Por Lola Fariña Villaverde
La Selección Argentina fue, al mismo tiempo, el impulso y la excusa para instalar un discurso que excede al fútbol. Con el correr del Mundial comenzó a consolidarse una idea que acabó por presentar a la Argentina como un país racista y violento. Pero surge la pregunta: ¿cómo se construyó esa imagen y por qué tuvo tanta aceptación?
Este relato circuló con más fuerza que los propios fundamentos en los que decían apoyarse. Más que por los hechos, esa imagen se instaló a partir de simplificaciones y de la lógica de viralización de las redes sociales. Algunos de los episodios utilizados para sostener ese relato surgieron durante el Mundial: las supuestas ayudas arbitrales que habría recibido el conjunto dirigido por Lionel Scaloni, la acusación de haber sido “malos perdedores” e “irrespetuosos” porque jugadores y cuerpo técnico saludaban a los hinchas en lugar de mirar la entrega del trofeo a España, o el cruce entre Leandro Paredes, Eric García y Gavi, presentado por muchos como una muestra de la supuesta violencia argentina. Entre ellos resurgió otro planteo de Mundiales pasados: la ausencia de futbolistas con el fenotipo afrodescendiente más visible en Estados Unidos o Europa, interpretada por algunos como una prueba suficiente de racismo.
Detrás de muchas de esas acusaciones hay una premisa implícita: que la realidad actual del país puede entenderse sin revisar su historia. Pero esa mirada deja de lado el proceso que la hizo posible. La esclavitud existió, la población afrodescendiente tuvo un peso importante durante el siglo XIX y diversos acontecimientos como las guerras, las epidemias, los movimientos migratorios y la llegada masiva de inmigrantes europeos, modificaron la composición de la sociedad argentina. El problema no es solo el desconocimiento de la historia, sino la pretensión de medir realidades con la misma vara.
Puede resultar paradójico que buena parte de estas acusaciones provengan de países con una profunda historia de colonialismo, imperios y conflictos raciales, que rara vez someten su propio pasado al mismo juicio implacable con el que examinan una canción o un festejo argentino.
Muchas veces, además, quienes condenan ciertos símbolos parecen más preocupados por la representación del racismo que por sus prácticas concretas. Se discute una bandera o un canto de tribuna, pero se presta menos atención a las políticas migratorias o a los mecanismos de integración que afectan a millones de personas. La diferencia entre la condena simbólica y la práctica política suele quedar fuera del debate.
Argentina no está exenta de prejuicios ni prácticas discriminatorias, donde muchas veces el factor determinante no es el color de piel sino la clase social.
La pregunta ya no pasa sólo por los hechos, sino también por la forma en que esos hechos construyeron un diagnóstico sobre un país entero. En ese proceso, las redes sociales tuvieron un rol fundamental, ya que su lógica premia el conflicto y gira en torno a la indignación y la viralización: aparece una acusación llamativa, el algoritmo prueba la interacción, si genera enojo o debate, este la amplifica y su alcance es mayor. Con el tiempo, lo que comenzó como una interpretación aislada empieza a repetirse, se transforma en una opinión compartida y termina instalándose como una verdad difícil de cuestionar.
Tal vez la pregunta nunca debió ser si la Argentina es o no un país racista. El verdadero interrogante es cómo una discusión nacida en una cancha terminó convirtiéndose en un juicio sobre la identidad de toda una sociedad. Porque etiquetar a un país entero siempre es más fácil que entenderlo.




