Volver a casa: Platense y los 55 años de la despedida en Manuela Pedraza y Crámer

Por Malena Mendoza Venier

Hoy se cumplen 55 años del 26 de septiembre de 1971, cuando el Calamar jugó en Manuela Pedraza y Crámer su último partido: 2-0 a Newell’s Old Boys, con goles de Roberto Cecilio Cabral y Juan José Scarpeccio.

Platense nació en 1905, en los terrenos del Parque Japonés, cerca de Recoleta. La leyenda fundacional tiene como protagonista a Antonio Meraggia, un changador de la estación Retiro, que juntó cincuenta centavos por cabeza entre un grupo de futboleros para apostar a un caballo llamado Gay Simón, del Stud Platense. El caballo ganó, hubo plata para comprar pelota y camisetas, y el nombre del club quedó decidido: Platense. Los colores de la primera camiseta —roja con puños y cuello negros— fueron, también, un homenaje al stud.

Platense llegó a la esquina de Saavedra en 1917, cuando alquiló el terreno al Dr. Carlos Delcasse. El primer partido oficial fue el 22 de julio de ese año, un empate sin goles ante Porteño. De ahí en más, la cancha creció con el club: ampliaciones en 1932 y 1939, y en 1941 la inauguración de un velódromo que fue durante años el único de la ciudad de Buenos Aires. Para 1922 el estadio ya tenía una tribuna oficial techada, además de canchas de pelota y tenis. Con la llegada del profesionalismo, Platense debutó en esa categoría el 31 de mayo de 1931, con un 1-0 a Vélez. En 1965, con Platense de regreso en Primera y más de 20 mil socios, se reorientó el campo de juego para ganar espacio entre el campo y las tribunas y sacando el viejo velódromo.

Pero Manuela Pedraza y Crámer fue, sobre todo, un territorio afectivo. El poeta Héctor Negro —hincha de Independiente, pero criado a metros de esa cancha— la describió como el escenario de su primer contacto con el fútbol de grandes, un lugar donde los pibes del barrio esperaban a los jugadores a la salida y caminaban unas cuadras junto a ellos solo para prolongar la tarde. Ahí vio jugar a Julio Cozzi, al Negro Gallina, al Gallego Iglesias; ahí debutó, desgreñado y con las medias caídas, un pibe que después sería figura: Ernesto Grillo. La cancha no solo formó futbolistas: formó memoria de barrio. Negro cuenta, además, cómo siguió al Calamar incluso después de haberse mudado del barrio, alentando cada vez que peleaba un descenso y sintiendo que algo suyo se jugaba en esa lucha; para él, aferrarse a esa esquina que ya no existía era también aferrarse a los domingos felices que ahí había vivido, y a un mundo que —según escribió— seguía inaugurándose cada vez que volvía a evocarlo.

En diciembre de 1971, meses después de aquel partido con Newell’s, Platense volvió a descender. La crisis deportiva se combinó con una económica, y el club perdió la posesión del predio de Manuela Pedraza y Crámer bajo el gobierno de facto de Lanusse. Durante ocho años, Platense no tuvo estadio propio. Recién en julio de 1979 inauguró su cancha en Vicente López, sobre terrenos que había comprado en 1947, más de tres décadas antes.

El desalojo no fue solo una pérdida edilicia. Fue la ruptura de un vínculo que el club había construido durante más de 50 años con ese pedazo de Saavedra: el velódromo, las canchas de básquet y tenis, los bailes populares, los picados de barrio. Todo eso quedó, de un día para el otro, del otro lado de un alambrado que ya no era suyo.

La ilusión de recuperar el predio no se apagó nunca. En abril de 2021 arrancó en la Legislatura porteña un proceso de siete audiencias públicas para que Platense pudiera recobrar los terrenos. “Volver a Pedraza y Crámer es un reconocimiento histórico y trascendental”, definió el presidente de ese entonces, Pablo Bianchini, marcando que la pérdida había ocurrido “en épocas de dictadura militar”. El entonces vicepresidente tercero, Horacio Salvo, fue más allá: habló de imaginar generaciones enteras de vecinos volviendo a alentar en ese lugar, de recordar a su abuela en la platea femenina, de resucitar los picados en la vieja canchita del velódromo.

El 12 de diciembre de 2024, la Legislatura porteña convirtió esa ilusión en ley con 55 votos a favor. El Calamar recuperaba, más de cinco décadas después, el predio que le habían quitado. Aunque se prohíbe explícitamente instalar ahí el fútbol profesional, la idea es realizar allí otro tipo de actividades como talleres de teatro, hockey, handball, entre otros.

Cincuenta y cinco años exactos separan aquel 2-0 a Newell’s del día de hoy. En el medio, Platense perdió una cancha, ganó y perdió categorías, se mudó a Vicente López y salió campeón. No va a volver a jugar al fútbol profesional en Manuela Pedraza y Crámer, pero el barrio vuelve a tener esa esquina.

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