Por Emanuel Soste
Muhammad Ali fue uno de los mejores boxeadores de la historia. No solo por su
estilo y sus logros, sino también por el basto legado que dejó, tanto dentro como
fuera del cuadrilátero.
Tras haber vencido a “Ringo” Bonavena el 7 de diciembre de 1970 en el mítico
estadio Madison Square Garden por el título de peso pesado de la North American
Boxing Federation (NABF), parecía que ya no iba a haber otro capítulo que
vinculara a “The Greatest” con la Argentina. Pero un año después sucedió algo
totalmente distinto.
El 5 de noviembre de 1971, Ali viajó hacia la Argentina durante una gira relámpago.
Durante su estadía realizó una pelea de exhibición en el estadio de Atlanta, el León
Kolbowski. Allí peleó contra Miguel Ángel Páez, quien fue reconocido por haber sido
el primer tricampeón argentino de la historia en las categorías de peso semipesado,
crucero y pesado. Aunque no todo fue color de rosa, ya que tras sonar la última
campana, la muchedumbre trepó al ring e impidió durante un largo rato que los
boxeadores pudieran bajar, generando una situación de mucha tensión y peligro.
Por aquellos años, el país estaba bajo una dictadura militar conocida como la
“Revolución Argentina”, que había comenzado en 1966 tras el golpe de Estado
perpetrado contra Arturo Illia. Durante esa época, el país tuvo tres presidentes de
facto: primero Juan Carlos Onganía (1966-1970), luego Roberto Marcelo Levingston
(1970-1971) y finalmente Alejandro Agustín Lanusse (1971-1973).
Tras el combate de exhibición, Ali fue invitado a comer un asado por Lorenzo
Spadone (dueño de la fábrica Kelinda y hermano del empresario Carlos Spadone)
en la planta ubicada en el municipio de Lanús. Allí estaban José Ignacio Rucci
(sindicalista muy cercano a Juan Domingo Perón y secretario general de la
Confederación General del Trabajo entre 1970 y 1973) y Lorenzo Miguel, quien
condujo la Unión Obrera Metalúrgica durante más de tres décadas, desde 1970
hasta su fallecimiento.
En medio de la comida, Rucci le comentó a Ali su propuesta de crear un sindicato
de boxeadores para proteger los derechos laborales de los deportistas. Al escuchar
eso, el púgil norteamericano quedó sorprendido y dijo: “Eso no existe en ninguna
parte del mundo”. Con gran alegría, fue y lo abrazó. De hecho, hay una histórica
foto en la que ambos están haciendo amistosamente un duelo de pulseadas.
Tras completar sus compromisos mediáticos y deportivos en una visita de apenas
40 horas en el país, embarcó en su vuelo de regreso a Estados Unidos. Sin duda
alguna, este increíble suceso prevalecerá para toda la eternidad. Aquel mediodía,
una de las leyendas más grandes de todos los tiempos del boxeo se sintió como un
argentino más, disfrutando de un rico asado entre las brasas y las risas.





