Por Ramiro Lordi
Podría sentarme y escribir sobre la final del Mundial. Sobre los detalles tácticos que explican la derrota de Argentina ante España, las decisiones que marcaron el partido o las actuaciones individuales que definieron el desenlace de la Copa del Mundo. Sin embargo, hay algo que dejó este torneo y que merece una reflexión mucho más profunda que cualquier discusión futbolística.
Mientras la Selección avanzaba de ronda, el debate internacional parecía alejarse cada vez más de lo que sucedía dentro de la cancha. Las discusiones futbolísticas fueron reemplazadas por acusaciones, prejuicios históricos, recortes fuera de contexto y publicaciones que encontraron en el algoritmo las reacciones suficientes para multiplicarse. En cuestión de días, millones de personas comenzaron a consumir una imagen de Argentina construida más por la viralidad que por la realidad. ¿La narrativa en cuestión? Que Argentina es un país racista.
Durante este Mundial, se demostró lo fácil y accesible que es manipular a la gente con propaganda masiva y desinformación. Vivimos en una época en la que un video de treinta segundos tiene más alcance que una investigación de treinta páginas y donde una imagen editada puede deformar la percepción de las masas antes de que alguien tenga tiempo de verificar si aquello que está viendo es cierto.
Uno de los episodios que mejor lo ejemplifica fue la historia publicada por el famoso actor aforamericano Samuel L. Jackson en sus historias de Instagram el día de la final. El mensaje calificaba a la Argentina como “uno de los países más racistas del mundo” e instaba a las personas afrodescendientes a no apoyar a la Selección. La imagen utilizaba a Stephen, el personaje que Jackson interpretó en Django Unchained, vestido con la camiseta argentina, insinuando que cualquier persona negra que alentara al equipo argentino estaba actuando en contra de su propia comunidad.
Más allá de la discusión que pueda existir sobre problemas reales de discriminación, el mensaje era dañino. En pocas líneas convertía a 46 millones de habitantes en un único estereotipo. No había contexto ni explicación. Solo una sentencia categórica, diseñada para difundirse con rapidez.
Las redes sociales no premian la precisión. Premian la emoción. Cuanto más indignación genera un contenido, mayor es su alcance. Eso explica por qué las narrativas negativas crecieron con tanta velocidad. No hacía falta demostrar una acusación. Bastaba con que sonara convincente, que encaje con una idea ya establecida y que genere emociones intensas. El resto lo hacía el algoritmo.
El problema es que esas publicaciones dejaron de apuntar exclusivamente al seleccionado nacional. Poco a poco comenzaron a hablar de “los argentinos” como un bloque uniforme. Se juzgó a una sociedad completa a partir de hechos aislados, opiniones individuales o interpretaciones simplificadas de procesos históricos mucho más complejos. El fútbol terminó siendo apenas el punto de partida de una conversación que excedía por completo al deporte. Paradójicamente, el mismo Mundial que volvió a demostrar la enorme capacidad del fútbol para unir personas también expuso el enorme poder que tienen las plataformas digitales para dividirlas.
El Mundial ya terminó. Argentina perdió en la final ante España y se despidió del torneo con la frente en alto. Sin embargo, el impacto de lo ocurrido fuera de la cancha difícilmente desaparezca en el corto plazo. La velocidad con la que las redes sociales moldearon la percepción de un país entero dejó al descubierto el enorme poder que hoy tiene la desinformación para instalar narrativas que, muchas veces, sobreviven mucho más que los propios resultados deportivos.




