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El día en el que Jonás Gutiérrez filmó a Dios

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Por Gabriel Milian Scuri

En Sudáfrica hay ambiente de fútbol. Es época de Mundial. Es 2010. En algún cuarto, de algún hotel, de alguna ciudad del territorio que aloja la cita, está el seleccionado argentino. Está Dios, que danza mientras sus discípulos miran atónitos. 

En la habitación de Martín Demichelis, el defensor y Jonás Gutiérrez filman el acontecimiento con un aparato tan pequeño que en un puñado de años será tratado de un objeto antiguo. Hay una competencia. Cierto juego del cual saben los allí presentes que se terminará en cuanto la pelota le llegue a él. A Messi.

La tensión está en que no se caiga la pelota, la Jabulani. Ese pedazo de caucho del cual todos creían que solo Diego Forlán podía domar. Aquel esférico que Maradona, indignado y odiado, defenestró y aseguró: “No dobla, viejo”.

Hay que hacer jueguitos. Ese acto de recreación y divertimento que se torna, en muchos casos, en la primera adición de un niño en la calle de su barrio. El primer amor de un pibe argentino. 

Maxi Rodríguez intenta levantarla. Ella se pone un poco rebelde. Va de aquí para allá: inestable. Los compañeros se ríen, la bocha se cae. La Fiera, ya vencido, se la da a Leo. Él no está reposado sobre la cama hotelera. Se reclina tímidamente en una silla naranja. Y con sus pies vestidos de blancas medias, comienza a acariciar aquel diablo indomable. Ese que parecía no tener control ante jugadores de una calidad indiscutible.

De fondo acompaña una música nacional. Bien de peña folclórica. Esas en las que se arma una larga mesa y un banquete extraordinario. La guitarra acompaña las pinceladas del diez, que mientras reconoce su poderío, acomoda su largo pelo hacia los costados y larga carcajadas. Todo sin que la Jabulani se caiga. Hay que proteger el chiche. 

Sus compinches se rinden. Ya lo habían hecho antes de que el rosarino comenzara con su labor. Vieron al Mesías llegar siendo uno más del montón y, ahora, lo tienen enfrente. Saben comprenderlo. No largan nada más que suspiros de admiración. Regocijo ante semejante arte.

Leo ya la goza. El del Barcelona la revolea y cuando cae la duerme. Como si la pelota no tuviera vida. Está completamente anestesiada ante ese empeine dorado, que la aprieta y la hamaca de un lado a otro. La lleva a su frente, parece que cede pero no. Le pertenece a Messi.

Puede estar todo el día dándole toquecitos que parecen besos y abrazos. Cariñitos futboleros. Un minuto y cuarenta y nueve segundos le bastaron para pintar su obra indescriptible al idioma, solo apta para los ojos. Y ni siquiera.

Y llegó la despedida, pero quedará el amor

Por Celeste Benítez

Lionel Messi nunca dudó, siempre tuvo en claro que quería jugar con Argentina y lo consiguió.

A través de una carta escrita a puño y letra, el Diez se despidió de aquella camiseta celeste y blanca que representó con orgullo y devoción durante veinte años. Fue en el mediodía del último día de agosto, un mes que suele ser eterno y que de ahora en adelante será recordado como el día en el que Messi anunció su retiro del seleccionado argentino.

“Fue una decisión que dolió у duele en el alma pero entiendo que es el momento”, expresó el rosarino en aquel escrito. La reciente pérdida de su padre, Jorge Messi, fue lo que lo terminó de convencer de poner el punto cúlmine. Aunque en realidad el final del camino empezó hace casi un mes, dos días después de la final de la Copa del Mundo, cuando el capitán, con una lapicera dorada de trazo negro, depositó su despedida con palabras sentidas, en tres papeles rayados, que antes fueron parte de un cuaderno de notas. 

Fiel a su estilo, eligió una forma sencilla y cálida de finalizar toda una vida con la camiseta celeste y blanca. Una que comenzó con aquel joven rosarino de dieciocho años, con mirada seria y pelo largo que debutó con la selección mayor el 27 de agosto de 2005 en el segundo tiempo de un partido amistoso ante Hungría. Al igual que su ídolo, Diego Armando Maradona. Aunque con la diferencia de que fue un debut con sabor amargo, que solo duró unos pocos segundos, ya que fue expulsado por un forcejeo mutuo. Aún así, eso no lo frenó y tan solo fue el inicio de una historia llena de triunfos, derrotas, amor y pasión. “Quiero terminar mi carrera y haber ganado algo con la selección argentina y si no haberlo intentado todas las veces posibles”, afirmó en una entrevista previo a la Copa América 2019.

Para él siempre fue su gran objetivo y anhelo. Nunca se dio por vencido, ni en el momento en el que las cosas no se le daban, como cuando el equipo perdió tres finales consecutivas y en un contexto de tristeza y desolación comentó que la selección se había terminado para él. Ante tal declaración sus seguidores fueron al Obelisco, ese punto neurálgico de protestas y festejos, para pedir por la vuelta de su querido Diez. Para la alegría de los argentinos, esa inesperada retirada fue pasajera y el capitán volvió usar la número diez el 1 de septiembre de la mano del gol. Desde ahí en adelante comenzó a obtener los logros que tanto había esperado, como las Copas América de 2019 y 2024 y el tan ansiado triunfo en el Mundial de Qatar 2022. La imagen de él junto al trofeo más importante del fútbol quedará inmortalizada para toda la eternidad.

“Tropezar, volver a levantarse, intentarlo otra vez y luchar por sus sueños. Porque eso es la vida”, expresó Messi con una voz en off en su video de despedida. Una recopilación de los instantes más destacables del rosarino con Argentina, que reflejó las alegrías y tristezas que atravesó en cada partido. “Queda poco y se van cerrando etapas y esta es una que me duele mucho. Amo, amé y amaré siempre estar en la Selección”, aseguró en las últimas líneas de la carta de papel.

El frío que une al mundo: una jornada de aguas heladas frente al Perito Moreno

Por Lisandro Torres Pagani

El despertador sonó antes de que amaneciera. A las 7.30 de la mañana, un grupo de micros partió desde El Calafate rumbo al Parque Nacional Los Glaciares. El destino estaba a unos kilómetros de distancia, pero el paisaje hacía sentir que el destino del viaje era mucho más lejos: escarcha sobre la ruta, montañas cubiertas de nieve y, al final del camino, el imponente Glaciar Perito Moreno custodiando las aguas del Lago Argentino.

Allí, donde el termómetro marcaba cinco grados bajo cero en el agua durante las primeras horas del día y apenas alcanzó los 2,5 °C cuando comenzaron las competencias, se disputó una nueva fecha de la Winter Swimming World Cup. Casi 300 nadadores de Argentina, Chile, Perú, Rusia, España, Brasil, Colombia, República Checa, Alemania, Bélgica, Suiza, México, Venezuela, Uruguay, Ecuador y Reino Unido llegaron hasta la Patagonia para desafiar uno de los escenarios más extremos del circuito internacional de aguas frías.

Antes del inicio, enormes trajes térmicos rojos caminaban de un lado al otro del predio, eran los salvavidas que estaban por cualquier emergencia que sucediera en el agua. Entre puestos de masajes, médicos, voluntarios, zonas calefaccionadas, bebidas calientes, espacios para guardar pertenencias y áreas de recuperación, los competidores intentaban conservar el calor corporal hasta el último instante.

La llegada del gobernador de Santa Cruz, Claudio Vidal, alteró por unos minutos la tranquilidad del lugar. Junto a Matías Ola, ex nadador que organizó el evento, y Daniel Scioli, actual Secretario de Turismo, Ambiente y Deportes, encabezó la apertura oficial de un evento que pretende consolidar a El Calafate como escenario mundial del deporte y posicionar a la Argentina dentro del mapa internacional de la natación en aguas heladas.

Ni siquiera algunos inconvenientes con el audio de los micrófonos lograron romper la expectativa. Cuando comenzó la ceremonia, una cantante de ópera interpretó el Himno Nacional Argentino. Después llegaron las presentaciones. Durante unos segundos, el silencio fue absoluto. De pronto, la calma desapareció. Los gritos invadieron el lugar y una explosión de energía acompañó el inicio de las pruebas. Los nadadores respiraban profundo al entrar a la pileta, se escuchaban sus fuertes suspiros antes de la largada.

En el agua no había margen para el error. Los cubos flotantes que sostenían la pileta se movían constantemente con el oleaje del lago, mientras los competidores avanzaban impulsándose únicamente con los pies al llegar a cada extremo, sin realizar el giro tradicional de una piscina convencional. En su afán por ganar, algunos incluso terminaban golpeándose contra los límites de la estructura.

El ruso Sapozhnikov Vladislav fue uno de los protagonistas de la jornada al marcar el récord mundial en los 200 metros pecho con 2 minutos y 35 segundos. Sin embargo, los tiempos pasaban a un segundo plano frente a las historias que ofrecía cada carrera.

Uno de los nadadores, reconocido por su simpatía durante toda la jornada, sufrió un fuerte dolor de estómago en plena competencia. Se detuvo unos segundos al quedar desorientado, recuperó la referencia del recorrido y continuó hasta cruzar la meta. Minutos después, todavía sonriendo, explicaba que durante la carrera la adrenalina hace olvidar el frío.

Luego, una nadadora chilena llamada Emilia explicó su experiencia previa antes de meterse al agua helada: “Va a ser mi primera vez nadando en aguas gélidas, ni siquiera probé el baño de hielo, simplemente he preparado la mente. Todo según yo es mental, claramente me se los estilos de natación y con esa base todo se va a encaminar. Se siente imponente estar presente en un evento tan grande como este, pero a la vez, va a ser una aventura y experiencia nueva para toda la vida. Es maravilloso”.

Cada llegada despertaba una reacción distinta. Había gritos, abrazos y lágrimas. Nadadores envueltos en sus enormes camperas intentaban recuperar la temperatura corporal mientras confesaban la emoción que les generaba representar a su país en un escenario tan emblemático. Otras apenas podían mantenerse de pie por el esfuerzo realizado. Exhaustos, caminaban lentamente hacia la zona de recuperación.

Desde la costa del Lago Argentino, familiares alentaban sin quitar la vista del agua. Entre cada prueba, los turistas continuaban navegando frente al glaciar, mezclando el espectáculo deportivo con uno de los paisajes más impactantes de la Argentina. La competencia convivió con el turismo en un evento que solo fue posible gracias a las autorizaciones del Parque Nacional y al cumplimiento de estrictos parámetros ambientales.

La organización busca que la ciudad forme parte de manera permanente del circuito internacional de aguas frías, similar al de los tradicionales campeonatos de los países nórdicos. También pretende impulsar el turismo, ya van varias temporadas que se viene registrando una baja en la cantidad de visitantes y quieren lograr que quienes llegaron por la competencia regresen para conocer nuevamente El Calafate.

Mientras tanto, el público parecía tener otro objetivo inmediato: conseguir un vaso de chocolate caliente. Las filas crecían alrededor de los puestos de bebidas apenas terminaba cada prueba, buscando recuperar algo del calor que el frío patagónico se llevaba.

Con más de 700 personas entre familiares, trabajadores y organización, la Winter Swimming World Cup se convirtió por un día en un punto de encuentro para deportistas de todo el mundo. Cuando cayó la tarde, los festejos comenzaron a apagarse. Algunos revisaban sus tiempos con una sonrisa; otros analizaban, decepcionados, los segundos que los habían separado de un mejor resultado.

Poco a poco, cada uno volvió a subir a la combi en la que había llegado esa mañana. El camino de regreso fue el mismo, aunque ya no parecía igual. Atrás quedaban el agua helada, los gritos de la largada y el Perito Moreno como testigo de una jornada en la que el frío dejó de ser un obstáculo para convertirse en el gran protagonista.

Otros vendrán, pero nadie será como él, así que disfruten mientras puedan

Por Tiziano Moreira

“Poder decir adiós es crecer”, cantaba Gustavo Cerati en su canción “Adiós” del 2006. El mismo año en que Lionel Messi debutó en su primer mundial, Alemania 2006. Todos los futboleros se preguntaron cuando Maradona anunció su retiro: “¿Quién vendrá después de este monstruo?”, con esa mezcla de nostalgia y rechazo a que otro heredero ocupara su trono. Llegó, y por si fuera poco, ganó todo. 

Cuando Diego Armando Maradona se retiró del fútbol profesional, Messi tenía 10 años, el número característico de su camiseta; y cuando fue el partido despedida, “La Pulga” tenía 14. En aquel entonces, Leo transitaba por La Masía de Barcelona sin saber en absoluto que iba a ser el nuevo rey, pero ya se hablaba de él.

Hoy, la historia vuelve a nadar en el mismo río de tiempo. El mundo del fútbol tembló, ya que nuestro ídolo, ese celestial de hierro, nos ha advertido que está cerca de romperse. Parecía vencer el paso de las eras. Todos se aferran a las posibles últimas funciones de Messi en Estados Unidos y se preguntan, otra vez con el mismo miedo y nostalgia de hace 30 años, qué habrá después de Messi, o si vendrá otro que nos represente igual. La respuesta matemática, lógica y poética es que sí. De lo que estamos seguros es que nadie lo va a poder igualar en su juego, gambetas y goles imposibles que él solo sabe hacer.

Somos expertos en la materia de no valorar lo que tenemos hasta que lo perdemos. Nuestro cerebro inconsciente funciona así. Si nos vamos no muy lejos en el tiempo, Lionel Andrés era insultado, cuestionado y criticado por no ganar títulos con la Albiceleste, aunque sí en el Barcelona. 

Canales que le dedicaban horas y horas de aire a capturar cada píxel de movimiento que hacía en la cancha para reprocharle cualquier tipo de cosa, como por ejemplo no cantar el himno. Qué injustos fuimos, Lionel. En la madrugada del 27 de junio de 2016, al perder la segunda final consecutiva de Copa América ante Chile por penales, dijiste: “Ya está, se terminó para mí la Selección. Lo busqué, era lo que más deseaba, pero al final no se dio y creo que ya está”. Te habías rendido, las exigencias de la ambición argentina te habían vencido.

 

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La gente se dio cuenta. Juntamos fuerzas y había una intuición de que ibas a volver. Logramos tu vuelta. No solo porque aprendimos a ver lo que habíamos perdido, sino porque nos querías enseñar que para conseguir algo en la vida, hay que luchar de manera incansable por ello, a pesar de los golpes que la vida misma nos dé.  

En algún rincón del planeta, quizás en un club de barrio, en una canchita de tierra o en las inferiores de algún equipo grande, hoy camina un chico. Un niño que emula las gambetas del rosarino frente a un celular, sin dimensionar que el destino ya le está tejiendo la capa a un nuevo monarca. Todavía no sabe el peso colosal que carga esa tela con el número diez en la espalda; una camiseta que en estos rincones de la tierra no es sólo ropa, sino un manto sagrado forjado con la zurda de Diego y consagrado por la eternidad de Leo. 

No conocemos su nombre, ni qué camiseta usará, pero hay una certeza: el próximo elegido ya respira y sueña fútbol, y tarde o temprano, nos obligará a volver a enamorarnos. Esperemos que nuevamente sea argentino. Ejemplos en nuestro deporte sobran. No será igual a Leo, como Leo no fue igual a Diego. La esperanza no radica en buscar un clon de Messi, sino en entender el legado que dejó sembrado. Toda una nueva generación de futbolistas creció viendo lo imposible volverse rutina. El siguiente monstruo nacerá de la inspiración de haber visto a Leo levantar la Copa del Mundo, entre tantos otros trofeos. 

Por tal motivo, la 10 jamás debe retirarse. Guardarla en una vitrina sería un decreto de muerte para el futuro, rendirse ante el pasado. Dejarla libre y vacante es una invitación abierta a que cualquier pibe de potrero se atreva a soñar con lo imposible que alguna vez soñaron Diego o Lionel. El fútbol es una reinvención constante y se niega a morir en la melancolía traicionera.   

Decir adiós es crecer, y para el fútbol, crecer significa aceptar que la corona cambia de manos. El error es creer que la magia se agota con el mago. Cuando Messi decida colgar los botines, el vacío será enorme, pero la física del fútbol es milagrosa: nunca deja un trono vacío por mucho tiempo. La redonda siempre encuentra a su dueño. 

El mañana está asegurado. Otros vendrán, es verdad, pero nadie será como él. Abran los ojos y disfruten mientras puedan al ángel eléctrico. 

“Recuerda mi nombre, Leo Messi”

Por Juana Enrico

“Recuerda mi nombre, Leo Messi”, dijo con la cabeza en alto y una sonrisa que hoy, veintiún años después, podemos entender de otra manera. Como si ya hubiera leído el libro de su historia, como si conociera el guión de su destino, hasta se podría creer que pasó los siguientes años de su vida intentando hacerle justicia a aquella frase de una publicidad de Nike.

Lo cierto es que sí: todos recuerdan y recordarán para siempre su nombre. Recordarán algún gol inexplicable, de esos que hacen pensar que el fútbol fue creado solamente para que él pudiera exhibir su magia. Recordarán al hombre que levantó la Copa del Mundo mientras el cielo se abría sobre Qatar para entregarle la gloria máxima. Recordarán sus carreras, sus gambetas, sus silencios, sus festejos y también sus lágrimas. En fin, la lista de recuerdos es infinita.

Hoy Lionel Messi le dice adiós a la selección argentina. Pero su historia con ella no termina ahí. Seguirá habitando entre quienes toman la 9 de Julio cada mañana para ir a trabajar y, casi como parte del paisaje, se encuentran con el mural que Martín Ron pintó a mano. En la camiseta de los más chicos, esos que no conocen una selección sin él. En las canchas de barrio, en las conversaciones, en las historias de los suertudos que fueron testigos de sus primeras páginas. Y en cada vez que alguien vuelva a ponerse la diez en la selección y salga a buscar una pelota como si allí dentro todavía pudiera aparecer algo de él.

Por eso hoy el país entero se paró. Un lunes que parecía igual a los treinta y cuatro que ya dejó el año. Doce del mediodía. Y empezaron a correr las voces. Algunos se enteraron de la noticia por aquel posteo con esas tres páginas escritas a mano alzada, llenas de palabras en tinta negra que nadie quería leer. Otros, por un mensaje de algún amigo o familiar que hizo de vocero. Incluso algunos en clase o en el trabajo, al ver la reacción de sus compañeros, se enteraron con sorpresa. La mayoría todavía no lo puede creer; algunos presumen que lo veían venir, pero ninguno quería ser testigo de la última página.

Por suerte, su nombre quedó grabado, tal como alguna vez pidió: Leo Messi. Y quizás lo extraordinario de una historia como la suya no sea que tenga una última página, sino que todavía queden infinitas maneras de volver a contarla. Porque mientras haya alguien que vuelva a nombrarlo, que vuelva a hablar de aquella jugada imposible o de aquella tarde en la que todo pareció tener sentido, la historia seguirá encontrando nuevas formas de escribirse.

Amores que matan, nunca mueren

Por Gabriel Milian Scuri

Un par de amigos viajan juntos en el subte. El silencio funciona como intermediario entre ellos. No hay charla ni gesto que alivie el dolor de la pérdida que sienten. No ha muerto nadie, pero estos dos pibes saben que la infancia se les escurre por las manos, que se les derrite el tiempo y que eso se los ha enseñado Messi.

Han pasado tres estaciones desde que subieron a ese sucio vagón. La atención de los amigos ha estado en los celulares y en cómo la gente repostea en redes sociales la carta del diez argentino en la que comunica su retiro del seleccionado nacional.

Uno de ellos cuelga de sus hombros su mochila con un desgano propio de un cuerpo sin pulso. Sin palabras, compagina la tristeza que se pinta en el rostro de su compinche con su muerte en vida y se funden en un abrazo efímero.

El chico baja en Facultad de Medicina y piensa en las pinceladas del oriundo de Rosario. Sube las escaleras y las piernas le pesan montones. Los martillazos de la cabeza le significan el despertar. El golpe de madurez, o de realidad, que le muestra que el reloj le corre por la sien.

Camina, mientras observa las miradas perdidas de la gente, y recuerda que sus primeras camisetas de fútbol eran de la Albiceleste con la diez en la espalda. Sintoniza con aquellas tardes después del colegio en las que se sentaba a ver las gambetas de la Pulga en su amado Barcelona. Añora dicha etapa en la que esperaba llegar al club de su barrio para jugar con sus compañeros y gritar: “Yo soy Messi”, sin tener ni una pizca del astro.

El pibe da pasos largos. Quiere llegar a la escuela de periodismo en la que estudia, ya mismo. Mientras tanto, no logra concebir la idea de que la vida sigue. No comprende cómo el mundo no se ha frenado. No está de acuerdo con que el repartidor de la esquina descargue cajas de su camión. Quiere que el mundo se detenga. Que lloren como él lo hace por dentro, donde hay un niño que está muriendo.

Ya no oculta nada. Frunce su ceño e ignora todo al pasar. Responde “mal” a las preguntas de “¿cómo estás?” y desea que el día termine. Abre su celular para hablarle a su madre. Necesita expresar la angustia que le invade el alma.

Se sienta en las mesas del buffet y se pone a comer algo. Anda un tanto observador. Se cruza con alguien de su confianza. Se abrazan. Él había deseado ese gesto mientras se dirigía hacia allá. Le duele Messi. Se siente roto.

Levanta la cabeza de la mesa y ve un cuadro de Lio con la diez argentina. Esa que no volverá a vestir. En ese instante, el estudiante se da cuenta que no lo ha visto en cancha y que la frustración le toca la puerta. Le desgarra aún más la imposibilidad de visualizar en vivo aquellos toques a la pelota tan divinos y esa corrida tan diferente que posee Messi. No exterioriza el llanto. No quiere que lo vean. Pero su ausencia de ruido dice todo.

Vuelve a su mente en búsqueda de consuelo. Se siente afortunado. Se le escapa alguna que otra sonrisa. Ha coincidido con la época Messi. Se ha inspirado y cautivado de él. Y aunque hoy duele un amor, le nace otro. Más humano. Más mortal.

El pibe cierra la tapa de su computadora y se imagina con sus futuros hijos en una charla interminable sobre el formado en Newell ‘s. Diferencia a la vida como: antes y después de Messi. Se emociona, se vuelve aquel crío que miraba al Barça con anhelos de destellos y goles imposibles. Apaga sus ojos y dibuja al Diez en su mente. Su mezcla de emociones lo hace sentir vivo, aunque no de la misma manera. Porque él se ha enamorado del fútbol por Messi y en el pecho se le acomoda un mal de amores que parece infinito y sentirá para siempre.

Fórmula 1: El Gran Premio de Italia

Por Pía López, Luca Ambrosetti, Leonel Díaz Cáceres, Santiago Pompe Godoy y Martina Susman

Monza es un lugar ubicado cerca de la ciudad de Milán, sin embargo, su historia no es para nada menor. En este sitio habita una de las citas más importantes de la Fórmula 1, hogar y dueño de momentos y carreras memorables, donde cada piloto que se sube a un monoplaza busca marcar un hito.

El Gran Premio de Italia de 2023: ganador Max Verstappen.

Monza y la velocidad hecha tiempo

El Gran Premio de Italia es el más esperado por los fanáticos de la Fórmula 1, donde la escudería Ferrari siempre es local. Desde 1950 forma parte de la máxima categoría con pocas excepciones y su historia está marcada por grandes carreras y récords.

El Autódromo Nazionale de Monza fue construido en 1922, en tan solo 110 días. Los trabajos comenzaron en mayo y el circuito fue inaugurado oficialmente el 3 de septiembre de ese mismo año. En aquel momento fue el tercer autódromo en el mundo detrás de Brooklands (Inglaterra) e Indianápolis (Estados Unidos). La primera carrera se disputó una semana después, y el ganador fue Pietro Bordino con un Fiat 804, equipado con un motor de dos litros.

Monza es conocido popularmente como el “Templo de la velocidad”, es una de las pistas más rápidas y antiguas del mundo del automovilismo. Actualmente, el circuito tiene 5793 kilómetros y un total de 53 vueltas.

Sin embargo, está marcado por varios accidentes que sucedieron a lo largo de la historia, uno de ellos fue en el Gran Premio de 1961. El piloto alemán Wolfgang von Trips, de Ferrari chocó con el Lotus de Jim Clark en las primeras vueltas, y provocó que el auto del alemán saliera despedido hacia la zona del público causando la muerte de 11 espectadores y la del piloto.

Una postal histórica del Gran Premio de Italia en el mítico circuito de Monza, uno de los escenarios más emblemáticos del automovilismo mundial.

También hubo otro hecho fatídico en 1928, tan solo seis años después de su inauguración. El piloto Emilio Materassi, de Talbot, perdió el control de su auto mientras intentaba pasar a un Bugatti y terminó estrellado contra una tribuna donde 27 personas perdieron la vida, incluyendo la del mismo piloto.

No es solo un circuito, es parte de la Formula 1. Sus curvas y sus historias lo convirtieron en un escenario único de este deporte siendo una de las carreras más esperadas por el público y por los pilotos.

 

Un sueño argentino a 300km por hora                                                                           

Hay lugares que, debido a una serie de eventos, terminan adquiriendo un significado especial en la carrera de un deportista. Para Franco Colapinto Monza es uno de ellos.

Su historia con el circuito comenzó en 2022, cuando el joven de 19 años transitaba su primera temporada en Fórmula 3 y llegó a Monza como una de las grandes promesas en una de las categorías que funcionan como vidriera hacia la Fórmula 1.

El entonces piloto de Van Amersfoot Racing, compitió por el primer puesto cabeza a cabeza contra el británico Oliver Bearman en la Sprint Race y terminó subiéndose a lo más alto del podio, mientras que en la Feature Race finalizó en el puesto 14°.

Colapinto festejando su victoria (F3).

Un año después, pero está vez siendo integrante de la Academia Williams, el nacido en Pilar volvió a ganar la Sprint Race en el circuito italiano, tras superar a su compañero de equipo Mari Boya y un dolor pectoral que lo acompaño durante toda la carrera. Despúes en la Feature Race, debió abandonar la pista luego de un incidente en la largada.

El 1 de septiembre de 2024, el argentino volvería a pisar el circulo italiano, aunque esta vez, la categoría era otra, el joven de 21 años estaba a punto de convertirse en piloto de Fórmula 1. Su escudería, Williams, lo eligió para reemplazar a Logan Sargeant durante las nueve carreras restantes en el calendario. En su debut finalizó en el 12° puesto y dejó buenas sensaciones. Pero el resultado, en este caso, perdía un poco de peso frente al valor simbólico del momento.

Para el automovilismo argentino, el significado fue todavía mayor. Franco se convirtió en el primer piloto del país en disputar un Gran Premio de Fórmula 1 desde Gastón Mazzacane, quien compitió en 2001. Más de dos décadas después, la bandera argentina reaparecía en la grilla de la máxima categoría del automovilismo.

Debut de Franco Colapinto en F1, en el Gran Premio de Italia, en Monza.

 

Aprender a correr al límite

Genaro Gino Trappa es un joven piloto argentino que comenzó a construir su camino en el automovilismo europeo. Su recorrido empieza en karting en 2021, cuando decidió dejar el fútbol, y desde entonces pasó por categorías y circuitos de Brasil, España y Europa, entre otras con el objetivo de seguir avanzando hacia Fórmula 3, y una meta a largo plazo, llegar a la Fórmula 2 y soñar en algún momento con la Fórmula 1. Logró consagrarse campeón de la Fórmula 4 de Europa Central y actualmente es piloto de la EuroCup-3.

Gino tuvo la oportunidad de poder correr en Monza, lo que representó un desafío especial: “Es una locura llegar al templo de la velocidad por primera vez, fue muy imponente. Pero bueno, sigue siendo uno de los circuitos que más te impresiona y sabes que las carreras van a hacer una guerra sin margen de error.”

El circuito italiano Autódromo Nazionale de Monza, impone desde el primer momento. De todas maneras, Trappa destaca:“Por suerte, nos supimos adaptar súper bien desde la primera sesión”.

La velocidad es la primera característica del trazado, y también la que convierte al rebufo en un elemento fundamental. “Es muy importante ir en succión de alguien, pero nadie le quiere dar el rebufo al otro”, explica.

En el automovilismo, además de lo importante que es ganar, también depende de la manera en que se clasifique. Por eso, Gino menciona lo del rebufo, ya que esta disputa hace que las clasificaciones sean un poco complejas. “Eso hace que las clasificaciones en particular, sean muy enquilombadas y dependas por lo general de un poco de suerte.”

Aunque también la incertidumbre que generan las clasificaciones, le da beneficio al espectáculo: “Creo que al mismo tiempo da mucho show que está bueno, y en carrera siempre es muy difícil escaparse.”

Más allá de la velocidad, el circuito le dejó al argentino un aprendizaje sobre cómo administrar el límite. Es un circuito, donde una vuelta limpia puede ser determinante, cada oportunidad, el piloto la tiene que aprovechar, pero sin cometer errores. “La vuelta limpia, sin tráfico, la tenés que aprovechar al 100%”, afirma. Aunque también destaca la importancia de mantener el equilibrio: “Necesitás hacerla y hacer ese balance entre ir al límite, pero al mismo tiempo saber hasta dónde jugar con ese límite, porque no te podés dar el lujo de irte afuera o hacer un error en esa vuelta.”

Su paso por Italia también reforzó la idea que él considera fundamental en su desarrollo: la preparación. “Siempre es un punto clave. Saber si los circuitos y estar lo mejor preparado”, sostiene, especialmente en escenarios históricos: “Más que nada, los circuitos como Monza, que son clásicos y están casados con la F1”. Por eso, Gino remarca: “Los tenés que tener bien estudiados”.

Gino Trappa campeón de F4 CEZ en el circuito de Brno, República Checa.

 

Forza Ferrari sempre: La casa de los Tifosi

El Gran Premio de Monza no es una carrera más en el calendario para Ferrari; es, sin duda, la más importante porque corren con su gente, ya que el circuito se encuentra muy cerca de la sede histórica de Ferrari en Maranello y miles de “tifosi” llenan las tribunas de rojo.

Ferrari compite en la Fórmula 1 desde 1950 y Monza siempre fue una parte fundamental de su historia. El circuito es uno de los escenarios donde se han vivido momentos inolvidables para la escudería. Un buen ejemplo es el de Michael Schumacher en el 2000, cuando el alemán llegó a su victoria número 41, igualando a Ayrton Senna; además, esto significó un gran paso en el mundial de pilotos, el que Ferrari se terminó llevando luego de perseguirlo durante 21 años.

“Después de todos los reveses sufridos, ganar en Italia, ante los seguidores de Ferrari, conseguir la victoria 41, como Senna, es demasiado para mí”, declaró Schumacher luego de la victoria.

Ferrari no corre en Monza solo contra otras escuderías, corre contra sus propias expectativas porque los “tifosi” esperan que Ferrari gane, la prensa italiana lo vive con mucha intensidad y los pilotos saben que una victoria en Monza puede significar que los recuerden por mucho tiempo.

Para dimensionar: para Ferrari, Monza es lo que representa el Maracaná para el fútbol brasileño: un lugar donde se mezclan la historia, la identidad y el deporte.

 

Un Gran Premio de grandes ganadores

El Gran Premio de Monza es uno de los acontecimientos más esperados y emblemáticos del calendario de la Formula 1, dada su historia, momentos inolvidables y por los grandes pilotos que lograron coronarse en este circuito a lo largo de los años.

En la cita del año pasado, el ganador fue el neerlandés Max Verstappen, quien con ese resultado buscaría mantenerse en la pelea por el campeonato de pilotos, justamente contra los otros dos corredores que completaron el podio aquel día, Lando Norris y Oscar Piastri, ambos de McLaren.

Foto del podio de Italia, Monza 2025.

Este histórico recorrido tiene a leyendas del deporte entre sus filas como sus máximos ganadores, Lewis Hamilton Y Michael Schumacher, con 5 victorias cada uno; el alemán dominó la década entre el 1996 y el 2006 con Ferrari, escudería de la que es el piloto más emblemático, mientras que el británico hizo lo suyo entre los años 2012 y 2018, corriendo para Mercedes. El tercero en discordia en esta disputa es Nelson Piquet, quien ganó 4 veces este Gran Premio en los años 80s y de esta forma es el piloto no europeo con más consagraciones en el circuito.

Michael Schumacher festejando su victoria en Italia, Monza en el año 1996.

Sofía Cairó, la figura de Las Leonas en la final del Mundial

Por Paz Moral

Ella está lista en la línea de 23 metros. Espera que el árbitro dé la señal para convertir el penal australiano. Es el último. Si anota, Argentina es campeona del mundo por tercera vez en la historia. Suena el silbato. Corre hacia el arco. Entra al área. Va para un lado y para el otro. Con mucha tranquilidad, deja desparramada a la arquera en el suelo. Y con un remate de derecha, le pega a la pelota para que vaya hacia la red. Se da vuelta y es abrazada por las jugadoras de Las Leonas. Fundamental en una nueva definición, Sofía Cairó.

Elegante, sofisticada, juega al hockey con una templanza admirable. Se desempeña en el Club y Biblioteca Mariano Moreno que milita en el Primera C del Torneo Metropolitano de Buenos Aires. Es el claro ejemplo de que con esfuerzo y dedicación se puede llegar a la élite del deporte.

En la final frente a Países Bajos, fue quien manejó las riendas del equipo. Recuperó con total frialdad ante cada aproximación de las neerlandesas y pasó al ataque con una notable confianza, como si tuviera cientos de partidos en el conjunto albiceleste. De hecho, fue quien hizo la jugada que derivó al séptimo córner corto del encuentro y que más tarde, terminó en el empate de María José Granatto.

Después de la paridad en los 60’, fue la encargada en los shoot-outs de convertir el decisivo, como sucedió dos años atrás en París 2024, en aquel partido ante Bélgica por la medalla de bronce. Porque cuando el equipo la necesita, ella aparece. Es el fiel reflejo de cómo juega una Leona: con garra, corazón y sacrificio.

Con tan solo 23 años, Cairó fue una de las grandes figuras en esta nueva consagración de Las Leonas en una Copa del Mundo ante su histórico rival y de visitante. No quedan dudas que su nombre ya está en los libros del hockey sobre césped nacional.

La tercera para Las Leonas

Por Lola Fariña

Porque parece que sufrir no es una regla exclusivamente del fútbol en Argentina. Las Leonas también saben de finales que se juegan con el corazón en la mano.

En una cancha que por momentos parecía completamente naranja, la ilusión argentina tiñó la historia de celeste y blanco. En frente estaba Países Bajos, el gran candidato, líder del ranking mundial y dueño de una localía que hacía todavía más imponente el desafío.

No era, además, un rival desconocido. El país sudamericano y el europeo ya habían protagonizado cuatro definiciones mundialistas antes de volver a encontrarse en ésta. Pero el equipo dirigido por Fernando Ferrara llegaba con el deseo claro de repetir la historia de 2002 y 2010, las dos veces en las que habían logrado imponerse ante las neerlandesas para levantar la Copa del Mundo.

Con ese antecedente empezó el partido y el gol de las locales llegó al cierre del segundo cuarto. Pero no derrumbó a Argentina. Al contrario: Las Leonas siguieron buscando. Y cuando los minutos finales empezaban a pesar, ese tiempo en el marcador, que en el hockey suele ser una eternidad pero cuando hay que remontar un partido los segundos vuelan, jugaba en contra. Hasta que llegó la recompensa a tanta insistencia. Después de un nuevo córner corto, la jugada generó una serie de rebotes dentro del área y María José Granatto apareció en el momento justo para convertir el empate.

Sonó la chicharra y llegaron los shootouts, ese momento en el que un país se olvida de respirar y los nervios tocan su punto más alto. Cristina “China” Cosentino daba la impresión de vivir otra historia. Bajo de los tres palos no había desesperación, sino diversión, y así es como logró que la bocha no entrara en su arco en tres oportunidades.

Con la calma de quien parece estar jugando en un entrenamiento más de su club, las jugadoras argentinas se acercaron a la bocha sin achicarse. Victoria Granatto, Brisa Bruggesser y Sofía Cairó convirtieron sus tiros. Y fue Cairó, al igual que en París 2024, la encargada de ponerle el punto final a la definición.

Las Leonas provocaron el desorden de las naranjas, resistieron cuando todo parecía inclinarse hacia el otro lado y encontraron en el caos una forma de ganar. Y al final, entre tanto ruido, fue su rugido el que se escuchó más fuerte.

La tercera estrella, el legado de todas

Por Juana Enrico

Llegó la tercera estrella. La revancha. La alegría que había esperado dieciséis años para volver a pronunciarse en voz alta: somos campeonas del mundo.

Las Leonas lo hicieron contra el máximo rival y en su propia casa. En un país donde el hockey es profesional, mientras ellas todavía conviven con la dureza de sostener un deporte amateur, de entrenar, viajar, competir y volver a empezar con mucho menos de lo que tienen quienes están enfrente.

Pero hay algo que esta selección aprendió hace tiempo: que no siempre gana quien tiene más. A veces gana quien permanece unida cuando todo aprieta. Quien encuentra fuerzas donde ya no quedan. Quien juega por la que está al lado, por las que estuvieron antes y por las que algún día vendrán.

Luciana Aymar -una de las que les enseñaron a rugir- las miraba celebrar, con una bandera argentina estampada con una leona, desde el balcón. Es la primera vez que la Selección es campeona del mundo sin ella en el equipo. La historia que su generación comenzó a escribir hace más de dos décadas no les queda grande a quienes hoy entienden y llevan el nombre de aquellas mujeres que hicieron mucho más que colgarse una medalla de plata: empezaron a inventar el hockey a escala nacional. A convertir un deporte que todavía no ocupaba ese lugar en la vida de los argentinos en una parte de su historia deportiva.

Y en esa historia, hoy escribieron una nueva página dorada. Otra vez un 3-1. Otra vez Países Bajos. El mismo resultado de aquella final de 2010, la última vez que Las Leonas habían sido campeonas del mundo. Dieciséis años después, el caprichoso destino volvió a ponerlas frente al mismo rival y les devolvió el mismo número, aunque de una manera distinta: esta vez fueron los penales australianos los que marcaron el camino hacia la copa. La tercera. La que tantas veces imaginaron, la que durante dieciséis años esperó por ellas.

Quizás en esas lágrimas, en esos abrazos, también estén las de todas las que alguna vez tuvieron que abrirse camino solas. Las que insistieron cuando nadie miraba, las que fueron construyendo, paso a paso, la cancha que hoy estas campeonas pueden transitar.

Todo habrá valido la pena si mañana, o quizás esta misma tarde, una nena se despierta con ganas de agarrar un palo de hockey. Si después de verlas levantar la copa descubre que también hay un lugar para ella en una cancha. Si una camiseta celeste y blanca consigue encenderle algo adentro que todavía no sabe nombrar. Porque quizás ahí esté escondida la próxima Leona. La que algún día volverá a hacer cantar a un país, la que llevará un nuevo número en la espalda y levantará otra copa.

Esa es la verdadera grandeza de Las Leonas: no solo ganar para quienes las miran, sino conseguir que, después de verlas, miles quieran intentarlo. Y entonces, que vengan las que vienen. Que haya palos, bochas, canchas y sueños. Que haya muchas más finales. Muchas más copas. Muchas más Leonas.

Gracias, Leonas. Por esta copa. Por las que fueron, por las que son y por todas las que todavía no saben que algún día también serán.