Por Juan Pablo Rosignuolo
De Messi a Munir El Haddadi, las reformas de la FIFA transformaron las posibilidades de representar a otro país y reabrieron el debate sobre la identidad de las selecciones.
El fútbol ha cambiado en numerosos aspectos reglamentarios durante los últimos 20 años. Sin embargo, hay una cuestión que todavía genera debate: la selección que pueden representar los jugadores. En el último Mundial, 289 futbolistas fueron convocados por países distintos de aquellos en los que nacieron. Es decir, casi uno de cada cuatro, mientras que 40 de las 48 selecciones contaron con al menos un jugador en esa situación. Hace 22 años, la FIFA introdujo cambios importantes en las reglas para quienes buscaban representar a otro país.
Estos eran algunos de los requisitos que debían cumplir:
- Tener la nacionalidad del país que querían representar.
- No haber disputado partidos oficiales con la selección mayor del país anterior.
- Solicitar el cambio antes de cumplir 21 años.
- Cambiar de selección una sola vez.
- Cumplir al menos una de estas condiciones:
● Haber nacido en el país.
● Tener padre, madre, abuelo o abuela nacidos allí.
● Haber residido en el país durante al menos dos años.
La normativa sufrió numerosas modificaciones y dejó casos emblemáticos. Uno de ellos tuvo como protagonista a Lionel Messi. En 2004, la selección española intentó convencer al argentino de vestir su camiseta. Ante esa posibilidad, Julio Humberto Grondona, entonces presidente de la AFA, impulsó la organización de un amistoso Sub-20 frente a Paraguay para que Messi jugara con Argentina. Aunque el encuentro fue importante para acercarlo a la Albiceleste, no lo vinculaba de manera definitiva: para eso eran determinantes los partidos de competición oficial. En enero de 2005, el rosarino disputó el Sudamericano Sub-20, su primera competición oficial con Argentina. Meses después jugó el Mundial juvenil de Países Bajos, donde se consagró campeón. Así comenzó a escribir su historia con la Selección Argentina.

En 2008, la FIFA volvió a modificar la normativa y endureció las condiciones para representar a determinados países. A los futbolistas que adquirían una nueva nacionalidad y no tenían vínculos familiares ni de nacimiento con ese país se les pasó a exigir cinco años de residencia continua después de cumplir los 18, en lugar de los dos años anteriores. El cambio buscaba cerrar lo que el entonces presidente de la FIFA, Joseph “Sepp” Blatter, consideraba un vacío en el reglamento. Un año después, la FIFA volvió a modificarlo: eliminó el límite de 21 años para solicitar el cambio de selección, aunque mantuvo las demás condiciones.

En la previa del Mundial de Brasil 2014, los cambios de selección volvieron a generar polémica. Uno de los casos más conocidos fue el de Diego Costa, entre Brasil y España. El delantero nació en Lagarto, en el estado brasileño de Sergipe, pero desarrolló gran parte de su carrera profesional en España. Llegó al fútbol español en 2007 y, con el tiempo, se convirtió en una de las figuras del Atlético de Madrid dirigido por Diego Simeone. En marzo de 2013, Luiz Felipe Scolari lo convocó a la selección brasileña y disputó dos amistosos, frente a Italia y Rusia. Sin embargo, quedó fuera de la Copa Confederaciones de ese año y comenzó a tomar fuerza la posibilidad de que representara a España. Meses después obtuvo la nacionalidad española y manifestó su deseo de jugar para el equipo de Vicente del Bosque. El reglamento se lo permitía: los dos encuentros que había jugado con la Verdeamarela eran amistosos y nunca había participado en una competición oficial con Brasil, ni siquiera en juveniles. Además, llevaba más de cinco años residiendo en España. Tras completar los trámites, Costa debutó con España el 5 de marzo de 2014, en un amistoso contra Italia. Poco después fue convocado al Mundial y disputó dos partidos. ¿Lo curioso? El torneo se jugó en el mismo país donde había nacido.

Sin embargo, no todos los futbolistas tuvieron la misma suerte. Uno de ellos fue el argentino Rubens Sambueza, quien intentó representar a México en 2013. Miguel Herrera quería contar con él para el repechaje rumbo al Mundial 2014 frente a Nueva Zelanda. Sambueza ya tenía la nacionalidad mexicana, pero había un obstáculo: en 2001 disputó el Mundial Sub-17 de Trinidad y Tobago con Argentina. Aunque nunca jugó con la selección mayor, la FIFA rechazó su solicitud porque no tenía la nacionalidad mexicana cuando participó en aquella competición oficial juvenil.

Tras la modificación de 2009, pasaron once años hasta que la FIFA introdujo otra reforma de gran alcance. En 2020, el organismo flexibilizó nuevamente las condiciones para cambiar de selección.
La reforma incluía los siguientes requisitos:
- Tener la nacionalidad del país que se desea representar.
- Poder solicitar el cambio aunque ya se hayan disputado partidos oficiales con la selección mayor.
- Haber jugado un máximo de tres partidos con la selección mayor anterior, contando encuentros oficiales y amistosos.
- Haber disputado el último partido oficial con la selección anterior antes de cumplir 21 años.
- Dejar pasar al menos tres años desde el último partido con la selección mayor anterior.
- No haber participado en la fase final de un Mundial, Copa América, Eurocopa u otro campeonato continental absoluto.
- Haber tenido la nacionalidad del nuevo país antes del primer partido oficial con la selección anterior, para acceder a esta modalidad de cambio.
- Solicitar la autorización de la FIFA para cambiar de federación.
La reforma abrió nuevas posibilidades, aunque no despejó todas las dudas. Uno de los casos que mejor la ejemplifica es el de Munir El Haddadi, quien había representado a España y quería jugar para Marruecos. En 2017 solicitó el cambio, pero el Tribunal de Arbitraje Deportivo terminó rechazándolo: en 2014 había disputado 13 minutos con España en las Eliminatorias de la Eurocopa 2016. La reforma de 2020 le abrió una puerta, aunque ese mismo año recibió otra negativa por sus participaciones con la selección española Sub-21 después de cumplir los 21 años. Tras una aclaración reglamentaria, consiguió la autorización en 2021 y finalmente pudo representar a Marruecos.

Las federaciones comenzaron a mirar con mayor atención a los futbolistas que podían representar a otro país por nacimiento, familia o residencia. En el Mundial 2026, el fenómeno se hizo especialmente visible en Marruecos, Francia y Curazao. Marruecos terminó su participación frente a Francia con nueve titulares nacidos en Europa, uno en Canadá y otro en territorio marroquí. Por otra parte, 99 futbolistas nacidos en Francia fueron convocados a la Copa del Mundo: 76 representaron a otras selecciones, principalmente Argelia (13), República Democrática del Congo (11), Senegal (10), Costa de Marfil (8), Túnez (7) y Marruecos (6). En el plantel francés, únicamente tres jugadores habían nacido fuera del país: Michael Olise (Inglaterra), Marcus Thuram (Italia) y Brice Samba (República del Congo). Además, varios de los convocados por Didier Deschamps podían haber representado a otra selección por sus raíces familiares. Curazao, por su parte, tenía 25 de sus 26 jugadores nacidos fuera de la isla. Aunque se trata de un caso extremo, el fenómeno también tiene una presencia importante en Europa.
Las selecciones sudamericanas también buscan incorporar futbolistas con raíces nacionales nacidos o formados en el exterior. Argentina, por ejemplo, sigue de cerca a los jóvenes elegibles para vestir la camiseta albiceleste. Aquellos jugadores que representan a la Albiceleste y nacieron en otro país se los denomina los Europibes. En el Mundial 2026, Argentina convocó a dos futbolistas nacidos en el extranjero: Giuliano Simeone (Italia) y Nicolás Paz (España). En los últimos años, la AFA reforzó el seguimiento de jugadores nacidos en otros países que tienen vínculos familiares con Argentina. Bernardo Romeo, como coordinador de Juveniles, y Juan Martín Tassi, al frente del departamento de scouting, comenzaron a seguir de cerca a los Europibes. Entre ellos aparecen casos como el de Garnacho, quien terminó defendiendo la celeste y blanca, el alemán Can Armando Güner (Borussia Mönchengladbach), el español Carlos Díez (Real Madrid) o el italiano-alemán Nicoló Tresoldi (Brujas).
Este último cobró relevancia recientemente cuando le marcó un hat-trick al Inter de Milán en la segunda fecha de la Champions League. Su historia también despertó interés porque tiene la posibilidad de representar a tres países: Italia, donde nació; Argentina, el país de nacimiento de su madre, Bárbara Caffi; y Alemania, donde se instaló durante su adolescencia, hizo las inferiores y debutó profesionalmente en el Hannover 96. Hasta el momento, únicamente disputó encuentros de categorías juveniles con Alemania, por lo que todavía conserva la posibilidad de elegir una selección mayor, siempre que cumpla los requisitos de la FIFA.

El caso de Tresoldi es apenas uno de los tantos ejemplos de un fenómeno que no deja de crecer. Según un estudio publicado en Comparative Migration Studies, en el Mundial de Rusia 2018 hubo 84 futbolistas que representaron a países distintos de aquellos en los que nacieron. Ocho años después, un análisis de la Universidad de Birmingham registró 289 en el Mundial de 2026. Aunque el torneo pasó de 32 a 48 selecciones, la proporción de jugadores en esta situación se duplicó: del 11,4% a más del 23%.
Detrás de estos números aparecen historias de familias, migraciones y sentidos de pertenencia, pero también federaciones que buscan talentos más allá de sus fronteras. Si bien la FIFA establece requisitos para representar a una nación, las posibilidades de elección son cada vez mayores. El fútbol de selecciones atraviesa una transformación que parece acercarlo al funcionamiento de los clubes. Ante este escenario, surge una pregunta: ¿hasta qué punto representar a un país sigue siendo una cuestión de identidad y cuándo empieza a convertirse en una elección deportiva como cualquier otra?





