Los Garay: una familia de boxeadores 

Por Nerina Alvarez Ponce

Lo que comenzó entre peleas callejeras terminó convirtiéndose en una profesión y llevó a Hugo “Pigu” Garay a representar a la Argentina en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000. “Cuando era chico, a los ocho o nueve años, peleaba mucho en la calle. Hasta que un día un profesor vio que tenía condiciones y me puso a entrenar boxeo con él. Y bueno, desde ahí arranqué”, recuerda. Ocho años después, en una noche inolvidable en el Luna Park, venció al ucraniano Yuriy Barashian y alcanzó la cima al proclamarse campeón mundial mediopesado de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB).

Llegar hasta allí exigió un sacrificio extremo: entrenaba de lunes a viernes durante seis horas combinando gimnasio, pesas y natación, mientras que los fines de semana salía a correr. Tenía una meta, una estructura y la oportunidad de dedicarse por completo a esta pasión. Hoy, sigue yendo al gimnasio cada día, pero ya no se prepara para subir al ring. Ahora es su hijo, Isaías Pichu Garay, quien se pone los guantes.

Pichu Garay creció con un referente en casa y esa admiración se transformó en un objetivo propio: “Mi papá para mí es un ejemplo a seguir”, asegura. Lejos de querer ser solo “el hijo de”, busca construir su propio camino, coronarse campeón del mundo y hacer historia. “Quiero que el apellido Garay suene en Argentina como lo hacen Monzón, Bonavena. Quiero llegar a lo más alto con la bandera de mi país”, anhela.

A los 17 años, Pichu decidió empezar a dar sus primeros pasos de manera independiente. Comenzó a formarse en otro gimnasio, bajo la tutela de un técnico distinto, buscando encontrar su propia voz entre los guantes. Pero el lazo con la sangre fue más fuerte. A sus 20 años, tras un combate duro, el Pigu lo observaba de lejos: notó su talento nato, pero sintió que ya no estaba mejorando. “Yo veía que él tenía muchas condiciones, pero también notaba que, si bien había avanzado mucho, se estaba quedando estancado. Después de esa pelea entendí que tenía que meterme y ayudarlo”, menciona.

Así nació Team Garay. Lo que empezó como un proyecto familiar para rescatar el potencial de Pichu se transformó en un refugio para otros jóvenes que buscan formarse en el deporte. De alguna manera, el ciclo se completó: aquel chico que alguna vez tuvo un entrenador que creyó en él cuando no tenía nada, hoy le abre las puertas a una nueva generación.

Padre e hijo comparten la misma pasión, pero tienen personalidades distintas. El Pigu sabe que su hijo es terco: “Como padre querés cuidarlo y evitar que cometa los errores que le pasaron a uno, pero también sabés que hay cosas que tiene que aprender solo. No puedo subir al ring por él, pero si puedo guiarlo”. Además, entiende que como técnico puede explicar una combinación mil veces, pero hay lecciones de la vida y del boxeo que sólo se aprenden a través del propio golpe.

Un apellido no resuelve el camino: puede abrir puertas, pero el respeto se gana a fuerza de coraje arriba del ring. Ambos coinciden en la preferencia por el boxeo profesional, estratégico y exigente de la vieja escuela, aunque adaptaron sus métodos combinando su vieja sabiduría con herramientas modernas.

Con 10 peleas invictas en el campo profesional, Pichu persigue el sueño de ser campeón mundial aprendiendo de los errores y triunfos de su padre, sin replicar su carrera, sino escribiendo sus propias páginas.

Su tarea ahora es diferente y acaso más difícil. Ya no tiene que subir al cuadrilátero a recibir puñetazos por un título. Tiene que transmitir lo aprendido, corregir con paciencia, abrazar en el cansancio y, sobre todo, aprender a soltar. Porque hay una verdad rotunda que ni siquiera un campeón del mundo puede cambiar: sobre la lona, el boxeador está solo y nadie puede pelear por él.

El tiempo transformó la dinámica. Antes, el Pigu necesitaba espacio y aislamiento para concentrarse; hoy, es Pichu quien busca con la mirada la esquina para sentir que su padre está ahí. Por eso, Team Garay es mucho más que un gimnasio: es el abrazo que tardó años en llegar y la continuación de una historia familiar que promete escribir su capítulo más glorioso.

Los roles también maduraron con dolor y crecimiento. El padre dejó de ser la figura distante que se iba a concentrar para convertirse en entrenador y guía; el hijo dejó de ser el niño que buscaba atención para transformarse en un boxeador profesional. “Me dolía mucho porque yo siempre fui muy de mi papá y siempre que se iba no lo veía por dos o tres meses y lo extrañaba. Ahora, siendo más grande, poco a poco uno va entendiendo las cosas que todo fue por algo, fue también por cumplir su sueño, porque no solamente lo hacía por nosotros sino que era el sueño de él también y nadie se lo puede negar, aunque se sufría”, cuenta Pichu.

Hoy, cada vez que suena la campana, la magia del gimnasio se transforma: Pichu sube a combatir y el Pigu aguarda en la esquina, sufriendo cada golpe y celebrando cada acierto. Ellos son los Garay, una familia sinónimo de boxeo.

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