Por Juana Enrico
Ahí estás. De pie, con las manos en la cintura, la mirada perdida en algún punto invisible y una medalla de plata colgando del cuello. La camiseta argentina puesta, la cinta en el brazo, el diez en el pecho. Hoy la copa está en otras manos y hay algo profundamente injusto en esa postal: durante noventa minutos, el fútbol parece capaz de reducir una vida entera a un solo tropiezo, a una noche donde otros festejan mientras vos intentás procesar el dolor.
Nosotros queríamos otra cosa para vos. Soñábamos con una última alegría, con una postal perfecta para cerrar una historia que durante tanto tiempo pareció empeñada en hacerte esperar. Pero hoy no pasó. Y duele, claro que duele, porque probablemente esta haya sido tu última función con la Selección. Sin embargo, esta medalla no define quién sos; apenas cuenta lo que pasó esta noche.
Tu historia es infinitamente más grande. Empezó en Rosario con un chico y una pelota demasiado enorme para su cuerpo. Siguió en Barcelona, entre goles deslumbrantes y noches cuando el fútbol parecía inventado solo para tu magia. Y cuando te pusiste la albiceleste, vino también una exigencia desmedida: durante años nos volvimos jueces despiadados, haciéndote creer que nada alcanzaba. Hasta que en 2016 dijiste basta. Y sin embargo, volviste. Volviste cuando la camiseta pesaba como una condena, porque tu fuego sagrado no se había apagado. Volviste hasta que lloraste de desahogo en el Maracaná y hasta que el cielo se abrió en Qatar para entregarte la Copa del Mundo. Ese día no solo ganaste un Mundial: ese día se acabó cualquier discusión.
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Por eso hoy no podemos ser ingratos. No podemos juzgar veinte años de gloria por el resultado de los últimos noventa minutos. Llegaste a esta noche habiéndolo ganado absolutamente todo. Y si duele tanto ver la copa en manos ajenas, es solo porque queríamos el broche de oro perfecto. Pero la grandeza verdadera nunca dependió del guion ideal.
Hoy, a tus 39 años, no sos el hombre roto de 2016. Sos el campeón del mundo que, tras tocar el cielo con las manos, todavía encontró un motivo para calzarse los botines, ponerse la cinta y volver a hacernos soñar. Y eso también es una forma de inmortalidad.
Algún día, cuando esta derrota sea apenas un recuerdo lejano, nadie va a acordarse del rival. Vamos a pensar en el chico de Rosario, en el abrazo con tu mamá, en los goles imposibles y en esa manera tuya de jugar que suspendía las leyes de la física. Nos dejaste la certeza de que, mientras vos tuvieras la pelota en la zurda, nada era imposible.
Gracias por volver esa noche de 2016, por defender nuestra bandera en cada batalla y por las lágrimas que al final tuvieron su recompensa. Perdón por haber dudado alguna vez. Hoy se perdió un partido, Leo, pero vos conquistaste algo que ninguna derrota puede erosionar: la memoria eterna de un país.
Nos diste el final que esperamos toda la vida: verte campeón, verte feliz, verte alzar la Copa del Mundo. Gracias por este viaje inolvidable, por haber cambiado para siempre la historia del fútbol y, sobre todo, la de nuestras vidas. Ahora te toca descansar. Te lo ganaste. Sé feliz.
Con amor,
Argentina.




