martes, abril 7, 2026
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Dictadura y Memoria: el caso de La Plata Rugby Club

Por Malena Mendoza Venier

A 50 años del Golpe de Estado en Argentina de 1976, el deporte argentino continúa revisando su vínculo con los derechos humanos; aunque el fútbol ocupó el centro de la escena —en gran parte por la realización de la Copa Mundial de Fútbol de 1978 y su masividad—, el rugby fue la disciplina más golpeada por el terrorismo de Estado.

Con 152 desaparecidos —sobre un total de 220 deportistas—, el rugby concentra una gran proporción de víctimas. Lejos de la imagen tradicional de deporte asociado a sectores acomodados y ajeno a la política, muchos de esos jugadores estudiaban y militaban, utilizando al club —particularmente en ciudades universitarias como La Plata— como un espacio social y de debate político que los convirtió en objetivo de la represión

El impacto no fue solo individual, sino colectivo. En un mismo operativo desaparecían varios integrantes vinculados al club o a su entorno. Familias enteras quedaron atravesadas por la violencia estatal, y muchos hijos crecieron sin sus padres, reconstruyendo sus historias años más tarde.

 

La persecución de una identidad colectiva

El caso de La Plata Rugby Club fue uno de los más representativos; con 20 jugadores desaparecidos, el club platense simboliza el impacto represivo sobre el deporte.

A comienzos de la década del 70, el equipo había revolucionado el Seven con una generación destacada dentro del rugby argentino. Era además, un plantel con fuerte identidad política y espíritu colectivo; las decisiones se tomaban democráticamente y la militancia atravesaba la vida cotidiana del club. Los grupos se dividían, en líneas generales, entre quienes integraban el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) y quienes participaban de la Juventud Universitaria Peronista.

Esa politización estigmatizó al equipo y fue señalado como un “semillero de guerrilleros” por los clubes elitistas, lo que expuso ideológicamente a sus integrantes. En 1974, algunos de sus jugadores debieron participar del Seven de Tandil utilizando documentos de identidad ajenos, conscientes de que estaban marcados. Muchos de ellos se sintieron aliviados al perder la final de la competencia, ya que aparecer en la portada de los diarios significaba un riesgo. 

Represión sistemática: un plantel diezmado

El primer caso que tuvo el club ocurrió el 27 de marzo de 1975, incluso antes del golpe militar. Hernán Rocca, medio scrum del equipo titular, tenía 21 años y estudiaba Medicina en la Universidad Nacional de La Plata. Mientras sus compañeros realizaban una gira por Europa, él se había quedado en la ciudad para rendir finales. Ese día entrenó con algunos compañeros y lo acompañó su novia, quien notó que dos hombres grababan la práctica desde un Torino (lo que les extrañó porque gran parte del plantel superior se encontraba de gira). Horas más tarde, al regresar a su casa, Hernán fue secuestrado por los hombres del Torino. Su familia pensó que había salido, pero al día siguiente su cuerpo apareció acribillado con 21 balazos en el arroyo El Pescado. Algunos de quienes lo homenajearon años siguientes, también fueron desaparecidos.

Jorge Moura reflejó también ese cruce entre deporte, militancia y vida cultural. Nacido en 1949, creció junto a sus hermanos Julio, Marcelo y Federico —quienes años más tarde serían integrantes de la banda Virus—. Había jugado en el club en la década del 60 y era recordado como un apertura creativo y “revolucionario” dentro de la cancha. 

El 8 de marzo de 1977, en plena dictadura, un grupo de tareas lo secuestró por formar parte del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y del ERP —donde adoptó el nombre de “Sargento Manuel”— y fue llevado al centro clandestino La Cacha. Allí, según testimonios de sobrevivientes, cantaba para sus compañeros y los alentaba a hacer lo mismo, en un intento de sostener algo de humanidad. Posteriormente fue trasladado a Campo de Mayo, donde se perdió su rastro.

“Una vez en 1973 o 1974 le pregunté al Flaco: Si no estuvieras militando, ¿qué te gustaría hacer? Y él me respondió: ‘Formar una banda de rock con mis hermanos’. Pasados los años y todo lo que sucedió, aquello me parece clarividente. Muchas veces me imaginé al Flaco tocando algo en Virus, con sus hermanos”, dice Perla Diez refiriéndose a Jorge Moura —su compañera de militancia, pareja y madre de sus dos hijos—

Estas historias se repitieron en el club y representan la experiencia de una generación de rugbiers que cruzó los límites tradicionales del deporte; jugadores que combinaban estudio, militancia y vida social fueron perseguidos, secuestrados y desaparecidos, evidenciando que el terrorismo de Estado no distinguió sectores ni identidades y alcanzó también a quienes habían hecho del rugby un espacio de pertenencia y construcción colectiva. En ese sentido, el caso de La Plata Rugby Club no solo expone la brutalidad represiva, sino que rompe con los estereotipos de un deporte ajeno a lo social, mostrando a un club profundamente atravesado por su tiempo histórico.

Con el retorno de la democracia, la institución inició un proceso de construcción de memoria: en 2006 instaló una placa en homenaje a sus jugadores desaparecidos y, desde entonces, sostiene esa historia a través de publicaciones, homenajes y testimonios que circulan entre generaciones. Hoy, esa memoria forma parte de su identidad. A medio siglo del golpe, el rugby todavía atraviesa su propio proceso de memoria, verdad y justicia, por lo que historias como la de La Plata Rugby Club permiten recordar lo ocurrido pero también interpelar al presente sobre lo que se dijo, lo que se calló y lo que queda por reconstruir.

Ayrton Senna: en búsqueda de la perfección

Por Gabriel Milian Scuri

Años sesenta. Una familia que consiguió su bienestar a base de sudor y trabajo, al igual que muchas otras, en un país repleto de gobiernos desastrosos y una sociedad desigual. Ayrton era el hermano del medio entre tres en el hogar de los Senna Da Silva. Viviane, la más grande, y Leonardo, el más chico. Su padre, Milton, fue dueño de una empresa metalúrgica y fanático del automovilismo. Pero, sobre todas las cosas, un padre. Un esposo. Que se sentía sumamente responsable del pasado, presente y futuro de quienes vivían bajo su techo. Todo eso repercutió en sus hijos y sus expectativas sobre ellos.

Beco, como llamaban los más cercanos a Ayrton, vivió entre una madre que dejaba todo por sus hijos y un padre que buscaba el control y la excelencia. El piloto que sería tricampeón mundial de Fórmula 1 creció bajo un lema: “Si vas a hacer algo, hacelo bien”. Cada palabra de aquella frase se le incrustó en la sangre a Senna. Exprimirse hasta la última gota era la única opción. No importaba si le sacaba treinta vueltas o dos al segundo. Siempre se podía ir por más. En la mente del chico oriundo de São Paulo, cada curva debía ser mejor que la anterior. Si había un récord, entonces existía la chance de romperlo. Una y otra vez. Como un bucle. Hasta que la remera no tenga ni una arruga. Eso llevó a Ayrton a vivir en el monoplaza. Por y para su carrera. Desde que manejaba los karts en Brasil hasta en el McLaren MP4/4.

Aquel estado de flow en el que entró en el Gran Premio de Mónaco 1988 fue algo más allá de su determinación y obsesión por ser el mejor. Fue su alma. Estaba donde debía. A bordo de donde debía. Su cuerpo sobrevolaba el principado, el auto iba solo. Hasta que despertó y se estrelló.

Ayrton convivió, durante sus 34 años, en el límite de la perfección y la catástrofe. Del retiro de la actividad después de ganar la Fórmula Ford británica a dejar toda su vida en Brasil, entre ella a su esposa, para adentrarse en la categoría reina. Frenar una milésima después que el resto para llegar primero. No dormir para descifrar el coche o estudiar cada uno de los trazos de los distintos circuitos. Los sabía de memoria. Todos y cada uno de ellos.

Senna fue miles de cosas: solidario, revolucionario, auténtico, corajudo, una persona con consciencia social. Pero antes de todo eso era piloto. Era su esencia. La competencia ponía su sangre en el punto justo de ebullición. Despertaba todas y cada una de sus hormonas.

Dentro del auto siempre sintió que estaba cerca de lograr lo que todos esperaban de él. Ser el mejor. Por eso siempre iba en busca de más. Cada fin de semana se convertía, para su vida, en una exhaustiva aventura de descubrir lo que habría más allá del mejor tiempo de vuelta o la pole position o la cantidad de títulos que podrían ganarse. Beco sabía que no existía magia para todo lo que él deseaba. Para todo lo que se le había impuesto. Si quería ser el mejor tenía que pensar y vivir como tal. 

Para un deporte como la Fórmula 1, con la privacidad y exclusividad que siempre llevó, Ayrton se mostró como cualquiera de todos los soñadores de su barrio. Un chico con inseguridades y presiones, sensible y pensante. Determinante y resiliente. Se encargó de predicar que todos luchen por sus sueños y que para eso solo existía una receta: “A todos ustedes les digo que, sea quien usted sea, esté en un altísimo o más bajo nivel social, tenga siempre mucha fuerza y determinación, y haga todo con mucho amor y fe en Dios. Que un día alcanzará su objetivo y tendrá éxito”.

A cuatro años del asesinato de Aramburú, entre el recuerdo y la búsqueda de justicia

Por Magalí Willems 

Se cumplen cuatro años de un hecho que sigue doliendo en el mundo del rugby y, sobre todo, en quienes conocieron a Federico Martín Aramburú. Aquel 19 de marzo de 2022, en las calles de París, la vida del ex jugador de Los Pumas se apagó de manera violenta tras una discusión que jamás debió escalar. Tenía 42 años.

Aramburú no fue solo un deportista destacado, con una medalla de bronce en el Mundial 2007, sino también una persona profundamente representativa de los valores del rugby: integridad, respeto, solidaridad, disciplina y pasión. Valores que, como remarcó L’Équipe, en una carta publicada junto a referentes del deporte, no terminan en la cancha, sino que forman parte de una manera de vivir.

Federico Martín Aramburú apoyando un try en el Mundial 2007.

Formado en el CASI, donde fue capitán desde joven, dejó su huella en clubes como Biarritz Olympique, USA Perpignan, US Dax y Glasgow Warriors, incluso liderando en contextos desafiantes. Dueño de un carácter fuerte dentro de la cancha y una calidez especial afuera, construyó amistades profundas y una vida ligada al rugby que trascendió lo deportivo, dejando recuerdos imborrables en cada lugar donde estuvo.

Ese mensaje, firmado por jugadores, ex jugadores y entrenadores, fue mucho más que un homenaje: fue un llamado a no naturalizar la violencia. A recordar que Aramburú actuó como vivía, defendiendo sus convicciones, sin mirar hacia otro lado. Porque en el rugby, y en la vida, el respeto por el otro es innegociable.

A cuatro años de su asesinato, el dolor convive con la espera, aunque en las últimas semanas hubo un avance clave en la causa. La justicia francesa ordenó el procesamiento definitivo de los principales acusados y confirmó que el juicio se realizará ante un tribunal de lo penal durante el primer semestre de 2026.

Procesan a los acusados del crimen

Entre los imputados, Loïk Le Priol será juzgado por asesinato (homicidio con premeditación), acusado de haber disparado por la espalda y causar la muerte del ex Puma. Por su parte, Romain Bouvier enfrentará cargos por intento de asesinato, tras haber herido a la víctima. En tanto, Lyson Rochemir será juzgada por complicidad.

La decisión, tomada por la Cámara de Instrucción de la Corte de Apelaciones de París, corrige además contradicciones previas señaladas por el Tribunal de Casación y marca un paso importante hacia el juicio que la familia espera desde hace años.

Pero más allá de lo judicial, su historia dejó una marca más profunda. Porque recordar a Aramburú también es sostener esos valores que lo definían: el compañerismo, el respeto por el otro, la defensa de las ideas sin violencia. En tiempos donde muchas veces eso parece ponerse en duda, su figura se vuelve aún más significativa.

Hoy no es solo un aniversario. Es un recordatorio. De quién fue, de lo que representó y de por qué su legado, dentro y fuera del rugby, sigue más vigente que nunca.

La falsa carta de Krol: “Fusiles que disparan flores”

Por Santiago Peñoñori Gaona

“El número de desaparecidos se cuenta por miles”, decía el diario Vrij Nederland el 24 de diciembre de 1977. Los artistas Bram Vermeulen y Freek de Jonge impulsaban en Países Bajos el boicot al mundial. Amnistía Internacional repartía folletos con información sobre lo que sucedía en Argentina. Jugadores holandeses eran entrevistados y confirmaban su presencia en la cita máxima del fútbol mundial. “El deporte debería estar separado de la política”, comentaba Ernst Happel, entrenador de los europeos. La junta del dictador Rafael Videla sabía que era mirada de reojo y la agencia de publicidad estadounidense Burson & Marsteller contaba con la inescrupulosidad justa para darle un lavado de cara al régimen. Tenía menos de seis meses para plantear una estrategia. El resultado debía ser la imagen de un país en el que reinara el orden. Seleccionaron medios argentinos afines al gobierno para luego establecer contacto con colegas extranjeros. Fueron invitados a visitar el país y agasajados. En paralelo, las denuncias de desaparecidos llegaron a los medios neerlandeses: “La señora Avellaneda fue atada a una cama donde primero la rociaron con agua helada durante media hora, luego le bajaron los pantalones y le aplicaron descargas eléctricas en todo el cuerpo”. Periodistas europeos eran amenazados por intentar transmitir imágenes de “las locas de la plaza”. Marta Moreira de Alconada, encumbrando la lucha de todas, rompió las barreras de la censura. Ese era el contexto. 

La selección holandesa disputó la primera fase del mundial en Mendoza. La subcampeona vigente compartió grupo con Perú, Escocia e Irán. El 6 de junio, en la previa al encuentro contra la selección sudamericana, Enrique Romero, corresponsal de El Gráfico en aquella provincia, entrevistó a los hermanos Van der Kerkhof. “¡Cómo nos quieren! Ahora veo que la campaña en contra del mundial fue infundada”, dijo Rene. ¿Lo dijo realmente Rene?

El 13 de junio, la revista publicó su edición N° 3062. “Holanda nos abrió las puertas”, era el título del artículo que contaba las intimidades del plantel en el Grand Hotel Potrerillos. Entre ellas, estaba la afición no conocida de Ruud Krol a la escritura y su colaboración con el diario Het Parool de su país.

Al pasar las páginas, había una carta. La carta. Escrita a mano, en inglés y con su respectiva traducción en español. La firma que tenía era la del capitán holandés. “Papá está bien. Tiene tu muñeca y un batallón de soldaditos que lo cuidan y que de sus fusiles disparan flores. Diles a tus amiguitos la verdad; Argentina es tierra de amor”, decía una de sus partes. 72 horas después, luego de que la carta hiciera eco a nivel internacional, Krol tomó conocimiento de la misma, desmintió la misiva y exigió disculpas al director de la revista. Fue una operación del periodista Enrique Romero. El Gráfico nunca volvió a hablar del tema. Todo fue tan burdo que la carta estaba escrita en inglés. La supuesta destinataria –Michelle Krol– tenía cinco años y solo hablaba neerlandés. 

 

Responder con hipocresía lo que se denunciaba con nombres propios

Por Juana Enrico

En 1979, Buenos Aires amaneció empapelada con una afirmación tan breve como autoritaria: “Los argentinos somos derechos y humanos”. Un lema diseñado desde el Estado. La dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla había decidido responder con hipocresía lo que se denunciaba con nombres propios.

El 6 de septiembre llegó a Buenos Aires una delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, parte de la Organización de los Estados Americanos. Durante dos semanas escuchó cinco mil quinientas ochenta denuncias formales de desapariciones, secuestros, y apropiaciones. Cada persona que cruzaba esa puerta traía una historia peor. La ausencia se volvió expediente; el archivo creció con una persistencia silenciosa, casi administrativa. Mientras tanto, la ciudad seguía su ritmo.

Ese ritmo tenía su propia banda sonora tipográfica: la calcomanía oficial multiplicándose. Reorganizar un reclamo en autobombo no era exclusivo de 1979. Joseph Goebbels, responsable de la propaganda del Tercer Reich, había desarrollado técnicas similares para mantener la ilusión del triunfo: durante la Primera Guerra Mundial proyectaba en cines escenas inventadas de victorias alemanas. Décadas antes de que la propaganda se repitiera durante la guerra de Malvinas, Argentina aplicaba a escala local y con fines distintos la misma lógica: la consigna “Los argentinos somos derechos y humanos” convertía un reclamo de protección en aplauso nacional.

El deporte funcionó también como pantalla. Mientras los ojos de la gente se fijaban en estadios y ceremonias (los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín, el Mundial 78 en Argentina) se naturalizaban las atrocidades que se consumaban tras los muros: interrogatorios, desapariciones, silencios impuestos. La celebración del Mundial, con la transmisión que recorría el planeta, funcionó como demostración de orden y normalidad, mientras a menos de un kilómetro la ESMA operaba como centro de detención clandestino. La operación no cambiaba los hechos; cambiaba la manera en que se percibían.

Cuando la comisión publicó su informe en 1980, describió violaciones sistemáticas y generalizadas a los derechos fundamentales. El gobierno de facto rechazó el documento y habló de una “campaña antiargentina”. La frase de las calcomanías ya había hecho su trabajo.

Hay algo particularmente elocuente en esa inversión mínima de palabras. No era un juego literario: era propaganda. Cambiar el orden altera el sentido; lo que debía proteger a los individuos frente al poder se convierte en autoelogio. La identidad absorbe la crítica. La consigna no necesitaba gritar: operaba con tersura calculada. Porque el terror, cuando busca legitimarse, no siempre apela al estruendo: a veces elige la sintaxis.

Las palabras no son inocentes. Tampoco son neutrales. En 1979, bastó invertir la secuencia de dos términos para intentar torcer el relato de una época. La historia, sin embargo, terminó por colocarlos en su sitio y mostrar la verdad que la manipulación buscaba ocultar.

Entre la raqueta y la resistencia: la historia de Daniel Schapira

Por Valentina Gómez Focht

Una red lo separaba de su rival cada vez que pisaba una cancha, pero nada lo separó del terror de todo aquel que pensaba en la década de los 70´, los militares. Daniel Schapira se crió entre polvo de ladrillo. Se formó en Gimnasia y Esgrima (GEBA) hasta 1968 y luego en el Club Comercio y San Lorenzo, a pesar de ser gran hincha de Racing.

Cuando tuvo edad suficiente comenzó a transmitir a los más pequeños todo su conocimiento y pasión sobre el tenis en DAOM y luego en Maccabi. Siempre se destacó en su disciplina llegando a ubicarse en el top 10 nacional en tres ocasiones diferentes y jugando contra Guillermo Vilas antes de que éste despegara su carrera en Australian Open de 1974.

Pero el tenis no era lo único que enseñaba: “Daniel fue mi profesor de tenis en el club Macabi, pero era mucho más que eso. Al costado de la cancha, a la sombra, nos hablaba de política, de filosofía. No lo hacía con un fin partidario: nos hacía pensar. Nos llevaba a mirar las clasificaciones de los torneos porque decía que ahí estaba el verdadero tenis, lejos de los oropeles, lejos de la fanfarria”, contó Oscar Pinco en una nota para Los Andes, revista mendocina. 

Fuera de la cancha también era excepcional. Estudiaba derecho en la UBA y, gracias a su compromiso e intelecto logró ser  ayudante de cátedra de Derecho Constitucional, a cargo de Rodolfo Ortega Peña, quien fue asesinado por la Triple A en 1974, y Eduardo Luis Duhalde. 

Además estuvo un tiempo en Córdoba como cuadro de la Juventud Universitaria Peronista, donde recibió tres balazos por parte de las fuerzas militares. Sin embargo, escapó y llegó a Buenos Aires en tren, con un yeso y en silla de ruedas. Su familia intentó convencerlo de que se retirara del país, pero se negó rotundamente ya que decía que defendía sus ideales y derechos y que no iba a traicionar a sus compañeros. 

A pesar de ser perseguido político y tener que mantener distancia de su familia para protegerlos, llamaba a su hermano a diario para saber cómo estaban y seguir de cerca su actividad tenística. Ese maestro, que lo fue hasta el final, fue secuestrado por un grupo de tareas el 7 de abril de 1977 cuando viajaba en colectivo por San Juan y Boedo. 

Fue trasladado a las ESMA donde lo castigaron por defender su forma de pensar tirándole dardos venenosos para “ver si realmente hacian daño”. Cuando ocurrió este hecho, su mujer, Andrea Yankilevich, estaba embarazada de un mes. Daniel nunca llegó a enterarse de que iba a ser padre. Su hijo nació en cautiverio durante la dictadura, pero luego fue restituido a su abuela. Hoy, ese hijo, que también se llama Daniel, milita por la memoria y los derechos de los niños nacidos en cautiverio dentro de la organización H.I.J.O.S.

Guillermo Vilas, en un homenaje a Schapira.

Schapira fue una  gran persona dentro y fuera de la cancha y nunca podrá recibir el suficiente reconocimiento por haber luchado hasta con su vida por compartir todos sus ideales y pasiones. Aun así Racing lo intentó nombrándolo como uno de los 46 “socios eternos”, al igual que Maccabi y San Lorenzo.  

Por su parte, la Asociación Argentina de Tenis, le rindió homenaje tan sólo en 2005 y 2006 con la Copa Daniel Schapira. Mientras que en Italia, Raul Brambilla y Alessandro Mastroluca investigaron y escribieron la historia de Shapira en el libro  “dónde está Daniel Schapira”. Además de su relato nos dejaron una verdad que a 50 años de la dictadura mucha gente no comprende y ellos sí: “Un país sin memoria, sin verdad y sin justicia es un país bárbaro. Ustedes, en Argentina, saben bien que una persona muere sólo cuando nadie la recuerda”. 

Cada 18 de octubre se celebra el Día del Profesor de Tenis, en conmemoración del nacimiento de este gran maestro, no solo del deporte sino también de la vida. Recordar a Daniel Schapira, y a los 29.999 restantes, es una responsabilidad del pueblo argentino que va mucho más allá de cada 24 de marzo. Ellos dieron su vida por un país más justo, y la única manera de honrar ese legado es sostener su memoria todos los días y cumplir una promesa inquebrantable: Nunca Más.

El equipo de la Memoria

Por Matías Huentelaf y Valentina Gómez Focht

Entre 1976 y 1983, en la etapa más oscura de la historia argentina, 30.000 personas fueron desaparecidas por la dictadura cívico-militar en Argentina. Fueron historias arrancadas de sus casas, de sus familias, de sus sueños. 220 de ellos eran deportistas federados o chicos y chicas que soñaban con serlo algún día. Tenían botines embarrados, camisetas transpiradas, cronómetros en la mano e ilusiones intactas que el gobierno de facto les arrebató. Todo esto a través de un plan sistemático de secuestros, torturas y asesinatos que logró que muchos de ellos nunca más volvieran. Nunca más abrazarán a sus compañeros. Nunca más pisaron una cancha.

Entre esos 220 deportistas había 152 jugadores de rugby (17 de La Plata Rugby Club), 19 futbolistas, 13 ajedrecistas, 10 nadadores, 5 basquetbolistas, 4 voleibolistas, 3 boxeadores, 2 ciclistas y también atletas, hockistas, andinistas, gimnastas, jugadores de tenis, ping pong, waterpolo, yachting y tenis criollo

Muchos militaban en el Partido Comunista Marxista Leninista, la Juventud Peronista o la Unión de Estudiantes Secundarios. Eran estudiantes universitarios, trabajadores, adolescentes. Como Alicia Alfonsín.

Ella tenía 16 años cuando fue secuestrada el 23 de noviembre de 1977. Jugaba al básquet en el Club Colegiales. Estaba embarazada de cinco meses. Su hijo Juan, nació en cautiverio y fue apropiado por Luis Falco miembro de la Policía Federal y su esposa. Ese bebé creció sin saber quién era, sin saber quién había sido su madre. Recién el 26 de enero de 2004 recuperó su identidad: era Juan Cabandié. 

En 2011, su apropiador recibió 18 años de prisión por apropiación de menores y supresión de identidad. 

Adriana Inés Acosta tenía 22 años. Jugadora de hockey del Club Lomas, había integrado la preselección argentina para el Mundial de Cannes de 1974. En 1978 fue secuestrada y llevada al centro clandestino “El Banco”, en Ezeiza. Nunca más se supo de ella. Se cree que fue víctima de los “vuelos de la muerte”, arrojada al Río de la Plata. En 2009, la cancha de hockey sintético del CeNARD fue nombrada “Adriana Acosta” porque el nombre es su memoria y nombrar es resistir al olvido.

Miguel Sánchez era atleta, poeta y militante. Lo secuestraron el 8 de enero de 1978 en la puerta de su casa, en Berazategui. Nunca volvió. Sus compañeros contaron que estuvo detenido en un centro clandestino llamado “El Condorito”. Pero su memoria sigue corriendo. Cada año, la “Carrera de Miguel” recorre calles en Buenos Aires, Tucumán, Berazategui, Bariloche y hasta en Roma, donde nació como homenaje en el año 2000. Miguel no pudo cruzar más metas, pero hoy miles corren por él.

También fue desaparecido Rodolfo Walsh, ajedrecista, socio de Estudiantes de La Plata, periodista y escritor. Frente a la censura creó la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA) y denunció lo que estaba pasando cuando casi nadie podía hacerlo. El 24 de marzo de 1977 difundió su “Carta Abierta a la Dictadura Militar”, donde expuso la represión, las torturas, las desapariciones y el verdadero plan económico detrás del terror. Un día después fue emboscado, herido de bala y secuestrado. Lo llevaron a la ESMA. Desde entonces, su cuerpo permanece desaparecido.

El deporte no estuvo al margen del terrorismo de Estado. No hubo “guerra”. No hubo “excesos”. Hubo un plan sistemático de persecución y exterminio. Y cuando aparece el negacionismo, lo que intenta es borrar estas historias, minimizar el horror, volver a desaparecerlos en la memoria colectiva.

Recordar a esos 220 deportistas desaparecidos es defender algo mucho más grande que un resultado o una medalla. Es defender la memoria frente al olvido, la verdad frente a la mentira, la justicia frente a la impunidad porque cada cancha, cada pista, cada club de barrio guarda una ausencia.

Y porque en Argentina hay una frase que no es consigna vacía, sino promesa colectiva:

NUNCA MÁS.

Buenos Aires Herald, el mensajero en la Argentina del horror

Por Lucas Sotelo

Robert Cox tenía cinco años cuando escuchó por primera vez sobre el fascismo. Era 1938 y las bombas nazis de la Luftwaffe caían todos los días sobre Londres, hogar del pequeño Bob, hijo de Edward John Cox. Edward, desde sus trece miembro del Ejército, fue mensajero a caballo en la Primera Guerra Mundial y patrullero callejero en la Segunda. Robert, marcado por la prematura muerte de su padre y su posterior mudanza a la localidad costera de Frinton-on-Sea, conoció el periodismo a sus catorce como repartidor de diarios. Años después, ya con un bagaje acumulado como redactor de notas necrológicas en el East Essex Gazette, fue contratado como criptógrafo por la Marina Real británica para la Guerra de Corea, preludio de la Guerra Fría. Pudo morir en la altamar. Pero el ya mayor Bob quería más que un par de medallas de combate. Y así, tras responder a un aviso clasificado en el World Press News, es como llegó en 1959 a la Argentina del peronismo proscripto y la presión militar legitimada quien, desde 1968, cambiaría por completo la historia del Buenos Aires Herald como su director. El mensajero en tiempos de gritos ahogados y de horrores silenciados.

Antes de Cox, el Herald era un “espectador de una obra de la que se sentía ajeno”, como escribe Sebastián Lacunza, periodista político y último director del diario desde 2013 hasta el cierre de su redacción en julio de 2017, en el libro “El testigo inglés”. En sus páginas, Lacunza repasa luces y sombras durante la existencia de este medio conservador-liberal, fundado cien años antes de que la dictadura de Jorge Rafael Videla asestara el golpe de los golpes el 24 de marzo de 1976. Cercano a los sectores militares por su distancia y repudio hacia “el terrorismo de izquierda” de Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), el Herald apoyó en primera instancia a la Junta. Pero cuando “la gente dejó de aparecer”, Cox -como cuenta en “El mensajero”, documental dirigido por el cineasta australiano Jayson McNamara quien, además, produjo una película sobre la vida de Nora Cortiñas- “no vio otra posibilidad que convertirse en periodista otra vez”. Y así, con el apoyo incondicional de Peter Manigault, dueño del diario, su medio empezó a publicarlo todo cuando no se publicaba nada.

Tapa del Buenos Aires Herald del 27 de mayo de 1976. El título: “Chicos secuestrados siguen desaparecidos”.

Por supuesto, esta decisión no estuvo exenta de presiones -a veces indirectas, otras mucho más directas- de parte de los sectores de poder. Desde la prohibición inicial a dar voz a los “hechos subversivos” hasta las amenazas de Carlos Pablo Carpintero, secretario de información pública, al editor escocés Andrew Graham-Yooll (“dejate de joder o te la vamos a dar”). Graham-Yooll, criado en Ranelagh -sur del conurbano bonaerense- y amigo personal del secuestrado Haroldo Conti, tuvo que exiliarse junto a su esposa en Londres. Desde tierras inglesas prosiguió su ya firme colaboración con Amnistía Internacional, que realizó una misión en el país entre el 6 y el 15 de noviembre de aquel oscuro 76’. Los militares, a través de medios afines, calificaron la visita del organismo de derechos humanos como una “campaña antiargentina” y afirmaron vínculos con el comunismo y los sectores guerrilleros. A contramano de todos, Cox defendió a AI, “una organización terriblemente incomprendida”. El informe final, presentado en marzo de 1977, contabilizó trescientos sesenta y cinco desaparecidos entre el golpe y enero de ese año. Serían treinta mil.

Faltaban días para el inicio del Mundial de 1978. Todo el mundo estaba pendiente de la pelota cuando treinta trabajadores de prensa fueron citados en la Casa Rosada. “Deben presentar una imagen perfecta de la Argentina”, consignó Albano Harguindeguy, en aquel entonces ministro del Interior. El Herald siguió publicando. Fue “núcleo de información” aun siendo parte de la “World Cupitis” (Mundialitis). Denunció la desaparición de Julián Delgado, director de El Cronista, y cuestionó la detención de Adolfo Pérez Esquivel, nominado al Premio Nobel de la Paz que ganaría en 1980. Y fue vocero de las “Madres locas de Plaza de Mayo”, presentadas sus vueltas ante el mundo por las televisiones de Holanda, Bélgica y Reino Unido y ante el país por la editorial “Una bomba de tiempo política”. “Es su imagen en las pantallas de televisión lo que dará la imagen de la Argentina durante el próximo campeonato por la Copa Mundial de Fútbol”, vaticinó Bob Cox, “una voz de otro mundo que sirvió muchísimo”, diría años después Estela de Carlotto.

La editorial “Una bomba de tiempo política”, escrita por Cox y publicada en el Herald el 17 de mayo de 1978.

Durante el mes en el que se gestó la primera estrella, Robert Cox disfrutó de “escribir y ver los partidos”. Pensó que “podía haber una chance de que los militares se volvieran decentes y que pararan”. Se emocionó con “las mayores multitudes de la historia argentina saliendo a las calles”. Pero ni el Argentina 3-1 Holanda pudo acallar los gritos que llegaban desde la ESMA. Tampoco evitaron las lluvias de papelitos y de festejos de gol las once gestiones personales o mediante nota de Cox ante Harguindeguy y su segundo, José David Ruiz Palacios. El sol de la victoria militar y deportiva, además, no pudo tapar el bosque de los tres años de recesión económica post-Rodrigazo y del descontento popular. La visita de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) a raíz de la situación de Jacobo Timerman, director del diario La Opinión detenido y torturado por la dictadura, evidenció nuevamente el contraste entre las actitudes serviles de la prensa general y la irreverencia del Herald, “el osado pequeño David”, en particular.

Tapa del Buenos Aires Herald del 26 de junio de 1978. “Argentina gana la Copa”, el título principal.

Pasó el tiempo y al director le pasaron las facturas. El 20 de noviembre de 1979, una carta-amenaza supuestamente escrita por Montoneros y dirigida a Peter, uno de los cinco hijos de Robert y Maud, fue la gota que colmó un vaso lleno de “recomendaciones” para dejar el país. Cox cedió, no sin publicar una última columna en el diario de su vida. “Au revoir” (“hasta luego”) fue el título. Denunció que la amenaza decisiva “vino de esa zona negra de la vida nacional que nadie desafía ni cuestiona”; defendió la existencia de “dos terrorismos”; agradeció a todos los que le habían escrito a raíz de su decisión de marcharse y explicitó su deseo de seguir vinculado al Herald pese a su partida. El 17 de diciembre, Robert Cox se fue “con gran dolor y convencido de que había traicionado a quienes lo habían defendido”. Pero las Madres de Plaza de Mayo, fieles a quien supo abrirles las puertas que todos les habían cerrado, le agradecieron en una solicitada paga en el diario La Prensa. “A Robert Cox: el periodista digno, el hombre íntegro”.

Solicitada de las Madres de Plaza de Mayo, publicada en el diario La Prensa el 18 de diciembre de 1979.

James Neilson tomó la posta en el Buenos Aires Herald. Más frío que su predecesor, con Neilson “cambió el estilo, pero no la sustancia”. Así fue, al menos, hasta que los editores Daniel Newland, Andrew McLeod y Ronald Hansen borraron el nombre de Cox del diario y, con él, los últimos vestigios de su línea. “El Herald parece estar escrito por la Inteligencia naval”, se quejó Bob hacia el editor Ronald Hansen desde Estados Unidos durante la Guerra de Malvinas, en la que acusó al tridente editorial de hacer “el diario de (Emilio) Massera”. Cox no volvería a la Argentina hasta el retorno de la democracia, invitado personalmente por Raúl Alfonsín para su toma del mando presidencial. Poco después, su alejamiento definitivo con Neilson supuso su alejamiento definitivo del Herald. Fue citado como “testimonio crucial” por Julio César Strassera y Luis Moreno Ocampo a declarar en el Juicio de las Juntas en abril de 1985. Descompensado al recordar los horrores vividos en el primer intento, expuso durante cinco horas en el segundo. Encuentros con Videla. La Masacre de los Palotinos. Casos concretos de robos de hijos. Todo eso y más que eso al desnudo en la voz de un hombre que conoció el fascismo a sus cinco años. Y que, como director del Buenos Aires Herald, fue el mensajero en la Argentina del horror.

 

Potrero y gambeta, la devaluación de un estilo

Por Matías Huentelaf

El fútbol argentino históricamente se forjó en los potreros y en los clubes de barrio, llevando consigo ese “estilo criollo” que lo diferenció del resto del mundo. La viveza, la gambeta y el engaño nacieron de esa construcción cultural que llevó a Argentina a formar jugadores de la talla de Diego Maradona, Juan Román Riquelme o Ariel Ortega, entre muchos otros.

Pero hoy, con sistemas cada vez más estructurados y robotizados, ese tipo de futbolistas parece quedar atrapado dentro de esquemas tácticos que muchas veces no favorecen su principal virtud: la improvisación. La gambeta, recurso histórico del fútbol argentino, encuentra cada vez menos espacio. Por eso surge una pregunta inevitable: ¿están los jugadores “mágicos” en peligro de extinción?

Actualmente son contados con los dedos de una mano los futbolistas capaces de hacer algo distinto a lo que vemos cada fin de semana en las canchas. Nombres como Hernán López Muñoz —sobrino nieto de Maradona—, Exequiel Zeballos o Claudio Echeverri (quien ya emigró al exterior) representan algunos de esos jugadores capaces de romper la lógica del sistema con una jugada individual.

Las estadísticas también reflejan esa tendencia. Según datos de SofaScore, futbolistas como Sebastián Villa y Jaminton Campaz —que llegaron al país desde otros rincones de Latinoamérica— lideran las tablas de gambetas completadas con un promedio cercano a dos por partido. Sin embargo, siguen siendo excepciones dentro de un torneo donde cada vez se arriesga menos.

“Se ha perdido un poco también por culpa nuestra, de los entrenadores, por querer que nuestros equipos jueguen en ‘modo play’ por decirlo de alguna forma. Los entrenadores hemos quitado un poco eso, el potrero”, señaló Marcelo Méndez, exentrenador de Gimnasia y Esgrima de La Plata.

La comparación con otras épocas resulta inevitable. El fútbol argentino supo tener en sus canchas a leyendas como Ricardo Bochini, Norberto Alonso, René Houseman o el propio Maradona, jugadores que hicieron de la gambeta una marca registrada de nuestro fútbol.

“El gambeteador, el que tiene regate, es el que de alguna manera te saca esa exclamación y el que te emociona, lo que todos queremos ver, queremos ver algo diferente. Y, además, no solo se queda en lo estético, es productivo para el equipo bien utilizado”, sintetizó Fernando Redondo, en una entrevista para Infobae.

Hoy, en cambio, los talentos parecen ser apenas pasajeros. Un juvenil debuta, juega dos o tres buenos partidos y enseguida llega una oferta imposible de rechazar para clubes con economías debilitadas. Así, el público argentino pierde la posibilidad de disfrutar durante más tiempo de lo más valioso que tiene este deporte: esos futbolistas capaces de hipnotizar a una tribuna o a un televisor con una jugada distinta. ¿Qué sería ideal? Demorar su debut en primera y tenerlos más tiempo con nosotros”, propuso Hugo Tocalli, en una nota con LA NACIÓN.

El fútbol argentino parece vivir una especie de devaluación de su estilo. Los entrenadores muchas veces no logran consolidar una idea de juego: dos derrotas consecutivas los dejan al borde del despido y los murmullos empiezan a bajar desde la tribuna. Ese clima permanente de urgencia termina generando un efecto: el miedo a perder suele imponerse.

Las estadísticas también reflejan esa tendencia. En 114 partidos disputados durante el período 2025-2026, la liga argentina registra el mayor índice de empates sin goles entre las principales competiciones del mundo. Un dato que expone un fútbol cada vez más cauteloso, donde el riesgo parece ser un lujo.

A esto se suma un torneo con 30 equipos, un formato que para muchos diluye la competitividad y baja el nivel de exigencia.

“Somos formadores y por eso tenemos un torneo de 30 equipos”, defendió el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, Claudio Tapia. Pero la realidad muestra un panorama más complejo. En los últimos años, clubes como River, Boca o Vélez, junto con algunas ventas puntuales —como la de Carlos Alcaraz desde Racing al Southampton FC— han sido los principales exportadores de talento hacia las grandes ligas del mundo. 

La estructura del campeonato expone una brecha cada vez más grande entre instituciones consolidadas y otras que apenas logran sostenerse económicamente. En ese contexto, predomina el exilio de talento a edad prematura ante la necesidad monetaria, los sistemas de juego rígidos, la urgencia por ganar y el miedo a perder.

 

Messi y Trump: ¿Puede una imagen bajar a un ídolo?

Por Lola Fariña Villaverde 

Un aplauso, un saludo, una sonrisa o una imagen fueron suficientes para abrir un debate que dejó opiniones fuertemente divididas y puso en cuestión al capitán de la Selección Argentina. El encuentro entre Lionel Messi y Donald Trump, presidente de Estados Unidos, reavivó la discusión sobre el vínculo entre la política y el deporte. 

En medio de la convulsión internacional marcada por la guerra en Medio Oriente, Messi se presentó en la Casa Blanca, junto al plantel del Inter Miami, luego de consagrarse campeón de la MLS (Major League Soccer). La escena circuló rápidamente en redes sociales, en medios de todo el mundo y volvió a poner sobre la mesa si este tipo de gestos deben interpretarse únicamente como parte del protocolo que rodea a los eventos deportivos o si inevitablemente adquieren un valor político.

La Casa Blanca suele recibir a distintos equipos campeones de diversas disciplinas profesionales y universitarias, de los cuales algunos, deciden no presentarse. En ese contexto, la situación invita a pensar qué lugar ocupa Messi en ese encuentro: si se trata del capitán de la Selección Argentina, de una de las máximas estrellas del fútbol mundial, del embajador de UNICEF y fundador de la Fundación Leo Messi o simplemente de un jugador que participa de una tradición institucional del deporte estadounidense. También abre la posibilidad que, frente a ese escenario, haberse presentado pudo haber supuesto un riesgo menor que no hacerlo, sobre todo si se consideran posibles intereses futbolísticos y el hecho de que una de las sedes del próximo Mundial, que iniciará en tres meses, es Estados Unidos. La superposición de estos roles desencadena otra discusión: hasta qué punto es posible separar al deportista del personaje público y del referente social que, voluntaria o involuntariamente, también representa.

Estas características pueden producir cierta contradicción al verlo afable y complaciente con una de las figuras más controversiales en la conflictiva actual. La imagen de Lionel Messi junto al presidente estadounidense, tensiona las distintas facetas que conviven en un referente público.

A su vez, el episodio puede leerse desde otra perspectiva, en la del modo en que el poder político se vincula con personas de gran exposición y utiliza su visibilidad, y apoyo, para reforzar o legitimar ciertos actos y decisiones, de forma directa o indirecta. 

En ese cruce de interpretaciones aparece, quizás, el núcleo del debate. No solo qué significa ese encuentro puntual, sino también qué tipo de expectativas proyecta la sociedad sobre sus ídolos deportivos y sí un gesto como éste alcanza para cuestionar, o incluso “cancelar”, a una figura pública.