Heysel 1985, la final de Champions League que se jugó con sangre en las tribunas

Por Valentino Franco

Michel Platini sostiene en sus manos la tan ansiada Copa de Europa. Es la primera para la Juventus y una que se había escapado, contra todo pronóstico, hacía dos años en la final ante Hamburgo. Sin embargo, la toma del francés con el trofeo de las grandes orejas luce pálida, sin esbozo alguno de emoción. Y en el terreno de juego, junto al resto de sus compañeros juventinis, lo que debería ser fiesta tiene pinta de penumbra. Como una réplica de los atletas que reciben la medalla de plata para, ipso facto, quitársela del cuello. Pero, ¿a qué se debe semejante desazón tras tan rotundo título, además, frente a Liverpool, principal responsable de la hegemonía inglesa por aquellos años en Europa? El diez francés da una pista al arrimársele el primer micrófono: “No hay nada que celebrar, es un día catastrófico para el fútbol”. El motivo de esa catástrofe aún se encuentra en el estadio: decenas de aficionados sin vida, tapados con mantas o abrigos y apilados en estacionamientos internos y pasillos, yacen como víctimas de una violenta ola de hooliganismo que hacía años se proyectaba y que en Bélgica tuvo su obra peor. La Tragedia de Heysel y el día en que una final de Champions League tuvo el pitido inicial a pesar de la avalancha humana que dejó 39 muertos en la previa.

Mayo de 1985. Una final de Copa de Europa con un atractivo casi sin precedentes. La Juventus, aún en búsqueda de la primera, acudía luego de unas semifinales que, por poco, se convierten en un susto frente al Girondins de Bordeaux. En su estructura aún se hallaba la columna vertebral de aquella Italia campeona del Mundo en 1982, sumado a su jugador estrella: Michel Platini, quien también había vivido su apogeo personal en España junto a la Selección francesa. El rival a derrotar era el temido Liverpool de Kenny Dalglish e Ian Rush; campeón de tres dentro de las últimas siete ediciones, el equipo de Anfield venía de golear al Panathinaikos y acechaba como el club dominante de la época. Una dominancia que, en segundo plano, abarcaba al fútbol inglés en general, pues las otras cuatro dentro de las siete orejonas más recientes habían sido levantadas por Aston Villa, Nottingham Forest en dos oportunidades y, como único campeón ajeno a Inglaterra, el antes mencionado Hamburgo del talentoso Magath y el goleador Hrubesch.

Fútbol y violencia: el cóctel común para Europa en los 70 y 80

Pero tocar conceptos como hooliganismo o negligencia ejecutiva para explicar lo ocurrido en el distrito bruselense de Heysel sería equívoco sin antes recordar lo ocurrido en la final anterior. Como un guiño del destino, Roma clasificaba a su primera -y única- puja por el título en la edición que tendría al Olímpico de Roma como sede. No obstante a la localía, Liverpool le arrebató el trofeo a la Loba en penales y, con ello, los romanos, que eran abrumadora mayoría, comenzaron una cacería humana con los fanáticos ingleses como presas. Así, aún con la orejona en la vitrina de su club, los hooligans del equipo Red debieron huir de Roma con bastante rencor hacia la ciudad -e Italia en general- por la paliza que habían recibido allí.

Y es que la violencia es el eje de esta historia. En el fútbol hay registros de ella desde la irrupción del deporte, varios siglos atrás. Pero su etapa organizada, a partir de la década de 1960, fue una oscura marca patentada en Inglaterra e Italia. Hooligans y ultras, respectivamente. Una plaga que se le adjudicó principalmente a los británicos -ya que protagonizaron los mayores agravios-, razón por la cual se denominó “enfermedad inglesa” a los acalorados brotes de fanáticos violentos y ebrios que comenzabaron a copar cada estadio de las principales ligas europeas. Lo cierto es que para comprender a los hooligans, primero hay que conocer a la diezmaba sociedad del Reino Unido; la Crisis del petróleo de 1973 fue un detonante clave para que el país sufriera uno de los índices más altos de desempleo juvenil en la historia. En las calles, la falta de oportunidades y la brecha social invitaron a la juventud británica a canalizar todas sus frustraciones en una cancha de fútbol. A partir de allí nació el modelo hooligan, uno que se integró, principalmente, por una clase obrera que halló en los enfrentamientos físicos y los disturbios una manera de hacerse notar. Y vaya que lo lograrían.

Inmerso de lleno en la década de 1970, el fútbol inglés se convirtió en huésped de todo tipo de calvarios. Jornada tras jornada, producto de las disputas entre las firms -en Argentina, las barras, conjunto de hooligans de cada equipo-, la First Division había dado pie a dos espectáculos independientes: el de fútbol y, fuera del campo, el de los violentos que destrozaban estadios y atacaban a las aficiones rivales con botellas, barras de metal, piedras y armas blancas. Sea como sea, en cada rincón de la isla británica se comenzó a saber acerca de lo que se había convertido ir a la cancha. Era asistir a un lugar peligroso, donde no salir herido de gravedad era cuestión de fortuna y donde llevar a la familia era sinónimo de inconsciencia. Pero el verdadero problema ocurría fuera del país, puesto que en el resto de Europa la población no estaba al tanto sobre la violencia que había consumido al fútbol de la isla. Y aún peor: se trataba de un fenómeno totalmente desconocido por la policía. Es así que, al movilizarse fuera del Reino Unido con motivo de competencias internacionales, los fanáticos británicos se encontraron con el festín de unas cuantas ciudades sin seguridad capacitada para desactivar multitudes agresivas y enardecidas. A las malas, el fútbol europeo estaba a punto de sufrir en carne propia la devastadora tormenta de los hooligans.

Para 1972 tuvo lugar una de las primeras visitas para el olvido. La final de la Recopa de Europa -el extinto torneo que enfrentaba a los campeones de las copas nacionales- de aquel año convocó al Rangers de Glasgow y al Dinamo de Moscú. La sede a partido único fue Barcelona, donde los escoceses vencieron 3 a 2 y desataron una incontrolable invasión al terreno de juego una vez culminada la victoria. Ni a base de bastones y perros la seguridad española pudo echar a unos muy alegres glasguenses, que se habían bebido hasta el agua de cada florero que se habían topado en la ciudad. El trofeo debió ser entregado en una habitación interna, el Camp Nou quedó destrozado y la organización no pudo disimular lo precario de sus protocolos. Dos años después, la policía de Rotterdam tendría una experiencia similar. Pero en vez de la del Rangers, fue la fanaticada del Tottenham la que causó estragos. Los de Londres definían la final de la Europa League frente al Feyenoord, y aunque los locales se impondrían para levantar el título, el foco se quedaría, otra vez, en la cantidad de oficiales heridos que resultaron del choque ante la furiosa firm de los Spurs. Apenas un año más tarde, en la mismísima final de la actual Champions League, frente al Bayern de Munich, los allegados del Leeds United destrozaron, al considerar que eran víctimas de un arbitraje parcial, el fondo que les tocó llenar en el Parque de los Príncipes. La famosa enfermedad inglesa ya era una realidad en todo el continente. Sin embargo, la cura jamás llegaría a tiempo antes del más crudo de los desastres.

El día que los hooligans escoceses se adueñaron del Camp Nou.

 

La bitácora del colapso en Bélgica

El reloj en Heysel, Bruselas, marca las 21:15. Ya es hora -y contando- de atraso para el encuentro de mayor vigor en el año. Gaetano Scirea, central y capitán del elenco italiano, toma el megáfono: “El partido se jugará para permitir que las fuerzas del orden organicen la evacuación del estadio posteriormente. Mantengan la calma y no respondan a las provocaciones. Jugamos por ustedes”. Phil Neal, cinta del conjunto inglés, da un discurso similar para los supporters del Liverpool. Por primera vez en unas cuantas y desenfrenadas horas, se oye una algarabía común en las tribunas.

El viejo Estadio de Heysel había sido construido hacía más de 50 años a modo de velódromo, en vísperas de un Campeonato Mundial de Ciclismo en Pista. Hacía buen tiempo que no recibía reformas, por lo que en muchos aspectos daba señales de precariedad; sino, hay que leer las crónicas de la época, que aseguran que muchos ingleses se colaron a las gradas haciendo agujeros en las paredes a base de patadas que derrumbaban los gastados ladrillos. Y sobre las tribunas vino la peor de las decisiones, una que le puso la firma al funesto porvenir. La UEFA, junto a las autoridades belgas, decretaron que a cada equipo le corresponderían las localidades de espaldas a uno de los arcos. Y que de una tercera parte -quién sabe por qué- de la tribuna Red saldría un pulmón pegado a la zona de plateas que estaría reservado para espectadores belgas. Es decir, neutrales. Lo que jamás se les ocurrió fue que los italianos, que se mataban por ver a su Juventus, pagarían precios inimaginables por una entrada revendida. Fuese la que fuese. Aún si era del Sector Z, esa zona que de neutral le quedaría poco y nada y que se encontraba, literalmente, dentro de la tribuna inglesa. Apenas separada por una malla de cientos de hooligans emborrachados.

¿Cómo puede ser que hayan de ellos en nuestra parte? habrá pensado algún liverpuliano, seguro también, alguno de los que se excusó argumentando que la cerveza belga era de las más pesadas. Pronto, esa malla de morondanga cayó ante la presión de la facción de rojo. Y pese a que la causa de muerte de las 39 personas que estaban por perder la vida no fue la agresión de la hinchada rival, sí fue una consecuencia directa de la misma. Los aficionados de la Vecchia Signora, asustados por la marea que se les abalanzaba, comenzaron a apiñarse contra el muro que separaba la tribuna de la pista de atletismo. Al compás, un puñado de policías y algún canino miran la situación desbordados, sin saber qué hacer. Bajo estrés y miedo, los de las líneas más cercanas a los de Inglaterra empujan cada vez más sin percatarse de que quienes habían llegado antes se están asfixiando y aplastando contra el paredón. El muro no aguanta la presión y se derrumba. Como broma de mal gusto, el Estadio de Heysel había dado la última prueba de que su elección fue vergonzosa.

La pared del Sector Z se cae. Los más afortunados pueden escapar al campo; otros mueren aplastados o asfixiados.

Volvemos a los discursos de los capitanes. Son las 21:37, y el partido va a arrancar. Ocurre que el presidente de la UEFA, Jacquees Gorges, junto al alcalde Hervé Brouhon y el Capitán de Gendarmería Johan Mahieu, acaban de llegar a la conclusión de que si echaban a 40.000 hinchas, el saldo de muertes -indemnizaciones, mejor dicho- sería mucho mayor al que ya había. La resolución: estado de sitio para Bruselas y la final en marcha. A todo esto, ni siquiera los propios jugadores saben con exactitud qué acaba de pasar. Sólo huelen que se trata de algo muy malo. Pero lo único que se quiere es que ellos jueguen. Así que la información en los vestuarios es muy superficial.

A los diez minutos de la segunda etapa, el polaco Boniek es puesto a correr mano a mano contra el arco del Liverpool. Craig Johnston lo baja con una falta que deriva en penal, aunque había sido casi un metro fuera del área… Platini hacia un lado, Bruce Grobbelaar para el otro. El francés festeja con una corrida y un puño de desahogo, de cara a la tribuna donde 34 italianos dentro de las 39 víctimas habían fallecido hacía un rato nada más. En el otro extremo, la curva sud juventina explota en bengalas. Habrá sido una caricia al alma para esos ultras, que de santos tampoco tenían nada; hacía horas miraban con ojos llenos de odio a los ingleses, y de haber podido, habrían iniciado una guerra en Bruselas para vengar, con aún más violencia, a quienes habían sido violentados.

Platini y la máxima cosecha que en Turín tuvo el mínimo de festejo.

La Juventus de Italia logró así el que probablemente es el título de Champions League más agridulce de la historia. Los platos rotos fueron pagados, en justo accionar, por todo el fútbol inglés. Seis años de suspensión para Liverpool en competencias europeas, cinco para el resto de clubes de la First Division, castigo que hacía tiempo pedían a gritos. El hooliganismo siguió durante cuatro años más hasta la llegada de un último evento que sepultó el fenómeno por completo. La Tragedia de Hillsborough supuso la muerte de 96 aficionados en un Nottingham Forest – Liverpool por semifinales de la FA Cup. Aquí, una tal Margaret Thatch*r quiso desviar la lupa de la abrumante negligencia policial y operativa que hubo antes del desastre, y decidió mandar al frente a los hooligans que, paradójicamente, esa vez no habían hecho nada. Como consecuencia se eliminaron, en todo Inglaterra, las tribunas de pie. Los controles se incrementaron y el nombre de la liga fue cambiado a Premier League, en un afán de darle una suerte de renacimiento al fútbol sin violencia allí. Y es que antes de que los Derbi de Manchester o Londres fueran más afines a un espectáculo NBA que a un evento de alta fricción, en toda Europa la realidad era más que cruda. Lo que a veces ocurre en Sudamérica y enciende todas las alarmas, en otros lugares también supo ser pan de cada día…

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