Por Tiziano Moreira
El lateral derecho de 28 años lidera a “La Topadora” en la Primera B Metropolitana. Además de su carrera deportiva, es profesor de Educación Física en un colegio primario. Una historia sobre el pluriempleo, la pasión y el sacrificio.
El despertador marcaba la madrugada y el frío acompañaba cada trayecto. En sus inicios, viajar desde su natal San Miguel hasta las prácticas representaba una odisea: abordar el tren San Martín a las cinco de la mañana y combinar tres colectivos para llegar a destino. Hoy, la rutina de Rodrigo Di Motta cambió el transporte público por el auto particular, pero el sacrificio sigue intacto. El defensor y referente de Liniers en la tercera categoría del fútbol argentino refleja el ecosistema del Ascenso: por la mañana entrena con su equipo y por la tarde cambia los botines por la tiza para dar clases de Educación Física.
Esta doble vida laboral no responde a un capricho, sino a los números estrictos que maneja la categoría. “No sufro económicamente, pero cuento los días para cobrar mi sueldo”, admite preocupado el jugador nacido el 26 de enero de 1998. La necesidad de contar con dos ingresos resulta vital para sostener el día a día y proyectar el futuro. “Me gustaría tener mi casa, pero no me alcanza”, confiesa mientras observa los alrededores de la Plaza Hurlingham. La pasión por la redonda choca contra la billetera, aunque él asume la situación con madurez para salir adelante: “No podría vivir sin el sueldo de futbolista. Siempre planifico para estar mejor”, expresó entre sorbo y sorbo de mate.

Esa vocación por la enseñanza es una tradición familiar. Sus padres están separados, pero le transmitieron el amor por la docencia en su forma más natural: Mario Di Motta es profesor de Educación Física y Brenda Navarro ejerce como maestra jardinera en la ciudad de Bahía Blanca. Rodrigo convive en Buenos Aires con su papá y con Sofía, su novia desde hace doce años. La conoció en el colegio secundario y comparten la misma profesión en las escuelas.
El defensor dicta clases a chicos de primero a cuarto grado en el colegio San Agustín de Bella Vista. Tomó horas en esa institución tras un cambio de director para sumar antigüedad. Lejos de representar una carga horaria, las aulas son su cable a tierra, un espacio que consolidó al obtener su título universitario en noviembre de 2023 en la Universidad Nacional de José C. Paz. “El día a día con los alumnos sirve para desconectar un poco”, asegura sobre la docencia. El cariño del colegio funciona como un motor anímico fundamental:
-¿Cómo te llevás con los chicos? ¿Saben que sos futbolista?
-Sí, lo saben y me ayudan a veces en los momentos grises. Por ejemplo, viene un chico a abrazarte porque tenés un día cruzado y es impagable, te cambia el día.
El camino para portar la cinta en el brazo requirió forjar el carácter. Formado en el “Semillero del Mundo”, permaneció once años en las inferiores de Argentinos Juniors y alcanzó la división Reserva. Su salida en 2019 lo empujó a buscar minutos de juego lejos de su zona de confort. Armó los bolsos y partió al club Victoria de la provincia de Corrientes para disputar el Torneo Regional Amateur.
-¿Fue difícil la adaptación en el fútbol de Corrientes? ¿Qué recordás de allá?
-No, no fue difícil en cuanto al juego, pero sí pasé de un gimnasio 10 puntos a un lugar donde casi no podían lavar la ropa de entrenamiento. A pesar de eso, fue una enseñanza linda. Aprendí a valorar las cosas.

Esos meses en el Litoral le sirvieron para su llegada a Liniers en 2019, institución donde asumió el liderazgo desde el primer día y vivió etapas de gloria. El ascenso a la Primera C en 2021 quedó grabado en su memoria por el recordado triunfo 2 a 1 ante Puerto Nuevo. Dos años después, “La Topadora” logró subir a la B Metropolitana tras una reestructuración de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) para llegar a 22 equipos, una plaza obtenida gracias a su enorme campaña en la tabla general. Ese mismo 2023 le regaló otro premio imborrable en el mes de marzo al conocer en persona al plantel de la Selección Argentina.
Sin embargo, la trayectoria del jugador de 28 años tuvo su capítulo de obstáculos físicos como cualquier otro. El capitán sufrió la rotura del tendón de Aquiles, una lesión que lo marginó de las canchas por siete meses. Pese a la angustia, su rol de líder jamás desapareció: asistió a todos los partidos para acompañar a sus compañeros desde la tribuna. “Soy un ser constante, nunca dije que no, nunca me rendí. Y en parte es gracias a mi cabeza, porque siento que ella lo maneja todo”, comentó con alivio y convencimiento en sus ojos.
Con esa misma fortaleza mental, hoy marca el rumbo del equipo de Liniers dentro de la cancha y educa a las nuevas generaciones fuera de ella. Elige el perfil bajo y dejó un veredicto final en manos del público:
-¿Te sentís un ídolo tras tantos años?
-Se lo tenés que preguntar a los hinchas eso, la verdad no lo sé.





