“Murió sí o sí”: crónica de una noche horriblemente inolvidable

Por Santiago Peñoñori

“Tiraron a un tipo. Esto es una locura total. Murió sí o sí”, escribí en un grupo de amigos el miércoles 20 de agosto a las 23:21. Estaba en la tribuna Santoro Baja del estadio del club al que amo y al que mi viejo me llevó por primera vez en 2005. Nunca dejé de visitarlo por lo menos una vez por año desde aquella victoria 2-0 contra Newell’s con un doblete del Kun Agüero. ¿Qué hubiera pensado mi yo joven si algún día le decían que iba a terminar adentro de la cancha de Independiente en un partido de Copa Sudamericana? No lo sé, pero seguro que no hubiera imaginado un corazón tan palpitante.

El equipo dirigido por Julio Vaccari llegaba a la vuelta de los octavos de final con una racha de siete encuentros sin conocer la victoria y con un resultado que revertir. La semana del partido había estado marcada por una polémica decisión dirigencial. Una más. Como si no existiese ninguna otra fecha posible en el calendario, el oficialismo había optado por celebrar la Asamblea de Presupuesto Económico y Financiero el 19 de agosto, justo el mismo día que Racing enfrentaba en Avellaneda a Peñarol por los octavos de final de la Copa Libertadores. Esto hacía que el presupuesto se votara sin la presencia de los socios para prevenir incidentes, ya que la ciudad era de la Academia ese día. Así funcionan las cosas en la Capital Nacional del Fútbol. Lo paradójico de todo esto era el accionar de los dirigentes del Rojo, quienes llegaban para “salvar la democracia” —que efectivamente se veía atacada por la gestión anterior—, se paseaban por las tribunas exigiendo a los hinchas que despertasen y que eligieron como su candidato principal a una persona que renunció a los seis meses y a quien nadie había visto pasar siquiera cerca del estadio.

El 20 de agosto amaneció soleado. Aún podían oírse en Avellaneda los ecos del grito de gol de Pardo, que le dio la clasificación agónica a Racing para pasar a cuartos de final de la Libertadores. El Rojo buscaba avanzar a la misma fase esa noche y, para ello, tenía que ganarle a Universidad de Chile. Por la calle Alsina avanzaba un auto polarizado hacia la entrada del estacionamiento del estadio Libertadores de América. No había mucho movimiento en la zona, aunque varios periodistas ya estaban en condiciones de dar el presente. Algunos con una mochila, un micrófono corbatero y un celular; otros, privilegiados, podían ingresar al estadio. Del auto bajó Néstor Grindetti, presidente del club, que atendió a la prensa afín y contó que había llegado temprano porque tenía que hacer su “paseíto de cábala”. No puede dejar de parecerme forzado todo lo que hace ese hombre en relación a Independiente. Eso me sucede desde el día en que declaró que la presidencia del club era una responsabilidad que le había “caído como un peludo de regalo” y que él estaba abocado a su campaña política, a través de la cual soñaba con convertirse en gobernador de la provincia de Buenos Aires. El “paseíto” no fue la excepción.

“Durante la reunión previa se planteó la conveniencia de que no hubiera público en la tribuna inferior; sin embargo, se informó que esa localidad ya se encontraba vendida”, decía el informe de seguridad redactado por CONMEBOL a las 11:39. “Como medida preventiva, se dispuso que en la tribuna visitante se ubique personal de la Policía y seguridad privada con el fin de evitar que los hinchas visitantes arrojen elementos o generen algún tipo de desorden contra el público local”, agregaba. No era novedoso saber que Los de Abajo, barras brava del conjunto chileno, eran conflictivos y mucho menos novedoso era saber que la Policía no ingresaba al estadio de Independiente desde el 29 de julio de 2023, luego de una derrota con Boca en la que los hinchas se manifestaron contra la comisión y los uniformados dispararon balas de goma.

El partido comenzó a las 21:30, no sin que antes los hinchas de Independiente le pidiéramos a Dios que los chilenos se murieran para siempre, porque éramos del Rojo y de Argentina y no nos olvidábamos de la traición a las Malvinas. La borrosa línea entre la violencia simbólica y la directa. El curso del juego no tuvo relevancia más allá de que cada uno de los equipos convirtió en la primera mitad. Lo realmente importante estaba pasando en las tribunas. Los hinchas de la U arrojaban piedras, pedazos de inodoros, palos, butacas, entre otras cosas, hacia la tribuna que tenían abajo y hacia uno de los codos, donde se encontraban los hinchas locales. Los de Independiente respondían con lo mismo, transformando esto en una guerra interminable. Los goles se vieron opacados por los inusuales movimientos que había en las populares. “Ahí los van a buscar”, juraban y perjuraban compañeros de tribuna promediando la primera mitad —a la postre, la única—, que veían desde atrás del otro arco el plano completo de lo que sucedía. El primer tiempo terminó, pero los enfrentamientos no. Lejos estuvieron de eso. Lo único que separaba a los locales y visitantes era la distancia entre ellos. Nada impidió que los hinchas chilenos aprovecharan la ley de la gravedad y arrojaran con vehemencia todo tipo de objetos para abajo.

EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

En el entretiempo hubo una reunión entre los encargados de la seguridad y el comisario inspector Javier Bibiano y se decidió que, más allá de que todo se había desmadrado, las fuerzas policiales no ingresaran a la tribuna visitante. ¿El argumento? No querían provocar una tragedia. Mientras tanto, los que estábamos en el estadio veíamos a los hinchas recluidos bajo el techo de la tribuna que se ubica debajo de la parcialidad visitante, y a los del codo que continuaban con el festival de piedras. El partido tenía cada vez menos sentido. Nadie en su sano juicio podía pretender que se siguiera jugando. El delegado de la CONMEBOL de aquella noche, el paraguayo Michael Sánchez Alvarenga, escuchó la solicitud de los encargados de la seguridad de suspender el partido ya en el primer tiempo, llamó a sus superiores y estos subestimaron la situación. El partido debía continuar. No había plata que perder, habrán pensado. Minutos después fue la realidad la que se encargó de decirle a CONMEBOL que el juego debía parar. Una bomba de estruendo arrojada desde la tribuna visitante hacia la local fue el límite. Ese estallido, a pesar de la distancia, creo que atacó a mi memoria porque después de eso empecé a perder precisión con los datos.

El segundo tiempo se reanudó insólitamente por un par de minutos, hasta que los hinchas desesperados comenzaron a ingresar a la cancha. Con el partido detenido, la voz del estadio solicitó que los hinchas chilenos abandonasen el estadio Libertadores de América. Ante la negativa de los trasandinos, el partido quedó suspendido. En paralelo, mientras la sangre regaba distintas tribunas del estadio, miembros de la comisión directiva de Independiente buscaban vuelos directos hacia Asunción. ¿Así se protege al hincha? Lo peor aún no había llegado.

Pasaban las 11 de la noche y Los de Abajo continuaban con su misión de destruir todo lo que estuviera a su alcance. “Nos están rompiendo el estadio, vienen a coparnos la parada. Los tienen que ir a buscar”, gritó un joven al aire. La territorialidad es sagrada en la cultura del aguante y el orgullo barrabrava no pudo soportar que todo un estadio le cante que tenía miedo. Por eso, al estilo de la película Hooligans, fueron a buscarlos. En la tribuna Pavoni Alta solo quedaba un puñado de descontrolados hinchas visitantes. Por debajo de ellos, en la puerta del estadio, un grupo de policías era cómplice del ingreso de delincuentes que iban a ajusticiar a sus pares chilenos. Todos los que estábamos en el estadio éramos testigos de una película de terror que iba subiendo de nivel. Llegó a su punto cúlmine cuando la estructura de madera que separaba a unos y otros cedió.

Como los perdigones de una escopeta, se dispersaron “los 30 inadaptados sociales” —así los definió un comunicado de Independiente—, con un solo objetivo: matar. Paradójicamente, un tiempo antes, el jefe de Los Dueños de Avellaneda había contado en una entrevista que gente cercana a la comisión les facilitaba los carnets para ingresar. Tras eso, las imágenes que recorrieron el mundo. La cobardía representada de todas las maneras posibles. La imagen imborrable de personas saltando al vacío para evitar ser presas de la caza. “Es una locura, esto es una locura”, me acuerdo que recé a modo de  espasmo. Un amigo que estaba al lado mío tuvo el impulso tan de estos tiempos de empezar a grabar. Tres personas quedaron inconscientes y sin ropa en la tribuna, mientras los criminales celebraban la golpiza mostrando sus trofeos de guerra (banderas e indumentaria del conjunto chileno).

Para muchos hinchas, algo se había roto ese día. Los rumores hablaban de más de un muerto. El celular explotaba de mensajes de conocidos que se preocupaban por lo que veían en la tele. A la salida del estadio se produjeron corridas. La Policía fue incapaz de orientar a los hinchas y los rumores que corrían eran que otras barras argentinas estaban dispuestas a unirse a la de la U para combatir a los cobardes de Independiente. Recuerdo una estampida que se dio en el baño, cuando alguien osó decir que los chilenos estaban por entrar a la tribuna. Ese día me di cuenta de lo que era que se te hiele la sangre.

Luego de esa falsa alarma, fui a refugiarme a la cancha. Trepé el alambrado olímpico, esquivé las púas y me tiré siguiendo el ejemplo de otros que habían hecho lo mismo. Ninguna altura daba tanto miedo como un posible ataque cuerpo a cuerpo. No estaba dispuesto a salir de los 105×70 sin alguien que me acompañara. Perdido de mis amigos y sin señal, me senté en el verde césped y empecé a reflexionar. Era un niño con las piernas cruzadas. Un niño asustado. Un niño que nunca más querría volver a decir que su sueño era terminar adentro de la cancha de Independiente en una noche de Sudamericana.

Más notas