Por Nahuel Runca
La Selección Argentina llegó a una nueva final, donde esta vez le tocó perder ante España, un rival que fue muy superior en el campo de juego, como pocas veces se ha visto en este ciclo. Esta camada de la Albiceleste tuvo a toda una nación acostumbrada a la victoria, a romper récords que parecían imposibles. Esta vez, no se dio. Y el culpable tiene nombre y apellido: Lionel Scaloni.
El entrenador argentino llegó siendo cuestionado por su experiencia casi nula en el puesto, porque claro, ¿cuántos habrían apostado, después de aquel invierno ruso de 2018, que ese hombre de voz baja iba a convertirse en el entrenador más importante de la historia de la Selección?
Ocho años después, terminó llegando a cuatro finales de los cinco torneos que dirigió (cinco de seis, si contamos la Finalissima). Realizó un recambio generacional necesario, rejuveneció la cara del equipo, lo acompañó con un proceso de categorías formativas, permitiendo darle oportunidades a algunos prospectos destacados en juveniles. Quebró una barrera de 28 años en los que Argentina no pudo ganar un sólo título. Logró que dos generaciones de argentinos que no pudieron ver a su país salir campeón de nada, vean cómo no paraba de ganar. Lo hizo parecer que es una costumbre para nosotros, los mortales, disfrutar de que no exista la palabra ‘derrota’ en el diccionario.
Y sí, Scaloni es el principal culpable de esto. De devolverle la ilusión a aquellos pibes que nunca pudieron ver a la Selección levantar una copa. De hacernos creer que llegar a cualquier final es algo sencillo como tender la cama, tomar un colectivo o pagar un impuesto. De que las plazas vuelvan a estar llenas de chicos jugando a ser campeones del mundo. Que cada familia, grupo de amigos o compañeros de trabajo acomodaran todo en sus salas, comedores o piezas, como si de un ritual se tratara. Le devolvió la sensación del nudo en la garganta cada vez que todos se ponían de pie para entonar el himno.
Por culpa del Leónidas de Pujato, hay chicos que no saben lo que es una Selección Argentina sin títulos. Y eso, en un país que pasó casi tres décadas esperando una vuelta olímpica, es una revolución silenciosa. Y quizás ese sea el mayor legado de Lionel Scaloni. Haber convertido la derrota en noticia. Haber hecho que perder una final del mundo se sienta como una anomalía y no como un destino.
Así funciona el fútbol, este deporte tan bendito como maldito: esta vez, fue España quien se llevó la Copa. Pero cuando el estadio se vacíe y el tiempo haga su trabajo, quedará una certeza: Lionel Scaloni no le enseñó a un país cómo ganar. Le recordó que todavía era capaz de hacerlo. Su obra empezó hace ocho años, y hace tiempo que dejó de medirse en trofeos. Se mide en abrazos, en canchitas de parques llenas, en chicos jugando con la 10 en la espalda (o la 23 verde y unos guantes), y en un país que volvió a mirar al cielo cada cuatro años convencido de que, pase lo que pase, Argentina siempre tendrá una oportunidad. Hizo de la esperanza una costumbre y de la camiseta argentina un refugio.
Cuando la historia acomode esta derrota en el lugar que le corresponde, quedará una última certeza: el principal culpable de esta tristeza es el mismo responsable de la felicidad más grande de toda una generación.




