Por Ezequiel Mirochnik
En un bar del sur porteño, entre chipás, camisetas albirrojas y conversaciones mezcladas entre castellano y guaraní, la victoria de Paraguay sobre Turquía en el Mundial fue mucho más que un resultado. Durante noventa minutos, Parque Patricios dejó de parecer Buenos Aires y se convirtió en una pequeña tribuna paraguaya.
La primera sorpresa de la noche llegó antes del partido. Eran las ocho y media y el barrio seguía con el movimiento habitual de cualquier día de semana. Los colectivos pasaban por Caseros, los autos doblaban apurados en la esquina de La Rioja y las luces del Hospital Garrahan seguían encendidas como siempre. Sin embargo, a medida que uno se acercaba a los bares de la zona, algo cambiaba. Las camisetas rojas, blancas y azules empezaban a aparecer entre los abrigos y las bufandas. Algunas eran nuevas. Otras parecían haber sobrevivido a varios mundiales. Y había una que se repetía bastante: la de Salvador Cabañas, como si el tiempo hubiera decidido quedarse detenido en algún punto entre Sudáfrica 2010 y esta Copa del Mundo.
Entré a Baum Parque Patricios unos cuarenta minutos antes del comienzo del partido. Pensé que iba a encontrar un ambiente parecido al de cualquier transmisión mundialista, pero bastó con recorrer el salón para darme cuenta de que la noche tenía otra energía. En una mesa del fondo, cuatro hombres discutían si la selección podría superar la fase de grupos. Cerca de la ventana, una familia entera compartía una picada mientras una mujer acomodaba unos chipás que había llevado desde su casa.
Lo más llamativo era escuchar las conversaciones. Algunas eran completamente en castellano. Otras mezclaban palabras en guaraní y terminaban en una carcajada que hacía imposible entender el resto.
Había chicos nacidos en Buenos Aires que hablaban con tonada porteña y padres que seguían conservando el acento de Asunción o Encarnación. Parque Patricios hace años que convive con una enorme comunidad paraguaya y eso se siente en las calles, en los negocios y hasta en las canchas de fútbol cinco. Pero aquella noche era diferente. Aquella noche parecía que el barrio había decidido hacer visible algo que normalmente convive en silencio.
Ramón, de 63 años, vive hace más de tres décadas en Parque Patricios y llegó con una camiseta de Olimpia que, según él, “ya pasó por varios mundiales”. Mientras acomoda una gorra gastada sobre la mesa, observa alrededor y sonríe. “Acá somos de Huracán y de Paraguay. Las dos cosas. Mis hijos nacieron en Buenos Aires, pero en casa nunca dejamos de hablar guaraní”, cuenta antes de levantar la vista al momento de que los equipos aparezcan en la tele.
Cuando aparecieron los equipos en la pantalla, el murmullo empezó a desaparecer. Algunos se pusieron de pie para escuchar el himno. Otros grabaron un par de segundos con el celular. Y hubo un hombre que se llevó la mano al pecho con una emoción que parecía imposible de esconder. Nadie lo miró raro. Al contrario. Era evidente que todos entendían perfectamente lo que significaba ese momento.
El gol llegó tan temprano que muchos ni siquiera habían terminado de acomodarse. La reacción fue inmediata. Una cerveza se volcó sobre la mesa de al lado, un mozo frenó en seco para mirar la pantalla y dos desconocidos terminaron abrazados como si fueran amigos de toda la vida. Desde una de las mesas salió un grito que recorrió el salón entero.
—¡Paraguay nomás!
Y por unos segundos, Baum dejó de ser un bar de Parque Patricios para convertirse en una tribuna improvisada.

El festejo de la Albirroja en el 1-0 ante Turquía. (APF)
Los abrazos aparecieron por todas partes. Una señora se secó las lágrimas mientras sonreía. Un chico de no más de diez años golpeaba la mesa con las manos. Y un hombre de pelo blanco, que hasta ese momento había permanecido en silencio, levantó su vaso de cerveza como si estuviera brindando por algo mucho más importante que un gol.
Brenda, de 24 años, nació en Buenos Aires, pero toda su familia vive en Encarnación. Entre abrazo y abrazo, trata de responder los mensajes que no dejan de llegarle al celular. “Mi abuela está allá y me manda audios durante todo el partido. Cuando juega Paraguay es como sentir que toda la familia está más cerca”, dice mientras muestra una videollamada llena de caras sonrientes y felicitaciones.
Con el correr de los minutos, el enfrentamiento empezó a volverse más complicado y el clima del bar cambió. Las bromas desaparecieron y las conversaciones se hicieron más cortas. La tensión se podía ver en detalles mínimos. Un hombre movía la pierna sin parar. Otro se agarraba la cabeza cada vez que Turquía cruzaba la mitad de la cancha. Una mujer mandaba audios por WhatsApp a una hermana que seguía el partido desde Encarnación.
En una de las mesas, un grupo de amigos que se había pasado la previa riéndose dejó las hamburguesas prácticamente intactas.
Fue ahí cuando empecé a mirar menos la televisión y más a la gente. Porque la verdadera historia estaba ahí. En el abuelo que abrazaba a su nieto después de cada despeje. En los albañiles que todavía tenían restos de pintura en la ropa y habían ido directamente desde el trabajo. En un repartidor de aplicaciones que se quedó quince minutos parado en la puerta para ver el final del primer tiempo. En una pareja joven que había llevado a su bebé vestido con una camiseta diminuta de la selección paraguaya.
Uno de los que había llegado directamente desde el trabajo era Miguel, de 40 años. Todavía tenía manchas de pintura en el pantalón y las manos ásperas de una jornada larga en una obra de Barracas. “No podía verlo solo en casa. Estos partidos se sufren acompañados. Además, siempre aparece alguien conocido. Somos una comunidad grande”, dice antes de volver rápidamente la mirada a la pantalla, como si cualquier distracción pudiera traer mala suerte.
Durante el entretiempo las mesas volvieron a llenarse de conversaciones. Se hablaba del partido, claro, pero también de otras cosas. Un hombre contaba que hacía veinte años que vivía en Buenos Aires y que nunca había dejado de volver a Paraguay para Navidad. Otro explicaba que sus hijos habían nacido acá, pero que igual les enseñó a hablar algunas palabras en guaraní porque no quería que perdieran el vínculo con sus abuelos.
Una mujer se reía mientras mostraba fotos de su familia en Caaguazú y decía que seguramente estarían sufriendo más que ella.
Gloria, que llegó al país hace dos décadas, escucha las conversaciones de las mesas vecinas y sonríe. “Uno se acostumbra a vivir lejos, pero nunca deja de extrañar. Por eso noches como esta son especiales. Es como sentirse un ratito en casa”, dice mientras acomoda una pequeña bandera paraguaya sobre la silla.
La segunda mitad fue una tortura. Todo avance turco generaba un silencio inmediato y cualquier rechazo de la defensa se festejaba como si fuera otro gol. En la barra, un señor con una camiseta vieja de Cerro Porteño se persignaba cada vez que Turquía se acercaba al área. Un chico se tapaba los ojos antes de las pelotas paradas. Y un hombre que durante todo el partido había permanecido serio no pudo evitar levantarse y gritarle al televisor como si los jugadores pudieran escucharlo desde el otro lado del mundo.
Nadie prestaba atención al celular. Nadie hablaba de trabajo. Nadie parecía preocupado por el día siguiente. Durante esos noventa minutos, el mundo terminaba en esa pantalla.
Cuando llegó el pitazo final, el bar explotó por segunda vez. Esto no era sorpresa. Era un alivio. Era felicidad. Era la sensación de seguir vivos en el Mundial. Los abrazos volvieron a multiplicarse y por un instante daba la impresión de que todos se conocían desde siempre. Un hombre grande se secó los ojos sin ninguna vergüenza. Una mujer se puso a cantar. Desde una mesa empezaron a aplaudir y el resto del salón terminó acompañando.
Entonces alguien puso música paraguaya desde un teléfono y la escena terminó de volverse extraña y hermosa al instante. Porque estábamos en Buenos Aires. Afuera seguían pasando los colectivos de siempre y las luces del barrio seguían siendo iguales. Pero dentro del bar había otra cosa. Había una nostalgia compartida. Una alegría que parecía venir desde varios lugares simultáneamente.
Antes de despedirse, Ramón levantó el vaso y observó la pantalla ya apagada. Afuera, Parque Patricios volvía lentamente a su rutina. Sonrió y, casi como si se hablara al espejo, dejó una frase que resumió mejor que cualquier resultado lo que había pasado aquella noche.
—Uno se va de Paraguay, pero Paraguay nunca se va de uno.




