Hasta el 2030

Por Juana Enrico

La vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial. Cada cuatro años, el tiempo parece hacer una pausa para darle lugar al único acontecimiento capaz de reunir al planeta alrededor de una misma ilusión. No existe otro escenario donde un himno pueda hacer temblar a millones de personas al mismo tiempo, donde un gol sea capaz de abrazar un país entero o de romperle el corazón. Y aunque la Copa del Mundo nunca ha podido desprenderse de la política, del poder y de los intereses que la rodean, esta edición volvió a recordar una certeza que resiste cualquier transformación: el fútbol sigue siendo ese refugio donde las alegrías duran un instante, pero permanecen para siempre. Porque de él no depende la vida, pero sí muchas veces la felicidad.

Y transcurrió uno más, rotundamente distinto: el del inédito formato de 48 equipos y aquellos partidos que parecieron disputarse en cuatro tiempos. El del capítulo final de Messi en los Mundiales. El de Donald Trump, erigido en el emblema de una era donde el poder desestimó los protocolos: protagonista indiscutido de la clausura y capaz de gravitar hasta en la anulación de una tarjeta roja para un futbolista estadounidense. El de la sombra de la injerencia política sobre el arbitraje de Omar Artan. El del hostigamiento a Irán, el del reclamo inmortal de Malvinas, el de las entradas convertidas en un privilegio inalcanzable y el de un show de cierre a la medida del país anfitrión -o al menos, del principal de ellos-.

Porque incluso eso quedará sujeto a debate: dentro de cuatro años, ¿alguien recordará que este fue también el Mundial de México y Canadá, o la historia terminará rebautizándolo, simplemente, como Estados Unidos 2026? Aunque la cancha se compartió entre tres, el protagonismo tuvo un único y voraz dueño. No solo porque el torneo terminó siendo un espejo de su propia cultura, sino por una matemática implacable: mientras Canadá y México debieron conformarse con 13 partidos cada uno, Estados Unidos absorbió 78, adueñándose, en la práctica y en el relato, de la Copa entera.

A esta hegemonía territorial se le sumó, además, el prisma distópico de la propia época: un Mundial no solo jugado, sino sobreinterpretado, desmenuzado y devorado en tiempo real por el ruido blanco de la sobreinformación. Entre clips instantáneos, transmisiones simultáneas y la fría cadencia de las inteligencias artificiales sintetizando crónicas automáticas antes de que la pelota terminara de rodar, la emoción pura pareció diluirse en una marea de narraciones superpuestas. Hoy los mitos ya no se transmiten de boca en boca ni maduran en el tiempo; se procesan al instante, se empaquetan en algoritmos y se consumen hasta el hastío antes de dar paso al siguiente fenómeno. Quizás la mayor paradoja de este torneo haya sido esa: en la era donde todo se documenta, se analiza y se genera con una precisión quirúrgica, nunca fue tan fácil que la memoria colectiva termine volviéndose tan volátil como el deslizamiento de un dedo sobre la pantalla.

Así se apaga el telón. A pesar de la geopolítica, el negocio y el ruido del presente, este torneo volvió a pausar el mundo para reunirnos alrededor del mismo fuego y regalarnos ese breve refugio de felicidad. Adiós a una cita inolvidable que ya es historia. Hasta 2030.

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