Ninguna deuda, Leo

Por Naomi Coronel

Qué fácil la tienen los pibes de ahora. Juegan en selecciones gigantes, la estructura de la misma los cobija y logran conquistar un Mundial antes de soplar las veinte velas en la torta de cumpleaños. Para las nuevas generaciones, la gloria parece un trámite perfecto que funciona a la velocidad de la luz. Aún así, la historia grande de este deporte sigue prefiriendo los caminos que se cocinan a fuego lento; a Lionel Messi la vida y el juego le sonrieron muchísimos años después, ya habiendo caminado por el desierto y habiendo aprendido a mirar a la derrota directamente a los ojos. Por eso, aunque el resultado de anoche nos deje un sabor amargo y el dolor se mantenga fresco en el pecho por un tiempo, la única verdad sigue intacta: Messi ya le ganó al rival más difícil que le tocó enfrentar en toda su carrera. Le ganó al tiempo.

​Vencer al tiempo no significa ser inmortal ni gambetear y correr como a los veinte; significa obligar a la biología a pedir permiso para seguir siendo el eje del planeta. Hubo algo revelador en la transmisión televisiva de anoche, un fetiche de los directores de cámara que expone el verdadero orden de las cosas. Mientras los nuevos campeones se amontonaban para levantar lo que supo, y muy bien, ser nuestro, los lentes de los fotógrafos y las pantallas del mundo sufrían del magnetismo de aquel ser irreal. Las cámaras ni siquiera podían enfocar la copa levantada; volvían, una y otra vez, a la silueta del capitán argentino, al plano corto de su mirada, a su andar cansado pero digno de quien ya no tiene que demostrarle nada a nadie. El campeón celebraba su hora, pero los ojos de la humanidad entera seguían puestos en él y en la Argentina, porque hay títulos que se ganan en noventa minutos, pero el centro de gravedad del fútbol es un territorio que nos pertenece.

​La verdad es que Lionel nos volvió caprichosos como a un nene. Nos acostumbró en estos últimos años a las vueltas olímpicas y nos blindó a base de noches perfectas, tanto que nos olvidamos de lo mucho que dolía perder. Nos hizo creer que el fútbol era soplar y hacer botellas, cuando en realidad siempre fue esta moneda al aire que anoche cayó del lado equivocado. Pero en este capricho también hay una escuela; nos enseñó que siempre hay algo más, que nada está perdido del todo y que la resiliencia no es una palabra vacía de diccionario, sino una conducta ante la vida. Nos demostró que no importa la cantidad de veces que el mundo quiera golpearte de frente, siempre, tarde o temprano, va a haber revancha. Él ya la tuvo, ya tocó el cielo y nos abrazó el corazón, ya nos dio absolutamente todo; exigirle más hoy sería la mayor ingratitud para con el hombre que nos devolvió la sonrisa luego de tanto tiempo.

​Por eso, nos resulta hasta tierno e incluso un poco triste, ver el desfile de aquellos que afuera de nuestras fronteras vivieron el torneo con el corazón prestado. En ocho días se pusieron ocho camisetas distintas, saltando de tribuna en tribuna, mendigando colores y pasiones ajenas con el único fin de proyectar su propia frustración y tirar odio entre millones a un solo país. Nosotros agradecidos de pertenecer al supuesto país más odiado, porque en esa hostilidad geográfica se esconde la envidia hacia lo que nunca pudieron comprender, ni vivir: la pertenencia. Qué privilegio descomunal haber nacido en este suelo, haber sido contemporáneos a tu fútbol y entender que la camiseta albiceleste es un refugio, no una moda.

​Al final del día, cuando se apagan los reflectores, cuando el éxito de las redes se esfuma y los hinchas de ocasión se quedan sin argumentos, lo único que sobrevive al odio es lo real. Importa nuestro amor, ese que se construyó en las buenas y en las malas, pero que se defiende y se siente mucho más en estos momentos. Un compromiso que transformó el sufrimiento en épica y que hoy, ante la esquiva fortuna de una final perdida, no se puede devolver de otra manera que no sea con más amor y cariño. El tiempo seguirá corriendo para todos, pero el mundo sabe que, gane quien gane, la pelota siempre va a buscar al mismo dueño, al que le quedó debiendo muchísimas cosas pero que él nunca va a deberle nada, al contrario, y ese es y siempre será Lionel Andrés Messi Cuccittini.

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