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Lautaro Martínez, del rechazo a la gloria

Por Abigail Quiroz

Desde el potrero en Bahía Blanca hasta los estadios más imponentes del mundo, Lautaro Martínez es un goleador nato con corazón argentino. Su historia comenzó en el club de Liniers de su ciudad natal, Bahía Blanca. Con 15 años estuvo a punto de elegir el básquet, pero desde chico su talento para el fútbol era evidente. Viajó a Buenos Aires para cumplir sus sueños y probarse en Boca Juniors. Sin embargo el destino le tenía preparado otra jugada: tras varios días de entrenamientos, el club lo rechazó. “No tenés ni velocidad ni potencia”, le dijeron. Una puerta se cerró, pero el Toro no se rindió.

No lo quisieron en San Lorenzo y pocos creían en su potencial. Derrotado, volvió a Bahía Blanca, pero hasta allí llegó Racing, quien vio en él lo que otros no. En Avellaneda comenzó su formación y su debut en Primera División en 2015. Pero su explosión llegó en 2017 de la mano de Eduardo “Chacho” Coudet. Sus grandes actuaciones no pasaron desapercibidas y despertaron el interés del Inter de Milán.

En 2018, con apenas 20 años, cruzó el océano para dar el gran salto de su carrera. En Italia demostró que el desafío no le quedaba grande y se convirtió en una pieza clave del club milanés, con el que ganó la Serie A, la Copa y la Supercopa de Italia, además de disputar dos finales de Champions League.

Con la Selección Argentina también comenzó a escribir su propia historia. Primero sufrió un duro golpe al quedar afuera de la lista definitiva en el Mundial 2018. Pero resurgió y fue parte del plantel que conquistó la Copa América del 2021 en el Maracaná. Un año más tarde levantó la Finalísima y, en Qatar 2022, cumplió el sueño de consagrarse campeón del mundo.

En esta última Copa del Mundo entró desde el banco y eliminó a Inglaterra tras anotar el 2-1 en los minutos finales y llevó a Argentina a una nueva final del mundo. Lautaro rompió en llanto, dejando atrás años de frustración y demostrando que el esfuerzo siempre tiene recompensa. Como aquel niño que salió de Bahía Blanca en busca de un sueño y alcanzando la gloria.

El pibe de 39 que le ganó al tiempo 

Por Lola Fernández 

Hay domingos que no se van más y se quedan flotando en el aire, como esos papelitos de colores que no quieren caer al suelo caliente de la calle. El domingo, la historia nos sacudió otra vez el pecho con una final que se escapó por nada, dejándonos con ese nudo en la garganta que solo el fútbol sabe provocar. La pelota, esa amiga caprichosa que tantas veces nos esquivó y que tantas otras nos abrazó, pareció frenar el mundo por un segundo solo para pedirle permiso a una zurda. Y esa zurda, cansada de tantas peleas, golpeada por los años difíciles pero llena de la magia de la madurez, dijo que sí. Dijo que el viaje terminaba ahí, en la cima del mundo, en el último suspiro de un ciclo irrepetible, pero que la leyenda recién empezaba a pintarse en las paredes de los barrios. Hablar de Lionel Andrés Messi en el final de su camino mundialista no es tirar números ni hablar de tácticas frías de pizarrón. Es entrar en un lugar donde la cultura de la gente y la pasión popular se mezclan, entendiendo que lo que pasó ayer y lo que nos trajo hasta acá no fue solo la ambición de un deportista, sino la de un país entero volviéndose a mirar con cariño en el espejo. 

Durante estas semanas, la Argentina volvió a ser una sola bandera gigante. No importó la inflación, ni el cansancio crónico de un pueblo que siempre pelea contra el reloj, ni los problemas de todos los días que nos muerden los talones. Todo eso quedó sepultado bajo el celeste y blanco. La gente caminaba hacia las esquinas con la devoción de quien marcha a un templo invisible, buscando en la pantalla la excusa perfecta para fundirse en un abrazo con un desconocido. En cada barrio, en cada balcón y en cada esquina soplaba el mismo viento: un viento que olía a pasión, a ilusión renovada y a esa fe inquebrantable que nos caracteriza. La sociedad argentina, históricamente fracturada por sus propias dudas y desengaños, encontró en ese equipo y fundamentalmente en su capitán una causa común. No había grieta posible frente al altar de la diez; se respiraba una urgencia colectiva por ser felices como un acto de legítima defensa contra la tristeza, y el rosarino entendió ese mandato tácito como nadie en la historia. 

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que el país le exigía a su ídolo una furia impostada, pidiéndole que fuera compadrito, que golpeara el pecho, que hablara con el tono sobrador de los arrabales. Qué equivocados estábamos. La grandeza de este capitán eterno radicó, justamente, en su negativa a ser un personaje de ficción prefabricado. En este último baile en la máxima cita, se nos mostró descarnado, humano, profundamente vulnerable y, por lo 

mismo, infinitamente gigante. Ya no era el joven prodigio que gambeteaba rivales con la furia indomable de un pibe; era un patriarca bondadoso, un líder sabio que sonreía con esa picardía tan nuestra y que, cuando las cosas no salían, se ponía el equipo al hombro con la serenidad de los que ya han sufrido bastante y saben de qué se trata la vida. Su mirada firme, su amor incalculable por la camiseta y el respeto eterno que inspira en propios y extraños nos devolvieron a un hombre común que decidió regalarnos su alma entera antes de bajar el telón de los grandes escenarios internacionales.

Los filósofos contemporáneos discuten si el destino está escrito o si se construye a los cachetazos contra la intemperie, pero lo que ocurrió en este tramo final desafía cualquier lógica racional. El 19 de julio nos tocó morder el polvo de la derrota en el partido decisivo, sentir esa amargura honda que quema en el pecho y deja el estadio en un silencio sepulcral. Duele, claro que duele, porque nos habíamos acostumbrado a tocar el cielo con las manos. Sin embargo, en el fondo del alma sabemos que las derrotas más dignas son las que consagran a los verdaderos mitos. El fútbol le debía y le seguirá debiendo alegrías eternas a su hijo pródigo, pero el país ya se sacó de encima el peso de la soledad gracias a su entrega. El dolor de la derrota no empaña en absoluto la magnitud de su legado; al contrario, lo humaniza y lo vuelve inmortal, porque nos enseña que hasta los dioses terrenales conocen la tristeza, pero se levantan con hidalguía. 

Hoy, con la resaca emocional de la final todavía a flor de piel y el eco de los partidos apagándose en la memoria cotidiana, queda una certeza inalterable que atraviesa a varias generaciones. El capitán se despidió de la Copa del Mundo, pero se instaló para siempre en el latido del lenguaje popular, convirtiéndose en mucho más que un póster pegado en la pieza de un pibe. Ya no se trata de cuántas veces dejó pagando a tres defensores en un potrero, sino de la lección silenciosa que dejó flotando en el aire: que se puede ser el mejor del mundo sin perder la humildad, y que el liderazgo más potente no es el que grita, sino el que sostiene cuando el mundo se desmorona a pedazos. La crónica deportiva suele agotarse en el resultado del domingo, en el número frío de la medalla de plata, pero lo que pasó con este capitán excede las páginas de deportes para ingresar de lleno en la mitología urbana. Es el abuelo que dentro de veinte años le va a contar a su nieto que vio jugar al pibe que caminaba por la cancha con la aparente tranquilidad de un genio aburrido, hasta que decidía cambiar el curso de la historia con una caricia a la pelota que desafiaba las leyes de la física. Se fue de las grandes citas con la frente bien alta, dejándonos el pecho inflado de orgullo y la certeza de que, aunque ayer la moneda cayó del lado equivocado, su magia ya vive para siempre en el corazón de nuestra patria. 

Capitán, nos bancaste las paradas más difíciles. Te pusiste una mochila imposible al hombro y, aunque muchos te soltaron la mano, decidiste volver. Porque tu amor por estos colores nunca dependió de la caricia fácil, sino del deber cumplido con los tuyos. 

Pero lo más grande que hiciste no fue demostrar que sos el mejor jugador de todos los tiempos. Lo más grande es la persona que hay atras de la camiseta. Con esa humildad intacta, con los valores de familia, con la bondad de los de antes, demostraste que se puede llegar a la cima absoluta sin perder la esencia. 

Nos dejaste una enseñanza que trasciende cualquier cancha: que la grandeza verdadera se mide en cómo tratás al otro, en la generosidad y en la nobleza del alma. Hoy podés mirar atrás con el orgullo у la tranquilidad absoluta de haber cumplido. Dejaste a nuestro país en lo más alto del mundo, no solo por la tercer estrella, sino por la dignidad con la que nos representaste. Andá tranquilo, Capitán. Disfrutá, descansa y estate orgulloso, que nuestras lágrimas son de eterno agradecimiento.

Hasta el 2030

Por Juana Enrico

La vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial. Cada cuatro años, el tiempo parece hacer una pausa para darle lugar al único acontecimiento capaz de reunir al planeta alrededor de una misma ilusión. No existe otro escenario donde un himno pueda hacer temblar a millones de personas al mismo tiempo, donde un gol sea capaz de abrazar un país entero o de romperle el corazón. Y aunque la Copa del Mundo nunca ha podido desprenderse de la política, del poder y de los intereses que la rodean, esta edición volvió a recordar una certeza que resiste cualquier transformación: el fútbol sigue siendo ese refugio donde las alegrías duran un instante, pero permanecen para siempre. Porque de él no depende la vida, pero sí muchas veces la felicidad.

Y transcurrió uno más, rotundamente distinto: el del inédito formato de 48 equipos y aquellos partidos que parecieron disputarse en cuatro tiempos. El del capítulo final de Messi en los Mundiales. El de Donald Trump, erigido en el emblema de una era donde el poder desestimó los protocolos: protagonista indiscutido de la clausura y capaz de gravitar hasta en la anulación de una tarjeta roja para un futbolista estadounidense. El de la sombra de la injerencia política sobre el arbitraje de Omar Artan. El del hostigamiento a Irán, el del reclamo inmortal de Malvinas, el de las entradas convertidas en un privilegio inalcanzable y el de un show de cierre a la medida del país anfitrión -o al menos, del principal de ellos-.

Porque incluso eso quedará sujeto a debate: dentro de cuatro años, ¿alguien recordará que este fue también el Mundial de México y Canadá, o la historia terminará rebautizándolo, simplemente, como Estados Unidos 2026? Aunque la cancha se compartió entre tres, el protagonismo tuvo un único y voraz dueño. No solo porque el torneo terminó siendo un espejo de su propia cultura, sino por una matemática implacable: mientras Canadá y México debieron conformarse con 13 partidos cada uno, Estados Unidos absorbió 78, adueñándose, en la práctica y en el relato, de la Copa entera.

A esta hegemonía territorial se le sumó, además, el prisma distópico de la propia época: un Mundial no solo jugado, sino sobreinterpretado, desmenuzado y devorado en tiempo real por el ruido blanco de la sobreinformación. Entre clips instantáneos, transmisiones simultáneas y la fría cadencia de las inteligencias artificiales sintetizando crónicas automáticas antes de que la pelota terminara de rodar, la emoción pura pareció diluirse en una marea de narraciones superpuestas. Hoy los mitos ya no se transmiten de boca en boca ni maduran en el tiempo; se procesan al instante, se empaquetan en algoritmos y se consumen hasta el hastío antes de dar paso al siguiente fenómeno. Quizás la mayor paradoja de este torneo haya sido esa: en la era donde todo se documenta, se analiza y se genera con una precisión quirúrgica, nunca fue tan fácil que la memoria colectiva termine volviéndose tan volátil como el deslizamiento de un dedo sobre la pantalla.

Así se apaga el telón. A pesar de la geopolítica, el negocio y el ruido del presente, este torneo volvió a pausar el mundo para reunirnos alrededor del mismo fuego y regalarnos ese breve refugio de felicidad. Adiós a una cita inolvidable que ya es historia. Hasta 2030.

Clubes de barrio, cuna de campeones

Por Serena Pettovello, Eliseo Damonte, Florencia Rodríguez Sánchez, Tomás Sarlanga, Matías Cuesta, Facundo Llano y Malena Mendoza

22. Lautaro Martínez: una cama tendida para seguir cuidando sus sueños desde la distancia 

Por Serena Pettovello

El 28 de marzo de 2007, en la ficha de inscripción N.º 41.500 de la Liga del Sur, Lautaro Javier Martínez fue anotado como jugador federado por el Club Atlético Liniers. El Albinegro, fundado en 1908, se ubica en la Avenida Alem, una de las más tradicionales de la ciudad.

Lo describen preguntón, inquieto. Un jugador guapo y de mirada penetrante. Serio y de poca sonrisa. A veces, también, de reaccionar fácilmente. Palabras que permiten visualizar al Toro que conocemos hoy, con 28 años de edad. Pero incluso cuando tenía diez, también era el goleador del equipo.

Cuando le dieron la 10, le dijeron que aquellos que la usaban tenían que hacerse cargo de los partidos importantes. “Yo me hacía cargo, así que espero que vos también lo hagas”. Lautaro lo miró, esbozó una sonrisa, y no respondió. Pero demostró que se haría cargo, que el dorsal en la espalda no le pesaba.

Había jugado cuatro partidos en la primera del Chivo cuando llegó la propuesta de Racing.  El director de la reserva de la Academia, Flavio Radaelli, lo vio en un entrenamiento. Las negociaciones fueron largas, los directivos del albinegro viajaron seis veces hasta Buenos Aires para consensuar. Pero la mayor resistencia que tuvieron que sortear fue la de Karina, su madre. No quería que su hijo de 16 años se fuera tan lejos de su Bahía natal.

Desde chico, en Bahía Blanca, Lautaro supo que quería ser futbolista. Y para alguien del interior, perseguir ese sueño también implica aprender a convivir con el desarraigo: mudarse lejos de la familia, vivir en una pensión y enfrentar la soledad. Pero siempre hubo algo más fuerte. Una necesidad de demostrar que podía hacerlo. 

Cuando su Viejo le compró un par de botines por primera vez, comenzó a soñar con convertir el gol que hizo en la semifinal frente a Inglaterra. Y mientras él perseguía ese sueño, su vieja —que nunca quiso verlo irse de Bahía— jamás dejó de tender su cama. Porque así, incluso a la distancia, podría seguir cuidando los sueños de su hijo.

 

9. Julián Álvarez, los 35 de Calchín 

Por Serena Pettovello

Que chico tranquilo. Lo es a la hora de hablar y, aunque parezca contradictorio para alguien que juega a la velocidad con la que él lo hace. Oriundo de Calchín, un pueblo cordobés de poco más de 3000 habitantes, cuesta imaginarlo de otra manera. Un lugar en el que todos lo conocen, lo valoran y sonríen cuando hablan de él. Del nene que jugaba en las canchitas de Iriarte y que, casi sin darse cuenta, terminó convirtiéndose en el gran ídolo del pueblo. 

Desde su infancia, una rutina que acompañaría su sencillez. Del colegio (en el que compartió con los mismos compañeros desde el jardín) a almorzar a casa. Una hora de siesta sagrada, como en cualquier pequeño pueblo del interior. Salir a jugar con sus amigos en alguna cancha de tierra, la merienda que preparaba la abuela Herminda y el entrenamiento en el Club Atlético Calchín, de camiseta albirroja. Tal vez por eso, o simplemente por tradición, buena parte del pueblo eligió a River como su equipo. 

Sus amigos dicen que siempre fue fácil notar lo bueno que era jugando al fútbol. “Me pintaba la cara”. Pero nunca de una mala manera, al contrario. Relatan que se alegraban de verlo jugar así, de verlo disfrutar. De verlo permitirse soñar con compartir una cancha con Lionel Messi y, ¿por qué no? conquistar un campeonato del Mundo a su lado.

Cuando volvía de las pruebas en los clubes, sus compañeros querían saber todo: lo innovador de cómo se juega en Buenos Aires, y también en España. Pero incluso al probarse en el Real Madrid, y no poder ser fichado por las normativas de fichaje de menores, Julián no se olvidaba de su hogar. Al regresar a su Córdoba, llevaba regalos para todos sus compañeros.

En cuarto año del secundario, se mudó a Buenos Aires para seguir jugando en el Millonario, pero el viaje a Bariloche y la fiesta de egresados  los hizo con sus amigos de Calchín. Los mismos amigos que, junto a algunos de sus familiares, hoy ocupan 35 butacas en cada estadio en el que la Araña juegue en esta edición del Mundial. Esas 35 que estuvieron en las buenas y en las malas, que hoy celebran sus logros como si fueran propios, pero que también estuvieron para abrazar el miedo, las derrotas. 

Quizás el mayor mérito del Club Atlético Calchín no haya sido formar al futbolista, sino algo mucho más difícil: construir ese grupo de amigos que todavía hoy cruza el mundo para verlo jugar.

6. Lisandro Martínez, el sacrificio valdrá la pena

Por Serena Pettovello

Silvina “Gogo” Cabrera, además de ser su madre, fue su primera entrenadora. Armó un equipo porque su hijo, Lisandro, se lo pidió. Licha se convirtió rápidamente en la figura de un plantel de camisetas verdes con la banda amarilla cruzada, tan grandes que debían meterse dentro del pantalón. Un combinado formado por vecinos del Barrio El Molino de Gualeguay. 

Un predio al lado de don Pedro y doña Dora, bisabuelos de Lisandro, fue el escenario donde el central practicaba a toda hora. Todo empezó casi por casualidad: un año en el que Don Pedro no hizo huerta, se improvisó una cancha que quedó para siempre. Lisandro creció al lado de ese predio y rodeado de familia. En un mismo terreno convivían tres hogares: sus abuelos, sus tíos, sus primos y ellos. 

Lisandro comía al mediodía y, por las noches, tomaba un té con pan. Para él, era normal. Confesó haber tomado conciencia a medida que fue creciendo. Antes, lo único que importaba era jugar a la pelota.

Licha y sus amigos del barrio iban juntos a todos lados. Acudían a la Escuela Feliciano Chiclana, corrían hasta el comedor municipal a buscar la vianda, y se iban a jugar. En patas, por supuesto. Cuando cumplió los ocho, Silvina por fin le hizo caso y armó un equipo con los chicos del barrio. El 13 de marzo del 2006, fichó para Urquiza y empezó a jugar los torneos infantiles. Cuando había partido, todos se juntaban en la cancha de Lisandro y caminaban juntos las cuatro cuadras que los separaban del club.

Cuando quedó en Newell’s a los 14 años, tuvo que enfrentar de golpe otra realidad: jugar profesionalmente al fútbol implicaría estar lejos de su familia, de sus amigos, de la cancha y del club que estaba a cinco cuadras. 

Extrañaba tanto que decidió volver. Su padre, El Gringo, que también había sido un buen jugador de fútbol aunque sin oportunidades, respetó su decisión, pero antes quiso mostrarle su otra posibilidad. Lo llevó a trabajar con él en una obra, como albañil. Lisandro se quedó dormido y llegó dos horas más tarde, pedaleando contra el viento. 

Ese día, su padre le dijo: “¿Te das cuenta de que esto no es para vos?”. Lisandro volvió a Newell’s y nunca dejó de demostrar que aquel sacrificio, efectivamente, valía la pena.

24. Enzo Jeremías Fernández, el chico que encendía la luz de La Recova

Por Serena Pettovello

Un año antes del nacimiento de Enzo, su padre había sido despedido de la metalúrgica donde trabajaba y sobrevivía haciendo changas como albañil en Isla Maciel. Poco después consiguió empleo en una fábrica de insumos para tintas, mientras Marta, su madre, limpiaba casas para sostener la economía de una familia numerosa.

En La Recova, las luces se encendían por Enzo Jeremías Fernández. Mucho antes de que alguien imaginara al campeón del mundo, el barrio ya sabía que ese chico tenía algo distinto. En su primer partido en el club de San Martín, demostró con apenas cuatro años, que no es un chico que necesite de mucho tiempo para hacerse grande. El equipo perdía 3-2 ante Ameghino y el nene quería entrar a jugar. Desborda por la derecha, define cruzado y empata el partido.

Diecisiete años después repetiría la costumbre de aparecer cuando hacía falta: en Qatar 2022 sería campeón del mundo y elegido el Mejor Jugador Joven del torneo. 

Enzo fue cinco veces campeón con su categoría en el “Círculo de Amigos” La Recova. Pero, según su padre, también es donde empezó a gatear, a caminar, a colgarse del alambrado. 

A los 7 años, y después de la insistencia prolongada del ojeador de fútbol Pablo Esquivel, Enzo Jeremías Fernández llegó a River Plate. Gracias al enorme esfuerzo de sus padres, a los que no les sobraba nada, empezó a desempeñarse en las infantiles. Volvía corriendo del colegio, almorzaba, y se iba junto a Marta, su madre, en un colectivo de la línea 28 hasta Villa Martelli. Pero, además, continuaba jugando en La Recova. Mientras Marta cruzaba media ciudad en colectivo para llevarlo a entrenar y Raúl trabajaba todo el día para sostener la casa, el barrio seguía aguardando por Enzo.

Como jugaba para River en Parque Chas, muchas veces había que esperarlo para empezar los partidos en Villa Libertad. Llamaban para preguntar cuánto faltaba. Si todavía venía en camino, algún chico bajaba la tecla de la cuadra y dejaba el barrio sin luz. Volver a encenderla demoraba cerca de media hora. El tiempo justo para que Enzo llegara y pudiera entrar a la cancha. En La Recova las luces se encendían por Enzo Fernández. 

5. Leandro Daniel Paredes y el sueño de San Justo

Por Eliseo Damonte 

El escenario para imaginar sueños no necesita perfecciones. Para Leandro Daniel Paredes, el refugio perfecto era la persiana cerrada de un garage en la calle Condarco, en el barrio Villa Constructora. Allí, sin que existiera reloj ni situación climática que se interpusiera, ensayaba la jugada que más lo cautivaba: la chilena. Su papá, Daniel, tiraba el centro, y él, una y mil veces, la bajaba de pecho contra ese rectángulo de chapa para definir.

A los tres años de edad, dio sus primeros pasos institucionales en la Sociedad de Fomento La Justina. El club, fundado a fines de la década del 50 en San Justo, tenía por entonces una humilde cancha de cemento irregular. Quienes lo vieron jugar en aquellos primeros años de baby fútbol recuerdan a un chico que, en medio del tumulto, ya sabía conducir la pelota y buscar el arco rival con una madurez inusual para su edad.

Su evolución deportiva lo llevó luego al club Brisas del Sud, en Mataderos. Allí, bajo la dirección técnica del Tano Nanía, perfeccionó el control a dos piernas y el panorama de juego, asumiendo la capitanía en una categoría un año mayor a la suya. Fue exactamente en esa etapa formativa donde el descubridor de talentos Ramón Maddoni lo observó durante una final contra Club Parque, marcando su inevitable destino hacia las divisiones inferiores de Boca Juniors.

Pero para un jugador forjado en el conurbano bonaerense, el éxito profesional y el salto a Europa no borran el origen. Años después, ya consolidado en la élite y a las puertas de alzar los trofeos más importantes del planeta, Paredes gestionó la construcción del techo y la remodelación completa de la cancha de La Justina junto a su madre, Myriam.

Mientras él dictaba los tiempos del mediocampo de la Selección Argentina y tocaba el cielo con las manos, en San Justo los chicos de su barrio empezaron a jugar resguardados bajo un techo nuevo. Porque así, incluso a miles de kilómetros de distancia, devolviéndole la gloria a su institución, un jugador puede seguir defendiendo el potrero.

20. Alexis Mac Allister y los goles que valían figuritas 

Por Eliseo Damonte 

Para algunos chicos, el club de barrio es mucho más que un lugar de entrenamiento. En el caso de Alexis Mac Allister, a sus escasos años de edad, esa familiaridad se traducía en acercarse al buffet del Club Social y Deportivo Parque, en la calle Marcos Sastre 3268, y pedirle con total naturalidad al mesero que le fiara una gaseosa. Sabía que sus padres pagarían la cuenta por la noche, pero, sobre todo, entendía prematuramente que ese espacio en Villa del Parque no era una simple institución deportiva: era una extensión del patio de su casa.

Aquel niño, llamado Rusito en su Pampa natal por herencia familiar pero simplemente Ale en los pasillos del club, era serio y tímido en apariencia, pero absolutamente irreverente con la pelota bajo la suela. En esa icónica cancha de cemento, donde la pelota pica más rápido que en el pasto, su primer entrenador, Gustavo Petrochelli, pulió su técnica. Sin embargo, su mayor enseñanza no fue táctica. A ese chico competitivo y fastidioso por naturaleza le inculcó una regla innegociable: antes de la urgencia por ganar, están la educación y el compañerismo.

Esa formación estructurada convivía con la picardía de un pibe que jugaba impulsado por una motivación muy concreta. En su etapa de baby fútbol, Alexis era el goleador, y sus padres habían diseñado un sistema estricto para controlar su fanatismo como coleccionista: cada gol convertido equivalía a un paquete de figuritas. Domingo a domingo, sus hermanos mayores, Kevin y Francis, lo alentaban desde un costado, sabiendo que de la puntería del menor dependía completar el álbum. Su talento era tal que llegó a aceptar jugar un partido para otra categoría, que no llegaba a completar los once jugadores, solo después de negociar un pago inicial de diez sobres de figuritas. Naturalmente, fue la figura de la cancha.

En Parque, la familia Mac Allister creció bajo la influencia directa de los Batista. Checho, campeón en México 1986, había sido durante más de tres décadas el único campeón mundial surgido de esas baldosas. El legado que transmitían en el club era claro: la verdadera grandeza se demuestra manteniendo los pies sobre la tierra y no perdiendo la costumbre de sentarse a jugar a las cartas con los vecinos en el buffet.

Treinta y seis años después de aquella consagración en el Azteca, la historia del club exigió un nuevo capítulo. Días después de la gloria en Qatar 2022, Alexis Mac Allister regresó al centro exacto de esa misma cancha de baby fútbol para fotografiarse con sus hermanos. Ya no necesitaba pedir fiado ni cambiar goles por figuritas, pero al pararse sobre el cemento dejó en claro que el éxito internacional no altera las raíces. El campeón del mundo había vuelto al lugar que siempre extrañará con nostalgia.

10. Lionel Andrés Messi: el bulto que gambeteó al destino

Por Eliseo Damonte

Un distrito rosarino que huele a pelotas de cuero y botines gastados resguarda, entre sus calles, la génesis del mejor jugador del mundo. En el Club Abanderado Grandoli, el tejido alambrado y las modestas tribunas mantienen viva la leyenda de un niño tímido e introvertido que, al cruzar la línea de cal, se transformaba por completo.

Corría el año 1992 cuando Salvador Aparicio, histórico entrenador de las categorías infantiles, miraba con desesperación los márgenes de la cancha de tierra. Le faltaba un jugador para completar el equipo de la categoría 86. En la tribuna había un pibito de apenas cuatro años, acompañando a sus hermanos mayores junto a toda su familia. Ante la duda de su madre por su corta edad, fue su abuela Celia quien sentenció la historia: “Prestáselo, dejalo que juegue”. Aparicio solo quería que el nene se quedara paradito, simplemente para hacer bulto.

La primera pelota le pasó por la derecha y el chiquito ni se inmutó. La segunda le cayó en la zurda mágica. Ese chico, que supuestamente no sabía jugar, acomodó la pelota y salió en diagonal, gambeteando a rivales que le sacaban una cabeza de ventaja, mientras su entrenador le gritaba desesperado que pateara para que no lo lastimaran. De ahí, no lo sacaron nunca más.

Sin embargo, la verdadera magia del club Grandoli trasciende a su hijo pródigo. En un contexto barrial donde la calle muchas veces impone sus peligros y desolaciones, instituciones como esta funcionan impulsadas por un profundo sentido de comunidad: “soy porque somos”. Como explica su lema, el objetivo central no son los resultados deportivos, sino formar familias y ofrecer una burbuja de contención comunitaria donde falta todo, menos amor y pertenencia.

Frente a su antigua escuela primaria, un enorme mural dice: “De otra galaxia y de mi barrio”. Y esa es, quizás, la mayor victoria de Lionel Andrés Messi. A pesar de haber conquistado todos los títulos posibles y de que su apellido adorne paredes en cada rincón del planeta, el capitán de la Selección Argentina nunca dejó de ser ese mismo pibito humilde de acento rosarino. El genio que, detrás de su simpleza, sigue jugando con los valores de compañerismo que aprendió en la canchita de su barrio, demostrando que uno puede ser de otra galaxia sin olvidarse jamás de dónde vino.

8. Valentín Barco, su viaje de 400 km hacia la Primera División

Por Eliseo Damonte 

Aquellos que logran esquivar la presión, minimizar los elogios desmedidos y jugar con el atrevimiento del potrero aun con miles de flashes encima, están tocados por una varita mágica. Valentín El Colo Barco es, sin dudas, uno de ellos. Pero mucho antes de las noches épicas de Copa Libertadores y de su desembarco en Europa, su historia comenzó a forjarse en el baby fútbol del Club Riestra, en Chivilcoy.

El camino desde su ciudad natal, 25 de Mayo, hasta el profesionalismo no supo de comodidades. Acostumbrado a pisarla como enganche en las canchas de futsal, tuvo que aprender a jugar en cancha de once, someterse al roce físico y reconvertirse para la banda izquierda. Sin embargo, el verdadero esfuerzo estaba fuera de la línea de cal. La rutina del Colo exigía levantarse a las seis de la mañana para hacer la tarea, entrar al colegio, salir al mediodía y recorrer 400 kilómetros diarios de ida y vuelta hacia el predio de La Candela. Viajaba con el dinero justo, entrenaba, merendaba y regresaba a su casa a las diez de la noche para dormir. Ese sacrificio invisible fue el fuego que forjó su carácter.

Cuando llegó el debut en la Primera de Boca Juniors y su explosión definitiva durante la Copa Libertadores 2023, Barco demostró que su personalidad era inquebrantable. En un contexto donde la urgencia suele devorar a los más experimentados, él jugaba libre y rebelde. Lo dejó en claro trepándose al alambrado en su primer gol y con la mítica pisada de pelota en plena semifinal ante Palmeiras. Para él, el pasto sagrado de La Bombonera era simplemente una extensión de las canchitas de su infancia.

Tras aquel primer salto al Brighton de Inglaterra para iniciar su aventura europea, Barco mudó su picardía al Estrasburgo de Francia. Y aunque su futuro aún no está definido, el Colo lleva consigo la bandera de la rebeldía a cada cancha que pisa. El joven lateral demuestra permanentemente que el potrero no es solo un pedazo de tierra en la provincia de Buenos Aires, sino un estado mental. Es la certeza de que, sin importar cuántos kilómetros haya que viajar o cuán intimidante sea el estadio, al fútbol siempre hay que jugarlo con la valentía de un pibe de barrio.

15. Nicolás Iván González y las monedas de su mamá

Por Eliseo Damonte 

El talento no olvida de dónde viene, Nicolás González, el mapa de su vida tiene un punto de partida innegociable: el barrio Stone. Mucho antes de vestir la mítica camiseta número 10 de la Fiorentina o de levantar trofeos continentales con la Selección Argentina, su historia comenzó a escribirse a los cinco años en las canchitas del Club Sportivo Escobar y, más tarde, en el Club Atlético Belén. Fue en esas instituciones donde aprendió que el fútbol no solo requiere facilidad para llegar al gol, sino también una disciplina inquebrantable.

Detrás de cada chico que alcanza la élite, suele haber una familia empujando desde el silencio. ‘Cacho’ Silva, uno de sus primeros entrenadores, lo resume con una postal imborrable: Paola, la mamá de Nico, juntando monedas para poder pagar los viajes y acompañar los sueños de su hijo. Ese enorme esfuerzo familiar fue el motor que lo impulsó a dar el salto a Argentinos Juniors con apenas ocho años, donde realizó toda su etapa de inferiores sin descuidar sus raíces ni borrar los recuerdos de sus días en la escuela Nº 21 “Jorge Inchauspe”.

El sacrificio silencioso no tardó en rendir frutos. Tras debutar profesionalmente en 2016 en la B Nacional y sellar el ansiado ascenso del “Bicho” en 2017 con un gol agónico, su explosión por la banda izquierda le abrió las puertas de Europa y de la Selección Mayor. Fue una pieza clave para cortar la sequía de 28 años en la Copa América 2021 y brilló en la Finalissima, pero una dura lesión lo marginó a último momento del Mundial de Qatar 2022. Lejos de aislarse en la frustración,  alentó a sus compañeros y salió a festejar la tercera estrella junto a ellos, sintiéndose uno más del equipo.

Pero el fútbol siempre guarda una revancha para los que no bajan los brazos. Hoy, la vida lo puso exactamente donde soñaba estar: disputando el Mundial 2026. Consolidado como una pieza de recambio fundamental, sumando minutos valiosos desde el banco y participando en casi todos los encuentros, Nico está escribiendo su propio capítulo mundialista. Y aunque los flashes del planeta lo enfoquen en los estadios más imponentes, su entrega incansable sigue siendo la misma de aquel pibito formado a puro pulmón en los potreros de su barrio.

7. Rodrigo de Paul: el niño que atajaba pelotazos y terminó manejando el mediocampo

Por Florencia Rodríguez Sánchez

Rodrigo De Paul tenía apenas cuatro años cuando tuvo su primer acercamiento con una cancha de fútbol, aunque no en la posición en la que el mundo lo conocería años más tarde. Sus primeros pasos los dio como arquero, defendiendo el arco de una categoría que no era la suya. Mientras se disputaba el Mundial de Francia 1998, comenzó su historia en el Club Social y Deportivo Belgrano de Sarandí, donde asumió la responsabilidad de defender los tres palos de la categoría 92 a pesar de pertenecer a la 94. Quedó fascinado por las actuaciones de Carlos “Lechuga” Roa con la Selección Argentina y le pidió a su mamá utilizar su camiseta y en el momento de la presentación de los equipos ser anunciado como Rodrigo “Lechuga” De Paul.

La llegada de Rodrigo al club se dio por casualidad, era su hermano Guido quien había ido a probarse para formar parte de la categoría 93, pero detrás de él apareció Rodrigo, con apenas cuatro años. Su deseo de pertenecer al club y vestir los colores celeste y blanco fue más fuerte que cualquier diferencia de edad o posición dentro de la cancha. Cuando el cansancio aparecía durante los partidos se apoyaba en uno de los palos del arco y, cuando ya no podía más, se acercaba hasta las gradas para dormir una siesta en los brazos de su madre. Carlos, su entrenador, muchas veces debía frenar el partido para que él pudiera ir al baño. De esa manera, por su entrega y pasión comenzó a construir sus primeros pasos dentro del fútbol en el club donde se ganó su primer apodo: Rodrigo “Maravilla” De Paul, por la sorpresa que generaba verlo recibir los pelotazos. 

Con el paso del tiempo, aquel pequeño arquero comenzó a transformarse en el jugador que marcaría su futuro. Aun en la posición de arquero dejaba los tres palos  para recorrer toda la cancha con la pelota en sus pies, salía desde el fondo, gambeteaba a todo aquel que se le cruzaba y llegaba hasta el arco contrario. Aquellas primeras gambetas en las canchas del Club Social y Deportivo Belgrano fueron el inicio de un camino que años más tarde lo llevaría a convertirse en una figura mundial. La institución que lo vio dar sus primeros pasos continúa actualmente transmitiendo esa misma pasión por el deporte tanto a niñas como a niños, con el fútbol y el patinaje como sus principales actividades. 

19. Nicolas Otamendi: los clubes de barrio que lo formaron

Por Florencia Rodríguez Sánchez

Antes de convertirse en el defensor argentino que el mundo conoce, Nicolas Otamendi fue un chico de barrio que encontró en dos clubes sus primeras camisetas, los primeros amigos y los primeros sueños detrás de una pelota. Nació en 1988 y se crió en La Paloma, ubicada en la localidad de El Talar. 

Sus primeros pasos en el fútbol fueron en el Club Atlético y Social Barrio Nuevo ubicado en San Fernando, allí comenzó a construir su identidad futbolera que lo acompañó durante toda su carrera: un defensor fuerte, comprometido y con personalidad. En Barrio Nuevo lo recuerdan como un chico tranquilo, disciplinado y responsable, sin embargo, con el paso del tiempo su voz empezó a escucharse; primero entre sus compañeros y después desde el fondo de la cancha. Como muchos chicos de barrio, disfrutaba cada momento alrededor de la pelota, incluso esos pequeños rituales después de los partidos, como los sándwiches del buffet del club que tanto le gustaban.

Luego de esa primera etapa llegó el turno de otro club de barrio, el Club Social y Deportivo Villa Real, ubicado en CABA. Allí continuó su formación en el baby fútbol, dentro de una institución con características similares a Barrio Nuevo, donde el fútbol infantil era el centro de la vida deportiva y social. El salto hacia Vélez Sarsfield significó un gran cambio. Dejar el club de barrio no fue sencillo, para llegar a la Villa Olímpica de Vélez debía recorrer una larga distancia en transporte público: tomaba el colectivo 721 hasta Panamericana, luego el 365 y finalmente el 169, en un viaje de dos horas de duración. A veces lo acompañaba su mamá, pero no siempre era posible por el poco dinero que había y el costo del viaje. 

Ese esfuerzo cotidiano fue parte del camino que lo llevó a cumplir su sueño. Antes de las grandes canchas, los títulos y la camiseta de la Selección Argentina estuvieron Barrio Nuevo y Villa Real, dos clubes de barrio que le enseñaron los primeros valores del fútbol y sentaron las bases del defensor que nunca olvidó sus raíces. 

  1. Juan Musso: el heredero del sueño de ser arquero

Por Florencia Rodríguez Sánchez

Juan Musso nació en San Nicolás de los Arroyos, provincia de Buenos Aires, y desde pequeño estuvo vinculado al deporte, sus primeros acercamientos fueron en el básquetbol, pero con el tiempo descubrió su verdadera pasión por el fútbol. Sus primeros pasos como futbolista los dio en las divisiones inferiores del Club de Regatas San Nicolás, una de las instituciones deportivas y sociales más importantes de su ciudad, fundada el 22 de octubre de 1892. Luego pasó a Defensor de Villa Ramallo para continuar desarrollando sus habilidades como arquero. 

Su pasión por defender el arco estuvo influenciada por su padre, Guillermo Musso, un ingeniero que siempre soñó con ser arquero profesional, aunque ese sueño no prosperó y se quedó en los campos de su ciudad. Juan tomó ese sueño familiar y logró llevarlo mucho más lejos, alcanzando una carrera destacada en el fútbol internacional.

Sin embargo, el camino hacia el éxito no fue sencillo, en su etapa como juvenil de las inferiores de Racing Club, atravesó un momento de dudas que casi lo llevó a abandonar el fútbol. A los 15 años, la distancia con su familia, sus amigos y su ciudad natal, junto con la exigencia de vivir en una pensión y entrenar lejos de su hogar, hicieron que abandonara todo y regresará a San Nicolás. 

Con el tiempo, comprendió que el fútbol era su verdadera pasión y decidió continuar con su sueño, regresando al Predio Tita para retomar su formación. Allí volvió a enfocarse en sus objetivos y siguió trabajando para mejorar como arquero. Su esfuerzo, dedicación y perseverancia le permitieron superar aquellas dificultades y seguir avanzando hasta convertirse en un arquero profesional, demostrando que la constancia y la confianza en uno mismo son fundamentales para alcanzar grandes objetivos. 

1. Marcos Senesi y Norberto Soares 

Por Tomás Sarlanga 

Marcos Senesi, el defensor zurdo dio sus primeros pasos en el Club Salto Grande de Concordia en la provincia de Entre Ríos, su ciudad natal. A los seis años comenzó en las divisiones infantiles de la institución  hasta que a los doce se mudó a Buenos Aires para entrar en San Lorenzo de Almagro.

Senesi llegó a San Lorenzo debido a Norberto Soares, un hincha de San Lorenzo y amigo de su padre, el fue quien incentivó al chico para que se pruebe en el Ciclón. A sus 12 años realizó la prueba donde el entrenador Carlos Orsi lo fichó para las divisiones juveniles.

Debutó en 2016 en Primera División en 2016 a sus 19 años frente a Patronato. En el club argentino disputó 72 partidos entre 2016 y 2019, convirtió un gol y dio 4 asistencias. Tras tres temporadas en el club argentino el defensores central emigraba al viejo continente ya que el Feyenoord de Países Bajos compró el pase del jugador por 7 millones de dólares. En ese equipo llegó a ser capitán y alcanzó la final de la UEFA Conference League en 2022.

Tras buenas actuaciones en el Feyenoord, el Bournemouth de Inglaterra adquirió su ficha por 15 millones de dólares en agosto de 2022. Cuatro temporadas después cambia de equipo pero no de país ya que en este mercado de pases llegó como agente libre al Tottenham con un contrato  hasta 2030.

Senesi, inicialmente no iba a formar parte de la Copa del Mundo ya que no estaba dentro de los 26 convocados, sin embargo, Leonardo Balerdi, defensor Central, sufrió una lesión y  fue el defensor del tottenham quien lo reemplazó. Su debut oficial en la Albiceleste fue en la victoria de Argentina por 3-1 ante Jordania donde Marcos fue titular. 

18.Nicolás Paz y su vínculo con el Como

Por Tomás Sarlanga 

Nicolás Paz, es hijo de Pablo Paz quien jugó el mundial de Francia en 1998 con la selección argentina. Nicolas nació en Tenerife, España y es junto a Giuliano SImeone uno de los jugadores que representa a la Albiceleste en la Copa del Mundo sin haber nacido en Argentina. 

Paz comenzó a dar sus primeros pasos en el fútbol en el Atlético San Juan, un club de barrio ubicado en Santa Cruz de Tenerife. Hasta los once años estuvo en este club ya que llamó la atención de los cazatalentos del Real Madrid por lo que en 2026 inició su carrera de las juveniles inferiores en la Casa Blanca.

El Real Madrid lo adquirió para su equipo Alevin A sub 12, tras pasar por todas las categorías inferiores del club llegó al Real Madrid Castilla en 2022, ese mismo año bajo la dirección de Raul Gonzalez debutó y se convirtió en una pieza clave del equipo. 

El debut con el primer equipo llegó en noviembre de 2023 en un partido de Champions League contra el Braga y semanas más tarde, en esta misma competición, también se produciría su primer gol con las casa blanca ante el Napoli en el Santiago Bernabeu.

El mediocampista llegó al Como de Italia  en agosto de 2024 mediante una transferencia desde el Real Madrid por 6 millones de euros. El club blanco se reservó una opción de recompra y el 50% de sus derechos. Durante su estadía en Italia condujo al equipo a clasificarse a la Champions League de la siguiente temporada.

El Real Madrid tuvo intenciones de repescar al jugador pensando en la próxima temporada sin embargo, entre clubes llegaron a un acuerdo para que Paz juegue la Champions League con el Como la siguiente temporada, el jugador influyó en la decisión ya que pido continuar su carrera en Italia para seguir sumando minutos. 

17. Giuliano Simeone y la patria potestad 

Por Tomás Sarlanga 

Giuliano Simeone, nacio el 18 de diciembre de 2002 en Roma Italia, esto se debe a que su padre, Diego Pablo “El Cholo” SImeone es un ex jugador de futbol y se encontraba jugando en ese momento en la Lazio.  A pesar del lugar donde nació Giuliano decidió representar a la Albiceleste debido a que sus padres y sus hermanos son argentinos. 

Simeone comenzó a dar sus primeros pasos en la divisiones inferiores del Club Atlético River Plate donde realizó toda su etapa de formación hasta pasar a las categorías juveniles más grandes, llegó hasta la sexta división. En el millonario se consagró campeón con la Octava división anotando un gol agónico en la final 

A sus 16 años armó las valijas y se fue a Europa, al Atlético de Madrid mediante el uso de la patria potestad debido a que el jugador no tenía un contrato firmado, esto generó un malestar en River, por lo que protestó ante organismos internacionales por perder a una de sus promesas sin recibir dinero. Finalmente, la FIFA avaló el fichaje en el club español , pero River cobró un porcentaje económico por derechos de formación cuando el futbolista firmó su primer contrato en Europa en septiembre de 2020.

En abril de 2022 hizo su debut en un partido frente al Granada, tras pasar a préstamo por el Real Zaragoza y el Deportivo Alavés, en julio de 2024 se asentó en el club del cual hoy forma parte y es una pieza clave, el director técnico es su propio padre Diego Simeone quien disputó los mundiales con la celeste y blanca en Estados Unidos 1994, Francia 1998 y Corea-Japón 2002.

11. Lo Celso y la academia Griffa

Por Tomás Sarlanga 

Giovani Lo Celso comenzó a jugar al fútbol a los cuatro años en el equipo del Colegio San José de Rosario. Posteriormente dio sus primeros pasos en la liga infantil ARDyTI en el club de baby San José  y en las divisiones infantiles de la Asociación Atlética Jorge Griffa, antes de llegar a las divisiones inferiores del Club Atlético Rosario Central, donde realizó su formación profesional. 

Llegó al canalla tras realizar una prueba en novena división a sus 13 años en enero de 2010. Hizo todas las inferiores en Rosario Central, saliendo campeón en Novena, Sexta y Reserva. Debutó en Primera el 19 de julio de 2015 bajo la dirección técnica de Eduardo Coudet ante Vélez Sarsfield, en el club rosarino disputó 54 partidos, convirtió tres goles y registró 12 asistencias.

Tras buenas actuaciones en Central, el Paris Saint Germain pondría sus ojos en él y desembolarsaría 16 millones de euros por su pase pero hubo un conflicto entre la Academia Griffa y Rosario Central ya que la academia La poseía un 16% de los derechos económicos del jugador debido al convenio firmado cuando Lo Celso pasó a Central, es decir, le correspondían 2.5 millones de euros 

Como Central no liquidó la parte correspondiente en su momento, la Academia Griffa inició un largo juicio . donde años más tarde la justicia dictó un fallo adverso para el club de Arroyito, ejecutando un embargo a Rosario Central por 500 millones de pesos en favor de la entidad formadora.

El mediocampista en el viejo continente pasó por el PSG, el Villarreal, el Tottenham y el Real Betis en dos oportunidades y es donde se encuentra actualmente.

Con la Albiceleste Lo Celso fue convocado a tres Copas del Mundo a pesar de esto, solo jugo el mundial de 2026 ya que en Rusia 2018 no disputó ni un minuto y en Catar 2022 era una de las piezas claves del mediocampo y a semanas de comenzar la copa tuvo una lesión muscular y no pudo estar presente. En esta Copa del Mundo jugó el partido contra Jordania e hizo un golazo de tiro libre para que Argentina le gane 3-1 al conjunto asiatico

4. No todos fuimos Gonzalo Montiel 

Por Matias Cuesta

Mucho antes de patear ese cuarto penal y levantar la Copa del Mundo, Gonzalo Montiel era Cachete, el chico que pasaba los días jugando a la pelota en Barrio Esperanza, en Virrey del Pino. Creció en una familia trabajadora, donde el fútbol era una pasión cotidiana y las calles de tierra eran el escenario perfecto para inventar partidos que parecían no terminar nunca. 

Sus primeros pasos organizados los dio en Parque Fútbol Club, donde jugaba como delantero. Poco después llegó a San Enrique, también en La Matanza, luego de que un dirigente lo descubriera en un torneo barrial. Allí empezó a llamar la atención por algo que lo acompañaría durante toda su carrera: una competitividad poco común para su edad. No importaba si era un entrenamiento o una final; Cachete siempre jugaba con la misma intensidad.

La etapa decisiva de su formación llegó en el Club Social y Deportivo El Tala. Durante varios años creció en lo futbolístico y como persona en esa institución, rodeado de entrenadores, dirigentes y familias que hacían del club una segunda casa. Allí dejó de ser delantero para desempeñarse como mediocampista. 

Después de una prueba en la que participaron varios chicos de El Tala, River Plate decidió incorporar únicamente a Gonzalo. Aún era un nene cuando empezó el largo camino hacia el predio de River. Seguía ligado a los torneos de baby fútbol en el club Parque Chas, donde llamó la atención de Marcelo Gallardo, que luego lo haría debutar en Primera. Antes de las noches de Libertadores y de los penales inolvidables, hubo kilómetros de colectivo, canchas de tierra y tres clubes de barrio que le enseñaron que los sueños también se entrenan. 

Nicolás Tagliafico, el club como parte del living

Por Matias Cuesta

Hay quienes crecieron yendo al club. Para Nicolás Tagliafico era parte de su casa. El Club Atlético y Social Villa Calzada fue mucho más que el lugar donde empezó a jugar al fútbol: fue donde transcurrió su infancia. Mientras otros chicos esperaban tranquilos el entrenamiento, él corría por los pasillos, se quedaba en el buffet, saludaba a los dirigentes y veía cómo sus padres colaboraban para que todo funcionara. 

Cuando le tocaba jugar, aparecía el Nico competitivo que todavía hoy se ve en cada partido de la Selección. Era inquieto, intenso y no daba una pelota por perdida. Sus entrenadores recuerdan a un chico que siempre quería mejorar y que entendía el fútbol con una madurez poco común para su edad. En Villa Calzada no solo encontraba rivales y compañeros: encontraba amigos y vecinos que lo acompañaban como si fuera un hijo más del club.

El día que llegó a las divisiones inferiores de Banfield no solo empezaba un nuevo desafío deportivo, también el desarraigo de un chico que dejaba atrás el club donde había pasado buena parte de su infancia. Pero Villa Calzada ya había hecho su trabajo. Antes de formar al defensor que recorrería Europa y sería campeón del mundo, había formado a la persona. Y eso, en un club de barrio, suele ser el triunfo más importante.

25. Facundo Medina, el gauchito de Fiorito

Por Matias Cuesta

En Villa Fiorito, tierra de Maradona, hay un lugar donde nacen historias mucho antes de que aparezcan los estadios, las cámaras o los contratos. Se llama Club Los Gauchitos. Para Facundo Medina, que ayudaba a su familia a recolectar cartón, fue el escenario de una infancia atravesada por el fútbol. Vivía a pocas cuadras del club y pasaba los días entre la cancha, la calle y los amigos del barrio. Ahí empezó a construir un carácter que todavía hoy lo distingue. Los que compartieron esos años recuerdan que siempre iba al frente, que no daba una pelota por perdida.

En Los Gauchitos no había lujos, pero sí algo que nunca faltó: una pelota y ganas de jugar. Facundo creció entre entrenamientos y picados interminables, acompañado por Gonzalo Leguizamón, amigo de la infancia y hoy secretario del club. Juntos recorrían las calles de Fiorito, andaban en bicicleta y se pasaban horas jugando al fútbol. A veces aparecía un par de botines, otras veces no. Lo importante era jugar. Y en ese contexto, Medina ya marcaba diferencias por su potencia física, su zurda y una personalidad que parecía ir un paso adelante del resto.

Quienes lo entrenaron en aquellos años aseguran que podía jugar en cualquier posición y que desde muy chico sabía usar el cuerpo para imponerse dentro de la cancha. Pero también recuerdan a un chico serio, competitivo y profundamente comprometido. 

Su talento no tardó en llamar la atención y el siguiente paso fue incorporarse a las divisiones inferiores de River Plate, donde lo aceptaron en la pensión aunque vivía en Buenos Aires. Pero en Los Gauchitos nadie lo recuerda por los clubes en los que jugó después: Talleres, Lens y Marsella. Lo recuerdan como el chico de Fiorito que nunca dejó de representar al barrio.

13. Cristian el Cuti Romero: raíces de un campeón 

Por Malena Mendoza

Noventa y seis años antes del gol de cabeza del Cuti a Cabo Verde, la esquina de las calles San Lorenzo y Paraná, en el barrio cordobés de Las Flores, se llenó de gambetas y goles. Fue el 10 de junio de 1930, cuando se fundó el Club Atlético San Lorenzo de Córdoba, semillero de Luis “Hacha” Ludueña, Yamil Simes (primer cordobés en vestir la casaca de la selección argentina), Bernardo Cos (que jugó en el Barcelona de Johan Cruyff) y Sebastián Viberti (ídolo del Málaga de España). Cristian Romero empezó a entrenar ahí con apenas ocho años, guiado por Daniel “Tico” Ríos, exjugador del club y, desde hace quince años, encargado de los Cebollitas, la escuelita de fútbol y el fútbol femenino.

El Santo, como se lo apoda, tiene como principal sustento el arraigo familiar y el esfuerzo de hinchas, madres, padres y abuelos que sostienen al club. Rosa, la mamá del Cuti, participaba de rifas para comprar camisetas y ofrecía su casa para lavar las prendas que usaban los jugadores.

Ese esfuerzo también tuvo su rédito. Al ceder a Romero a Belgrano en 2012, San Lorenzo estableció una cláusula que le garantizaba el 15% de una futura venta. Esa condición le permitió cobrar cuando el “Pirata” vendió el 90% del pase de Cuti al Genoa, y de nuevo cuando se concretó el pase a la Juventus.

Esta fuente accidental de talento no tiene como principal objetivo formar jugadores de alto rendimiento: funciona como un merendero que alimenta a trescientos chicos de la zona dos veces por semana, además de becar a quienes no pueden pagar la cuota y a quienes muestran buenas calificaciones en el colegio.

El éxito deportivo del zaguero central no lo desligó de sus raíces. Ayudó a que su abuela paterna pudiera abrir un merendero llamado “Copita de Leche” en Villa Rivadavia. “Es con la inspiración que me dio mi nieto. Acá está nuestro futuro, porque es un barrio muy humilde, con casitas sin revoque”, explicó María.

Quienes lo formaron aseguran que siempre fue buen compañero y líder, que ayudaba a los que tenían menos condiciones y que en los entrenamientos era el primero en llegar y el último en irse. Esa personalidad hizo que, en más de una ocasión, defendiera los colores de su club hasta con un par de guantes puestos, cuando su categoría, la 98, se quedó sin arquero.

12. Ateneo, el primer arco de Rulli

Por Malena Mendoza

De una platense, para otro platense.

Corría el año 97 y un pibe de 5 años se acercaba al club Ateneo Popular para jugar al fútbol por recomendación de su pediatra, que le pidió empezar actividad física por una alergia. Gerónimo Rulli encontró en ese club de barrio mucho más que fútbol. Halló una comunidad. Ese compañerismo cercano, típico de los clubes barriales, lo marcó profundamente y le dio un sentido de identidad compartida.

La familia fue parte esencial de esa etapa. Su padre, madre y abuela lo acompañaban a entrenamientos y partidos, sumándose a esas familias que rodean los alambrados alentando y sosteniendo la vida del club.

En el Ateneo, Gerónimo jugaba para la 91, siempre decidido a ser arquero. Raúl Rosati, amigo de la familia y también arquero, lo guió en sus primeros pasos bajo los tres palos y fue su referente incluso cuando Rulli dio el salto a Estudiantes de La Plata, transmitiéndole más que técnica: el espíritu social de los clubes de barrio.

El vínculo de los Rulli con Ateneo se remonta a 1986, cuando su padre, Omar, llegó al club como técnico. El fútbol se vivía desde el acompañamiento familiar, aunque no exento de límites: en su debut en la cancha de Olimpia, cuando Omar intentó darle una indicación a los gritos desde afuera, Gerónimo se plantó y le pidió que se callara delante de todos. Omar lo entendió: compartir el fútbol desde ese lugar terminó siendo lo que unía a la familia.

Ateneo era, para la comunidad del barrio, un centro de encuentro sostenido por gente que trabajaba por y para los chicos. Los sábados de torneos con otros clubes de barrio, y los torneos de verano que tanto disfrutaba Gerónimo junto a su equipo de la 91, moldearon ese entramado. Algunos de esos compañeros se reencontrarían después en las formativas de Estudiantes.

Como resume un exdirigente de Ateneo, la frase que atraviesa la identidad del club es por amor a los niños y pasión por el fútbol. Ahí está la semilla de todo: no existiría fútbol profesional sin los clubes de barrio, porque la mejor versión de cada jugador es el club donde se forma. Que uno de esos chicos hoy sea campeón del mundo les llena de orgullo y sirve de ejemplo: los clubes de barrio no forman solo jugadores, forman personas.

21. El Progreso, la cancha donde empezó todo para el Flaco López

Por Malena Mendoza

Corría el año 2004 y un nene de cuatro años se acercaba al club El Progreso, en San Lorenzo, un pueblo correntino de unos 4600 habitantes. José Luis Fernández, el entrenador que lo recibió, lo recuerda distinto a lo que hoy vemos: “A veces lo llamábamos para jugar y nos decía que no le gustaba el fútbol”. Ese mismo chico terminaría siendo José Manuel, el “Flaco” López, delantero de la Selección en el Mundial 2026.

Fernández insistió. Un día le preguntó cuál era su sueño, y López respondió que quería jugar en Boca. “Le dije que los sueños se cumplen si uno lucha por ellos”, contó el entrenador. Con el tiempo, pasó por todos los puestos de la cancha, incluso de defensor, antes de encontrar su lugar arriba.

La familia sostuvo esa etapa de un modo particular. La madre, ama de casa, era la presencia constante; el padre pasaba meses embarcado en buques pesqueros entre Ushuaia y Mar del Plata. Cuando José no quería estudiar, ella lo sentaba con los cuadernos en la vereda, para que hiciera la tarea mientras veía de reojo a sus amigos correr detrás de la pelota. El fútbol y la vida de barrio eran, para él, la misma cosa.

A los ocho años llegó la primera gran señal: Boca organizó una prueba en Corrientes y lo eligió. Le prometieron seguir de cerca su evolución, pero en el medio apareció Independiente, que se lo llevó a sus inferiores. Para acompañarlo, la familia se mudó a La Plata.

Ya en Independiente sufrió una lesión de cadera que casi lo aleja el fútbol: “Casi no podía caminar, pero las ganas fueron más fuertes”, recordaría después. El club decidió no continuar con él, y el camino que parecía trazado se cortó de golpe.

Un amigo de un extécnico correntino lo recomendó en Lanús, donde tuvo que reinventarse como jugador otra vez. Al no ser promovido a Reserva, salió a préstamo a Colegiales de Tres Arroyos, donde se transformó en figura. Ahí, lejos de los reflectores, se ganó el lugar que después no soltaría más.

De ahí en más, todo fue en ascenso: el debut en Lanús en plena pandemia, el salto a Palmeiras en 2022, la consolidación como titular indiscutido y, finalmente, la Selección. Pero además de esa parte de la historia, la de los goles y los títulos, vale la pena recordar la de un pueblo de cuatro mil habitantes y un entrenador que le enseñó, antes que nada, que los sueños se cumplen si uno lucha por ellos.

14. Exequiel Palacios: el pibe menudito de buen pie

Por Facundo Llano

Allá, en la oscura canchita del club Junta Vecinal del Barrio Lanzone de José León Suárez, partido de San Martín, hay un pibe que, medio flaquito y todo, parece tener buen pie.  

A este mismo joven menudito de la canchita con pocas luces lo vienen a ver de River.  “Es chiquitito pero habilidoso”, dice Luis Pereyra, descubridor de jugadores del Millonario. La elegancia de lo simple del pibe morocho nacido en Tucumán parece haber convencido a Pereyra, que le dará una oportunidad en el club de Núñez. 

El pibe de buen pie creció en la casa de su abuela Elsa en el barrio Lanzone, bien al fondo del partido de San Martín. A los 4 años, se la pasaba pateando la pelota contra el paredón imitando eso en lo que se convertiría algunos años después: Jugador de River.  

El pibe de buen pie empezó el baby jugando para una categoría más grande, él era 1998 y debía jugar para la 97’, hasta que un año después pasó a jugar con los de su edad. 

Inteligente, atrevido para pedir la pelota, jugador de potrero, ser siempre más técnico que el resto de sus compañeritos fue lo que provocó que al pibe de buen pie lo llamen de los grandes clubes de la Argentina.

De los 9 a los 15  el pibe de buen pie también hizo el baby fútbol en el Club Parque Chas, institución formativa de cabecera de La Banda, en la que fue multicampeón de una categoría 98’ que destacaba frente al resto. Como Parque Chas estaba en Capital, y la Junta en Provincia de Buenos Aires, el pibe de buen pie podía jugar en ambos clubes a la vez.

El pibe de buen pie cumplió su sueño de ser futbolista profesional. Salió campeón con River de la Copa Libertadores en 2018, asistió a una final del club de sus amores junto a Los Borrachos del Tablón y pudo regalarle a su madre Mariela la camiseta con la cuál se consagró campeón del mundo en Qatar 2022. Una camiseta de rayas de color celeste y blanco, con tres estrellas, el número 14 y el apellido que tiene este joven de buen pie: Palacios.

16. Thiago Almada: del Fuerte al mundo

Por Facundo Llano

Año 2010. Carlos Tevez debuta en la primera de Boca Juniors. El barrio Ejército de los Andes, también conocido como el Fuerte Apache, aparece por primera vez en las noticias por algo ajeno a lo policial. Hasta ese entonces, el “Fuerte” solo era nombrado para hablar de crímenes, delincuencia o narcotráfico

En el Monoblock 2 del Fuerte Apache vive la familia Almada.  A pocos metros, está la cancha de tierra en la que el joven Thiago empezó a entender que su destino era la pelota bajo la suela y las gambetas cortas que regala el potrero.  El Club Santa Clara fue el hogar donde Thiago “el Guayo” Almada dio sus primeros pasos con la redonda. 

A los 4 años, Thiago ya la rompía toda. No había terminado ni el nivel primario que ya varios clubes grandes de nuestro fútbol lo seguían de cerca. A los 5 ya lo querían Boca, River, Argentinos Juniors, San Lorenzo y Vélez.

El Guayo  – el apodo que le otorgaron sus amigos del fuerte – y su familia se decantaron finalmente por el Fortín de Liniers.  Mientras la mayoría de los pibes abandonan los clubes de barrio cuando entran a una institución de AFA, Thiago fue una excepción. 

Con 11 años, Almada empezó a jugar para el Club Almafuerte de Lomas de Zamora. Las inferiores del equipo del sur eran coordinadas por la misma gente que lo dirigía en Vélez. 

“Thiago hacía cosas que no se ven todos los días. Era un chico con gambeta, gol y picardía, que se la pasaba tirando caños y haciendo sombreritos, lo que se dice un jugador diferente”, menciona Gustavo Bravo, su entrenador en Lomas. 

El tiempo fue pasando, El Guayo llegó a la novena división y debió abandonar los clubes de baby, pero nunca dejó de jugarlo. Thiago juega al baby en el Atlético de Madrid, en Botafogo, o en un partido de Copa del Mundo cuando las papas queman. 

Nada es como antes. El piso de la cancha Club Santa Clara ya no es de tierra, gracias a Thiago y sus colaboraciones es de cemento. Y Almada tampoco es lo que era: antes, un pibe de potrero que gambeteaba en canchas de 5 con una sonrisa de oreja a oreja, ahora, es un campeón del mundo.

23. Emiliano Martínez: menos mal que te arrepentiste

Por Facundo Llano

La obtención de la Copa del Mundo en Qatar arranca antes, mucho antes. Arranca en el club General Urquiza del tradicional barrio de Terminal Vieja de Mar del Plata. 

Allí, Emiliano Martínez se para debajo de los tres palos con sus tiernos 6 años y guantes de dos o tres talles más grandes para que bastante tiempo después, el resto de los jugadores de la Argentina estén tranquilos que él dos penales ataja seguro. 

Como no existía un equipo para su categoría, a Emiliano lo incluyeron en la de su hermano mayor Alejandro. Su altura prominente y su destreza emparejaban lo que la edad no podía. Jugaban en cancha de baby fútbol, lo que se dice de 5, y Emiliano era suplente, con una particularidad única, no evitaba goles, los hacía. 

En sus comienzos del deporte infantil, Emiliano Dibu Martínez, sí, el elegido cómo mejor arquero de la Copa del Mundo en 2022 y el galardonado con el premio Lev Yashin en 2024, era delantero. 

Menos mal que se arrepintió.  El Dibu fue creciendo y de a poco le empezó a agarrar el gustito de evitar que el esférico sume un tanto más en el marcador. A sus 10 años, dejó el club Urquiza que lo vio crecer para incorporarse a Talleres de Mar del Plata. “Yo quiero ser arquero”, decía Emiliano cuando alguien osaba volver a ponerlo arriba.

Un año después, los hermanos Martínez llegaron al humilde club marplatense San Isidro, el cuál cobró 60 mil dólares por mecanismo de solidaridad del pase del Dibu al club inglés Aston Villa en 2020. Allí, entre arcos hechos por dos buzos y canchas sin límites, Emiliano desarrolló una habilidad que nos alegraría tanto tiempo después: atajar penales.

Menos mal que se arrepintió. 

 

26. Nahuel Molina: toda una vida en Embalse

Por Facundo Llano

Se sabe que los pibes de la categoría 97’ del club Naútico Fitz Simon de la localidad de Embalse, en la provincia de Córdoba, juegan bien. Entre los jóvenes del Canario, apodo por el cual se lo conoce al club, hay uno que destaca por encima del resto. Nahuel Molina Lucero se llama. Rápido, veloz y diestro se consolida sábado a sábado cómo el goleador del campeonato. 

Nahuel tiene una vida entera en el Canario. Jugó por primera vez a los 4 años, lo hacía con una categoría más grande, ya que los de la 98’, su año, no llegaban a completar el equipo. 

Al Molina del Baby lo destacaban dos atributos: Su altura y la capacidad de gambetear a todos sus rivales de un arco al otro. Tan así era, que Hugo, su padre, debía llevar su documento a todos sus partidos para los que dudaban de la veracidad de su edad.

Nahuel, ya practicaba mucho antes el gol que le haría a Países Bajos en los cuartos de final de la Copa del Mundo de Qatar 2022, luego de una grandísima asistencia de Lionel Messi. “Llegaba corriendo a entrenar y se volvía a la casa también corriendo”, menciona sobre él Mauricio Jaimes, compañero de Nahuel en el Naútico. 

Nahuel se consagró en el Mundial en Qatar con 24 años, pero ya había salido campeón del mundo mucho antes, cuando a sus 10 años, en el Naútico, lo esperaba un choripán con una gaseosa de premio en el comedor del club luego de sumar de a 3 puntos jugando con los que hoy son sus amigos del barrio.

 

El Mundial de la desinformación: La Argentina que las redes decidieron contar

Por Ramiro Lordi

Podría sentarme y escribir sobre la final del Mundial. Sobre los detalles tácticos que explican la derrota de Argentina ante España, las decisiones que marcaron el partido o las actuaciones individuales que definieron el desenlace de la Copa del Mundo. Sin embargo, hay algo que dejó este torneo y que merece una reflexión mucho más profunda que cualquier discusión futbolística.

Mientras la Selección avanzaba de ronda, el debate internacional parecía alejarse cada vez más de lo que sucedía dentro de la cancha. Las discusiones futbolísticas fueron reemplazadas por acusaciones, prejuicios históricos, recortes fuera de contexto y publicaciones que encontraron en el algoritmo las reacciones suficientes para multiplicarse. En cuestión de días, millones de personas comenzaron a consumir una imagen de Argentina construida más por la viralidad que por la realidad. ¿La narrativa en cuestión? Que Argentina es un país racista.

Durante este Mundial, se demostró lo fácil y accesible que es manipular a la gente con propaganda masiva y desinformación. Vivimos en una época en la que un video de treinta segundos tiene más alcance que una investigación de treinta páginas y donde una imagen editada puede deformar la percepción de las masas antes de que alguien tenga tiempo de verificar si aquello que está viendo es cierto.

Uno de los episodios que mejor lo ejemplifica fue la historia publicada por el famoso actor aforamericano Samuel L. Jackson en sus historias de Instagram el día de la final. El mensaje calificaba a la Argentina como “uno de los países más racistas del mundo” e instaba a las personas afrodescendientes a no apoyar a la Selección. La imagen utilizaba a Stephen, el personaje que Jackson interpretó en Django Unchained, vestido con la camiseta argentina, insinuando que cualquier persona negra que alentara al equipo argentino estaba actuando en contra de su propia comunidad.

Más allá de la discusión que pueda existir sobre problemas reales de discriminación, el mensaje era dañino. En pocas líneas convertía a 46 millones de habitantes en un único estereotipo. No había contexto ni explicación. Solo una sentencia categórica, diseñada para difundirse con rapidez.

Las redes sociales no premian la precisión. Premian la emoción. Cuanto más indignación genera un contenido, mayor es su alcance. Eso explica por qué las narrativas negativas crecieron con tanta velocidad. No hacía falta demostrar una acusación. Bastaba con que sonara convincente, que encaje con una idea ya establecida y que genere emociones intensas. El resto lo hacía el algoritmo.

El problema es que esas publicaciones dejaron de apuntar exclusivamente al seleccionado nacional. Poco a poco comenzaron a hablar de “los argentinos” como un bloque uniforme. Se juzgó a una sociedad completa a partir de hechos aislados, opiniones individuales o interpretaciones simplificadas de procesos históricos mucho más complejos. El fútbol terminó siendo apenas el punto de partida de una conversación que excedía por completo al deporte. Paradójicamente, el mismo Mundial que volvió a demostrar la enorme capacidad del fútbol para unir personas también expuso el enorme poder que tienen las plataformas digitales para dividirlas.

El Mundial ya terminó. Argentina perdió en la final ante España y se despidió del torneo con la frente en alto. Sin embargo, el impacto de lo ocurrido fuera de la cancha difícilmente desaparezca en el corto plazo. La velocidad con la que las redes sociales moldearon la percepción de un país entero dejó al descubierto el enorme poder que hoy tiene la desinformación para instalar narrativas que, muchas veces, sobreviven mucho más que los propios resultados deportivos.

No conozco un fútbol sin Messi

Por Jorge Acevedo

Hay derrotas que duran noventa minutos. Otras duran años. La de esta noche duele porque no sólo se escapó una Copa del Mundo. También nos obligó a mirar de frente algo que veníamos evitando desde hace tiempo: que algún día Lionel Messi iba a jugar su último partido con la camiseta argentina.

Muchos pueden pensar que se perdió una final del mundo más y ya está, no pasa nada. Pero sí pasa. Porque aunque después de haber tocado el cielo con las manos en Qatar, esta selección nos volvió a ilusionar llegando a una nueva final en este Mundial. Y qué Mundial, viejo.

Porque el seleccionado argentino demostró por qué somos cuna del fútbol, de la viveza criolla, de los huevos y de la pasión. Un seleccionado comandado por el mejor futbolista del mundo. Del mundo, y de la historia de este bendito deporte.

Un tal Lionel Andrés Messi, un pibe de 39 años, lideró a Argentina a una segunda final consecutiva. Cuando todos lo daban por viejo, él demostró que viejos son los trapos. Que la edad es solo un número cuando uno se dedica y pelea por lo que quiere. Lionel Andrés jugó su sexto Mundial y más allá de romper todos los récords posibles, el hincha argentino se queda con su sencillez. Con su manera de ser. Con esa sensibilidad que fue mostrando un poco más a través de los años, poniendo en evidencia lo que muchos creían que no tenía; sentido de pertenencia.

Esta tarde Messi jugó su tercera final en Mundiales, y uno a veces peca de ambicioso, porque sí, te queríamos ver levantar nuevamente esa copa. Queríamos volver a verlo levantar esa Copa del Mundo. Queríamos sentir otra vez ese instante en el que el tiempo parece detenerse mientras acaricia el trofeo con una sonrisa.

Pero no todos los finales son felices. Se perdió y duele. No te voy a decir que no. Porque verte llorar como si fuera la primera vez que jugas a la pelota y perdés un picadito, duele. Duele porque nunca nadie como vos se bancó las mil y una. Que en Argentina te hayan dado como una bolsa. Que te den por retirado por jugar en Estados Unidos. Duele porque nadie se mereció tanto como vos. Representas a una nación, y en cada rincón del mundo hoy tu nombre nos enaltece. Y sobre todo porque sabemos que ya no quedan muchos bailes. Porque la pista de baile no va a tener a su mejor par. Leo y la pelota.

Yo no conozco un fútbol sin Messi. Porque vos me hiciste amar al fútbol. Mi generación aprendió de este juego viéndolo a él. Aprendió que un pase podía emocionar tanto como un gol. Que la humildad también podía ser una forma de liderazgo. Y que un tipo podía cargar durante dos décadas con las expectativas de cuarenta y tantos millones de personas sin dejar de intentarlo una sola vez.

Acá es cuando me toca pensar, mirar hacia atrás y decir “Pucha, qué orgullo que este pibe sea argentino. Qué locura que te amen en todo el mundo. Qué increíble lo que generás en el fanático del fútbol”.

Si hoy fue el último baile, qué manera de bailar, viejo. Realmente no alcanzan las palabras para agradecerte lo que hiciste por todo un país, por toda una generación de pibes y pibas que hoy le dicen a sus viejos “Llevame a fútbol, pa”, “Ma, porfa quiero la “10” de Leo”. Una generación que vio historia viva del deporte, que trasciende el fútbol.

Si hoy fue tu último baile con nuestros colores, quedate tranquilo que nos diste todo y más. Quedate tranquilo Leo, que a pesar de toda la mierda que comiste, el pueblo argentino está rendido a tus pies. No nos debías nada y ahí estabas compitiendo una vez con los mejores, todo esto con 39, si, un pibe.

Y nosotros, los que crecimos viéndote, tendremos que acostumbrarnos a algo que nunca imaginamos: un fútbol sin Lionel Messi. No sé si estamos preparados. Lo único que sé es que, cuando dentro de muchos años alguien me pregunte qué se sintió verlo jugar, voy a responder lo mismo que millones de argentinos: qué privilegio haber coincidido con vos.

Ninguna deuda, Leo

Por Naomi Coronel

Qué fácil la tienen los pibes de ahora. Juegan en selecciones gigantes, la estructura de la misma los cobija y logran conquistar un Mundial antes de soplar las veinte velas en la torta de cumpleaños. Para las nuevas generaciones, la gloria parece un trámite perfecto que funciona a la velocidad de la luz. Aún así, la historia grande de este deporte sigue prefiriendo los caminos que se cocinan a fuego lento; a Lionel Messi la vida y el juego le sonrieron muchísimos años después, ya habiendo caminado por el desierto y habiendo aprendido a mirar a la derrota directamente a los ojos. Por eso, aunque el resultado de anoche nos deje un sabor amargo y el dolor se mantenga fresco en el pecho por un tiempo, la única verdad sigue intacta: Messi ya le ganó al rival más difícil que le tocó enfrentar en toda su carrera. Le ganó al tiempo.

​Vencer al tiempo no significa ser inmortal ni gambetear y correr como a los veinte; significa obligar a la biología a pedir permiso para seguir siendo el eje del planeta. Hubo algo revelador en la transmisión televisiva de anoche, un fetiche de los directores de cámara que expone el verdadero orden de las cosas. Mientras los nuevos campeones se amontonaban para levantar lo que supo, y muy bien, ser nuestro, los lentes de los fotógrafos y las pantallas del mundo sufrían del magnetismo de aquel ser irreal. Las cámaras ni siquiera podían enfocar la copa levantada; volvían, una y otra vez, a la silueta del capitán argentino, al plano corto de su mirada, a su andar cansado pero digno de quien ya no tiene que demostrarle nada a nadie. El campeón celebraba su hora, pero los ojos de la humanidad entera seguían puestos en él y en la Argentina, porque hay títulos que se ganan en noventa minutos, pero el centro de gravedad del fútbol es un territorio que nos pertenece.

​La verdad es que Lionel nos volvió caprichosos como a un nene. Nos acostumbró en estos últimos años a las vueltas olímpicas y nos blindó a base de noches perfectas, tanto que nos olvidamos de lo mucho que dolía perder. Nos hizo creer que el fútbol era soplar y hacer botellas, cuando en realidad siempre fue esta moneda al aire que anoche cayó del lado equivocado. Pero en este capricho también hay una escuela; nos enseñó que siempre hay algo más, que nada está perdido del todo y que la resiliencia no es una palabra vacía de diccionario, sino una conducta ante la vida. Nos demostró que no importa la cantidad de veces que el mundo quiera golpearte de frente, siempre, tarde o temprano, va a haber revancha. Él ya la tuvo, ya tocó el cielo y nos abrazó el corazón, ya nos dio absolutamente todo; exigirle más hoy sería la mayor ingratitud para con el hombre que nos devolvió la sonrisa luego de tanto tiempo.

​Por eso, nos resulta hasta tierno e incluso un poco triste, ver el desfile de aquellos que afuera de nuestras fronteras vivieron el torneo con el corazón prestado. En ocho días se pusieron ocho camisetas distintas, saltando de tribuna en tribuna, mendigando colores y pasiones ajenas con el único fin de proyectar su propia frustración y tirar odio entre millones a un solo país. Nosotros agradecidos de pertenecer al supuesto país más odiado, porque en esa hostilidad geográfica se esconde la envidia hacia lo que nunca pudieron comprender, ni vivir: la pertenencia. Qué privilegio descomunal haber nacido en este suelo, haber sido contemporáneos a tu fútbol y entender que la camiseta albiceleste es un refugio, no una moda.

​Al final del día, cuando se apagan los reflectores, cuando el éxito de las redes se esfuma y los hinchas de ocasión se quedan sin argumentos, lo único que sobrevive al odio es lo real. Importa nuestro amor, ese que se construyó en las buenas y en las malas, pero que se defiende y se siente mucho más en estos momentos. Un compromiso que transformó el sufrimiento en épica y que hoy, ante la esquiva fortuna de una final perdida, no se puede devolver de otra manera que no sea con más amor y cariño. El tiempo seguirá corriendo para todos, pero el mundo sabe que, gane quien gane, la pelota siempre va a buscar al mismo dueño, al que le quedó debiendo muchísimas cosas pero que él nunca va a deberle nada, al contrario, y ese es y siempre será Lionel Andrés Messi Cuccittini.

El día menos pensado, Leo

Por Sofía Sedeño y Thiago Maison 

Llegó el día que nadie quería. Tu despedida, Leo. 

Una vida entera hemos pasado viéndote vestido con la celeste y blanca, representando los colores de tu patria en el lugar donde mejor te sentís: en una cancha. Esquivando patadas y gambeteando rivales para conseguir lo más preciado: Un Mundial. 

Dos finales tuvieron que pasar para que se cumpliera ese sueño. No lo hiciste solo, sino que estuviste acompañado por 25 jugadores, un cuerpo técnico que demostró estar al nivel pese a las críticas y 45 millones de argentinos que nunca te dieron la espalda. 

Y en tu tercera aparición en un duelo decisivo de la Copa del Mundo, el destino decidió escribir otro final para vos. Uno impensado, o tal vez doloroso porque no fue el que tanto se anhelaba. Pero hay que saber entender que no todos los finales están a la altura de la historia, y que toda grandeza conoce el dolor en algún momento. 

Y vos, Leo, que fuiste, sos y serás enorme, lo has conocido en reiteradas ocasiones. En esta oportunidad debiste reencontrarte con él en el instante menos deseado, porque era tu final con la camiseta que tanto amás y por la que has luchado demasiado, incluso más de lo que el mundo cree saber y también aquellos que llevaban tu misma bandera pero decidían criticarte constantemente. 

Tras la tarde del 19 de julio ya se encienden las lámparas del recuerdo, con más ganas de creer que de pensar. Porque tus sueños vuelven como el viento desde tu ciudad, y así logramos darle a lo que sentimos algún lugar dentro de tu eternidad. 

Aunque quisiéramos borrar este capítulo final y escribirlo a nuestra forma, eso va a ser imposible. Pero sabes qué, Leo, lo que será imborrable es lo que hiciste por un país que no valoró lo que tuvo en sus manos hasta que se le escapó de las mismas. 

Elegiste seguir estando, seguir luchando hasta conseguir una alegría con la camiseta que más amás, pero no fue como pensabas. Fueron cuatro los trofeos que levantaste. Y no para demostrarle al mundo de qué estás hecho, sino para saldar tu mayor cuenta pendiente. Quizás, tu razón de ser, futbolísticamente hablando. 

No fue casualidad tu alma de potrero ni tu espíritu de lucha constante. Solo una personita logró comprender que tu fútbol era distinto al de los demás: Celia Olivera de Cuccittini. No fue el destino o un Dios, fue ella que con un “Ponelo, que te salva el partido”, nos dio, casi sin querer, las alegrías más grandes posibles. Un amor de abuela y nieto que perdura en el 

tiempo pese a la distancia entre el cielo y la Tierra. 

Aquel momento amargo en 2016, en el mismo escenario, el MetLife Stadium, en el que habías decidido retirarte de la selección, resultó ser el más dulce consuelo para tantos que deseaban verte caer. Aunque poco les duró, porque con una frase nos llenaste el corazón

otra vez: “Yo no engañé a nadie, dije lo que dije porque lo sentí, porque estaba desilusionado, pero recapacité”. 

Hoy de nada vale hacer juicio por retrovisión. Si nos has dado todo, incluso cuando creían que no dabas nada. Porque las cicatrices nunca fueron el final del camino, sino el mapa que te trajo hasta acá. Y cuando el tiempo apenas intente apagar el ruido de esta noche, todavía habrá millones caminando sobre tus huellas, convencidos de que los sueños también usan botines. 

Lionel Andrés Messi Cuccittini, con tu fútbol, tu coraje y esa obstinada costumbre de siempre ir hacia delante, fuiste el encargado de enseñarle a una generación entera que rendirse jamás será una opción. Y que los sueños no deben abandonarse por más que el destino los demore. Nos mostraste que la vida puede golpearnos una y otra vez, pero que siempre hay una manera y un motivo más para levantarse y seguir caminando hacia la luz. 

Gracias, Leo. Gracias, no solo por las copas, sino por devolvernos una ilusión que era nula si vos no seguías en el camino. Gracias por dejar el pasado atrás y continuar escribiendo el presente. 

Afortunadamente, no habrá distancia que te aleje porque estarás conmigo y, desde ahora en adelante, vivirás dentro de mí.

El orgullo de ser argentino, sin atenuantes

Por Thiago Maison

Ser argentino implica ser amado u odiado. No existe un punto medio. Que el acento, que el ego, que la intensidad y tantas otras cosas que dicen por ahí para argumentar un sentimiento totalmente irracional.

Y no, no es negativo que parte del resto del mundo sienta eso, porque todas aquellas personas nacidas en el país más austral o quienes hayan sido acogidos por él, alimentan su amor propio en base a ese “odio”. Al fin y al cabo, las identidades no se construyen únicamente en los días felices, sino que se refuerzan cuando el sol se esconde y es necesario sobreponerse al dolor.

Argentina es única. Cada una de las casi 47 millones de personas que habitan este suelo saben que el mismo es de todos y le abre sus brazos a cualquiera que pretenda arribar al mejor país del mundo.

Se dice, se grita y se afirma sin miedo. Y no es el número uno por estatus económico, político o similar, sino que lo es por generar un sentido de pertenencia pocas veces visto. De La Quiaca o Ushuaia, de Capital Federal o Mendoza. Nada de eso importa. Simplemente es el orgullo de ser argentino, que no hay forma de explicar lo que uno siente por ser tal. Pero sí hay una forma de intentar comprenderlo: vivirlo.

No es necesario haber nacido en Argentina, sino que basta con sumergirse en la cultura con simples videos en redes sociales, a pesar de que muestren todo solamente a grandes rasgos, por lo que quedan fuera del foco de atención miles de cosas que podrían aportar a contrarrestar ese “rechazo” a quienes nacen en este suelo.

Seis interrupciones al derecho democrático de los ciudadanos, tras las que cínicos gobiernos militares se autoproclamaron líderes nacionales. En esos períodos, innumerables crímenes, en su mayoría de lesa humanidad, fueron cometidos y, también, se habían perdido derechos básicos en la vida de un ser humano.

Crisis económicas, miles de piedras que entorpecieron el camino, batallas sociales provocadas por un extremismo enceguecedor por apoyar fervientemente a tal o cual figura de poder, incluso con deseos de un pésimo mandato para la persona que presida a la República Argentina. Todo, pura y exclusivamente por no coincidir con su pensar, en lugar de velar por un futuro óptimo para la nación con la debida separación de ideologías.

Nada de eso pudo, puede ni podrá detener un orgullo único, porque las minorías no prevalecerán ante un pueblo que siempre supo cómo sobrepasar obstáculos de alta complejidad. Ni la censura ni el rencor lo pudieron callar.

Ver la bandera reflejada en el cielo o flamear en lo alto de un mástil le genera a cualquier argentino una sensación que difícilmente pueda trasladarse a palabras. Exhibir el símbolo patrio jamás tendrá connotación negativa, porque aquí se enseña a amarlo desde el día uno y se le jura lealtad, fidelidad y compromiso.

El argentino ama ser argentino, y por eso no hay censura ni rencor que valgan para callarlo. Podrán hacerlo caminar entre sombras. O intentar hacerlo caer en los brazos venenosos de los altos mandos con verdades que mienten. Pero jamás lograrán que olvide su historia para condenarlo a repetirla, porque la memoria prevalece en el orgullo colectivo y la identidad nacional.

La culpa es de Scaloni

Por Nahuel Runca

La Selección Argentina llegó a una nueva final, donde esta vez le tocó perder ante España, un rival que fue muy superior en el campo de juego, como pocas veces se ha visto en este ciclo. Esta camada de la Albiceleste tuvo a toda una nación acostumbrada a la victoria, a romper récords que parecían imposibles. Esta vez, no se dio. Y el culpable tiene nombre y apellido: Lionel Scaloni.

El entrenador argentino llegó siendo cuestionado por su experiencia casi nula en el puesto, porque claro, ¿cuántos habrían apostado, después de aquel invierno ruso de 2018, que ese hombre de voz baja iba a convertirse en el entrenador más importante de la historia de la Selección?

Ocho años después, terminó llegando a cuatro finales de los cinco torneos que dirigió (cinco de seis, si contamos la Finalissima). Realizó un recambio generacional necesario, rejuveneció la cara del equipo, lo acompañó con un proceso de categorías formativas, permitiendo darle oportunidades a algunos prospectos destacados en juveniles. Quebró una barrera de 28 años en los que Argentina no pudo ganar un sólo título. Logró que dos generaciones de argentinos que no pudieron ver a su país salir campeón de nada, vean cómo no paraba de ganar. Lo hizo parecer que es una costumbre para nosotros, los mortales, disfrutar de que no exista la palabra ‘derrota’ en el diccionario.

Y sí, Scaloni es el principal culpable de esto. De devolverle la ilusión a aquellos pibes que nunca pudieron ver a la Selección levantar una copa. De hacernos creer que llegar a cualquier final es algo sencillo como tender la cama, tomar un colectivo o pagar un impuesto. De que las plazas vuelvan a estar llenas de chicos jugando a ser campeones del mundo. Que cada familia, grupo de amigos o compañeros de trabajo acomodaran todo en sus salas, comedores o piezas, como si de un ritual se tratara. Le devolvió la sensación del nudo en la garganta cada vez que todos se ponían de pie para entonar el himno.

Por culpa del Leónidas de Pujato, hay chicos que no saben lo que es una Selección Argentina sin títulos. Y eso, en un país que pasó casi tres décadas esperando una vuelta olímpica, es una revolución silenciosa. Y quizás ese sea el mayor legado de Lionel Scaloni. Haber convertido la derrota en noticia. Haber hecho que perder una final del mundo se sienta como una anomalía y no como un destino.

Así funciona el fútbol, este deporte tan bendito como maldito: esta vez, fue España quien se llevó la Copa. Pero cuando el estadio se vacíe y el tiempo haga su trabajo, quedará una certeza: Lionel Scaloni no le enseñó a un país cómo ganar. Le recordó que todavía era capaz de hacerlo. Su obra empezó hace ocho años, y hace tiempo que dejó de medirse en trofeos. Se mide en abrazos, en canchitas de parques llenas, en chicos jugando con la 10 en la espalda (o la 23 verde y unos guantes), y en un país que volvió a mirar al cielo cada cuatro años convencido de que, pase lo que pase, Argentina siempre tendrá una oportunidad. Hizo de la esperanza una costumbre y de la camiseta argentina un refugio.

Cuando la historia acomode esta derrota en el lugar que le corresponde, quedará una última certeza: el principal culpable de esta tristeza es el mismo responsable de la felicidad más grande de toda una generación.