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Neymar y el adiós a la Verdeamarela: el final de una era en la selección

Por Leonel Blundo

Hablar del astro brasileño es hablar de uno de los futbolistas más determinantes
que dio Brasil en el siglo XXI. Pero también es discutir de un jugador que dividió
opiniones, desafió las reglas y entendió el fútbol de una manera que pocos fueron
capaces de hacerlo. Porque mientras muchos jugaban para ganar, él también jugaba
para emocionar.

Hay futbolistas que quedan en la historia por los títulos. Otros por los números,
Neymar consiguió ambas cosas. Sin embargo, lo que realmente lo convirtió en un
fenómeno fue algo que ninguna estadística puede explicar: la capacidad de hacer
que millones de personas se levantaran de sus asientos esperando que en cualquier
momento inventara una jugada imposible. Cada vez que recibía la pelota, el tiempo
parecía detenerse. Con una bicicleta, un caño o una gambeta, devolvía al fútbol esa
esencia que muchas veces parece perdida: la de jugar con alegría.

Desde muy joven deslumbró en Santos y no tardó en conquistar Europa. Brilló en el
Barcelona, donde formó junto a Lionel Messi y Luis Suárez la inolvidable MSN y
levantó la UEFA Champions League en 2015. Más tarde defendió los colores del
Paris Saint-Germain, pasó por Al Hilal y, finalmente, volvió a Santos, el club donde
todo había comenzado. Pero por más importante que fuera su recorrido a nivel de
clubes, siempre hubo una camiseta que pesó más que cualquier otra: la de Brasil.

Con la Canarinha vivió los días más luminosos y también las noches más oscuras.
Fue la gran figura de la Copa Confederaciones 2013, conquistando el título y el
premio al mejor jugador del torneo. Un año más tarde llegó el Mundial de Brasil
2014. Todo un país depositó sus sueños sobre sus hombros, parecía destinado a
conducir a su selección hasta la gloria, pero una lesión en los cuartos de final
rompió mucho más que una vértebra: rompió la ilusión de millones de brasileños.
Aquella imagen de Neymar abandonando el campo entre lágrimas quedó grabada
para siempre en la memoria del fútbol.

Como los grandes, eligió levantarse. Y la revancha llegó en los Juegos Olímpicos de
Río 2016. En el Maracaná, bajo una presión imposible de describir, convirtió un gol
de tiro libre en la final ante Alemania y luego ejecutó el penal decisivo que le dio a
Brasil la primera medalla de oro olímpica de su historia en fútbol masculino.

Con el paso de los años siguió escribiendo páginas imborrables hasta convertirse en
el máximo goleador de la historia de la selección brasileña. Superó marcas que
parecían eternas y confirmó que su legado iba mucho más allá de una generación.
Pero el camino nunca fue sencillo. Las lesiones aparecieron muchas veces,
alejándolo de los momentos que más había esperado. También convivió con críticas
constantes, con una presión desmedida y con la responsabilidad de cargar sobre
sus espaldas el destino futbolístico de Brasil. Fue amado con la misma intensidad
con la que fue cuestionado. Muchos señalaron sus gestos, sus decisiones o su
personalidad. Sin embargo, cuando Brasil necesitaba un desequilibrio, una gambeta
o un momento de inspiración, todas las miradas volvían a dirigirse hacia él.

Quizás por eso Neymar genera algo que muy pocos futbolistas consiguen. Porque
nunca fue un jugador perfecto. Fue humano. Se equivocó, sufrió, se lesionó, lloró y
volvió a empezar una y otra vez. Esa mezcla de talento descomunal con fragilidad
hizo que millones de personas se sintieran identificadas con él. No era un héroe
inalcanzable; era un chico que cargó el peso de todo un país intentando seguir
sonriendo con una pelota en los pies.

En una época donde el fútbol fue dejando cada vez menos espacio para la
imaginación, Ney nunca renunció a la gambeta. Siguió intentando el caño aunque
pudiera perder la pelota, siguió desafiando rivales cuando el camino más fácil era
dar un pase. Porque entendía que el fútbol también es espectáculo, emoción y arte.
Dicen que fue el príncipe que nunca quiso ser rey. Tal vez porque jamás buscó
ocupar el lugar de Pelé. Nunca intentó ser una copia de nadie. Eligió escribir su
propia historia, con luces y sombras, con aplausos y críticas, pero siempre fiel a su
manera de entender el juego. Y aunque el debate sobre su figura probablemente
nunca termine, hay algo que nadie podrá discutir: durante más de una década, cada vez que Neymar entró a una cancha, el mundo sintió que cualquier cosa podía pasar.
Y son muy pocos los futbolistas capaces de regalar esa sensación.

Manu Ginóbili desde el arte: el deportista que inspiró en todos los lenguajes

(AFP)

Por Magalí Robledo

El arte suele buscar refugio en los museos. Ya sea porque cuelga de una pared, descansa sobre un pedestal o espera en silencio detrás de un telón. Pero hay otros casos donde decide escaparse. Se viste con la camiseta número 20, agarra una pelota naranja y transforma una cancha de básquet en un escenario donde miles de personas contienen la respiración antes de aplaudir y quedar rendido a sus pies.

Eso hizo Emanuel “Manu” Ginóbili. No necesitó un pincel para pintar jugadas imposibles ni un instrumento para componer una sinfonía colectiva. Fue más allá. Su creatividad apareció en un pase que nadie imaginaba, en una bandeja que desafiaba la lógica y en una competitividad capaz de convertir lo extraordinario en costumbre.

Manu es mucho más que un deportista. Su figura y su legado trascendió los límites de la cancha para instalarse en el colectivo argentino y mundial para convertirse en un símbolo de humildad, perseverancia y liderazgo. Pero también como una persona que inspira más allá del deporte.

Hablar de él es hablar de uno de los mayores artistas que dio el deporte argentino. Un creador que repartió obras en Bahía Blanca, Italia y San Antonio. Obras que no se exhiben bajo una luz tenue sino que sobreviven en videos, fotos y en la memoria de quienes alguna vez se levantaron del sillón para celebrar una de sus generalidades.

En el día de su cumpleaños número 49, vale la pena recordar algunos momentos de su carrera. No para contar otra vez sus títulos o sus récords, sino para descubrir que cada etapa de su carrera puede entenderse como una expresión artística distinta. Porque Ginóbili no solo cambió la manera de jugar al básquet: convirtió el juego en una forma de arte.

 

ARQUITECTURA

La base de todo. El lugar donde comenzó a gestarse una de las figuras más importantes para el deporte argentino. La casa de Manu Ginóbili, la cual, según sus palabras, era “un lugar sencillo, pero con un ambiente muy familiar y cálido”, pero en la que en algún rincón de esta se encontraba uno de las grandes frustraciones que tenía él de pequeño: la obsesión de crecer para poder jugar. En la pared de la cocina es donde iba marcando con líneas su altura para llevar un registro casi diario de su crecimiento ya que quería ser igual de alto que sus hermanos. Una breve anécdota que sin duda alguna ayudó en el desarrollo de la constancia y perseverancia en conseguir lo que él quería.

 

ARTES ESCÉNICAS:

Sus movimientos inesperados pueden compararse con la improvisación del jazz o la danza. Y como el arte también es interpretación, es por eso que en este caso el famoso “Eurostep” de Manu Ginóbili será tratado como sí al tener un parecido a una danza contemporánea. Esta famosa jugada consiste en engañar al adversario, es un movimiento que empieza con un pie hacia un lado para luego orientar el cuerpo hacia el otro y definir. Desde un lado artístico se ve a la cancha como el escenario, el partido como la obra y a Manu como el bailarín porque se vuelve arte. Así, como cuando penetraba la defensa, era como si diseñara una coreografía en su mente donde todo estaba fríamente calculado. 

 

ESCULTURA:

El monumento de cinco metros de altura realizada por el artista plástico Martín Villalba en la provincia de Neuquén en 2019 ubicada al lado del Concejo Deliberante en una plazoleta sobre calle Leloir. Si bien esta escultura no celebra solo a Manu sino a toda la generación dorada, es la icónica fotografía de la palomita (mítico doble en el último segundo para el triunfo 83-82 ante Serbia y Montenegro en el debut de los Juegos Olímpicos de Atenas 2004) la que decidió recrear, celebrando así también la idea de inspiración colectiva que trasciende él. La escultura transformó a Ginóbili en un referente visual sólido, tangible y eterno; y no sólo retrata al jugador sino que también al símbolo que perdura en el tiempo y el cual no necesita moverse para seguir respirando.

 

FOTOGRAFÍA:

Donde toda su vida se resume: la familia y su carrera. El 28 de marzo de 2019 se llevó a cabo la ceremonia en donde se retiró la camiseta número “20” del bahiense luego del triunfo de San Antonio Spurs ante Cleveland Cavaliers por 116-100 en el AT&T Center. En una noche llena de emociones para todos los presentes y los espectadores por la TV Ginóbili supo, si es que todavía no caía, lo que es entrar al Salón de la Fama y pertenecer a la historia de esa franquicia ya que no retiran la camiseta de todos los jugadores. En el fondo se ve colgada su mítica camiseta luego de defenderla durante 16 temporadas con la conquista de cuatro anillos de la NBA y en primera plana sus hijos Dante, Nicola y Luca y su esposa Marianela Oroño, los que están incondicionalmente pese a todo. Es impensado como una fotografía puede resumir la vida de una persona con sus personas favoritas y la carrera que lo acompañó toda la vida. En resumen es una foto y mil historias. 

 

LITERATURA:

Como con la pintura, Ginóbili tuvo un pasado como escritor y es que en 2021 se publicó el libro “Pelota de Papel 4”: cuentos escritos por deportistas, en este caso, de todas las disciplinas contando sus experiencias, sus historias y anécdotas, y que Manu tuvo el papel de escribir la contratapa. Pero más allá de este aporte a la literatura, hay muchos ejemplos en donde lo toman a él como inspiración para contar historias o su historia y este es el caso de “Manu Ginóbili para chicos”. Un libro de cuentos infantiles que se publicó en 2018 el cual es una inspiradora historia que relata la vida y carrera de Manu. Se convirtió en un símbolo de lucha, superación y premio al esfuerzo. Ese que sólo necesita una pelota y convicción para hacer que todo sea posible. 

 

ARTES VISUALES:

En varios rincones del país hay pinturas en su honor como por ejemplo la que se ubica en el piso de la cancha de básquet de Plaza Saavedra en La Copita (realizada por Rodrigo Ojeda en 2018). Representa a Manu pero desde lo visual con la puesta en escena de “dejar quieta” a una persona que vive en constante movimiento e inmortalizar ese momento. Pero la particularidad de todo esto es que Ginóbili está más cerca del arte de lo que todos piensan, ya que también comparte la pasión por la pintura según dejó ver en una historia de Instagram que compartió en marzo del 2024 en donde se mostró un cuadro pintado por él y como también pintar es uno de sus pasatiempos favoritos. 

 

CINEMATOGRAFÍA:

No podía ser una nota destacando la figura de Ginóbili sin mencionar una vez a la Generación Dorada. Esa que se destacó entre muchas cosas por el oro conseguido en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. En 2018 se estrenó un documental llamado “The Golden Generation” que narro la historia del equipo en los JJ.OO. mediante entrevistas y material de archivo destacando a figuras como Manu Ginóbili y Luis Scola. Toda su vida fue como una película. Esa que todos desean vivir por los grandes momentos que tuvo y la historia que atravesó para conseguirlos. Queda en evidencia que en la cancha si quería no necesitaba hablar, todo se le entendía con los movimientos de su cuerpo y en algún punto le alcanzaba para expresarse así. 

 

MÚSICA:

Modo argentinidad al palo activado. Unidos desde Bahía Blanca hasta Córdoba nace la canción “Ginóbili” de Slim Dee días antes de que Manu anunciará su retiro oficialmente. Este trap, ligado a la música urbana, representa como es él como persona, haciendo énfasis en su perfil bajo y humildad: “No tiene tatuajes, ni manga / No tiene una vincha, ni na” (…) “No quiere Salón de la Fama, ni na”. La música, como el juego de Manu, trasciende lo literal y genera una conexión emocional. Ginóbili es presentado como un símbolo de superación, garra y talento argentino en el mundo. Él es como la música: único, libre y armónico sin repetir fórmulas. Y por eso, también se ganó un lugar en la música.

 

Ginóbili pasó de lo imposible a lo posible. De aquel niño que dudaba de su altura y de si podría llegar a jugar al básquet hasta ser el héroe e ídolo en el mundo. Voló con los pies sobre la tierra y se ganó su lugar, más allá de lo que ganó sino como lo hizo. Es por eso que el arte le hace ese reconocimiento.

Los grandes artistas no desaparecen cuando dejan de crear. Sus obras siguen hablando por ellos. Emocionan a quienes lo descubren por primera vez y aquellos que encuentran nuevos significados con el paso del tiempo. Lo mismo ocurre con Manu Ginóbili. Su legado ya no se mide en anillos, medallas o récords, sino en la inspiración en miles de chicos que un día agarraron una pelota creyendo que también podían llegar.

Quizás el verdadero museo de Manu Ginóbili nunca tenga paredes ni horarios de visita pero sí estará en las canchas de barrio, en las tribunas que todavía corean su nombre, en los videos que se vuelven a ver una y otra vez y en la memoria de quienes entendieron que el básquet también podía ser una forma de belleza. Porque el arte emociona cuando logra trascender a su autor. Y Manu, hace mucho, dejó de ser solamente un jugador para convertirse en una obra eterna del deporte argentino. 

Porque algunas carreras se recuerdan. Otras se estudian. Y unas muy pocas se vuelven eternas.

El Rey, más vivo que nunca: The Last Dance de LeBron

Por Luana San Martín

Cuando todo el mundo le ponía fin a su carrera, Lebron James sorprendió a todos con su decisión de continuar. Después de 23 temporadas jugadas, cuatro campeonatos y muchos récords alcanzados, el Rey tomó un nuevo desafío a sus 41 años: llevar nuevamente a la cima a los Philadelphia 76ers.

Su camino hasta su nueva incorporación fue largo. Debutó en la NBA a sus 18 años en los Cleveland Cavaliers y de ahí se convirtió en la gran promesa del básquet. Tras conseguir campeonatos con los Cleveland y los Miami Heats, su próximo gran destino fueron los Lakers.

Llegó a Los Ángeles en junio de 2018 donde firmó un contrato de cuatro años por una suma de 153,5 millones de dólares. Los Lakers soñaban con que James los llevara de nuevo a la gloria luego de aquel en 2010. Sin embargo, el primer año no fue el que todos esperaban, ya que James sufrió una lesión que lo hizo ausentarse por 17 partidos. El equipo quedó fuera de los Playoffs de la temporada y fue la primera vez que el jugador perdió la posibilidad de jugar la fase eliminatoria desde 2005.

Finalmente, en 2020 llegaría lo que todos esperaban: el campeonato. No fue una final que pasó desapercibida, ya que fue contra los Miami Heats, su ex equipo en 2010-2014, en el cual obtuvo dos anillos consecutivos. En los Lakers además de obtener el campeonato, obtuvo el premio de MVP de la final al haber promediado en los partidos finales un total de 28.9 puntos, 11.8 rebotes y 8.5 asistencias. 

Los Lakers no solo le regalaron la alegría de sumar más trofeos a su vitrina, sino que también la oportunidad de compartir equipo con su hijo Bronny James. El 22 de octubre de 2024 Lebron y Bronny se convirtieron en el primer padre e hijo en jugar juntos en un partido de NBA contra los Minnesota Timberwolves.

 

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Sus últimos pasos por los Lakers no fueron como esperaba. El equipo se despidió de la temporada tras haber caído en semifinales del torneo 4 a 0 contra los Oklahoma City. No fue la única desilusión que tendrían los fanáticos, sino que el 30 de junio como un balde de agua fría, James informó que no continuaría la próxima temporada en Los Angeles Lakers.

Tras 25 días en los que el silencio del Rey abundaba y las diferentes franquicias de la NBA soñaban con ser su próxima casa como: Golden State Warriors, Denver Nuggets, hasta incluso los Miami Heats o Cleveland Cavaliers, equipos que aspiraban a que el jugador los eligiera por una tercera vez. 

Lebron James, como la leyenda que es, anunció el pasado 24 de julio mediante un video con imágenes, que mostraban su paso por todas las franquicias por las que pasó, que su próximo destino será Pensilvania en los Philadelphia 76ers. Su contrato es por dos años por una suma de 8 millones de dólares y que incluye una opción de jugador para la próxima temporada, lo que le da la libertad de poder decir si continúa o si vuelve a ser agente libre. Una decisión que va más allá del dinero y que el mismo jugador explicó: “Esta es mi última decisión. No voy por el dinero. No voy por la familia. ¿Por qué estoy realmente jugando en este momento? Todavía quiero sacrificarme. Todavía quiero trabajar. Todavía quiero esforzarme. Todavía quiero competir, ganar y tener una oportunidad de sentir la emoción de la victoria”. 

Con esto el Rey de 41 años, más vivo que nunca buscará llevar a la franquicia a lo más alto de la competencia y conseguir su tercer anillo en la historia. Los Philadelphia 76ers no consiguen una gloria desde 1982-1983 en la que barrieron a los Lakers por 4 a 0 con figuras como Julius Erving y Moses Malone. En 2001 alcanzaron llegar a la final pero cayeron ante los Lakers de Shaquille O’neal y Kobe Bryant.

Los goles del Panda tienen otro aroma

Por Santiago Peñoñori

Entre las múltiples capas en las que se puede analizar a un ser humano está el componente fisonómico. Soy un fiel creyente de que Peter Capusotto es gracioso en gran medida por la fisonomía de Diego Capusotto. Algo similar me sucede cuando pienso en Borja El Panda Iglesias. El delantero español no podría ser quien es sin su casi metro noventa, sus patas largas, su espalda ancha que parece llevar una percha puesta, su barba interminable, sus aros prominentes y su curiosidad, combo que hizo que lo dejaran afuera por un rato de la concentración de España en Estados Unidos. ¿Quién es Borja Iglesias? Ni idea, solo sé que definirlo como jugador de fútbol queda corto.

El nacido en Santiago de Compostela acaparó las miradas en la celebración de la selección española en Madrid, a pesar de haber jugado solo un puñado de minutos en toda la Copa del Mundo. “Un día soñé que ganábamos el Mundial, yo iba pinchando en el autobús por el centro de Madrid y ponía el tema Esto No Para”, dijo en el último video que subió a su canal de YouTube el 3 de junio de 2026. La premonición se cumplió. Sus compañeros sabían de sus habilidades como DJ y lo eligieron para que musicalice el colectivo que paseó a los jugadores por la capital. Ya en el escenario, en Plaza Cibeles, interpretó un fragmento de la canción “Cantando” de Violadores del Verso que dejó atónitos a sus compañeros y a los cientos de miles presentes. Más de una vez, comentó que la música lo acompañó toda su vida, en especial el rap español que le ayudó a despertar su conciencia. Dicho sea de paso, el apodo de “Panda“ nace en honor al nombre de una canción del rapero estadounidense Desiigner, que el barbado escuchaba hasta el hartazgo en el vestuario del Celta B.

El olfato goleador es algo que siempre ha admirado de su ídolo Fernando El Niño Torres y sobre lo que trabaja desde que comenzó a jugar al fútbol. Aunque, también se rinde a los pies de centrodelanteros creadores como Harry Kane y Karim Benzema que, para él, han cambiado el modelo ideal del nueve. El olfato para diferenciar un buen café y uno malo lo pone a prueba todos los días de su vida y con argumentos: en sus años en Alemania, cuando jugaba en el Bayer Leverkusen, hizo un curso de barista para terminar de apasionarse por el arte que rodea a esta infusión. 

En un Seat Panda se mueve por su ciudad natal en la que actualmente vive, porque ¿para qué más? En él fue a la presentación en su Celta querido, club que lo formó y lo vio debutar en enero de 2015. Su regreso en julio de 2024 no estuvo exento de sorpresas ni de lagrimas, ya que contó con la presencia de su abuela Teresa de 84 años, quien le dedicó unas sentidas palabras y posó con él en la típica foto con la camiseta. Quizás haya sido esa la bendición para los 29 goles que vinieron y la citación a la selección dirigida por Luis de la Fuente, que en 2023, cuando jugaba en el Betis, no se podría haber dado.

“Cuando el fútbol femenino atravesaba uno de los momentos más difíciles de la historia reciente, decidió apoyarnos públicamente y renunciar temporalmente a la Selección”, escribió la vigente campeona del mundo con La Roja Mariona Caldentey en el diario El País. En la nota se alegró del debut mundialista de Borja contra Portugal y agradeció el apoyo que le había dado a sus colegas cuando Luis Rubiales declaró que no renunciaría a la presidencia de la Federación Española, tras la denuncia de Jenni Hermoso por el beso sin consentimiento que le propinó en la celebración del Mundial 2023. La delantera juega actualmente en Tigres de México y trabajó como analista en TUDN durante el Mundial, donde pudo reencontrarse con Borja. Justicia poética.

Racing, campeón del fútbol femenino: las claves detrás del éxito

Por Juan Franco Gómez Sacks

Llegó el momento, Academia. Y claro que valió la pena esperarlo. Racing, por primera vez en su historia, gritó campeón del fútbol femenino. Lo hizo bien lejos, en la Villa Deportiva de San Luis, a 798 kilómetros del predio en el que ejerció la localía durante toda la campaña, el histórico Tita Mattiusi, que porta ese nombre en honor a una mujer: Elena Margarita Mattiussi, la fanática más reconocida del club de Avellaneda. Seguro que desde arriba estará haciendo brillar una bandera blanquiceleste por este ansiado título. De hecho, durante los festejos, las jugadoras desplegaron un trapo con una frase en su honor: “…Y Tita siempre está”. También lo mostraron junto al plantel de Reserva, que también se bordó una estrella, en el reconocimiento que les brindaron los hinchas en el Cilindro de Avellaneda en la previa al debut del elenco masculino en el Clausura ante Gimnasia.

En la última jornada del Torneo Apertura, Racing venció 2-0 a San Luis Fútbol Club con goles de Rocío Bueno y Marleidy Cossio y, tras la derrota de San Lorenzo a manos de Lanús -ambos equipos llegaban igualados en puntos-, levantó el tan ansiado trofeo plateado, escena que tuvo como testigo a las sierras características de la provincia, que añadieron a la consagración un paisaje perfecto. Sobre un total de 45 puntos, la Academia cosechó 38. Triunfó en 12 oportunidades, mientras que igualó en dos y cayó en una. De hecho, finalizó invicta jugando fuera de su predio. Además, convirtió 35 tantos y recibió sólo nueve, lo que ubicó al plantel como el segundo con la valla menos vencida.

El camino presentó desafíos a los que el equipo supo responder. Ganarle 3-2 a Boca en condición de visitante en el segundo partido confirmó que estaban dadas las condiciones para pelear en lo más alto de la tabla. En el quinto encuentro, las Académicas se impusieron por la mínima ante San Lorenzo, un resultado que terminó siendo determinante para el desenlace de un certamen en el que sólo SAT pudo vencerlas. Luego, triunfaron en ocho de las nueve fechas restantes. En esa seguidilla, se quedaron con el clásico por 3-1 ante Independiente en Villa Domínico y derrotaron por 2-1 a Unión en la penúltima jornada de manera agónica: el partido quedaba en empate y el Ciclón tenía ventaja de puntos de cara al compromiso final. Sin embargo, las de Avellaneda obtuvieron las tres unidades a falta de dos minutos y aceleraron el paso hacia la gloria.

Las claves para lograr el campeonato fueron muchas. Para la campaña, Racing contó con un plantel que promedió los 25 años de edad, una cifra baja que refleja su proyección y la importancia de los trabajos realizados por las categorías inferiores en Argentina. Además, la Academia trajo la llave de la puerta a la gloria en el mercado de pases, cuando incorporó a Cossio, delantera colombiana de 20 primaveras, quien convirtió nueve tantos en el Apertura y finalizó segunda en la tabla de goleadoras por detrás de Florencia Gaetán, de Gimnasia. La juventud se mezcló con la experiencia de jugadoras como la uruguaya Sindy Ramírez, capitana del barco, quien ya sabía bien lo que era ganar un título -además de los campeonatos uruguayos obtenidos con River y Nacional, llegó a lo más alto con San Lorenzo en dos oportunidades-. Pero un equipo se arma de atrás hacia adelante. Y allí, bajo los tres palos, aparecieron otras dos figuras: Alicia Bobadilla (seis) y Carolina Sailer (tres) sumaron nueve vallas invictas.

Marleidy Cossio, la goleadora del equipo.

La Selección te da un impulso, eso es sabido. Son cuatro las jugadoras de la Academia que han sumado experiencia reciente en el combinado de Germán Portanova. Se trata de Serena Rodríguez, Abril Reche, Adriana Sachs y Agostina Holzheier, siendo las últimas dos mencionadas quienes formaron parte de la convocatoria para la última doble fecha de Liga de Naciones, en la que Argentina selló su boleto al Mundial y peleó el título hasta el final. Para un equipo es determinante contar con piezas que suman rodaje internacional, no sólo porque lo potencian, sino porque también le permite que, a sabiendas de que los ojos del entrenador están puestos en los rendimientos que tengan en sus partidos, el resto de compañeras pueda contagiarse de ganas por una citación.

Héctor Bracamonte fue otra pieza fundamental del éxito. Llegó al club de Avellaneda en enero de 2024. Ex futbolista, con pasado como delantero en Boca Juniors, Rosario Central y Sarmiento, entre otros, e integrante de la secretaría técnica de Estudiantes de Río Cuarto incluso durante sus primeros pasos como entrenador en Racing, decidió aceptar la oferta a pesar de haber tenido propuestas de equipos de Primera y del Ascenso en la rama masculina. “Me encanta ser disruptivo y sumarme a este tipo de proyectos, me parece mucho más interesante que cualquier otro equipo que me podría haber llegado a salir. Que me salieron, obviamente”, le había declarado a Clarín tras su contratación. Los frutos comenzaron a verse de inmediato: sus dirigidas alcanzaron el subcampeonato en los dos torneos de ese año. Sólo era cuestión de esperar un poco más y no bajar los brazos. La chance de campeonar volvió a escaparse cuando Belgrano se quedó con la final del Segundo Torneo en 2025. Sin embargo, siete meses después de ese segundo lugar (fue el tercero en cuatro campeonatos), el ansiado título llegó.

Héctor Bracamonte, DT de las Académicas

Pero el crecimiento de Racing viene desde hace mucho tiempo. En 2018 logró el ascenso a Primera tras vencer a Real Pilar en el Torneo Reducido. Cuatro años más tarde, finalizó en la tercera posición del campeonato y cortó la hegemonía de los cuatro equipos que habitaban en los primeros puestos (Boca, River, San Lorenzo y UAI Urquiza) desde el inicio del semiprofesionalismo en 2019. También rompió récords en cuanto a negociaciones, ya que logró llevar a cabo el primer préstamo con cargo de la disciplina en el país: el de Rocío Bueno -quien luego regresaría para ser estandarte en esta consagración- a Sassuolo, club italiano. Además, consolidó su proyecto de exportación al exterior con los traspasos de Luana Muñoz al Celtic escocés, que tuvo por primera vez a una futbolista argentina en su plantel, y Milagros Menéndez a Al-Alam SC, quien marcó el estreno de jugadoras nacionales en la liga de Arabia Saudita.

Con la proeza consumada, las Académicas están cerca de disputar la próxima edición de la Copa Libertadores, a disputarse en 2027 -la de 2026 se llevará a cabo en octubre en Ecuador y tendrá como representante argentino a Belgrano-. Para eso, deberán esperar a conocer al campeón del Clausura, certamen que ya dio comienzo, y enfrentarlo en el Trofeo de Campeonas, duelo que otorga el único boleto a la máxima competencia internacional a nivel sudamericano.

El campeonato de Racing es otra demostración de la evolución del fútbol femenino. En 2025, Newell´s fue el primero en terminar con la racha de conquistas de los cuatro equipos que dominaban la liga. Además, logró extender el éxito al interior del país. A fines de ese mismo año llegó el turno de Belgrano. Mientras la Selección Argentina vive su mejor momento -las Sub-17, Sub-20 y la Mayor consiguieron la clasificación al Mundial-, el plano local no se queda atrás. Ahora la posta la tiene la Academia, la séptima institución en consagrarse en un torneo de Primera. “Estamos haciendo historia”, decía la camiseta especial en los festejos. En este segundo semestre, ¿qué club se animará a seguir escribiéndola?

Rod Laver, el único tenista en ganar los cuatro Grand Slam en un mismo año

Por Emanuel Soste

Con el correr de los años el tenis tuvo extraordinarios jugadores: Novak Djokovic, Roger Federer, Rafael Nadal, Jimmy Connors, y la lista sigue. Pero solo uno en toda la historia pudo ganar los cuatro Grand Slam en un mismo año durante la Era Abierta (período que comenzó en abril de 1968 cuando los jugadores amateurs y profesionales pudieron competir juntos por primera vez en los torneos más importantes, como los Majors) y ese es Rod Laver.

​El extenista australiano consiguió ganar los cuatro Grand Slam en un mismo año en dos ocasiones. La primera vez que lo logró fue en 1962, ya que venció en el Abierto de Australia, en el Abierto de Estados Unidos y en Roland Garros a su compatriota Roy Emerson, y al también australiano Marty Mulligan en Wimbledon. Laver se convirtió en el segundo jugador en conseguir este récord, ya que el primero en alcanzarlo fue Donald Budge en 1938.

​Tras el comienzo de la Era Abierta, “The Rocket” no se detuvo y en 1969 volvió a coronarse en los cuatro torneos más importantes. Derrotó al español Andrés Gimeno en Australia, al australiano Ken Rosewall (quien era el anterior campeón del certamen) en Roland Garros, a su compatriota John Newcombe en Wimbledon y al australiano Tony Roche en el Abierto de Estados Unidos. Un dato de color es que por aquellos años casi todas las finales de estos grandes torneos tenían como protagonistas a jugadores de nacionalidad australiana, lo que demuestra la preponderancia que tuvieron en este deporte los oceánicos.

​Laver jugó al tenis desde 1956 hasta 1977 y consiguió 11 Grand Slams en singles. Tiene el récord de títulos ganados en su carrera con 198 torneos (47 en el circuito ATP) y fue considerado como Nº 1 del mundo durante siete años consecutivos, aunque oficialmente nunca llegó al primer lugar. Laver no ganó ninguna medalla olímpica debido a que el tenis no era un deporte que formara parte de los Juegos Olímpicos. Dicho deporte regresó oficialmente en Seúl 1988.

​Pasaron los años, pero nadie pudo igualar su hazaña. El tenista más ganador de Grand Slams de la historia, Novak Djokovic, estuvo al borde de conseguirlo, pero en 2021 cayó en el US Open frente a Daniil Medvedev en sets corridos. Otro excelente jugador que se quedó en las puertas fue Roger Federer, ya que en 2006 y 2007 el suizo perdió contra Rafael Nadal en Roland Garros, siendo el único trofeo que le faltaba.

​En 1981, Rod Laver fue admitido en el Salón Internacional de la Fama del Tenis, en Newport, Rhode Island. En su país natal, el estadio central del Melbourne Park en Melbourne se llama “Rod Laver Arena” en su honor, y allí se juega el Abierto de Australia, además de realizarse múltiples eventos como recitales u otros deportes. En las afueras del estadio se encuentra también la estatua que se construyó en homenaje a él. En 1993 se convirtió en el primer hombre en formar parte del Salón de la Fama del Tenis Australiano.

​En 2017, por impulso de Roger Federer, se jugó la primera edición de la Laver Cup, nombrada en honor a Rod. Esta competición, inspirada en la Ryder Cup de golf, enfrenta a un equipo europeo contra un equipo del resto del mundo. El torneo se disputa anualmente y forma parte oficial del circuito ATP, pese a no repartir puntos.

​Sin duda alguna, Rod Laver dejó una huella imborrable en el tenis y, con el correr de los años, sus logros cobran mayor dimensión. ¿Podrán Jannik Sinner o Carlos Alcaraz igualar la hazaña de Laver? El tiempo lo dirá…

Argentina racista: cómo se construyó esa imagen

Por Lola Fariña Villaverde

La Selección Argentina fue, al mismo tiempo, el impulso y la excusa para instalar un discurso que excede al fútbol. Con el correr del Mundial comenzó a consolidarse una idea que acabó por presentar a la Argentina como un país racista y violento. Pero surge la pregunta: ¿cómo se construyó esa imagen y por qué tuvo tanta aceptación?

Este relato circuló con más fuerza que los propios fundamentos en los que decían apoyarse. Más que por los hechos, esa imagen se instaló a partir de simplificaciones y de la lógica de viralización de las redes sociales. Algunos de los episodios utilizados para sostener ese relato surgieron durante el Mundial: las supuestas ayudas arbitrales que habría recibido el conjunto dirigido por Lionel Scaloni, la acusación de haber sido “malos perdedores” e “irrespetuosos” porque jugadores y cuerpo técnico saludaban a los hinchas en lugar de mirar la entrega del trofeo a España, o el cruce entre Leandro Paredes, Eric García y Gavi, presentado por muchos como una muestra de la supuesta violencia argentina. Entre ellos resurgió otro planteo de Mundiales pasados: la ausencia de futbolistas con el fenotipo afrodescendiente más visible en Estados Unidos o Europa, interpretada por algunos como una prueba suficiente de racismo.

Detrás de muchas de esas acusaciones hay una premisa implícita: que la realidad actual del país puede entenderse sin revisar su historia. Pero esa mirada deja de lado el proceso que la hizo posible. La esclavitud existió, la población afrodescendiente tuvo un peso importante durante el siglo XIX y diversos acontecimientos como las guerras, las epidemias, los movimientos migratorios y la llegada masiva de inmigrantes europeos, modificaron la composición de la sociedad argentina. El problema no es solo el desconocimiento de la historia, sino la pretensión de medir realidades con la misma vara.

Puede resultar paradójico que buena parte de estas acusaciones provengan de países con una profunda historia de colonialismo, imperios y conflictos raciales, que rara vez someten su propio pasado al mismo juicio implacable con el que examinan una canción o un festejo argentino.

Muchas veces, además, quienes condenan ciertos símbolos parecen más preocupados por la representación del racismo que por sus prácticas concretas. Se discute una bandera o un canto de tribuna, pero se presta menos atención a las políticas migratorias o a los mecanismos de integración que afectan a millones de personas. La diferencia entre la condena simbólica y la práctica política suele quedar fuera del debate.

Argentina no está exenta de prejuicios ni prácticas discriminatorias, donde muchas veces el factor determinante no es el color de piel sino la clase social.

La pregunta ya no pasa sólo por los hechos, sino también por la forma en que esos hechos construyeron un diagnóstico sobre un país entero. En ese proceso, las redes sociales tuvieron un rol fundamental, ya que su lógica premia el conflicto y gira en torno a la indignación y la viralización: aparece una acusación llamativa, el algoritmo prueba la interacción, si genera enojo o debate, este la amplifica y su alcance es mayor. Con el tiempo, lo que comenzó como una interpretación aislada empieza a repetirse, se transforma en una opinión compartida y termina instalándose como una verdad difícil de cuestionar.

Tal vez la pregunta nunca debió ser si la Argentina es o no un país racista. El verdadero interrogante es cómo una discusión nacida en una cancha terminó convirtiéndose en un juicio sobre la identidad de toda una sociedad. Porque etiquetar a un país entero siempre es más fácil que entenderlo.

La historia no sólo la escriben quienes meten goles

Por Iara Pérez

Nicolás Hernán Gonzalo Otamendi, nacido en Buenos Aires el 12 de febrero de 1988, surgido de las inferiores de Vélez Sarsfield, pasó de vestir la camiseta del Fortín a recibir el llamado de Diego Armando Maradona para representar a la Selección Argentina. Y con ese llamado, sin imaginarlo, comenzaría a escribirse una historia que emocionaría a todo un país.

Su debut en Primera División llegó en 2008, durante la fecha 14 del Torneo Clausura. Hugo Tocalli lo mandó a la cancha en reemplazo de Hernán Pellerano en la victoria de Vélez frente a Rosario Central. Con la camiseta del Fortín disputó 41 partidos y, en 2009, conquistó el Torneo Clausura, el primer título de una carrera que apenas empezaba.

Hasta que llegó el llamado más importante de todos. Maradona lo convocó para integrar el plantel de la selección que disputó el Mundial de Sudáfrica 2010, donde Argentina llegó hasta los cuartos de final y cayó frente a Alemania. Pero aquella derrota fue apenas el primer capítulo dentro del seleccionado.

Tras su paso por Vélez, dio un salto a Europa para vestir la camiseta del Porto. Luego tuvo un breve paso por Atlético Mineiro, regresó a Europa para jugar en Valencia, más tarde defendió los colores de Manchester City y finalmente llegó a Benfica. En cada club dejó su huella: una personalidad inquebrantable y una ambición que parecía no tener límites.

Con la llegada de Lionel Scaloni al mando de la Selección Argentina comenzó a formarse un equipo que quedaría para la historia. Atrás habían quedado las dolorosas derrotas:la final del Mundial 2014 nuevamente frente a Alemania y la eliminación en octavos frente a Francia.

En 2021 llegó la consagración en la Copa América ante Brasil en el Maracaná, que terminó con los 28 años de espera y marcó el comienzo de una de las etapas más gloriosas de la selección y de la carrera de Otamendi. Después llegaron la Finalissima 2022, la Copa del Mundo de Qatar el mismo año y la Copa América en 2024, coronando un ciclo inolvidable en el que el General fue uno de los grandes líderes dentro y fuera de la cancha.

Con una carrera marcada por tantos logros dentro de esta Selección, ¿qué más se le puede pedir? Porqué, más allá de que esa eliminación ante España sea la última vez que vistió la celeste y blanca, el central enseñó a nunca bajar los brazos. Porque la historia no solo la escriben los que meten goles, sino también los que dejan el alma por la camiseta y le enseñan a un país entero que nunca hay que dejar de creer, como lo dijo en esa última carta con la que anunció su retiro de la Selección.

Hasta siempre General. Gracias por tanto, por llenar estos corazones argentinos de felicidad y gloria, y por dejar un legado que quedará para siempre en la historia.

Fútbol, bienvenidos de vuelta a nuestra realidad 

Por Tiziano Moreira

El árbitro esloveno, Slavko Vinčić, marcó el final de la Copa del Mundo 2026 el pasado domingo y decretó el cierre de un mes irreal. Aunque no con el desenlace que todo el país soñaba. 

Por 39 días, el hincha vivió en una burbuja perfecta. Los ojos se habían acostumbrado a goles espectaculares, festejos coreografiados, presentaciones de ensueño, estadios y césped majestuosos. El fútbol de selecciones, en la máxima cita, ofreció un espectáculo visual impecable. Todo brillaba en este deporte. 

El reloj, al que es imposible darle pelea, impuso la vuelta a nuestra dimensión. Se apagaron las luces del gran escenario global. El espectador volverá a sentarse en el sillón, solo o con amigos, y encenderá el televisor cada fin de semana. Otro subirá los escalones de su tribuna de toda la vida. En la cancha, lo espera la Liga Profesional, el Ascenso y la Copa Libertadores o Sudamericana.

El impacto visual y emocional es fuerte. Quedaron atrás las picadas en los balcones con camisetas de La Albiceleste; calles vacías a las cuatro de la tarde; las charlas de si tenía que entrar Lautaro Martínez o Giuliano Simeone para ganar el partido; y los duelos de fase de grupos todos los días hasta las dos de la madrugada. El fútbol argentino, el de los sábados de asado y domingos de pastas, nos recibe con otra cara. Aparece la fricción constante, la protesta desmedida, los cánticos de las hinchadas, el salto de la pelota por los desniveles del campo de juego y el viejo que grita: “¡Antes jugaban por la camiseta, ahora solo les importa el peinado!”. El juego se vuelve áspero.  

Un vacío extraño. Esta vuelta a la realidad provoca cierta nostalgia. La dinámica es otra. El nivel de juego sufre un descenso esperado y la vista tarda en adaptarse al nuevo ritmo. Por momentos, no sabemos qué deporte miramos. 

Para nuestra suerte, desaparecerá un enemigo íntimo de las últimas semanas: el delay. Ese grito ajeno que escuchabas por la ventana o los bocinazos de los autos que anticipaban los goles de la Copa del Mundo y arruinaba el suspenso, ya no será una preocupación. Ahora la incertidumbre y el festejo irán al compás exacto del reloj.

Sin embargo, hay un factor invisible que lo cambia todo: el sentido de pertenencia. El Mundial enamoró y paralizó un país entero. Pero fue un amor de verano. El club, en cambio, representa el matrimonio para toda la vida. El partido que antes arrancaba en un Fan Fest, ahora vuelve a empezar en el andén del tren o en la parada del colectivo, en la peregrinación a paso apurado por las calles del barrio para eludir las aglomeraciones. 

El abrazo en la esquina de siempre, la charla técnica improvisada en el bar de la avenida y la caminata final hacia los accesos. Ese puente sagrado entre la rutina y la religión del fin de semana despierta los sentidos. El aire aséptico de los estadios yankees muta en una mezcla inconfundible de humo de parrillas, garrapiñada y asfalto. El sonido ambiente de la televisión queda sepultado por el golpe sordo de los bombos en la popular y el grito crudo de una multitud que descarga tensiones de la cotidianeidad. 

Es un ruido sin filtros. Justo ahí, en el barro del torneo local o en las noches de Copa, es donde residen los colores heredados, la historia, el escudo tatuado en la piel. Gritar un gol sucio, con la rodilla, sobre la hora y bajo la lluvia en Almagro o en el Amalfitani despierta una euforia distinta. Esa emoción primitiva no requiere de tácticas perfectas ni de figuras de talla internacional. Solo necesita un poco más de pasión.

La transición inicial cuesta. El futbolero sufre. Pero, de a poco, la costumbre se impone. El corazón vuelve a acelerarse por un córner a favor en la última jugada o por un cierre perfecto del defensor central. Bienvenidos de vuelta a casa. La realidad raspa, es imperfecta y muchas veces duele, pero tiene un sabor inconfundible: La Argentinidad.  

Lautaro Martínez, del rechazo a la gloria

Por Abigail Quiroz

Desde el potrero en Bahía Blanca hasta los estadios más imponentes del mundo, Lautaro Martínez es un goleador nato con corazón argentino. Su historia comenzó en el club de Liniers de su ciudad natal, Bahía Blanca. Con 15 años estuvo a punto de elegir el básquet, pero desde chico su talento para el fútbol era evidente. Viajó a Buenos Aires para cumplir sus sueños y probarse en Boca Juniors. Sin embargo el destino le tenía preparado otra jugada: tras varios días de entrenamientos, el club lo rechazó. “No tenés ni velocidad ni potencia”, le dijeron. Una puerta se cerró, pero el Toro no se rindió.

No lo quisieron en San Lorenzo y pocos creían en su potencial. Derrotado, volvió a Bahía Blanca, pero hasta allí llegó Racing, quien vio en él lo que otros no. En Avellaneda comenzó su formación y su debut en Primera División en 2015. Pero su explosión llegó en 2017 de la mano de Eduardo “Chacho” Coudet. Sus grandes actuaciones no pasaron desapercibidas y despertaron el interés del Inter de Milán.

En 2018, con apenas 20 años, cruzó el océano para dar el gran salto de su carrera. En Italia demostró que el desafío no le quedaba grande y se convirtió en una pieza clave del club milanés, con el que ganó la Serie A, la Copa y la Supercopa de Italia, además de disputar dos finales de Champions League.

Con la Selección Argentina también comenzó a escribir su propia historia. Primero sufrió un duro golpe al quedar afuera de la lista definitiva en el Mundial 2018. Pero resurgió y fue parte del plantel que conquistó la Copa América del 2021 en el Maracaná. Un año más tarde levantó la Finalísima y, en Qatar 2022, cumplió el sueño de consagrarse campeón del mundo.

En esta última Copa del Mundo entró desde el banco y eliminó a Inglaterra tras anotar el 2-1 en los minutos finales y llevó a Argentina a una nueva final del mundo. Lautaro rompió en llanto, dejando atrás años de frustración y demostrando que el esfuerzo siempre tiene recompensa. Como aquel niño que salió de Bahía Blanca en busca de un sueño y alcanzando la gloria.