El orgullo de ser argentino, sin atenuantes

Por Thiago Maison

Ser argentino implica ser amado u odiado. No existe un punto medio. Que el acento, que el ego, que la intensidad y tantas otras cosas que dicen por ahí para argumentar un sentimiento totalmente irracional.

Y no, no es negativo que parte del resto del mundo sienta eso, porque todas aquellas personas nacidas en el país más austral o quienes hayan sido acogidos por él, alimentan su amor propio en base a ese “odio”. Al fin y al cabo, las identidades no se construyen únicamente en los días felices, sino que se refuerzan cuando el sol se esconde y es necesario sobreponerse al dolor.

Argentina es única. Cada una de las casi 47 millones de personas que habitan este suelo saben que el mismo es de todos y le abre sus brazos a cualquiera que pretenda arribar al mejor país del mundo.

Se dice, se grita y se afirma sin miedo. Y no es el número uno por estatus económico, político o similar, sino que lo es por generar un sentido de pertenencia pocas veces visto. De La Quiaca o Ushuaia, de Capital Federal o Mendoza. Nada de eso importa. Simplemente es el orgullo de ser argentino, que no hay forma de explicar lo que uno siente por ser tal. Pero sí hay una forma de intentar comprenderlo: vivirlo.

No es necesario haber nacido en Argentina, sino que basta con sumergirse en la cultura con simples videos en redes sociales, a pesar de que muestren todo solamente a grandes rasgos, por lo que quedan fuera del foco de atención miles de cosas que podrían aportar a contrarrestar ese “rechazo” a quienes nacen en este suelo.

Seis interrupciones al derecho democrático de los ciudadanos, tras las que cínicos gobiernos militares se autoproclamaron líderes nacionales. En esos períodos, innumerables crímenes, en su mayoría de lesa humanidad, fueron cometidos y, también, se habían perdido derechos básicos en la vida de un ser humano.

Crisis económicas, miles de piedras que entorpecieron el camino, batallas sociales provocadas por un extremismo enceguecedor por apoyar fervientemente a tal o cual figura de poder, incluso con deseos de un pésimo mandato para la persona que presida a la República Argentina. Todo, pura y exclusivamente por no coincidir con su pensar, en lugar de velar por un futuro óptimo para la nación con la debida separación de ideologías.

Nada de eso pudo, puede ni podrá detener un orgullo único, porque las minorías no prevalecerán ante un pueblo que siempre supo cómo sobrepasar obstáculos de alta complejidad. Ni la censura ni el rencor lo pudieron callar.

Ver la bandera reflejada en el cielo o flamear en lo alto de un mástil le genera a cualquier argentino una sensación que difícilmente pueda trasladarse a palabras. Exhibir el símbolo patrio jamás tendrá connotación negativa, porque aquí se enseña a amarlo desde el día uno y se le jura lealtad, fidelidad y compromiso.

El argentino ama ser argentino, y por eso no hay censura ni rencor que valgan para callarlo. Podrán hacerlo caminar entre sombras. O intentar hacerlo caer en los brazos venenosos de los altos mandos con verdades que mienten. Pero jamás lograrán que olvide su historia para condenarlo a repetirla, porque la memoria prevalece en el orgullo colectivo y la identidad nacional.

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