El pibe de 39

Por Jorge Acevedo

El 16 de junio de 2006 un tal Lionel Andrés Messi esperaba su momento sentado en el banco de suplentes. Tenía apenas 18 años, el pelo casi por los hombros y la “19” en la espalda. Todavía no era el mejor del mundo, tampoco el capitán ni el emblema de una generación. Era un chico al que señalaban como el futuro.

En el Mundial de Alemania, ese futuro se hacía presente. Messi daba sus primeros pasos en una cita mundialista, debut y una historia de amor que hasta hoy sigue latente.

La selección argentina goleaba a Serbia y Montenegro por la segunda fecha del grupo C en la Copa del Mundo. El partido estaba resuelto cuando José Pekerman miró hacia el banco y tomó una decisión. A falta de quince minutos, llamó a Messi. El joven rosarino ingresó por Maxi Rodriguez y pisó por primera vez el césped en un Mundial. Nadie lo sabía en ese entonces, pero aquel cambio abrió una historia que atravesaría dos décadas y seis Mundiales.

Porque aquel chico no entró para cumplir. Entró para dejar una marca. En apenas unos minutos asistió a Hernán Crespo y luego convirtió el sexto gol argentino. Debut mundialista, asistencia y gol. Como si quisiera presentarse ante el planeta de una sola vez, se convirtió en el jugador más joven en marcar un gol para la selección, uno de los muchos que haría representando a su país.

Veinte años después, la escena parecía imposible.

El 16 de junio de 2026, la vigente campeona del mundo debutó en el Mundial. Con muchas expectativas ya que Argentina nunca pudo ganar en su estreno luego de ser campeones del mundo. El mismo Lionel Messi salió a la cancha en Kansas con el pelo un poco más corto y la “10” en la espalda. Dos décadas después de aquel estreno en Alemania seguía ocupando el mismo lugar: el centro de la escena.

A los 38 y casi 39 años, cuando la lógica del fútbol suele hablar de despedida, Messi eligió responder con tres goles ante Argelia y alcanzó la marca de Miroslav Klose como el máximo goleador en la historia de los Mundiales con 16 goles. A diez minutos del final dejó el campo ovacionado por miles de argentinos que se pusieron de pie para despedirlo. Como si supieran que cada función puede ser una de las últimas. Como si quisieran agradecerle veinte años de magia en apenas unos segundos de aplausos.

Seis días después la selección afrontó su segundo partido en fases de grupos, y como si lo anterior fuese poco, lo volvió a hacer. A 40 años de los dos goles del Diego a los ingleses, por esas casualidades del destino, Leo marcó un doblete ante Austria, convirtiéndose en el máximo goleador en la historia de los Mundiales con 18 goles.

El “10” y capitán de la selección argentina, por si algunos se preguntaban en qué condiciones llegaba a su sexto Mundial respondió de esta forma, jugando al fútbol. Haciendo lo suyo, a lo que nos tiene acostumbrados, la rutina de lo extraordinario.

Veinte años separan aquellas dos imágenes. En una aparece un chico, de pelo largo, que entra al campo con los ojos llenos de ilusión. En la otra, un campeón del mundo que abandona la cancha bajo una ovación y dueño de récords que parecían inalcanzables.

Entre aquellas dos imágenes pasó una vida. Cambió el número de la camiseta. Cambió el peinado. Cambiaron los compañeros, los entrenadores y los estadios. El único que permanece es Messi.

Porque dos décadas después de su debut mundialista, el pibe de 18 años sigue estando ahí. Hace 20 años era el futuro, hoy a los 39, sigue siendo el presente.

Permanece Messi, pero también la sensación de privilegio. La sensación de estar viendo a Lionel Andres Messi Cucittini mientras todavía juega al fútbol. Y quizás por eso cuesta tanto imaginar el fútbol cuando ya no esté ahí.

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