Otro 24 de junio, una historia que sigue escribiéndose

Por Blanca Duarte y Thiago N. Etchegaray

El 24 de junio tiene un lugar especial en la historia argentina, no es una fecha más. Es el día en que se recuerda a Carlos Gardel y sus legendarios tangos. El día en que nacen hombres como Osvaldo Zubeldía, Juan Román Riquelme y Juan Manuel Fangio, que marcaron una huella imborrable en el deporte argentino. Cómo no nombrar a quien dejó la vida por la patria, el gran Sargento Juan Bautista Cabral, o al escritor Ernesto Sábato, lírico y emocionante como ningún otro. Nombres que dejaron su marca en la historia en aquello que hicieron. Y también, en 1987 en Rosario, es el día en que nació Lionel Andrés Messi Cuccitini.

Tal vez por eso resulta tan difícil encontrar las palabras justas. Porque Messi parece reunir un poco de todo lo que admiramos. Tiene el cariño popular que acompaña a Gardel generación tras generación. La obsesión y el hambre por superarse de Zubeldía. La sensibilidad para inventar algo distinto que tantas veces mostró Riquelme con sus pinceladas de fútbol. Y la grandeza de Fangio, capaz de ser el mejor sin necesidad de decirlo. Pero al mismo tiempo, Lionel no se parece a nadie.

Porque mientras los homenajes suelen mirar hacia atrás, él obliga a mirar hacia adelante. Hoy cumple 39 años y sigue escribiendo páginas nuevas. Llega a este cumpleaños compitiendo su sexto Mundial, llevando otra vez la camiseta argentina sobre los hombros e intentando dejarla en lo más alto (sí, otra vez). Llega después de marcar los tres goles en el debut ante Argelia y de convertir los dos tantos del triunfo frente a Austria. Cinco goles en apenas dos partidos. Cinco goles que alimentan la ilusión de todo un país y que lo convierten en el máximo goleador en la historia de la Copa del Mundo, otro récord en una lista interminable, incluso de los negativos: el jugador con más penales errados (3) en los Mundiales, marca que lo convierte aún más humano y que demuestra que no está exento de malos partidos.

Los años lo convirtieron en un veterano de mil batallas. Pero hay algo que el tiempo todavía no pudo quitarle: el entusiasmo de un pibe. La alegría por competir. Las ganas de seguir desafiándose. La ilusión de volver a empezar cada torneo como si todavía tuviera algo que demostrar.

Durante años imaginamos este momento de otra manera. Pensamos que a esta altura estaríamos recordando sus hazañas, como si ya hubiera terminado su recorrido. Pero, una vez más, Leo volvió a romper todos los pronósticos. Volvió a sorprendernos. Mientras el tiempo avanza para todos, él sigue encontrando la manera de emocionar. Por eso este cumpleaños no se trata solamente de celebrar una fecha, sino de agradecer.

Agradecer al chico que salió de Rosario persiguiendo un sueño detrás de una pelota. Agradecerle al capitán que nunca dejó tirados a los suyos. Al futbolista que soportó derrotas, críticas y desilusiones hasta llevar a la Argentina a lo más alto. Y también al hombre que, después de muchas caídas se levantó para ganar todo y que, aun así, sigue encontrando motivos para competir y querer más. Agradecerle a Lionel, pese a cargar con la mochila más pesada que supo cargar alguna vez un mortal, su lucha incansable por resistir hasta el final para cosechar (al fin) los frutos de la victoria. Un animal competitivo que llegó a la cima del mundo.

En una fecha atravesada por tantos nombres que dejaron su huella vale recordar a Juan Bautista Cabral. Y aunque las comparaciones no son exactas, hay algo que los une: su entrega por Argentina y la decisión de dejar la bandera en lo más alto. Messi lo hizo a su manera, mediante gambetas, asistencias, goles y una fidelidad inquebrantable (que se mantuvo a pesar de los momentos más duros de su carrera) a la Selección durante más de dos décadas.

Hay ídolos que marcan una época. Messi hace tiempo que dejó de pertenecer solamente a una. Los que lo vieron debutar todavía lo disfrutan. Los que crecieron con él ya lo cuentan entre los grandes recuerdos de sus vidas. Y los más chicos aún siguen descubriéndolo mientras el 10 maravilla al planeta fútbol con sus milagros. Leo marcó su legado en todas las generaciones.

Quizás ahí esté la verdadera dimensión de su historia. No en los números, aunque los tenga todos. No en los títulos, aunque los haya ganado todos. Ni siquiera en los récords, aunque siga derribándolos cuando muchos creen que ya no queda nada por conquistar. La grandeza de Lionel Andrés está en otra parte. Está en haber sostenido la excelencia durante más de dos décadas. En haber cargado con expectativas que ningún otro futbolista conoció. En haber atravesado derrotas, críticas y desilusiones sin dejar de intentarlo. En haber llegado a la cima y quedarse allí. Está en haberse convertido en el parámetro de lo inimaginable.

Y en ese punto, cuando ya parece que todo está dicho, aparece otra forma de entender su historia.

El 24 de junio también nació Ernesto Sábato. Un hombre que dedicó su vida a buscar palabras capaces de contener emociones, contradicciones y sueños. Alguien que entendió que lo importante no siempre es explicar, sino lograr que algo quede resonando en quien lo lee. Tal vez por eso la coincidencia no sea casual. Porque hay personas que encuentran su forma de dejar huella a través de lo que escriben, y otras que lo hacen desde lo que hacen sentir. 

Messi eligió otro lenguaje. No escribe novelas ni ensayos. Compone sus obras con una pelota en los pies. Lo suyo no se lee: se vive. Se recuerda en una gambeta, en un pase imposible o en un gol que queda guardado para siempre en la memoria de millones de personas.

Y como ocurre con todo aquello que deja huella, el paso del tiempo no lo desgasta, lo vuelve más grande.

Quizás por eso este pibe de 39 años trasciende los récords, los títulos y hasta las comparaciones. Porque mientras muchos de estos héroes de nuestra historia pertenecen al recuerdo, él continúa construyendo su presente. Y tal vez sea la mejor manera de entender este nuevo 24 de junio: no como el cumpleaños de una leyenda del pasado, sino como otro capítulo de un libro que se niega a terminar y con más historias por contar.

Más notas