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La Sub 18 de Racing: un orgullo del Tita

Por Tobías Agostinis

Elena Margarita Mattiussi, más conocida como Tita, fue una mujer que trabajaba dentro de Racing Club y dedicó tiempo, pasión y amor a todos los que convivían en el día a día del equipo de Avellaneda. Ella era la encargada de la pensión del club y, por ende, una figura materna para la mayoría de los jugadores que la habitaban.

En 1999, hinchas de “La Academia” impulsaron y construyeron un nuevo predio para que sus futbolistas juveniles pudieran tener un espacio propio para entrenar y, en homenaje a la huella imborrable que Elena había dejado en la institución, el espacio lleva el nombre de “Predio Tita Mattiussi”.

Cuna de grandes talentos, el Predio Tita dejó en lo más alto a Racing y al país, una vez más. Los chicos de la Sub 18 (jugadores de las categorías 2008 y 2009) viajaron a España para disputar el Mundial de Clubes Juvenil y finalizaron en la segunda posición del torneo, ya que cayeron 1-0 en la final ante el Barcelona. 

Realizaron un torneo impecable, con fútbol asociado, dotes de potrero y amor a la camiseta. Le ganaron al Sevilla (2-1), al Corinthians (1-0) y a Pogba Academy (4-1) en fase de grupos; al Real Betis (5-4) en cuartos de final y al Real Madrid (2-1) en las semifinales. Sí, al Real Madrid en semis. 

A lo largo del Mundial, los chicos que defendieron la camiseta celeste y blanca dejaron el alma en cada pelota y merecieron volver a Avellaneda con el trofeo, pero en este deporte, lamentablemente, en muy pocas ocasiones se premia el merecimiento. Los dirigidos por Matías Martínez se vieron en desventaja en el marcador tan solo 11 minutos durante todo el torneo.

La final era “La Masía” contra “El Tita”, “Lionel Messi, Andrés Iniesta, Xavi Hernández, Gerard Piqué, Lamine Yamal” contra “Rodrigo De Paul, Lautaro Martínez, Diego Milito, Lisandro López, Luciano Vietto”; la localidad de “Les Corts de Sarriá” frente a la de “Avellaneda”. Choque de potencias en sus respectivos países.

“La Academia” se caracterizó en el último tiempo por prestar mucha atención a sus inferiores. Hay infinidades de nombres que debutaron en la primera de Racing. Además de los mencionados anteriormente, Juan Musso, los hermanos Zuculini (Franco y Bruno), Matias Zaracho, el colombiano Roger Martínez, entre otros, desarrollaron sus divisiones juveniles en el Tita y cumplieron el sueño de debutar profesionalmente en el conjunto campeón del mundo en 1967. 

De estos futbolistas que disputaron el Mundial Juvenil hubo grandes destacados, como Erik Florentin, el número diez que le tiró un caño de arrastrada a un defensor del Real Madrid; Benjamín Fisher, habilidoso atacante; Bautista Pérez, volante central que ya es pretendido por varios clubes europeos, y Aquiles Mansilla, quien fue el goleador racinguista en la competición.

Miguel Gomis también es una pieza clave, no solo en el desempeño de esta Sub 18, sino en lo que es el Predio Tita Mattiussi y el prestigio que conserva actualmente. Fue coordinador de inferiores entre 1979 y 2008, gran descubridor de talentos, parte fundamental de la sexta división campeona en 2004 (primera que se consagró a partir de la creación del Tita) y en 2019 (último título en los torneos juveniles de AFA). Dentro de Racing se valora mucho el trabajo, dedicación y compromiso que le brinda a las divisiones menores. 

En la Acadé prevalece un sentido de pertenencia enorme con todos los jugadores que pasan por el complejo. Un ejemplo de esto es que se colocó una pantalla gigante en el predio para que todos los chicos de las distintas actividades que se realizan pudieran ver y alentar a los futbolistas de la Sub 18 que estaban disputando la final del Mundial ante Barcelona.

Elena, desde donde quiera que esté, debe estar muy contenta con el desempeño de su querido Racing en este torneo y de la contención que se le brinda a cada uno de los futbolistas que surgen del club. 

Hay una bandera muy característica que dice “…Y Tita siempre está”, y que tanta razón tiene. Tita siempre está. Y siempre estará para alentar a su amado, respetado y apreciado Racing Club de Avellaneda.

Felipe Loyola, el desorden en la cancha y el orden en la mente

Por Agustina Lamenti

El pasado 8 de marzo de 2025, Independiente se enfrentaba a Godoy Cruz por la fecha 11 del torneo Apertura. Ya había caído la noche en el Libertadores de América cuando Felipe Loyola vio la pelota entrar en el arco rival, luego de salir disparada desde su propio pie, y corrió al córner más cercano. Desde la primera fila de la Santoro baja hasta el piso más alto de la cuarta garganta, los hinchas rojos lo esperaban desesperados. El chileno saltó y sus piernas volvieron a pisar el pasto separadas, mientras él miraba al público que gritaba el primer gol del 4 a 0. Flexionó los brazos y con los dedos índices se apuntó la cabeza mientras sostenía una sonrisa de orgullo. Ese festejo, que ya se volvió costumbre en el resto de sus goles, albergaba la fuerte mentalidad del todocampista ya formado.

Los todocampistas son muy solicitados gracias a su condición física, visión del juego y habilidad técnica para cubrir la cancha de un área a la otra, box to box, como se les dice en Inglaterra. Estos jugadores, además de su potencia y habilidad en defensa (recuperación de la pelota, pases en su propio campo) y en ataque (goles, asistencias, pases en campo rival), son los que mayor cantidad de terreno abarcan durante un partido. Los mapas de calor de un box to box comparados con los de un mediocampista tienen una presencia que se extiende por todo el campo de juego. Por eso adquirieron el nombre de todocampistas.

Felipe Ignacio Loyola nació el 9 de noviembre del 2000 en Santiago de Chile y debutó en primera el 25 de septiembre de 2020, como jugador de Fernández Vial. Se habla mucho de los jugadores que nacen con el talento y destacan desde las inferiores. Aquellos que los hinchas piden enérgicamente y los técnicos y dirigentes se apresuran a hacer debutar en primera. Tal es el caso del joven todocampista Jude Bellingham, que el 6 de agosto de 2019, a sus 16 años, debutó en la segunda división de Inglaterra con el Birmingham City. 

Pero otras veces el sol cocina lento, y Loyola lo acepta. El adolescente chileno, con el pelo teñido de color ámbar, empezó a intentar ganarse un lugar en las inferiores de Colo Colo como central en 2019. No destacaba en el equipo por sus habilidades técnicas, pero tenía claro lo que quería y estaba dispuesto a trabajar para conseguirlo. Eso lo hizo sobresalir. Quería jugar en cualquier posición y estaba dispuesto a acomodarse a las necesidades del equipo. Sin embargo, Colo Colo no le tuvo paciencia y lo soltó. Loyola dijo adiós y creció. Partió en 2021, con 20 años de edad, rumbo a un nuevo club. 

En Fernández Vial, “Pipe” Loyola empezó a desarrollarse por ambas bandas y a expandir sus habilidades a lo largo y ancho de la cancha. Si bien era bueno en cualquier posición del mediocampo, tanto en su nuevo club como con posterioridad en la selección de Chile se consolidó como lateral derecho. Loyola rotaba por diversas posiciones y ganaba versatilidad, pero aún le faltaba potencia y orden. “Era desordenado en la cancha. Tácticamente sorprendía porque llegaba a las dos áreas, pero desordenaba la estructura del equipo”, explica Manuel Crespo, jefe de inferiores de Colo Colo de 2017 a 2019.

“Hay que tener cabeza para jugar de sexto hombre en básquet”, dijo Oscar “Huevo” Sánchez, primer entrenador de Ginóbili, sobre Manu en una nota para La Nación en 2018. Y esa función cumplió Loyola cuando llegó a Huachipato en 2023: jugar de lo que faltaba. Pasó de estar seis meses sin jugar a ganarle el puesto a Joaquín González, el lateral derecho titular. El crecimiento futbolístico que tuvo Loyola, que luego despertó el interés de Independiente, se lo ganó a base de trabajo y esfuerzo.

Salió de Huachipato hacia Independiente en 2024 convertido en un todocampista total. Desde que llegó al Rojo en 2024 marcó la diferencia. Hizo nueve goles y dio seis asistencias. De los 54 partidos que jugó, 48 los disputó enteros y eso demuestra lo fundamental que es Loyola. “Pipe” logró un desorden ordenado, un equilibrio que le permite aparecer donde su equipo lo necesita sin salirse de la estructura. Es una “tromba que por donde pasa arrasa”, como lo describe Santiago “Lechu” Rodríguez, gerente deportivo de Huachipato.

Loyola, a sus 24 años, contagia su intensidad futbolística y mental al equipo. Con predisposición al trabajo y esfuerzo logró convertirse en un todocampista completo. Pasó de ocupar el lugar del jugador “que falte” a ser indispensable, entrenando su mente con la misma fuerza que su físico. Para Felipe Loyola todo está en la cabeza. Es su filosofía y lo señala en cada gol.

Mainero, su mentalidad ganadora y ser campeón como recompensa

Por Sebastián Cura

La familia todavía conserva la famosa bicicleta amarilla en la que Guido Mainero pedaleaba rumbo a sus entrenamientos en las inferiores de Instituto entre los 7 y los 19 años, en el barrio Juan B. Justo, Córdoba. Durante las seis cuadras hasta el predio La Agustina, los vecinos veían al enfocado Mainero en la búsqueda del sueño de convertirse en jugador profesional, mientras pensaba en las piezas metálicas que estamparía más tarde en la fábrica de juntas y arandelas La Americana, la que le enseñó la constancia, el esfuerzo y la humildad.

Antes de su debut como profesional en Instituto, el 5 de noviembre de 2014 a sus 19 años, Mainero no era muy constante en Quinta división y llegó a pensar en dejar el fútbol. Consiguió un trabajo mediante el Programa Primer Paso del gobierno de Córdoba, que ayudaba a los jóvenes a conseguir su primera experiencia laboral. Así, comenzó a trabajar en una fábrica de juntas y arandelas con 18 años, al terminar la escuela secundaria. El premio llegó en octubre, cuando, después de meses de esfuerzo, subió a Primera.

Su día tan esperado llegó. A las 17:17, en el estadio Leoncio Benítez, Instituto visitaba a Boca Unidos de Corrientes. El local ganaba 1 a 0 con gol de José Vizcarra. Mainero entró para cumplir su sueño de ser futbolista: después de altas y bajas, el cordobés hacía su debut profesional. Ingresó al minuto 17 del segundo tiempo por Gastón Machín. El gol de Marcos Aguirre, a los 37 del complemento, puso el empate. Pero una buena jugada individual del debutante terminó en un pase a Gustavo Gotti, quien sacó una bomba desde afuera del área para remontar de manera épica al minuto 47 y dar vuelta la historia. Fue un debut soñado para el pibe de 19 años que, no hacía tanto, dudaba de su futuro. En diciembre, Instituto le ofreció su primer contrato profesional y Mainero, ya oficialmente jugador de fútbol, cerró su ciclo como trabajador en la fábrica.

La temporada 2015/16 no fue buena para él: el entrenador Héctor “Chulo” Rivoira no lo tuvo en cuenta. La mentalidad de Mainero se resintió y volvió a pensar en dejar el fútbol profesional.

El sueño de ser futbolista muchas veces no se cumple, o tarda más de lo esperado. Pero todo llega para el que sabe lo que quiere. A los 21 años, Mainero contrató al entrenador deportivo argentino Francisco Arrietto para que lo ayudara tanto física como mentalmente. “Entendió que bajonearse no le iba a servir de mucho. Se comprometió, sumó el gimnasio. Su actitud cambió y fue más comprometida”, recuerda Arrietto sobre ese cambio de chip.

Comenzaron en abril de 2016 y, al mismo tiempo que entrenaba y trabajaba, el jugador hizo un curso del gobierno de Córdoba de monitoreo deportivo, que abarcaba temas como reglas del fútbol, psicopedagogía, nutrición, medicina deportiva y primeros auxilios. “Ese año terminó siendo muy lindo, trabajé y lo disfruté muchísimo”, recordó con emoción Mainero.

Su esfuerzo, finalmente, dio grandes frutos. Vélez lo compró el 1 de enero de 2018. El pase costó 400 mil dólares, una cifra baja pero digna de un jugador que, con 23 años, todavía tenía mucho por demostrar. El sacrificio de Mainero había valido la pena, pero no todo fue positivo: su paso por Vélez, Sarmiento, Defensa y Justicia, Deportes Iquique de Chile y su regreso a Instituto no estuvo al nivel que había mostrado en sus inicios. Sin embargo, el fútbol le tenía guardada una revancha.

El 1 de julio de 2024, Mainero llegó libre a Platense, que sostenía su lugar en Primera pero con un presente irregular. Un gran torneo del equipo llevó al Calamar a la final del Apertura 2025 contra Huracán. El 1 de junio de 2025, un Platense soñador buscaba conquistar el primer título de su historia. Del otro lado, un equipo que no era campeón desde 1973. A los 19 minutos del segundo tiempo, un tiro libre de Vicente Taborda encontró la cabeza de Rodrigo Herrera, que bajó la pelota dentro del área. Atento esperaba Mainero. Cuando vio la pelota picar, ni lo dudó: volea de media vuelta y al ángulo. Ese gol valió el primer título de la historia de Platense.

Trabajo y dedicación son las palabras que definen a Guido Mainero, quien dejó hasta su último aliento para lograr su sueño, su meta: algo que no muchos consiguen, pero que millones sueñan. Y aunque llegó un poco tarde, el fútbol le dio su recompensa. Mainero todavía conserva su bicicleta amarilla.

Pablo Vegetti: los goles llegan cuando deben

Por Tomás Solé

El domingo 30 de marzo de 2025, en una noche lluviosa pero calurosa, bien tropical, como es el clima en Rio de Janeiro, Brasil, se enfrentan Vasco da Gama y Santos por la primera fecha del Brasileirão. El partido está 1 a 1. Al minuto 78 suena el silbato. Dimitri Payet toma dos pasos de distancia y, a la carrera, acaricia la pelota desde un tiro libre en tres cuartos de cancha: centro al punto penal. Mientras la pelota cae y todos intentan desmarcarse, el capitán se saca un hombre de encima con un movimiento de brazos y ataca el espacio vacío en el área con un salto característico. La pelota toma la rosca justa, le alcanza su cabeza y, como si fuera un susurro al oído, la acomoda al otro palo. El número 99 corre hacia el banderín mientras el Estadio São Januário se viene abajo. Entre ruidos, planta sus pies en paralelo y, mirando a la tribuna desmoronarse, se tapa su ojo derecho con la mano derecha y levanta su izquierda. Un pirata de sangre acaba de ganar el partido.

Ese es Pablo Vegetti, delantero y capitán de Vasco da Gama, que a sus 36 años vive el mejor momento de su carrera. A los 30, cuando la mayoría de los delanteros piensan en el retiro, él recién empezaba a escribir su historia.

Fue en Belgrano de Córdoba donde encontró todo lo que le había faltado antes: confianza, continuidad y una tribuna que lo abrazó desde que llegó en 2019 de Instituto de Córdoba. Se convirtió en goleador, referente y pieza clave del ascenso a la Primera División en 2022. Metía goles, promedio de 0,54 por partido, ponía el cuerpo, hablaba en la cancha y tiraba del equipo cuando más lo necesitaban. Llegó al “Pirata”, impulsado por Guillermo Farré, técnico durante el ascenso de Belgrano, y en poco tiempo se volvió ídolo. “Si se queda, va a ser el mejor 9 del país”, dijo Farré en TNT Sports tras el ascenso.

Su gran salto fue en Belgrano, pero no sólo futbolístico. Facundo Affranchino, compañero en Instituto en la temporada 2018-2019, lo explica: “Se volvió obsesivo con los detalles, si algo le funcionaba, lo potenciaba. Era muy profesional ya que cuidaba el descanso, la alimentación, el entrenamiento y nunca se conformaba”.

Además, en una charla íntima con su amigo Affranchino, Vegetti confesó un detalle clave de su transformación: el nacimiento de su hijo, Vittorio, marcó un antes y un después. Desde entonces, manejó mejor la ansiedad, se enfocó más y empezó a controlar emociones que antes podían jugarle en contra. Ese cambio personal fue tan determinante como su preparación física.

Su debut profesional había llegado tarde, a los 24 años, en Villa San Carlos, un club de Berisso. En la temporada 2012-13 fue goleador del ascenso a la B Nacional, con 24 goles. Eso lo llevó en 2013 a Rangers de Talca, Chile. Pero no tuvo la continuidad ni el protagonismo que esperaba. Volvió rápido a Argentina, buscando minutos y revancha. Pasó por Ferro en la temporada 2014-15, Gimnasia La Plata, en dos etapas entre 2015 y 2017, Colón y Boca Unidos, donde incluso descendió en 2018. Todo parecía indicar que su carrera seguiría en la medianía, hasta que Instituto apareció en su camino. Ahí, con 30 años, firmó una gran campaña en su única temporada en el club en el segundo semestre de 2018: 15 goles en 23 partidos. Eso llamó la atención de Belgrano. “Las ganas y el profesionalismo que tenía eran distintivos”, recuerda Diego Cagna, DT suyo en Instituto.

Historias como la de Vegetti no son únicas. Goleadores como Germán Cano o Jamie Vardy también encontraron su mejor versión después de los 30 y tras ser padres. Pero Vegetti la tuvo todavía más difícil: debut tardío, años de pelear desde atrás, de buscar su lugar, hasta que encontró en Belgrano el escenario ideal para explotar. Ese escenario lo convirtió en ídolo y marcó su carrera.

“Es un auténtico líder. Se comunica y exige a todos al máximo”, cuenta Bruno Lazaroni, entrenador asistente actual en Vasco. Vegetti hoy grita goles, capitanea a uno de los grandes de Brasil y demuestra que, a veces, el fútbol da recompensa a los que trabajan y, sobre todo, saben esperar.

Algunos goleadores marcan su historia desde jóvenes. Y otros, como Pablo Vegetti, la escriben cuando están listos, o cuando simplemente los goles llegan.

Jorge Olguín, un campeón con historia: “Hay que defender a los clubes de barrio”

Por Diego Collado

Ex futbolista, pieza clave en el plantel que se consagró en el Mundial de 1978, repasa su conexión con el fútbol desde chico, sus años en San Lorenzo y la Selección, las enseñanzas que le dejaron Menotti y Zubeldía, su opinión sobre la política, los clubes de barrio y la realidad que vive el país.

A sus 73 años no lo verás ni de short ni corriendo en una cancha. Olguín lleva puestos unos clásicos jeans con un suéter azul eléctrico. La conversación se da en una cafetería con un clima casi primaveral en Ciudad Jardín, donde es vecino desde hace más de 18 años.

-¿Cómo fue tu infancia en Dolores y tu primer vínculo con el fútbol?

-Mirá, yo era muy chiquito, de esa etapa en Dolores no me acuerdo mucho ya que estuvimos muy poco. Mis viejos tomaron la decisión de ir a Mar del Plata en busca de mejores condiciones laborales. Mi padre consiguió trabajo que, casualmente, quedaba a dos cuadras de la cancha de Alvarado. Tengo un par de fotos de pequeño ya con una pelota; la tenía pegada (entre risas). No sé sinceramente cómo arrancó, pero me encantaba el fútbol y siento que nací para eso.

-¿Desde ese momento no te separaste más del deporte?

-El episodio más fuerte que tuve fue no poder caminar durante un año y medio; yo tenía unos 5 años. Me caí jugando a la pelota con mis hermanos, la pasé muy mal, me punzaban el hueso cada 15 días. Por suerte pasó y pude recomponerme. Eso fue por inquieto: me metía en cualquier club de barrio a jugar, de equipo en equipo, nunca cambié mi manía de jugar en cualquier lado.

-¿Cuándo llegó la oportunidad de mostrarte?

-Unos años después fui a ver a mi hermano que jugaba en Alvarado. Resulta que el partido no empezaba porque un jugador no había llegado. Él exclamó: “Pongan a Jorge”, pero le decían que no porque yo era muy chico, tenía 13. Los logré convencer y jugué. Cuando terminó el partido, el técnico de Alvarado me estaba observando, se comunicó con mi familia y les dijo que me esperaban el lunes en el club.

Empecé a entrenar con ellos y, al poco tiempo, me llegó todo de golpe. Se solían armar cuadrangulares entre la selección de Mar del Plata, Rosario Central, San Lorenzo y Quilmes. Hablaron con la gente del club y me querían llevar a probarme. ¡Me decidí por el Ciclón!

-¿Cómo fueron las idas y vueltas para consolidarte en el plantel?

-Viajé y estuve de prueba un año; no sabía eso, pensé que ya era permanente. A los 19 años, tras un tiempo en la reserva, debuté en primera. Mi familia siempre me apoyó.

Cuando sentía que todo iba a la perfección, el presidente me comunica que quería que volviera a Mar del Plata porque no iba a ser tenido en cuenta tras la llegada de Osvaldo Zubeldía. Le dije: “Escúcheme, yo no me voy a ir; que eso me lo diga él en la cara”. Finalmente hicimos una gira por Europa y me probó en todos los puestos: de 3, de 4, de central… ¡me volvió loco! Gracias a su llegada me mantuve en el club.

-¿Tu primer sueldo?

-Lo invertí en una casita en Ituzaingó para poder traer a mi viejo. Estaba tranquilo y feliz con esa decisión, era una satisfacción demostrarle lo que logré.

-¿En medio de tanto fútbol, cómo llegó el amor a tu vida?

-En una gira por el interior conocí a mi señora. Ella estaba por venirse para Buenos Aires, ya que vivía en un pueblo chiquito de Córdoba. Cuando vino la ayudé con los gastos para que se quedara y, desde ese entonces, fue mi gran compañera.

-¿Cómo se dio tu llegada a la Selección Argentina?

-En el 76, el Flaco (Menotti) pasaba por los clubes y dejaba un listado para que los técnicos escribieran cuál de sus jugadores podía estar en la Selección. En el clásico con Huracán lo vi a Zubeldía raro, me gritaba de todo. Al finalizar me dijo que era para que me cuidara, que al día siguiente me iban a llamar para la Selección. ¡Le dije que estaba loco!

Al día siguiente suena el teléfono en casa, atiende mi mujer y me dice que eran de AFA. Ella no entendía nada y yo, en el momento, tampoco. Me avisaron que estaba citado, no lo podía creer. Fui y me pusieron a entrenar como regalo de bienvenida.

-¿Cómo era tu relación con Menotti?

-César era un loco lindo. Si bien discrepamos en algunas cosas, era alguien extraordinario. La cabeza le volaba: él buscaba a toda costa saber cuál era el distintivo de cada uno para mejorarlo y potenciarnos mutuamente. Un día nos dio a elegir entre la Selección o el equipo: “Si ustedes le dan prioridad a su equipo, no serán tenidos en cuenta”, exclamó.

-¿El recuerdo más lindo que te quedó del Mundial?

-Que estábamos seguros de poder luchar hasta el último segundo y que no había problemas entre nosotros. Pensar para adelante, más allá de si te tocaba jugar o no, eso nos ayudó mucho más. Para el Mundial siguiente, toda esa unión se rompió.

-¿Por qué?

-Teníamos la cabeza en otro lado. El Flaco se equivocó. Si vos estás en guerra y tenés a tu familia en el país, ¿te vas a ir a jugar a la pelota? Cuando veíamos el noticiero decían que en Argentina iban a tirar bombas, no se podía jugar con eso en la cabeza. Comentaban que íbamos ganando la guerra… ¿Ganando? Era una cosa de locos.

-¿Creés que no fueron tan valorados después de ganar el Mundial?

-Sí, todos lo sentíamos así. Yo creo que nunca se tomó dimensión de lo que vivimos. Buscamos, a través de eso, darle una alegría a millones de argentinos que no la estaban pasando bien por la situación del país.

-Contame de tu etapa como técnico.

-Arranqué con una escuelita en Ituzaingó en la cual estuve 7 años. Nunca pensé que iba a tener tantos chicos, agarré el envión enseñándoles cómo jugar, cabecear, patear… lo antiguo pero lo más necesario. Luego de esa etapa ya quería probar un plantel profesional. En 1989 tenía que hacer el curso de técnico, pero con Grondona en ese momento no hizo falta.

Un conocido me comentó que buscaban un técnico en Japón. El equipo era un desastre, hacía 5 años que no ganaban un partido, iban últimos y ¡aun así los aplaudían! Llegué solo allá, no me dejaban llevar a nadie; mi ayudante era japonés.

-¿Cómo hacías para comunicarte?

-Había unos chicos del cuerpo técnico que me daban una mano, ¡menos mal!

-¿Cómo terminaron el campeonato?

-Quedamos terceros, ¡se nos escapó en la última fecha!

-¿Qué es lo que más te sorprendía de ellos y su cultura?

-Lo educados que eran. Todo lo que les decías, lo hacían caso sin decir nada. Buscaban siempre la perfección.

-¿Retomaste hoy la escuela de técnicos? ¿Sentís las mismas ganas?

-Lo uso como un pasatiempo. En el club del barrio (AFALP) pusimos algunos carteles adelante, no es algo fijo. Me llevó tiempo conseguir el espacio y todo el papeleo necesario. Hablé con el intendente (Diego Valenzuela) y me dio una mano. Estamos buscando mejorar las instalaciones para una mejor experiencia.

-Si no hubieras sido futbolista, ¿qué hubieras sido?

-No, nada. ¡Menos mal que me salvó ser bueno en la pelota! Tuve negocios pero no se me dieron nunca bien; hay muchas cosas que pasan y uno no se las espera.

-¿Seguís consumiendo fútbol como espectador?

-Sí, ya no sé a quién más mirar, me encanta. Si no me gusta a esta altura, ¡estamos complicados! (dice riéndose).

-¿Un día cotidiano en tu vida?

-Nada del otro mundo, tranquilo como quiero estar. Disfruto con mi señora, mis hijos, mis nietos, los pequeños detalles.

-Pasaste por muchas etapas del país: dictadura, democracia, crisis económicas. ¿Hoy en día cómo estamos?

-Mal, horrible, con todo lo que le está pasando a la gente, insólito. Yo la verdad que nunca vi un presidente como este en cuanto a la forma en que se maneja. Los anteriores serán buenos o malos, pero no de una manera como esta. Dice que no hay plata y anda viajando a cualquier lado, arma y desarma las cosas como si no afectara a todos los argentinos. Lo que no entiendo es a los diputados, pero viendo lo que cobran… se ve la razón de sus votos. Es una pena, la verdad, porque hay mucha gente que se ha quedado sin nada. A los jubilados los están matando, yo no entiendo.

-¿Cuál es tu ideología política?

-Siempre fui peronista, lo heredé de mi viejo, pero actualmente no veo a nadie con ningún parecido. Este gobierno no va a tener oposición.

-Relacionando el deporte y la política, ¿SAD o clubes de barrio?

-Hay algo que me fascina y son los clubes de barrio. Hay que dejarlos y tratar de hacerlos lo mejor posible. Hay que ayudar, manifestar y defender eso del que alguna vez todos fuimos parte.

El legado del Campeón del Mundo refleja el esfuerzo, la humildad y la perseverancia para llegar a lo más alto.

La leyenda de José Luis Páez: “El mejor de la historia”

Por Matias Cuesta

En los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, el gobierno de España impuso como exhibición el hockey sobre patines, deporte madre en el país con, hasta el momento, 18 Mundiales. El 7 de agosto de 1992, Argentina enfrentó por la medalla dorada a la anfitriona, que llegaba como favorita. Pero no pensaron que José Luis “El Negro” Páez haría un partido espléndido, echándose, no solo al equipo, sino también a un país entero en su espalda. En el tiempo regular convirtió tres goles e hizo una asistencia en lo que era la victoria argentina por 5 a 2. Parecía campeón, pero España convirtió tres goles en un minuto y provocó el alargue. En el tiempo suplementario, Páez convirtió un gol más que concretó la victoria de Argentina 8-6 sobre España en la única final olímpica por una medalla de oro en la historia del hockey sobre patines. Por eso el Negro Páez es una referencia para el deporte a nivel mundial, pero en lo nacional es un ídolo para todos los que alguna vez soñaron con practicarlo de modo profesional.

“El mejor jugador de la historia”. Título que lleva a una discusión. No es el único considerado como el mejor de la historia. Uno de ellos, el portugués Antonio Livramento, inició su carrera de hockista a los 15 años en el Benfica. Tres años más tarde ya formaba parte de la selección de su país. Fue tal su juego que cuando falleció, en 1999, lo compararon con Pelé: “Murió el Pelé del hockey sobre patines”, tituló France Express, agencia de noticias. Esa publicación motivó el siguiente comentario: “¿No sería antes Pelé el Livramento del fútbol?”. Eso lo resume todo.

 

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Páez es comparado con dos argentinos que son reconocidos a nivel mundial. Francisco Velásquez, apodado Panchito Velázquez, comenzó a los cuatro años en Social San Juan y a los 18 ya se fue rumbo a Italia, previo a su llegada al Barcelona (1997-1998). Pero fue en el Benfica (2000-2003) donde consiguió sus mejores rendimientos. Daniel Martinazzo, surgido de la Unión Estudiantil de San Juan. Era tal su talento, que ya con 13 años integraba la Selección Sub 19 de la provincia. Ganó en siete ocasiones el Campeonato Argentino, pero su gran título fue el Campeonato del Mundo de 1978, el primero para la Selección Argentina en el hockey sobre patines.

Páez fue diferente a todos. Surgió de Concepción, el club más grande y con más historia de San Juan, de donde se fue a los 17 años rumbo a Italia en 1987 a jugar en el Roller Monza. Allí obtuvo tres Ligas, dos Copas Italia y dos Recopas Europeas de Clubes, título que jugaban los campeones de las copas nacionales de Portugal, España e Italia. Luego estuvo en Barcelona, entre 1994 y 2007. Siete Copas de Europa y once OK Ligas son solo la portada de sus logros con la camiseta blaugrana, donde se coronó con 44 títulos y pasó a ser un ídolo de la institución. Pasó a Reus (2007-2012), donde celebró una OK Liga, una Copa Continental y un Mundial de Clubes al Barcelona, su antiguo club. Se retiró en Suiza con la camiseta del Friedlingen en 2013. Además, con la Selección Argentina es dos veces campeón del mundo, 1995 y 1999.

Pero Páez no solo es considerado como jugador, sino también como técnico. Desde 2018 dirige a la Selección Argentina. Ganó el Mundial en 2022, al vencer a Portugal 4-2, y un Panamericano en 2024. Es estricto y exigente, se enfoca más en la atención, en la precisión y en la toma de decisiones de los jugadores. El 16 de junio de 2025, El Negro Páez organizó en Buenos Aires un entrenamiento, en la pista de Vélez, con jugadores porteños convocados por él. Estuvo presente Ramiro Serra, actual jugador de Vélez, que comenta sobre el entrenador: “Es una persona que tiene mucha experiencia, obviamente por los clubes donde jugó. Me quedaría días entrenando con él, para que me corrija todos mis errores”. También analiza la forma en la que Páez afronta los entrenamientos: “Te corrige mínimas cosas que solo ve él, que al final terminan siendo importantes acá en el hockey porteño, que te pueden ayudar a marcar la diferencia. Es un muy buen entrenador”.

A José Luis Páez se lo valora por sus goles, títulos y apariciones importantes. Pero no se veía todo lo que había por detrás, cómo se desarrollaba en los entrenamientos. Lo contó Roberto Roldán, quien compartió como compañero en la Selección Argentina, Barcelona y los primeros años en Concepción, para EnJuegoSJ, un programa de radio de San Juan: “José era el primero en llegar y el último en irse en todos los entrenamientos; íbamos juntos aparte al gimnasio y dejaba su vida por el hockey”. Pero Roldán culminó esa entrevista con una frase que describe a la perfección a José Luis “El Negro” Páez: “En la técnica y como jugador, extraordinario. Pero como compañero, mucho más. Por eso creo que es el mejor jugador de la historia”.

Juan Arrieguez: “Hay que animarse a soñar”

Por Segundo Némoz

Entrevista al atleta que logró la medalla de oro en lanzamiento de bala en los Juegos Panamericanos Junior Asunción 2025, donde en su último intento alcanzó el podio con una marca de 18.39 m. Con su victoria se clasificó a los Juegos Panamericanos Lima 2027.

Juan Arrieguez es un joven atleta de 21 años, oriundo de Chillar, un pueblo de 4000 habitantes en el centro de la provincia de Buenos Aires. Vive en Tandil y estudia educación física. Es un chico muy humilde, trabajador y con muchos sueños para su futuro. Nació el 19 de septiembre de 2004.

-¿Cómo te sentís ahora que ya pasaron unos días de la competencia?

-Muy emocionado, no solo por la competencia que en sí ya fue fuerte, sino también lo que vino después que fue muy shockeante, no me esperaba armar tanto revuelo, fue un torneo fuera de lo normal.

-¿Ya caíste?

-Pasaron varios días, creo que lo voy digiriendo pero aún está todo el revuelo que armé que no fue poco. Me siguen llegando mensajes todavía, así que de a poco lo vamos procesando.

-¿Qué fue lo primero que se cruzó por la cabeza luego de ganar?

-Mi abuela, por eso le dediqué la victoria. No sé por qué pero en ese momento se me vino a la cabeza y por eso fue el llanto.

 

-¿Qué significa para vos tu abuela?

-Fue una guía. Siempre recuerdo que cuando clasifiqué a mi primer torneo, que se suspendió por la pandemia, me enojé mucho y ella me decía que me tranquilice, que ya iba a haber revancha y que todo llega. Lamentablemente, ella no llegó a verme con la camiseta de la selección, pero bueno, sé que estaría muy orgullosa y por eso se lo dediqué.

-Luego de ganar la medalla dijiste que las balas que usás no son tuyas, ¿cómo hacés para entrenar así? ¿Hay días que entrenás sin ellas?

-Tengo una bala de 7 kilos pero no está en condiciones para competir. Las balas, para que sirvan, tienen que cumplir unos requisitos que la mía no los cumple ni de cerca, pero para entrenar las tengo. Después tengo otras que me prestó Germán Lauro (ex atleta especialista en pruebas de lanzamientos) que son más pesadas de 8 y 9 kilos pero son para trabajos específicos. De igual forma no creo que esto sea un gran limitante porque sino, no hubiese llegado a nada, pero es importante tener tu implemento y en condiciones óptimas.

-¿Ya se contactaron con vos para darte herramientas para entrenar?

-Sí, ya se movió mucha gente, varios se han contactado, de momento se está tramitando todo, pero al parecer voy a tener las balas y más cosas, así que estoy súper contento.

-Sabiendo que no es de los más populares en el país, ¿cómo arrancaste en este deporte?

-Arranqué porque en mi pueblo hacíamos de todo para no aburrirnos, he hecho handball, voley, fútbol, softball y un día caí en el atletismo. Vi que me resultaba fácil tirar cosas y me quedé, fue por la facilidad y la posibilidad de viajar a los Bonaerenses en Mar del Plata. Por este motivo creo que muchos han arrancado a hacer deporte.

-¿Hace cuánto entrenás?

-Arranqué en 2017 en el CEF (Centro de Educación Física) de Chillar, después a principios de 2018 me rescató Julio Piñero, mi entrenador, que me vio en los Bonaerenses y me dijo “te venís o te voy a buscar”, y fui. Entonces desde 2018 estoy con él, a la distancia, pero siempre cerca. En 2019 dejé de hacer disco y martillo y me enfoqué en hacer bala y hoy estoy totalmente metido en esto.

-En 2020, ¿cómo viviste la cuarentena?

-La pandemia fue difícil, porque había clasificado a un torneo que suspendieron y en el medio perdí a mi abuela, pero siempre me mantuve entrenando, primero dentro de casa, hasta que se empezó a liberar un poco y me dieron el permiso para entrenar solo en el campo. En fin, de alguna manera pude sortearla, fue dificilísimo pero es lo que había que hacer y lo hice.

-Día a día, ¿entrenás solo?

-Entreno solo porque estoy viviendo en Tandil y mi entrenador no vive ahí, así que lo que hacemos es una videollamada para que vea los ejercicios técnicos y me corrija, el resto lo hago solo o con un amigo pero en general me manejo solo.

-¿Estás en Argentina ahora?

-No, estoy en Braganca Paulista, mañana tengo una competencia de nivel bronce que es un torneo de buen nivel y estoy muy emocionado de que empiece el torneo. Somos 5 atletas de Argentina, pero soy el único lanzador. Ahora estoy con un chico de México, nada que ver con Asunción. Allá fui con mi entrenador, Julio Piñero, tengo la suerte de que él está en la selección como jefe del área de lanzamiento.

-¿Cómo fue tu llegada a Chillar?

-Súper contento la verdad. Fue un momento muy emotivo, me imaginaba que iban a hacer una caravana pero no me esperaba tanto. Hubo muchísima gente, estuvo casi todo el pueblo, hubo torta, vídeos y banderas. Realmente uno no lo hace por este tipo de cosas, pero siempre es lindo el reconocimiento y más de esta forma organizada por el pueblo. Así que muy contento y conmovido por todo.

 

-¿Cómo es una semana en tu vida?

-Un poco repetitiva la verdad. Estoy estudiando educación física. Entro a cursar a las 7.30 y hasta las 13 estoy ahí. Vuelvo a casa en bicicleta, cocino y si tengo tiempo duermo unos 20 o 30 minutos. Después entreno más o menos desde las 15 hasta las 19, de ahí vuelvo, y si tengo que estudiar, estudio, o hago algún trabajo y así voy sobreviviendo la semana.

-¿Cómo son tus entrenamientos?

-Duran más o menos cuatro horas, dos de lanzamientos y gestos técnicos específicos y las otras dos de levantamiento de pesas y todo lo que es enfocado a la fuerza.

-¿Cómo equilibrás tu vida entre el estudio y el entrenamiento que requiere hacer este deporte?

-Ahí entra la gente que te rodea, tus amigos y la familia sobre todo, que son los que hacen que puedas soportar y tener ganas de hacer esto. Realmente cuesta mucho en pretemporada por ejemplo estoy cansadísimo y tengo que levantarme temprano. Pienso, voy a tomar unos mates con unos amigos, me pongo a entrenar o si tengo que estudiar lo mismo, con amigos se va haciendo más fácil. Creo que ahí es cuando me doy cuenta porqué lo hago y lo que me motiva.

-¿Qué te motiva a seguir cada día?

-Por un lado la gente, y por el otro ver hasta dónde puedo llegar o cuál es mi límite. El atleta compite contra uno mismo porque son deportes de marcas pero igual hay algo de misión por supuesto. Creo que lo fundamental y lo que me empuja en todo son las personas que me rodean, mis amigos, mi familia, mi entrenador, en ellos encuentro mi motivación.

-¿Cuál es tu próximo objetivo?

-De momento recién estamos festejando la victoria en los Panamericanos, pero el año que viene tenemos un año movido en cuanto a competencias, algunos internacionales como los del sur o los iberoamericanos y alguno más. Son torneos muy entretenidos, muy lindos y eso es ahora el próximo año.

-¿Y a largo plazo?

-Los Juegos Olímpicos, como cualquier atleta, poder estar allá debe ser una locura y un sueño.

 

 

 

 

 

-¿Y te ves disputándolos?

-Realmente creo que si no creyera que fuera posible no haría todo esto. Es difícil por supuesto, pero hay que soñar. Si me hubieras preguntado hace 3 años, si me veía ganando un Juego Panamericano te hubiera dicho que ni en pedo y hoy estoy acá. Creo que hay que soñar, animarse y trabajar.

-Si tuvieras que dejarle un mensaje a otros chicos que sueñan con el deporte, ¿qué les dirías?

-Que lo intenten, que no se queden con la duda, hay que animarse a soñar porque uno nunca sabe hasta dónde va a llegar o lo que te puede poner la vida al frente. Hay que estar preparado, pero hay que soñar y animarse. Yo creo que el Juan de 15 años que recién arrancaba no se imaginaba todo lo que iba a terminar pasando, pero se animó, lo soñó y trabajó para eso. Así que les diría inténtenlo, anímense a soñar y trabajen para que se cumpla.

Nicolás Diez: una vida ligada al fútbol

Por Matías Villar

El 12 de abril de 1994, en la fecha 3 del torneo Clausura, Argentinos Juniors necesitaba de un jugador habilidoso y ese tipo de futbolista se encontraba en el banco de suplentes. Nicolás Diez, un enganche zurdo, flaco y vistoso, debutó en la primera división del Bicho para enfrentar a Newell ‘s.

Nació el 9 de febrero de 1977 en Buenos Aires. Se formó en el Club Parque, un equipo de futsal de Villa del Parque que, entre 1980 y 1995, tuvo mucha influencia en las inferiores del Bicho. Jugadores como Juan Román Riquelme y Diego Placente se forjaron allí y luego fueron llamados por los dirigentes del Bicho. Nico Diez jugó desde los cinco años en Parque y con Ramón Maddoni como director técnico. A los 13 años, lo llevó al equipo de La Paternal.

A mediados de 1996, Racing se lo llevó por una recomendación de Reinaldo “Mostaza” Merlo, que lo dirigió a Nico en el Sub 17 en el Mundial de Japón en 1993, mientras al mismo tiempo era ayudante de Alfio “Coco” Basile en Racing. En la Academia, tuvo una participación más activa pero las lesiones lo terminaron dejando fuera del equipo.

Llegó el siglo XXI y Nico cambió de rumbo totalmente. Tras su paso por la Academia y seis meses a préstamo en Ferro, se fue al Gueugnon FC en 2001, equipo francés, por dos años, y luego regresó al continente sudamericano, en el que pasó por el fútbol colombiano, venezolano y chileno. Su camino por los diferentes países lo formó y lo educó futbolísticamente. Dejó de ser considerado sólo un jugador habilidoso y se convirtió en capitán de Everton y O’Higgins. Alan Sánchez, compañero en O’Higgins en 2007, confiesa: “Yo llegué al club y no conocía a nadie. Nico era el capitán en ese momento; él, junto a su familia, me ayudaron y me acompañaron de cerca”.

“El mejor momento de mi carrera fue en el Everton y O’Higgins de Chile, porque fui capitán de ambos y me sentía importante”, declaró Diez en una entrevista con Infobae en 2023. Luego de jugar en O’Higgins, llegó a fines de 2008 a Unión de Santa Fe, que en ese momento competía en la segunda división del fútbol argentino. Aquella etapa, marcada por la intensidad del campeonato y la exigencia diaria, le permitió conocer una categoría que años más tarde volvería a convivir como director técnico de Atlanta en 2023.

Nico Diez en Everton (Chile)

El final de su carrera como futbolista fue en noviembre de 2011, cuando jugaba en el Ñublense de Chile. Decidió retirarse a sus 36 años en el país que había visto su mejor versión. Siempre quiso dejar el fútbol en un campo de juego y no sentado en el banco de suplentes. En 2012, realizó el curso de entrenador y fue asistente en diferentes clubes y selecciones.

Su primera experiencia como ayudante fue cuando llegó en 2014 a la Selección de Chile para acompañar a Jorge Sampaoli y Sebastián Beccacece. Ellos lo habían tenido en O’Higgins y la relación había sido genial. Regresó al país que lo había convertido en un líder de equipo pero ahora desde otro rol. Ganó la Copa América en 2015 en Chile venciendo a Argentina en la final. Tras esa experiencia, Sampaoli y Beccacece se terminaron separando y Nico acompañó a Beccacece en Defensa y Justicia, Independiente y Racing.

Uno de los momentos que más lo marcó fue acompañar a la Selección Argentina en el Mundial de Rusia de 2018, junto a Sampaoli y Beccacece, que se habían reunido otra vez para dirigir a Argentina. Ser ayudante técnico de una selección que tenía a Lionel Messi, Ángel Di María y Sergio Agüero lo marcó. Otro momento en el que aprendió mucho fue en 2024, cuando asistió a Sebastián Domínguez en Tigre, ya que terminó siendo su última experiencia como ayudante. Lorenzo Scipioni, uno de sus jugadores en Tigre, dice: “Todo ese cuerpo técnico fue muy importante para mí y para el equipo. Debuté en Primera con ellos en el banco y me apoyaron en todo momento”. Esto que dice Scipioni refleja uno de sus sellos distintivos de como DT de Argentinos Juniors en 2025: promover a los jóvenes de la institución.

En 2023, se calzó el buzo de entrenador por primera vez. Dirigió en Atlanta un total de 14 partidos y terminó con dos victorias, cuatro empates y ocho derrotas. Dos años más tarde, llegó su turno en Primera para dirigir en el club que había debutado como jugador: Argentinos Juniors. El Bicho de la Paternal siempre se destacó por utilizar muchos jugadores de las inferiores y Diez mantuvo el legado. También demostró que jugar al fútbol toda la vida le sirvió para ser director técnico y terminó logrando que su equipo sea respetado por todos sus rivales.

Atentado al olimpismo: el infierno israelí en Múnich cumple 53 años

Por Iván Lezcano

El 5 de septiembre de 1972 será recordado para siempre como uno de los días más oscuros en la inmensa historia de los Juegos Olímpicos. Ese día, aprovechando un endeble operativo de seguridad (producto de un intento de lavado de imagen del gobierno alemán posnazismo), un grupo de terroristas palestinos pertenecientes a la organización Septiembre Negro aprehendió y asesinó a once atletas israelíes en plena Villa Olímpica.

Los JJ.OO. de Múnich representaban la oportunidad perfecta para la joven República Federal de Alemania de mostrarle al mundo que el régimen encabezado por Adolf Hitler había llegado a su fin. Bautizados como “Los Juegos Felices”, la organización de los mismos se basó por completo en la transmisión de este mensaje. “La arquitectura debía simbolizar ese ánimo de optimismo y amabilidad, marcando así el contraste respecto a la imagen del Estadio Olímpico de Berlín en los Juegos de 1936”, asegura la historiadora germana Eva María Gajek. Añade también que el concepto visual general, desde el diseño colorido hasta la inclusión de la primera mascota oficial —el perro salchicha Waldi—, estaba alineado detrás del mismo objetivo.

El gobierno alemán, sin embargo, era consciente de los riesgos potenciales que suponía un evento de esta magnitud. Por eso, con la intención de prevenir mayores desastres, contrató al psicólogo forense Georg Sieber para evaluar posibles amenazas en la Villa y entregar un escrito con los peores escenarios. El doctor, luego de un minucioso análisis, desarrolló una lista de 26 situaciones de hostilidad junto con sus respectivas acciones de prevención. Paradójicamente, la amenaza n.º 21 hacía referencia a un posible ataque terrorista por parte de Palestina hacia la delegación de Israel.

Sieber, un paso adelante, había recomendado hospedar a los deportistas según su disciplina y no por su nacionalidad, como se acostumbraba a hacer. No solo que esto no sucedió, sino que, además, los Juegos de Múnich contaron con uno de los operativos de seguridad menos estrictos que se recuerden dentro del olimpismo moderno. La nueva cara que Alemania quería demostrar ante el mundo la llevó a contar con no más de 2.000 efectivos de la policía federal, los cuales fueron capacitados para “ser corteses”.

En la madrugada del 5 de septiembre, ocho palestinos vestidos con ropa deportiva saltaron la reja perimetral de dos metros de altura e ingresaron a la Villa Olímpica. Según declaraciones de algunos atletas que participaron en el evento, esto era algo normal entre los deportistas que salían sin permiso durante la noche, por lo que pasaron desapercibidos.

Septiembre Negro era una organización militar que se formó con el objetivo de realizar operaciones de represalia y ataques internacionales en nombre de Fatah, el poder palestino, luego de que este perdiera la guerra para la liberación ante Jordania en 1971. Este grupo estaba formado por la facción más radical de las fuerzas lideradas por Yasser Arafat, presidente del Estado en aquel momento. Estos, responsables de asesinar al primer ministro jordano, Wasfi Tal, unos meses antes en Egipto (ya veremos por qué es relevante esto), fueron los que ingresaron a la Villa aquella madrugada, poco después de las 4.

Los terroristas se dirigieron al edificio reservado para la delegación israelí, donde se cruzaron con quien sería su primera víctima: el entrenador del equipo de lucha, Moshe Weinberg. El hombre se abalanzó sobre los atacantes, permitiendo que otros compañeros pudieran escapar. Antes de ser asesinado, Weinberg fue usado como señuelo para acceder a otros departamentos. Los guió al de los pesistas y luchadores, quizás con la esperanza de que estos pudieran neutralizar a los atacantes. Para su desgracia, todos fueron sorprendidos durmiendo y aquello concluyó prácticamente como una sentencia de muerte, ya que gran parte de las víctimas resultaron ser parte de estos equipos. Este es el caso puntual de Yossef Romano, especialista en halterofilia, quien se convirtió en el segundo ejecutado tras un forcejeo con uno de los armados. De este modo, eran nueve los rehenes restantes.

Fue poco después de las 6 cuando se empezaron a conocer las demandas de los palestinos: exigían la liberación de 234 compatriotas presos en las cárceles de Israel, además de la de los alemanes Andreas Baader y Ulrike Meinhof. Estos últimos, fundadores de la Fracción del Ejército Rojo, banda guerrillera alemana, fueron los únicos puestos en libertad por el gobierno local. Por el lado del poder israelí, y específicamente de la primera ministra, Golda Meir, la postura era clara: “No negociamos con terroristas”.

Durante las primeras horas del atentado, la información no era clara. Así lo comenta Charlotte Knobloch, integrante de la comunidad judía de Múnich y madre de una de las chicas que se encontraba en la Villa Olímpica como azafata: “En las noticias no se entendía qué estaba pasando, por lo que el miedo era aún más grande”.

Con el correr de las horas, los medios de comunicación inundaron las inmediaciones del edificio. Muchos de ellos eran deportivos, dado que ya se encontraban allí realizando la cobertura de los Juegos. Las cámaras de televisión tuvieron un papel tan insólito como determinante en uno de los planes de rescate elaborados por la policía, ya que le brindaron información a los terroristas acerca de la ubicación de los francotiradores posicionados por las fuerzas alemanas. Los observaron a través de una TV ubicada en la habitación de los rehenes porque jamás se les había deshabilitado la electricidad ni la comunicación, en lo que fue otra muestra de la escasa preparación de los efectivos para situaciones como esta.

Aproximadamente 14 horas después de haber ingresado a la Villa, los palestinos exigieron un avión para poder huir de Alemania junto con los rehenes. Su destino era El Cairo, Egipto, donde decían sentirse seguros. Así fue como, tras atravesar Múnich en dos helicópteros, arribaron a la Base Aérea de Fürstenfeldbruck, donde los esperaba un Boeing 727. Lo cierto es que se trataba de una emboscada final por parte de la policía alemana, que había orquestado un operativo que incluía francotiradores y algunos efectivos camuflados como tripulación del avión, aunque estos últimos abandonaron la misión poco tiempo antes de la llegada de los helicópteros. Los motivos, a día de hoy, siguen sin ser claros.

Encontrar la aeronave vacía ya había alertado a los palestinos de que algo raro estaba pasando, pero el fracaso definitivo de la estrategia se dio cuando uno de los tiradores falló su disparo y, lo que pretendía ser un impacto mortal para el líder terrorista Luttif Afif (conocido como “Issa”), resultó en una simple herida a otro de los atacantes. En ese momento, se desató un fuego cruzado que duró casi tres horas.

A la medianoche, el portavoz del gobierno Conrad Ahlers llegó a comunicar que todos los palestinos habían muerto y que los rehenes habían sido rescatados. Esto, por supuesto, fue desmentido rápidamente.

Cinco terroristas, los nueve israelíes y un policía perdieron la vida en aquel tiroteo. Algunos de los atletas fueron asesinados por los palestinos a punta de fusil y otros fallecieron debido a la explosión de uno de los helicópteros que, dependiendo de la versión que se escuche, pudo ser responsabilidad de uno u otro bando. Los tres secuestradores restantes fueron detenidos, aunque tiempo después se los liberó en medio de un intercambio.

La información la dio por primera vez Jim McKay, locutor deportivo de la ABC, con una frase que quedó grabada en la historia: “They’re all gone” (todos se han ido).

En la mañana del 6 de septiembre se realizó una misa en honor a los caídos, cuando la competencia llevaba menos de 24 horas detenida. Durante su discurso, Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), anunció en una controversial decisión que los Juegos debían continuar. Curiosamente, no era la primera vez que Brundage se encontraba inmerso en polémicas que involucraban a la comunidad judía, ya que para los JJ.OO. de Berlín —siendo jefe de misión estadounidense— bajó de la posta de 4 x 100 metros al atleta judío Marty Glickman, con el argumento de que “ya habían fastidiado bastante a Hitler con el suceso de un negro (Jesse Owens)”. Un acto de antisemitismo sin atenuantes.

Si bien los datos oficiales marcan la 1.30 del 6 de septiembre de 1972 como el momento en que finalizó la masacre de Múnich, las represalias de la misma continuaron durante años. El gobierno de Israel tomó cartas en el asunto y, bajo las misiones “Primavera de Juventud” y “Cólera de Dios”, se dedicó a perseguir y ejecutar a cada uno de los responsables de aquellas fatídicas 21 horas en el Estado de Baviera.

Brown: cine, pasión e identidad

Por Santiago Peñoñori Gaona

“¿Por qué somos hinchas de un equipo de fútbol?”, es la pregunta que hace el tráiler y que atraviesa la película Todos quieren venir a Brown. Dirigida por el actor, documentalista, analista de sistemas, socio e hincha del Tricolor Juan Lucas Da Rocha y estrenada el 25 de agosto de este año en el Cine Gaumont, narra la vida del Club Atlético Brown de Adrogué una vez que el hinchismo se atenúa, las cámaras de televisión dejan de filmar y quedan cara a cara el club y su más grande capital: su gente.

“En un tranquilo club de Adrogué, en la zona sur del conurbano bonaerense, los chicos del barrio pasan sus tardes entre amigos y deportes. Hasta que el repentino interés del periodismo y el ambiente del fútbol agitan los cimientos del mundo de Brown. ¿Qué hay detrás de este equipo que, con un cuerpo técnico lleno de ex jugadores, y comandado por el gran Pablo Vicó desde su casa dentro del estadio, llegó desde las divisiones menores para hacerse un lugar en las primeras planas de los diarios a fuerza de fútbol y mística?”, es la sinopsis de la película que dura 104 minutos. El eje del relato se centra en Pablo Vicó, figura histórica del club y entrenador récord del fútbol argentino, un personaje que encarna -si eso es posible- la esencia de Bron.

“Fue un proceso largo, con interrupciones y dificultades económicas, pero desde el principio nos propusimos acercarnos lentamente a los protagonistas. Queríamos generar confianza para que la cámara pasara desapercibida y así registrar la intimidad del club”, explicó el director, quien recordó los ocho años que separaron el inicio de la grabación en 2018 y el material presentado en el cine este año. Además, Da Rocha lamentó que se haya dilatado el estreno, ya que en noviembre de 2024 Brown descendió a la Primera B Metropolitana tras perder el desempate por la permanencia contra Atlético Rafaela.

El filme surgió del deseo de Juan Lucas de representar lo que para él fue y sigue siendo su club: un sostén en el que construye lazos, un espacio de protección, un lugar donde practica deportes y donde puede destinar su valioso tiempo de ocio, del que nadie debería estar privado. ¿De qué somos hinchas cuando decimos que somos de un equipo? ¿Del barrio? ¿Del fútbol? ¿De la gente? Esas preguntas se plantea el director para realizar Todos quieren venir a Brown, un largometraje que interpela, en igual medida, a futboleros y no futboleros.

 

¿Por qué Pablo Vicó?

Porque no podemos hablar de Brown sin mencionarlo y viceversa. En marzo del 2009, Vicó reemplazó a Juan Carlos Kopriva a 12 fechas del final del torneo y procuró abrazarse a su nuevo rol. A partir de allí, comenzó una historia que dio como resultado un récord histórico: ser el DT de mayor duración en el cargo en la historia del fútbol argentino. El “Ferguson del Conurbano”, apodo que le pusieron por las similitudes con el técnico inglés que permaneció en Manchester United durante 27 temporadas consecutivas, dirigió 569 partidos en un ciclo ininterrumpido de 15 años.

Anteriormente, Vicó había sido jugador de Brown, San Miguel y Temperley, al mismo tiempo que se las rebuscaba para llenar la olla: trabajó en un aserradero, en una cigarrería y vendió ropa de segunda mano. Sus inicios como técnico fueron en el baby fútbol, donde los ojeadores se matan por seducir a padres de futuros cracks; siguió en menores e inferiores, ya en Brown; e hizo un par de interinatos hasta que tuvo su chance definitiva. Logró dos ascensos a la B Nacional, venció en dos oportunidades a Independiente de Avellaneda (una vez por torneo y otra por Copa Argentina), jugó instancias finales de reducidos para ascender a Primera y, lo más importante, ayudó a que los futboleros y las futboleras promedio conozcan a su amado equipo.

Angel Desimone, Pablo Vicó y Pedro Coronel. (Temperley vs Deportivo Armenio, abril de 1979)

 

La pérdida de su hijo en un accidente de tránsito en 2015 le cambió la vida para siempre. Sencillo, bonachón y meticuloso, no se detiene en banalidades porque, como dice la canción de la Bersuit Vergarabat, el tiempo no para. Su huella en Bron es tan grande que tiene una tribuna, un buffet y una plaza con su nombre. Hoy, a los 69 años y sin trabajo como DT, dice que necesita tener la adrenalina de volver a dirigir; y, fiel a su estilo, agrega: “A lo mejor me consideran un viejo arruinado, con falta de memoria, pero estoy entero y consciente”.