El Superclásico como cortina política

Por Andina Fuente

El sportwashing es una práctica en la que Estados, regímenes o grandes corporaciones utilizan eventos deportivos, clubes o competiciones para mejorar su reputación pública, tapar escándalos o desviar la atención de violaciones a los derechos humanos y problemas institucionales.

A través de la historia, el partido más importante del país fue víctima de esta práctica y ha sido utilizado por diferentes actores —desde gobiernos dictatoriales hasta corporaciones modernas— como cortina de humo para tapar crisis políticas, maximizar intereses económicos y lavar imágenes institucionales.

En 1982, Boca y River empataron 0-0 en la Bombonera por el Torneo Nacional —que luego se llamaría “Soberanía Argentina en las Islas Malvinas” debido a la guerra con el Reino Unido— y surgió la idea de disputar un Superclásico en las Islas. Esta locura fue propuesta por el gobierno dictatorial para dar un marco celebratorio y “maquillar” la tragedia que ocurriría a lo largo de 74 días, en otro episodio de la campaña mediática con la que la dictadura, en ese entonces encabezada por Leopoldo Fortunato Galtieri, intentó dar cuenta de un supuesto triunfo argentino.

La AFA apoyó la inverosímil iniciativa de trasladar el Superclásico a las Islas Malvinas, y la revista “Goles” dio la noticia con la famosa portada en la que posaban Eduardo Saporiti con la banda roja y Carlos Córdoba con la camiseta xeneize.

“Por supuesto jugaría un clásico en Malvinas. Para mí sería un orgullo y una satisfacción enorme salir a jugar un clásico contra Boca en las Islas, pisando un suelo que por tantos años soñamos que fuera nuestro”, dijo Saporiti. “Ese podría ser nuestro mejor aporte”, sumó Córdoba.

Los dirigentes de ambos clubes se manifestaron a favor del cotejo, pero finalmente el partido nunca se jugó. El avance militar británico sobre las Islas Malvinas desnudó la campaña mediática del gobierno nacional.

Desde entonces, fue imposible ocultar la horrorosa realidad que padecían las tropas argentinas. En la guerra murieron 649 soldados argentinos, a quienes hoy recordamos y homenajeamos mediante la historia futbolera.

Otro caso de sportwashing fue cuando las camisetas de Boca y River fueron utilizadas como plataformas comerciales y geopolíticas.

A partir de 2018, el Millonario y el Xeneize se involucraron indirectamente en disputas geopolíticas de Medio Oriente. Países con múltiples y graves denuncias por violar los derechos humanos utilizaron el Superclásico como una vitrina comercial masiva.

En el caso de Boca, el Estado de Qatar firmó un acuerdo millonario de patrocinio a través de su aerolínea de bandera justo en los años previos al Mundial de 2022. El objetivo no solo fue comercial, sino que también buscó asociar el nombre del emirato a marcas populares occidentales de alto prestigio para contrarrestar las fuertes denuncias internacionales sobre explotación y muertes de trabajadores migrantes en sus estadios.

Por el lado del equipo de Núñez, apenas un año después del contrato de Boca con Qatar Airways, los dirigentes de River firmaron un contrato de patrocinio con la aerolínea de bandera del Estado de Turquía, que se convirtió en su sponsor principal.

El arribo de la marca gubernamental turca generó un enorme revuelo político, y la comunidad armenia en Argentina denunció enérgicamente este auspicio, al que calificó explícitamente como una maniobra de sportwashing estatal para negar el genocidio armenio y desviar el foco internacional de la persecución a opositores, periodistas y minorías étnicas en territorio turco.

Y así, hay muchos casos más. Si retrocedemos en la historia, el deporte fue usado en reiteradas ocasiones para lavar imágenes y ocultar crímenes de Estado y crisis políticas. El Superclásico, al ser el partido más convocante del país, es por excelencia el evento deportivo más propenso a sufrir sportwashing.

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