previa a llevárselo, con lo que había, le dimos un panorama general para armar todo. Si bien teníamos un 90% de las cosas para armarlo, hubo piezas que tuvimos que refaccionar o cambiar, otras las hicimos de nuevo como 3 o 4 veces, pero eso fue lo que cambió totalmente la perspectiva. Ahora los horarios cambiaron desde que lo llevamos al taller de Garófalo, que nos está dando una mano. Es de lunes a viernes desde las 8:30 o 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde, y después traerme trabajo extra aca al taller nuestro y darle. Así que venimos ahí, todo el día”. 

Además, resaltó el cambio de un trabajo con un estilo autogestivo y amateur a otro profesionalizado: “Cambia todo, la exigencia y la presión.  Es como estar en un trabajo de dependencia. Es tener a alguien que te está atrás todo el tiempo, cambia bastante. Capaz uno lo armaba a su manera, con consejos y videollamadas con gente que sabe, pero ahora estar con el asesoramiento de alguien es bastante exigente para uno, pero yo creo que es un aprendizaje”.

Por otro lado, Daniel se esfuerza y prioriza al máximo su carrera deportiva, que en la actualidad lo lleva a estar alejado de las pistas y lo convierte en un mecánico más. Desarrolló la pasión y el sacrificio de la siguiente manera: “No me acuerdo desde hace cuánto no me compro un par de zapatillas. Te tiene que gustar. A veces reniego, tengo dolores de cabeza de un montón de cosas, pero disfruto también el armado, todo. Por ahí ya llegamos a la etapa final con bastante cansancio acumulado, porque es un desgaste creo como cualquier trabajo. Cuando uno le dedica la pasión que le dedica, por ahí uno no se da cuenta pero viene pasado de revoluciones, sumando horas y cansancio. Las últimas 2 semanas no estuve entrenando. Antes, después de ir al taller de Garófalo, me acomodaba mi horario para poder ir a entrenar, pero ya estas últimas semanas dejé de entrenar porque termino agotado. Aunque uno se pregunta ¿Por qué? Si no estoy entrenando, pero la cabeza te agota todo el cuerpo. Vengo laburando terriblemente en eso, por ahí estoy con 10.000 cosas a la vez y termino agotado, llega la noche y me quiero ir a dormir”.

Daniel Faggiano sacó chapa de candidato - El Diario Varelense

Además, reflexionó sobre toda la energía que implementa y la analizó desde el punto de vista de cuando sea mayor: “Quizás el día de mañana cuando sea un poco más grande, que baje la euforia, pensaré en todo. Siempre todo el mundo me lo dice, uno cuando es pibe quizás no se da cuenta, la energía la tiene y la gasta toda para eso. Quizás el día de mañana diga ‘che que loco que estaba, mira todo lo que hacía por el auto de carrera, no dormía”.

A pesar de esto, resaltó que no se arrepiente del esfuerzo de todos los días: “Pero lo disfruto, creo que vale la pena. Por ahí en el futuro decir todo el sacrificio que hice, pero hoy por hoy también lo disfruto, tengo una pasión y algo por lo que levantarme todos los días”.

Volviendo al pasado, Faggiano recordó una historia que, si bien su momento fue difícil y la describió como un golpe importante, lo ayudó a mantener los pies sobre la tierra: “Debuto en APAC sin haber corrido nunca en otro lugar. Solo en karting de alquileres, que para nada son una muestra de nada. En mi tercera carrera, me puse primero, y faltando pocas vueltas se me rompió el motor. Y claro, en el momento fue durísimo, pero ahora agradezco que me haya pasado, porque imaginate, tercera carrera en toda mi vida, y vengo ganando, pienso ‘Soy un fenómeno, todos los demás son una manga de pelotudos’. Pero no, en realidad no era ningún súper piloto, tenía un gran motor que se me rompió y después no supimos como hacerlo andar”.

Por último, aunque no tiene una fecha definida para su debut en el TC Pista Mouras, aclaró: “El auto está terminado en un 75%. El objetivo es ponerlo en pista, después vemos como seguimos. No hay un resultado esperado, lo que quiero es terminar la primera carrera y después seguir evolucionando”.

 

 

Tobías Modlin: “Tenés que ser buena persona, después buen futbolista”

Por Bruno Grandinetti

Tobías Modlin se formó en un club de barrio de Palermo (Eros) que es más famoso por su parrilla que por la formación de deportistas. Tiene 19 años y juega al fútbol desde los 5. Antes de llegar a San Lorenzo de Almagro, club donde se desempeña en la reserva, estuvo en Comunicaciones. Debutó en el club de Agronomía pero se fue a probar suerte al Bajo Flores. Previo a esto, tuvo que dar sus primeros pasos en el famoso baby fútbol.

-Tu historia en el fútbol, comienza en el Club Eros, ¿No? ¿Qué recuerdos te llevas de esa etapa?

-La experiencia en Eros fue hermosa. Fue un tramo que nunca voy a poder olvidar de mi vida. En el baby uno juega para divertirse, nunca se imagina uno que el día de mañana puede ser un profesional, solo piensa en hacer lo que le gusta, en divertirse, en hacer amigos. Por sobre todas las cosas, es la etapa donde te enseñan que hay que armar un grupo, que nadie se salva solo, que lo colectivo siempre está por encima de lo individual y que sobre todas las cosas tenés que ser una buena persona y después un buen futbolista.

-¿Cómo fueron tus primeros pasos en las inferiores de Comunicaciones? ¿Qué te llevó ahí, por qué elegiste al club?

-Mis primeros pasos de las inferiores de Comunicaciones, básicamente, fueron que yo termine el baby. Decidí que quería seguir jugando en cancha de 11. El técnico que me dirigía ahí me consiguió unas pruebas en Comunicaciones, unas generales. Fui y me tocó quedar en la novena división, la primera división de juveniles. Y más que nada, elegí el club por un tema que en ese momento nunca me imaginé que me iba a terminar dedicando a esto al 100%, y por un tema de comodidad, de cercanía de instalaciones.

-¿Qué aspecto sentís que fue clave para el desarrollo de tu carrera como futbolista?

-Bueno, si tengo que elegir un aspecto clave en sí, sería difícil quedarme con uno solo. Si te puedo nombrar algunos, yo creo que el desarrollo de un buen físico, una rutina más profesional, cuidarme en el tema alimentario, tener una nutricionista, el doble turno, hay varios aspectos que te llevan a desarrollar una buena carrera, pero yo creo que los claves son esos. También, uno de los más importantes también fue mirar mucho fútbol, copiar, sobre todo, jugadores que tenían características parecidas a las mías, y eso fue clave en el desarrollo del futbolista que soy hoy en día.

-¿Cómo fue el día del debut en primera? ¿Cómo te sentiste, te lo esperabas?

 –El día del debut fue un día hermoso, la verdad. A mí me tocó subir a primera el lunes y el mismo sábado ya estaba convocado al partido. La verdad, me sentí bastante bien. Me esperaba que iba a entrar, pero no tanto tiempo: y me tocó entrar en el entretiempo por cómo quedó el partido. Tuve intervenciones buenas, sobre todo cuando entré al principio, que me tocó entrar de media punta. Después, pasé para la banda izquierda y quizás tuve menos participación. Pero la verdad que fue un día hermoso para mí, único, me fue a ver toda mi familia, fue el día con el que soñé desde que arranqué a jgar al fútbol y por suerte se me pudo dar. La verdad, uno de los días más lindos de mi vida.

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-¿Cómo fue tu salida de Comunicaciones? ¿A qué o a quién se lo atribuís? ¿Y tu llegada a San Lorenzo?

-No me tocó hacer la pretemporada con la primera de Comu, entonces la tuve que hacer con Reserva.  Uno de los amistosos fue contra San Lorenzo. Tuve un muy buen partido, la verdad, me destaqué, pude hacer un gol, intervine en muchas jugadas y pude mostrarme bien. Por suerte viendo el partido estaban el coordinador de San Lorenzo y el técnico de la cuarta, que era el ayudante del campo de Reserva, y ese mismo día, se ve que me vieron y me llamaron para que me pueda unir al club. Yo creo que la llegada, más que nada, se dio gracias al partido que pude hacer, a que me sentí suelto, pude mostrar bien mis virtudes y a que también el club estaba pasando por un momento en que necesitaba jugadores y pude meterme.

-¿Cuáles son tus referentes en el deporte?

-Trato de siempre elegir uno que se asimile a mis características o a mi forma de jugar o a mi posición. Y yo creo que hoy mi máximo referente es Julián Álvarez. Primero, por su mentalidad, por su humildad, por su perfil bajo, porque es un ganador nato, porque se formó desde abajo, porque mejoró mucho en el día a día y por el jugador que es, por su forma de jugar, por su presión alta y por sus características más que nada.

-¿Y fuera de él?

-Mis viejos. que salen a laburar todos los días, que se rompen la espalda para que yo pueda dedicarme a la carrera que más me guste y hacer lo que me apasiona. El día de mañana espero poder hacer lo mismo con mis hijos. Hoy son dos referentes muy grandes para mí.

-¿Dejaste algo de lado por el deporte?

El futbolista deja muchas cosas de lado por el deporte, una en sí muy importante, no tengo la verdad. No hay algo que haya dejado de lado muy grande por el deporte, pero si te puedo nombrar que me ha tocado no ir a viajes cuando mi familia iba, perderme muchos cumpleaños, perderme algún que otra fiesta de amigos o amigas que festejaban y no te toca ir porque tenés que levantarte temprano a entrenar, porque entrenás los sábados, porque jugás el martes y tenés que entrenar el domingo, pero bueno, más que nada pequeñas cosas que dejar de lado que son detalles que al fin y al cabo para nosotros es un sacrificio y después es hacer la diferencia.

-¿Te imaginás viviendo del fútbol de acá a un par de años?

-La verdad que sí, yo me veo. Lo manifiesto todos los días, todos los días me levanto para eso, todos los días entreno para eso. Estoy haciendo un sacrificio hace más de 10 años por eso y yo creo que se me va a dar y cada vez estoy más cerca de poder lograrlo.

-¿Qué sensaciones o expectativas tenés hacía el futuro?

Sensaciones buenas y expectativas sobre todo altas. Obviamente mi mayor objetivo a corto plazo es poder firmar el contrato profesional, si es en San Lorenzo, ojalá, si no en otro club, pero poder dedicarme ya profesionalmente al fútbol. Estoy trabajando todos los días y rompiéndome el lomo para poder cumplir el máximo objetivo que tengo, que es poder firmar el contrato.

 

 

 

El sueño de Selección de Martina Paván, la central que no se detiene

Por Catalina García

Martina Paván es porteña. Defensora central. 18 años. Creció en las canchas de barrio, rodeada de varones. Pasó por Excursionistas brevemente, durante la pandemia, gracias a la recomendación de su entrenador de la infancia, César, quien le enseñó todo lo que sabe y vio el potencial en ella. Luego jugó en Argentinos Juniors y Defensores de Belgrano. Actualmente pertenece a Independiente.

—¿Cuándo empezaste a jugar al fútbol?

—Cuando era chiquita viajaba todos los veranos a Cariló y ahí empecé a patear la pelota con mi papá. Desde ese momento decidí que quería practicar el fútbol como un hobby, y por eso me inscribí en una escuelita, Campus, a los 10 años. En esa época era raro que una nena jugara al fútbol, recién estaba empezando en Europa. Me crié jugando con chicos, había muy pocas chicas. Me dio otro tipo de roce.

—¿Alguna vez te sentiste incómoda con los chicos?

—La verdad que no, el ambiente era todo muy Mater (colegio al que fui). Ni por el club, ni por la escuelita, ni por los chicos me sentí inferior; al contrario, era una más de ellos. Sí me acuerdo que el primer año en Campus iba vestida con el shorcito de fútbol por la calle con mi mamá y los hombres me miraban como si fuera un extraterrestre, pero a mí no me importaba.

—¿Cómo fue tu paso por Argentinos Juniors?

—Llegué a Argentinos en 2023, luego de que en el verano mis amigas y mi familia me dijeron que tenía mucho potencial. Ahí me surgió la duda de qué pasaría si entraba a un club y me lo tomaba más en serio. Me fui a probar, justo se estaba armando la reserva y quedé directamente en Primera. Fue un año y medio de adaptación porque venía de jugar en cancha de fútbol cinco. Esto implicaba otra condición física, otra responsabilidad, más días de entrenamiento.

—¿Cambió mucho tu mentalidad a partir de ese momento?

—En el verano de 2024 me puse un objetivo: quiero llegar a la Selección, a lo más alto. Pensé: “¿Qué necesito para lograrlo?”. Necesito no solamente ir a entrenar, porque son los esfuerzos extra los que te hacen diferente. Y eso implicó empezar a ir a la nutricionista para comer como una deportista; también ir con un personal trainer para adaptar mi físico a lo que requiere mi posición (defensora central).

—¿Fue una decisión complicada abandonar Argentinos?

—Me fui con mucha seguridad porque el día que quedé en Defensores de Belgrano me encantó todo del club. El DT, Diego, es el típico sabio del fútbol. Lo que mejoré con él es impresionante, realmente nos enseñó a jugar. Sin embargo, estaba la gran pregunta de si me quedaba o me iba, porque era mitad de año, y si bien ya había terminado el torneo, justo se abrían los pases y probablemente no era lo mejor irse en esa época. Más allá de eso, si no lo aprovechaba ahora, no lo aprovechaba nunca.

—¿Qué hizo que dejaras Defensores si estabas tan cómoda?

—Sabía que estaba en el mejor equipo de la B, pero tenía que ir más allá. Y realmente, donde te ven los entrenadores de la Selección Argentina es en la A. Lamentablemente, no le dan bola a la B, y menos en inferiores. Por eso, me fui a probar a varios clubes como River, Vélez, Huracán e Independiente. El Rojo era mi última opción, y justo quedé. En Defensores me quedé hasta febrero de este año.

—¿Se te dificultó pasar de un equipo de la B a uno de la A?

—Es otro roce, claramente. Es otro tipo de competencia, todas son muy buenas, por lo tanto, ganarse el puesto es un esfuerzo mucho mayor. Por ahora, en lo que va del año, fui citada para los amistosos de pretemporada, pero fui suplente, y lo mismo para la primera fecha contra Ferro. Desgraciadamente, me operaron de peritonitis (inflamación del tejido que recubre el abdomen, llamado peritoneo) y eso me dejó un mes fuera de las canchas. Recién hace unas semanas volví a entrenar.

—¿Esperás vivir del fútbol?

—Ojalá que cuando tenga un contrato se pueda vivir del fútbol en Argentina, pero seguramente eso pase dentro de muchos años. La única posibilidad de vivir de esto sería en Europa, específicamente en España. Igualmente, voy a terminar mi carrera universitaria, Gestión Deportiva, que justo está muy relacionada y me gusta. Y si no me llega a resultar lo del fútbol, al menos tengo un título con el que puedo generar otros ingresos.

—¿Recibiste apoyo de parte de tu familia?

—Por suerte, siempre me apoyaron muchísimo desde el minuto uno en el que quise entrar a Campus. Al principio, mis abuelos me decían: “¿A vos te parece el fútbol?”, pero ya les contagié ese amor por el deporte y el objetivo tan claro que tengo, y siempre me motivan y me ayudan a lograrlo. También, mi mamá siempre está ahí: es la que me lleva y me trae de todos lados, de los partidos, entrenamientos; además, me paga todo: el gym, nutricionista, psicólogo deportivo, entre otros.

—¿Tenés algún referente futbolístico?

—Si puedo elegir, sería el Cuti Romero, que es una bestia: defiende todas bien. Pero, si me voy más para el lado de la historia, elegiría a Messi, por su perseverancia, cómo luchó por todas las que le tiraron, todas las que pasó y él siguió, siguió y siguió. Y si fuese alguien más cercano a mí, rescato de todas las personas que conocí por el fútbol pequeñas cosas de cada una que me gustan.

—¿Cómo balanceás tu vida desde que comenzaste a tomártelo con mayor seriedad?

—Ahora es más fácil porque la facultad me consume menos que el colegio, que eran ocho horas por día. Desde 2023 hasta ahora noté que la clave es la organización. Por ejemplo, el tiempo muerto que tengo en los días de entrenamiento lo uso para estudiar, o como juego los domingos, aprovecho para juntarme con mis amigas los viernes o sábados.

—¿Sentiste que tuviste que hacer algún tipo de sacrificio?

—Sí, lo sentí. Cuando mis amigas salían, yo no salía. También, dos años seguidos me perdí la misión de Kairós (misión caritativa que propone el colegio), u otras cosas como cenas familiares, juntadas con amigos… Por suerte, cumpleaños no me perdí todavía. Todo eso fue porque tenía que entrenar o al día siguiente jugaba. Son muchas cosas que no considero como un sacrificio, porque lo hago por amor al fútbol.

—¿Te costó adaptarte a esta nueva vida?

—El haber comenzado este tipo de vida también me fue acostumbrando o quitando las ganas de ciertas cosas, como salir a los boliches o tomar alcohol. No sé hace cuánto que ya no tomo. Y eso me generó hábitos más sanos, que no me costaron incorporar, ya que sabía que estaba comprometiéndome conmigo misma, con el club, con el DT, con mis compañeras, y era una responsabilidad que tenía que asumir, más si era titular. Termina siendo más fuerte el esfuerzo y la recompensa.

Nahuel Larrosa: del fútbol de ascenso a la barbería, sin dejar de soñar con Primera

Por Micaela Corradi

“Sin el fútbol no sería la persona que soy”. Esta frase podría sonar repetida en boca de muchas personas, pero en Nahuel Larrosa se siente auténtica, porque la dice alguien que estuvo a punto de dejar todo atrás, que bajó tres categorías de golpe, que se fue a jugar a Europa y volvió en dos meses, que abrió una barbería en el fondo de su casa para poder seguir jugando. Larrosa, central zurdo de 25 años, defiende hoy la camiseta de Justo José de Urquiza con el temple de quien sabe que nada llega fácil.

Trabajando en su segunda casa, tomando mate, vestido con una musculosa y bermuda negra, zapatillas blancas, una gorra y junto a sus dos ayudantes, Nahuel contó su recorrido en el fútbol desde temprana edad. Afuera llovía, adentro sonaba de fondo un parlante con reguetón suave, la tele estaba encendida con el partido entre Central Córdoba y Flamengo por la Copa Libertadores, y el zumbido de la máquina de afeitar completaba la escena.

Su historia arranca en Lugano, en un club de fútbol llamado El Ideal. Gracias a un señor que lo vio jugar, le dijeron que se probara en Ferro. A sus 8 años, y durante siete temporadas formativas, Ferro fue su casa, y Nahuel empezó a patear la pelota con una mezcla de juego y determinación. De ahí, a los 18 años, lo llamaron de Atlanta, donde empezó a rozar el profesionalismo. Se entrenó con la Primera División y se afianzó en la Reserva, hasta que una lesión le frenó el envión. “Me rompí los ligamentos. Después arrancó la pandemia y estuve parado casi ocho meses. Cuando volví, en Atlanta me dijeron que no iba a firmar contrato”, afirmó Larrosa. Además, contó que lo peor no fue la lesión en sí, sino el impacto emocional. Estaba en su casa, mirando los botines guardados, sin saber si iba a volver a jugar.

El golpe fue duro y el escenario, incierto. Sin club, sin certezas y todavía en recuperación, le llegó un llamado inesperado: Centro Español, en Morón, que se encontraba en la categoría D. Nahuel veía como algo negativo bajar de nivel, una especie de castigo, pero al no tener otra opción, decidió jugar ahí para ver qué le parecía. Lo que pintaba como un retroceso se transformó en un giro rotundo en su carrera profesional: debutó en Primera, fue titular, salió campeón por primera vez en su vida y, sin saberlo, empezó a crecer. “Me sorprendió el nivel. Pensé que iba a ser más bajo. Y si bien no se puede vivir del sueldo en la D, la exigencia era alta”, manifestó el defensor.

En 2022, la posibilidad de probar suerte en el exterior apareció como un nuevo desafío. Su representante le había comentado que en España, específicamente en la quinta categoría, el club Sportivo Garrotilla buscaba un central zurdo. Aunque su familia estaba triste y a la vez feliz por la propuesta, no lo dudó y decidió intentarlo. Pero la ilusión duró poco. Si bien el entorno era agradable, según él, no sentía que fuera un ambiente profesional. Extrañaba mucho a su familia y, a las dos semanas de haber llegado, ya se quería ir. Dos meses después, estaba de nuevo en Buenos Aires. “Me daba vergüenza decir que quería volver. Pero un día me senté y dije ‘Basta’. Lo hablé con mi viejo y saqué el pasaje. Fue la mejor decisión que pude haber tomado”.

De regreso, con la motivación golpeada, pensó en dejar el fútbol. Pero, otra vez, alguien confió en él y en su profesionalismo. “Me llamó el técnico de Sportivo Barracas y fui. Ni lo pensé. Ese año volví a disfrutar”, contó Nahuel, feliz por haber recuperado sensaciones, rodaje y confianza. Y con el impulso de esa temporada, se abrió una nueva puerta: Justo José de Urquiza. Fue a buscar nuevas metas, quedó en el equipo y firmó contrato. “Maduré mucho como jugador y como persona. Antes me ponía mucha presión. Hoy disfruto los partidos”, exclamó.

A lo largo de ese camino, entre ascensos, caídas y resurgimientos, Larrosa fue aprendiendo a convivir con una de sus mayores debilidades: la autoexigencia. “Cuando hago algo mal, me cuesta cambiar el chip. Me carcome. Pero lo trabajé mucho. Cuando recién empecé en Primera, me costaba más. Hoy lo manejo mejor”, recalcó.

Su físico y su estilo también lo distinguen: zurdo, buen anticipo, fuerte en el juego aéreo, con salida limpia. Y si se trata de referentes, lo tiene claro: el Cuti Romero es su ejemplo a la hora de jugar.

Pero el fútbol, sobre todo en el ascenso, rara vez alcanza para vivir. Y ahí aparece otra parte esencial de su historia. Larrosa es, además, barbero. Y no cualquiera: tiene su propia barbería, montada en lo que antes era el taller de su padre, con un nombre bien futbolero: Línea de Tres. La idea surgió cuando estaba en Centro Español. Hizo el curso, trabajó en otra barbería y después le pidió a su viejo que le dejara armar el emprendimiento en la casa. El padre, al principio, no quería saber nada, pero ante la insistencia de su hijo, aflojó y le dio el sí.

Desde la apertura de la barbería, algo cambió en Nahuel Larrosa. Se relajó. Se dio cuenta de que no tenía que jugar sí o sí en una categoría más alta para poder vivir. Si bien quiere seguir creciendo como jugador, hoy no convive con la presión económica de tener que continuar con un salario bajo.

Sus goles no son muchos, pero los grita con el alma. El más celebrado fue el primero como profesional: en Centro Español contra Argentino de Rosario. Iban perdiendo 2 a 0, hicieron el primer gol y él fue el encargado de empatar. Venían de una mala racha de cinco derrotas seguidas y ese tanto fue un verdadero desahogo.

A lo largo de la charla, hay un club que vuelve una y otra vez: Centro Español. “Me marcó. Ahí debuté, salimos campeones, fue el primer título de la historia del club. Y ahí me di cuenta de que la realidad del fútbol es dura. Pensé que nunca iba a bajar del Nacional y terminé en la D. El entrenador de ese momento, Ricardo De Angelis, me enseñó mucho de fútbol y de la vida”, remarcó Nahuel.

Su novia, Agustina Zapata, lo define como alguien familiar, perseverante, con objetivos que no va a dejar de perseguir hasta alcanzarlos. “En lo profesional, su gran amor es el fútbol. Desde chiquito es feliz en la cancha, y día a día entrena duro para superarse y conseguir cada vez más logros. Además, tiene la suerte de poder complementar la vida del futbolista con su barbería, en la que trabaja de lo que ama sin perder la responsabilidad que este deporte implica”, expresó.

Hoy, con 25 años, sueña con llegar a la B Nacional o a Primera División. No hay un equipo particular que anhele, pero tiene una meta más que clara: crecer.

—¿Qué le dirías a tu yo del pasado?
—Que no baje los brazos. Que le meta. Que, aunque haya piedras en el camino, siempre se puede seguir. Me lo enseñaron mi viejo y mi vieja. Si fuese fácil, lo haría todo el mundo.

Hay una presencia constante en cada etapa de su historia: su familia. El papá, que siempre lo acompañó a las pruebas en los clubes y que al principio no quería saber nada con la barbería, pero terminó cediendo y apoyando. La mamá, que lo alentaba en silencio desde la tribuna, con los nervios a flor de piel. Su novia Agustina, que lo acompaña en cada paso, desde las lesiones hasta los cortes de pelo.

El caso de Nahuel Larrosa, como el de tantos jugadores del ascenso argentino, permite pensar más allá de la historia individual: es una puerta de entrada a una realidad que muchas veces pasa desapercibida. El fútbol de ascenso es, para muchos, el verdadero corazón del deporte más popular de nuestro país. Un corazón que late con fuerza, pero con dificultades; que mantiene viva la pasión incluso cuando el dinero no alcanza, cuando los vestuarios se inundan y los entrenamientos son en canchas prestadas. Es un fútbol sin lujos, pero lleno de historias como la de Nahuel: de sacrificio, de persistencia, de pequeñas glorias que no siempre se televisan.

Axel Meridione, entre goles en Fénix y la memoria de Lucas González, su excompañero en Barracas

Por Bautista Balbi

Para Axel Meridione, el fútbol no es solo un deporte, sino una forma de vida que ha moldeado cada una de sus decisiones desde la infancia; un destino que lo acompaña desde que tenía apenas unos pocos años. Nacido el 8 de abril de 2003 en la Ciudad de Buenos Aires, es el menor de tres hermanos de una familia profundamente ligada al deporte. Su hermana Astrid, con quien comparte la pasión por la competencia, juega al hockey en Italia, en el club SG Amsicora. Su padre, Andrés, fue una figura clave en sus primeros pasos como futbolista. “Mi primer entrenamiento en cancha de once fui acompañado por mi papá. Salí corriendo del colegio y fuimos a Comunicaciones. Era fin de año, me hicieron hacer fútbol y, cuando terminó, pregunté cuándo tenía que volver. Me dijeron que ese era el último del año, así que volví recién al siguiente”, recuerda Axel con una sonrisa. Desde ese momento, supo que el fútbol sería su camino. Un camino que, con el tiempo, también lo enfrentaría a situaciones tan duras como la muerte de Lucas González, un compañero de juveniles cuya memoria aún lo acompaña en cada paso.

Hoy, a sus 22 años, Meridione juega como delantero centro en el Club Atlético Fénix, equipo que milita en la Primera B del fútbol argentino. Es un atacante de presencia serena: alto, de contextura delgada pero marcada, y con una mirada tranquila que transmite más firmeza que agresividad. “Estar en Fénix es una responsabilidad enorme. Hay muchas cosas externas que condicionan, pero intento enfocarme. Llegar a Primera te da esa sensación de que cumpliste un objetivo, pero después viene lo más difícil: mantenerse”, afirma.

Su objetivo personal es claro: destacarse. “Quiero hacer la mayor cantidad de goles posible, sumar minutos y, si Dios quiere, subir de categoría”, asegura. Pero también piensa en lo colectivo: “Queremos terminar el campeonato lo más arriba posible. A veces nos ven como uno de los equipos más débiles, pero tratamos de dar lo mejor en cada partido”.

El compromiso de Axel con el fútbol va más allá del campo de juego. En 2024, se recibió de entrenador en el Instituto Superior de Deportes. “Estar toda la vida involucrado en el fútbol me dio ganas de estudiar algo relacionado. Me gustaría transmitir lo que aprendí. Con mi viejo siempre hablamos de armar una dupla técnica en algún equipo, sea amateur o profesional. Él también está estudiando ahora”, cuenta con orgullo.

El camino al profesionalismo tuvo su cuota de sacrificio. “Tenía que alimentarme bien, dormir temprano, decir que no a muchas cosas. Mientras mis amigos salían, yo entrenaba o descansaba. Es una mezcla de todo”, dice, consciente de lo que dejó para llegar hasta acá. Pero no se arrepiente. “Hay que hacer lo que uno quiere, no lo que le imponen. Después del trayecto te quedás pensando en lo que pudiste haber hecho. Hay que disfrutar y aprender de los errores”.

Aunque el presente lo encuentra con la camiseta de Fénix, su paso por Barracas Central dejó huellas profundas que lo acompañan hasta hoy. Axel formaba parte de la quinta división del club en noviembre de 2021, momento en el que la tragedia golpeó de cerca: Lucas González, un compañero de la sexta, fue asesinado por policías de la Ciudad de Buenos Aires durante un operativo ilegal. Fue un hecho que conmocionó al fútbol argentino y cambió para siempre la vida de muchos, incluido Meridione.

“Yo lo conocía. No éramos amigos, pero era un compañero más. A veces entrenábamos juntos o uno después del otro. Lo cruzaba seguido”, recuerda Axel, con un tono que mezcla tristeza y bronca. La noticia de la muerte de Lucas llegó de forma abrupta, como un mazazo. Meridione, que en ese momento iba camino a la casa de su abuelo, recibió un mensaje confuso sobre “unos chicos de Barracas” y, al llegar y encender la televisión, se enteró de lo sucedido. “Fue muy shockeante. Hacía poco yo había subido a Reserva, pero hasta algunos días antes entrenaba con él. Le pudo haber pasado a cualquiera”, admite Axel, revelando el profundo impacto que el hecho tuvo en él, no solo como futbolista, sino también como persona.

Mientras se acomoda en la silla al costado de la cancha de entrenamiento de Fénix, todavía con la ropa de la práctica recién terminada, Axel Meridione se toma unos segundos antes de continuar. El pasto sigue húmedo por la tormenta del día anterior, el cielo permanece nublado y los mosquitos zumban entre los árboles. El entorno parece absorber parte de la tensión del relato, como si contuviera el peso de sus palabras.

La conmoción que causó el asesinato de Lucas no solo se sintió en Barracas, sino también en el corazón del fútbol argentino. Axel recuerda cómo, al día siguiente, el equipo se preparaba para enfrentar a Quilmes, pero el ambiente estaba cargado de dolor. “Un compañero se largó a llorar antes del partido. Estaba destrozado. Lucas había estado un día internado y falleció. Fue muy fuerte”, cuenta Meridione, en una escena que demuestra lo difícil que fue continuar con la rutina del fútbol cuando la tragedia había tocado a su puerta de esa manera.

Además, ese hecho no solo dejó un vacío emocional, sino que también transformó su percepción de la vida cotidiana: “Entrenábamos en una cancha que estaba en el medio de la villa. Para llegar, tenías que cruzar un pasadizo desde el estadio. Con mi viejo íbamos todos los días. Saber que eso le podía pasar a uno mismo fue impactante”.

Aunque su carrera futbolística lo llevó por otros clubes y el tiempo pasó, Axel nunca pudo desentenderse del caso. A pesar de ya no estar en Barracas ni compartir el día a día con aquellos compañeros con los que vivió ese trágico momento, la muerte de Lucas siguió presente en su vida. La sensación de impotencia y dolor nunca desapareció, pero Meridione canalizó ese sufrimiento de una manera particular: a través de las redes sociales. Cada vez que había una novedad sobre el caso, se lo hacía saber a sus seguidores. Publicaba historias, fotos de Lucas o sencillas frases cargadas de sentido.

Tras el fallo judicial del 16 de abril de 2025, que confirmó la prisión perpetua para los policías responsables del crimen, Axel sintió alivio, pero también una profunda tristeza por todo lo que atravesó su compañero. “Para mí se hizo justicia. Ojalá se cumplan esas cadenas perpetuas. Lucas se lo merece, para poder descansar en paz. Era un pibe que venía de Florencio Varela hasta Barracas todos los días a entrenar sin que le paguen. Y que te pase eso es tristísimo. La vida a veces es muy injusta”, reflexiona Meridione, con la esperanza de que la tragedia de Lucas González no quede en el olvido y que la memoria de quien alguna vez fue su compañero de fútbol siga viva en la lucha por justicia.

A pesar del dolor, Axel no pierde de vista su presente ni su entorno. En un contexto donde los jugadores del ascenso ganan cada vez más visibilidad, valora los cambios: “Hoy hay muchas más plataformas, más difusión. Se muestra más al jugador del ascenso que antes”, dice. Y eso, al menos, le da algo de esperanza. Sabe que el camino no es fácil, pero está convencido de que vale la pena.

—¿Cómo te ves en cinco años?

—Me imagino compitiendo en niveles más altos, habiendo mejorado mis capacidades y siendo una persona más madura.

El sueño de vivir del fútbol, aunque a veces parezca lejano, para él está más cerca que nunca. Axel Meridione sigue peleando por su lugar. Lo hace en cada entrenamiento, en cada partido, en cada decisión que toma. Con los botines bien puestos, los sueños intactos y la memoria de Lucas siempre presente.

Dani Jarque, siempre con nosotros

Por Santiago Peñoñori Gaona

La delegación española bajó del colectivo en el Soccer City de Johannesburgo, Sudáfrica. Se venía la final del mundo. La primera de la Furia Roja. Los dirigidos por Vicente del Bosque ingresaron al estadio en fila de manera obediente, nerviosos. Andrés Iniesta se rebeló, y al llegar a la puerta del vestuario le chistó a Hugo -integrante del cuerpo técnico español-. “Necesito que consigas una remera blanca y que le escribas esto. Yo me voy a calentar”, dijo en un tono casi inaudible.

El Cerebro fue, y sigue siendo, uno de los máximos exponentes de “La Masía”, academia del FC Barcelona, donde estuvo desde 1996. La camiseta blaugrana, además de permitirle ganar títulos, le sirvió como trampolín para representar a su país en todas las selecciones de España, incluida la que brilló en Sudáfrica. La mejor generación de la historia del fútbol español certificó su nombre en julio de 2010. No quedó lugar para detractores. Al título obtenido ese año, había que sumarle la Eurocopa 2008, de la mano de Luis Aragonés.

España comenzó con el pie izquierdo aquel Mundial: derrota 1 a 0 ante Suiza en el debut. Aparecieron cientos de fantasmas, pero las victorias contra Honduras (2 a 0) y contra Chile de Marcelo Bielsa (2 a 1) disiparon las dudas y clasificaron a la Furia como primera de su zona. En octavos de final, Portugal; en cuartos tocó Paraguay de Gerardo “Tata” Martino; en semifinales, Alemania; y en la final la siempre presente Holanda, que al igual que España, nunca había ganado una Copa del Mundo.

La Roja fue, para Iniesta, parte de su identidad y una cuna de entrañables amistades, como la que entabló con Daniel Jarque González, surgido de Espanyol. Ambos fueron número puesto en las convocatorias de las juveniles, donde forjaron un vínculo de años. En 2009, Dani falleció de manera súbita durante una pretemporada con los Periquitos. Fue un golpe para el fútbol español, y una herida profunda para Iniesta, que se guardó un homenaje.

El 11 de julio de 2010 se jugó la final del Mundial. Andrés Iniesta y sus compañeros cumplieron el sueño de cualquier selección que va a la cita máxima: jugar el séptimo partido. El encuentro aquella tarde fue chato, friccionado y olvidable, hasta el tiempo extra. El empate 0 a 0 empujaba a los penales, pero una serie de malos controles pusieron a Cesc Fábregas en el borde del área, que abrió para Iniesta. El número seis de la Roja controló con dificultad, pero le dio de lleno, cruzado, seco, eterno. España fue campeona del mundo con ese gol al minuto 116. ¿Hay algo más que eso? Sí. Los genios te muestran que siempre hay algo más. Iniesta corrió hacia el córner, se sacó la camiseta en plena carrera y dejó ver otra que llevaba debajo. “Dani Jarque, siempre con nosotros”.

Nadie está preparado para despedir a un amigo tan joven. Nadie está preparado para hacer un gol en la final de un mundial. Nadie nunca hizo un mejor homenaje. Dani Jarque siempre va a estar emparentado con ese gol. Aunque no haya estado. O sí.

Se cumplieron 15 años. Qué lindo lo tuyo, Cerebro.

De un capitán a otro: Juan Simón se deshizo en elogios para Miguel Merentiel

Por Luca Sarapo

El ex jugador de Boca Juniors y la Selección Argentina analizó la participación del conjunto de La Ribera en el Mundial de Clubes, y remarcó los puntos altos del equipo, como lo fue Miguel Merentiel.

“La cinta se la ganó por lo que hizo dentro de la cancha, pero también importa cómo influye él dentro del grupo, es un jugador muy importante para el plantel. Sin dudas que fue el mejor jugador de Boca en el torneo junto a Ayrton Costa y Lautaro Blanco”, afirma el ex capitán Xeneize, que disputó 218 partidos en el club.

Miguel Merentiel festeja el gol del empate ante Bayern Munich

También opinó sobre la falta de juego que tuvieron los dirigidos por Miguel Ángel Russo cuando más lo necesitaban: “En el fútbol lo más fácil que hay es destruir, el problema es cuando vos tenés que construir. Se destacó mucho la combatividad del equipo en los primeros dos partidos, pero cuando tenía que haber jugado no lo pudo hacer”. El actual periodista de ESPN hace hincapié en el encuentro ante el Auckland City, pero también en algunos tramos contra el Benfica y el Bayern Munich, cuando el resultado era favorable para los argentinos.

Otro problema que afrontó Boca fue el de los goles de pelota parada, ya que tres de los cinco que recibió fueron de esa manera. Aún así, Simón destacó la parte defensiva del equipo en bloque bajo y la subida de Battaglia como número 5, aunque se lamentó por la imprudencia y expulsión de Nicolás Figal en el encuentro contra los portugueses, porque argumentó que venía haciendo un buen partido y “si está bien de la cabeza” tiene que ser la dupla central junto a Costa en el segundo semestre del 2025.

Christian Gray celebra el empate del Auckland City en Nashville

De los 19 goles que Boca recibió durante el año, 11 fueron a balón detenido. Sobre este punto, el ex zaguero central, sostiene que “la pelota parada es una cuestión de equipo, no es solamente de la defensa. Me daba mucha bronca cuando nos metían un gol desde un córner o tiro libre y ponían el foco solamente en nosotros. Los atacantes también deben defender en esas cuestiones y después también depende de si el técnico decide marcar en zona o individual, aunque yo estoy en contra de las marcaciones zonales porque nadie es responsable cuando se les escapa la marca”.

“Mi mayor sueño es jugar con Las Leonas”

Por Rocío Segura

Máxima Duportal tiene 20 años, nació en Paraná, Entre Ríos, y creció rodeada de palos y bochas. Inició su carrera en Talleres de esa ciudad, tuvo un breve paso por el Club Náutico El Quillá, de Santa Fe, y actualmente se desempeña como defensora en River Plate. Recientemente integró el plantel de Las Leoncitas campeón del Torneo Cuatro Naciones Sub-21 disputado en Rosario, y se prepara para el Mundial Junior de Chile 2025, que se desarrollará en Santiago, del 1 al 13 de diciembre.

-¿Cuándo empezaste a jugar al hockey?

-Empecé a los tres, cuatro años. Arranqué a raíz de que mis hermanas iban a entrenar y yo las acompañaba y me sumaba a los entrenamientos.

-¿Empezaste a practicarlo como algo recreativo?

-Sí, las infantiles, que serían Sub-6, Sub-8 y Sub-10 allá (en Paraná), son recreativas, son encuentros. Pero, desde que estuve en mi segundo año de Sub-10 –que jugaba en la categoría de arriba, Sub-12– jugaba en cancha grande, entonces siempre fue un poco competitivo.

-¿En qué momento te diste cuenta de que querías competir?

-Siempre quise llegar a lo más alto. Mis tres hermanas mayores, mis primas, mi tía y mi mamá jugaban, entonces siempre viví el deporte muy de cerca. Siempre me gustó ver los partidos, ver a Las Leonas y decir: “Yo quiero llegar ahí algún día”.

-Después de tu paso por Talleres y El Quillá, ¿cómo fue la adaptación al Metropolitano?

-Se sintió un cambio muy grande en cuanto al torneo. La realidad es que, en los torneos de allá, son menos equipos, entonces te conocés un poco más con todos, y si tenés un buen año, probablemente los resultados se mantengan muy iguales, porque el nivel no es tan variado, se suele mantener. Normalmente jugás tres o hasta cuatro veces con los mismos equipos, cosa que acá no suele pasar. En Buenos Aires, el ritmo de juego, el nivel táctico, técnico, físico, se nota demasiado; es algo que desde el primer amistoso lo sentí. Hay una gran diferencia, incluso en el nivel individual de cada jugadora. Pero es lindo, porque una busca competir en lo más alto.

Máxima Duportal, de Paraná a Las Leoncitas

-¿Cómo viviste el cambio de ciudad y la adaptación a vivir en Buenos Aires, lejos de tu familia y amigos?

-Al principio, mi mamá estuvo viviendo unos meses conmigo, pero fue un cambio muy abrupto. Buenos Aires es muy grande en comparación con Paraná y Santa Fe; hay mucha gente, mucho caos, pero de a poquito me fui adaptando, me acostumbré bastante a los horarios y a los tiempos. Me costó, pero me pude adaptar. Para venirme acá también dejé a mi novio, a mi familia y a mis amigas, pero como hoy en día es tan fácil estar más cerca con las videollamadas y el celular, no se siente tanto, quizás, como podría sentirse sin eso. Ni hablar de que acá la gente te acompaña bastante también. Dejé cosas de lado, pero conocí cosas muy lindas.

-¿Cómo fue el apoyo de tu familia en todo este camino?

-Mi familia siempre me apoyó; son un gran sostén. La realidad es que, sin ellos, yo no estaría acá, no solo por el sustento económico, sino por el apoyo emocional que me dan día a día. Son mi motivación, siempre me impulsan a ir por más. Nunca falta ese mensajito de: “Dale, vos podés, sé que nos extrañás, pero vos podés, seguí, metele”. La verdad es que sin ese apoyo familiar no sé si podría estar haciendo esto. Siempre están muy presentes, apoyando y confiando. Estoy muy agradecida con ellos.

-¿Sentís que tuviste que dejar muchas cosas de lado para dedicarte al hockey?

-Sí. Siempre quise hacer esto, entonces, cuando era más chica, por ahí no le daba tanta bola al tema del “entrenamiento invisible”, como se le llama, pero yo no te negociaba un entrenamiento. Iba al club a las cinco de la tarde y me iba a las once de la noche, prácticamente de lunes a viernes, y los sábados me pasaba internada ahí desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde. Pero sí: cumpleaños, fiestas, salir los fines de semana, yo no viví eso como mis amigas, por ejemplo, que en un principio no entendían por qué no podía juntarme todos los días. Este último año, desde que arrancó hasta que terminó, me enfoqué ciento por ciento a esto; dejé de estudiar justamente para poder dedicarle el tiempo que ameritaba al hockey. La verdad es que dejás un montón de cosas de lado, pero bueno, es parte.

-¿Qué estudiabas antes?

-Hacía el profesorado de educación física en Santa Fe. Hice todo el primer año, y cuando me tocó empezar con el segundo hice el primer cuatrimestre y tuve que dejar porque no me daban los horarios. Yo viví en Santa Fe el primer año de cursada, entonces no tuve problema con el tema de los horarios, pero en el 2024 me volví a Paraná y el trayecto hasta la facultad era mucho más largo. Tenía que salir dos o tres horas antes para poder ir a cursar, cursaba desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde, llegaba a las cinco a mi casa; era un sacrificio muy grande y en ese momento sentí que tenía que hacer otra cosa antes de priorizar el estudio.

La paranaense Máxima Duportal jugará el Cuatro Naciones Sub 21

-¿Cómo financiás tu carrera? ¿Contás con sponsors, becas o apoyo del club?

-Hockeymanía, una casa de deportes de Santa Fe, me provee los elementos de hockey de la marca Grays. Económicamente me financian mis papás.

-¿Qué significó para vos haber sido convocada a Las Leoncitas?

-Fue increíble. Uno, de chiquito, siempre sueña con ponerse la camiseta de la selección, pero que se haga realidad no es tan fácil como uno piensa. Fue muy gratificante, muy emocionante, un sueño hecho realidad. Un pasito para seguir, un gran envión.

-Además, salieron campeonas del Torneo de Cuatro Naciones y convertiste un gol en el último partido ante India, ¿cómo viviste esa experiencia?

-Increíble. Uno se prepara para poder ganar los torneos, pero lograrlo es muy emocionante, más que nada estando en Argentina, con público argentino y con la posibilidad de que esté tu familia viéndote, que normalmente no pasa. La realidad es que las posibilidades que tenés de que te vean jugar con la camiseta de Argentina son muy pocas; fue realmente increíble.

-¿Cómo estás entrenando para el proceso que puede llevarte al Mundial Junior de Chile 2025?

-Estamos entrenando de lunes a jueves con el Junior. Por ahora, los miércoles hacemos doble turno y estamos haciendo lunes, martes y jueves un solo turno; el segundo lo hacemos con el club. Estoy metiéndole a full, es un proceso duro, pero se disfruta.

-¿Cómo manejás la presión de representar al país siendo tan joven?

-Creo que la presión se puede sentir los primeros partidos, porque creo que estás nerviosa, no querés cometer errores, porque se supone que estás en la selección, sos lo mejor que tiene el país. Entonces, podés sentir esa presión al principio. Pero tenés que dejarte llevar, no hay que vivir con eso, porque si no te comés la cabeza todo el partido, y no es así. Todos cometemos errores, y lo más importante es, después, poder corregirlo para no volver a cometerlo y seguir adelante, no carcomerse la cabeza con que te estás equivocando. Hay que llevarlo para el lado del disfrute, porque si no, no te hace bien.

-¿Quiénes son tus referentes dentro del hockey?

-Nombraría miles, porque siento que todas marcaron a la Máxima de hoy. Como defensoras, puedo nombrar a “Piti” (Silvina) D’Elía; Cecilia Rognoni; “Luchi” (Lucina) Von Der Heyde, que juega en todos lados, pero también es una gran referente; Juana Castellaro, que tengo la oportunidad de jugar con ella y, también, aunque tenga la misma edad que yo, es una chica que es maravillosa, es increíble, entonces la tengo como gran referente. Valentina Raposo también es una ídola; la carrera que tuvo fue increíble. Creo que ellas son mis mayores referentes.

-¿Cuáles son tus objetivos personales y profesionales para lo que queda de este año y para el 2026?

-Disfrutar todo lo que estoy viviendo, que no es una suerte que tengan todas, así que quiero disfrutarlo mucho. Seguir creciendo pasito a pasito, adquiriendo nuevas herramientas para poder mejorar mi juego y potenciar a los dos equipos que me toca representar. Y, para el año que viene, poder seguir donde estoy o mejor todavía.

-¿Cuál es tu sueño más grande dentro del hockey?

-Obviamente, mi mayor sueño es jugar con Las Leonas. Hay pequeños detalles, creo yo, que te mantienen donde estás o te ponen un pasito más arriba. Pero, con trabajo, disciplina y esfuerzo, creo que eso se puede lograr.

Angela Lerena: “La Copa América femenina va a ser una buena prueba para la Argentina”

Por Lucas Sotelo

En tiempos en los que el Mundial de Clubes coloniza todas las agendas deportivas, la Copa América femenina 2025 está a la vuelta de la esquina. El certamen, a disputarse en Quito entre el 12 de julio y el 2 de agosto, tendrá a Argentina compartiendo el grupo A junto a la anfitriona Ecuador, Uruguay, Chile y Perú, con la esperanza de cortar la hegemonía de Brasil -ganador de ocho de las nueve ediciones celebradas- como ya hiciera en 2006. Aquel 26 de noviembre, los goles de Eva González y de Belén Potassa sellaron un histórico 2 a 0 contra la Canarinha en Mar del Plata, que le dio el primer y único título continental albiceleste. Ha corrido mucha agua bajo el puente desde entonces: seis años después de la semi profesionalización del deporte en el país, ¿es posible pensar en otra coronación de gloria?

Además de periodista deportiva, Ángela Lerena es una de las principales voces autorizadas para hablar sobre fútbol femenino que tiene la región. Comentarista, campo de juego y conductora del programa “TNTGolFem” en TNT Sports, está en contacto permanente con la realidad que atraviesa a la categoría: “Hay una brecha de noventa años (de profesionalismo respecto al fútbol masculino) que no se puede soslayar. Se está intentando revertir esa distancia, seguramente no tan veloz como quisiéramos, pero se está creciendo a pasos muy importantes”. Con la claridad de un “10”, Lerena abre el juego e invita a la reflexión.

-¿Cuál es el objetivo en la próxima Copa América?

-Por primera vez, no nos vamos a jugar la chance de ir al Mundial, sino que va a haber eliminatorias aparte. La Copa América sí clasifica para los Juegos Olímpicos, pero va a ser una buena prueba para Argentina. Pareciera en la previa que Brasil y Colombia están arriba. Que tal vez estamos en una paridad con Chile y con Paraguay, que es con el que definimos el tercer puesto de la Copa América pasada. Y bueno, hay que ver cuánto se puede plasmar en el juego el trabajo que se viene haciendo, que es muy bueno.

-¿Qué tan importante es el regreso de Florencia Bonsegundo?

-Es muy importante porque es una de las mejores jugadoras que tuvo nuestra selección en su historia. Estaba retirada desde el último Mundial, y la última imagen que había quedado era ella yéndose en camilla porque se había roto los ligamentos en el partido en el que Argentina quedó eliminada contra Suecia. Nos está costando mucho de mitad de cancha hacia adelante, y ahí es muy importante el regreso de Florencia, que además puede aportar una experiencia que las más chiquitas todavía no tienen.

Quién es Florencia Bonsegundo, la cordobesa que soñó futbolista y la rompe en la Selección - TyC Sports

-¿Qué le falta a Argentina para estar más cerca de las potencias?

Tenemos muchas jugadoras prometedoras, pero es muy difícil a nivel internacional que puedan imponerse en los duelos contra otras que son más fuertes, más rápidas, más altas, y que vienen trabajando en sus países desde hace muchos años. Esto a diferencia de Argentina, que viene trabajando con seriedad hace menos. Falta un poco esa sorpresa que se puede generar con atacantes, con delanteras a las que le falta el fogueo europeo.

-Cómo está conformada la estructura de esta selección?

-Los dos técnicos más importantes de la era profesional están en la estructura de la Selección: Germán Portanova (mayor) y Christian Meloni (juveniles). Hace poco sumaron a Ezequiel Vidal -futbolista con más presencias en la historia de UAI Urquiza masculino-, que mostró muchas condiciones como DT en UAI Urquiza femenino, y a Diego Mirabella, preparador físico del River de Martín Demichelis y ex-jugador de básquet de River. Es decir: traen talentos del masculino también.

¿Qué papel tienen las juveniles en este proceso de selección?

Argentina tiene la misma estructura desde la sub-15 hasta la selección mayor, y eso está buenísimo porque se aprovecha todo el recurso humano. Así es como las nenas ya van trabajando la táctica, la alimentación, el cuidado del cuerpo y lo físico, todo desde muy chiquitas. Ya se notó la diferencia, porque por primera vez logramos pasar una fase inicial, que fue en el último Mundial sub-20, con figuras importantísimas como Kishi Núñez y como Milagros Martín, que están llamadas a tener un rol importante en el futuro. En el segundo semestre vamos a tener eliminatorias y ahí vamos a poder medir un poco hasta dónde llegó esta mejoría que Argentina está teniendo en comparación con otros países.

Con respecto a la selección masculina, ¿se tiene la misma búsqueda protagonista desde el juego?

-Argentina, desde 2021 y con Germán Portanova (foto), cambió por completo su idea para la selección femenina. Antes, con condiciones que eran muy malas, se jugaba muy defensivo: a resistir, a aguantar, a perder por lo menos posible. Y ahora, que la situación es muy diferente, se decidió tener un juego más ofensivo. De tratar de pararse en campo rival sabiendo que los primeros resultados iban a ser negativos, porque Argentina tiene que moldearse, tiene que aprender, tiene que foguearse, pero la idea era que lo hiciera contra rivales importantes. Por eso se jugó contra Brasil, contra Colombia, contra México y contra Estados Unidos, todos rivales fuertes. En mayo se consiguió un triunfo importantísimo sobre Canadá por 1 a 0.

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-¿Cómo se trabaja la táctica? ¿Se hace tanto hincapié en ella como en el masculino?

La táctica en el fútbol femenino es interesantísima porque está en continuo crecimiento. Muchas de las jugadoras que están en Primera División desde hace años, que tienen treinta o más, no tuvieron a lo mejor tanto hincapié en la táctica en su formación y están aprendiendo de grandes. Y muchas nenas que están surgiendo están aprendiendo a la edad adecuada, más apta, que es cuando son chiquitas, pero todas están muy abiertas a aprender. Portanova y Meloni son los dos muy conocedores de la táctica. Meloni viene del futsal también, así que ha incorporado un montón de conceptos. Las vuelven locas a las chicas: les mandan ejercicios en el teléfono anticipando los ejercicios que van a hacer para que los vayan pensando. Se trabaja un montón.

De la oscuridad al campo de juego: Julio perdió todo y ganó una segunda oportunidad

Por Melina Contino Nykteridis

Después de 17 años preso, el rugby fue su único escape y la esperanza para renacer.

“¿Para qué me voy a levantar, si no tengo nada para hacer?” Esta era la frase que resonaba en la cabeza de Julio López Lara cada mañana, antes de conocer el rugby. Preso en el Penal Unidad 48 (San Martín), el encierro que lo atormentaba no era solo físico, sino también mental. La monotonía entre las cuatros paredes de cemento oscuro le había apagado las ganas de salir adelante. La cárcel no solo lo aisló, le arrebató todo lo que alguna vez quiso; su familia, sus amigos y sus sueños. Tenía 24 años cuando cayó, hoy tiene 41, hace 17 años que intercambió su sueño por una condena.

Cuando Julio transitaba la preadolescencia comenzó a boxear. El deporte le quitó más de lo que le dio, ya que con la ilusión de llegar lejos se cortó sus propias alas. A los 15 años y habiendo disputado 17 peleas amateurs, no pudo seguir. Su familia no pudo mantenerlo y en consecuencia comenzó a robar. Una decisión que tomó para perseguir su meta de vida: “Empecé a robar para mantenerme y así seguir entrenando”.

Previo a la videollamada, una mezcla de nervios e incertidumbre me invadía. No sabía con qué me iba a encontrar. Estaba sola en mi departamento, en un día frío pero soleado, de esos que anuncian el principio del otoño, con un pequeño rayo que se paraba sobre la isla de la cocina, mientras esperaba a que Julio me contactara. Pasaban los minutos y mi mente se llenaba de conjeturas: un asesino, un violento, un abusador, un ladrón, un narcotraficante, un loco… Pero, por sobre todo, no sabía cómo las emociones de esta persona influirían en la entrevista y cómo se iba a tomar mis preguntas al verme en otra realidad distinta a la suya. Sentí un leve miedo, atenuado por la distancia que nos imponía la pantalla, a diferencia de si nos hubiéramos visto cara a cara. Cuando sonó el teléfono y vi su nombre en la pantalla, me encontré con un personaje distinto al que mi cabeza había creado: era una persona más bien calma, que se presentó amablemente y me sonrió. Me hizo sentir más a gusto con mi primera entrevista, aunque no logré soltarme del todo hasta que intercambiamos las primeras palabras. Mucho no pude observar, él, parado al otro lado de la pantalla, merodeando en la zona externa de la cárcel, con un gorro gris de lana que fue lo único distinguible de su vestimenta.

Julio no era la persona que esperaba entrevistar, me dio más de lo que hubiese imaginado. Comencé con esto como un trabajo, para cumplir con lo que tenía que hacer, sin buscar mucho trasfondo se me presentó la oportunidad y la tomé. Pero terminó siendo algo que me guardo por fuera de una entrega, conectar con una persona que vive tan distinto a mi, me hizo pensar un poco en mi vida. La entrevista logró dejarme una enseñanza que tal vez no hubiera conseguido hablando con otro deportista. Cuando terminó, me quedé en silencio frente a mi celular unos segundos, intentando recopilar toda la información que había recibido en menos de una hora. Le agradecí, le dije que había sido muy generoso conmigo y  lloré. No mucho, pero lo suficiente como para darme cuenta de que su historia me había atravesado más de lo que pensaba. No solo por lo que contó, sino por cómo lo hizo: sin rencor, sin victimizarse, con honestidad y buena predisposición hacia mi, que no le estaba ofreciendo nada a cambio.

Lloré porque, entre tantos relatos que podría haber escuchado, Julio me habló desde un lugar humano. Me contó lo que es despertarse sin ganas de vivir, lo que es perderlo todo, no solo la libertad sino también las riendas. El rugby llegó cuando más lo necesitaba como una suerte de escape. Al principio, me dijo que era un deporte desconocido, le servía para distenderse y mover el cuerpo, como un escape físico y mental del encierro. Pero cuando logró incorporarse, el rugby tomó un escenario principal en su día a día: “Cuando empecé a entender el juego fue mi cable a tierra, me hizo escaparme y me desconectó de la cárcel. Al estar detenido y estando acá, con la angustia, la tristeza, el bajón que uno tiene cuando está preso lo pude descartar, lo pude abandonar, cambiandolo por felicidad. Estar en la cancha me hacía feliz, me hacía libre y abandonaba todos los sentimientos malos”.

En un intercambio de mensajes le dije que me conteste lo que él sintiera, que no buscaba ponerlo incómodo, y luego pregunté: “¿Sentiste que no tenias ganas de estar vivo?, a lo que muy seguro y rápidamente contestó: “Sí, sí. Muchas veces. Antes de conocer el rugby no tenía sentido levantarme. No tenía sentido vivir, estar preso no tenía sentido y el rugby me hizo encontrarle un sentido. Los días que teníamos entrenamiento me levantaba contento, con ganas, eso me hacía estar anímicamente diferente acá adentro”.

Antes de encontrar una nueva motivación en el deporte, Julio venía de una etapa complicada donde se relacionaba con grupos que lo llevaban a tomar malas decisiones, en la afán de encajar y pertenecer al espacio, se veía obligado a hacer las mismas prácticas para empatizar con quienes lo rodeaban: “Yo venía de estar dos años estancado, metido en las drogas y el primer o segundo dia de entrenamiento me pude relajar. Llegué al pabellón y me bañé. Había noches que no podía dormir por los malos pensamientos de mi situación y ese día jugué al rugby; volví a entrenar, después de tanto tiempo fue una de las primeras noches que pude dormir sin pensamientos malos, sin tristeza, sin angustia, sin cosas que te invaden acá.

 

Volver para estar en casa

Después de 17 años preso, Julio comenzó con las salidas transitorias y en ellas encontró la oportunidad de reconectar con su familia, especialmente con su madre, a quien describe como su mayor sostén junto con su hermana. Aunque el vínculo nunca se rompió, estos breves reencuentros, bajo custodia y por apenas dos horas, le devolvieron algo de lo perdido: “Lo único que puedo hacer: llego, estoy un rato con mamá, tomó unos mates, charlo”, cuenta. Cuando se cumplan siete meses bajo esta modalidad, le otorgarán la pulsera electrónica, que no implica la compañía del Servicio Penitenciario. Julio espera aprovecharla para quedarse más tiempo en casa, acompañar a su madre, que está sola y comenzar a hacer algunas refacciones en su casa.

 

*Foto de portada: “Espartanos, una historia real”, documental de 8 episodios dirigido por Sebastián Pivotto y guión de Andrés Gelós y Pablo Gelós. Cuenta la vida de Eduardo “Coco” Oderigo, un abogado penalista que afronta la tarea de transformar a un grupo de presos de la Unidad Penal Nro. 48 de San Martín, en un equipo de rugby para lograr su reinserción en la sociedad.